1Jn 1, 1-4
Iniciamos
hoy un cursillo -de doce talleres con la Primera Carta de San Juan, que
terminaremos el sábado 6 de enero. Podemos entender esta carta como una especie
de conclusión aclaratoria del Cuarto Evangelio, en gran parte detonada por la
herejía de Cerinto -estrechamente vinculada con el gnosticismo- que ponía en
cuestión la humanidad de Jesús, de quien, opinaban ellos, lo válido eran sus
Ideas, su Mensaje, su Enseñanza, pero ponían serias dudas en el hecho de que
Jesús fuera la Divinidad Encarnada. Los Cerintianos aparecieron a finales del
siglo I o principios del siglo II, era una ramificación de los Ebionitas Según
las enseñanzas de esta herejía, Dios habría creado una serie de inteligencias,
genios y espíritus que se habían encargado de la Creación directamente, para
que Dios no tuviera que vérselas con la imperfección de la materia, desde esa
perspectiva, Dios sería Padre de los diversos operarios que hacían el “trabajo
sucio”. Para ellos Jesús era un hombre cualquiera, hijo de María y José que,
durante su bautismo, había sido empoderado por Dios -que descendió sobre Él en
forma de Paloma- y que había migrado de su Cuerpo durante la Crucifixión, de
tal manera, entendían los cerintianos que el que había padecido y muerto en la
Cruz era el cascaron humano, vacío de la Divinidad.
Surge
de todo esto un gigantesco problema, la fe sería solamente la doctrina
apuntalada por sus dogmas, y las conductas y acciones de la persona no tendrían
ninguna resonancia.
Lo
que uno haga o deje de hacer, tiene importancia “cero”. ¿Se detecta alguna
conexión en este aspecto moral con la “sola fide”? Ante todo, esto se derivaba
que quebrantar la Ley de Dios no tenía ninguna consecuencia en el orden de lo
moral.
Hay
un rasgo muy típico de los gnósticos, considerar que la Salvación es un don
otorgado a quienes detentan un “conocimiento superior y hermético.
Todas
estas facetas de la herejía afectaban profundamente a los cristianos,
introducían desviaciones realmente heréticas y dejaron secuelas muy graves,
comparables a cicatrices en el rostro de la fe. Aun hoy en día, reaparecen, así
sea solapadamente, a tal punto que a muchos fieles les parece que esa es la
verdadera doctrina, o que son puntos marginales y de despreciable consecuencia
mientras vayan a “Misa”, aun cuando durante la celebración estén “de cuerpo
presente y de alma ausente”. Creen que pueden acomodar toda la fe a su “muy
personal enfoque” y, no pasa nada, puesto que ellos manejan una banda
atravesada al pecho donde se lee: “Soy católico”.
Uno puede simplemente βλέπω [blepo] “ver”, sin ir más allá, pero para asimilar
algo, no basta que llegue a la retina, es necesario que la mente y el corazón
den un paso complementario, es necesario que la “comprensión” de un “salto” al
otro lado de la imposibilidad de “darse cuenta”. Para esos casos, el griego
tiene el verbo ὁράω [orao]
“Ver captando”, “mirar con atención penetrante”, “percibir”, “saltar al otro
lado del impedimento que impide descubrir”.
La diferencia está,
especialmente, en “no poder y “llegar a traspasar”. Cada disciplina
tiene su episteme. No se trata de estudiar la fe como se estudian las leyes de
la física, o con métodos experimentales. El método d la teología reposa
particularmente sobre el testimonio apostólico. Los testigos directos, los que
compartieron con Jesús y vieron sus obras, tienen a su cargo la misión de
compartir. Aquellos que vivieron y testimoniaron los encuentros con el
Resucitado tienen a su cargo la trasmisión de esta experiencia. La trasmisión
se hará de padres a hijos (de generación en generación), como un mandamiento
fundamental, usando los relatos Escriturales para responder a las preguntas de
los más jóvenes y asegurar que todos entiendan el significado.
Que no se vaya a pensar
que cada quien tiene el derecho-deber de inventarse su propio cuentico.
Conservar la fidelidad del mensaje es lo que compete a cada creyente. Por eso
es tan supremamente valiosa la Escritura, por su medio, la trasmisión fidedigna
se garantiza.
Desenmascarar las secuelas del cerintianismo
nos ayudará a precisar en qué consiste la Fe Católica y, así adentrarnos en uno
de los Dogmas esenciales de nuestro Credo: Jesús Verdadero Dios y Verdadero
Hombre. ¡Cuando Dios se hizo carne bendijo y santificó la condición humana,
dotándola de una incalculable dignidad!
