lunes, 23 de febrero de 2026

Martes de la Primera Semana de Cuaresma


Is 55, 10-11

Ya hemos refrendado que el Deuteroisaías es conocido como el Libro de la Consolación, porque les hablaba de una promesa alentadora, que el exilio en Babilonia iba a terminar, ¿qué podía haber que fuera mayor consuelo?

 

Ya no es Asiria el opresor, ahora es Babilonia. Este escrito remita al destierro y al próximo retorno. Intuye que el porvenir, más próximo, se está cocinando en el hoy de su momento. No se proyecta en lo remoto, sino en lo próximo, a lo que desde ya se pueden tender las manos. La dominante desde la que habla el Deuteroisaías es, por decirlo menos cuasi-épica. Un rasgo que lo opone al proto-Isaías es que este nos dejó apuntes y chispas autobiográficas, aquí y allí; en cambio, el Deuteroisaías prescinde de ellos. Para poner fechas vamos a decir que La ubicación va entre el 539-533 A.C.

 

En el capítulo 55 lo primero que nos encontramos es una invitación a regresar, que no despilfarren su trabajo en tierras extranjeras, porque si regresan, allí se encontraran con los elementos prometidos: agua, vino y leche (55, vv1-2). Pasa a hablarles de la Alianza Eterna. Y establece una analogía con la Alianza pactada con Noé. Para entenderlo hay que descifrar la escatología contenida en el Deuteroisaías: Viene la liberación definitiva. Entendida como una salvación para todas las “naciones”. A esto sucede, pues, una llamada a la “Conversión”. Ofreciendo que el Señor tendrá רָחַם [rajam]” Misericordia”. Y, llegamos a la perícopa de hoy, que gira en torno a la eficacia de la Palabra de Dios.

 

Se trata de una parábola, las imágenes son, tanto la lluvia como la nieve, el referente es la Palabra, la Palabra se hace fecunda, la palabra es eficaz, el agua fertiliza la tierra y la hace feraz. ¡Y la Palabra -del mismo modo- fertiliza el alma y hace feraz la vida espiritual!

 

Hay un aspecto esencial, el agua de la lluvia se evapora y ese es su regreso, vuelve a su origen; la Palabra pronunciada por la Boca-Divina comparte este rasgo, pero no es un simple bajar y volver a subir, es que la Palabra cumple todo un ciclo de fecundidad en la tierra espiritual de los corazones que la “escuchan” de verdad, que hace dar mucho fruto. Así, cuando regresa al Padre, la Palabra, que es su Enviado-y-su-Envío, lleva toda su fertilidad como agradecida respuesta que fecundó los corazones.

 

La Palabra es enviada en Misión y al retornar a la Fuente, llega habiendo cumplido a cabalidad.

 

Examinemos la otra cara de la moneda: Si la Palabra nos llega, ¿cómo es posible que pase por la “tierra” de nuestro corazón y no se coseche nada? ¿La resequedad de nuestro corazón hace de él una tierra infecunda? O, ¿quizás? El malo ha rociado -tal vez- un polvillo que condena a la sequedad las plántulas que pudieran brotar. Tal vez la harina que el malo desparrama sea la incapacidad de la atención. Quizás la manera como se ha condenado nuestro suelo a permanecer infecundo es el hambre de emociones fuertes, de muertos, balas, escenas eróticas, riñas y enfrentamientos, escándalos y calamidades, incendios y temblores de tierra, huracanes e inundaciones. Esas cosas nos han hecho dependientes de la dopamina, el cortisol, las endorfinas la adrenalina y la oxitocina.  Es interesante que el malo -aprovechándose de nuestras propios recursos emocionales- haya neutralizado la feracidad de la Palabra en nuestra vida.

 

Una emoción fuerte podría haber sido trasformar piedras en panes; un deporte extremo podría haber sido saltar desde el alero del Templo y ver -en vez de un paracaídas sorprendente- a los mismísimos ángeles sosteniendo la caída; y, probablemente habría deslumbrado las pasiones políticas ver a Jesús ejerciendo dominio y usufructo sobre “todos los reinos de la tierra”.  Más que todo y, antes que nada, lo que el malo quiere es que Jesús entre en este juego de la espectacularidad. Que descontrole pasiones y reine sobre fanáticos eufóricos, ansiosos, victimas del pánico.

 

A este capítulo 55 se le ha asignado un título, como apoyo interpretativo, lo llamamos: “Ofrecimiento generoso de Dios”. Como referencia co-textual, presentamos el versículo 1º: “Todos los que tengan sed, vengan a beber agua;

Los que no tengan dinero, vengan y consigan trigo de balde y coman;

Consigan vino y leche sin pagar nada”.

