Is
58, 1-9a
Para
muchos, Isaías es Isaías, el gran profeta que, por la extensión de este Libro,
está colocado entre los profetas mayores. Vivió por allá en el año 765 a.C. y
su profetismo se ejerció durante los tiempos de los reyes Urías, Jotán, Ajaz, y
Ezequías. Pero hay que tener en cuenta que este es el Proto-Isaías, que dio
lugar a una escuela y que su obra, que abarca los caps. 1-39, se prolonga en el
Deutero-Isaías, caps. 40-55, llamado el profeta de la Consolación, porque
profetizó durante el destierro, y aún hay más, con la repatriación, se dio
lugar a un Trito-Isaías (caps. 56-66, que animó los proyectos de
re-construcción.
La
perícopa que nos ocupa hoy está tomada del Trito-Isaías. (esta clase de datos
son importantes a la hora de leer, para entender que hay detrás de la Voz del
profeta, porque el profeta no habla en el vacío, no es un tipo de sermón
prêt-à-porter, que se acomoda a toda situación y que podemos coaccionar para
que diga lo que se nos antoja). Tenemos que pasar por la situación de ver las
ruinas del Templo, y de llorar sobre ellas, y ver y comprender que haya
personas afanadas por su propia casa, o por sus cultivos, o por sus negocios, y
no estén tan afanados por el Edificio-Cultual. Sentir, junto con ellos -con
ánimo empático- el tan amado Templo destruido, deshonrado, profanado. La
Honra-del-Dios-de-Israel venida a menos.
Estamos
listos para oír estas palabras -francamente cuaresmales- que nos concitan a
superar la exterioridad y la superficialidad de lo aparente; a trabajar en una justicia
y a expresar nuestra religiosidad más allá de lo puramente externo.
Ante
todo, el profeta nos llama a la denuncia, a no callar, a no quedar cómplices,
sino a tocar el corno de alerta donde el pecado empieza a construir su nicho.
Hay que empalmar la observancia exterior con la espiritualidad interior. El
judaísmo tiene una celebración de expiación que guarda hondo parentesco con
nuestro Miércoles de Ceniza, y es el Día llamado יום כיפור Yom
Kippur, “Día de la Expiación”. Allí, en el corazón de esta celebración está
puesto el ayuno. Los elementos de ese ayuno, que se deben enumerar para
entenderlo son:
I.
Abstenerse de entrar al lecho conyugal.
II.
Abstenerse de usar calzado de cuero.
III.
Abstenerse del uso de adornos de oro.
IV.
No se pueden bañar: sino “acostarse sobre saco y ceniza”.
V.
No pueden comer ni beber. (Este es el elemento exclusivo de
nuestro ayuno).
La
palabra ayuno viene del latín ieiuno y significa “hambre”, por eso, para
nosotros “ayuno” es prioritariamente la tarea de pasar hambre por precepto
religioso, (palabras como desayuno, significaría lo-que-quita-el-hambre, o lo
que rompe el ayuno). En cambio, en hebreo es צ֔וֹם [tsom], y ya nos damos cuenta qué es.
Tienen
sus propias formas de ayuno otras religiones como el islam, el judaísmo, el
hinduismo y el budismo. A nosotros nos compete saber de qué se trata el ayuno
del que habla Dios y cuál es el ayuno aceptable a su querer.
Ahora
bien, en contraposición, la perícopa del Tritoisaías nos señala las
características del ayuno que quiere el Señor:
I.
Soltar las cadenas injustas
II.
Desatar las correas del yugo
III.
Liberar a los oprimidos
IV.
Quebrar todos los yugos (¿qué queremos imaginarnos para que
este compromiso no nos toque? que se trataba de romper los aperos agrícolas)
V.
Partir tu pan con el hambriento
VI.
Hospedar a los pobres sin techo
VII.
Cubrir a quien ves desnudo
VIII.
No desentenderte de tu parentela, con truquitos como el
“corbán”.
Ah,
pues esto es otra cosa. Aquí el judaísmo da un paso gigantesco para convertirse
en otra cosa totalmente distinta. Nos hallamos frente a una religión Nueva, de
otro tipo.
La profecía que estamos leyendo nos exige desenmascarar los “gatos” que estamos promoviendo y poniendo en circulación haciéndolos pasar por “liebres”.
a) El día de ayuno es
un Día comercial, para hacer negocios.
b) Apremian a los
empleados y trabajadores para que les rinda más y la producción sea mayor que
otros días.
c) Arman bonches, y se
pelean que da miedo para cumplir con todo decoro su ayuno, inclusive,
aprovechan la fecha para uno que otro bombardeo: “Hieren con furibundos
puñetazos”, así lo decía el profeta porque en esa época no existían nuestras
contemporáneas tecnologías de muerte.
El
profeta resume el asunto así: “No ayunen de esta manera si quieren que se oiga
su voz en el Cielo”.
