Sir 3, 2-6. 12-14; Sal 128(127), 1bc-2. 3. 4-5; Col 3,12-21; Mt 2, 13-15. 19-23
La
Primera lectura nos da a conocer la profunda unidad que hay entre padres e
hijos ante los ojos de Dios. Los frutos de los padres resuenan en los hijos,
los hijos son eco de la rectitud en las acciones de los padres. Uno no cosecha
sólo para sí, se cosecha para las generaciones venideras acrecentando honra y
riqueza. Claro que este proceso no es nada mecánico y muchísimo menos
automático. No tiene por qué sorprendernos que de padres excelsos en virtud
deriven hijos calavera. Nadie está genéticamente predestinado y -al final- cada
quien hace su muy personal opción. Por eso dice en la perícopa: “Quien honra al
padre” ... porque hay quienes deciden honrar otras cosas o prefieren honrar a
nadie, sino sembrar deshonra ¡a diestra y siniestra!
Nótese que la relación familiar que se lleva es un componente esencial de la oración. La oración no es el hilván de una serie de palabras -quizá muy perfectamente unidas- sino que hay comportamientos, hay gestos, hay acciones que avalan las oraciones y sirven como prueba de su sinceridad. Habrá posiblemente quienes reducen su relación familiar a muy piadosos rezos, pero no hay nada que respalde esas peroratas, quedando como simples alocuciones vacías de mensaje al Cielo y que, por lo tanto, pasan sin positivas consecuencias, nada favorable se produce, se podría añadir que fueron vana inversión de tiempo que en nada redundó.
Varias
veces hemos insistido en superar esa fe retribucionista que quiere comprometer
la Bondad de Dios obligándola por medio de estas prolongadas monsergas
repetidas como fárragos verbales. No se puede chantajear a Dios para manipular
ni su generosidad ni un supuesto ánimo punitivo de su parte. Así como no se
deben reclutar niños para operar la violencia, no tratemos de reclutar a Dios
para ponerlo bajo la férula de nuestros intereses y ventajas.
El Salmo alude a la recompensa para quien se mantiene fiel al Señor. El galardón se muestra en la esposa y en sus hijos. Pero el galardón no se queda allí, va mucho más allá y alcanza para todo el pueblo de Dios.
Estos
frutos son don de Dios; Dios los entrega a sus elegidos. Ser elegido engendra
un compromiso. Vayamos a la Segunda Lectura donde aprendemos que El elegido
debe ser: magnánimo, humilde, afable y paciente; debe soportar a los demás y
ser capaz de perdonar siguiendo las enseñanzas y el ejemplo de Dios. No somos
elegidos para ser los niños que hacen pataleta y que Dios tolera que rompan y
destrocen. Ahora bien, el compromiso por excelencia es el amor, quienes han
sido elegidos viven el amor que liga los seres en la suprema unidad.
¡Aún
hay más! Los que Dios ha elegido alcanzan la cima de la gratitud, ¿por qué
rebozan en gratitud? ¿Quién tiene mayor motivo para agradecer que aquel que
forma parte del Cuerpo Místico de Cristo y por lo mismo, la paz del Ungido
reina en su corazón?
La elección destraba la puerta para ser capaces de vivir a plenitud la palabra de Dios. Uno entra en el campo de la elección adornado de virtudes y valores cristianos: dotados de compasión entrañable, bondad, humildad y paciencia; de el don grandioso del perdón, aprendido directamente de Dios que nos da ejemplo de perdón y; con un verdadero halo que nimba nuestras cabezas, está el amor, que es alcanzar la meta de decir y hacer todo en el Nombre del Señor, su Padre Dios (Cfr. Col 3, 17). Cuando uno está enriquecido con la sabiduría que proviene de la palabra de Dios está, además, en condiciones de διδάσκον [didaskon] “enseñar” y νουθετέω [noudeteo] aconsejar con πάσῃ σοφίᾳ· [pase Sofía] “plena (entera) sabiduría” como leemos en la Segunda Lectura, tomada de la Carta a los Colosenses. (Cfr. Col 3, 16). Lo cual tiene una consecuencia, tenemos razones muy sobradas para ser y estar agradecidos por esa elección, por esos dones, por esas comprensiones y entendimientos que hemos alcanzado. La expresión de esa gratitud revierte en ψαλμοῖς ὕμνοις ᾠδαῖς πνευματικαῖς [psalmois ymnois odais pneumatikais] “salmos, himnos y cánticos espirituales”. Al agradecer a Dios-Padre hagámoslo con conciencia de que nuestras gratitudes son llevadas ante el Altar de Dios en la bandeja que porta el Mismísimo Dios-Hijo.
