domingo, 28 de mayo de 2017

PLENITUD DE LA ASPIRACIÓN DEL CORAZÓN HUMANO


Hch 1:1-11; Sal 46, 2-3.6-9. 8-9 (R.: 6); Ef 1:17-23; Mt 28:16-20

Podemos pues poner la Ascensión como un “momento” teológico de exaltación que sigue a la Resurrección, “momento” de comprobación de que Jesús no había muerto y se había quedado así; luego resucitó pero tampoco se quedó así, simplemente resucitado, sino que “pasó” a la Gloria de Dios y fue exaltado y, como lo dice el Credo, “está sentado a la derecha de Dios Padre”.

¿Es el momento de la separación? ¿Jesús se va? Ya los acompañó unos días, ahora, ¿ha sonado la hora de marginarse de la realidad y de la historia? Pero de estos interrogantes surge inmediatamente otro más fuerte todavía: Entonces, ¿qué hay de aquello del Emmanuel, del Dios-con-nosotros? ¿Fue que hasta ahí nos duró su acompañamiento? El mismísimo Evangelio de este Domingo, en el que celebramos “La Ascensión del Señor”, nos da la respuesta. Al terminar, concluye diciendo: ¡“sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”!

Sólo si tenemos claro que Jesús permanece entre nosotros y recordamos que “Su fidelidad dura por siempre”, tiene sentido que en la Oración colecta de esta celebración pidamos estas dos cosas:
·         Exultar con santa alegría, y
·         Regocijarnos con piadosa acción de gracias.
La propia oración colecta nos explica el motivo de esa alegría y de ese regocijo, que tiene dos razones: Porque Cristo es nuestra victoria, y porque no se ha ido sino que se ha sentado en el trono de Majestad desde donde nos comparte, nos hace al decir de San Pablo, coherederos de su gloria; esta segunda afirmación explica la primera, aclarando porque Él es “nuestra victoria”.


Si nos apoyamos en el Salmo, -se trata del Salmo 46- entendemos que la Ascensión  es de enorme alegría que en este texto se expresa con “voces de júbilo y trompetas, y entonar el mejor de nuestros cantos”, porque no es un alejamiento, no es un ausentarse, es el Ascenso para sentarse en su Trono. Si, en efecto, no estamos hablando de separación, ni de abandono, mucho menos de alejamiento; estamos hablando de “Entronización”, entiéndase bien, ha “subido” a su Trono Santo, para reinar ¡sobre todas las naciones! ¡Exultemos radiantes, cantemos y saltemos de júbilo, El Señor asciende entre aclamaciones al son de trompetas!

Este Salmo se clasifica entre los Salmos del reino: ¡YHWH reina! «Durante el destierro en Babilonia (entre los años 587 y 538) los judíos habían asistido a las fiestas en honor de Marduk, el dios nacional de Babilonia, y se habían quedado impresionados de su magnificencia. Pero hay una diferencia esencial entre esta entronización de Marduk y la de YHWH: la realeza se le confería cada año al dios babilonio después de un combate ritual con el dragón Tiamat, combate del que salía vencedor; pero a YHWH no puede nadie conferirle la realeza que posee desde el origen (Sal 93, 2).»[1]


Esta experiencia es clave en nuestra fe, es una experiencia que nos permite vivir la esperanza. Anclados en el aquí y el ahora ¡nunca indiferentes, ni indolentes; no estamos condenados a mirar hacia abajo, al contrario, esta Entronización que celebramos nos conmina a mirar hacia arriba, a levantar nuestros ojos con la fuerza de la fe y con la esperanza garantizada.





«Y aquí viene una pregunta: ¿este mirar hacia arriba no nos podría tal vez distraer de nuestro compromiso cotidiano, no hay quizás un poquito de reproche en las palabras de los ángeles a los Apóstoles: “Hombres de Galilea, ¿qué hacen ahí mirando el cielo?”»[2]

«La escritura misma nos da la respuesta a este interrogante: “Este Jesús que les ha sido arrebatado al cielo, vendrá así como lo han visto irse al cielo”. Reflexionemos un momento juntos sobre el significado de estas palabras. Se trata de ese Jesús que ha vivido entre nosotros, que recorrió los caminos de Palestina que todavía hoy podemos recorrer en peregrinación; ese Jesús que, hombre como nosotros, sufrió por las incomprensiones y gozó por la escucha de su palabra; ese hombre Jesús que fue muerto por sus enemigos que atentaron contra su vida y lo llevaron a la muerte; ese Jesús a quien Dios resucitó. Jesús, aun siendo Hijo de Dios, vivió una experiencia de vida semejante a la nuestra, desde el nacimiento hasta la muerte. Por esto nos dice la palabra de Dios: “Les ha sido arrebatado al cielo”.

