domingo, 26 de mayo de 2024

LA SANTÍSIMA TRINIDAD

 

INVITADOS A VIVIR EN SU LUZ



Deu 4, 32-34. 39-40; Sal 32, 4-5. 6 y 9. 18-19. 20 y 22; Rm 8, 14-17; Mt 28, 16-20

 

En lenguaje místico, la fe es una noche luminosa.

Segundo Galilea

 

A MANERA DE PROLOGO

“La reflexión moral de la Iglesia, hecha siempre a la luz de Cristo, el «Maestro bueno», se ha desarrollado también en la forma específica de la ciencia teológica llamada teología moral; ciencia que acoge e interpela la divina Revelación y responde a la vez a las exigencias de la razón humana. La teología moral es una reflexión que concierne a la «moralidad», o sea, al bien y al mal de los actos humanos y de la persona que los realiza, y en este sentido está abierta a todos los hombres; …”[1]


 

Eucología Menor

La antífona de entrada (antiphona ad introitum) para la Liturgia de este Domingo –Solemnidad de la Santísima Trinidad- Bendice a cada una de las Tres Divinas Personas porque han tenido Misericordia con nosotros. Hoy, dedicamos la celebración a hacemos conscientes del Don maravilloso que nos une a la Trinidad; Ellos nos han querido hacer Bien, nos han regalado El Mayor Bien, y nosotros –por pura Gracia- (no por algún mérito), somos “objeto” de su Magnánima Predilección: Ellos han acogido en su Corazón nuestras dolencias, nuestra pequeñez, nuestra fragilidad, nuestra debilidad, nuestra propensión a la caída; y, con total gratuidad acuden en nuestra ayuda. ¿Qué nos dice eso? Que más allá de tratar de “poseerlos”, en vez de tratar de adueñarnos de su conocimiento, estamos llamados a aceptar y recibir la dilecta amistad que nos ofrecen.

 


Demos una ojeada a la “Oración Colecta”, oración exclusivamente sacerdotal, en la que el Presidente recoge todo lo que nos ha conducido a llegarnos hasta el Altar, nuestros agradecimientos, nuestras intenciones, nuestros planes, nuestros proyectos, nuestros ruegos, lo que queremos ofrecerle y lo que queremos poner en Sus Divinas Manos, todo eso el Sacerdote lo amasa y lo “inmola” poniéndolo en las Manos de Jesús, y Él, con Su Súplica le pide a Dios-Padre que nos lo conceda. En esta ocasión, inicia (siempre se inicia diciendo a Quien dirigimos la súplica y sus Títulos Nobiliarios) –poniendo como base- lo que Dios ha hecho, y lo hace enumerando las acciones de Dios con dos verbos: “enviar” y “revelar”. Quiere esto decir –si lo ponemos en relación con el Introito- que Dios nos ha donado su Misericordia muy especialmente a través de enviar y revelar. ¿A Quién ha enviado? A dos Personas: la Palabra de Verdad y el Espíritu de Santidad; y, revelar… ¿Cuál ha sido su Revelación? Su Misterio Admirable, ¿a quienes se los ha revelado? ¡A todos! De allí, pasa la Oración Colecta a la parte “peticional”, donde todo lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo. Va a pedir tres cosas: que profesemos, reconozcamos y adoremos:

a)    Profesemos la fe verdadera.

b)    Reconozcamos la Gloria de la Verdad Eterna.

c)    Adoremos su Unidad en la Majestad Omnipotente.

 

No apartar la mirada de Dios vivo y verdadero

Los que fueron mis catequistas me acercaron a la Majestad Omnipotente de la Santísima Trinidad así: Son tres personas distintas y un solo Dios verdadero. ¡Punto! ¡Entiéndalo así! ¡No pregunte más! La mente más inteligente no podría entenderlo. Grandes filósofos, sabios y aún los santos han luchado por entenderlo y no lo han logrado. Es “una verdad de fe”, y lo que a nosotros corresponde es aceptarla con obediente asentimiento.


 

Agradezco y los bendigo por haberme donado esa aproximación: ¡No fue -para nada- mal punto de partida! Encuentro belleza en el argumento, inclusive me seduce lo del “obediente asentimiento”, me evoca la disciplina rigurosa: ¡Tiene su encanto! Pese a lo cual, ¡hay algo que disuena!

