Jer 23, 5-8
El Dios de Jeremías es
tierno y lleno de amor, pero exigente y firme a la vez. Escucha y acompaña en
el dolor, pero exige, a la vez, fidelidad en los momentos difíciles. Pide
apertura, disponibilidad, confianza y abandono total en sus manos. Él no promete
comodidad, sin ayuda y fortaleza en la dificultad.
José L. Caravias s.j.
Estamos en el
tercer segmento del Libro de ירמיהו [Yirmeyahu]
“Jeremías”, “YHWH exalta”: Los oráculos posteriores a יוֹיָקִים Yoyaquim, que se ha españolizado como
Joaquín.
Un
rey puede gobernar un pueblo una nación numerosa, o puede ser pastor de una
pequeña grey, el número de sus “ovejas” no es lo que los constituye reyes sino
la responsabilidad, la rectitud que pone en su “gobierno”. La perícopa que nos
ocupa proviene de un bloque que se ha intitulado “Esperanzas para el futuro”, y
remite a una denuncia contra los “malos pastores” que se enlaza con una promesa
de salvación y de reunificación del “rebaño disperso”, con un riachuelo subterráneo:
la restauración del reino davídico y el regreso del exilio.
Hemos
hablado del significado del pastor como rey, como gobernante honesto. La
designación al trono real no es una cuestión de corona, cetro y armiño; estas
cosas lo que hacen es comunicar la posición social de la persona en el encargo
de “dirigir” a los demás; en la dirección, lo más importante es el desvelo, el
cuidado esmerado y -como lo señalamos al mirar a David como pastor- el
compromiso de llegar hasta el riesgo de la propia vida, hasta enfrentar al oso,
al león y a todas las fieras que puedan amenazar al redil.
Dios,
en la persona de Jesús, se manifestó precisamente a los pastores. O sea, a los
reyes, que nada tenían que ver con Tronos, Armiños y Cetros, pero en cambio,
tenían todo que ver con el cuidado, la defensa, la protección, y el velar por
toda la grey.
A
muchos de los pastores, la única oveja que les interesa es la que dio su cuero
para fabricarles la billetera. A la billetera propia es a la única oveja que
tiene presente para su programa de engorde. En esta perícopa de Jeremías, el
Señor -por boca de su profeta- empieza sentando una malaventuranza por todos
los pastores que descuidan su grey (la de Dios) y la dejan perderse y
dispersarse. Como sucedió con muchos de los reyes de Judá.
La
dispersión se dice en griego diáspora, la palabra en griego alude a la acción
de sembrar, aventando la semilla, de esa manera la semilla quedaba esparcida
(dia/spora). Los judíos tienen la palabra גלות
[galut], esta diáspora comenzó en el año 586 a.C., cuando los babilonios
destruyeron el Primer Templo de Jerusalén y deportaron a los judíos a Babilonia;
Jeremías advirtió sobre todo esto, él trabajo profetizando entre el año 626 y
el 586 a.C. en el 626 a. de C., decimotercero del reinado del rey Josías (Jer
1,1–2), y continuó predicando hasta después de la destrucción de Jerusalén,
aproximadamente en el año 586 a. de J.C. Se trata de una actuación
verdaderamente proléptica.
El
anuncio de fondo es el de un Nuevo Éxodo: Antes se precisó sacar al pueblo
esclavizado y oprimido en Egipto; ahora, la urgencia es que saquen al pueblo
desbandado “en el país del norte y de todos los demás países por donde los
habían dispersado”. Aquí para “dispersado” la palabra bíblica es נָדַח [nadach] “desterrado”. Desterrado -vale decir “sin tierra”, o que se
le ha quitado, es una condición que se le dio a los israelitas y termino por
ser prácticamente su definición: Un pequeño grupo de arameos אֹבֵ֣ד [´abad] errantes
(cfr. Dt 26, 5b), aquí la trashumancia a la que se refiere está muy próxima a
la idea de que venimos a la vida terrenal como “peregrinos”, pero nuestra
instancia aquí es provisional y estamos destinados a “morir”. Pero Dios tenía en sus perspectivas darles tierra en Canaán,
prometió repetidamente a los israelitas esa tierra, conocida como הָאָרֶץ הַמֻּבְטַחַת [Ha aretz
Ja-Muvtajat] Tierra Prometida, como heredad perpetua.