Es uno de nosotros, uno que se hizo como nosotros, uno que conoce nuestra experiencia. Con su presencia en el cielo, pues, también nuestra experiencia, nuestra vida, nuestro deseo ha sido llevado junto a Dios….

…Jesús esta allá también como hombre, en esa luz, en esa realidad perfecta que es el Reino definitivo, la Jerusalén celestial, la ciudad de Dios, el lugar de la paz y de la justicia perfecta, el lugar en donde todo es claro, libre.»[3]


Así pues, nuestra respuesta y nuestro trabajo por forjar un mundo mejor, más humano, que permita al ser humano su cabal realización, no nos exime de mirar hacia el futuro del trans-mortal; más bien, mirar al horizonte y descubrir que tras el velo del misterio está el cumplimiento de la promesa y saber que el que promete -en este caso- es Fiel a su Palabra, nos alienta a vivir con mayor coherencia y nos señala, a la vez, el derrotero que debemos tomar para que ese mundo de justicia se pueda fraguar.

«Jesús está junto a Dios, en el Reino perfecto, definitivo, y al mismo tiempo está con nosotros, todos los días, está con su Iglesia; Jesús glorioso y poderoso está en nosotros y con nosotros, está en nuestras manos para que podamos construir una sociedad más justa, está en nuestra mente para que podamos reflexionar sobre lo que es bueno y lo que es verdadero, está en nuestro corazón para que podamos elegir lo que lleva a la vida y al amor.»[4]






[1] Mannati, Marina. ORAR CON LOS SALMOS. Ed. Verbo Divino Estella (Navarra)-España 1994. P. 38.
[2] Martini, Carlos María. POR LOS CAMINJOS DEL SEÑOR. MEDITACIONES PARA CADA DÍA. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia 1995. p. 184
[3] Ibid
[4] Ibidem, p. 183

sábado, 20 de mayo de 2017

ANCLADOS AL AMOR


Hch 8:5-8, 14-17; Sal 66(65), 1-3a. 4-7a. 16. 20; 1 Pe 3:15-17; Jn 14:15-21

…que también nosotros
podamos llegar a ser capaces
de un verdadero amor
y ser fuentes de agua viva
en medio de un mundo sediento.
DEUS CARITAS EST
Benedicto XVI


Una y otra vez nos encontramos con el Amor, nuestra fe pivota sobre ese Eje, porque Dios es Amor, porque el amor es el corazón de nuestra fe, es Dios mismo que se nos propone como meta, como paradigma de humanidad, se nos ofrece, entonces, como una dinámica para vivir esa fe, no se trata simplemente de aceptarla y decir “creo”, se trata de vivir construyendo una Nueva Humanidad, cuyo corazón sea el Amor. El Papa Benedicto XVI inicia su Deus Caritas Est citando la Primera Carta de San Juan: «Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4, 16). Estas palabras de la Primera carta de Juan expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino. Además, en este mismo versículo, Juan nos ofrece, por así decir, una formulación sintética de la existencia cristiana: « Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» Y continúa el Papa Emérito diciendo, «Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.»


El Evangelio de San Juan nos ha acompañado en estos Domingos de Pascua (con excepción del Tercer Domingo). En el Primer Domingo el foco estuvo puesto en la Resurrección; En el Segundo, El Domingo de la Misericordia, Jesús se les aparece, es el Resucitado que se les presenta, el co-protagonismo estuvo a cargo de Tomás el Incrédulo, (en el Tercer Domingo, fuimos al Evangelio según San Lucas, nos ocupamos de los dos que huían hacia Emaús), el Cuarto Domingo nos referimos a Jesús el Buen-Pastor, y estos dos Domingos –V y VI- nos remitimos a la gran perícopa –que va de Jn 13 a Jn 17, que encierra los discursos de Despedida de Jesús- sólo dos fragmentos: Jesús es el Camino y Jesús promete enviar su Espíritu Santo, que es el tema de este VI Domingo de Pascua. «Si ustedes leen a San Juan, ven que en todas sus páginas, a través de los pocos episodios que escoge de la vida de Jesús, de las palabras de Jesús que prefiere, se desarrolla un solo tema, siempre repetido, y es este: el Padre revela al Hijo porque ama al mundo. “Tanto ha amado Dios al mundo que le ha dado a su Hijo Unigénito” (Jn 3, 16).»[1]