 

De verdad, pensamos que Dios es tan Misericordioso que no nos revelaría algo que, al no poderlo penetrar, se convertiría en una abstracción inútil. De ser así, creo que Dios se habría abstenido de darnos un “vaso desfondado”. El Padre Celestial, el que amamos, alabamos y adoramos nosotros ¡no es así! Creemos –y eso si podría ser- que lo que quisieron decir estos amigos, es que la Verdad de la Santísima Trinidad no se puede agotar, por lo menos en esta vida mortal: “un Misterio inefable, infinitamente más allá de todo lo que podemos concebir según la medida humana. ¡Ah, bueno, pero eso es algo totalmente diferente! «Fe es creerle a Dios sin comprender totalmente el contenido de lo que nos dice, pues si lo comprendiéramos sería como comprender a Dios, lo cual no es posible para la limitación de la criatura.»[2] Pero creo que Dios nos reveló esta imagen Trinitaria de su Ser, para enriquecernos, para guiarnos, para darnos un “tesoro”, y ese tesoro no se puede quedar como los juguetes regalados antaño, que se subían a una repisa y allí se mantenían, empacados en sus cajas originales, acumulando una capa de polvo que se apelmazaba y deslustraba el empaque tan vistoso y atractivo al principio. ¡No podemos aceptar que Papá-Dios sea de esa clase de padres! Al contrario, nuestra teología está convencida que Dios nos regala cada juguete para que lo abramos y lo disfrutemos. Aún más, creo que lo que alegra a nuestro Padre es que juguemos con el regalo todo cuanto nos sea posible. Al contemplar esa Revelación vamos tejiendo la Amistad con Él.


 

La revelación es esa generosidad de Dios que no dice quédense afuera en el la parte de la casa que está a oscuras, sino pasen a mis dominios, la Zona de mi Soberanía, donde la Claridad domina, y nos da unas gafas especiales para no “quemarnos los ojos”. Él mismo modula la Luz para que no nos lastime. Sus políticas pedagógicas son altamente “inclusivas”.

 

¡Si queremos legislar sobre inclusión, volvamos los ojos a Él!

 

Un rotundo no a la soledad

 

Dios es como una columna entre mis brazos.

¡Intentad arrebatármela!

Estamos felices de estar juntos:

Nos decimos el nombre de pila unos a otros.

Y entonces, queridos hijos, atentos y todos juntos.

“Que tu amor, Señor esté sobre nosotros,

como nuestra esperanza está en Ti

 

Salmo 32, versión de Paul Claudel

 

Al empezar a jugar vemos que la Santísima Trinidad es como una aversión-de-Dios-a-la-soledad. Muy ingenuamente podríamos regresar a la explicación de mis catequistas y argüir esta vez que Dios, siendo Dios, no se siente solo. Únicamente por volver la bola al campo rival, daremos el siguiente raquetazo: No se trata de decir cómo siente Dios, sino de aceptar lo que Dios nos ha manifestado sobre cómo es Él. ¿Qué nos ha revelado? ¡Que Él es Trino! (Creo que a nuestros amigos catequistas también les repudia la soledad porque no habría quien les devolviera la bola). Por si eso fuera poco, Dios que es bondadoso con todos y a todos los alumbra con su sol, nos dio a los catequizandos). Quizá quepa –para contestar el raquetazo con elegancia, dar el golpe con el revés de la raqueta: En Génesis dice Dios: “No es bueno que el hombre esté solo. Le haré alguien que sea una compañía idónea para él” (Gn 2,18). ¡Esta es la primera de las revelaciones que Dios nos hace al manifestarse Trinitario! (Recordemos que Jesús nos enseñó que debíamos ser perfectos “como el Padre” es perfecto (Mt 5, 48); esto lo entendemos como que el Padre quiere que hagamos todo lo posible y nuestro mayor esfuerzo por parecernos a Él, (también en lo de no estar solos).


 

Él ama la justicia y el derecho

Sal 32, 5a

 

El segundo rasgo de la Santísima Trinidad que nos parece una enseñanza esencial, la leemos en Gregorio Nacianceno, el Teólogo: «Divinidad sin distinción de sustancia o de naturaleza, sin grado superior que eleve o grado inferior que abaje…»[3]. Esta propuesta de igualdad nos cuesta, pero está en el proyecto que Dios nos ofrece como vía hacia Él. Que aplaquemos nuestras manías de sometimiento, que anulemos las ansias de inducir a la sumisión, sólo queramos ejercer dominio sobre nosotros mismos, trabajando en progresar por el camino de la humildad, superando los pruritos de superioridad. San Pablo nos invitaba para que con humildad, no nos sintamos superiores a nadie sino que, consideremos a los demás superiores a nosotros (Cfr. Fil 2, 3).

 

… con Él se alegra nuestro corazón,

en su nombre confiamos

Sal 32, 21


 

Aún hay una tercera directriz que nos enseña la Trinidad Santa. Dios es Unidad y nos llama y nos invita a ser Unidad. Sigamos de la mano de San Gregorio Nacianceno: «No he comenzado a pensar en la Unidad y ya la Trinidad me baña con su esplendor. No he comenzado a pensar en la Trinidad cuando ya la Unidad me posee de nuevo»[4]. La Trinidad nos llama a ser Cuerpo Místico, a percibirnos y entendernos como tal, a convertir nuestra Unidad en fraternidad, en amor misericordioso del Señor en el objetivo de nuestra Misión. Evangelizar es pues, nada diferente que buscar la Unidad en nuestro Hermano Mayor, Jesucristo Dios y Señor nuestro.

 

Invitados a ingresar en el Sancta Sanctorum

“…y te damos gracias

porque nos haces dignos de servirte en Tu Presencia”.