Verdaderamente,
¿queremos ser escuchados?
No
desoigamos estas sirenas que son la voz del profeta -recordemos que el profeta
lo único que hace es prestar la voz a YHWH- nos pone bajo alerta, pensemos en
los bombardeos y las sirenas que los anuncian, esa es la alarma que nos
advierte el bombardeo del pecado en nuestra vida. Que esta Cuaresma sea la
oportunidad de entender, por fin, cuál es el ayuno que complace al Señor.
Sal
51(50), 3-4. 5-6ab. 18-19.
En
la primera parte del Tiempo ordinario, estuvimos considerando en el Libro de
Samuel, la narración de David y su “pecadillo” con Betsabé, la de Urías, el
hitita. Y, la denuncia que el profeta Natán hizo para hacerlo caer en cuenta de
la “tamaña embarrada” que había cometido”.
Nos
parece hermoso que El salmo presenta una conducta de reparación, este pecador
que nos presenta el Salmo, es alguien consciente que no se puede conformar con
hacerse el arrepentido, sino que de alguna manera tiene que “reparar” el daño
causado. Y ¿qué es lo que ofrece? Hacerse apóstol del Señor, proclamar y
anunciarlo:
“Señor, me abrirás los labios y mi boca proclamará tu alabanza”.
No
es suficiente decir “me arrepiento”. Hay que sentar las bases para construir
otra realidad donde no domine nuestro pecado. Es preciso plantar una carrilera
recta, sin desvíos, integra, que no introduzca injusticias para sacar provecho.
Pero
hay algo que acrecienta la enseñanza que se nos da en este Salmo, y es que la
complacencia de Dios no está en los זֶ֫בַח [zebach] “Sacrificios”. Sino en un corazón quebrantado y
humillado, eso, ¡Dios no lo desprecia!
De
nuevo nos encontramos en un traslado hacia la interioridad, hacia lo profundo
del corazón, porque es en ese territorio donde se sacraliza lo que se entrega.
El corazón es el Altar -por excelencia- donde el hombre puede colocar su ofrenda
para hacerla cercana a YHWH. Por eso, este dístico (vv. 18-19), forma el eco
responsorial que se repite como conclusión de las tres estrofas:
Mt
9, 14-15
No nos lo dejemos arrebatar
Ayuno
-venimos ratificando, significa “no comer”. ¿Quiénes son los que no comen? ¡Los
muertos! Los muertos por el pecado, ayunan porque el pecado los ha matado y lo
único que arrastramos -como un contrapeso que no nos deja volar- es un cuerpo biológico.
Nosotros, ¿por qué no ayunamos? Porque Jesús murió por nosotros, para que nosotros no muriéramos, para ganarnos la Vida de la Gracia, la Vida Eterna. ¡Nosotros si comemos porque el pecado no nos pudo matar, ¡Jesús nos dio el elixir de su sangre-redentora!
Tenemos
que ser muy conscientes que dónde está Jesús no cabe la muerte, que Él la
derrotó completamente, y que Él es Dios-con-nosotros. ¡Si! Él está aquí,
acompañándonos, y lo reconocemos como el Emmanuel, por eso tenemos que saber
que no necesitamos ayunar, pasando hambre porque Él se quedó como Banquete
Eucarístico, y ¿es que pueden guardar luto los amigos del Novio mientras Él
está con ellos?
Durante
el Santo Sacrificio de la Misa, el Cuerpo y la Sangre se separan, como sucede
en toda muerte; pero con la Inmixtión, in- (en, hacia dentro) y mixtio (mezcla), derivado del verbo miscere (mezclar): Cuerpo y Sangre se vuelven a juntar y
celebramos regocijados la Resurrección. La Inmixtión define el acto de mezclar o introducir una cosa en otra; en
el ámbito litúrgico señala la unión del Cuerpo y la Sangre. Ya no
estamos ofreciendo el Sacrificio, sino Festeando la Resurrección. Y, a partir
de tal momento, Él nos hace co-participes de su Victoria sobre la muerte,
entonces, para celebrarlo, no ayunaremos más, pasaremos a comerlo: Manjar de
Resurrección que correrá por nuestras venas y transustanciará nuestra Carne
Pecadora en su Carne Inmortal.
«Ayunar
nos ayuda a entrenar el corazón en la esencialidad y en el compartir. Es un
signo de toma de consciencia y de responsabilidad ante las injusticias, los
atropellos, especialmente respecto a los pobres y los pequeños, y es signo de
la confianza que ponemos en Dios y en su providencia». Papa Francisco
Tenemos el ayuno que es solidaridad con el pobre, con el subyugado. Y el des-ayuno sacramental que es himno de Victoria por el Resucitado que nos restauró y nos libró de las pesarosas consecuencias del pecado.
No
ignoremos tanto poder que Libera. Pero, para eso, hay que vivir apasionadamente
la Vida Sacramental.





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