Amar tiene su praxis en un estilo de vida que “guarda sus mandamientos”; pero ¿son ellos plurales? porque esta donde leemos en Juan su Mandamiento es uno sólo, el mandamiento del Amor. Su pluralidad consiste en la diversidad de prácticas con las que se ejercita este amor. «Juan no habla ni de virtudes, ni de vicios, no hace problemas por la obediencia, ni por el perdón mutuo, ni por los deberes matrimoniales o de estado, ni por compromisos de justicia. Nada de esto se encuentra en el vocabulario de Juan: se trata de cosas importantes… Juan va a lo que constituye el sentido la culminación de todo, es decir, fe y caridad.»[2]


«… el diálogo sobre la partida y retorno de Cristo (13, 31 – 14, 3q). “Voy” y “Vuelvo”, tienen el valor de fórmulas expresivas de la muerte y la resurrección de Cristo, su transitus su viaje al Padre a través de su muerte. Además, Cristo crucificado será el camino por el cual sus discípulos llegaran al mismo Padre. La unión con su Señor muerto, y sin embargo vivo, será el pasaporte para la vida eterna. Y el amor de unos hacia otros debe reproducir el amor de Dios por Cristo.»[3]


En el numeral 22 de la Deus Caritas est, Benedicto XVI nos actualiza al presente, la presencia de Jesús, y nuestro compromiso con el Amor: « Con el paso de los años y la difusión progresiva de la Iglesia, el ejercicio de la caridad se confirmó como uno de sus ámbitos esenciales, junto con la administración de los Sacramentos y el anuncio de la Palabra: practicar el amor hacia las viudas y los huérfanos, los presos, los enfermos y los necesitados de todo tipo, pertenece a su esencia tanto como el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio. La Iglesia no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir los Sacramentos y la Palabra.»[4]


«A partir del amor misericordioso con el que Jesús ha expresado el compromiso de Dios, también nosotros podemos y debemos corresponder a su amor con nuestro compromiso. Y esto sobre todo en las situaciones de mayor necesidad, donde hay más sed de esperanza. Pienso – por ejemplo – en nuestro compromiso con las personas abandonadas, con aquellos que cargan pesadas minusvalías, con los enfermos graves, con los moribundos, con los que no son capaces de manifestar reconocimiento…  En todas estas realidades nosotros llevamos la misericordia de Dios a través de un compromiso de vida, que es testimonio de nuestra fe en Cristo. Debemos siempre llevar aquella caricia de Dios – porque Dios nos ha acariciado con su misericordia – llevarla a los demás, a aquellos que tienen necesidad, a aquellos que tienen un sufrimiento en el corazón o están tristes: acercarnos con aquella caricia de Dios, que es la misma que Él ha dado a nosotros.»[5]


« No es casual que entre los símbolos cristianos de la esperanza existe uno que a mí me gusta tanto: es el ancla. Ella expresa que nuestra esperanza no es banal; no se debe confundir con el sentimiento mutable de quien quiere mejorar las cosas de este mundo de manera utópica, haciendo, contando sólo en su propia fuerza de voluntad. La esperanza cristiana, de hecho, encuentra su raíz no en lo atractivo del futuro, sino en la seguridad de lo que Dios nos ha prometido y ha realizado en Jesucristo. Si Él nos ha garantizado que no nos abandonará jamás, si el inicio de toda vocación es un “Sígueme”, con el cual Él nos asegura de quedarse siempre delante de nosotros, entonces ¿Por qué temer? Con esta promesa, los cristianos pueden caminar donde sea… Volvamos al ancla: el ancla es aquello que los navegantes, ese instrumento, que lanzan al mar y luego se sujetan a la cuerda para acercar la barca, la barca a la orilla. Nuestra fe es el ancla del cielo. Nosotros tenemos nuestra vida anclada al cielo. ¿Qué cosa debemos hacer? Sujetarnos a la cuerda: está siempre ahí. Y vamos adelante porque estamos seguros que nuestra vida es como un ancla que está en el cielo, en esa orilla a dónde llegaremos. Cierto, si confiáramos solo en nuestras fuerzas, tendríamos razón de sentirnos desilusionados y derrotados, porque el mundo muchas veces se muestra contrario a las leyes del amor. Prefiere muchas veces, las leyes del egoísmo. Pero si sobrevive en nosotros la certeza de que Dios no nos abandona, de que Dios nos ama tiernamente y a este mundo, entonces en seguida cambia la perspectiva. “Homo viator, spe erectus”, decían los antiguos. A lo largo el camino, la promesa de Jesús «Yo estoy con ustedes» nos hace estar de pie, erguidos, con esperanza, confiando que el Dios bueno está ya trabajando para realizar lo que humanamente parece imposible, porque el ancla está en la orilla del cielo.