Plegaria Eucarística II

 

Se puede seguir profundizando, seguramente las notas serán múltiples, nosotros hemos querido resaltar estas tres, convencidos que hay otras; por ejemplo, “dictar” las Escrituras; también, ser inspiración y modelo de familia.

 


¡Ah, que dulces son las rutas de nuestra fe! ¡Cuán regocijantes las demandas con las que el Santo Espíritu nos arropa! Esta fe es un tierno mensaje de amor constante para que vivamos con verdadera fraternidad, cosa que no se da de por sí, requiere esfuerzo, pero al asumir la tarea de superación se llena de sentido la existencia, que, de otra forma, es sólo un fardo cargoso. Por eso la vida en la fe es de felicidad en una dicha que trasciende las tinieblas, que Dios –Quien-nunca-nos-abandona- nos ayuda a atravesar. Están las tinieblas, ¡sí! Surgieron de las entrañas del pecado; pero, la Luz Trinitaria las derrota. Jesús rasgó el Velo y podemos penetrar en el Sagrario, su “Aposento Personal”: Avancemos, con paso firme, hacia su Esplendor, hasta consumirnos en su Luz.



[1] San Juan Pablo II, VERITATIS SPLENDOR #29

[2] Galilea Segundo. LA LUZ DEL CORAZÓN. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá. 1995. p. 18

[3] CEC. #256

[4] Ibid.

sábado, 25 de mayo de 2024

Sábado de la Séptima Semana del Tiempo Ordinario


 

Stg 5, 13-20

Llegamos al final de la Carta Católica (o sea, Universal) de Santiago. Hoy leemos sus últimos ocho versículos. Se nos habla de la oración, pero también tiene un ojo fijamente puesto en los enfermos.

 

La oración puede equipararse con el “entrenamiento” del deportista, como esa ardua dedicación que nadie ve, que nadie aplaude, pero que se hace con miras a la superación. En la oración sí hay alguien que ve y oye, ¡es el Señor!

 

Cuanto más sería es la dedicación de un deportista, más serio es el trabajo que da en sus “entrenamientos”. Además, no es sólo ejercicio y práctica del deporte en cuestión, sino que se añaden abstenciones y disciplinas como evitar ciertos alimentos, llevar una vida sana y juiciosa, creo que a veces, se toman determinados suplementos alimenticios y el deportista que estamos mirando, revisa toda su vida a la luz de su calidad de deportista. Y, ningún esfuerzo se escatima. No es necesario que gane la copa, o la medalla, estos “entrenamientos” superan el estrecho criterio de la “presea”, de la “victoria”; gran parte de este trabajo se hace por superación, por probarse a sí mismo la responsabilidad y la dedicación; a veces el deportista en sus “entrenamientos” lo que persigue es demostrarse que puede ir escalando metas personales y que puede superar las dificultades y las evasiones y deserciones del falso deportista. Todo eso prueba que en su corazón hay fuerzas que él mismo no sospechaba, lo que conduce a poder declarar que “todo se puede alcanzar con perseverancia”. ¡La analogía con la oración se hace evidente!

 

La oración es -sin lugar a dudas- una disciplina que conduce al crecimiento espiritual. Luego vendrá la respuesta de Dios, y podremos comprar un armario especial para atesorar medallas y trofeos. Pero, antes que nada, está el desarrollo de una personalidad orante, la espiritualidad.

 

Diremos entre paréntesis que la oración no es una actividad competitiva: mi vecina ora cinco horas, yo tengo que superarla en una hora y llegar a seis. ¡No! Este entre-namiento es entre Dios y el orante, trabajas arduamente, no en relación con el prójimo, sino atendiendo a ser cada vez “mejor amigo de Dios”.

 

Con mayor razón si uno atraviesa un sufrimiento, ha de dedicarse con mayor ahínco al “entrenamiento”, no derrotarse a sí mismo en la auto-conmiseración, no hacer un curso intensivo de auto-compasión: sino, orar con alma vida y “sombrero”.

 

Pero no solamente ora y se ora, en las duras y en las maduras; al contrario, en épocas de bonanza es cuando con mayor detalle puede uno concentrarse músculo por músculo -empezando por los que se descubren ser los más débiles- para fortalecer cada debilidad desenmascarada. Y cuando la situación nos lleve a estar contentos, entonces, a cantar himnos, nos recomienda Santiago.

 

Cuando alguno esté enfermo, hay que llamar al presbítero, para que lo unja, con oraciones y en el Nombre del Señor se restablecerá. Pero, claro, hay que ponerle fe. Además, si tiene pecados cargados en su consciencia, quedará perdonado: ¡La unción de los enfermos tiene poder absolutorio!

 

Ordena también la confesión, no personal, sino que debe haber uno que se confiesa y otro que en el Santísimo Nombre absuelve, será el presbítero, que ha sido separado en la comunidad y ungido para esa facultad vicaría que le encomienda el Señor.

 

La oración de los “justos” tiene enorme poder.

