Est 4, 17k. l-z
“Y si me
matan, que me maten”
(Est 4,16)
“Desde mi
infancia oí en el seno de mi familia, como Tu Señor, escogiste a Israel entre
las naciones, a nuestros padres entre todos sus antepasados para ser la heredad
perpetua… y le cumpliste lo que habías prometido”.
Nos
hallamos ante un Libro básicamente post-exilico. Se cree que a finales del
siglo V o a principios del siglo IV, entre el 460 y el 350 a.C. Ciro había
autorizado el regreso de los exiliados a finales del 538 o a principios del 539
a.C. Dicho así, muchas veces entendemos que todo el mundo regresó; y, no es
así. Mucha gente se había establecido y sus “negocios” prosperaron, se habían
acomodado bien y se sentían muy viejos y no tener nada a qué volver. Allí habían
pelechado, entonces, se quedaron. El Libro transcurre en Susa.
Podríamos
considerar esta “obra” -en cuanto a su género- como una noveleta con carácter
de ficción histórica. Este Libro se ha encontrado en lengua hebrea, con una
característica particular: No nombra a Dios, en ningún momento. Pero, como una
corriente subterránea, suceden muchas cosas, que parecen incidentales, pero que
llevan a pensar que una Fuerza actúa en la historia para hacer que las cosas
más enrevesadas salgan a favor de este pueblo. Dios está presente en su poder
actuante que infunde valor, fuerza y decisión.
¿Cómo
sino, entender que Mardoqueo -nombre de origen persa- “siervo de Marduk”
hubiera salvado la vida del rey (Asuero -Jerjes I) porque casualmente oyó una
conversación conspirativa? ¿Qué, Ester -cuyo nombre hebreo era הֲדַסָּ֗ה
[Jadasá] “Hadassah” que significa “mirto”- hubiera llegado a ser la esposa del
rey persa? ¡Ester es un nombre de raíces persas y significa “estrella”! (En
acadio -lengua Babilonia y Siria, tenemos la diosa Ishtar, conectada con el
amor, la guerra, la fertilidad y con el planeta venus; su significado es
“brillante”, “estrella”).
Para
una “esposa” del monarca, era preciso que la mujer se consagrara durante un año
a prepararse para el encuentro: su higiene personal, durante los primeros seis
meses se basaba en finos perfumes, y en el segundo semestre, se dedicaba a los
esencias y ungüentos perfumados. Al cabo de esa preparación, venía la noche de
compartir el lecho; a la mañana siguiente, ya pasaba al orden de las
concubinas, su vida era la de una “viuda”, a menos que ¡algún día! el
gobernante se acordara de ella, y la hiciera llamar para otra nochecita.
Pues
bien, se debe entender que la pertenencia a ese serrallo, era fundamental en
términos cuantitativos: lo mismo que un hato, cuantas más vacas, mayor
prosperidad de su propietario. El número de mujeres en el harén hablaba de
solvencia económica y no de un formidable corazón capaz de mucho amor.
Ha
llegado a nosotros un texto griego, bien diferente, contiene todo lo que tiene
el texto hebreo, pero con adiciones, donde sí se nombra a Dios, esto luce como
un esfuerzo de revestir este Libro de un carácter religioso. San Jerónimo pone
en duda los últimos seis capítulos de este Libro, dado que no los ´pudo hallar en
versión hebrea. A pesar de lo cual, para nosotros no cabe duda de su entera
canonicidad. Las biblias protestantes prescinden de estas adiciones, en ellas
no encontramos ni oración de Mardoqueo, ni oración de Ester.
A
este tipo de adiciones helenísticas pertenecen la oración que hace Mardoqueo y
también la que hace Ester, insertadas aquí después del verso 17 y antes del
capítulo 5; en el capítulo 4, la de Mardoqueo aparece en el verso 17, con
versículos numerados con las letras a hasta i, y la de Ester con las letras k
hasta z. Siendo así, la perícopa que hoy nos ocupa, es la oración de Ester
antes de entrar en presencia del rey Asuero.
