sábado, 24 de junio de 2023

Natividad de San Juan Bautista



Is 49, 1-6

Esta perícopa se trata del Segundo Cántico del Siervo de YHWH. Estamos en el Deuteroisaías, más exactamente en la primera parte del Libro de la consolación, en el cuarto ciclo de oráculos (Is 49, 1-13). Esto históricamente quiere decir que nos hallamos en los finales del Imperio Neo-babilónico, lo que representa un in-crescendo de la hegemonía persa en la zona oriental. Este contexto nos lleva a pensar en un “Isaías” que vivió los últimos años del exilio en Babilonia, por tanto, posterior a Ezequiel. Podemos estar hablando de -alrededor- del 546 a.C.

 

Un aspecto a destacar, que nos parece muy importante es el cambio de perfil mesiánico. Se pasa de la idea de un Mesías rey poderoso militarmente hablando; a la de un Mesías diverso que enseña un camino de salvación “universalista”, que lidera enseñando y sufriendo y que conduce a la liberación a través de su propio sufrir.

 

El universalismo del que estamos hablando es la clave de lectura de la perícopa: Que se encargue de congregar a los Israelitas, no es una tarea suficiente. Llama a las islas, a las tierras lejanas, a las “naciones” se ha traducido גּוֹיִ֔ם [gouyin] “gentes”, a los “gentiles”; ojo que aquí se está superando el nacionalismo recalcitrante y abriendo el anuncio a todos, creyentes o no, fieles e incircuncisos. Ya no es un mensaje para un selecto número de “compatriotas” sino una proclamación que ha de llegar hasta los confines de la tierra. (Cfr. Is 49, 6cd).

 

El profeta se da plena cuenta que no habla de algo que se le viene a la cabeza, sino que es el portavoz de una comunicación que proviene de YHWH. Es Él Quien le ha dado a su palabra y a su lengua el valor de una espada afilada y de puntas de flecha que Dios mismo lleva en Su אַשְׁפָּה [ashpah] “Carcaj”, “bolsa especial para portar las flecha a la espalda” (carcaj en persa se dice tarkāš). Que no significan violencia sino perfección, adecuación del habla para que la palabra llegue al corazón.

 

Sal 139(138), 1-3. 13-14. 15

Uno dice Omnisciente y piensa en ecuaciones que rigen y gobiernan todo el Universo. Se piensa también en leyes y decretos que rigen la tendencia general, y en base de datos que almacena miles de miles de datos. A este entendimiento de la omnisciencia por “universales” se le escapan los detalles particulares, la unicidad de la criatura, el hecho de no haber sido creados por moldes y en serie. El pensamiento semita tiene otro enfoque, que es el que detectamos aquí en el salmo.

 

En la primera estrofa: Él se concentra en la persona, conoce la trayectoria particular de cada uno, y las peculiaridades de las acciones que no son generales, sino que mientras uno está sentado, otro yace y un tercero está de pie, mientras el cuarto se dispone a acostarse. Él sabe en qué posición y qué propósito tiene cada uno en cada instante.

 

En la segunda estrofa, conoce nuestros órganos, con sus peculiaridades, con sus dobleces y circunvoluciones, sus repliegues, cada plisado de las entrañas, cada tejido y célula de tu miocardio, y cada gota de tu sangre con sus plaquetas, sus glóbulos y su plasma. Hasta el propio fondo del alma, no se le escapa. Cada quien es fruto de su Maravilloso Designio. Lo era el profeta, no menos lo es el Precursor.

 

Es poco este conocimiento, pues la tercera estrofa nos anuncia otro conocimiento que perfecciona hasta el límite la intensidad de nuestra presencia en el corazón Divino: Conoce hasta nuestros huesos cuando se iban gestando en el vientre materno nos conoce tan totalmente que se informó con ecografía celestial, como evolucionaba nuestro sistema óseo a medida que íbamos germinando en el seno de nuestra madre.

 

Hch 13, 22-26

San Pablo hizo un trabajo de evangelización muy minuciosos en Antioquía de Pisidia, donde predicaba muy especialmente en la sinagoga. Siguiendo el programa que Jesús le dio predica, primero a los propios judíos, antes de ampliar el círculo a los Samaritanos y hasta los confines de la tierra (Cfr. Hch 1,8def). Esta perícopa se toma de uno de los dos discursos más desarrollados que encontramos en los Hechos de los Apóstoles, el otro es el de Pentecostés que pronunció San Pedro.

 


¿A quién se dirige el discurso? A los Israelitas. (13,16) En 13, 26 se precisa que les habla a los del linaje abrahámico. Luego, como va a enfocarse en el Mesías, era preciso sentar la referencia davídica, señalando que David tenía los dos rasgos esenciales para ser iniciador de la estirpe mesiánica: a) “era conforme al corazón de Dios”, y b) cumplidor de la Torá (la Ley).

 

Para que lo reconociéramos, envió (seis meses por delante) al Nuevo Elías, el Precursor, San Juan el Bautista. Que tenía por misión allanarle el camino, elevar lo que estaba hundido y abajar, aplanando, lo que estaba escarpado.

 

A los ojos de este pueblo era difícil discernir, y ya empezaban a confundirlo con el Mesías; él tuvo que especificarles que no era “el que estaban pensando”, y que -a pesar de su importantísima Misión- no le daba ni a los tobillos al Mesías. Su encargo, no era traer la confusión sobre la identidad del Mesías, sino encender el “reflector” e ir señalando sobre Jesús, a Quien tendríamos todos que “desatarle las sandalias”.