 

Elías, el profeta, en nada diferente a otro ser humano, oró con fe y contuvo la lluvia durante 42 meses. ¡Se imaginan la calamidad para una cultura agrícola de ausencia de lluvia por tres años y medio! Sólo se interrumpió la sequía cuando él volvió a orar y pidió lo contrario, entonces, la tierra, por fin fructificó.

 

Concluye señalando las gracias que se alcanzan con la labor evangelizadora de enseñar la palabra y recuperar a los extraviados de su desencaminamiento; aquel que se dé a esta tarea logrará salvarse de la Oscuridad Eterna y cavará una honda sepultura para muchos de los pecados que entorpecen y abruman su relación con Dios.  

 

Sal 141(140), 1b-2. 3 y 6

Si decimos que es un salmo de súplica ¿si se entenderá bien a qué clase de salmos nos referimos? Esta categoría de salmos de súplica es la más abundante del salterio.

 

No es indispensable, pero podríamos quemar en nuestro pebetero un poco de incienso, sólo para visualizar como la oración es como el humo del incienso: también la oración deja flotando en el ambiente una estela de agradable olor; también el humo del incienso se eleva al Cielo como nuestras manos -que al atardecer de cada día-, en el momento de examinar nuestra consciencia- marcan el ritmo orante de nuestra existencia.

 

Hay una amenaza triple que se cierne en contra de nuestra vida espiritual: las palabras venenosas que haya aprendido nuestro corazón y haya puesto en depósito para repetirlas.  

La segunda es dejar que nuestro caminar esté salpicado de pecaminosidad sin desterrar las piedras de pecado que los salpican; y, por último, juntarnos con impíos que se dan a la tarea de importar piedras afiladas para sembrarlas en nuestra vida y así envenenarnos el corazón.

 

En la segunda estrofa de la perícopa de hoy, le pedimos a Dios que designe un guardián riguroso para nuestra boca y, que les ponga un centinela a los labios para librarnos de las palabras dañosas. No basta, necesitamos de un blindaje poderoso: Que nuestra mirada esté continuamente dirigida hacia Dios, vueltos los ojos a las realidades Celestiales y que nos acoja en su Santo Templo, permitiéndonos ser asilados tras los muros de su Fortaleza.

 

¿Qué clamamos en el versículo responsorial? Que nuestra plegaria no se quede represada en el dique de mi egoísmo, sino que con verdadero poder “ascendente” llegue hasta Él, verdaderamente como si nuestros rezos tuvieran la misma fuerza ascendente que tiene el incienso que Le dirigimos.

 

 

Mc 10, 13-16

 

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Mt 5, 3



Llevar los niños ante Jesús para que Él los tocara. Era seguramente un gesto muy seguro, donde no podíamos ver segundas intenciones, ningún daño se podría esperar de las Manos del Salvador. Hoy por hoy, en cambio, nos cuidamos de todo contacto que un extraño -fuera del círculo familiar- pueda tener hacía uno de nuestros pequeñines. Ciertamente que vivimos en una situación distinta y en circunstancias muy diferentes. Pero, cuanta falta les hace a los niños capitalizar la atención de un adulto y saberse y sentirse reconocidos como personas y -más en la Comunidad Eclesial- saber que son importantes en la familia de los que tienen fe.

 

Los discípulos inmediatamente gatillan una reacción de rechazo. Se ponen nerviosos porque seguramente el “Maestro” no querrá ser interferido por niños que le hagan perder “tiempo”. En aquellas culturas donde un niño era visto como un cachorrito molesto, como un “bichito” perturbador. Los niños estaban férreamente puestos al cuidado de sus madres que debían -sobre todo- garantizar unas políticas de contención y freno, que, además -dependiendo de su éxito- conducían a la aprobación: ¡que niño tan bien educado! Alago, que se hacía extensivo a la progenitora: “Se ve que la mamá lo tiene bien educadito!

 

Y Jesús, que para nada estaba implementando políticas populistas para caerle bien a las familias y garantizar el voto en la próxima ronda electoral. Exige que los acojan, “libera a los niños”, los considera votantes y destinatarios principales de su Mensaje.

 

Se nos ocurre que al llegar aquí es sumamente importante recordar cuál era la esencia del mensaje de Jesús: ¡El Reino!

 

La confianza es el sine qua non de la fe: sin confianza no se puede creer. Se pasa a creer cuando se tiene primero que todo confianza. Un niño -a menos que se lo crie melindroso- es dado a la confianza. Su naturaleza le hace ser naturalmente cercano y a creer en el otro. Si nos fijamos bien, un niño bajo una crianza sana -no producto de la constante zozobra- parte del principio “mi prójimo es bueno, puedo confiar en él”.

 

Cuan desfasada puede ser una formación que ve en el mendigo, en el marginado un peligro y lo “bautiza” como ¡el coco! Para satanizar el menesteroso. Una cosa es una sana prevención y otra cosa es vivir encarcelado en el “cuarto del pánico”.

