Lv 19, 1-2. 11-18
El
Levítico (ויקרא
[Vayikra], “y él llamó”), tiene una estructura quiásmica:
a) 1-7: Los rituales
que se deben cumplir y respetar; y 23-25 Las 7 festividades del judaísmo.
b) Sacerdocio: La mediación sacerdotal: 8-10: Su
Consagración y 21-22 requisitos para ser sacerdotes
c) Vías para que
Israel alcance la Pureza: 11-15 La pureza ritual de todos los Israelitas
18-20: Moralidad que el pueblo debe respetar: Cuidado de los más débiles y
marginales; integridad sexual; y, respeto a la Justicia.
d) La sección central:
16-17 Describe “El Día de le Expiación”: Con su Sacrificio doble:
el Animal sacrificado y el “chivo expiatorio” que era despachado al destierro,
llevándose consigo el pecado. (Cuando Jesús es sacado de Jerusalén y llevado a
morir en las afueras, está siendo revestido como “Chivo expiatorio”; cuando
Jesús es llevado por el Espíritu al Desierto, está prefigurando proféticamente
lo que le sobrevendrá, pero ya sabemos que el desenlace no será el abandono de
su Padre, sino la Protección que hará que los ángeles le sirvan).
e) 26-27 Coda: Moisés
los llama a guardar la fidelidad a la Alianza.
Está
claro que la perícopa de hoy se ha tomado de la sección siguiente a la sección
central; es decir, de la sección que explica la moralidad que debe
guardar el pueblo elegido. ¿Qué debía caracterizar a Israel, en oposición a lo
que caracterizaba a los cananeos? “Debes ser Santo, porque, Yo, Tu Dios, Soy
Santo”.
Evidentemente
la estructura de la perícopa guarda paralelo con el Decálogo. Lo hermoso es
cómo se dan y se precisan las pautas del avance y acercamiento a esa condición
de santidad que se nos reclama, no dejándola en palabras
abstractas, como “conversión” sino dotándola de concreción práctica.
La
palabra hebrea que aparece en Levítico para “Santo” es קָדוֹשׁ
[qadosh] “Dios”, “Divino”, “Separado”, “inmerso en el
mundo, pero mantenido enteramente puro”, “libre de pecado”, “que no ha tenido
contacto con nada que lo manche”.
Y
se nos dice con precisión que esa Santidad se verifica en el trato que demos a
nuestros prójimos: No robando, no defraudando, no haciendo uso del Santísimo
Nombre con falsedad e hipocresía, no explotándolos, pagándoles a la fecha su
salario, no atropellando a sordos, mudos y discapacitados, evitando privilegiar
y favorecer a los ricos y poderosos en detrimento de los débiles. Se prohíbe y
se rechaza el rencor y la vengatividad. Ahí está la
sustancia fundamental de la Santidad. Es muy importante que se le ponga carne y
sangre a esta meta que Dios nos está proponiendo. Cualquier intento de
manipular la Bondad Divina es “magia”, toda forma de magia diluye la
“santidad”. Dios no puede ser ni manipulado, ni instrumentalizado. Dios está
con nosotros, pero no podemos someterlo, sólo podemos acoger su Amor, y esa es
la santidad, la acogida de su Don. Nunca el intento de dominarlo o poseerlo.
Hay
algo que necesita enfocarse con un reflector muy poderoso: nada de los que pide
es extraordinario, nada del otro mundo, no hay que levitar, ni sacarse sangre,
ni aplicarse carbones encendidos en la piel viva, ni hablar en alguna
jerigonza, ni pronunciar hechizos en lenguas mistéricas, ni preparar pócimas
con patas de murciélago; por el contrario, son las cosas de todos los días, la
más normal cotidianidad vivida con toda la limpieza de nuestro corazón.
Inmediatamente se echan a andar estos lineamientos se deja ver la abundancia de bienes y la plenitud de las mesas, así como la cantidad de sacos de sobras que se recogen, donde también alcanza para guardarle a los que no llegaron y llevarles a los que no pueden venir.
Cuando
se vive esta experiencia en el marco de la Cuaresma, tenemos que -además-
llevarnos la mano al corazón y mirar dónde estamos situados, respecto de lo que
Dios quiere.