 

Pero, en este capítulo se señala que no es trigo, ni vino, ni leche lo que sacia verdaderamente y es tan urgente a nuestra vida. Dios dice -por medio de su augur- que hay un nutrimento más vital, y más poderoso para la vida humana. Cuando obtengamos estas vitaminas todo el universo estallará en aplausos y todas las generaciones nos felicitaran, porque allí donde otrora crecían zarzas ahora veremos crecer pinos; y donde antes brotaban ortigas ahora veremos enhiestos los arrayanes y eso es lo que hará Glorioso al Santísimo Nombre de Dios y esa será la Divina Señal que nada ni nadie podrá destruir (Cfr. Is 55, 13)

 

Sal 34(33), 4-5. 6-7. 16-17. 18-19

La Acción Divina está contorneada por un halo de efectividad:

      I.        Responde

    II.        Libera

   III.        Escucha

  IV.        Salva

    V.        Vigila

 

Pertenecemos al grupo de los “humildes”, o sea que compartimos la cualidad fundamental del “humus”: somos tierra fértil. ¡Tierra negra! ¡Vital!

 

Somos del grupo de los que escuchamos. De los que abrimos nuestro oído atento. Entregados a la escucha. Pendientes de su Voz.

 

Este salmo es de Acción de Gracias. A la atención de nuestra Escucha, el Señor responde con la generosidad de sus cuidados.

 

Somos los del grupo que salimos a repartir invitaciones para que vengan a oírlo. Y damos testimonio: en nuestro propio caso al clamar a Él, nos ha respondido: ¡Dejemos constancia!

 

Fijen sus ojos en Él. Mírenlo allí, en su Santo Templo, ofrecido en el Altar, sin ninguna defensa, sin parapetos, expuesto en su Custodia. No se preocupen: El que lo llama recibe de Él su Protección y Bendición.

 

El Señor tiene abiertos todos sus sentidos para recibir nuestras sencillas palabras de alabanza. Pero aquellos que cierran sus sentidos con blindajes de rechazo y desprecio, esos recogerán los amargos frutos de su indiferencia. Ellos sucumbirán a la penosa muerte que se llama olvido.


Dios se ha consagrado a Sí mismo, nos ha escogido como sentido de Su Existencia: Ha querido protegernos y se ha hecho para nosotros Padre-Pastor-Esposo. Él se apresura a atender a los afligidos y atribulados. Su Misericordia se especializa en demoler toda tristeza y aflicción.

 

Repitamos continuamente con sinceridad, con fe: “Dios libra a los justos de sus angustias”.

 

Mt 6, 7-15

Hablar con Dios-Padre

Esta semana, excepto el miércoles, estaremos leyendo del Evangelio de San Mateo.

 

Que no seamos como los motores dañados que causan continuo y desesperante ruido, de motor sin aceite y con las piezas sueltas. Silenciemos nuestro barullo que el Señor lo sabe todo, Él sabe de lo que tenemos menester. Presentemos en nuestras plegarias y ruegos solamente el silencio de nuestra presencia y la dulzura del amor.

 

Se han desarrollado verdaderas obsesiones por los Novenarios, siendo así que las personas saltan de uno a otro, como testeando cuál es el mejor intercesor, llegando al extremo de olvidar totalmente a Dios en el ruego, y concentrándonos por entero en el santo de turno que estamos poniendo como abogado. Allí, el foco de la fe no está puesto en el “dialogo” con Dios, Nuestro Señor, sino en el despacho de la petición presentada. Así la plegaría tiende a parecerse a un “derecho de petición”, en aras de una pronta respuesta.

 

Nosotros no argumentamos que esto esté mal. Son modalidades desconcertantes de oración: Solo lo ponemos lado a lado con el mensaje de la perícopa, que nos llama a ser mesurados en la extensión y a no priorizar la verborrea -dice allí- “como lo hacen los gentiles”.


Sabemos de memoria el Padre Nuestro, la oración paradigmática que nos entregó el Mismo Jesús; nos gustaría subrayar algunos de los ejes a los que apunta esta Plegaria:

1.    Pone al Padre Nuestro (a Dios) como destinatario de la oración. Es con el Padre con quien requerimos hablar. Pero -y ese es un rasgo sustantivo de nuestra fe- Dios no es mío: tenemos plena consciencia que es Dios de todos, Padre de todos, nadie puede pretender llevárselo para él/ella solit@, Dios no es monopolizable. Y, eso hay que trabajarlo, en una cultura donde se impulsa el egocentrismo.