 

Qué poderosa moraleja nos da Jesús, es fascinante que nos lo dice con una claridad meridiana, (muchos verterán galones de disimulo para irse por las ramas y no fijarse en la centralidad de este mensaje). Pongámoslo entre signos de admiración porque, si el Mensaje esencial de Jesús es el Reino, tenemos que estudiar con gran precisión, quienes son sus destinatarios: ¡En verdad les digo que quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él!

 

Tenemos que acudir al Mensaje cristocéntrico confiadamente, “pobre en el espíritu” es aquel que no vive prevenido, el que puede confiar. Sin dudar de él, con plenitud de Fe. ¡Dejemos que Jesús nos imponga las Manos!

viernes, 24 de mayo de 2024

Viernes de la Séptima Semana del Tiempo Ordinario

 


Stg 5, 9-12

Un problema que aflora prontamente es el de la queja. La palabra que se usa aquí es στενάζω [stenazo] que se refiere a un “gemido”, producto de lo que se avecina, de lo que se viene encima. Santiago aquí nos llama la atención y nos previene contra esos gemidos, esas angustias y afanes por la manera como se dan las relaciones con los hermanos de la comunidad. Y, en cambio, nos aconseja la μακροθυμίας paciencia”, “mansedumbre”, y la κακοπάθειαresistencia”, “la capacidad de aguante ante algo molesto y aflictivo pero que se soporta para cumplir la Voluntad Celestial”.

 

Nos pone como primer modelo a los profetas, a quienes exaltamos porque contra toda adversidad fueron pacientes poniendo por encima el Nombre del Señor, y pronunciando, a la letra, lo que Dios ponía en sus labios.

 

El segundo modelo mencionado es Job, cuya paciencia es modelo, y cuyo desenlace de vida demostró que, el Señor es “Compasivo y Misericordioso”.

 

Cuando presentábamos a Santiago el martes, señalábamos la honda influencia del Evangelio Mateano sobre él y, en particular, la del Sermón del Monte. Hoy, Santiago glosa a Mt 5, 33-37:

«Habéis oído también que se dijo a los antepasados: No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos.

Pues yo digo que no juréis en modo alguno: ni por el Cielo, porque es el trono de Dios, ni por la Tierra, porque es el escabel de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran rey.

Ni tampoco jures por tu cabeza, porque ni a uno solo de tus cabellos puedes hacerlo blanco o negro.

Sea vuestro lenguaje: "Sí, sí"; "no, no": que lo que pasa de aquí viene del Maligno.

 

Este cuidado para no reforzar nuestra palabra con juramentos, es frecuente y se torna fácilmente hábito del habla; parece trasparentar una inseguridad en los contenidos de nuestro propio discurso, no basta que lo digamos nosotros, sino que ponemos como garante a la Divinidad o a sus criaturas. Se oye, a veces, que hay personas que ponen como testigo de su veracidad la propia vida de la mamá.  ¿Quién es uno para poner en riesgo a otra criatura por la fragilidad y la incredulidad que desata nuestro hablar?

 

Hablar, interponiendo juramentos (muchas veces para respaldar nuestras marrullas) nos condena.

 

En cambio, podemos realzar nuestro decir, cuando la gente se vaya dando cuenta que, por encima de cualquier conveniencia y oportunismo, lo que decimos está respaldado por la verdad y el compromiso. Nuestro discurso deberá ser un testimonio de coherencia con lo que creemos. Si Dios es veraz y eternamente fiable, nosotros que somos sus “hijos” no podemos permitir que nuestros labios actúen de otra manera. El que miente y el perjuro, es de la ralea del Maligno como lo señaló Jesús en el Sermón del Monte que nos relata San Mateo.

 

 

Sal 103(102), 1b-2. 3-4. 8-9. 11-12

Hoy tenemos un salmo de Acción de Gracias: Un salmo eucarístico. Aquel que ha pecado y recibe el Perdón de Dios, dejará brotar a raudales su gratitud frente a un Dios que es “Compasivo y Misericordioso”. Es lo que quiere resaltar el responsorio para que lo gravemos profundamente en nuestras consciencias:

 

Dice el salmista que, “Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades”.

 

Su gratitud no es algo que brota sólo del corazón, el quiere que todo su ser, cada parte, cada dedo y cada cabello reconozcan que Dios le ha otorgada beneficios incontables.

 

Cuando mereceríamos habitar la morada de los muertos, Él va y nos rescata, y no para en generosidad y añade a la salvación la ternura de sus cuidados.

 

Es interesante y muy importante que al dirigir nuestros ojos hacia Él reconozcamos cuál es la naturaleza Divina, que YHWH no es un dios de rencores, que su ira está extremadamente contenida, no se trata de un Padre que tiene estallidos de furia incontrolada. Todo lo contrario, es Clemente y no está siempre presto a conducirnos al Tribunal.

 

Él, con su Gigantesca Bondad aleja de sus Ojos nuestras faltas, interponiendo entre ellos y su Justicia, la distancia que hay entre el oriente y el poniente que jamás alcanza el uno al otro, o sea que su rencor es absorbido por la Magnanimidad del Olvido.