Debe
saberse que a las esposas y concubinas les estaba prohibido entrar en la
presencia de su “amo-esposo” a menos que él las hubiera mandado llamar. Ella va
a tener la osadía de irrumpir ante él, para poder abogar por su pueblo. Lo cual
podía llegar a significar que fuera enviada a la muerte (Cfr. Est 4, 11).
Cuando Mardoqueo solicita a Ester que aproveche su condición de “reina” para
interceder por los judíos, muy claramente le dice: si usted no mete la mano por
su pueblo, el auxilio provendrá de otra parte, pero ella y toda su parentela
caerían bajo la crueldad de Amán que había indispuesto a Asuero contra ella,
porque era “judía”. Y por eso, el rey había decretado la muerte de todos los
judíos.
Inmediatamente
y con plena resolución, Ester entra en un ciclo penitencial, pidiendo que todos
los habitantes judíos de Susa se unieran en cadena de oración con ella, y
concluye: “Si hay que morir, moriré”.
¿Cuál era la simbología conexa con esta “penitencia”?
·
Ayuno de comida y bebida, por tres días y tres noches
·
Ella se retiró sus vestidos lujosos y se vistió con ropa de
luto y tristeza
·
Prescindió de perfumes y se puso ceniza y basura en la cabeza.
·
Relegó sus adornos alegres. Maltrató mucho su cuerpo.
·
Se abandonó despeinada y con el cabello suelto.
·
Detestó la insignia que portaba como reina en su cabeza
·
Le pone de presente a Dios que le ha sido fiel y no ha
violado los preceptos de pureza alimentaria, sentándose a la mesa de los
paganos.
·
Y mucho menos ha libado el vino ofrendado en idolatría
En
fin, su pertenencia a la casa real de Asuero no la había llevado a la
infidelidad de los no-judíos; siempre fiel a las enseñanzas de la fe
abrahamica. Le suplicaba al Señor que encontrara la manera adecuada de hablarle
al rey para convencerlo.
Sal 138(137)
1bcd-2a. 2bcd-3. 7c-8
Que vuestra Luz brille
ante los hombres, para que, viendo vuestras buenas obras, den Gloria a vuestro
Padre que está en los Cielos.
Mt 5, 16
Estamos ante
un himno.
En un himno
lo primero que se encuentra es que los levitas proponen un asunto para que
todos los peregrinantes se unan a esa idea como tema para alabar.
En el presente Salmo, la temática propuesta es la gratitud. Una enorme gratitud que captura la totalidad del corazón.
Y luego,
empieza a desarrollar ese tema presentando “participios”:
Por su misericordia
Por su
lealtad
Porque su
promesa que supera su fama
Cuando lo
invocó recibió su escucha.
Porque le
acrecentaste la valentía, cuando de ser valiente se trataba.
Porque Dios
tomo parte en su causa e intervino con el poder de su Mano Derecha _valga decir
“con lo más poderoso de su Poder”-.
Su obra
protectora no quedará a medias.
Viene
luego, la conclusión: La Misericordia de Dios es eterna.
Y,
en la cúspide, como Dios está de acuerdo que le pidamos, pues entonces, ¡a la
carga, vamos a pedirle! ¡No abandones a este pequeñuelo que es tu criatura!
Como
antífona responsorial toma la primera que usó como “participio: Cuándo Te
invocó, ¡Tú me escuchas, Señor!
Recordemos
que varias veces Jesús alude a la Iglesia como su discipulado viajando en una barca.
La barca es figura de la Iglesia. Cuando celebramos la Eucaristía somos la
profecía de esa Nave que lleva a toda la humanidad donde va toda la συνοδίᾳ [sinodía] “el grupo de
los que iban en peregrinación” (Cfr. Lc 2, 44). Así el salmo invita a todos los
reyes de la tierra, a Eucaristizar -o sea a “dar gracias”-, en nombre de toda
la humanidad. Nuestras Eucaristías son la proa de esa “barca”. La Iglesia una
Comunidad Universal llena de gratitud al Cielo del que tanto Bien emana.
