miércoles, 18 de febrero de 2026

Jueves (Después de Ceniza)


Dt 30, 15-20

Si dividimos el Deuteronomio en cinco partes, -tomando en cuenta los discursos de Moisés: 1º Es el discurso introductorio, capítulos 1 al 4; 2º. El Segundo Discurso de Moisés, formado por los capítulos 5 al 11, incluye el Decálogo: Dt 5, 1-21; 3ª. Está dedicada al “código Deuterocanónico, son los capítulos del 12 al 26; 4ª: La Celebración de la Alianza, capítulos 27 y 28, 5ª formada por los capítulos 29 y 30; la perícopa de hoy cierra la cuarta parte. La cuarta parte nos habla de recompensas y castigos. En particular, el capítulo 30 nos habla de “las condiciones para la restauración y la bendición”: El Señor nos pone en la encrucijada, se trata de una bifurcación del camino, donde Dios nos da a elegir entre la חָי [chai] “vida” y el טוֹב [toub] “bien”, “prosperidad” -de una parte, y la מָ֫וֶת [maved] “muerte” y el רָע [rah] “mal”, “adversidad” -por el otro. Constituye el último discurso de Moisés. Luego vendrá una especie de epílogo, donde se establece a Josué como sucesor de Moisés; Dios le permite a Moisés contemplar desde el Monte Nebo la Tierra de Promisión, en la que no entrará; y, finalmente, Moisés da su bendición a las tribus de Israel, muere en tierra moabita, y es sepultado. Con lo que se cierra el Pentateuco

 

Según el Deuteronomio, la Primera Alianza se casó en el Horeb, pero hubo una Segunda Alianza que se casó en Moab Dt 29-33.

 

Si se elige lo primero, vida y bien, habremos de seguir los caminos que Dios nos ha marcado con sus preceptos, mandatos y decretos. Y recibiremos bendición. ¿Qué significa la bendición? Que, si elegimos seguir al Señor, recibiremos vida para nosotros y para nuestros descendientes. Implica amar al Señor, servirle, escuchar su Voz y adherirnos a Él.

 

En cambio, si resolvemos irnos por el camino de la idolatría, de la infidelidad al Señor, nuestra heredad será la muerte, porque esa es la herencia de la ignominia, la que da el Malo.

 

Esta Nueva Alianza es testimoniada, no por divinidades cósmicas (como se hacía en los pactos del Antiguo Oriente), sino por el Cielo y la tierra, valga decir, todo lo que Dios creó actúa como jurado, para dar el veredicto “justo” según nuestra manera de obrar. Por eso la ira de la naturaleza se vuelca contra los infractores, arrastrando a su paso, a los inocentes que recibirán holgadas compensaciones, por el daño que ellos no cohonestaron.

 

Esta oferta nos llama a liberarnos de fuerzas egoístas, las fuerzas hedonistas, las de la inmediatez del placer. Algo así como ser capaces de posponer el deseo y la auto-indulgencia, en aras de satisfacer la Alianza, cumpliendo lo que a nosotros toca en tal Pacto.

 

Téngase muy en cuenta que esa cohibición la cumplimos, nunca como satisfacción de los caprichos de alguna divinidad, sino como preservación de los males que acarrean, porque -aunque se nos pase desapercibido- son sendas de perdición y autodestrucción.

 

No estamos -en todo caso- coaccionados para la elección. Somos libres para equivocarnos y atentar contra nosotros.


Estamos obligados a recalcar -así sonemos reiterativos- que la libertad conlleva el riesgo de irnos “barranca abajo”, si no fuera así, nuestra libertad sería una mentira. Pero el precipicio no lo creó Dios: somos nosotros los zanjadores; los barrancos los hacemos nosotros con una retroexcavadora que se llama “pecado”.

 

Sal 1, 1-2. 3. 4 y 6

Al que escoge armonizándose con la Voluntad Divina lo llamaremos “justo”. Por el contrario, al que elige antagónicamente, es el “impío”. En esta bifurcación se estructura toda una antropología cristiana. Porque va más allá, el que elige el bien, no solamente gana lo que ha elegido, sino que gana además lo “mejor”. No se trata de una elección cualquiera, en ello va una apuesta de toda la vida: el cero contra el infinito. Y recordemos que “pieza tocada, pieza jugada”.