Hay un antídoto, la Persona de un Nuevo Pastor, que los
liderará como un Nuevo Moisés, para traerlos “a vivir en su propia
tierra”. Esta persona está figurada por
la imagen de un צֶ֫מַח [tsemach] “un brote”, “un retoño”, “una yema”, “un
pimpollo”, “un renuevo”, Isaías lo había llamado חֹ֖טֶר “ramita”, “germen” (Cfr Is 11,1); figurativamente “un
descendiente”. Nos está hablando del Mesías, y en Él se compendian todas las
cualidades del “incomparablemente mejor gobernante”. Será fiel a Dios y no un
simple monigote en manos de Sedequías -último rey de Judá antes de la
destrucción de este reino a manos de los babilonios- que era el rey cuando
Jerusalén y el templo fueron destruidos por Babilonia y la mayoría del pueblo fue
llevado al exilio; fue tan rebelde que ni obedeció al rey Nabucodonosor, ni
cumplió con el juramento que le había hecho y en cambio, procuro entrar en
alianzas con los pueblos vecinos incluido Egipto para rebelarse contra
Babilonia, pero lo único que logró el rey Sedequías de Judá fue la derrota, ver
la muerte de sus dos hijos y, luego, perder los dos ojos que le fueron
desorbitados.
El “retoño” prometido, habría de gobernar -en cambio- con
Rectitud y Justicia. Este Pastor que Dios habría de suscitar les traería todo
cuanto el pueblo de Dios necesitaba. Este Nuevo Éxodo tendría su culmen con el
Regreso del Mesías que llegaría para establecer definitivamente el Reinado de
Dios. Y esto, no sólo para el pueblo de Israel, sino para todos los pueblos de
la tierra.
Posteriormente, San Pablo establecerá la figura de Cabeza y
cuerpo para generar una analogía con el cuerpo total: Dios -y-su-Esposa. Todos
tenemos que ser “pastores”, porque el seguimiento es para que vivamos en
comunión con Nuestro Redentor, que se entrega por entero a favor de su pueblo,
su grey, su manada de “ovejitas”, su amada-puebla. Así quedará sentado que todo
ser humano tiene también la misión de defender el Derecho y la Justicia.
La parábola del “renuevo”, nos injerta también a nosotros y
nos llama a reconocernos miembros del Nuevo Mesías, y constructores del Reino. תֶּתֵּי מַלְכוּתָא [Tethey malkuthak] ¡Venga a nosotros Tu
Reino!
Sal 72(71),
1-2. 12-13. 18-19
Retomamos
el mismo Salmo que se proclamó ayer; la primera estrofa será la misma; para le
segunda estrofa tendremos los versos 12 y 13: que muestra su atención hacia
tres categorías diversas de menesterosos:
1) Al pobre que clama
2) Al afligido que
nadie cuida
3) Los pobres y los
indigentes
La
tercera estrofa toma los versos 18 y 19: Empieza alzando una bienaventuranza
para YHWH, Único que obra portentos.
Pide
que su Nombre Santísimo sea glorificado por siempre. Y que su Gloria llene el
cosmos entero. Y lo ratifica son el doble amén.
La antífona responsorial será la misma de ayer: “En sus días florezca la מִשְׁפָּט [Mishpat] “Justicia” y la שָׁלוֹם [Shalom] “Paz” abunde eternamente.
Mt 1, 18-24
José es
Rey-Pastor
También san José tuvo
la tentación de dejar a María, cuando descubrió que estaba embarazada, pero
intervino el ángel del Señor que le reveló el diseño de Dios y su misión de
padre adoptivo.
Papa Francisco
Esta
perícopa nos dice cómo se generó el Señor Jesucristo. María había dado un paso
nupcial con San José, mucho más que un compromiso matrimonial, eran, ya de
hecho, una para el otro y uno para ella, su compromiso era mucho más que un
pendiente por cumplirse, sencillamente, era una parte clave del matrimonio
según aquella usanza: la pareja esperaba por lo menos un año antes de convivir
bajo el techo conyugal, este periodo debía trascurrir, pero su condición de
cónyuges, ya era vigente. Así se hacía. Tal vez tenga un profundo significado
que uno vaya madurando el vínculo sin llegar a la convivencia todavía. Como
irse dando cuenta que ya no se era “independiente” sino que su otra mitad
estaba distante, así se dejaba crecer el anhelo, pero a la vez se iba
sedimentando en el corazón la consciencia de ser uno definitiva e
irrevocablemente.
