Is 1, 10. 16-20
Isaías
(hoy nos referiremos al proto-Isaías) es un profeta pre-exilico, precisamente
su obra termina (en el capítulo 39, con la noticia de la caída de Jerusalén y
el exilio a Babilonia). El nombre Isaías [Yeshayahu] alude a un profeta que
actuó del 734 al 701 a.C.. Era un “aristócrata” (pariente de reyes, hijo de
Amós, quizá primo de Osías), docto, que sabía escribir y un amplio conocedor de
las tradiciones del Éxodo, y de Jueces. Se dice que murió aserrado bajo el
gobierno de Manases.
El
capítulo primero de Isaías está conformado por dos porciones:
i)
Judá como ciudad pecadora
ii)
El verdadero culto a Dios, que corresponde a la perícopa
que se proclama hoy
Empieza
con un decálogo:
1) Oigan la palabra de
Dios, la palabra que usa es שִׁמְע֥וּ [shimú],
directamente relacionada con el Shema “escucha”.
2) Lávense
3) Purifíquense
4) Aparten de mi vista
sus malas acciones
5) Dejen de hacer el
mal
6) Aprendan a hacer el
bien
7) Busquen la Justicia
8) Socorran al
oprimido
9) Protejan el derecho
del huérfano
10) Defiendan a la
viuda
Parecería
que en esta perícopa se está dirigiendo a los gobernantes de Sodoma y al pueblo
de Gomorra; no es así, en realidad les está hablando a los gobernantes de Judá.
Los llama “príncipes de Sodoma”, y, al pueblo, a los gobernados, los llama “pueblo
de Gomorra”, para resaltar a que grado de rebeldía, idolatría e injusticia han
llegado.
¿Qué
ha venido a simbolizar Sodoma? Las diversas formas de la perversión humana. En
particular la corrupción moral. ¿Y Gomorra? La maldad en grado sumo, la
impiedad, la iniquidad, la depravación. Los ángeles vinieron a visitar a Lot, a
quienes Lot les insistió para que aceptaran su hospitalidad; los sodomitas
vinieron a secuestrar a los visitantes celestiales, procurando יָדַע [yadá]
“conocer a alguien carnalmente”, “tener relaciones sexuales” (Cfr. Gn 19, 1-5);
tan es así que “sodomizar” vino a significar “someter
a alguien a penetración anal”; y, “sodomita” a quienes practican la
homosexualidad, el sexo anal y otros.
Lo
primero es el rechazo de los sacrificios, el Señor se ofende y se ofusca porque
vienen a quemar animales en su Altar, pero Él no quiere nada que provenga de la
gente que obra el mal. Le caen mal sus oraciones y sus brazos levantados hacia
Él. Dios les dice -por boca de su profeta- que primero cumplan ese decálogo y,
después si les prestará atención y discutirá con ellos.
¿Cuál
es el bien que Dios espera que obren? ¿Qué es lo que si le agrada? Que vivamos
en procura de Su Justicia:
a) Ayudar el oprimido
b) Hacerle justicia el
huérfano
c) Defender los
derechos de la viuda.
Es
lo que hemos dado en sintetizar como trato preferencial para el marginado. Estas
tres categorías eran la marginación por excelencia en el seno de aquella
sociedad: oprimidos, huérfanos y viudas. Dios, por boca de su profeta, les
señala por dónde empezar a construir el “bien”. No basta con no hacer el mal,
hay que echarle cabeza y ponerle creatividad a cómo podemos hacer el bien y
proponérnoslo.
Con
quienes tengan el corazón abierto a estas disposiciones, con ellos sí acepta el
Señor entrar en negociaciones; y al pasar a la Mesa de Dialogo les lleva esta
oferta, una verdadera ganga: Perdonarles sus atroces ofensas.
Dios
le inspira a Isaías esta hermosísima imagen para que la lleve a la mesa de
negociación: “Aunque sus pecados sean como el rojo más vivo, yo los dejaré
blancos como la nueve; aunque sean como tela teñida de purpura yo los dejaré
blancos como la lana”.
Además,
les ofrece que tendrán abundancia y calidad para su disfrute, si acogen
obedientes lo que Él reclama.
Pero
en el caso de insistir en su indolencia, encontraran la “espada”.
¿Significa
esto que está ofreciendo un castigo? ¡No! ¿Es por ventura Dios, un
dios-castigador?