 

Lc 1, 57-66.80

Uno de los signos preferidos de Dios es la esterilidad. Si fuese un hijo engendrado tan naturalmente no nos maravillaría la acción de Dios y, se disolvería Su Poder quedando ahogado en la indiferencia de nuestra cotidianidad. Él no necesita, pero nosotros sí, y nos llama la atención, con este -que es una especie de redoble de tambor- que significa: “Presten atención”, “aquí hay algo especial, muy especial, se trata de un regalo de Dios a su pueblo”. ¡Ya viene el Salvador!


 

Al leer este fragmento del Evangelio según San Lucas, se nota el énfasis especial en el nombre, uno no entiende por qué se llama Juan, por qué Isabel le elige ese Nombre, menos por qué Zacarías está de acuerdo y, por qué se le desata por fin el habla cuando aprueba en la tablilla que el Nombre para su Hijo será “Juan”.

 

Si averiguamos lo que significa Juan en lengua hebrea, de inmediato se nos despegan los párpados y entendemos: Juan = “Dios es Misericordioso”. Isabel y Zacarías dan inicio a la obra y tarea que tendrá su Hijo. Este Nombre escogido, ya empieza a anunciar la Bondad de Dios, ya comunica y anuncia de Quien será Precursor su hijo. Ya habla de generosidad y Bondad Divina, al nacer, el hogar y todos los vecinos cambiaron su estado de ánimo, pasaron súbitamente a la alegría. Quizás ni sabían de dónde brotaba su dicha, pero su corazón si presentía que estaba naciendo una nueva Era, que Aquel Bebé, venía por delante, preparando el Camino del Señor.

viernes, 23 de junio de 2023

Viernes de la Décimo Primera Semana del Tiempo Ordinario


 

2Cor 11, 18. 21b-30

Ya se viene señalando que los superapóstoles se querían mostrar -como pasa muchas veces- como los legítimos continuadores y enviados por el Señor a Corinto; sacaban a relucir ciertas “credenciales”, un elenco de títulos que los desconocedores de Pablo, pensarían que lo deslegitiman, mientras que -a poco de informarse- más bien demuestran que él es más probado y legítimamente verdadero Apóstol.

 

a)    Que son hebreos

b)    Que son del linaje abrahámico.

c)    Que son siervos de Cristo.

d)     Qué ratifican esa legitimidad por las torturas soportadas, por los encarcelamientos, por las fatigas soportadas, por las palizas resistidas, por las veces que han corrido peligros de muerte.

e)    Por las lapidaciones arrostradas, por la cantidad de naufragios a los que sometió su existencia.

f)     Por los viajes hechos en la misión apostólica y por las distancias recorridas.

g)    Por los incontables peligros aguantados de bandoleros, de paisanos, de extranjeros.

h)    Noches en vela, hambre y sed, frio y desnudez.

i)      El celo por todas las iglesias.

j)      Por su sinodalidad en la enfermedad, en los tropiezos.

En ninguna de estas credenciales es Pablo menor, sino mucho mayor -y con lujo de ventaja-que cualquier superapóstol.

 

Sal 34(33), 2-3. 4-5. 6-7.

Este es un Salmo de Acción de Gracias, que convoca a la gratitud a todo el que tenga en su ser la identidad del humilde. Recordemos que es un salmo alefático. Este “humilde”, recibe en del desarrollo del salmo otro nombre “afligido”; y para él hay una declaración de Principios Divinos: si el afligido invoca al Señor, obtendrá su atención y Él mismo se encargará de suplir todas sus necesidades.

 

Por alefático, tiene 22 versos, por las 22 letras del alefato. Hoy se engrana la perícopa tomando seis de sus versos, que se toman de dos en dos para obtener tres estrofas:

 En la primera el salmista se declara consagrado a bendecir al Señor, también con el alma. Los עֲנָוִ֣ים [anawin] “humildes” han de escucharlo y וְיִשְׂמָֽחוּ [weyismajú] “alegrarse”.

En la segunda estrofa, llama a ensalzarlo, mostrar a todos que Él es Grande. Y El salmista invoca como testimonio que cuando estaba lleno de angustia recurrió a su “Asesoría”, y Él se convirtió en su Almena.

En la tercera estrofa insiste en “contemplarlo”, es decir, fijar la mirada en Él para que el ojo del “Contemplante” se cargue de su Bondad y alcance Discernimiento. Dios salva cuando nos embebemos de su Bondad.

 

Nos tomamos ciertas libertades al traducir, procurando dar alas a la comprensión. Guardándonos eso sí de procurar la fidelidad al Espíritu que anima la letra. 

 

Mt 6, 19-23

Tres aspectos, de mayor calado, nos resalta este Evangelio:



El tesoro de la espiritualidad puede capitalizarse en un baúl reforzado, en una caja fuerte, en un banco muy acreditado, en una caja de valores y caudales avalada por instituciones financieras muy aprestigiadas; o, pueden atesorarse en el altar del Señor, haciendo muy constantes depósitos a los pies del Resucitado, trayéndolos a su Presencia Eucarística. Tengamos muy presente que “donde está tu tesoro, allí estará tu corazón”.