Esta
Segunda lectura no deja de lado el tema de esta liturgia: exhorta a las
mujeres, a sus maridos y a los hijos. También nos trasmite las instrucciones acordes
a nuestra naturaleza de fieles, o sea de los que hemos alcanzado la gracia de
la fe por haber sido elegidos como herederos de esa Gracia: Recomendaciones
como esposos, esposas y como padres e hijos. Recomendaciones que están escritas
en tónica de amor, de respeto a la autoridad, en clave de obediencia y de
moderación en la exigencia. En el marco de ser familia estas pautas nos dirigen
y orientan todo nuestro ser de cónyuges y la relación paterno-filial.
La familia
y su función
La
vida de Jesús, cada aspecto, cada detalle son sorprendentes, ¿por qué eligió la
cruz para morir?, ¿por qué eligió un pesebre a manera de cuna?, ¿por qué quiso
tener una familia sí habría podido nacer en un hogar uni-parental, o aparecer
en una cesta depositada en cualquier puerta, o –simplemente- haberse aparecido
ya adulto sin pasar por ese referente tan, pero tan humano, que es la familia?
Dice
el Padre Gustavo Baena que «la vida familiar es todavía un vientre en que se
sumerge a la persona hasta que se acaba de construir»[1] El numeral 48 de la Gaudium et
Spes el ser de la familia,
según el designio divino está constituido como «íntima comunidad de vida y
amor»[2] de lo cual parte Juan
Pablo II para afirmar que: «la esencia y el cometido de la familia son
definidos en última instancia por el amor. Por esto la familia recibe la misión
de custodiar revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación
real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia
su esposa.»[3]
Al continuar desarrollando esta idea, señala Juan Pablo II: «cuatro cometidos generales de la familia
1) formación de una
comunidad de personas;
2) servicio a la vida;
3) participación en el
desarrollo de la sociedad;
4) participación en la
vida y misión de la Iglesia»[4]
Su
santidad Benedicto XVI de una manera muy sintética resume señalando las tareas
fundamentales de la familia: «que consiste inseparablemente en la formación de
la persona y la trasmisión de la fe»[5]
«El
Hijo de Dios se hace presente en la sencillez de una familia humana. El
nacimiento de Jesús engrandece al género humano y en especial a la familia.
Este hogar, donde nace la vida, está enriquecido por las virtudes de un hombre
y una mujer, que, desde la fe en la promesa, reciben con alegría y esperanza lo
anunciado por los profetas. Esta pequeña familia recibe en su seno el gran
misterio de Dios presente en la persona del Niño, y se convierte en el primer
lugar de la solidaridad con el hombre. Así señala el Señor el compromiso de
cada familia, de todas las familias de la humanidad: ser el lugar de acogida
permanente del Hijo de Dios y el espacio de la solidaridad con todos los seres
humanos.
