1Jn 2, 18-21
Ustedes tienen la
unción del Santo, y todos ustedes lo saben.
1Jn 2, 20
Nuestra
situación, con respecto al Cielo, se ha hecho muy especial: Gracias a la Venida
de Jesucristo a este mundo hemos conocido el acceso a la vida sacramental.
Desde esta perspectiva, caemos en la cuenta que la vida Sacramental no es otra
cosa que la manera irrevocable como se nos ha “dado” Su Presencia. El
cumplimento cabal del “Yo estaré con vosotros”
La
Octava de Navidad nos permite ver que el tiempo que habitamos recibe “dosis”
especiales de Gracia, lo que hace que nuestro tiempo no sea una sustancia
enteramente homogénea, sino que, por la concentración de Gracia, haya momentos
de mayor densidad. Por ejemplo, este que nos introduce la Epístola, cuando nos
habla de Ultima Hora. Esos momentos son más densos, porque, aun permaneciendo en
la provisionalidad de lo temporal, una gran cantidad de Presencia se cumple en
nuestras vidas. Así como estos ocho Días forman uno solo, son ocho días
calendario, pero uno solo hablando en términos kairóticos. Así, desde que el
Hijo de Dios habitó la faz de la tierra, el tiempo cronológico ganó una densa
kairoticidad -a la que el historiador denomina genéricamente “era cristiana”-
pero que en términos de kairós, es distinto a otro “tiempo”, porque Jesús está
Presente con nosotros -desde el preciso instante Resurreccional- hasta la
Parusía, cuando estará palpablemente Presente, en ese momento terminará la
“última hora” y se abrirá, de par en par, la Eternidad. Esta Presencia se hace
patente en la Unción que hemos recibido. Ya no nos movemos en el aire; -como
los peces se mueven en el agua- así nosotros nos movemos ahora en Jesucristo
(Cfr. Hch 17,28).
La
1ª Carta Joánica nos previene sin embargo que el Patas, anda por ahí pataleto,
sabe que su último cuarto de hora está en curso y quiere avisparse a ver a cuántos
logra arrebatar hacia su tiniebla. Nosotros por lo general nos imaginamos que
los “Anticristos” son esos políticos, esos líderes renombrados, foráneos, que
llegan del extranjero con sus bombos y platillos, con sus bombas y misiles, y
lo son, pero hay otros que están adentro, están colados en nuestras filas,
están infiltrados, quieren confundirnos, desviar nuestra atención, distraernos
con la preocupación de la “marca de la colombina”, para que nosotros, por andar
en esas, no nos percatemos de su ataque, de sus estrategias, de sus proceder
disimulado, de su ideología de odio y muerte. San Mateo se refería a ellos como
“falsos profetas” (en esta carta, en el capítulo 4, también se les llamará
así). Jesús nos prevenía señalando que esos claman que el Mesías está aquí o
está allí, y nos decía que no nos fuéramos tras ellos (cfr. Mt 24, 23). San
Pablo los denominará “lobos rapaces”.
Significa
esto que tenemos que vivir en zozobra perpetua, con los nervios de punta,
desconfiando de todos los fieles co-parroquianos; no se trata de eso, si leemos
la perícopa con atención nos daremos cuenta que dice que esos anticristos que
están al interior, caerán por su propio peso, se desenmascararán con su propia
mano y con su propio proceder. No se trata de que nosotros sembremos la
desunión, desparramando desconfianza, que creemos sectas de segregación, que no
venga la discriminación y la exclusión por nuestro conducto, que no sean
nuestras acciones la fuente del divisionismo, que no obremos diabólicamente.
Nosotros tenemos el deber de la acogida, de la fraternidad, de la sinodalidad.
Llega
el momento en que esos “enemigos de la fe” saldrán y se irán, porque ellos
mismos se darán en la nariz con la inutilidad de sus estratagemas; los que no
sean “fieles” saldrán y se irán, porque nos son de los nuestros, esos no
permanecerán: Son “pasajeros”.
Nosotros
conocemos al Espíritu Santo, y -por haber sido ungidos- tenemos la capacidad y
el “conocimiento” para captar su verdad. Esta verdad no es “discursiva”, es una
“verdad experiencial”, que nos capacita para reconocer la mentira y no darle
cabida para que no se entrevere con la Verdad Revelada. Esa verdad experiencial
está cifrada en la μένω [meno] “permanencia” (Cfr. 1Jn 2, 24).
Permanezcamos
atentos en lo que sigue en la Carta, que el viernes, 2 de enero, leeremos la
contraseña para reconocerlos y desenmascararlos: esos anticristos son los que
niegan a Jesús.
Nosotros también somos Presencia Crística, en tanto que ungidos en el Ungido. Con la Unción Crismal.