 

Según estudiamos en la física, para que un objeto sea visible se requiere una fuente luminosa que provea un mínimo de luminosidad que, al rebotar en el objeto, podamos captarlo, según la fidelidad del sentido de la vista, cuanto más sano más potente. Sin embargo, tendríamos que ir algo más lejos que lo puramente físico, y esto es flagrante en la esfera de lo espiritual, se requiere que el ojo produzca cierta “claridad” que ilumine al “objeto” para que se logre discernir, por ejemplo, su bondad, su belleza, su piedad, su veracidad, su salud (en términos espirituales, puesto que hay cosas que podemos ver y hacen que el alma enferme), por eso, dice la perícopa que “La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz, pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras” (Mt 6, 22-23ab). Esa Luz, ese “discernimiento”, esa sabiduría para distinguir y poder percibir, es la luz que hay en uno, pero que también puede escasear.

 

Faltó en esta perícopa el verso 24, de tamaña importancia, porque nos avoca a una dualidad incompatible, aun cuando muchos pretenden conciliarla: Nadie sirve bien a dos señores, se ira por uno y despreciará al otro, porque son dos amos excesivamente diversos, que tienden a absorber, que acaparan el corazón. Esta disyuntiva es rotunda: O tu Señor es Dios -que Él mismo decía que es “un Dios celoso” cuando nos prohibía hacernos imágenes -así fueran con billetes y monedas- (Cfr. Ex 20, 5), aun cuando su celo es el de rodearnos de la Plenitud de su Amor-, o te vas por μαμωνᾷ [mamona], expresión de origen semita, que significa “dios de la avaricia”, “el tesoro sobre el que se deposita la confianza”, valga decir, “las riquezas”, que obnubilan el corazón y desatan la idolatría.

jueves, 22 de junio de 2023

Jueves de la Décimo Primera Semana del Tiempo Ordinario


 

2Cor 11, 1-11

Nos devolvemos en el orden cronológico de las cartas que están reunidas en este Libro que llamamos 2Cor. El editor, las compiló como él creyó, pero los estudiosos, con mucho cuidado y atención, descubren que los capítulos 10 al 13 forman parte de la “cuarta carta”, mientras que los capítulos 8 y 9 recopilan un grupo de cartas que podríamos -por su cerrada afinidad temática- clasificar como “sexta carta”. En la sexta carta, el conflicto Pablo-vs-corintios ya se ha superado. Mientras que en la carta número cuatro, el conflicto ya se ha dado, pero permanece en suspenso su solución y Pablo está atormentado por esta desavenencia destructiva y demoledora para la comunidad. A Pablo, que lo habían abofeteado allí, y había sido rudamente tratado y prácticamente expulsado, le partía el alma que los corintios hubieran caído en el engaño de los que Pablo llama ὑπερλίαν ἀποστόλων [uperlian apostolon] “superapóstoles”.

 

Ellos se las daban con sus “credenciales”, hacían gala de su ascendencia judía y de su proveniencia y su “magnifica cultura. Cómo los superapóstoles les exigían “fuertes pagos y contribuciones” a cambio de sus predicas, y Pablo en cambio, desempeñó entre ellos su ministerio de manera gratuita, esto lo usaban como argumento para devaluar el ministerio paulino y decir que “nada valía”. Y despreciaban también el amor que Pablo les pudiera tener, afirmando que para nada los amaba (seguramente a eso aunaban la acusación de no haber vuelto, probando, con la falta de retorno, que hubiera un real afecto por la comunidad de Corinto, mientras, sabemos que no volvía para no echar más leña al fuego de esta disputa).

 

Lo que querían los susodichos superapóstoles era predicar un Jesús diferente y promover un Espíritu distinto del que les había mostrado San Pablo. San Pablo, lejos de querer montar una tarima de auto-adulación lo que quiere es rebatir la impostura de estos farsantes y demostrarles que sus acciones tenían causales bien diversas de las que aquellos le imputaban.

 

Podemos leer en todo esto que existe una humildad inflada de fatuidad con fines de engaño y lucro y, otra humildad sincera que puede -a través de cosméticos-, ser mostrada como “arrogancia”, sólo para desconcertar a los destinatarios de la Buena Nueva. San Pablo está dispuesto a aceptar el título de “loco” que seguramente le darían los que vieron su estilo de pastoral en acción. Abnegado, sacrificado y gratuito.

 

Sal 111(110), 1b-2.3-4. 7-8

Guardar coherencia con la Ley Divina es, ya de por sí, virtuoso; esa coherencia es lo que llamamos Alianza. La Alianza no es pues otra cosa que el compromiso con la palabra dada. Pero la Alianza no se reduce a un “tan juicioso que soy”, sino, a la manera como se traban las fuerzas para ponerse al servicio de la Construcción del Reino de Dios. La Alianza está propuesta entre Dios y los que se empeñan en vivir fieles en la rectitud, que se congregan en Asamblea, configurándose verdadero pueblo de Dios. No son unidades discretas, sino comunidad orgánica.

 

En la primera estrofa propone una tarea, “el estudio” de las “Grandes Obras del Señor”.

En la Segunda estrofa, se da un resultado primario de ese estudio: se descubre que esas obras están envueltas en belleza y esplendor, que son maravillosas y dignas de ocupar un permanente espacio en la memoria.

La tercera estrofa nos trae cuatro conclusiones fenomenales de ese estudio;

1)    Las obras de Dios son “justicia y verdad”; Él no ha hecho cualquier chabacanada, sino que lo suyo es refinado y delicado.

