martes, 24 de febrero de 2026

Miércoles de la Primera Semana de Cuaresma

 


Jon 3, 1-10

Mientras los judíos -autoridades y rey- no hicieron caso de la predicación de los profetas, ni siquiera de Jeremías cuando anunció la ruina de Jerusalén, sucede ahora que los paganos por excelencia de la pecadora Nínive aceptan la palabra de un profeta extranjero y creen…

L. A. Schökel / G. Gutierrez

 

Tenemos hoy la historia de un “pastor” que no le importaban -ni un rábano- las ciento veinte mil ovejas de su Amo-y-Señor. La conversión es una obra de Dios, un regalo de su Amabilísima deferencia. Job ni hablo personalmente con el rey; sencillamente la “profecía”, sencillísima en grado sumo, que proclamaba Job, llegó a sus oídos, no se sabe por qué segunda mediación. Job no había obrado ningún prodigio, no hizo algún milagro portentoso que avivara el ánimo de regreso a Dios de aquel pueblo, que no era un pueblo que creyera en YHWH. No era un famoso predicador cuyo renombre había alcanzado más allá de las fronteras.

 

Hasta donde sabemos, Job no llegó a Nínive con un garbo, y un empuje que habría conmovido hasta al más recalcitrante. ¡Todo lo contrario! Llegó allí a regañadientes, prácticamente obligado; recordemos que cuando Dios lo envió hacía Nínive, Job se embarcó para el lado totalmente contrario y más distante de aquella tierra: para Tarsis.  Dios lo enderezó y le corrigió el rumbo valiéndose de la famosa “ballena”.

 

La profecía que pronunciaba Jonás estaba compuesta de 7 palabras: “Dentro de cuarenta días, Nínive será arrasada: Se ha traducido הָפַך [hafak] por “arrasada”, sin embargo, San Jerónimo al traducir señaló, que no significaba “arrasada”, sino “convertida”, porque no hacía alusión a las murallas sino a las costumbres: “Non muri sed mores”.

 

El resultado de la conversión general de los Ninivitas alcanzado por la profecía de Jonás, se produjo en gran parte porque el Rey se sintió tocado, y convocó al ayuno penitencial que incluía hasta a los animales de las granjas. En vez de encontrar en Jonás un profeta dócil y eficiente, este, escasamente si cumplió su misión y la conversión fue producto de la acogida que el rey dio al mensaje que por aquellas Diosidencias le llegó.

 

Lo que el Libro de Jonás trae, es que la Voz de Dios, aun cuando todo se le oponga, puede llegar hasta el rincón más recóndito y hasta los oídos más contumaces. Esta obra tiene un propósito esencial: enseñarles a los judíos a superar su nacionalismo estrecho. Porque -tiene que decirse- los judíos eran frente al tema de la fe, extremadamente chovinistas, a pesar de que Dios, en su revelación, y a través de los hagiógrafos, les había mostrado en más de una ocasión que Él es Padre de todos los pueblos y su Amor no tiene fronteras.

 

¿Cómo fue la conducta penitencial que asumieron los ninivitas?

a)    Proclamaron jornada de ayuno

b)    Se vistieron de rudo sayal (tela de costal). Empezando por el gobernante y, de ahí para abajo.

c)    El rey se sentó en el polvo, (renunciando a cojines y finas telas donde solía descansar sus posaderas).

d)    Invocaban a Dios con ardor.

e)    Se propusieron corregir su derrotero y abandonar la חָמָס [khamas] “violencia”.

 

Notemos cual es la cumbre de esta conversión -vamos a permitirnos la altanería de ponerla en mayúsculas sostenidas: ABANDONAR LA VIOLENCIA. La violencia es sinónimo de muerte, el otro nombre del Destructor. Mientras que Vida, es el otro Nombre de Dios.

 

Si nos quedamos en la palabra “Conversión”, no vamos a captar en qué consiste el carácter penitencial de la Cuaresma. El espíritu penitencial puede hacer que Dios שׁוּב [shub] “se arrepintiera”, ahí está presente la palabra “arrepentimiento” en hebreo, “cambiar de planes”, “modificar la manera de pensar”.

 

Es muy importante desmitificar la palabra “conversión”, que se suele entender como un fenómeno puntual, un instante de luminosa claridad en que se produce el giro, el cambio de dirección.  En cambio, la conversión implica por lo menos tres momentos claramente diferenciables:

1)    Darse cuenta que uno va por el mal camino.

2)    Tomar la firme decisión de corregir

3)    Empezar el proceso de re-direccionamiento, y perseverar en él. Este tercer momento es fundamental, hay que perseverar para que la conversión sea real.

Si se había logrado la “conversión” de toda aquella gente, ¿qué podría estar esperando Dios de su profeta? Tal vez que él se quedara con esa gente y empezara a recoger los frutos de esa conversión, aquella podría haber sido la situación para recoger la mejor cosecha y haberles mostrado el Rostro resplandeciente de Dios que les había mandado aquel “predicador”.

