martes, 24 de marzo de 2026

LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR


Is 7, 10-14; 8,10

Se trata del Primer Isaías -Profeta Pre-exilico- de Jerusalén, en el reino del sur, cuando ya se había dado la división respecto de Judá en el norte. Inicia con una introducción 1, 1- 5, 30 donde se exponen las desviaciones que se están cometiendo en este tiempo: hay acaparamiento de tierras, los tribunales -a sabiendas- dictan fallos injustos, se desmandan en orgias y se rinde pleitesía a los Baales, y se idolatra el dinero. El culto se propone ocultar, de manera cómplice, la injusticia social que perjudica a los más débiles de la sociedad.

Todo el capítulo sexto se ocupa de la vocación del profeta y 7,1 – 9, 6 integran el Libro del Inmanu-El. De aquí tomamos la perícopa de hoy.

Es el primer aviso para Acaz (o Ajaz), hijo de Jotán rey de Judá entre el 734 y el 715 a. C. (aproximadamente, otros investigadores dan fechas distintas). Isaías le trasmite de parte de Dios a pedirla una א֔וֹת [oth] “señal”, pero esta se puede entender de una manera dual: desde una óptica significa, pruébeme que, si lo cumplirá, desde otra óptica significa: deme un recibo contrato con el que pueda demandar el cumplimiento de lo ofertado. Acaz da unas razones religioso-bíblicas para no pedir la señal, lo cierto es que él prefiere comprometerse con las potencias vecinas antes que confiar verdaderamente en Dios. En su época, una manera de sellar un pacto con los extranjeros era asumir la religión ajena y adorar sus dioses. Es exactamente lo que hace Acaz, quema incienso y llega hasta sacrificarle su propio hijo -atentando contra la dinastía davídica-  al Baal, en el שְׁאוֹל Sheol (valle de Hinóm). (2Cr 28, 2-4)

Acaz no pide la señal, entonces, YHWH de su propia iniciativa, le propone una promesa que no tiene fecha de cumplimiento: הָעַלְמָ֗ה Ha’almah [ja- almáh] “una doncella” está en cinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Immanu-El que significa “con-nosotros-Dios”. Si hubiera querido decir “Virgen” habría usado la expresión בתולה [betulah]. Ha sido el traductor al griego -quien socorrido por el Espíritu Santo- tradujo “Virgen” con la connotación que nosotros veneramos. Subrayamos también el hecho del artículo indefinido הָעַ [ja] “una”, que deja abierto de quién se trata, y la incertidumbre de en qué época vendrá a concretizarse históricamente.


Según el uso de aquellas culturas, cuando un hijo estaba destinado a ser rey, era engendrado por la divinidad, y el papá biológico no tenía nada que ver. Así el “designado” era hijo del dios y su madre, quien para resaltar la divinidad del heredero era la llamada a darle el nombre. Esto tiene respaldo en documentos egipcios encontrados.

Que sea “con-nosotros-Dios” recoge lo que ellos vagamente habían visto -aun cuando mal comprendido- que Dios no es un dios-local, sino un Dios-sinodal, que no cesa de ir con nosotros y que no está preso en el Templo, sino que es Libérrimo.

 

 

                       

 

Sal 40(39), 7-8a. 8b-9. 10.11.

בָ֑אתִי [bati] “Aquí estoy” es una expresión de apertura, de disponibilidad, de acatamiento, de entrega, de donación. La expresión significa: “doy un paso al frente”, “me acerco” (dispuesto, disponible), “camino hacia el altar para hacerme hostia”. quizás una de las aproximaciones más cercanas a esta expresión es la “vida consagrada”: al hacer sus votos, habiendo procesado todo el peso y la resonancia del compromiso de la entrega, el monje o la monja, se acercan al altar y el Abad, la Abadesa o el Obispo le preguntan, desde su libertad, sobre la disponibilidad, sobre la capacidad de su entrega. La persona sabe que se da completamente, sin cortapisas, llevando la obediencia como Confianza, porque es al Enamorado a quien se entrega, y esa aventura le conducirá -quien sabe dónde- pero siempre junto a su Amado. Lo que se pide no son ofrendas, ni sacrificios, lo que se da voluntariamente es “La Vida”: «Para hacer Tu Voluntad, lo quiero y llevo tu Ley en mis entrañas». Como hemos insistido, es un Amor “entrañable”.


 

Uno de los votos que hace el “comprometido” es el de בָּשַׂר [dabar] la proclamación de la Salvación que es el regalo que retorna el Amado. El “comprometido” se convierte en un “anunciador”, en alguien que no para de dar la “noticia”. ¿De qué nos habla la noticia? De la חָ֫סֶד [chesed] “misericordia”, “bondad”, “clemencia”; de su אֱמֶת [emeth] “firmeza”, “rectitud”, “verdad”.