2)    Son fiables. Para los humanos es casi imposible obtener resultados confiables, casi todo lo nuestro es engañoso e innoble. Lo que viene de Él, por el contrario, es siempre noble y recto.

3)    ¡Estable! Nosotros hacemos algo por aquí y se desestabiliza algo por allá. En cambio, Dios, obra aquí y -simultáneamente- re-estabiliza el todo.

4)    Las obras Divinas no pueden ser operadas con manos malintencionadas, dirigidas por un corazón injusto o indigno. Lo que Él nos propone debe ser llevado a termino con un espíritu de rectitud y verdad.

 

Celebrar la Alianza es ratificar en nuestra existencia como Comunidad creyente el gozo Pascual. Salimos de la esclavitud y caminamos hacia la patria celestial, la patria de la justicia y la verdad. ¡Qué cada día y a cada instante estemos más lejos de Egipto y más cerca de la Tierra de Promisión!

 

Mt 6, 7-15



Ante todo, al rezar, no hay que construir un Zigurat de palabras, que no pensemos -pecado de ingenuidad- que la oración, por más larga, será más efectiva. Según lo dice Jesús, este era el criterio de la gentilidad, la extensión y la duración. Quizás nosotros pudiéramos contraponer la sinceridad y la profundidad.

 

Cuando en la oración contamos lo que nos está pasando y decimos lo que necesitamos, en realidad, no le traemos noticia a Dios de lo que Él ya sabe; en cambio, esta rendición de cuentas puede tener el doble sentido de hacer consciencia de nuestra propia dependencia de Dios y de si realmente estamos pidiendo de acuerdo a una real necesidad o sólo traemos al Altar nuestras ambiciones desmedidas, nuestras envidias mal cosechadas y nuestros caprichos más arrogantes. El presentar nuestra lista, no estamos supliendo la ignorancia de Dios -que todo lo sabe- sino que, estamos mirando nuestra hambre y nuestra sed en un espejo que puede retratar nuestra mesura y el alma de nuestra piedad.

 

La oración es un gesto humilde y proporcionado de reconocimiento de nuestras impotencias, de nuestra debilidad, de nuestros alcances, y de nuestra dependencia de la Divinidad; se trata de ponerle un límite a nuestra prepotencia, a nuestra autosuficiencia, a nuestra humana arrogancia; y reconocerle a Él como Padre.

 

Y un abandono del capricho propio, en favor de la Santa Voluntad. Ese dejar hacer la Voluntad Mayor es el gesto por excelencia de la Santificación del Santo Nombre. El Santo Nombre es Omnipotente. Pues allí, al borde de la desprendida sencillez digámosle que no sea lo que yo quiero, que sea lo que Tú Perfección Dice.

 

Al cierre, en clave de ruego por nuestras desobediencias, garantizamos hacernos perdonadores para ganar el tan necesario perdón. Sabiendo que el Perdón Verdadero sólo viene de Él, ofrecemos nuestros pobres perdones para, mínimamente demostrarnos fieles al discipulado, es esa enseñanza del que nos viene tratando de inculcar el perdón para posibilitar nuestra convivencia entre los que siempre ofendemos, fallamos, decepcionamos.

 

Aquí no hay un comercio. No se compra Perdón pagado con perdón. Bien entendido que nuestros perdones son nimios ante el Perdón desbordante de lo que ofende al que no merecería jamás daño alguno. Pero es, el propio Hijo de Dios, Quien en su Epifanía -en medio de nosotros- nos ofrece una línea de “descuentos”: ¡Se nos dará una verdadera “ganga”! Dios nos cambia un “perdón de juguete” de los nuestros, por un Perdón de los Verdaderos que salen de su Corazón. ¡Santificado sea tu Nombre!

miércoles, 21 de junio de 2023

Miércoles de la Décimo Primera Semana Ordinaria



2Cor 9, 6-11

Cuando Tito les llevó esta “Sexta Carta”, junto con ella, San Pablo había enviado cartas a otras Iglesias que estaban en la misma orbita de la Iglesia de Corinto, valga decir, a otras iglesias de Acaya. Posteriormente, y dada la consonancia que estas tenían con la realidad y los problemas y tareas de la Iglesia de Corinto, ellos las anexaron y se conformó, de esta manera, el capítulo 9 de la 2Cor.

 

Un asunto clave era precisamente el tema de la colecta para la iglesia de Jerusalén, algunos daban a regañadientes, otros se negaban a aportar alegando que estaban en peor situación, otros retaban a los que no tenían capacidad para ofrendar más. La fórmula de Pablo es taxativa: “cada uno dé como le dicta su corazón”, y les advierte que el Sembrador Celestial que les da las semillas para plantarlas y pan para su propia alimentación, tomará a su cargo multiplicarles ambos, y más. No tienen que preocuparse, porque como sucedió con el profeta Elías: “La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará…” (1R 17, 14bc), el Señor es Providente y Misericordioso.

 

No se ha de dudar del Poder Divino que socorre abundantemente. Y, las comunidades loaran al Señor con asombrada Acción de Gracias, al ver como la mano generosa de YHWH socorre -desconcertantemente- no a través de los favorecidos, sino por medio de los que menos tienen.

 

Sal 112(111), 1b-2. 3-4. 9

El Salmo continúa rodando en la misma orbita. Concita a la generosidad, enseñando el sentido de la “donación”. La caridad, el amor “ágape” dignifica, da honra y buen nombre a quien practica caritativamente.