El santo pueblo fiel de Dios es gente que está de pie –“homo viator”–  y camina, pero de pie, “erectus”, y camina en la esperanza. Y a donde quiera que va, sabe que el amor de Dios lo ha precedido: no existe una parte en el mundo que escape a la victoria de Cristo Resucitado. ¿Y cuál es la victoria de Cristo Resucitado? La victoria del amor.»[6]



[1] Martini, Carlo María. POR LOS CAMINOS DEL SEÑOR. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá. 1995 pp. 25-26
[2] Ibid.
[3] Fannon, Patrick. LOS CUATRO EVANGELIO. Ed. Herder. Barcelona 1970. p. 137
[4] BENEDICTO XVI. DEUS CARITAS EST. #22 Roma 25/12/2005
[5] Papa Francisco. Audiencia General Vat. 20 de febrero de 2016
[6] Papa Francisco. AUDIENCIA GENERAL Vat. 16 de abril de 2017

sábado, 13 de mayo de 2017

QUIERO SER PIEDRA VIVA DE TU TEMPLO SANTO


Hch 6, 1-7; Sal 32, 1-2. 4-5. 18-19 (R.: 22); 1Pe 2, 4-9; Jn 14, 1-12


Él es el Norte, el Centro y el Eje

La centralidad de Jesús, su importancia como eje existencial, el hecho de ser respuesta a todas nuestras preguntas es esencia y fundamento de nuestra fe. Y sin embargo, “importancia” y “centralidad” tienen que ser explicados y entendidos para que signifiquen algo, para que sea –más que una frase de cajón o una fórmula verbal que pretende decirlo todo y no dice nada- un eje práctico, aplicable, orientador, para que ser cristiano sea un llenar de sentido lo que de otra manera es un sin-sentido. En los momentos cruciales de nuestra vida cobra protagonismo la urgencia de entender cómo  es Jesús eje, meta, modelo y respuesta de los grandes interrogantes que la vida nos plantea.

Jesús es importante porque Él es Camino, Verdad y Vida. Jesús es una forma de vida, Jesús es inspiración para superar el gran vacío del “individualismo”. Jesús nos articula con los más cercanos, con nuestros prójimos, superando la abstracción del humanismo que idealiza al “Hombre” pero trata con desprecio y hasta con crueldad al ser de carne y hueso, al que está allí con nosotros, vive y sufre a nuestro lado, ese que no siempre colma nuestras expectativas, especialmente porque no es como nos lo imaginamos. Jesús nos muestra su cercanía, su aprobación, por el hombre con su lepra, con sus vicios y “pecados”, no nos habla de un hombre perfumado, emperifollado, nos habla de pescadores, de “funcionarios” estatales que recaudan impuestos, de prostitutas, de seres capaces de “traición”, en fin, escoge como última compañía, la de bandidos y muere a su lado. Y, sin embargo, todo lo ha hecho y todo lo ha apostado, precisamente por ellos. «Khalil Gibran escribe en el profeta: “A menudo escucho que os referís al hombre que comete un delito como si él no fuera uno de vosotros, como si fuera un extraño y un intruso en vuestro mundo. Más yo os digo que de igual forma que el más santo y el más justo no pueden elevarse por encima de lo más sublime que existe en cada uno de vosotros, tampoco el débil y el malvado puede caer más bajo de lo más bajo que existe en cada uno de vosotros”.»[1] Viene al caso tenerlo muy presente porque sobre esa potencialidad, tanto para el bien como para el mal, duerme nuestra solidaridad humana, que es la raíz de la fraternidad; aún el más “monstruoso pecador” lleva en sus venas algo de nuestra sangre, esa genética que nos enlaza como hermanos, misma genética –que a pesar de todo- nos permite, llegado el caso, decir Abba, dirigiéndonos a nuestro Creador y Amantísimo Padre.