Mt 7, 7-12
La confianza es la
certeza de que la oración siempre hace brecha en el corazón de Dios: que “dará”,
se dejará “encontrar”, pero sobre todo “abrirá” (Mt 7,7), para que se pueda
realizar el encuentro: hoy en la fe, mañana en la visión. La oración es, pues,
la vigilia de la fiesta. Trepidante y confiada.
Enrico Masseroni
¿Qué
hemos encontrado en la Primera Lectura? Una glosa sobre la “oración de
petición”. La oración de Hadassah es -en toda la extensión de la palabra- una oración
de petición. Es interesantísimo y a
la vez sorprendente que ella no pide para sí misma, pide a favor de su pueblo,
y ruega porque ella descubre que los planes de Amán y su combo quieren malograr
la realización de las promesas que Dios le había hecho al pueblo de su
elección, haciendo que los labios que Lo alaban, sucumbieran al mutismo de la
muerte. Ester pide vida para que el pueblo elegido tenga tiempo para cantar alabanzas
y entonar el Deo Gloria.
Este
Evangelio de hoy nos lleva a reflexionar sobre la oración de petición. Y, caemos en la cuenta que, con tres verbos
se estructura este tipo de oración, así comprendemos en qué consiste la oración
de petición: i) Αἰτεῖτε [aiteite]
“pedir”, ii) ζητεῖτε [zeteite] “buscar”, iii) κρούετε
[krouete] “llamar”, “tocar a la puerta pidiendo ser admitido”. Estas son las tres acciones que competen al
orante que suplica.
Por
su parte, hay tres acciones que son de la competencia Divina, que le son
potestativas: i) Dar, ii) Salir al
encuentro, iii) abrir, es decir, permitir el ingreso.
A
continuación, tenemos una brevísima parábola que análoga el amor del Padre Celestial
con el amor de los padres terrenales. Si -pese a las imperfecciones del amor
humano- un papá es capaz de dar cosas buenas y favorecer a su prole; imagínense
ustedes, cuán perfectos y maravillosos serán los Dones de Dios que es Amantísimo-Perfecto-Padre.
Concluye
la perícopa con la “regla de oro”: el principio ético de la reciprocidad: “Todo
cuanto queráis que os hagan los hombres hacédselo también vosotros a ellos”.
Jesús aceptó abandonar su condición de Dios y hacerse uno de nosotros: lo cual
es el paradigma de la solidaridad. La solidaridad podemos tratar de explicarla
como la conciencia que, si le hacemos daño a algún ser humano, nos lo hacemos a
nosotros mismos, porque nosotros mismos somos humanos. Miembros de esa
humanidad, que es unidad.
Solo
podemos actuar humanamente, procurando hacer a los demás todo y solo aquello
que nosotros aceptaríamos que nos hicieran y estaríamos dispuestos a exponer
nuestro propio pellejo a ese daño o a ese mismo beneficio.
Todos
querríamos de buena gana -de muy buena gana- llegar a ganarnos la Amistad de
Dios. Pero -viene una pregunta muy en serio-: ¿hasta qué punto llegaríamos para
ser “hermanos” de ese prójimo que está clavado en nuestro corazón, con remaches
de desprecio?
Todos querríamos pedir y obtener. Pero, ¿tenemos los riñones tan bien puestos que, de buena gana, nos treparíamos a una cruz para que nos traspasaran el costado? ¡En verdad, en verdad os digo que, para tener la desfachatez de pedir, tendríamos que ser capaces de solidarizarnos con el Crucificado y hacernos Corderos Expiatorios! Y, además, decir como Ester: ¡Si hay que morir, moriré! Y no detenernos ahí, sino, todavía dar el paso de los fieles seguidores y, pronunciar, a coro con San Esteban: «¡Señor, no les tomes en cuenta este pecado!».





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