Esta
dignidad no impide que el pecado la deforme, la desdiga, la hunda en un letargo
que sólo el sincero arrepentimiento y el recurso al sacramento de la
Conversión, culminado en la Absolución Sacramental, puedan justificarnos.
La
Presencia de Dios en Jesús, como Hijo, es probada desde la Triple perspectiva
sensorial denotada con tres verbos que nos dicen que el testimonio que los
apóstoles difundían se refiere -sin lugar a dudas- al verdadero Dios hecho
hombre: son los verbos “oído”, “visto” y “palpado”, Los sentidos teologales son
oído-vista-tacto. No una “apariencia” sino una realidad hecha carne. Cuando
sabemos contra qué está luchado el Apóstol al escribir esta homilía, podemos
mejor aquilatar el significado y alcanzar una mejor exegesis de la Primera Carta
de San Juan.
Poco
a poco, conforme nos adentremos en este Libro, al que solemos llamar “carta”,
iremos acercándonos más a la ternura de Dios y captando que Jesús con su
Encarnación da a toda criatura una dignidad incalculable y fija una meta de
salvación y santificación viable a todo ser porque Todo fue creado por Él y
para Él: El logos, La Palabra, es vida en el sentido de ser la Fuente de toda
criatura existente en el sustrato de la Vida-en-Cristo. Glosando la idea ya
puesta en el Evangelio cuando afirma “Yo he venido para que tengan vida y la
tengan en plenitud”.
En el prólogo del Evangelio el énfasis está puesto en Jesús; mientras que, en la Carta, el énfasis se pone en los “preservadores” de la trasmisión, los Apóstoles y toda la serie histórica de los discípulos que en su momento fueron testigos de la “carnalidad” y la “tangibilidad” del “Verdadero Hombre”.
Sal
97(96), 1-2. 5-6. 11-12
Es
un poema con estructura de redoble, cada golpe de baqueta en el cuero del
tambor tiene su resonancia, una reduplicación en eco, que con una trasformación
de palabras dice lo mismo en otro plano, así la voz en eco lo que hace es
magnificar lo dicho. Ese ritmo redoblante, da una fuerza especial a las tres
estrofas que se configuraron tomando seis versos de los doce que son la
totalidad de este salmo del Reino.
1ª estrofa. Ante el Reinado de Dios toda la tierra está contenta y satisfecha, nadie está a disgusto. Hasta las muchísimas islas se siente bien gobernadas. Él está envuelto en una penumbra, pero no se esconde, no se trata de un ocultamiento, es sólo una protección porque su fulgor es tan resplandeciente que de verlo directamente nos quemaría las retinas. Dios no juega con nosotros a las escondidillas.
2ª
estrofa: Hay una evaluación global de todo el Universo, se les toma concepto a
los montes, a la tierra y a los cielos. Cada uno hace su loa de la divinidad porque Dios lo funde todo y lo va
modelando para que cada cosa y cada ser alcancen su plenitud. En 1Jn 1,4 se usa
la palabra πεπληρωμένη [pepleromene] para aludir a
esa “completitud”, a esa “plenitud”, “consumación”, “realización”, “satisfacer
según las capacidades de cada quien”.
3ª
estrofa. Al despertarse el justo abre los ojos y lo que ve es Su Justicia.
Cuando se despierta un recto de corazón, ¿qué ven sus ojos? La alegría que Dios
derrocha. ¿A qué invitaremos a los justos? A celebrar en el colmo de la santa
dicha la Misericordiosa Beatitud del Tres Veces Santo Nombre.
El
verso responsorial nos despierta a esta realidad: Puede que los impíos tengan motivo
de alarma, pero a los que siguen los caminos trazados por el Señor, para ellos
será la Alegría a raudales.
Jn
20, 2-8
VIDA INVISIBLE QUE SE HA HECHO VISIBLE
En
gran parte, esta Lectura de hoy nos propone una cuestión epistémica: Cómo se
nos presenta y cómo vivenciamos la Presencia de Dios con nosotros. Es muy
evidente que no estamos leyendo Blanca Nieves y los siete enanitos, tampoco la
Cenicienta. El encanto de la literatura infantil es tan atractivo que muchas
personas se quedan fijas en ese género. Pero, en los relatos pertinentes a la
Resurrección, se trata de otra cosa muy diferente. Se está tratando de
descubrir cómo puede suceder que lo que Dios nos muestra, pueda o no ser
“percibido”. En muchos casos, hemos sido “educados” en una vertiente que pasa
por la desconfianza, preferimos, en cuanto sea posible, “no ver”. Aún más
grave, muchas veces nos enorgullecemos de esa “dureza de corazón”.