Jesús nos propone, sin embargo, un proyecto no cerrado sobre esos cercanos, su propuesta no es ni exclusivista ni excluyente; no se conforma dentro de los límites de la cercanía; se abre, propone llegar más allá, ir donde otros, donde los diferentes, porque tienen otro idioma, quizás otra manera de vestir y de pensar, hábitos y costumbres diferentes. Pero su propuesta es “Llevar la Buena Noticia (εὐαγγέλιον) a todas las criaturas”; no se limita a un pueblo, ni a una raza, su amplitud es la de los brazos abiertos, la de la acogida al que es “diferente”, por todos los rincones del mundo (κόσμον). Es una propuesta católica (léase universal).


El da su vida, su propia vida para que nosotros tengamos vida, se entrega, sin guardarse nada. Su generosidad no da lugar a “cajas fuertes”, no escatima, no reserva nada, no se guarda, no esconde, ni acapara, supera con creces todo egoísmo, toda avaricia. Se da, se entrega. Y, precisamente da su vida para que nosotros tengamos vida, no cualquier clase de vida, sino vida a manos llenas, vida pletórica, plena y plenificada. La que Él nos propone es una vida abundante, sin menoscabos. “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Jn 10, 10b). Entrega la propia para comunicar vida a los demás; para que los demás puedan gozar de la felicidad de estar vivos. Hasta el extremo de dar, no una vida provisional, sino dar la vida con continuidad ilimitada, la vida eterna. Por eso decimos sobre Él que ha vencido sobre la muerte y que la muerte ya no tiene dominio sobre Él cfr. (Rm 6, 9). Comiendo su carne y bebiendo su sangre, adquirimos vida nueva y participamos en la Resurrección (cfr. Jn 6, 54).

Él es “la Verdad”, pero una vez más, nada de abstractos. No es ni un tratado de filosofía, ni un diccionario, ni una enciclopedia. Ni siquiera escribió por su puño y letra alguna obra. Él se auto-propone –porque el Padre nos lo ha propuesto- como desciframiento de todos los enigmas, como contestación a los interrogantes, como norte en nuestro mapa. Sus acciones nos permiten formulas decisiones para nuestro quehacer vital-existencial.  Su verdad es tal que nosotros al obrar podemos lícitamente preguntarnos cómo lo habría hecho Él o qué habría hecho en tal o cual situación, y sin dudarlo, proceder encon el mismo estilo, con estilo Cristico.


Sin embargo, pensar y decidir según la manera de Jesucristo tiene un condicionante: Habernos compenetrado con Él, lo que logramos sencillamente por medio de un doble ejercicio a) la lectura y meditación muy frecuente de la Sagrada Escritura, meditación que no es un ejercicio de solo yo existo, de leer e interpretar según mi gusto, mi capricho, mi modo de ver y entender; ¡no!, se trata de procurar una lectura comunitaria, con el apoyo de un grupo Bíblico, de un sacerdote, de ti párroco, de un catequista debidamente preparado; y, b) rogar al Espíritu Santo para que me conduzca, me ilumine, me regale para esa lectura el Don de la Sabiduría.

Si adoptamos otra forma de leer puede llegar a ser, inclusive, peligrosa, desorientadora, más malo el remedio que la propia enfermedad. Lecturas solitarias –en vez de conducirnos por la vía salvífica- pueden sentenciarnos, definitivamente, al extravío. Y no olvidemos nunca que los documentos más confiables para conocer a Jesús son los Evangelios y el Nuevo Testamento integro, que nos habla de Él, aun en forma indirecta, mencionando lo que sus discípulos vieron y compartieron, y que Él les enseñó.

El Cuerpo Místico de Cristo (Señor, que sea capaz de salir de mi cascarón)

Jesús conquistó la vida eterna, no para sí mismo, porque Él ya la poseía desde toda la eternidad; la consiguió para nosotros, para compartirla. Así es todo lo de Dios, Quien nada necesita puesto que es el Dueño de todo y de nada carece, pero todo lo que tiene lo dona, Dios es generosidad, es abundancia, es plenitud.


Así nos incorpora en Sí, nos rescata y nos une a Él, nuestras vidas pasan a ser vida en Él, nuestro ser se hace célula de su Cuerpo Místico. Él es –para seguir una comparación arquitectónica- la piedra angular, pero nosotros tenemos la oportunidad de entrar a formar parte de ese Edificio-Viviente, pasando a ser Piedras vivas.