Sal 19(18),
8. 9. 11. 15
Este
es un himno. Los himnos en el salterio no entonan loas a los rasgos abstractos
de la Divinidad. Van a momentos precisos de la historia (porque Dios se
manifiesta y se nos acerca, entrando en la historia), y, a partir de uno o
algunos de ellos, elevan su loa. Varias veces nos hemos admirado de Dios como
Legislador. Lo que venimos considerando de la Primera Lectura se refiera a eso:
Dios nos dicta leyes, que no están establecidas para hacer notar nuestra
dependencia, para que luzcamos con orgullo nuestra prisión, para que alabemos a
un opresor, ni para mantenernos a raya, detrás de una legislación que acomode
bien a un tirano de turno.
Lo
maravilloso -y por eso entonamos este himno- es que Dios nos enseña a vivir
como hermanos, reconociendo en toda la creación la necesidad de respetar unos
límites que favorezcan el cuidado de la que hoy en día llamamos “la casa
común”: Casa Paterna donde convivamos con toda “nuestra familia humana”
remontándonos por encima de distingos de nacionalidad, raza, religión, clase o
género: son manuales de sinodalidad para que todos podamos gozar del mismo sol
y de la misma lluvia, bajo el mismo Cielo. Porque -recuérdese bien- el Señor
hace llover sobre todos, justos e injustos; y el Señor no nos pidió que nos
encargáramos de separar la paja del grano, ni el trigo de la cizaña, ni nos
comisionó para quemar la cizaña.
Al
contrario, hemos ido cultivando una ideología en la que toda ley debe ser
revocada, y en la que todo reglamento se mira con prejuicialidad y
animadversión. (Bueno, a veces, entre esta misma gente, encontramos los que
aman algunas leyes que les vienen muy bien y les casan como anillo al dedo, son
sus amadas “leyes del embudo”, todo para mí, y lo demás también, porque para
los demás no dejan nada).
Como
buenos cientificistas, adoran las leyes de la física. Pero se oponen a las
leyes que regulan la convivencia y que resguardan a los que sólo tienen la voz
de la ley para que los defienda. A esos les vienen bien todas las leyes
divinas, pero excluyen sistemáticamente la Doctrina Social de la Iglesia (que
tiene en el Levítico elementos de su “cuaderno borrador”).
Dios ha pronunciado una Ley que se pone como pivote de toda juridicidad “justa”: La Ley del Amor. Se parece al armado de una máquina de altísima tecnología, las piezas son puestas en orden justo y sistemática y milimétricamente ensambladas, y a medida que se engranan, se van ejecutando pautas de control en el montaje:
a) La ley del Señor es
perfecta
b) (Primera pauta de
control) ¿Es descanso del alma? Si es fatigosa y pesada, no es ley-divina.
c) Es בָּ֝רָ֗ה
[barah] “fiel”. “puro”, de alguna manera diríamos “santo”, porque es conforme a
su Santa Voluntad.
d) Instruye al
ignorante. Todos somos ignorantes respecto de la convivencia humana, nos parece
buena la ley que beneficia nuestros egoísmos, y eso es todo; fuera de eso, todo
nos parece injusto.
e) Son rectos (su
rectitud tiene que ver con la coherencia que antes se nombró), toda criatura
conserva rezagos de su Creador y lleva inscritas las huellas de quien con sus
manos y su tacto las fue fraguando.
f) (Segunda pauta de
control): “Alegran el corazón”; si le dan al corazón un sabor amargo, está
incorrecta, es una ley de hiel, porque la hiel es el sabor de las toxinas
diabólicas.
g) Es “límpida” porque
empalma bien con las demás leyes, guarda uniformidad estructural, todas
propenden a lo mismo, no hay algún principio de incongruencia que las haga
mutuamente contradictorias.
h) Son “perdurables”
porque el respeto interpersonal es permanente. No se puede ofender al hermano,
menos tras el pretexto de una ley. La convivencia del hombre con el hombre como
comunidad de hermanos amerita y ameritará siempre un trato de ternura mutua,
como corresponde a hermanos, hijos todos de la misma Voluntad Cariñosa. No son
“tontos”, aun cuando de vez en vez estén en el error, son -pese a sus errores-
hijos de Dios.
i) Quien se ponga a
meditar en estas Leyes, tendrá un corazón grato al Señor, porque el Señor
sostiene con sus Ternuras a quien medita su Ley día y noche y procura que sea
la guía y norte de su vida.
