sábado, 14 de marzo de 2026

NO SON SIGNOS MÁGICOS, NI SUPERSTICIONES

 

1 Sam 16, 1b.6-7.10-13; Sal 23(22), 1b-6; Ef 5, 8-14; Jn. 9,1-41

 

“Alégrate, Jerusalén, y que se reúnan cuantos la aman. Compartan su alegría los que estaban tristes, vengan a saciarse con su felicidad”.

Antífona de Entrada

 

La escala de la iniciación cristiana

El camino de la iniciación cristiana recibe el nombre de catecumenado. Es una escalinata breve que, del exterior de la Iglesia, nos lleva a pasar a participar en ella con plenitud. Se trata de tres gradas: La del agua, la de la Luz y la de la Vida. Con esos tres peldaños nos vamos acercando a la plenitud del que nos Llama: Jesucristo.

 

A esos peldaños los identificamos con los nombres de:

1)    Sacramento del Bautismo

2)    Sacramento de la Eucaristía

3)    Sacramento de la Confirmación.

 

El Domingo pasado ingresamos en este ciclo catecumenal, con la perícopa de San Juan que nos trajo la entrevista de Jesús con la Samaritana en el borde del poso de Jacob


Hoy, tenemos la perícopa de Jn 9, 1-41, bajo el título “Jesús da la vista a un hombre que nació ciego”.

¿Somos conscientes de nuestro bautismo? Eso no quiere decir que “sepamos” que fuimos bautizados y que de pronto ruede por ahí una fotografía del momento en que el sacerdote derramo sobre nosotros el agua bautismal; ni que contemos en nuestro recuerdo el nombre de la Iglesia donde se nos otorgó este Sacramento y reposa nuestra partida de bautismo (que a veces confundimos el sacramento con el comprobante jurídico-eclesial de su recepción); también puede ser interesante e incluso fruto de la gratitud, recordar cómo se llama el sacerdote que nos bautizó; pero, eso no es todavía “consciencia bautismal”. Ser conscientes de nuestro bautismo guarda mayor relación con el hecho de haber sido constituidos sacerdotes, profetas y reyes. Ser conscientes de nuestro bautismo significa saber que nosotros hemos vivido la experiencia -junto con Jesucristo- de ser bautizados, por las aguas del Jordán, porque cuando Jesús se bautizó creó todas las aguas del mundo como aguas del Jordán, propias para bautizar. Ser conscientes de nuestro bautismo significa entender que hemos sido “elegidos” para recibir la Unción Crismal que hoy evocamos -en la primera Lectura- unción que nos constituye en reyes, de la misma dinastía que David- del mismo linaje de nuestro Redentor: Rey de reyes. Esa consciencia nos hace reconocernos “hijos de Dios”, darnos cuenta que somos hermanos todos que nos dirigimos al mismo Padre pronunciando con profunda dulzura el Abba. Ser conscientes de nuestro bautismo nos lleva a desarrollar el sentido de pertenencia a la Iglesia, obreros de futuro, constructores del Reino, viviendo nuestra responsabilidad de “convocados” a la Iglesia.

 

«Papá Adán y mamá Eva (Gn 2, 7. 21-23)

Nos cuentan las viejas historias, cuando todavía no se había inventado el papel ni la imprenta, que Dios, después de haber hecho la luz y las estrellas, los peces de todo tamaño, la tierra, las rocas, las montañas y los precipicios con todos los animales que los habitan, vio todo, se dio cuenta de que no le había salido tan mal la cosa, y decidió coronar la creación con algo “súper”. Pensó: -¿Qué haré? ¿Algún ángel con diez motores y cuatro alas? ¿Un mundo nuevo en el cual se apriete un botón y salgan las ideas y las buenas acciones, como quien presiona un botón de una máquina expendedora y se llena un vaso con gaseosa? ¿O, por qué no, un paraíso en serio, donde gocemos de una eterna primavera: sin inundaciones, sin terremotos, sin sarampión, ni sarna, ni conjuntivitis, ni cáncer, sin inflación, ni recesión, ni desempleo, ni contaminación ambiental; con “el agujero de Ozono” zurcido de nuevo; sin corrupción, sin villas miseria, ni miserables en las villas, sin dolor, sin estrés, sin… sin…? Y siguió pensando, mientras se rascaba la cabeza y jugaba con su barba…

 

Entonces, como si se hubiera encendido una luz vieja descubrió lo que siempre quiso: haría un hombre y una mujer, mejor que la más bella piedra, el más jugoso fruto, la más ágil gacela… Mejor que lo mejor hecho en los primeros cinco días de trabajo. Y una vez que pensó, obró. Y esa obra tuvo dos nombres: Adán y Eva. Hombre y mujer. Miró el fruto de su buena idea y no pudo menos que pegar un fuerte grito: -¡Aleluya, jupi-jupi! Y se acostó a descansar pues la jornada había sido dura: hacer un pequeño mundo que resumiera y perfeccionara todo, no era pavada…


¿Qué significa todo esto? Que tanto vos como yo, nacimos hace muchísimo tiempo, cuando los ríos daban sus primeros pasos. Que tanto vos como yo nos llamamos Adán y Eva. Que tanto vos como yo tenemos necesidad de reír y de llorar, luchando por la vida, pero no contra la vida. Que tanto vos como yo caminamos hacia un punto final, hacía allí donde nace el arco iris.