«Señor, Dios, que vienes a mí,
concédeme la gracia de sentirme y de vivir
como piedra viva de tu santo templo.
Concédeme la voluntad
de tomar parte en la vida de tu Iglesia
para caminar junto a ti y a mis hermanos
sin inútiles nostalgias
y con los ojos bien abiertos hacía el futuro.

Concédeme, Señor, la fuerza
para salir cada día de mi cascarón
para estar presente y participar activamente
donde se crea la vida,
donde se concretiza el amor,
donde se construye el camino de la libertad,
donde se ensancha el espacio de la justicia,
donde se hacen brillar hasta las migajas de la verdad,
donde se engrandecen
las habitaciones de la esperanza, de tal manera que contribuya
al nacimiento de un mundo unido
como Tú estás unido al Padre y al Espíritu Santo,
como Tú estás unido a cada uno de nosotros,
sin importar que estemos dispersos por el mundo.
Amén.[2]




[1] Citado por Vallés, Carlos G. sj. SIGLO NUEVO, VIDA NUEVA EL MILENIO DE LA ESPERANZA. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia 1999 p. 139
[2] Dini, Averardo. EL EVANGELIO SE HACE ORACIÓN T. 1. Ciclo A. p. 43

sábado, 6 de mayo de 2017

CON CAYADO DE AMOR



Hch 2,14a.36-41; Sal 22, 1-6; 1 Pedro 2,20b-25; Jn 10,1-10

¿Dónde pastoreas, Pastor Bueno, Tú que cargas sobre tus hombros a toda la grey? Muéstrame el lugar de tu reposo, guíame hasta el pasto nutritivo, llámame por mi nombre, para que yo escuche tu voz y tu voz me dé la vida eterna»

San Gregorio de Niza

“… esperar la potencia de este Dios que viene a consolarnos, que viene con poder, pero su poder es la ternura, las caricias que han nacido de su corazón, su corazón que es tan bueno que ha dado su vida por nosotros”
Papa Francisco

Nuestro Pastor vela

Uno de los primeros elementos que nos entrega el kerigma es el encuentro con un Dios que cuida, protege, defiende, vela, ampara. Esas son las funciones de un pastor; así que nos encontramos con Dios-Buen-Pastor. Reflexionando en otro momento sobre el Buen Pastor descubríamos en Él, en su Presencia protectora, el antídoto contra toda zozobra: ¡No temáis!  Ese es el Dios que nos acompaña a nosotros en nuestro caminar, (el que con tanto esfuerzo el enemigo se empeña en robarnos, porque ya sabemos que a ese le gusta nuestra intranquilidad, nuestra preocupación, nuestro nerviosismo; ese hace buenas migas con nuestro corazón desgarrado por los afanes y las angustias; nos volvemos sus presas fáciles, es feliz cuando nos debilita con la intranquilidad de lo que sobrevendrá  …);  cuando –en realidad- todo eso debe dejarse en las manos de Dios. Si no somos dueños ni de la caída o permanencia de nuestros cabellos pegados al cuero cabelludo, ¿qué podremos prevenir con afanarnos? ¡Insensatos!

En cambio, si logramos aquietarnos en la paz que nos regala el Señor, ¡qué solaz!, ¡qué infinita dulzura de paz y serenidad! Comparable a la grey cuando sabe que su Pastor la cuida, que está a cargo, que vigila al lobo y sus acechanzas, que no lo dejará atacarnos. Y no, no es inconciencia, no es irresponsabilidad; por el contrario, es comprensión clara de nuestros alcances, de nuestra fragilidad, de nuestros límites. Es, también, conciencia humilde y justiprecio de Quien-es-el-Todopoderoso. Él nos da la paz que el mundo no puede darnos y que, por el contrario, se empeña en conculcarnos.

En cambio, nuestro Pastor nos conduce hacia prados tranquilos, su vara y su cayado nos dan seguridad. Y no nos sirve una copa mezquina, por el contrario, nos sirve la copa rebosante que es la copa de la plenitud de vida, como lo afirma en la última frase de la perícopa del Evangelio de este día.


«Como un pastor guía a su grey, Así Dios guía a su pueblo, le da confianza en el camino, por cuanto conoce sus requerimientos y sus necesidades. Él sostiene nuestros pasos en el andar del tiempo, hasta que nos reúna en su reino, y entonces será una sola grey y un solo pastor (cf. Jn 10, 16), en la casa de Dios.»[1]

Sin coerción alguna, bajo la más completa libertad.