¿Qué
repetimos como estribillo para cada estrofa? La Ley ha sido comunicada con
Palabras de Vida, de las que salen de los Labios de Dios, entonces están
cuajadas de Su Sabiduría, y son Espíritu y Vida. No tenemos por qué
despreciarlas, son senderos salvíficos que Él traza.
Mt 25, 31-46
Toda
la Liturgia de la Palabra gira en torno a la misma temática: ¿Cómo hemos de
relacionarnos unos con otros? Quizás el Antiguo Testamento nos dirigía con
pautas de bloqueo, “evite hacer tal cosa”. El Nuevo Testamento, va por la vía
positiva y nos señala “lo que debemos hacer”. Así que vamos a escuchar, cómo
nos lo ha relatado Mateo, el Código según la Redacción Crística. Así lo
estableció el Legislador Divino.
Se
trata de una escena escatológica. Es, parecido al final de una operación matemática,
donde se traza una raya, para separar los datos, del resultado, que vendrá
después de esa línea. A la entrada de esta escena se ha colocado un cartel
explicativo “El Juicio de las Naciones”.
Recuerdan
que el Señor nos puso delante la doble opción: Vida - muerte; bien - mal. Pues
los nombres de los bandos estaban dados, la parábola de hoy los llama: ovejas –
cabras. (Los que están conmigo y los que están contra mi).
Algo
que reviste un supremo interés y que de verdad tendría que llamarnos muchísimo la
atención: No hay ninguna alusión al Decálogo, (nosotros solemos enseñar la fe
partiendo de él), aquí, al llegar al Gran Momento de la decisión no se
les menciona. Tampoco se tiene en cuenta, cuantas Eucaristías se han fallado, o
cuantos Rosarios se han ofrecido. No dice nada de la importancia de las
Peregrinaciones, ni de las Novenas.
Confesamos que no hemos estado nunca presentes al momento en que el Pastor ejecuta la separación. No sabemos si esos momentos son de rudeza o de ternura, si son momentos de mimo o de acritud. En todo caso, dice que se hará, como un Pastor segrega las cabras de las ovejas. En la parábola unas irán a la derecha y las otras a la izquierda (consideramos que todo esto son sólo elementos para mostrar que habrá una separación según se haya obrado y según el destino que habrá -en Justicia- para cada quien).
Lo
que rige esta discriminación son las que llamamos “Obras de Misericordia”. A
este detalle hay que darle toda la trascendencia que realmente reviste. ¡Ni más
ni menos! ¡Hay que esmerarse más por conocer las Obras de Misericordia que el
Decálogo!
Aún
hay otro “detallito” muy sobresaliente. Jesús, el Supremo Juez del Juicio de
las Naciones, pregunta por lo que se ha hecho a favor Suyo, identificándose por
entero con aquellos pobres, desnudos, hambrientos, presos, marginados que se
han visto beneficiados con nuestras Misericordias. Es -tal y como se oye- como
si cada vez que se hiciera una obra caritativa, se hubiera hecho con Él, porque
Él se ha disfrazado y se ha hecho pasar por ellos.
Esto
hay que tomárnoslo muy en serio, porque de verdad, cada vez que ejercitamos
nuestra Caridad, estamos haciendo que el Reino de Dios esté en medio de
nosotros. Estamos trayendo la Presencia de Dios, bajo su disfraz de ἐλαχίστων
[elachistón] “pequeñines”.
Esta Lectura del Evangelio mateano se refiere a la Caridad que es el otro elemento (además del ayuno y la oración) que conforma el cuadro de la “penitencialidad” que la Cuaresma pone en escena y llama a practicar, para ser verdaderamente “separados de todo lo que manche el alma”, para ser Santos.
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