2.    Y, hace depender toda la oración y lo que se solicita, de la Voluntad Divina. Porque, suele suceder, que no sabemos lo que pedimos, y -a veces- pedimos con tremendo desenfoque.

3.    Intensamente ligado con la petición de “Venga a nosotros tu Reino”, donde se pide que se implemente todo el Proyecto de Dios, su Economía Salvífica, que no es otra cosa que el Reino de Dios.

4.    Se pide -en función del perdón que nosotros seamos capaces de dar- que Dios también nos regale Perdón.

5.    El Pan aparece aquí con una mención polisémica, pide

5.1.          El pan que es central en la dieta mediterránea, junto con el vino, el aceite, el queso, las aceitunas.

5.2.          El Pan como símbolo de todo alimento, de todo lo que se come y nutre nuestro cuerpo

5.3.          El Pan como alimento Eucarístico, con una insinuación -nada tácita- de Comulgar siempre, todos los días, todas las veces que se pueda, como mediación para nuestro crecimiento en la Santidad. La Eucaristía como oración perfecta, porque en Ella se ofrece el Hijo de Dios con su desbordante Amor; y, en ese acto de Donación, se perfecciona la Fe, se ejercita la Oración.

6.    Una de estas peticiones no es simplemente una más, es la columna Vertebral: “Santificado sea Tu Nombre”, es lo primero que ha de llegar a nuestra consciencia, la claridad de que la Oración, sí bien es un dialogo, es un dialogo muy especial, que hacemos con el que es El-Más-Grande-del-Universo, Principio y Fin de todas las cosas. Este dialogo se fundamenta en el reconocimiento de que Él es Rey de toda la Creación y Rey de la Dimensión de su Eterna-Presencia.

7.    Que Él es el Rey de la realidad entera, nos imaginamos que -así como los reyes de la tierra-  para ejercer su reinado, vienen de vez en cuando, por ahí una vez al año, visitan sus “dominios” y se devuelve a Su palacio. A los “Cielos”. Y en nuestro imaginario, lo dejamos allá, bien guardadito, bien juicioso, que no vaya andar por ahí molestando, porque no le hemos dado permiso de venir sino en esa fecha).

 

Resulta que los Cielos no es por allá lejos. Donde Él no se entera de nada, hasta su próxima visita. El Cielo es una dimensión entreverada con la que llamamos “realidad”, su Presencia está en “nuestra realidad”, es pues constante. Siempre está a nuestro lado. Por eso lo llamamos Emmanuel. Esta el simbolismo de Rey para significar su Grandeza, su Poder de Supremo Juez; pero está también el simbolismo del Pastor, porque es Compañía-y-Protección constante, ¡ininterrumpida! ¡No es un inspector del gobierno que viene a calcular la posibilidad de cargarnos otro impuesto!

 

En el Éxodo, una de las experiencias más importantes para la religiosidad, fue que Él pusiera “La Tienda del Encuentro” en medio de su pueblo, para hacer manifiesta su Presencia constante, y la expresaba liderándolos con la Sombra refrescante de la Nube durante el Día y de la Columna de Fuego que además les proporcionaba abrigo, durante la noche. Los Cielos no es por allá, en otra galaxia. Su Amor-Tutelar está tan Siempre-Presente que la teología tiene la expresión “Omnipresente” para aclarar de qué se está hablando. 

 

En el fondo, sabemos esto, porque cuando queremos orar, no levantamos el teléfono ni decimos aló, sino que de inmediato, lo saludamos y establecemos ese Dialogo. Zambullirnos en esta oración implica superar uno de los grandes peligros de la fe: ¡Pensar que eso es algo para después de muertos! ¡Que son frases y pronunciamientos que hacemos para el Día del Juicio!

 

El tiempo de la oración es el presente-proyectivo. Se cumple ahora y se trabaja en cada segundo que podamos vivir y que Dios nos regale. Orienta y dirige nuestro día a día.


Y el otro peligro, pensar que, para profundizar su significado, tenemos que ponerla en la velocidad más baja posible, y pronunciarla tan lentamente que nos tardemos un siglo en decirla. Y es peligroso, porque acarrea otra deformación, que, en vez de centrarnos en el Mensaje, nos quedemos auto-centrados en el tema de la velocidad (mejor dicho, de la lentitud), fascinados por nuestra propia voz y por la lentitud aplicada (o sea en aspectos puramente formales y para nada de fondo). Abandonamos por entero la relación de Amor para preocuparnos en hablarle muy despacio porque si uno habla rápido, Dios no entiende: Él sería como un niño pequeño a quien hay que hablarle muy lentamente.

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