1Jn 2, 3-11
Nosotros
entendemos que hay una palabra clave y medular en esta perícopa y es la palabra
μένειν [menein]
“permanecer”, “quedarse junto con”. Queremos reclamarnos discípulos de Jesús y
decir que lo seguimos, pero esto no es posible sin un elemento de continuidad,
de permanencia, de fidelidad, de constancia. Toda la perícopa afirma que el
verdadero discipulado consiste en “caminar como Él caminó” (Cfr, 1Jn 2, 6). Es
evidente en este planteamiento que no se trata de aprenderse unas citas y poder
regurgitar una chorrera dogmática. Cuando
alguien pretende asumir el discipulado, la respuesta es “Vengan y vean” (Cfr. Jn
1, 39-41). Jesús no les dicta una conferencia, los reta a observar y aprender
desde la “contemplación”.
Para
los judíos las Tablas de la Ley son un hito material de la relación entre Dios
y el Hombre y, de alguna manera, Ellas simbolizaban la Presencia de Dios en
medio de su Pueblo. Es difícil percibir en la distancia temporal lo que
significaban Las Tablas en el Arca, pero quizá, el episodio de Jos 6, 2-5 nos
deje avistar su significado en el contexto de la fe:
«Pero
el Señor dijo a Josué: “¡He entregado en tus manos a Jericó y a su rey con sus
guerreros! Tú y tus soldados marcharán una vez alrededor de la ciudad; así lo
harán durante seis días. Siete sacerdotes llevarán siete trompetas y marcharán
frente al arca. El séptimo día ustedes marcharán siete veces alrededor de la
ciudad, mientras los sacerdotes tocarán las trompetas. Cuando todos escuchen el
toque de trompeta, todo el ejército lanzará el grito de guerra a voz en cuello.
Entonces las murallas de la ciudad se desplomarán y cada uno la asaltará sin
impedimento».
Las
Tablas de la Ley perduraron en el Arca del Templo hasta la caída y destrucción
del Templo y de la ciudad en el año 587 a. J.C. por las tropas de Nabucodonosor
II, rey de los babilonios. Ya no se vuelve a mencionar más el Arca, desaparece
para siempre de la historia de Israel. Meditando y dándole vueltas a su perdida
tenemos que incluirla entre los designios de Dios, porque -y eso nosotros lo
comprendemos ahora muy bien- no se trata de un abandono de parte de Dios, de su
pueblo elegido, porque Dios es Fiel, por los siglos; en cambio, podemos suponer
que la identificación de la Divinidad con las tablas sobrepasó la sana relación
de la fe, para volverse un fetichismo, una cosificación. Era indispensable que
la fe madurara en la dirección de entenderla como una relación “Personal” y
prevenir que se quedara en una “cosificación”, un objeto ahí, en el Templo. El
arca “se perdió” para evitar la reificación que se estaba dando.
En
Jeremías 31,33 se habla de Dios escribiendo Su Ley en el corazón de Su pueblo,
no en tablas de piedra, lo que significa una obediencia interna, profunda y
voluntaria, manifestada en amor al prójimo y una relación personal con Él, a
diferencia de la mera observancia externa.
Hoy,
la amenaza reaparece, cuando los Mandamientos son una retahíla a memorizar, o
cuando haber pasado la vista por Ex 34,10-28; Ex 20, 2-17 o Dt 5, 6-21 ya daba
cumplimiento a la fidelidad demandada por los Mandamientos. Pero cuando se nos
pide “guardar” los mandamientos, el punto va mucho más allá de hacerlos pasar
por nuestra cabeza, efectivamente el llamado va más allá de lo meramente
intelectual y nos compromete: No se trata de sabérselos, se trata de vivirlos,
de ponerlos en acción, en práctica: “Quien dice “yo lo conozco” y no guarda sus
mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él” (1Jn 2, 4). La “permanencia”
fiel en la Fe, es precisamente este vivir coherentemente: περιπατέω [peripateo]
“mantenerse caminando en torno a lo mismo”, “no abdicar del paradigma recibido”,
“Vivir como él vivió”. Es eso lo que se figura con este dar vueltas alrededor
de Jericó portando el Arca con la Tablas de la Ley al hombro”.
El
otro núcleo-eje está en 1Jn 2, 9-10: Quien dice que está en la Luz y aborrece a
su hermano, está aún en las tinieblas. Quien ama a su hermano permanece en la
Luz y no tropieza”.