 

Es una Salmo de la Alianza. ¿En qué consiste la Ley? La Alianza es precisamente la coherencia con la Ley. Pero no una coherencia meramente juridicial. El regulador no es una oficina de impuestos que registra vigilante los ingresos y el producido; sino que el control lo ejerce la “oficina del propio corazón”, como lo dijo San Pablo en la perícopa de la Primera Lectura. Se debe dar, y dar con alegría, no con la amargura y el dolor de un dinero que se escapa, sino con el jolgorio de cuánto bien el Señor nos regala la capacidad de hacer. No ponemos el reflector sobre aquello que se va, al contrario, las luces rutilantes se intensifican mostrándonos las sonrisas y la vida que florece y los problemas y dificultades que son derrotados, así como la Gloria de Dios que se expresa en la generosidad que llegó a otros, por medio de nuestras pobres manos.

 

Esa es la Alianza, no dudar de la prodigalidad Divina, porque Él se ha comprometido a socorrernos para que nuestras vidas sean un puente de su Munificencia.

 

Mt 6, 1-6. 16-18



Estamos siendo convocados a sentar las bases de una Justicia “como Dios manda”. No se trata de una justicia que empieza por fijar unas fronteras, no me puedo enfadar con mi hermano, pero todo aquel que nos sea hermano mío, es digno merecedor de todo mi enojo, el que no saqué contra mi hermano, lo descargaré en los ajenos. Puedo odiar a mis enemigos, con tal que diga amar a mis amigos, puedo adulterar con el prójimo, pero eso sí, que mi prójima -tan prójima que vive conmigo- no se vaya a dar cuenta. Y, así sucesivamente, el punto está en ir estrechando el cerco de aquellos con los que estoy obligado, cuanta menos gente haya en el corral de “los míos”, más fácil será sembrar el mal sin pecado.

 

Una Justicia Superior, es la que pone por criterio obrar como hijo del Padre y reconocer en todos los demás, hijos también del Padre Celestial. La alianza entera ha de cumplirse poniendo el corazón en el Padre, nada de cuanto sea bueno se hará para exhibirlo, toda la Alianza y su cumplimiento será un “secreto” entre Dios y tú.

 

Y hay que tener mucho cuidado, puesto que tan pronto sea bondad por espectáculo, se anulará la recompensa. La única recompensa a recibir, será “el aplauso de los hombres”, que dura menos que un sueño, y ¡qué triste despertar!

 

Esto es complicado en la sociedad del “aplauso” que quiere hacer de todo instante, un “show”, y ha ensartado cualquier momento de la existencia en la “telerrealidad” y que promueve poner cada instante de la vida en las redes sociales para buscar la aprobación del “like”. Dime cuántos “likes” tienes, y te diré si eres alguien. O, si eres un “don-nadie”. Y muchas veces le hacemos el juego a las trompetas y contratamos “plañideras” y “corifeos” y desarrollamos nuestro propio departamento de “imagen y relaciones públicas”, o damos amplio espacio al culto de la personalidad, lo que nos lleva a obsesionarnos con la “opinión pública”.

 

Si leemos la perícopa de San Mateo para hoy, se hace muy claro que nuestra vida sólo está llamada a ser mostrada a Dios y que es Su Solo Juicio lo que nos compete.

 

En esta perícopa, se plantean también las tres “obras pías” de la tradición judía: La limosna, la oración y el ayuno. Igual las tres han de quedar reducidas al “secreto”, puesto que son obras destinadas a Dios-Padre, con las que se entreteje la relación del hombre con Dios, a nadie más atañen, luego, deben reposar en el “secreto” de nuestra relación con Él. Podríamos decir que pertenecen -las tres- al ámbito de nuestra Intimidad con el Señor. 

martes, 20 de junio de 2023

Martes de la Décimo Primera Semana del Tiempo Ordinario



2Cor 8, 1-9

En el capítulo 8 de esta segunda carta a los Corintios, encontramos un escrito Paulino -la sexta carta, escrita a finales del año 55 o, tal vez, en el año 56, en Macedonia- donde una vez reconciliada la Comunidad con Pablo, este los llama a hacer efectiva una ayuda que por propia iniciativa ellos se habían comprometido a dar a la empobrecida comunidad de Jerusalén. La carta fue comisionada a la mensajería de Tito.

 

Al principio San Pablo les cuenta que los de Acaya, a pesar de ser gente básicamente pobre, con gran esfuerzo y asombrosos resultados llevaron adelante la colecta y sobrepasando todo lo imaginable, dieron ejemplo de donación entregando hasta su último recurso. Ahora, con la mediación de Tito, les pide a los de Corintio, apoyar, ellos también voluntariamente con lo que tuvieran a su bien donar. Les dice claramente que este aporte que ellos pudieran dar, no es un “mandato”, sino la ocasión de que ellos deslumbren con su generosidad, dando signos claros e irrebatibles de su caridad, por su amor de fraternidad.

 

Aprovecha la oportunidad para poner de relieve las virtudes que adornaban a los Corintios: quienes se destacaban por su fe, en la Palabra, en conocimiento, en tesón y en el Amor. Entonces, siguiendo el magnífico empeño del Señor Jesucristo, apliquen enajenarse de su riqueza hasta convertirse en pobres, pero ricos en la pobreza que los equipara a Jesucristo. Poniendo el pie -ellos también- en la huella caritativa del Señor.