 

Por lo general nos parapetamos en el pretexto de “yo no sabía”. Pero, en realidad está siempre a nuestro lado, con las Escrituras, y con la Iglesia. Por esos conductos nos mantiene actualizados. Si entramos en dialogo con estos “conductos”, tendremos información necesaria y suficiente para optar en cada circunstancia y podremos decir que somos seres morales, como quien dice, mucho más que seres escasamente biológicos. Seres morales son los que tiene “responsabilidad”.  Dios nos “invita” y, como nosotros somos seres morales tenemos la capacidad de responder “a sabiendas”. Esta capacidad de dar respuesta es lo que se llama “responsabilidad”.

 


Viene el siguiente subterfugio: ¡No tenemos tiempo! Pero, para algo tan trascendental, tendríamos que poder sacar tiempo. Tal vez sabiendo jerarquizar lo más importante de lo secundario y de lo superfluo y relegar lo menos importante para abrirle campo a lo definitivo.

 

Ahora, frente a este momento de penitencia, podemos empezar por este examen: ¿Qué podemos relegar en nuestra vida para abrirle espacio a Dios? Sabiendo que Dios está ahí, a nuestro lado, pronunciando el Effetá.

 

Hoy tenemos los primeros tres peldaños de esta escala:

1º Poner toda nuestra complacencia en Manos del Señor: No seguir los malos consejos de la gente descarriada. No andar por las sendas de los extraviados, no reunirse con aquellos que se empeñan en nublar nuestra mirada y oscurecer nuestra visión. Por el contrario, sintonizar nuestra vida con la Ley de Dios.

2º. De aceptar el punto anterior, todo cuanto proyectemos ira bien, seremos frondosos y fructuosos. Están protegidos nuestros caminos.

3º De escoger la senda opuesta, seremos como la paja, que el viento juega con ella y se la lleva; y ¿A dónde va a parar? Al montón de escombros que se quema. La paja será presa del fuego.

 

El salmo responsorial retoma la אַשְׁרֵי [esher] “bienaventuranza”: Bienaventurado el que abandona todo poniéndose en las manos de Dios.

 

Lc 9, 22-25

Mi siervo tendrá éxito, será levantado y puesto muy en alto. Así como muchos se asombraron de Él al ver que tenía el rostro tan desfigurado que apenas parecía un ser humano, y por su aspecto, no se veía como un hombre.

Is 52, 13s

Esta perícopa evangélica lucana puede subdividirse en tres partes:

a)    Un Mesías cuyo trono es una cruz y cuya corona es de espinas.

b)    Para seguirlo, está la opción de los “justos”.

c)    Paradójicamente el que lucha por aferrarse se le deshace de las manos; el que se abandona, a ese Dios le traerá todo y se lo entregará como heredad.

Esta paradoja se aclara, tan pronto nos fijamos que lo que perseguíamos con tanta ansiedad eran las riquezas mundanas y no los bienes trascendentes. Ahí fue donde hicimos nuestra elección: al Cielo o al barranco.


Está perícopa viene tan pronto Pedro hace su confesión de fe y reconoce a Jesús por Cristo -en griego- (Mesías en lengua hebrea). Después de ella vendrá la Transfiguración (según el orden observado en el relato lucano).

 

Jesús les habla de su coronación y su entronización en los siguientes términos:

a)    Padecer mucho y ser ἀποδοκιμασθῆναι [apodokimasdenai] “rechazado”, “descartado”, “declarado no apto”, “indigno”. Este descarte lo realizan los sacerdotes y los escribas; (desde el bautismo nosotros somos sacerdotes y escribas, rememoremos que el bautismo nos instituyó “sacerdotes, profetas y reyes”.

b)    Ser ejecutado

c)    Resucitar al tercer día.

 

Para el seguimiento (discipulado) se precisan los pasos a dar:

a)    Negarse a sí mismo

b)    Tomar la cruz cotidiana (cada día trae su afán). Se debe tomar en cuenta que la cruz no es estándar, es “personalizada”, hecha sobre medidas; cada quien llevará la propia.

c)    Seguirlo, cumplidas las dos condiciones anteriores ¡no se pide más!

 

La gran paradoja:

a)    El que quiera salvar su vida la perderá

b)    El que pierda la vida en aras del seguimiento fiel, salvará rotundamente su vida.

 

Y la “piedra de toque”:

¡De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo?

 

Ahí es cuando se cae en la cuenta por qué debemos amarnos a nosotros mismos para poder amar a los demás. Sólo cuando justipreciamos lo que valemos, velamos por nuestra verdadera salvación. Sino, andaremos detrás de los bienes transitorios, esos que, por fútiles, se los lleva al viento directo a la hoguera. Así será nuestro evangelio, lleno de patochadas y vanidades.


 Para llegar a fondo de esta revelación se requiere, mirar a los ojos, al que fue abofeteado, flagelado, coronado de espinas y traspasado por una lanza. 

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