2R 5, 1-15a
Eliseo
es un profeta del Norte, del siglo IX a.C.
Los investigadores datan su nacimiento en el 885 a.C. en Abel-Meholah, y
se estima su muerte en Samaría en el 790 a.C. Es un “hombre de Dios”, un
personaje carismático capaz de hacer dulces las aguas salobres, de multiplicar
el aceite y los panes, de resucitar un niño ya muerto, y de sanar leprosos,
como nos lo muestra la perícopa de hoy.
Como
muy seguramente se recordará Eliseo da continuidad a la Misión de profeta
Elías. Eliseo -en la trasmisión del profetismo mediada, o mejor, simbolizada
con la trasmisión del Manto- le pide a Elías el doble de poder; en cumplimiento
de lo cual, Elías tiene a su haber 7 “milagros”, mientras que en el relato
bíblico Eliseo obra 14 “prodigios”.
Eliseo
aparece en 2R, en el capítulo 2, que da inicio al ciclo de Eliseo, que se
extiende hasta el capítulo 13,14-21, donde se relata la muerte de Eliseo.
En
la perícopa de hoy vamos a conocer un personaje Naamán, jefe del ejército
sirio, que, sin embargo, era “leproso”. Se entrecruzan hechos nimios para que
llegue a oídos de este poderoso militar extranjero, la noticia de un profeta en
Israel capaz de sanarlo. Unos arameos capturaron a una muchacha y esta fue
vendida como esclava para ser sirvienta de la mujer de Naamán.
Oyó
Naamán el asunto y fue a contárselo al rey -pensamos que se trataba de
Ben-Hadad II, quien juntó un tesoro, que respaldaba la petición, le escribió a
Jorán rey de Israel una carta pidiéndole que su General fuera curado. Jorán vio
en este escrito -simplemente- una amenaza contra su reino, una especie de
pretexto, pues él se reconocía incapaz de cumplirle la petición que se le exigía.
Cuando
Eliseo se enteró del espanto en el que había caído su rey le mando decir
sencillamente que lo enviaran donde él para que viera el Gran Poder de YHWH que
había puesto un tal profeta en Israel para avalar a su pueblo.
Llegado
Naamán a la casa del profeta, este ni siquiera lo salió a recibir, sólo le
mando un sirviente a decirle que se fuera a bañar siete veces en el Jordán.
Esta respuesta ofuscó muchísimo al sirio, escandalizado porque, en su tierra
había ríos más caudalosos -por ejemplo, el Abaná y el Farfar en Damasco-.
Notable
es la inteligencia de los sirvientes en su comitiva, que le dicen -con lógica
práctica- que, si le hubieran mandado algo extraordinariamente difícil,
seguramente él, por aprecio a su salud, lo haría; ahora bien, lo mandado, es
algo sencillo, ¿por qué no cumplirlo, sí no había nada que perder?
Lo
hizo y la piel le quedó como la de un bebé.
Ante lo que, maravillado, regresó a casa del profeta y allí declaró:
“Ahora conozco que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel”. Esta declaratoria es trascendental porque
implica un gigantesco salto de la idolatría pagana al Monoteísmo del Dios de
Israel.
Es
cierto que los ríos sirios que nombró Naamán son ríos grandes, caudalosos, de
aguas limpias, mientras las aguas del Jordán son embarradas. Lo mismo, el
detalle de que no saliera personalmente el profeta, todo confluye a dejar ver
que, el poder actuante de YHWH no pasa por esos filtros de brillo y pompa; sí
Eliseo hubiera salido, muy seguramente Naamán le habría atribuido el prodigio a
él, y el otro habría tenido oportunidad de “pagarle” la sanación con el botín
que traía.
Muy
seguramente lo que traía Naamán en su imaginario era que, el profeta, con unos
pases mágicos y, quizás la pronunciación de alguna fórmula hechicera lo sanaría.
Es
precisamente la negativa al oropel lo que arroja tan contundente claridad: que
no era el agua, ni el profeta, ni el rio, ni la carta del rey sirio, ni los
regalos-chantaje, ni la autoridad del rey de Israel, ni el poderío insinuado
del rey sirio, sino la Misericordia del Dios de Israel lo que brillaba sobre
toda la parafernalia cortesana-y-hechicera, la única que podía sanarlo tratándose
de aquella enfermedad incurable.
Todo
lo que se dejó de lado fue para demostrar que el Nombre sobre todo nombre era
el Nombre de YHWH.
Sal
42(41), 2. 3; 43(42), 3. 4
La
perícopa se forma con dos versos de un salmo y dos versos del siguiente. Ambos
son salmos de súplica. Antiguamente eran uno solo, ambos salmos acarician el
regreso al Templo, donde se palpe la cercanía de Dios, donde se viva la
experiencia de su proximidad, donde podamos sumergirnos en su Amistad.
