1R 12, 26-32; 13, 33-34
Terminamos hoy nuestro breve curso sobre el Primer Libro de
los Reyes. En el capítulo 11, vv. 41-43, con dos pinceladas, se nos anuncia la
muerte de Salomón (año 931 a.C.) y su entierro en Jerusalén. ¿Quién se sentó al
Trono? Pues, su hijo Roboam.
Antes de la muerte de Salomón empezó la rebelión de las
tribus contra Salomón, y el liderazgo corría a cargo de Jeroboam. Como la
rebelión no prosperó, Jeroboam huyó a Egipto y allí encontró “asilo político”
bajo la tutela de faraón Sheshonq I (que la Biblia menciona como rey, bajo el
nombre de Sisac o Sesac) (1R 11, 40). Al morir Salomón, Jeroboam regresó, y
-según una venerable tradición, reunió a los representantes de las tribus y
convocaron a Roboam para que hiciera acto de presencia en esta Asamblea y sería
ungido rey. Le expresaron sus reclamos -como lo vimos ayer- y le dijeron: “Tu
padre nos ha impuesto un yugo pesado; alivia tú los duros trabajos que nos
exigió, y el yugo pesado que nos impuso y te serviremos. Sería, entonces una
unción condicionada. Roboam reunió a los ancianos (que, ¿recuerdan ustedes?
Salomón había desplazado para reemplazarlos por sus “gobernadores”) y les
consultó, ellos le recomendaron “Effetá”, no, sólo ponemos aquí la expresión
para señalar como Salomón había instituido un gobierno explotador que no
“escuchaba” que en vez de oídos tenía un “corazón de piedra”. No, lo que le
respondieron fue: “Si hoy te pones al servicio de este pueblo y les respondes
con buenas palabras, ellos te servirán para siempre”. Es que -ya se ha dicho
muy reiteradamente, la función del gobernante es escuchar a su pueblo.
Entonces ¿qué hizo Roboam? No les prestó escucha a los
ancianos, llamó a su gallada juvenil, a los muchachos que andaban con él (los
que iban con él de parranda, de juergas, de copas y cocktails), y les preguntó
a ellos, su muy “prudente consejo”. Miren esta clase de sabiduría y prudencia
de su “gallada”: «A esta gente que te ha pedido que aligeres el yugo que tu
padre les impuso, debes responderle lo siguiente: ‘Si mi padre fue duro, yo lo
soy mucho más; si él les impuso un yugo pesado, yo lo haré más pesado todavía,
y si él los azotaba con correas, yo los azotaré con látigos de puntas de
hierro’ (1R 12, 10)»
Ante el rechazo total de Roboam a sus demandas, el pueblo
rehusó hacerlo rey y se retiró de las negociaciones.
Roboam volvió a Jerusalén, y como la burocracia había
logrado instaurar la continuidad e intensificar sus prebendas, respaldaron a
Roboam.
Los investigadores tienden a ver en los becerros de
Jeroboam, (también en los de Aarón, David y Salomón “cabalgaduras para YHWH”,
retrotrayéndose a la tradición del Dios itinerante). Para evitar el excesivo
centralismo teocrático de Jerusalén, Jeroboam les dio dos santuarios: uno en
Dan y otro en Betel. Además, hombres del pueblo podía ejercer el sacerdocio,
medida que siempre le ha sido muy criticada a Jeroboam.
Antes el rey -sin su camarilla burocrática- era sólo un
líder militar. No era partidario de la trasmisión dinástica del poder. El
pueblo podía quitar un rey y poner a otro, y eso miraba contra la perpetuación
en el poder. Pero al estar contra la monarquía hereditaria, eso dio pie a los
golpes “de estado” militares.
Aparecen los profetas como un organismo de “control al
rey”, retomando lo que hemos visto de la Voz que delimita y corrige el rumbo
del gobernante. Jeroboam hizo conciencia del importantísimo nexo entre religión
y política y vio que el Jerusalén-centrismo iba en contra hilo de la
estabilidad de su reinado del norte (Israel), y resolvió atacar el culto con la
creación de estos dos nuevos centros cultuales; Dan y Betel. Así hizo cesar las
peregrinaciones a Jerusalén. «Si vamos a las tradiciones de las tribus veremos
claramente que tanto Betel como Dan eran antiguos centros del culto a Yahweh.
En Betel Yavé se la apareció al patriarca Jacob /Gn 28, 10-22), y Dan fue donde
la tribu de ese nombre estableció su centro religioso después de su migración
desde Sora y Eshtaol (Jue 18, 28-31) (Jorge Pixley)
El reino del sur fue gobernado por Roboam, y estuvo
constituido por Judá y-aparentemente- por la mayoría de la tribu de Benjamín.
El texto entero, está escrito como una versión con mirada
Jerusalén-centrista. Hasta aquí llegamos
con este Libro, que todavía nos contará la historia de los reinos divididos
hasta los tiempos del Profeta Elías en los tiempos del rey Ajab, (Acab, o Ahab)
séptimo rey de Israel (caps. 13-22).
La semana entrante iniciaremos un cursillo de siete
sesiones sobre la Carta de Santiago, tendremos, (en los dos días de la sexta
semana de tiempo Ordinario), las dos primeras lecciones, y lo retomaremos en mayo
-cuando cuándo haya pasado la Cuaresma, El Triduo Pascual y el Tiempo Pascual- y
entraremos en la segunda parte del tiempo Ordinario.
Sal 106(105), 6-7ab. 19-20. 21-22
Volvemos sobre este salmo que es un Salmo de la Alianza.