¿Qué
hace posible que se obre este gran milagro en una humilde familia? La luz de la
fe. Creer en Dios y en su plan de salvación, acoger con toda confianza su
propuesta y disponerse para vivir en esa dimensión… Esta familia de Nazaret se
convierte en el espacio original para acoger, desde la fe más profunda, el
misterio del Verbo encarnado.»[6]
Al
concluir su exhortación apostólica dice Juan Pablo II: «…la Sagrada Familia de
Nazaret. Por misterioso designio de Dios, en ella vivió escondido largos años
el hijo de Dios: es pues el prototipo y ejemplo de todas las familias
cristianas… san José, “hombre justo”, trabajador incansable, custodio
integérrimo de los tesoros a él confiados… la Virgen María… Madre de la
“Iglesia doméstica”, y gracias a su ayuda materna, cada familia cristiana pueda
llegar a ser verdaderamente una “pequeña Iglesia”… cada familia sepa dar
generosamente su aportación original para la venida de su Reino al mundo,
“Reino de verdad y de vida, Reino de santidad y de gracia, Reino de justicia,
de amor y de paz”»[7]
Esta aportación se vuelve un imposible si no se cumple con lo que nos señala Benedicto XVI: «Ciertamente, es precisamente la familia, formada por un hombre y una mujer, la ayuda más grande que se puede ofrecer a los niños. Estos quieren ser ambos por una madre y por un padre que se aman, y necesitan habitar, crecer y vivir junto a ambos padres, porque la figura materna y paterna son complementarias en la educación de los hijos y en la construcción de su personalidad y de su identidad. Es importante, por tanto, que se haga todo lo posible por hacerles crecer en una familia unida y estable.
Con
este fin, es necesario exhortar a los cónyuges a no perder nunca de vista las
razones profundas y la sacralidad de su pacto conyugal y reforzarlo con la
Palabra de Dios y la oración, el diálogo constante, la acogida recíproca y el
perdón mutuo. Un ambiente familiar sereno; la división de la pareja, y en
particular, la separación con el divorcio, no dejan de tener consecuencias para
los niños, mientras que apoyar a la familia y promover su bien, sus derechos,
su unidad y estabilidad, es la mejor forma de tutelar los derechos y las
auténticas exigencias de los menores.»[8]
En
síntesis, «Dios pone ante nosotros a la Sagrada Familia de Nazaret como el
modelo a seguir para todas las familias. La unidad familiar es la estructura
básica sobre la que está construida la sociedad humana. Una buena familia
cristiana es un poderoso testimonio del amor que Dios ha revelado para nosotros
en el ejemplo de Jesús y de su relación con su Madre María y con José.»[9]
La
perícopa mateana que leemos hoy nos marca una tónica del significado de la
familia que es una esfera de reciproca defensa, protección, apoyo y ternura.
Pasamos del cuadro romántico de la Epifanía, envuelto en las tonalidades
“mágicas” que infunden los sabios de oriente a la realidad de la vigilia: Como
despertando de una ensoñación, José se ve abocado a la urgencia del
desplazamiento forzado, se trata de
personas obligadas a dejar su lugar de residencia, huyen de sus hogares por
conflictos, violencia, persecución o desastres naturales. Se estima que
la Sagrada Familia tuvo que recorrer de dos mil a tres mil quinientos
kilómetros para escapar de la sevicia de Herodes. Herodes ha ganado su fama de
sanguinario porque no tuvo ningún reparo en matar a sus propios hijos, si ellos
podían visualizarse como un peligro para su estabilidad en el “poder” a corto o
a largo plazo.
La
perícopa nos cuenta que lo lógico habría sido procurar volver a su lugar de
origen, en Judea, pero allí el trono lo había heredado Herodes Arquelao, etnarca
de Judea, Samaria e Idumea (un etnarca es un títere, puesto como jefe civil de
una comunidad judía, cuya función era recaudar los impuestos y hacerlos
circular a favor del erario Romano). Entonces optó por ir a vivir en Galilea y
residir en Nazaret, un pueblito insignificante -más bien un caserío- en tiempos
bíblicos.