 

Aquí hay un canje, una especie de “conversión” por parte de Dios, Él ya no quiere ovejas, vacas, corderitos; Él ahora quiere que seamos nosotros mismos los que voluntariamente subamos a la piedra de los sacrificios, nos brindemos, y estemos dispuestos a vivir para glorificarlo, para anunciarlo, para mostrar sus proezas a favor nuestro; todo, todo nuestro ser es ofrecido y ofrendado. Hasta nuestras fallas y pecados, para que Él los sane.

 

                       

 

Hb 10, 4-10

Nadie me la quita, sino que yo la entrego por mi propia voluntad. Tengo poder para entregarla, y también tengo poder para volver a recibirla. Esto es lo que mi Padre me ordenó»

Jn 10, 18abc

Jesucristo es Sumo y Eterno Sacerdote, el ofrece el Sacrificio; y Él mismo se hace Sacrificio, Él es la Víctima propiciatoria, Él paga el Rescate y así se convierte en el Redentor. En aquellas culturas -en la que vivió el pueblo judío antes y durante el Éxodo-, matar una res era un sacrificio bastante grande, era privarse de algo bastante necesario, era la carne de la comida, significaba abstenerse varios días, quedarse sin la dosis de proteína. ¡tenía su mérito!

Pero la deslealtad de ese pueblo se manifestó en que “el precio” de redención no les dolía. Tenían tantas vacas y tantos animales para sacrificar, que dejó de ser valioso y significativo.

Entonces, Dios se humanó, se ofreció a Sí mismo. La Víctima era lo más Grandioso que quepa imaginar: era Nuestro-Propio-Dios, ¡era el Amado el que era asesinado!

Ya desde los orígenes de nuestra religión, Dios nos puso a pensar lo que significa llevar al Ara al amado; en el episodio del sacrificio de Isaac, vemos a Abraham caminando hacia el Monte Moriah, y le solicita al hijo que se acueste en el Altar. Ya sabemos que Dios no permitió el sacrificio, pero nos dejó pensando: ¿qué clase de locura era aquella? ¿Cómo podía pedirle al pobre viejo que sacrificara a su hijo único?

Si nos ponemos a pensar los que Dios Padre hizo para redimirnos, y si vemos como Jesús se acostó voluntariamente en la cruz, entonces, en ese momento entendemos que Todo Dios, no sólo Jesús, sino Todo-Dios se sacrifican por su Pueblo, por sus Elegidos. En esta perícopa de Hebreos podemos escuchar la expresión de libre aceptación por parte de Jesús: “Aquí estoy yo para hacer tu Voluntad”.

 

                       

 

Lc 1, 26-38

Dios entra, … Como con miedo de llevarse en sus aguas, en su ola, todo el mundo de ilusiones. Y cae como lluvia temprana en el corazón virgen, bello, trasparente y puro de María. Pone su pie como sobre nieve de cumbre. Pone sus ojos como el viento sobre la montaña. Pone sus manos como la primavera, sus flores en el almendro. Pone sus labios como la madre sobre la mejilla del niño. Pone su corazón sobre el corazón de María. Así Dios.

Emilio L. Mazariegos

Se dice que la Encarnación de Dios es el salto más largo que da la Divinidad. En la cruz, Jesús salta de vivo a muerto, pero en la Encarnación el salto es de Dios a Hombre. Hay una hermosísima Alianza en este episodio que llamamos la Anunciación, Dios pide -a su Criatura- que, desde su entera libertad, acepte participar en la Aventura Redentora.


«En Lucas parece haber un texto hebreo subyacente. En cualquier caso, toda la descripción está caracterizada por semitismos que, por lo general, no son típicos en él. Se ha intentado entender las propiedades de estos dos capítulos, Lucas 1-2, a partir de un antiguo género literario judío, y se habla de un “midrash-haggadico”, es decir, una interpretación de la Escritura, mediante narraciones. La semejanza literaria es innegable. Y, sin embargo, está claro que el relator lucano de la infancia no se sitúa en el judaísmo antiguo, sino precisamente en el cristianismo antiguo. Pero este relato es también algo más: en él se describe una historia que explica la Escritura y, viceversa, aquello que la Escritura ha querido decir en muchos lugares, sólo se hace visible ahora por medio de esta nueva historia… Esta no era reconocible en las palabras por sí solas, pero las palabras alcanzan su pleno significado a través del evento en el que ellas se hacen realidad». (Joseph Ratzinger-Benedicto XVI)

 

No se trata de volverse גְּבִירָה la Madre del Rey [gəḇîrāh], de la raíz hebrea [gbyrh] "Gran Dama" o "Reina Madre" era una figura política y religiosa decisiva en el Reino de Judá, no en el del Norte. A diferencia de las esposas, la madre del rey ostentaba el máximo poder femenino. Sólo la madre de un hijo rey puede llamarse reina, apareciendo como Gebirah: grande y poderosa. Ese título implicaba dignidad y poderes especiales, como lo muestra el caso de Betsabé, la madre de Salomón (1 Re 2, 19; cf. 2 Re 11, 1ss; 5, 21); actuando como consejera principal y defensora del pueblo ante el monarca; no se trataba de sentarse cómodamente en el Trono de David. No se trataba de los honores y reverencias que recibiría la Reina-Madre. No se trataba de ropas finas y elegantes y de coronas reales.