 

Todo esto que expresa el Salmo es necesario entenderlo y tenerlo bien presente para, sobre ese fundamento, levantar el edificio de nuestra fe.

 

Mc 10, 1-12



Otra vez los fariseos vienen a tenderle una celada a Jesús. Quieren que incurra en algún ataque contra la Ley Mosaica para tener motivo de acusarlo y presentarlo al Sanedrín.

 

Jesús les muestra que Moisés en verdad resquebrajó la Voluntad del Padre Celestial cuando aflojó lo que estaba en el Proyecto de su Divina Paternidad, comprendiendo que ellos no daban la talla para cumplir Su Voluntad. Moisés suavizó la norma porque sabía que son un pueblo de dura cerviz.

 

Observemos, y para mostrarlo Jesús va a la Torah, y les señala como al momento de crear al hombre y darle pareja, Él los soñaba con tal nivel de Unidad que los dos se sintieran “una sola carne. Él no quería -no era ese su sueño- que el hombre y la mujer disolvieran el Sagrado Vínculo con el que fueron creados.

 

No atacó la ley mosaica, pero si les sacó el corazón del pecho para que -puesto a la altura de sus propios ojos- se dieran cuenta que la “Dureza de su Corazón” no tenía capacidad para contener y cumplir la Voluntad del Señor.

 

Es curioso que, una vez en la privacidad, los discípulos quisieran volver sobre el tema. Quizás nadie se imaginaba que nuestras limitaciones, el hecho de tener un alma-a-semejanza-de-la-Divina, nuestra vasija de barro -en la que está contenida- limita los alcances de nuestra espiritualidad y nos hace endebles para dar cumplimiento a los anhelos del Divino-Corazón.

jueves, 23 de mayo de 2024

Jueves de la Séptima Semana del Tiempo Ordinario

 


Stg 5, 1-6

Hay una continuidad temática innegable entre lo que nos viene diciendo Santiago en su Carta y lo que prosigue hoy. La riqueza tiene ese brillo y ese encanto que nubla: recordemos lo que le pasó a Eva, “Entonces la mujer cayó en la cuenta de que el árbol tentaba el apetito, era una delicia de ver y deseable para adquirir conocimiento.” Y, ahí fue Troya, no corta ni perezosa, agarró el fruto a dos manos y lo comió, y le compartió a su marido. (Gn 3, 6)

 

Santiago nos empieza llamando la atención sobre ¿cómo ve sus posesiones el enriquecido: las ve tentadoras, gratas a la vista, detonadoras del apetito y que le permitirán el embrutecedor placer de la “posesión”, sus “riquezas acumuladas.

 

Frente a este comportamiento digno de un demente, señala Santiago como paralelo Celestial, lo que pasa con Dios mientras el “rico” frota sus manos con gesto de satisfacción: mientras, Dios está observando, está atento y defraudado por las vías que este ha usado para enriquecerse: ha acaparado y retrasado los pagos de los salarios de sus operarios, ha usufructuado del sudor de sus sub-alternos, seguramente ha obtenido pingües ganancias comerciando con los pagos atrasados de los “labradores”.

 

Decimos Emmanuel, “Dios con nosotros”, y nos imaginamos que Él no se da cuenta de nuestras jugadas por debajo de la mesa y de las cartas que jugamos tramposamente, ocultas en las mangas y en los bolsillos del chaleco. Por eso nos llama la atención diciéndonos ¡Miren!

 

¿Qué nos señala cuando nos llama a “Mirar”? ¡El jornal de los obreros que segaron sus campos, el que ustedes han retenido, está gritando, y los gritos de los segadores llega nítido y claro a los Oídos del Señor del Universo! (Cfr 5, 4)

 

Para señalarnos que la Justicia Divina no se quedará bracicruzada, el hagiógrafo usa una metáfora: compara a los ricos y sus barrigonas arcas (sus arcas son sus propios corazones, porque ellos atesoran no en los baúles y en las cajas fuertes, sino en la avaricia de su corazón y en las entrañas despiadadas que tiene los espoliadores), con animales engordados pensando en el Día de las matanzas. Cuando llegue la hora de llevarlos al matadero, correrán la misma suerte: morirán a manos de un matarife.

 

Para evitar malos entendidos habrá que repasar el concepto de Justicia: No es que Dios castigue, es que, si uno siembra semillas de cizaña, no esperará cosechar clavelitos. Se llama “consecuencia”, no se llama castigo. ¡Si de castigos se tratara, no habría dado su vida por nuestro Rescate!  

 

Sal 49(48), 14-15ab. 15cde-16. 17-18. 19-20

 

¡Pobres de ustedes, los que ahora están satisfechos, porque después tendrán hambre! ¡Pobres de ustedes, los que ahora ríen, porque van a llorar de pena!

Lc 6, 25

 

El Salmo, que es el mismo de ayer, sólo que hoy tomamos otros versículos distintos, parece que fuera la continuación de la Primera Lectura, parece que hubiera salido de la misma mano de Santiago.