 

Sal 146(145), 1b-2. 5-6b. 6c-7. 8-9a

Este Salmo es un himno. Un himno que nos convida a dar gracias por todos los favores recibidos, tanto los cercanos como los lejanos, del pueblo escogido. Nuestra bienaventuranza radica en fiarnos de la Misericordia Divina. Son seis salmos que forman el Hallel, así llamados porque estos se inician y concluyen expresando הַֽלְלוּ־יָ֡הּ [Aleluia] “Alaba al Señor”.

 

Además, se suceden nueve participios hímnicos señalando a Dios como Creador, fiel, justo, que da pan, que libera, que abre los ojos de los ciegos, que endereza a los encorvados, que ama a los justos, que guarda a los peregrinos y protege a los huérfanos y a las viudas. Se toman seis y medio versos -de los 10 que componen el salmo- para articular esta perícopa.

 

Es salmo nos muestra que Dios se preocupa por los “pobres”, por los “pequeños”, por “los más débiles”. Parece en el fondo un cuestionamiento: y tú ¿de quién te ocupas? El salmo indica en la dirección de una trasferencia de responsabilidad: Dios nos entrega a sus desvalidos para que nosotros -en ellos- nos ocupemos de Él.

 

Mt 5, 43-48



Continuando en la misma veta de ayer, nos encara con una comparación radical. Nos había dicho que nuestra justicia tenía que ser mayor que la de los escribas y los fariseos (Cfr. Mt 5, 20), si nuestro deseo de entrar en el Reino de los cielos es sincero. Hoy también nos pone frente a los publicanos y a los gentiles, para ver si en verdad alcanzamos a obrar -aun cuando sólo sea- un poco mejor que lo ordinario. Se nos está pidiendo que hagamos un esfuerzo para que nuestro obrar caiga en la zona de lo extraordinario. En verdad, se espera todo nuestro compromiso y esfuerzo, porque no se espera que seamos un poco mejor sino τέλειοι [teleioi] “perfectos”, porque nosotros no queremos ser como otros seres humanos; para que nuestra Luz resplandezca y para que nuestra salazón dé sabor a todos, se requiere poner la mira muy alto: nosotros queremos esforzarnos para parecernos al Padre, cuyo colmo de perfección es que supera toda discriminación entre “buenos” y “malos” entre “justos” e “injustos”; y, -como Él- queremos que nuestra dadiva, se done por igual a todos, sin pedir carnets, ni certificados, ni escudos, ni distintivos, ni escarapelas especiales. Cuando alcancemos estar por encima de condicionamientos, entonces, obtendremos la cercanía, la Presencia, estar ante Dios. Valga traducirlo diciendo: Habremos llegado al Reino.

 


El Reino ha llegado, si se te entrega la administración del botón que regula el sol y la lluvia. Y tú, sin reparos, lo activas indiscriminadamente, cuando Dios manda, y no te paras en censuras. Eso se llama “perfección”.

lunes, 19 de junio de 2023

Lunes de la Décima Primera Semana del Tiempo Ordinario



2Cor 6,1-10

Por allá, hacia el año 50 nace la comunidad de Corintio. Pablo permaneció allí, año y medio. Luego, hacia el año 54, Pablo les remite la que conocemos como Primera Carta a los Corintios. Por el año 55 Pablo los visita procurando atender y resolver los conflictos que allá se habían suscitado. Pablo es mal recibido y atacado y cuestionado y agriamente enfrentado por alguno; no quedó ahí, sino que el conflicto se profundizo y parece ser que llegó a las manos. Luego, Pablo se vio casi obligado a marcharse. Envuelto en amarga tristeza. El promete volver tan pronto pueda, pero -y de eso tratábamos anteriormente- el evitó llegarse hasta allí, en buen entendimiento de que su retorno no era propicio y más bien desataría más agudas disensiones. Este detalle también se usó para afear la imagen de Pablo por parte de los opositores.

 

Entonces San Pablo les escribe de nuevo, precisamente en el año 55. Parece ser que la perícopa que se lee en este lunes de la Undécima Semana del Tiempo Ordinario (ciclo impar), se tomó de esta Carta. Hasta donde se sabe, su mensaje no caló y no ayudo al re direccionamiento de la Comunidad.

 

Pero, ¿de dónde dimanaba esta oposición? Estas trabas las ponían unos que habían llegado llevando Cartas de Recomendación y que, lo más grave, no predicaban a nuestro Señor Jesucristo, sino que se anunciaban a sí mismos.  Maquinaban con astucias y patrañas, confabulaban en secreto y no paraban mientes en falsificar la Palabra de Dios. Buscaban lucrarse, y así desarrollaban un modelo de comunidad ‘propicio a tal ganancia. Por lo pronto, tenían la sartén por el mango.

 

Lo que se está debatiendo, en el fondo, es un estilo de liderazgo, de pastoreo, frente a un estilo arrogante y prepotente basado sobre el peculio y el ornato, está el estilo pobre -pobreza que en realidad lo posee todo, porque posee los dones de la Gracia y la fidelidad respecto de Quien los Envía (Cfr. 2Cor 6, 10)-, pero paciente y amable, lleno de la cordialidad, del amor sincero y de la alegría que les infunde el Espíritu Santo. El eje de este fragmento indica hacia el firme repudio del “escandalo”, porque él daña irreparablemente la confianza de la comunidad.

