Is 50, 4-9a
El Tercer Cántico del Siervo de YHWH abarca
los versos 4-11 del capítulo 50. Se inicia con una “revelación” por parte del
Siervo, donde manifiesta que su formación viene directamente del Señor, él se
siente y se reconoce “discípulo de YHWH”. Su manera de expresarse y referirse
al Señor, hace que quede inserto en la corriente profética de Amós, Jeremías y
Ezequiel. Sólo en segunda instancia, por haber sido formado por su Dios, puede
devenir maestro, trasmisor de una doctrina recibida, no propia. Su tarea -como
consecuencia de este Don gratuitamente dado- es animar a los exiliados
decaídos, ser intermediario de consolación. No es que a veces, el Señor le
dicte algo, es que hay una dinámica de comunicación permanente. Esa constancia
-que le viene de Dios- se complementa con dos cualidades: celo y paciencia.
Solo investido de esa fortaleza en la consolación es guardado para levantarse
de las injurias que el Siervo tiene que soportar: latigazos en la espalda,
cachetadas y mesadas de barba (tirárselas y arrancárselas), insultos y
escupitajos.
Luego, nos encontramos en los versos 10-11
(que hoy no se incluyen), con un llamado a prestarle atención a las
exhortaciones que el Siervo les formula. (todas las veces añadimos unos
renglones -además de los dados por la perícopa, para que tengamos un referente
co-textual, lo que nos parece que refuerza la comprensión del texto e impide
que la cita quede en el aire).
El Señor le da su protección y lo preserva de
las sentencias condenatorias.
Notemos que hay aquí una especificación de como la inteligencia humana se ve tocada y despertada por Dios mismo. A veces creemos, por ejemplo, que un seminarista toma la decisión de consagrarse al sacerdocio y ya, va y se matricula en el seminario. Y, a veces sucede así; y ese joven resiste lo que una colombina al alcance de un niño, porque el joven, casi de inmediato, descubre que eso no es lo suyo. Es solo cuando el Señor es el que llama e infunde Su hálito, cuando esa decisión madura y se fortalece y supera las trabas y los momentos de debilidad, sobrevolando las hesitaciones: “El Señor Dios me abrió el oído, yo no me resistí, ni me eché atrás”. Si es cierto que se requiere recabar en el corazón ese Soplo Impulsor, pero si no lo hay, en vano nos engañamos pensando que el Señor nos ha designado.
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Sal 69(68), 8-10. 21-22. 31 y 33-34.
Son -como podemos ver- tres estrofas. Es otro
Salmo de súplica, lo que no debe extrañarnos ya que la mayoría de los Salmos
son de este género. Siempre se contiene en esos actos entrega, confianza y
puesta en las manos de Dios, característicos de esta clase de Salmos.
Este salmo está formado por tres partes: la
primera de Lamentación, la segunda de oración y la tercera de acción de
gracias. De cada parte se tomó una estrofa:
En la primera, que viene de la lamentación, nos muestra que como consecuencia del celo del Salmista por el Templo y por las ofensas que se dirigen a Dios y que él asume como si fueran ofensas contra él, ha recibido afrentas y en su rostro ya no queda más que el dolor de la vergüenza.
La segunda estrofa, proviene del segmento
oracional del Salmo, allí se señala que la bofetada le ha molido el
corazón, que no recibe ninguna compasión, sino que le aliñan la comida con hiel
y para la sed, le ofrecen como refresco, חֹמֶץ [jomez] “vinagre” Así, vive el proceso de su desfallecimiento.
Sin embargo, y llega a sorprendernos, en la
tercera estrofa, tomada del fragmento de acción de Gracias: ofrece sus
cantos de alabanza al Señor, tiene -para todo lo que lo ha desfigurado-
acciones de gracias y compara su propio sacrificio con el de los animales que
se solían sacrificar, llegando a declarar que su propio sacrificio complacerá
de mejor manera a Dios. Culmina proclamando que el Señor tiene preferencia por
los pobres y los cautivos a los que ni desprecia ni desoye.
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Mt 26, 14-25
Primer paso, Judas -quien se lleva el papel protagónico de la perícopa- hace el negocio, pactando en 30 monedas de plata la entrega de Jesús. Segundo paso, los discípulos le preguntan a Jesús, qué dispone para la Cena Pascual y Él les da instrucciones. El tercer paso es -ya durante la Cena, propiamente dicha- Él les declara que la traición saldrá del seno del grupo discipular. Accede a identificar -con un signo- al traidor. Judas mismo pregunta “¿soy yo acaso?” y el Maestro lo ratifica. He aquí los hechos. Pero, ¡tras ellos hay mucho más!
Es definitivo que demos el paso hermenéutico y
tratemos de extrapolar que implica hoy y en esta época, para nosotros, esta
serie de datos -junto con los otros que por simplificar no mencionamos pero
que, están allí, en la perícopa. Así como al mirar hacia Pedro, no podemos
conformarnos con una mirada enjuiciadora, así tampoco podemos pasar los ojos
por Judas, sin voltearnos a mirar a nosotros mismos y descubrir que, muy a
pesar nuestro, parte de ese “despreciable” habita en nosotros…
Juzgar al otro, es demasiado fácil, acuclillarnos en nuestra “benignidad”, en la “bondad”, en nuestro vapor de “piedad”, no logra penetrar que estos pasajes se han consignado para nuestra propia edificación. No los leamos como quien lee el “periódico de ayer”, y tomemos en cuenta su valor como pasaje de auto-diagnóstico. No es uno lejano el que lo va a “entregar”, no es uno “ajeno”, por el contrario, es uno próximo, un “prójimo, y muy “prójimo”. ¡¡¡Curiosamente el precio pactado es lo que se pagaba por un burro, o, también por un esclavo!!!
El Evangelio nos coloca en el Día de los
Ázimos (14 de Nisán), estamos celebrando la Cena con Jesús: ¡La Última Cena!
“El que ha metido conmigo su mano en el plato”, el traidor es un “compañero”,
uno que come con Él -ese es el significado de la palabra “compañero”-, del
mismo trigo y del mismo Pan. Suponemos que Judas al principio estaba tan
enamorado y tan fascinado por el Mesías como los otros; pero, pensamos que por
algún motivo se le fue desinflando el corazón, su Amor perdió vigor y lozanía,
la ilusión -quizás- así conforme fue descubriendo que este Mesías no era de
Trono y Poderío, pasó a ser pura mezquindad. Debió darse en su pecho una
perversión del sentido de Amor que lo condujo a la ratería de la bolsa común. Y
al preguntarle si sería él, el traidor, lo llama Rabí, no le alcanza su
sordidez para llamarlo, como los otros, ¡Señor! Para Judas, sólo es su ῥαββί. Señor es más que
el que me enseña, es mi Dueño, es mi Rey.
Algo que nos suele enfriar, decepcionar, desencantar, es la falta de correspondencia con la imagen que nos hemos formado, con el “prejuicio” que tan racionalmente hemos configurado; no se acomoda a la camisa que le habíamos diseñado, (como el papá que se desencanta por que el bebé no nació “niño”, como él lo esperaba). A veces lo que nos contraría es que ¡es tan diferente de mí! Y eso me gatilla un “rencor”. Aquí -en la perícopa- lo que está puesto lado a lado es “el proyecto de Dios”, -vs- ___________________. A nosotros nos corresponde llenar la línea: Ver qué es lo que Dios traza, que nosotros le queremos corregir y pensamos que podemos hacerlo mejor, ver cuál es el ídolo que nos desvía, que nos aleja, que nos impiden fijar con fidelidad, los ojos del corazón, en El Señor.






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