Se puede intentar construir el reino a la fuerza, por imposición, a sangre y fuego, obligando por decreto a que se le acepte; pero ese no es el reino que Jesús nos propone. Jesús en el Evangelio se auto-designa como “Puerta”:  “En verdad os digo, que soy la Puerta por donde pasan las ovejas”. Jn 10, 7b; y más adelante dice que “…quien entra por mí se salvará; podrá entrar y salir…”(Jn 10, 9 b) y queremos enfatizar esta posibilidad de “salir” porque nos recuerda la libertad bajo la cual se construye el reino que Él nos propone. Si, podemos entrar, pero también si queremos, podemos salir; como el “hijo prodigo”, podemos si queremos ir a pasar fatigas, hambre e incomodidades, y podemos malgastar la herencia, y entregarnos a la vida licenciosa, porque en la casa del Padre se vive por gusto, no porque estemos amarrados a la pata de la cama.

Muchos han visto la lentitud con la que los corazones maduran hacía la aceptación de la propuesta de Jesucristo, muchos querrían el Reino para mañana (y nos dicen que “para mañana es tarde”) y entonces, buscan como solución a su premura, las vías impositivas dejando de lado la libertad del hombre. Nos argumentan con tenacidad que cada minuto de tardanza es ventaja para el enemigo que no se detiene, que aprovecha esa demora para fortalecerse y nos reprochan precisamente eso: que “a cada instante el enemigo se hace más fuerte”, y que el enemigo jamás estará dispuesto a renunciar a sus prebendas sino es por las vías de fuerza.

No pensamos así, lo primero que responderemos es que ¡“para Dios no hay imposibles”, recordémoslo bien, recordémoslo siempre! Después repetiremos, que el reino no se puede construir a la brava y que no se puede imponer por vías de hecho, tiene necesidad de tomar en cuenta el albedrio del ser humano, tiene que conquistar el corazón y seducirlo; ha de ser aceptado, de otra manera siempre será como un gusano que corroe, insatisfecho por las cadenas, estará codiciando el pasado, reclamando las cebollas que comía en la esclavitud, cuando en Egipto arrastraba las pesadas cadenas. Meditemos en aquello de la “jaula de oro”, pese a que sea de oro, nada cambia respecto a ser una prisión que nos detiene el vuelo.


Dios nos creó con esa cualidad, (cualidad que para los impacientes es un despreciable defecto) ¡ser libres! y la construcción del Reino (del Reino verdadero) tiene que tomar en cuenta esa variable de nuestra personalidad, no nos podemos extirpar la libertad, no la podemos amputar para poder vivir en “la jaula de oro”, que por otra parte no tiene nada que ver con el Reinado de Dios. Si Dios es el Dios del amor, ¿cómo podríamos gozar de un reino donde el amor es por la fuerza? Sería como un Pastor que trata a su rebaño a palazos como ruta de su “cuidado”, pero ¿qué cuidado es ese? ¿Bajo qué óptica puede verse la golpiza como Paraíso? Sólo cuando tus ojos descubren qué es el paraíso, tendrás deseos de entrar, y habitar en él, por años sin término.



En esta perícopa del Evangelio según San Juan, Jesús nos habla del Buen Pastor, pero también denuncia a todos los que, amparados en su autoridad religiosa o política han obrado como “malos pastores” y se han cuidado de engordar ellos, sus arcas y sus panzas, descuidando al rebaño: “Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; ...El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago”; los denuncia como ladrones que han entrado sólo a saquear para su propio beneficio. Por otra parte, también tiene en cuenta al otro grupo de ovejas, a las ovejas díscolas, las que hacen oídos sordos y simulan que la cosa no es con ellas, las que se niegan a entrar, pero en ningún momento se insinúa que debamos hacerlas entrar a las malas. ¡Todo tendrá que ser con la fuerza del amor!