Si
uno se pone a pensar en la ciencia y en los grandes descubrimientos, vemos que,
en muchos casos, el “descubrimiento” proviene de una capacidad para trascender
lo que se ve, de la habilidad para ver las cosas de otra manera. Es el caso de
la famosa manzana newtoniana, para alguien -y en general para todos, la
cuestión simplemente consiste en que las manzanas maduras se desprenden por sí
solas del árbol y “caen”. Para Newton, el asunto estaba en que podría haberse
desprendido del árbol, y ¡salir volando! En vez de, sencillamente ir de “arriba
para abajo”. Hoy día, los científicos tienden a ver que de alguna manera
estamos en mejor perspectiva si comprendemos que el planeta tierra también cae
hacia la manzana, es solo que como nosotros estamos “montados” sobre el
planeta, tendemos a visualizar el asunto con esa perspectiva, y no con la otra.
Por
ejemplo, en el terreno teológico, que el sudario estuviera enrollado y aparte,
les ayudará a “creer”, depende de una mirada que “interpreta” que, si aquello
hubiera sido el robo de un cadáver, nadie se habría puesto a enrollar un
sudario y ponerlo a parte, ningún “ladrón” sería tan meticuloso; y es que los
ladrones obran con premura y desidia. Estaría por ahí “tirado”, con total
descuido. Se echa de ver que María Magdalena no había logrado dar “el salto”,
porque ella también participaba de la visión según la cual, “se habían llevado
al Señor y no sabían dónde lo habían puesto”.
Hay
una manera sublime de hacer la hermenéutica de esta perícopa que consiste en
salirnos de la racionalidad y dar el salto metanoético a la vida cristificada:
«… que a los marginados, los presos, los pobres y los emigrantes, tan a menudo
rechazados, maltratados y desechado; a los enfermos y los que sufren sean
bendecidos. (Papa Francisco). Ni empirismo, ni racionalidad, tampoco
irracionalidad
La Sábana Santa y el Santo Sudario no han de entenderse como “pruebas” de le Resurrección. La Resurrección no necesita ser probada, ni la función de la Iglesia debe ser la reunión de evidencias; apenas se levanta esa pretensión, la fe deja de ser fe para volverse “detectivismo policiaco”. Nuestra mentalidad cientificista cree avanzar mucho pidiendo el auxilio a las ciencias forenses y dactiloscópicas, y equivocan los alcances y los objetivos de las disciplinas científicas, planteando problemas epistémicos fuera de sus fronteras.
Si
bien Dios pensó en nosotros al darnos las Escrituras, y en particular el
Evangelio, no se puede entender que ellos fueran escritos con nuestra
mentalidad, sino al revés, aceptar que fueron escritos con la mentalidad del
siglo primero, y desde esa óptica es que se debe encarrilar nuestra exegesis.
Comprendamos que, si los científicos
alcanzaran la demostración de esos fenómenos y objetos históricos, ya no
estaríamos ante una religión de fe, sino ante hechos incontestables, imposibles
de hacerlos caber, allí en los territorios donde “Creer” es posible. Cuando
hacemos la exegesis, tenemos que entender la necesidad de descalzarnos y ser
conscientes de estar pisando הֽוּא אַדְמַת־קֹ֖דֶשׁ [admat kodes
ju] “terreno sagrado” (Cfr. Ex 3, 5e).
¡Estamos
ante unas vendas y un sudario que no prueban nada, que “hablan” al que tiene la
fe necesaria! Solamente por un momento, pongámonos en situación y pensemos en
esa experiencia “grandiosa” que fue para los Discípulos -Pedro y Juan- ver las
vendas, vacías de corporeidad cadavérica y el Santo Sudario enrollado y puesto
aparte; para un incrédulo no pasaran de ser unos “trapos ensangrentados”, para
nosotros, ¡esta experiencia no nos cabe en el cuerpo!
Tan
pronto como la imagen llegó a sus cerebros, la chispa que llamamos “creer” se
hizo Lumbre Resplandeciente y supieron lo que estaban viendo. «El mundo propone
imponerse a toda costa, competir, hacerse valer… Pero los cristianos, por la
gracia de Cristo, muerto y resucitado, son los brotes de otra humanidad, en la
cual tratamos de vivir al servicio de los demás, de no ser altivos, sino
disponibles y respetuosos. […]» (Papa Francisco)






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