 

ttt

Nadie nace hoy: todos hemos nacido “ayer”. Todos somos un poco Adán y Eva, santos y pecadores. En ellos está nuestra “marca de fábrica”. Pensemos cómo devolver, a esa marca, la imagen y semejanza de Dios, sanando sus heridas.»[1]

 

 

 

La sexta señal es un Acto Creador

El verso tercero del primer capítulo del Génesis nos informa que Dios dijo: “Que haya luz”.

 

En el versículo 6 del capítulo nueve del Evangelio según San Juan, de donde tomamos la perícopa correspondiente a este Cuarto Domingo de Cuaresma, leemos: “Dicho esto, escupió en el suelo, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos” …

 

A todas luces, este versículo guarda una sorprendente conexión con aquel otro del Génesis: “Entonces Dios el Señor, formó al hombre de la tierra misma, y sopló en su nariz y le dio vida. Así el hombre se convirtió en un ser viviente. Gn 2, 7. Y lo creó con ojos para que pudiera ver la Luz y ser iluminado.

 

Establecida esa relación entre estos dos versículos, uno del Segundo Testamento  y el otro del Primer Testamento; podríamos leer el gesto de Jesús como que Él, Dios-Hijo, obra igual que su Padre y crea con el barro. Se trata de la creación de “unos ojos nuevos”, porque los ojos de un ciego de nacimiento no sirven, no pueden ser “reparados”, entonces Jesús crea unos nuevos ojos para que este ciego pueda por fin ver. No se trata de una recuperación de la vista; se trata de darle el ciego algo que él jamás había tenido, simple y sencillamente, porque nació con los ojos “dañados”. Y es que, si leemos el verso Gn 1, 2 nos encontramos que en el comienzo “todo era un mar profundo cubierto de oscuridad. En esta zona del Evangelio joánico nos encontramos con un fragmento de Génesis, de un Nuevo génesis neo-testamentario.


 

“Jamás se oyó contar que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento.” Jn 9,32. O sea que Jesús es el Único-Alguien capaz de hacer tal; porque no es un hombre común y corriente; es el Hombre, el “hijo del hombre”. Mejor dicho, esta es la prueba de que Jesús es el Enviado, la demostración del mesianismo de Jesús. Este “Jamás se oyó contar…” que pronuncia el ciego de nacimiento, es teología de altísimo vuelo, como lo es todo su discurso testimonial:

 

 “El hombre contestó: ‘Esto es lo maravilloso, que ustedes no entiendan de dónde es un hombre que me abrió los ojos. Todo el mundo sabe que Dios no escucha a los pecadores sino a los hombres buenos, que hacen lo que Dios quiere… Si ese no viniera de parte de Dios, no podría hacer nada’”. Jn 9,30-31. 33.

 

No se puede dejar de lado una idea de San Ireneo sobre la creación del Hombre que afirma que mientras Dios Padre creaba al ser humano, lo que tenía en mente, mejor dicho, el modelo–tipo que tenía en mente era Jesús. Dios-Padre, que vive en la Eternidad, crea al hombre, inspirado en su propio Hijo, que era ya antes de todos los tiempos. Pero, ¿a cuál Jesús se remite, como paradigma para su criatura? «Cristo es el modelo ideal del hombre. Pero Cristo vivió sometido a las leyes comunes del desarrollo humano; ¿en qué etapa, pues, de su vida sirvió Cristo de ejemplar al Padre en la formación del hombre?... el modelo de Dios en la creación del hombre fue el Verbo Humanado, Cabeza de la creación, en unidad con sus miembros los santos, en la consumación final de los tiempos… Por eso responderíamos que el ejemplar del hombre, a que Dios miraba, fue la humanidad gloriosa de Jesús. Sólo Cristo resucitado constituye el hombre perfecto, a cuya imagen y semejanza fue plasmado el cuerpo de Adán[2]

 

El ciego ve lo Divino de Jesús

Cuando el Ciego-de-nacimiento rinde su firme y valiente testimonio sobre Jesús, el castigo que se le impone es la expulsión de la Sinagoga. A este ostracismo, a esta expatriación, es más, a esta excomunión que implica desvinculación de la comunidad, valga decir, cierre a todos los medios de subsistencia (como lo mencionamos en otro lugar, la excomunión respecto de la comunidad implicaba casi una pena de muerte porque segregados de la comunidad era prácticamente imposible allegar los recursos mínimos para la conservación de la vida); pero no queda sólo, es acogido por Jesús (por su comunidad), como lo leemos en los versículos 9, 35-39.