(El jueves hemos proclamado otros versos de este mismo salmo). El título del salmo
es “La constante rebeldía de Israel). Este salmo es una acusación a nuestra muy
pobre memoria histórica. La Escritura nos muestra que la nuestra es una
religión con carácter histórico. Muchas páginas de la Sagrada escritura están
destinadas a esta temática. ¿Por qué se habría esmerado tanto Dios en
conservarnos el recuerdo de esos pasajes “históricos” si no tuvieran un
profundo interés y un gran valor para darle cumplimiento a Su Plan para nuestra
Salvación?
La nuestra no es una religión de ritos, es una religión
dónde se valorizan los hechos a través del tiempo.
Lo primero que nos dice hoy es que algo pecaminoso sucedió
en Egipto, y estamos repitiéndolo. Igual que en las generaciones antiguas, no
“comprendemos” las maravillas que Dios obra.
Luego recuerda que Aarón también hizo עֵ֫גֶל [egel]
“becerro”, “novillo” de oro, y mientras Moisés estaba en el Horeb, recibiendo
los Mandamientos, su hermano, el fundador de la casta sacerdotal, estaba
desempeñando sus funciones sacerdotales ocupado en la “adoración” de un becerro
(Ex 32, 4).
Y, en la tercera estrofa, vuelve a insistir: “Se olvidaron de su Dios y de todos los portentos que hizo en tierra de Cam, junto al Mar Rojo.
¿Que pedimos en el verso responsorial que sea el pago y
premio a nuestra desmemoria? Le pedimos que Él tenga la memoria que nosotros
no, y se acuerde “de mí”. ¿Quiénes sin puestos en prenda y como garantía para
que la plegaria a “mí” favor, sea escuchada? ¡Precisamente “Su pueblo”!
En realidad, todo el salmo se aprovecha de la fidelidad de
Dios en favor propio. Es un salmo que gira en torno a la memoria, a recordar, זָכַר [zakar] “recordar” es el tema predominante,
es el corazón de nuestro clamor.
Recordar implica hacer un esfuerzo tesonero
para descifrar el hilo de la historia y luchar por mantenernos coherentes en
él.
Mc 8, 1-10
“Señor, enséñame a ser
generoso;
enséñame a servirte como te
mereces;
dar y no contar el costo;
para luchar y no atender mis
heridas;
trabajar y no buscar
descanso;
trabajar y no pedir
recompensa.
excepto
saber que estoy haciendo tu voluntad”
Atribuida
a San Ignacio de Loyola
La segunda multiplicación de los Panes. La primera había
sido para favorecer a un auditorio de origen judío, en cambio, la de hoy, está
destinada a los “paganos”. Tal vez si fuera una sola multiplicación de panes la
gente podría decir que sólo en aquella oportunidad se había conmovido, pero que
eso no era lo corriente. Tal vez, si tuviéramos una sola multiplicación,
alguien diría, sólo se multiplicaba el pan para los judíos, para los paganos,
no.
A pesar de haber obrado el prodigio para la Siro-Fenicia. Nuevamente el Señor dice: Σπλαγχνίζομαι, [Splanchnizomai] que se refiere a las entrañas, donde encontramos la sede de los sentimientos. Nosotros también, muchas veces lo destacamos así, por ejemplo, en el caso cuando se dice “hijo de mis entrañas”, aun cuando en nuestra cultura la sede de los sentimientos es el corazón. Esta expresión se traduce como “Siento compasión”. Es la misma “caritas” que se usa en latín. Es la ternura, es la identificación ante los males que alguien sufre, es ponerse en la carne del “prójimo” y apropiarse de sus penalidades en primera persona. Este sentimiento está absolutamente próximo al Amor que Jesús nos ha enseñado, es más, puede identificarse con la projimidad de su mandamiento de Amor. ¡Es lo esencial en la imitación de Cristo!
Pero al partir y repartir los panes, este gesto nos pone
directamente en el contexto Eucarístico. Y así se dice en la perícopa, cuando
en el verso (Mc 8, 6) dice la palabra εὐχαριστήσας [eucharistesas], donde,
antes de partir el pan pronuncia el “agradecimiento” a Dios, realiza su “acción
de gracias”.
De paso notemos que Jesús no les pide ponerse de rodillas
para recibir o para comer el pan eucaristizado, en cambio, les pide ¡sentarse!
(el verbo ἀναπίπτω [anapipto] se puede
traducir también como “recostarse”, porque estaban a campo traviesa, y tiene
lógica pensar en recostarse.
Jesús no da el pan de sus manos, pone como intermediarios a
los que decimos seguirlo. Así que, en la partición, se los iba entregando a los
discípulos para que fueran ellos los que lo “sirvieran” a la gente. El verbo
que se usa es παρατίθημι [paratithemi] “se los
pusieran delante”, “se los alcanzaran”, tiene un significado muy personal, una
relación de persona a persona. No es autoservicio, no es un plato que ya está
puesto o servido allí, para el que llegue. Se parece más bien a la cariñosa
atención que se brinda a un pariente que nos visita: a un hermano, a un hijo.
« … … seguimos celebrando la eucaristía; y bendecimos a Dios, en la gozosa certeza de que la liberación que Cristo ha traído, a pesar de todo, en lugar de haberse extinguido, se abre camino y se enciende como un fuego que devora, que al final quemará todo el viejo mundo: entonces habrá un mundo lleno de justicia, de paz y de amor. Entonces aquello, de lo cual nuestra fracción del pan es un signo tímido, será la grande realidad que abarcará toda la tierra» (Beck. Benedetti. Brambillesca etal).






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