Sal
96(95), 1-2. 11-12. 13
Este
es el mismo salmo del Reino que leímos ayer, pero la perícopa está organizada
de otra manera.
El
salmo convoca a tres estratos diferentes, para alegrarse y gozar.
i)
Los creyentes los que se han asociado con los Discípulos
ii)
Los pertenecientes a todas las naciones
iii)
Las criaturas
El
primer día, ayer, nos concentramos y toda la perícopa se refería a las naciones
convidadas. En cambio, la perícopa de hoy, toma una estrofa de cada uno de los
tres estratos.
En la primera estrofa convida a todos los habitantes del planeta a cantarle a Dios con un Cántico Nuevo.
En
la segunda estrofa, llama a los mares, a los campos y a los árboles.
En
la tercera estrofa define como será el gobierno de Dios e insiste que será un
reinado con Justica y Fidelidad.
El
versículo responsorial dice que Cielos y tierra exultaran por esas razones.
Jn
1, 1-18
Él es verdadero hombre
por naturaleza, capaz de actividad humana, conocimiento humano, voluntad
humana, conciencia humana y, añadamos, de sufrimiento humano, paciencia,
obediencia, pasión y muerte. Sólo por la fuerza de esta plenitud humana se
pueden comprender y explicar los textos sobre la obediencia de Cristo hasta la
muerte.
San Juan Pablo II
Es
esencial al acercamiento de nuestra fe, entender que Jesucristo no es algún
hombre que Dios comisionó para traernos un anuncio de Salvación, sino que es
mucho más que eso: es Dios-y-hombre, es Dios humanado, es el mismo Dios en
Persona, que se Encarnó para Salvarnos. Con esta manera de proceder, Él nos ha
asumido en nuestra totalidad, nada hay que sea nuestro y se le haya quedado por
fuera, cargo con todas nuestras debilidades y, Él que estaba libre de todo
pecado, cargo con todos nuestros pecados (Cfr. Is 53, 4-12).
Como
es Dios, no tiene principio ni tiene fin, es Eterno. Dios pronuncia su Nombre y
esa es su manera de Ser, está en la Eternidad del Verbo pronunciado por el
Padre.
También
podemos entenderlo como Creador, porque el Padre creó, creó y crea con su
Palabra, pero, atención, todo fue creado pensando en la obra Salvífica del
Hijo, en que el todo lo asumiría, así que, con su Voluntad Salvífica, es
co-participe de toda la Creación.
Al
ser creadas, todas las criaturas quedaron alumbradas por su Resplandor, el
Verbo Eterno las cobijaba con su resplandor, pero el pecado las arrinconó, y
las condenó a vivir en las esquinas oscuras donde el Malo derramó su tiniebla.
El
ser humano no es capaz de enterarse de estas Acciones sucedidas en el plano
trascendente. Entonces, para que pudiéramos abrirnos a su acogida y recibirlo,
Él se pre-anunció y nos regaló un Precursor que lo proclamó como “Cordero que
quita el pecado del mundo”.
El
Precursor, no era el que Ilumina, ni era el Verbo pronunciado por el Padre,
sino una Voz que daba paso al que Es la Plenitud de la Claridad Perfecta.
Esta
Voz era Índice, no era constricción. Proclamaba, no imponía. Dios propone, y lo
que nos demanda, prácticamente nos lo ruega. Quiere que nosotros aceptemos,
pero sometiéndolo a nuestro albedrío.
El
texto, a este respecto, contiene dos pivotes, abisagrados en el sentido de
Verdad. Pero la verdad no es una imagen que se ajusta al objeto, sino una
oferta que quiere anidarse en nuestro pecho. Es una verdad de naturaleza
amorosa, es un pacto en términos de afectividad, de conyugalidad.
El
primer pivote es que La Palabra que es Dios y que estaba “junto” a Dios tiene
el poder de “iluminar”; pero no es una iluminación que escoge a unos y a otros
los deja en lo oscuro, es una Luz que se ofrece a todos los seres humanos que
nacemos aquí, en la tierra. (Jn 1,9).
Y,
el segundo pivote es que eta Verdad Luminosa se ofrece a nuestros ojos y quiere
aclararnos, quiere iluminarnos, ya depende de nosotros acoger al Hijo de Dios
pleno de Gracia y de Verdad (Cfr. Jn 1, 14cde).
«En
la Persona de Jesucristo, las dos naturalezas, la humana y la divina, han
quedado inseparablemente unidas. Esto era lo que experimentaba cada uno que se
acercaba a Jesús: estando en todo igual a nosotros, era al mismo tiempo tan
diverso…» (Papa Francisco)





No hay comentarios:
Publicar un comentario