 

En la Primera estrofa nos habla de los “hombres satisfechos”, ¿quién los pastorea? La propia muerte, que no usa cayado para dirigirlos, sino que siempre blande su guadaña para segarnos en el momento que el pecado garantice nuestra desgracia, nuestra perdición. ¡Ese sí que es impío!

 

¡Su tumba será el Sheol! Pero el hombre piadoso, de entrañas compasivas, Dios lo salva, llegado el caso, lo arrancará de las garras de la pérfida muerte eterna.

 

No hay que envidiarle nada al “rico” cuyos tesoros son más pasajeros y provisionales que la vida de una mariposa, no alcanzarán a dar ni un aleteo, y se destriparán contra el “abismo”.

 

En vida, se jactaban de sus lujos y sus despilfarros, pero en el Sheol, la oscuridad es Eterna, es el único “lugar” donde la Luz Divina y su Esplendor Maravilloso no llegan: por eso se llama “Muerte Eterna”.

 

Mc 9, 41-50



Es desagradable llevar al paladar la comida insulsa. La comida desabrida es insípida, inclusive, llega a dar nauseas. El Señor Jesús nos llama a darle sabor alegra a la vida del mundo enero cuando nos dirige hacia “Vosotros sois la sal de la tierra. Más si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres”. (Mt 5, 13)

 

Un escándalo para nosotros es algo tan salido de los limites morales que nos lleva a taparnos la boca como signo de “yo no habría dicho eso tan vergonzoso, o no lo habría hecho” ese gesto, tan automático, señala hacia lo indignante y condenable del hecho. La palabra que nos encontramos en Mc 42 es σκανδαλίζω [scandalizo] “piedra de tropiezo”, “trampa en la que uno se puede romper fácilmente una pierna”, “treta para obligarlo a uno a comportarse mal a irse por donde Dios no manda”.

 

Si uno se vuelve eso, la piedra de tropiezo, la fuente dl mal ejemplo, el enseñante de los malos pasos, el publicista del diablo”, más nos vale cortarnos la mano, los pies y sacarnos el ojo malo que andar por ahí, impulsando el mal, como agente satánico. No hay que taparse la boca moralistamente, hay que evitar a toda costa incurrir en ser paradigma de maldad.

 

La perícopa nos habla de la Gehena que puede entenderse como sinónimo de Infierno; era un sitio de perdición, porque allí se habían practicado cultos perversos con ritos paganos. Allá la muerte es de por vida y el fuego quemará sin cesar.

 

Ahora bien, hay personas más vulnerables a la corrupción por su ingenuidad, por su credulidad, por su falta de información o escasa formación, por tener pocos recursos morales en los que afianzarse. Ellos en general son los débiles, los vulnerables. En el Evangelio se les nombra como μικρός [micros] “pequeño”, “menor de edad”, por extensión “inocente”. Nosotros diríamos, tal vez, “marginales”, por ser ellos los desfavorecidos, en el sentido de ser más fácilmente dañados y afectados por los escándalos del “mal ejemplo”.


 

Sería preferible estar manco o cojo o tuerto y no convertirse en guías hacia la corrupción y el pecado, peor aún, si es desviando a un “débil”.

 

Nuestra misión es radicalmente otra: es traer la “Luz” al Mundo, para que la gente sea feliz gozando de la claridad y la plenitud de la visión de lo que es bueno y nos da la Vida Eterna.

Nuestra Misión es proclamar el Evangelio, y no olvidemos nunca que el Evangelio es una Buena noticia, la Noticia de Jesucristo Salvador del Mundo.

 

Dios-Tres-Veces-Santo, te suplicamos que nos forres en la salazón que preserva de ser corrompidos. ¡Sálanos oh Señor, con la sal de la Fe! Y así gocemos de esa Paz que sólo Tú nos das. 

miércoles, 22 de mayo de 2024

Miércoles de la Séptima Semana del Tiempo Ordinario



Stg 4, 13-17

Hoy, Santiago se detiene a reflexionar sobre aquellos, que diseñan propósitos, fraguan actividades y -en su interior- hacen caso omiso a los fortuitos que pueden resultar llevando a pique todos esos planes. Siempre sacamos de nuestras proyecciones que todo está sujeto a la Voluntad de Dios, y que nuestro anhelos e ilusiones pueden malograrse si otro es el designio de Dios.

 

Este modo de proceder es propio del arrogante que se jacta de tener todos los botones bajo su control. Y desemboca en una actitud cuya falta y error ese esa. El hagiógrafo nos recomienda en este caso ponerlo todo en las Divinas Manos, diciendo “Si el Señor quiere y estamos vivos, haremos esto o lo otro”. Santiago llega a la conclusión de que 2todo alarde de este tipo es malo”.

 

Pero esta es sólo la mitad de la idea. El otro hemisferio es que, en vez de estar trazando planes fanfarrones, y si Dios nos ha guiado para que sepamos hacer el bien; en vez de estar ideando por fuera de la Voluntad del Señor, debemos dedicar nuestros desvelos a “hacer el bien” que Dios nos ha inculcado.