 

Pero evitar el escándalo, no implica callar, ni disimular el engaño y el fraude de los que urden contra el Camino de la Salvación sin velar con celo del Mensaje legítimo de Jesucristo.

 

Sal 98(97), 1bcde. 2-3ab. 3c-4

“Proclamo la victoria con los labios y lucho con las manos para que venga”.

 

Este Salmo del Reino se lee como una victoria puntual, algo maravilloso inscripto en las páginas de la historia judía, algo que pasó y punto, ahí quedó, sólo se habría tratado de un destello momentáneo. Otros lo leen como epopeya exclusivamente judía, reservada sólo a la casa de Israel.

 

Nos parece importante direccionar la mirada hacia el pensamiento semita: ¿cómo piensa y se expresa este pueblo? ¿cuál es la estructura de la lengua que quiso el Señor fuera su conducto de manifestación? Hemos de tener en cuenta que en este idioma no hay sino dos tiempos lo concluido y lo inconcluso. El concluido sería el pasado, el no concluido sería algo así como un presente progresivo, algo que ya empezó y continua su desarrollo. Este tiempo verbal sería muy adecuado a la presentación de las realidades soteriológicas y escatológicas. El Reino, por ejemplo, es “algo que ya, pero todavía no”: “los confines de la tierra han visto” aquí el verbo רָאָה [raah] “ver” puede y debe leerse en la perspectiva de “veréis”, o “aparecerán”. El reino tiene que leerse bíblicamente hablando, desde la perspectiva de un proyecto salvífico que está echado a andar y que nos convoca a mantener el dinamismo inercial de su empuje.

 

Nuestro cantico, será un cantico nuevo, cuando seamos capaces de entender los distintos momentos de la historia como hitos en un progresar, en un avanzar, en un caminar, donde el canto se entrecruza con el esfuerzo perseverante de no introducir fuerzas extrañas que obstaculicen la plenitud de los Planes Divinos.

 

Mt 5, 38-42



Uno de los temas interesantísimos que toca el Evangelio es el de un Divino Maestro que no ha venido a derogar la Ley, sino a llevarla a su plenitud. Y que nos pide que no vayamos a perder ni uno de sus aspectos aparentemente más ínfimos, como -metafóricamente hablando- dice, “el puntito de una i”.

 

Sin embargo, los diversos preceptos están entretejidos de una manera tal que siempre llaman y obligan a una determinada jerarquización; no en vano se acercaban a preguntarle cuál es el mayor de todos los Mandamientos. Es urgente orientarse y saber por dónde empezar, donde está lo sustantivo y dónde lo subordinado. Es así como Jesús nos da una brújula de invaluable Poder y Utilidad cuando pone por eje de la Ley el Amor. La fidelidad a la Ley reposaría en la fidelidad al Amor y no en la obsesión legalista.

 

Este que abordamos hoy, donde Jesús confronta lo que se había enseñado en la línea mosaica con una Nueva Lectura, es inevitablemente una confrontación. Esta perícopa que se lee hoy, es tomada de la controversia más amplia que abarca Mt 5, 21-48. El שְׁמַ֖ע Shema Israelita, en este debate, está referido con dos verbos griegos: “oír” y “decir”: ἀκούω / ἐρεῶ. Lo que se ha oído decir sería la tradición mosaica, a la que se opone el ἐγὼ δὲ λέγω ὑμῖν “pero yo les digo”. Digámoslo en breves palabras, no se debate cual es la Ley, sino en qué orden de importancia están.

 

No se puede dejar en vilo este análisis que nos lleva al núcleo. ¿Qué está en el núcleo? La donación. “Al que te pide dale”, que se opone rotundamente a lo que ya San Pablo recomendaba en la Primera Lectura, que, pese a que somos pobres, pero -que Dios nos llena las manos y los labios- para que nos demos de tal manera que -pese a esa pobreza- enriquezcamos a muchos. Darse generosamente, prodigarse sin reparos, compartir en fraternidad con solidaria sinodalidad, le da concreción al Mandamiento del Amor; evitando que este se quede en una meliflua abstracción.

 

Así por sobre la Ley del Talión -punto muy valioso para dejar atrás la consuetudinaridad vengativa, que todavía hoy muchos insertan como apoyo de una ética infrahumana- la propuesta cristiana consiste en dar y darse. 

domingo, 18 de junio de 2023

DIOS TIENE ENTRAÑAS DE MISERICORDIA



UNDÉCIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A

Ex 19, 2-6a

La Amistad y la Fidelidad de Dios con su pueblo es algo que está más allá de toda discusión. Lo que aparece es el tema de la Mediación para hacer efectiva la Alianza. Esa Mediación corre a cargo de Moisés, a quien Dios eligió y le proporcionó derechos de cercanía y confianza elevadísimos. El Señor le habla: para él, incendió la Zarza como Menorá, para revelarle desde ella, para darle a saber Su Nombre y para enterarlo de la Misión que le entregaba. Ahora lo convoca en la Montaña y lo instruye para que enseñe al pueblo lo que Él espera de ellos, o sea de nosotros, ¡No hay dualidad! ¡Ellos somos nosotros!

 

El Señor lo llama y lo envía a los de su pueblo, del linaje de Israel-Jacob, para que les llame la atención y les haga notar que Gran Poderío desplegó contra los egipcios para quebrantarles la testarudez y que los dejaran salir del cautiverio. El Señor ha trasportado a este pueblo “como sobre alas de águila”, ha sido patente que se puso de su parte y que sí Dios los respaldaba, todos sus propósitos se verían coronados con el éxito.