En
estas semanas previas hemos estado pendulando con una elongación definida entre
נֵ֫צֶר
[netser] el “renuevo”, el “vástago”, por una parte; y por otra, la idea de
nazoreo, judío consagrado voluntariamente a Dios por un voto temporal o
vitalicio, comprometiéndose a abstenerse de vino y productos de la vid, no
cortarse el cabello y evitar el contacto con cadáveres. «Él no era un “nazoreo”
en el sentido clásico de la palabra. Pero esta calificación vale ciertamente
para Él, que fue consagrado totalmente a Dios, hecho propiedad de Dios desde el
seno materno hasta la muerte de un modo que supera con creces aspectos externos
como estos” (Benedicto XVI). ¿Qué interés pueden revestir estos dos “conceptos”
de raíces judaicas? ¿Por qué se retoman en esta época del año litúrgico? Si
exploramos en el cimiento del nombre de nazareno, no vamos a dar a la simple
ubicación geográfica que adoptó la Sagrada Familia al regresar de Egipto, sino
con estos dos conceptos que apuntalan la razón de haber inscrito en la cruz
donde se alude a Jesús: “Pilato escribió un letrero que decía: Jesús Nazareno, Rey
de los judíos y lo mando poner sobre la cruz. (Jn 19, 19). «… Si, podemos
suponer con buenas razones que Mateo haya oído resonar en el nombre de Nazaret
la palabra profética del “retoño” (nezer) y haya visto en la denominación de
Jesús como Nazoreo una referencia al cumplimiento de la promesa, según la cual
Dios daría un nuevo brote del tronco muerto de Isaías, sobre el cual se posaría
el Espíritu de Dios…. El titulo adquiere su pleno significado: lo que
inicialmente debía indicar solamente su proveniencia, alude sin embargo al
mismo tiempo a su naturaleza: Él es el “retoño”, el que está totalmente
consagrado a Dios, desde el seno materno hasta la muerte». (Benedicto XVI)
Papa Francisco ha querido concluir su Exhortación Apostólica Postsinodal Amoris Lætitia con una Oración a la Sagrada Familia que reproducimos aquí:
Jesús, María y José́
en vosotros contemplamos
el esplendor del verdadero amor,
a vosotros, confiados, nos dirigimos.
Santa Familia de Nazaret,
haz también de nuestras familias
lugar de comunión y cenáculo de oración,
auténticas escuelas del Evangelio
y pequeñas iglesias domésticas.
Santa Familia de Nazaret,
que nunca más haya en las familias episodios
de violencia, de cerrazón y división;
que quien haya sido herido o escandalizado
sea pronto consolado y curado.
Santa Familia de Nazaret,
haz tomar conciencia a todos
del carácter sagrado e inviolable de la familia,
de su belleza en el proyecto de Dios.
Jesús, María y José́,
escuchad, acoged nuestra súplica.
Amén.
[1]
Baena, Gustavo s.j. LA VIDA SACRAMENTAL Ciclo de Conferencias dictadas en el
Colegio Berchmans Cali-Colombia 1998.
[2]
CONSTITUCIÓN PASTORAL GAUDIUM ET SPES ed. Paulinas 3ª ed. 1967 p. 69
[3]
Juan Pablo II FAMILIARIS CONSORTIO 22 de Noviembre de 1981 p. 31
[4]
Ibid.
[5]
Benedicto XVI EL AMOR SE APRENDE. LAS ETAPAS DE LA FAMILIA. Romana Editorial
Madrid – España 2012 p. 48
[6]
Restrepo S, Jaime Pbro.
NAVIDAD EN FAMILIA, UNA EXPERIENCIA DE FE.
En Revista Iglesia SINFRONTERAS. #361 Misioneros Combonianos.
[7]
Juan Pablo II FAMILIARIS CONSORTIO 22 de noviembre de 1981 pp. 156-157
[8]
Benedicto XVI EL AMOR SE APRENDE. LAS ETAPAS DE LA FAMILIA. Romana Editorial
Madrid – España 2012 pp.94-95
[9]
Buckley, Michael Mons. ORACIONES PARA EL CATÓLIOCO DE HOY Ed. Martínez Roca
Colombia 2002. pp. 20-21








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