 

Pero Jonás no da muestras de compasión con aquel pueblo que había logrado conmover. A Jonás lo único que le arde con rabia es el desprecio por aquellos paganos. El odio y repudio que les profesaba era un “gusano” que roía el corazón de Jonás. Con la misma saña que el gusano destrozó el ricino, el gusano de su corazón hizo carcoma en su pecho y no supo segar las espigas gordas que Dios les había regalado.

 

Vemos en Jonás un profeta ciego que no logra descubrir que Dios sopla donde y cuando quiere; Jonás es un misionero rebelde que y desagradecido que no puede ni agradecerle al ricino que lo había cobijado con su sombra.


 

Leamos Jonás 4, 6-11:

Entonces el Señor hizo crecer allí una planta de ricino, que se levantó por encima de Jonás para darle sombra y librarlo de su disgusto. Jonás se puso muy contento al ver esa planta.

 

Pero al amanecer del día siguiente, Dios hizo que un gusano picara el ricino y este se secó.

 

Cuando salió el sol, Dios hizo soplar un sofocante viento del este. El sol golpeó la cabeza de Jonás, y este se sintió desvanecer. Entonces se deseó la muerte, diciendo: "Prefiero morir antes que seguir viviendo".

 

Dios le dijo a Jonás: "¿Te parece que tienes razón de enojarte por ese ricino?". Y él respondió: "Sí, tengo razón para estar enojado hasta la muerte".

 

El Señor le replicó: "Tú te conmueves por ese ricino que no te ha costado ningún trabajo y que tú no has hecho crecer, que ha brotado en una noche y en una noche se secó, y yo, ¿no me voy a conmover por Nínive, la gran ciudad, donde habitan más de ciento veinte mil seres humanos que no saben distinguir el bien del mal, y donde hay además una gran cantidad de animales?".

 

Sal 51(50), 3-4. 12-13. 18-19

Caer en cuenta que uno va por el mal camino es la condición sin la cual no puede llegar a existir le conversión: es el primer paso, es un momento sine qua non, o sea, absolutamente necesario. Al recapacitar debe detonarse un entristecimiento por haber perdido “tiempo” andando por caminos que nos alejan del Señor.

 

Pero hay -por lo menos- una doble manera de asumir esa tristeza:

a)    Como el rey ninivita, por temor a la violenta ira de Dios, a esa manera de entristecerse la llamamos atrición o “arrepentimiento imperfecto”, su imperfección estriba en que se hace por motivos egoístas, porque a uno le va a pesar, porque las “llamas del castigo” le inducirán dolor, entonces, “para que no me duela”, voy a cambiar la ruta de mi caminar.

b)    Hay, sin embargo, otra clase de tristeza: la tristeza profunda, sincera, porque me alejo de su Amor, porque introduzco alejamiento del que merece todo mi amor, toda mi fidelidad. A esta tristeza la denominamos “contrición” y es el fruto precioso del arrepentimiento sincero, completo, perfecto.

 

“No me arrojes fuera de tu Rostro, no me quites tu Santo Espíritu”.


La última estrofa, que reduplica el verso responsorial nos describe la contrición con las siguientes palabras: “Un corazón quebrantado y humillado, oh, Dios, Tú no lo desprecias”. Esto está muy claro en (Mc 12, 33): “Amar a Dios y amar al prójimo valen más que todos los sacrificios”.

 

Es por este motivo que la Contrición es el fruto perfecto del arrepentimiento: La materia prima de la que está hecha la Conversión.

 

Lc 11, 29-32

¡Jesús es todo lo contrario de Jonás! Jonás no quería ir a Nínive a predicar conversión. Jesús, el nuevo Adán, vino con esa estricta resolución de ser Buen Pastor para todos nosotros.


Jonás es vomitado en la playa por la ballena para que vaya a cumplir lo que a él le daba furia hacer. Jonás no quería que los ninivitas se salvaran. Lo que quería era que se pudrieran. Dios lo cobija con un ricino para sombrearle el calcinante sol que lo devoraba. Y, luego secó la planta y Jonás tocó el colmo de su ira, la gota de sombra que le daba el ricino era un módico consuelo para su decepcionado corazón que sólo se habría conformado con la destrucción de Nínive.

 

Jesús, en cambio, en su última Voluntad ¿qué le pide al Padre? ¡¡¡Que nos perdone, porque nosotros no es que seamos malos, es que no sabemos lo que hacemos!!!


A Jesús no lo vomita la ballena para que vaya donde Él no quiere; a Jesús lo vomitará la tumba para que el Novio pueda quedarse con nosotros, porque somos como ovejas que no tienen Pastor (Mt 9, 36). Él no nos quiere abandonar de ninguna manera. Por eso, puso su Tienda y acampó entre nosotros (Jn 1, 14).

 

¿Cómo se ha quedado? En el itinerario Sacramental. Él está con nosotros, en todos los Sacramentos, en el Sacramento de la Conversión, y muy especial y realmente en la Eucaristía.

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