Lo
que se quiere plantear es la sed de inmortalidad, de pureza, el anhelo del alma
por lo divino. Ese anhelo está retratado en la imagen de “la cierva sedienta”: imagen
simbólica y metafórica, que data de este Salmo, que representa el alma
anhelante, la búsqueda espiritual intensa de Dios, a un mismo tiempo que el
deseo profundo de un amor inalcanzable. Es la misma sed de Dios que vive el
alma. Es ese anhelo de contemplar la Luz del Rostro Divino que nos deja intuir
de cerca la calidad de su Amor perdurable.
Para
lograr ese regreso necesitamos una estrella -como los Reyes Magos- que nos
guie: ¡somos torpes para encontrar el camino a casa, sólo con la ayuda de Dios
podremos volver y superar nuestro extravío.
Con
cantos -acompañados de cítara- iremos al Altar para entonar canticos de
gratitud, a Dios, Señor nuestro.
El
responsorio entraña una nota melancólica: parecería que nunca volveremos a
visitar sus atrios, ni a pisar las naves de su Santísimo Templo: ¿cómo podemos
pasar, en nuestra ceguera devocional- temporadas larguísimas sin ir a los
oficios religiosos, sin gozar los deleites Eucarísticos?
Lc
4, 24-30
Cuando la Iglesia es
humilde y pobre y también cuando confiesa sus miserias, que, además, todos las
tenemos, la Iglesia es fiel. Es como si ella dijera: Yo soy oscura, pero la luz
me viene de allí. Y esto, nos hace mucho bien. Entonces recemos a esta viuda
que está en el cielo, seguro, a fin de que nos enseñe a ser Iglesia de ese modo,
renunciando a todo lo que tenemos y a no tener nada para nosotros sino todo para
el Señor y para el prójimo. Siempre humildes y sin gloriarnos de tener luz
propia, sino buscando siempre la luz que viene del Señor.
Papa Francisco
Ante
todo, hay que notar que Jesús no abandona las sinagogas, ni el Templo, sigue
fielmente asistiendo a “las ovejas perdidas del pueblo de Israel”.
Constata, con tristeza, que -y no deja de ser raro que seamos así- nadie está mejor dispuesto a rechazar al “Profeta” que sus vecinos más cercanos. Quizás podríamos apoyarlo más fácilmente, porque es un conocido, alguien a quien quizás hemos visto crecer, tal vez hemos compartido con él/ella momentos de juventud o de infancia, quizás lo hemos visto jugar balón en el patio de barrio; pese a lo cual, nos parece que es alguien tan común y corriente que preferimos irnos a conocer otra gente que no sabemos ni de donde han salido, ni qué clase de personas serán, no sabemos ni a que dios honran, pero ahí vamos detrás. Con una cierta xenofilia.
Por
eso, para compensar esa desproporción, Elías le llevó consuelo y socorrió a una
viuda de Sarepta, una sidonia, que enfrentaba una gran hambruna. En esa misma
línea, Eliseo sanó a Naamán, pese a que había muchos leprosos en Israel, el
socorrido fue un sirio. Vemos que el Dios de Abrahán, el Dios de Jacob, el Dios
de Israel, siempre revienta los nacionalismos, porque las fronteras trazadas en
el mapa son líneas discriminatorias que ha dibujado el ser humano, ¡no el
Señor!
¿Cómo
reaccionaron sus paisanos en la Sinagoga? ¡Furiosos! ¡Con rabia asesina! ¿Cómo sino?
Ellos que siempre han desembocado automáticamente en la “patriotería”. Fingían
admirarlo, como se dice en los dos versos previos a la perícopa del Evangelio
de hoy, pero es común que tras unas pinceladas de admiración se esconda, por el
contrario, una rabia ciega y sorda, cocinada en los jugos de la envidia.
Todos
aportaron crayones y cartulinas para hacerle unos carteles que fácilmente
podrían colgarle al cuello, donde se leyera, -no lo que proclamaría un delegado
del Cesar, temeroso que quisieran derribar a su reyezuelo-emperador: INRI- sino,
en este caso, lo que querrían declarar sería una acusación de “falso profeta”, “anatema”.
El legítimo Mesías tenía que ser -según ellos- una exclusividad del pueblo judío.
Y Jesús, lo que está declarando es que, Él no solo había sido enviado para
ellos.
¡Seguro
que nosotros también preferiríamos irnos a sanar al Abaná o al Farfar -ríos
lujosos de aguas cristalinas, antes que meternos al barroso Jordán! ¡Seguros
-con toda seguridad- que cuanto más excéntrico, más confiable! ¡Con toda
seguridad que para ellos Jesús era sinónimo de un rio lleno de fango y pantano!
Volvamos al meollo: No hagamos escandalo con el tema de Caín si nosotros también estamos dispuestos a matar al hermano por ocuparse de otros, por compadecerse de esos “extranjeros” -esos que nos son de los nuestros-, y a falta de -según la tradición artística y literaria- una quijada de burro, buena es una cruz y un Gólgota.





No hay comentarios:
Publicar un comentario