El
Reino de Dios, que es el Reino del Bien en grado sumo, es un Reino de Paz. Pero
si optamos por irnos para el otro lado, hacia el reino de la maldad, Dios no
los castigará, Él no tiene velas en ese reino. Nosotros hemos sido prevenidos
que el país del mal es el territorio de la violencia y la muerte que son dos
sinónimos de la misma cosa. Reino de pecado y de impiedad. El que compre
pasajes para esa “república”, tiene que atenerse a las consecuencias.
La
sabiduría popular lo ha resumido con la expresión “el que a hierro mata a
hierro muere”. Si uno sabe que en un sector hay balaceras continuas y uno
insiste en ir a “pasear” por allí, ¿Qué creen que encontrarán? Nada tiene de
raro que intercepten algún plomo en su propia humanidad.
¡No le metan al cuerpo al pecado porque pueden salir malheridos! Arriésguense -por el contrario- a meterle todo su cuerpo al bien y seremos como “copitos de nieve”.
Sal 50(49),
8-9. 16bc-17. 21 y 23
Este
es un Salmo de la Alianza. Con regularidad tenemos que recordar que la
condición de nuestra religión, su rasgo distintivo es que vivimos en Alianza,
en una relación de amistad y eso tenemos que refrendarlo con insistencia porque
nuestro corazón tiende a la desmemoria y no honramos la hermosa amistad que se
nos ha regalado.
Dios
que es un Buen Amigo -el mejor que quepa imaginar- no nos retira su amistad de
la noche a la mañana, tiene una increíble paciencia con sus criaturas: una y
otra vez procura enderezar nuestras relaciones y edificar una sincera y amorosa
relación con Él.
Nosotros
exageramos el valor de los “sacrificios”. Algo así como un novio que sabe que a
su chica le gustan las flores y -como su bolsillo se lo permite- contrata
varias volquetas cargadas de hermosos rosas, y ordena que las descarguen todas
encima de la chica, ¿qué resulta? Pues que ella queda sepultada bajo el arrume
de rosas y, en vez de hacerle un sentido homenaje, logra que ella se enoje
hasta el tope.
¿Qué decía Dios en la Primera lectura de hoy? “Vengan entonces y discutiremos”. Se sienta con nosotros para indicarnos que no hay que traer arrumes de rosos, que eso no es lo que le agrada, y -con toda paciencia nos explica- novamos a tener una hermosa relación con Él sin ignoramos sus Mandamientos, y si los sabemos repetir tal vez, al pie de la letra- pero no los aplicamos, no vivimos en la rectitud que ellos nos señalan, a eso Dios lo llama “echarnos a la espalda sus mandatos”, y es que cuando uno se echa algo a la espalda, lo lleva y sufre la ingratitud de la carga como un estorbo a cuestas, pero no la ve, porque no tenemos ojos en la nuca.
Pongamos
nuestra Amistad con dios frente a nuestra vista y démonos cuenta que lo que Él
quiere en verdad es que “sigamos el buen camino”, que seamos misericordiosos,
como Él es Misericordioso y así se alcanza la perfección. Vida recta, justa,
honesta, caritativa, fraternal. Y además, ¡que andemos sinodalmente! Con
tolerancia a la diferencia. Con esa misma paciencia con la que Él se sienta y
nos ofrece dialogo.
Mt 23, 1-12
Prolongan las filacterias
¿Si valoran en algo las advertencias que les
hago en nombre de Cristo, si son capaces de escuchar la voz del amor? ¿Quieren
acatar la comunión recibida del Espíritu Santo para nosotros y son capaces de
compasión y ternura? Les pido algo que me llenará de alegría: pónganse de
acuerdo, estén unidos en el amor, con una misma alma y un mismo proyecto. No
hagan nada por rivalidad o por orgullo. Que cada uno humildemente estime a los
otros como superiores a sí mismo. No busque nadie sus propios intereses, sino
más bien preocúpese cada uno por el beneficio de los demás.
Flp 2, 1-4
La
kénosis tiene un profundo correlato con la sinodalidad. La sinodalidad es el
quid de la construcción del Reino.