Cuando Jesús le dice que Él es: “Lo has visto, es el que está hablando contigo”. Respondió: Creo Señor. Se produce un fenómeno muy particular: El antes-ciego ha recibido unos “ojos” muy especiales, son los ojos poderosos de la fe, porque pueden ver aquello que los videntes-normales no son capaces de ver. «…santo Tomás, al principio del capítulo LIII del Libro III de la Suma contra gentiles, al tratar del lumen gloriæ, nota que, para ver a Dios, es necesario que la inteligencia creada reciba de Dios una semejanza especial con Él. Es imposible, dice, que la esencia divina se haga forma inteligible de un entendimiento creado, “si no participa de alguna semejanza con la divinidad”. Y en la Suma (I, q 12, a 5c y ad 3), esta semejanza es llamada por su verdadero nombre: “El lumen gloriæ, dice hace a la criatura deiforme: Y por esta luz, los bienaventurados se hacen deiformes, esto es, semejantes a Dios, … Pero ya desde ahora son deiformes los justos en virtud de la gracia santificante por la que Dios se les comunica. La gracia es esta semilla de Dios en nuestras almas, tan estrechamente relacionada con el lumen vitæ de los bienaventurados, que excluye por sí misma toda tiniebla de pecado (1Jn 3,9). Es luz, aunque todavía no deslumbradora, porque es la iluminación de la esencia de nuestras almas por Dios, luz increada, lumen vitæ (Jn 8, 12).»

 

El otrora ciego se cristifica

 

Los fariseos están convencidos de que su modo de ver es el justo, ya que para ellos la ley representa lo absoluto, aunque la ley también provenga de Dios, y en consecuencia sacrifican a la ley, a Dios y al hombre: disponiendo de unos buenos ladrillos, en lugar de construirse una casa, han optado por construirse una prisión.

Silvano Fausti

 

Este ciego llega a participar de una de las peculiaridades del Resucitado: su irreconocibilidad. Si traemos a la memoria todos los pasajes donde el Resucitado se presenta ante quienes lo conocían muy bien, ahora, no lo pueden reconocer. Pues es eso exactamente lo que le pasa al antes-ciego; la gente está dividida, unos creen que es él, otros opinan que no, que es uno parecido. Hasta tal punto llega la duda que es necesario apelar a los propios padres para saber si es o no es. Ese es el punto de tangencia entre Jesús y el ciego sanado, el ciego que adquiere la visión. Este parecido nos dice que se han llegado a igualar en “algo”; lo que pasa es que Jesús al obrar en él esta “señal” lo incorpora a su Cuerpo Místico, siendo así, pasa a formar parte de la comunidad de los creyentes, del pueblo llamado (todo “llamado” es también “enviado”; es más, todo aquel que es llamado lo es para recibir la misión de ir).

 

Jesús ha sido enviado por el Padre, ahora, después de crearle unos “ojos nuevos” Jesús lo envía a lavarse en el pozo de שִׁלֹחַ [Shiloé] “Enviado”, “Emisario”: Él va y se lava y regresa βλέπων [blepon] “viendo”.


«…es doctrina de Santo Tomás[3]: “Nada puede recibir una forma superior más que a condición de ser elevado a la capacidad necesaria para esta forma por una previa disposición… Es necesario, por lo tanto, que esta unión –la unión propia de la visión en el cielo- comience por una mutación de la inteligencia creada. Mutación, que por otra parte, no puede realizarse más que por la adquisición de una nueva disposición en la inteligencia creada” (Cfr. 3 Contra gent. 53). Esta disposición al acto y a la operación, que es al mismo tiempo mutación de la potencia y el acto, constituye el lumen gloriæ, así llamado porque se llama luz a “aquello que perfecciona el espíritu con relación a la visión”.»[4] Es por esto que el antes-ciego, no solamente cuenta con la visión normal de las otras personas, sino que aparte de eso, posee una visión especial, que le permite descubrir con evidencia, que quien le dio lo que él nunca antes tuvo –según todo el mundo lo sabía- tiene que ser el Mesías. Por eso, tan pronto Jesús se identifica, él –por su parte- se postra ante Él. Porque su espíritu se ha perfeccionado con la “luz” que le “aclara la visión”.