 

Nos está, pues, dirigiendo a tomar consciencia sobre el grave pecado de omisión de vivir dándole la espalda a Dios, despilfarrando todos los talentos, dones y carismas que hemos recibido, dejándolos en el rincón del olvido, y, en cambio, malogrando nuestra Salvación, nos dedicamos a fraguar futuros de maldad. Puede que no les veamos el lado negativo, pero podemos -desde la enseñanza de hoy- intuir y llegar a la comprensión de ser agentes de maldad siempre que nos descuidamos de incluir a Dios en nuestros planes, olvidando que “ni siquiera sabemos que será el día de mañana”.

 

Podemos concluir, diciendo: todo cuanto planeamos, poniendo a Dios al margen eso es lo malo. Solo lo que cocinamos al Calor de Su Magnánima Bondad -animados por el Fuego del Espíritu- se encamina hacia la Santidad.

 

Sal 49(48), 2-3. 6-8. 9-10. 11

No te preocupes si se enriquece un hombre

y aumenta el fausto de su casa:

cuando muera, no se llevará nada,

su fasto no bajará con él.

Sal 49(48), 17s

 

Este es un salmo del Huésped de YHWH. Al afrontar la pregunta ¿Por qué los malos reciben bondades y premios y en cambio los bondadosos, muchas veces sufren carencias y pesares? Contiene un enunciado de equidad para los que pueblan la tierra, allí, tanto los sabios como los necios e ignorantes se mueren y lo que han cosechado pasan a heredarlo los extraños.

 

Los que tienen las agallas más grandes esos dejaran su legado a perfectos desconocidos que malbarataran lo que con tantos esfuerzos sembraron y cosecharon.

 

Pero, viene la pregunta del billón: Si eso es así, aquí en la tierra, ¿Cómo es en el Cielo? En el reino de los Cielos, los que “echarán bueno” serán los “pobres en el espíritu”. Ellos serán llevados a la Bienaventuranza Eterna: “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los Cielos” (Mt 5,3)

 

Y ¿quiénes son los pobres en el espíritu (πτωχοὶ τῷ πνεύματι)? Ciertamente que nos son los “agalludos”, los “avispados”. No, ¡son los sencillos! ¡los que no tiene recursos! ¡los que, inclusive, se ven obligados a mendigar!

 

¿Por qué adjetiva de esa manera y no dice tan sólo “pobres”? Porque no es sólo que sean escasos de recursos, sino que su manera de ser, el espíritu que los anima, no es el del lucro sin ética, ese corazón ambicioso, que no repara en principio y valores, no es el que, por encima de todo, prioriza su bolsillo y su perspectiva general estriba en el engorde de su billetera.

 

El “pobre de espíritu”, no pasa por encima de las dificultades pecuniarios de su prójimo, se desacomoda, se descentra, prioriza al “otro” por encima del “egoísmo”. En la Justicia Celestial, el pobre de espíritu será el Bienaventurado. Ese habitará en las moradas de YHWH y será su huésped.

 

A manera de síntesis, podríamos ir a 1Jn 3, 17, donde leemos: “Pues si uno es rico y ve que su hermano necesita ayuda, pero no se la da, ¿cómo puede tener amor de Dios en su corazón?”

 

Mc 9, 38-40

Hermanos en Cristo Jesús, nuestro Señor



Esta avaricia del corazón está presente también en el fiel que ha recibido de las manos generosas de Jesús sus enseñanzas, y las quiere acaparar sólo para él. También nosotros podemos pretender acaparar el Maravilloso Tesoro que son las Enseñanzas de Jesús o pretender que somos sus totales detentadores. Vemos en la perícopa de hoy a los apóstoles procurando “almacenar” que sólo su “grupo”, puede obrar con el Santo Nombre de Jesús.

 

¿Están haciendo esos “que no iban con ellos” algo malo? ¡No, estaban expulsando demonios! ¿estaban procediendo con un Nombre distinto al Santísimo Nombre de Jesús? ¡Tampoco! Entonces, ¿a qué viene las aprensiones de Juan?

 

Y Jesús, evidentemente, lo corrige, pero sin limitarse a decirle “Eso no se hace”, sino que le da una razón, no lo veta y ya, sino que le dice la causa de la prohibición para que pueda luego -en situaciones análogas- hacer la extensión de esa pauta; hay una razón muy lógica: El que obra con su Nombre es más bien un aliado que un adversario, porque alguien así, estará, luego, dispuesto, y hasta comprometido a dar lustre al Divino Nombre Salvador. De alguien así podemos decir que está “a Favor”; y alguien que está a favor, definitivamente, es uno que ¡es de los nuestros!

 

No es indispensable que sea de la misma “barra”, de la misma “pastoral”, de la misma “parroquia”, del mismo secretariado, de la misma oficina; lo importante es que ¡también es de Jesucristo!