No hay que criticar -decimos-, pero Jesús vive criticando a los escribas (los intelectuales del judaísmo, sus filósofos y teólogos) y a los fariseos, que se separan para estar aparte. (La palabra fariseo viene del hebreo פרושים [perushim] o sea “separados”, "separatistas", querían estar separados porque si se le arrimaban a un impuro se contaminaban, el separatismo en este caso no es “independencia”, sino “pureza ritual”), que no se acercan a los que “los pueden manchar con sus impurezas”. Ellos seguían con extremada exactitud los ritos, ceremonias y leyes; ese “rigorismo” exagerado era para ellos la esencia de su “justicia”). Jesús los señala en este pasaje como aquellos que “alargan las filacterias y agrandan las orlas de sus mantos” (Mt 23, 5cd)
Una
cosa es criticar y otra es denunciar. Y es que la denuncia es importante porque
si no se aplica, la gente toma los errores como regla de conducta y se van por
ahí, replicando y amplificando el error. Inclusive, cuando se denuncia el error
se hace una obra de caridad, ¡acordaos!: “enseñar al que nos sabe y corregir al
que yerra”.
Hagamos
un paréntesis para señalar que muchas veces vetamos la “critica” porque puede
poner en evidencia que somos de esos.
¿Qué
es lo que Jesús denuncia en el caso que hoy nos ocupa? Dos punticos muy
delicados:
a) Predican, pero no
aplican
b) Son muy fantoches
con sus prácticas religiosas, las cumplen para captar protagonismo, entonces
las acompañan con bombos y platillos, acomodan los parlantes más potentes y los
reflectores más encandelillantes. ¡Y es que eso vende! Se ha probado que ese par
de recursos puede llegar a multiplicar los ingresos de taquilla
Lo
más grave es que ellos no son los del común, sino los que están sentados en la
Catedra de Moisés, o sea, se sentaron en el trono desde donde no se les puede
discutir nada, porque además acaparan la autoridad para aplicar marginación,
excomunión y anatema. Por eso, es fundamental desenmascararlos, misión ante la
cual se corren muchos riesgos. Y Jesús aceptó correrlos, antes que incurrir en
el silencio cómplice.
Lo
primero que Jesús evidencia es que ellos Imponen “cargas pesadas” porque entre
más pesadas más vistosas, más se publicitan y llaman más la atención. Además,
cuanto más pesadas, más da la impresión de “acto heroico”, de “piedad
deslumbrante”. Como será que la palabra “sacrificio” llegó a significar “tarea
muy pesada que uno se tiene que echar al hombro”. (El verdadero significado es
“hacer sagrada alguna cosa”).
Quisiéramos
precisar la traducción de la frase ὁ δὲ μείζων ὑμῶν ἔσται ὑμῶν διάκονος
(Mt
23, 11) [o de meizon ymon estai ymon diakonos], que al traducirla bastante al
pie de la letra dice: “los grandes entre ustedes se pondrán como sirvientes
suyos”. Los que sean verdaderamente grandes, los que no, no son grandes, aun
cuando posen de grandes.
A
veces, sin mucha precisión, metemos -en la interpretación de esta perícopa- la
palabra “hipocresía”, porque usualmente se emplea para designar al que dice una
cosa y hace otra, pero falta un detalle, el hipócrita hace lo contrario de lo
que dice para ¡ocultar sus sentimientos o sus móviles! Un hipócrita es un
farsante, un insincero, un simulador, un impostor; hipócrita proviene del
griego ὑποκριτής [hypokritḗs], que significa "actor", “intérprete",
derivado a su vez de hypokrínesthai ("actuar" o "representar un
papel"). En la Antigua Grecia, designaba a los actores porque ellos usaban
máscaras en el teatro. Lo que denuncia el evangelio es más bien a un
incoherente, su afán de protagonismo se le convierte en obsesión de exactitud,
precisión e inflexibilidad; o en exhibicionismo escrupuloso, alargando las mal
llamadas “filacterias” (en realidad se llaman tefilin). Ni Jesús ni el
evangelista usan la palabra hipócrita aquí.
Ya
hacia el final de la perícopa se indica quién es el verdadero héroe: el que se
hace servidor, el que se pone al servicio, el que está disponible para hacer
“el bien”. ¡No el que exagera el rigorismo! El rigorismo es puro formalismo. ¡Barniz
exterior!
Nadie
es Maestro, ni Padre, ni Jefe. ¿Quién es el único que es paradigma viviente?
¡Jesucristo!: “Yo estoy entre ustedes como el que sirve” (Lc 22, 27d).





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