Esto
ha empalmado las dos ruedas dentadas haciendo de ellas un verdadero engranaje:
«El
primer mandamiento de todos es: Escucha Israel: El Señor nuestro Dios es el
Único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con
toda tu mente y con todas tus fuerzas. Pero hay un segundo: Ama a tu prójimo
como a ti mismo. Ningún Mandamiento es más importante que estos. (Mc 29b-31) Se
ha puesto en estrecha dependencia el “conocimiento” -expresado en el Shema con el
amor-ágape. Podemos entonces inferir dos corolarios
i.
Para entrar en Comunión con Dios necesitamos una sincera
ruptura con el pecado. Llevar el Arca, caminar cargándola y dar vueltas y
vueltas en número de siete, no era un “rito”, era la manera de decirles que
¡siempre! Había que ir y vivir llevando sobre sí la consciencia de la ley de
Dios que es la carrilera de la Justicia Divina. Marchar, siempre coherentes con
los mandamientos las daría la Victoria. Apartarse de la Ley Divina los disgregaría,
los disolvería como pueblo y perderían la Unidad-Fundante. Caerían en la
Diáspora.
ii.
Amar a los hermanos es conocer a Dios. La coherencia con
los mandamientos no es solo un palo vertical (el estipe. Puente que une el
Cielo con la tierra); hay que completar la Cruz que el cristianismo nos
propone: el madero horizontal de la cruz (el patíbulo: puente que nos une con
todos los “hermanos”) simboliza que la Fe Verdadera se concretiza en el amor
hacia todos los prójimos.
Es
el verbo γινώσκω [ginosco] “conocer”,
“reconocer”, “percibir”, que en esta Carta joánica aparece 25 veces. El
gnosticismo ha procurado a toda costa desviar su significado, restringirlo a lo
puramente “intelectual”.
Frente a estas interpretaciones podríamos
identificar por lo menos dos riesgos:
1)
Pensar que los presbíteros y los monjes que dedican su vida
a ser “huéspedes de YHWH” tienen prioritariamente un margen de conocimiento que
excede a todos los demás en intensidad, en cantidad de tiempo, en términos de
frecuencia. Por eso, detentan su monopolio. Deformación clericalista.
2)
Reducir a Dios a una figura de “asistencia” que Lo lee como
el “genio de la lámpara” que, bastará frotarla y complacerá todos los deseos.
Y
es Dios quien se nos da, quien nos sale al encuentro, quizás en el callejón menos
esperado y en el lugar más contradictorio, puede siempre resultar que allí
dónde no esperábamos encontrarlo, sea precisamente el lugar donde Él nos espera
para primerearnos.
Podemos, sin embargo, empecinarnos, e insistir, tercamente en nuestro extravío, y tomar la opción b. Podemos “amarlo” porque está mandado (de dientes para afuera) o, podemos amarlo porque intuimos la profunda felicidad que dimana de cifrarlo todo en Él -y, entonces- amarlo principalmente anidando en el corazón el amor-al-prójimo).
Sal
96(95), 1-2a. 2b-3. 5b-6
Alégrese
el Cielo y goce la tierra: Este es un salmo del Reino. Puede ser cómodo decir y
reiterar que Jesús es el héroe de los súper-héroes, repetir que Él dividió la
historia en un antes y un después, que de nadie se sigue celebrando el
cumpleaños después de muerto como se hace con Jesús; y después, ¿qué?
¿De
verdad basta la proclamación? ¿La sola tarea que nos compete es la de gritar
“Jesús, Jesús, Jesús, como si se tratara de la guerra de los hinchas? Tal vez
nos gustaría ensayar como metodología religiosa la de las barras bravas, y
abollar cráneos para hacer que Él triunfe…
El
salmo nos repite que se trata de “Un cantico Nuevo”. No dice el salmo que
retemos al mundo coreando su santísimo Nombre, lo que se propone es “religar”
la tierra con el Cielo bendiciendo su Nombre. No se trata de convencerlos, se
trata de caminar en fraternidad, de respeto a la diferencia…
¿En qué consiste “bendecir su Nombre”? En vivir a la manera de Jesús, en poner en práctica su enseñanza, en tratar de tener sus mismos sentimientos de Misericordia, en llenarnos cada huella digital y cada circunvolución cerebral de Su amor. Guardar sus Enseñanzas, eso es lo que significa “bendecir su Nombre”.