 

Estructura de esta perícopa del Evangelio de San Juan

Este Cuarto Domingo de Cuaresma (Domingo de Lætare), se caracteriza por el Ornamento un poco menos Penitencial, dejando la rigurosidad del morado, se pasa al rosa, para significar que -ya mucho más cerca de la Pascua- empieza a despuntar un toque de alegría por la dicha que se avizora en el horizonte: Está completamente fuera de nuestro alcance intentar una exégesis más completa de este pasaje joánico tan rico, además como catequesis bautismal, como también lo era el evangelio del Domingo tercero de Cuaresma, el de la Samaritana al borde del pozo.

 

Se subraya hoy la responsabilidad de «Padres y padrinos, a ustedes se les confía el alimentar esta luz para que su hijo, iluminado por Cristo, camine siempre como hijo de la Luz. Y perseverando en la fe, pueda salir con todos los santos en el cielo, al encuentro del Señor”

 

Sin duda el rito, de la luz manifiesta la dimensión profética de la vida cristiana. Por el Bautismo somos iluminados. Participamos de la Luz que es Cristo. Ya no caminamos en las tinieblas, porque somos hijos de Dios. Nos hacemos uno con Cristo, luz que ilumina el camino.

 

La vela encendida puede significar también nuestra fe, porque, mientras esta permanece encendida, no caminamos en las tinieblas. Le fe nos ha de conducir, pero ella tendrá que ser protegida y alimentada como la cera alimenta la llama.»[5]

 

Sin embargo, no podemos soslayar la estructura de la perícopa, así que diremos una palabra a este respecto. Se trata de un quiasmo (palabra que hace alusión a la letra griega “χ [chi]:


El corazón de la perícopa (donde se cruzan los dos trazos de la letra) es la identificación de Jesús como un “profeta” (también la Samaritana lo reconoce como tal, cuando le dice “Veo que eres un profeta” (Jn 4,19b).

 

El primer círculo exterior al núcleo, está formado por los versículos 8-12, donde al ciego no lo reconocen; y por los versículos 18-23 donde los padres no “asumen” el reconocimiento pretextando que él tiene la edad suficiente para explicar cómo fue sanado.

 

El segundo cinturón que rodea los anteriores está formado por los versos 6-7 que muestra a Jesús-Dios-Creador; y 24-34 donde se argumenta que si no viniera del Padre no podría obrar tales signos.

 

Finalmente, la capa más excéntrica (las punticas de los trazos de la “chi”) está formada por arriba por los versos 1-5 que nos muestran a Jesús que llega “Enviado” y los versos 35-38 donde el Enviado del Padre es reconocido por la postración del antes-ciego.

 

Todo esto encuentra cúspide en los versos 39-41 que actúan como epílogo, conclusión y sinopsis: Los que quieren juzgar a Jesús no tienen verdadera autoridad de jueces, no tienen derecho a juzgar. En cambio, Jesús, con toda la autoridad de su “Enviador” -el Padre Celestial”- emite el veredicto: esos pretendidos jueces son simples ciegos, ¿cómo puede ser juez el que es ciego y no puede por su ceguera juzgar?

 

Para concluir, consideremos la Oración Post-comunión de esta liturgia que sintetiza admirablemente lo que hemos querido decir: «Señor Dios, Luz que alumbras a todo hombre que viene a este mundo, ilumina nuestro espíritu con la claridad de tu Gracia, para que nuestros pensamientos sean dignos de Ti y aprendamos a amarte de todo corazón. Por Jesucristo Nuestro Señor».



[1] Muñoz, Héctor. CUENTOS BÍBLICOS CORTITOS Ed. San Pablo. Bs As. – Argentina 2004 pp, 12-13

[2] Orbe,  Antonio. UNA TEOLOGÍA CRISTOCÉNTRICA DEL HOMBRE. En SELECCIONES DE TEOLOGÍA. Facultad de Teología San Francisco de Borja. Barcelona-España. Vol. II, # 6, abril-junio de 1963. p. 80.

[3] El argumento está construido para explicar cómo veremos cuando estemos cara a cara frente al Señor; pero podemos extrapolarlo para entender por qué el antes-ciego ve más y mejor que todos los otros, cuya vista es tan torpe que se asemeja a la ceguera.

[4] De la Taille, Maurice. s.i. ACTUACIÓN CREADA POR ACTO INCREADO En SELECCIONES DE TEOLOGÍA. Facultad de Teología San Francisco de Borja. Barcelona-España. Vol 6 No. 21 Enero – Marzo 1967. p. 70.

[5] Beckhauser, Alberto. LOS SACRAMENTOS EN LA VIDA DIARIA. Ed. San Pablo Bogotá D.C. – Colombia 2003 p. 59

No hay comentarios:

Publicar un comentario