 

Se trata, por el contrario, de lo inexplicable, de lo imprevisible, de lo incomprensible, de lo inabarcable. Por eso, decimos que se trata de una experiencia inefable: ¡No hay palabras para acercarnos! Lo que dice el relato del diálogo entre María y el Arcángel San Gabriel resulta poco informativo. Es como periférico. Da la vuelta alrededor de la Luz, pero no llega a la Luz. Es prácticamente un relato anecdótico.

 

κεχαριτωμένη [kejaritomene] “Favorecida con toda la Gracia estable de Dios” El Ángel le dice que Ella está totalmente repleta del Amor de Dios, que ha sido preparada, purificada, limpiada, y que ese proceso es un “empaque al vacío” eterno, perfecto, que nunca se debilitará, que conservará esa condición de plenitud “por los siglos de los Siglos”. Alcanza a insinuarle, sin entrar en filosofías, ni en categorías “intelectuales”, que no habrá participación humana en la paternidad; será de lo más simple, Πνεῦμα Ἅγιον ἐπελεύσεται ἐπὶ σέ, καὶ δύναμις Ὑψίστου ἐπισκιάσει σοι· “El poder del Altísimo te cubrirá con su Sombra” Para nosotros la palabra clave aquí es ἐπισκιάσει [episkiasei] de las raíces epi: “sobre” y skiazo “echarle sombra”, “eclipsar”.  

 

Durante la Eucaristía hay un momento metafórico, es el momento en que el Sacerdote coloca las manos “sobre” las especies del pan y del vino, para “hacerle sombra”. Esa sombra no es la que obra la “transustanciación”, sino el “poder” del Espíritu Santo, pero obrando sobre elementos materiales y concretos de nuestra realidad, se evoca lo que de ninguna otra manera podríamos “entender” de lo sacramental. La Unción sacramental que ha recibido el Sacerdote, la Iglesia le otorga la capacidad de obrar semejante “prodigio”: Invocar al Espíritu Santo y garantizar su Presencia.

 

La sombra que cubrió a la Virgen Santísima debió ser totalmente invisible, ella no podía ser mínimamente eclipsada. La expresión “sacramental” nos deja ver cómo obró Dios en Ella Ἰδοὺ δούλη Κυρίου· [idou e doule Kyrión] “He aquí la esclava del Señor”. Ella da el paso al frente y se pone a disposición. Su respuesta es de dulcísima sumisión, se ofrece como “esclava”. Le toca a Ella el turno de pronunciar su propio “Heme aquí”. Y ella “admitió”, pronunció el permiso, el asentimiento: γένοιτό μοι κατὰ τὸ ῥῆμά σου. [genoito moi kata rema sou] “Hágase en Mí según tu palabra”. Ella no fue esclavizada, pero se ofrece voluntariamente a asumir la Divina Voluntad como si fuera la suya-propia, ofreciéndose con suma disponibilidad, con total asentimiento.


 

Vamos a redundar incluyendo aquí el #2617 del Catecismo de la Iglesia Católica:

«La oración de María se nos revela en la aurora de la plenitud de los tiempos. Antes de la Encarnación del Hijo de Dios y antes de la efusión del Espíritu Santo, su oración coopera de manera única con el designio amoroso del Padre: en la anunciación, para la concepción de Cristo (cf Lc 1, 38); en Pentecostés para la formación de la Iglesia, Cuerpo de Cristo (cf Hch 1, 14). En la fe de su humilde esclava, el don de Dios encuentra la acogida que esperaba desde el comienzo de los tiempos. La que el Omnipotente ha hecho “llena de gracia” responde con la ofrenda de todo su ser: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Fiat, ésta es la oración cristiana: ser todo de Él, ya que Él es todo nuestro».

 

«Dios se acerca de puntillas como para no sorprender a la joven María. Dios ha esperado la cita y llega como un enamorado… Es la hora de comenzar de nuevo la Historia… y Dios vocaciona a María. Dios le presenta su plan… Dios le ofrece un proyecto… María se estremece. Dios calla. María se anonada. Dios espera. María hace silencio. Dios escucha. María pregunta. Dios salta de gozo. María no entiende con la cabeza. Dios le habla al corazón. María se abre a la llamada. Dios derrama sobre ella la fuerza del Espíritu». (Emilio L. Mazariegos) 

No hay comentarios:

Publicar un comentario