¿Cómo
se bendice el Santo Nombre de Dios? Guardando los Mandamientos, pero no porque
nos gusta la legalidad de los leguleyos, sino porque el Amor nos lleva a
restañar el abismo que se ha desatado entre Cielo y tierra. Con esa práctica de
fraternidad, de sinodalidad es que “religamos” lo que quebró el pecado.
Solo
trabajando arduamente en la fidelidad de la Ley de Dios y en nuestra coherencia
con ella, edificaremos el Reino y estaremos proclamando sus maravillas a todas
las naciones de la tierra.
Solo
su en nuestro pecho florece el Amor que Él nos ha enseñado, un amor de
verdadera sinodalidad, entonces se verá que su Templo es toda la tierra, porque
su Amor llenará toda la realidad, ya no habrá templo, porque el Templo será
toda la tierra. ¡Honor y Majestad preceden al Señor! Lo que hace ese honor, la
verdadera Honra de Dios es que su pueblo entero tenga el corazón invadido de
Amor libremente aceptado.
Lc
2, 22-35
Simeón le dice a María
que “una espada te traspasará el alma”
Lc 2, 34
La
sagrada Familia era una familia judía devota y fiel, así que para ellos el
cumplimiento de las prescripciones de la Ley era sagrado. La perícopa de hoy
está centrada en un ritual de doble significado y dimensión:
1)
De una parte, está la presentación del Niño Jesús en el
Templo, y de la otra,
2)
La Purificación de María Santísima
La
impureza que conducía a los días de purificación, se explican porque el
derramamiento de sangre durante el parto, hacía necesario un proceso de
“limpieza”, de “descontaminación” que demoraba tanto como la vigencia de la
impureza -40 días (Lv 12, 2-8)- por haber estado en contacto con la sangre. Sin
embargo, nosotros entendemos que si Jesús pasó -como solemos explicarlo- como
un “Rayo de Luz” a través de un Cristal, la necesidad de que la Virgen se
atuviera a este ritual se hace innecesaria. Pese a esto, San Lucas, nos quiere
señalar cómo toda la familia se atiene a las prescripciones legales, y así lo
hizo Jesús durante toda la vida, como señalando que su condición humana no era
de apariencia, no era simulada, sino completa, con todas sus implicaciones.
El
Niño, le pertenecía por antonomasia a Dios, y se podía rescatar, pagando a un
miembro de la tribu sacerdotal una “ofrenda” de 5 shekels (ciclos). No hay
ninguna mención del pago del rescate, lo que ha llevado a pensar que, el Niño,
siguió siendo propiedad de YHWH. Su consagración -por ser primogénito- se
mantuvo.
Viene
ahora la mención de dos personajes -representantes de los anawin- se trata de שִׁמְעוֹן [Shimon] Simeón, “Dios
ha escuchado” y חנה [Janah] Ana, “favorecida”; figuras de la
ancianidad y la viudez, que ya se ha dicho, estaban entre los más vulnerables
de aquella sociedad. Por qué es importante que sean de los vulnerables, porque
siempre son los “pequeños” los que más anhelan la Llegada de Dios-Libertador;
otros, los poderosos, se afanan para que no llegue y lo mandan matar, los
paupérrimos quieres su pronta llegada, ellos saben que cuando venga su reinado
se extinguirá su penuria.
Es
de suma importancia cómo San Lucas siempre pone de realce que es la obra del
Espíritu Santo la que los mueve, El que pone en sus labios los anuncios, El que
va dirigiendo el nacimiento del Nuevo Pueblo de Dios y El que articula los
pasos decisivos para que se dé la Iglesia como continuadora de la Misión de
construcción del Reino.
Pero
-como lo hemos resaltado- ¡Dios no nos envía al paraíso del arequipe! No nos
envuelve en empaque melifluo, nos hace ver que la ruta tiene reveces, y tiene
asperezas, que los rigores no se exceptúan, sino que están allí y nos obligan a
sacar a relucir nuestra talla. Nos obligan a sacar nuestras fuerzas a
resplandecer, pero también, cuando parecemos vencidos, nos inyecta un
complemento adecuado a la talla del reto.
La exegesis global de la Palabra que se proclama hoy, se podría condensar y concentrar en una cita lucana del capítulo 11: “Benditos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la ponen por obra”. El tema de hoy ha sido, no quedarse en la capa exterior, y conformarse con los muy luminosos anuncios que inundan la ciudad y abarrotan la contaminación visual, hay que ir más allá y hacer de las “Enseñanzas” que Dios nos da, un verdadero “estilo de vida”. Hay que vivir crísticamente.





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