 

Pero, está de por medio, la contrapartida:  Dios les ha dado tanto, ahora les pide una leve seña, simplemente un dato de fidelidad, si el Señor es Fiel, algo de esa fidelidad deben reponer: obediencia, guardar los preceptos de la Alianza, y Dios los tendrá como hijos suyos directos, y como tal los protegerá, porque todo lo que existe bajo el cielo, le pertenece, y su Suprema Autoridad le da Potestad, sobre todo; Él hará de su pueblo un Reino-Santo-y-Sacerdotal.

 

¡Atención! La dinámica no consiste en lograr un nivel de religiosidad equiparable al de los sacerdotes, y todavía mayor, para considerarnos Santos. ¡No! ¡Así no funciona! Se trata de cumplir con la Alianza, de respetarnos, de ser fraternales, de vivir con la armonía Divinamente mandada, de aprender a recorrer los caminos juntos sin halarnos el cabello, sin hacernos zancadillas; y Dios se ocupará de insuflarnos la Santidad.

 

Si ustedes lo dudan, bastará releer atentamente Ex 19, 2-6a. Si nos ajustamos a vivir según la Alianza, el Corazón del Señor nos atribuirá la Santidad. ¡Y tiene lógica! Él nos ha propuesto la Alianza, sabemos de qué se trata; en cambio, de la Santidad, lo único que sabemos es que Dios es Santo: ¡El Tres Veces Santo!

 

Sal 99, 1b-2. 3.5

¿Nosotros sabemos de qué se trata la Alianza?

 

Parece oportuno repasarlo:

Que todos los habitantes de la tierra aclamen al Señor y le sirvan con Alegría. ¡Ah, entonces no se trata de que me encierre en una torre a hacerme orante para que con un “gran esfuerzo”, me saque una hernia en el empeño! ¡Es más bien una “misión” de la humanidad, y no algo que alcanzarán unos “súper-orantes”!

 

Que seamos capaces de reconocer que no nos “mandamos solos”, que no somos autosuficientes: Él es nuestro Dueño y Señor, ¡Reconozcámoslo!

 

Tres rasgos de Dios tendrían que circular por nuestras venas: Dios es Bueno. Dios es eternamente Misericordioso. Dios es Eternamente Fiel.

 

Sólo adentrándonos en estos tres factores podremos recibir el Don de la Santidad y configurarnos “pueblo suyo”, y cada uno -consciente de su ser-en-comunidad, sentirse oveja de Su Rebaño.

 

Rm 5, 6-11



Está claro que somos “ovejas” con su natural debilidad. Está claro, también, que nuestro punto débil es nuestra concupiscencia, nuestra natural fragilidad que consiste en no poder rechazar el pecado, no podemos -por nuestras propias fuerzas- vencer de la pecaminosidad. Jesucristo, a Quien Dios-Padre hizo fuerte -por medio de la Unción- es el Único que posee el blindaje, sólo Él posee una Coraza que puede resistir, y salir airoso. Él es el Hijo de Dios y puede reconciliarnos.

 

Viene el “primerear de Dios”, Dios no espera que seamos Santos, Él no está esperando que nosotros saquemos, de quien sabe dónde, algo que no tenemos y que por lo tanto no podemos “sacar”. El -por ninguna virtud nuestra- nos reconcilia. Y, ahí sí, esa Reconciliación nos trasfiere algo del “Blindaje”, la dosis indispensable; ahora, ya reconciliados por la Gratuidad del Padre-y-del-Hijo, donde el Hijo-se-dio, y sembró en nosotros la semilla de la Reconciliación. No la teníamos, pero ahora la tenemos, porque Dios nos inoculó con los anticuerpos, sólo necesitamos ser coherentes con la Alianza, y dejarlo a Él obrar.

 

Mt 9,36 - 10,8



Pero ¿de dónde brotó la Generosidad de esa Reconciliación? Muy sencillo, el Hijo nos volteó a mirar y ¿qué vio? Una multitud que le dio pesar: pueblos enteros caídos, tirados por ahí, como abandonados, como extenuados. Ante esta visión, su Misericordia no podía quedar indiferente; sus Entrañas se Conmovieron, dentro de su Ser, Su Dulcísimo Corazón dio un vuelco en su Pecho, no podía voltear a mirar para otro lado, no podía cambiar de calzada, Es-El-Hijo-de-Dios, y sus Entrañas lloraron las Lágrimas de la Compasión.

 

Sacó de entre todos, una docena, era la cantidad suficiente, ni uno más, ni uno menos. E hizo de ellos ἀποστόλων [apostolon] “los enviados”, con una misión muy específica, tomar cuidado de “la mies”, que es “mucha”, ¡toda una “muchedumbre”!

 

¿Por dónde había que empezar?  Por el pueblo escogido, sólo a ellos, en un primer momento, únicamente a los que habían aceptado el Mensaje, ya después, como lo sabemos, la misión se expandiría. Pero, para empezar, solamente a “las ovejas descarriadas de Israel. Ellos han aceptado el Mensaje, pero junto con Él, han mezclado una enorme cantidad de “descarrío”. El Señor lo sabe, El Señor lo admite. Y, pongan mucho cuidado, no se trata de poner una venta, no se trata de montar una cadena de negocios, los doce han sido coronados gratis, pues, de la misma manera, propongan el Reino gratuitamente.