Estas
cosas nos parecen muy extrañas, y nosotros las eliminamos del pensamiento,
simplemente afirmando que eran costumbres trasnochadas que “afortunadamente”,
decimos nosotros, se superaron y quedaron hondamente sepultadas en el pasado.
En
una mentalidad de consumo no cabe la dilación, todo tiene que darse ipso facto.
Compramos para consumir, y a veces -se ve en los supermercados- inclusive se
consume antes de haber pagado. Tomemos por caso, las relaciones supuestamente
“conyugales”, las “consumimos” -no debería ser así, sino que deberías saber
aguardar, para ¡consumarlas!- incluso antes de haberles dado cualquier marco de
formalidad, porque somos tan contemporáneos, más que modernos, ¡mucho más! definitivamente
“postmodernos”.
Resultó,
dice el Evangelio, que ella esperaba un Hijo, por obra del “Espíritu Santo”, se
nos aclara: Bienaventurada María que pudo asumir esto, ahí radica la esencia
virginal de María; no dijo “Nada de eso, yo quiero engendrar como las demás”,
nosotros decimos, tan bonito que ella estaba dispuesta a “acatar” la Voluntad
de Dios, pero no dejamos resplandecer que ella, lo más grande que hizo fue, ser
“abnegada”.
Y
¿qué es esto de ser abnegada: Que sacrificó sus deseos, que pospuso sus intereses
personales, superando todo su egoísmo, pasando a segundo, o a tercer plano,
mejor aún, a último plano para dejar que la Voluntad Divina quedara en el Primerísimo
plano. Saber que uno tiene sus “legítimos sueños”, pero aceptar los que tiene
Dios y ponerlos en primerísimo lugar. No es tanto una cuestión de sexualidad,
es aceptar lo que pide el Shema: «Amarás a Hashem (es decir el Nombre
Impronunciable por su Inefable Grandeza), tu Dios con todo tu corazón, con toda
tu alma y con todos tus medios. Estas palabras que Yo te ordeno hoy las
guardarás en tu corazón. Las enseñarás a tus hijos y hablarás de ellas cuando
estés en tu casa, cuando andes en el camino, al acostarte y al levantarte» (Dt
6, 6-7). Por eso María “conservaba todo esto en su Corazón”.
José
no es un personaje de literatura, es un ser humano, así que “decidió
repudiarla”. No se estaba inventando nada, eso decía la Ley que se debía hacer.
Notamos
el gran valor de los sueños en aquella cultura. Dios usaba de los sueños como
el más auténtico canal de comunicación. Así que, en un sueño, y con la
mediación de un Ángel, se le resolvió la duda y Dios le mandó “acoger” a María
y desechar toda suspicacia.
Para
eso, necesita ser un Pastor de verdad, que su primer sujeto de gobierno es uno
mismo, para poder aceptar lo que el Señor nos habla, nos comunica. El rebaño
que se le encargaba a José era la familia. La que nosotros designamos como
Sagrada Familia: El Divino Niño Jesús, María su Madre y él mismo. Sobre ellos
debía extender sus cuidados y debía desvivirse, poniendo en juego su vida
entera a favor de la misión encomendada.
Y
recibió -por medio del Ángel, el Nombre que está sobre Todo Nombre, para que
fuera ese el Nombre que le impondría.
«Este Padre no dice “estoy orgulloso de ti porque eres igual a mí, porque repites las cosas que digo y que hago”. No, no dice eso. Le dice algo más importante, que podríamos interpretar así: “Estaré feliz cada vez que te vea actuar con sabiduría y estaré conmovido cada vez que te escuche hablar con rectitud. Esto es lo que he querido dejarte, para que se convirtiera en una cosa tuya, en una costumbre de escuchar y actuar, de hablar y juzgar con sabiduría y rectitud”.» (Papa Francisco)





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