[1] De Capitani, Giorgio; Ambrosi, Olga. SALMOS DE LA TERNURA. Ed. San Pablo. Caracas- Venezuela 1993. p. 15.

sábado, 29 de abril de 2017

SE LES ABRIERON LOS OJOS


Hech 2, 14. 22-33; Sal 15, 1-2 y 5. 7-8. 9-10. 11; Pe 1, 17-21; Lc 24, 13-35

«… el Ministerio del Interior acaba de dar un comunicado donde se afirma que varios maleantes robaron el cuerpo del mencionado delincuente, Jesús, precisamente para poder confundir y engañar a la opinión pública…»
Héctor Muñoz

“Escúchenme, israelitas: Les hablo de Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante ustedes realizando por su medio los milagros, signos y prodigios que conocen. Conforme al designio previsto y sancionado por Dios, se los entregaron, y ustedes, por mano de paganos, lo mataron en una cruz. Pero Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte…” Este discurso de Pedro, que se nos narra en los hechos de los Apóstoles, y que forma parte de la Primera lectura de este III domingo de Pascua, es una formulación sintética del Kerigma, y contiene la fórmula básica de la identidad de Jesús como era entendida y expresada en los tiempos en que San Lucas redactó el “Evangelio del Espíritu Santo”. Al decir que las ataduras de la muerte habían sido vencidas se está declarando que en lo sucesivo, ya nada será igual. Desde el pecado original hasta la resurrección de Jesús, la muerte detentaba su cetro de poder; a partir de ese momento, Jesús la venció y en Él, somos también beneficiados con tan gran deferencia.

En esta escena presenciamos y testimoniamos –sin lugar a dudas- el importante papel y el rol de liderazgo que tocó a Pedro. Ese liderazgo espiritual está reforzado por el carisma de la comprensión de la Sagrada Escritura que le permite entender que en el Nazareno tienen cabal cumplimiento las profecías que fueron pronunciadas en tiempos remotos, y que siempre se pensaron referidas a los antiguos y San Pedro las comprende y la explica como cumplidas hasta ahora en la Persona del Mesías-Jesús. San Pedro es capaz de cristianizar el Primer Testamento, cumpliendo así el encargo-misión que el propio Jesús le confió.


«El gran reto de la Iglesia de hoy… es… el de la “Nueva Evangelización”… Una evangelización de corazones evangelizados antes por el Evangelio orado; una evangelización que chorree verdad, transparencia y vida; que sea un chorro de alegría, entusiasmo y gozo; una evangelización que toque los corazones, que deslumbre las mentes, que de vigor a las voluntades arrugadas. Una nueva evangelización donde el ser mero “informador” ya no “vale”, sino ser “testificador”… La Nueva Evangelización clama correr la noticia de que Jesús, el amado del Padre, nos ha amado tanto que entregó su vida en la cruz para que nosotros fuéramos regenerados… Jesús, Él que asumió todas las miserias humanas, se hizo pecado, murió como un maldito, subversivo, blasfemos y endemoniado… Decirles que el Resucitado tiene una nueva morada: el corazón de los hombres.»[1]

¿Cuál fue el precio que se pagó por nuestro rescate? Ese es otro punto vital de nuestra fe. No se pagó un precio en oro o plata para redimirnos. Sino la Sangre del Cordero Inmaculado. Ese es el tema en la Carta de San Pedro, que es la Segunda Lectura; en ella se vuelve a insistir que Dios-Padre resucitó a Cristo y, no se conformó con resucitarlo sino que además le dio Gloria.


En el Salmo se hace mención de un magisterio que ejerce Dios para nosotros: “me instruye internamente”, su magisterio se ejerce en todo momento, hasta durante la noche Él se ocupa de enseñarnos, de enriquecernos, de orientarnos. De esa manera, va mostrándonos “el sendero de la vida”. Esa enseñanza es el motivo de la única que es verdadera alegría. Otros frutos nos muestra el Malo, haciéndolos pasar por frutos apetecibles; y, nosotros con frecuencia sucumbimos al engaño. Sólo las sendas del Señor son Camino cierto. Sólo Él nos conduce con Amor y Verdad, sólo ese Amor y esa Verdad son gozo real. Si andamos con Dios, no vacilaremos. El paso vacilante es un paso “de borracho”, no puede caminar recto, sino que va de un lado al otro, sin poder controlar el “rumbo”; podríamos decir que es un caminar con torpeza. La expresión original en hebreo significa algo como “no me torceré”, “permaneceré firme”. Sólo necesitamos vivir en la confianza plena que Él-(YHWH)-está-siempre-a-nuestro-lado.

Al episodio “Camino de Emaús” podríamos intitularlo una Verdadera Experiencia Eucarística! El momento cumbre se alcanza cuando a ellos por fin se les caen las telarañas de los ojos y logran reconocer al Señor. Es el momento de la fracción del Pan. Es el momento en que Él “tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio”, entonces ¡fue el cuándo! Atraviesan todo un proceso que los lleva del desaliento, «A menudo todos nosotros nos parecemos a los dos de Emaús: estamos encorvados, doblegados, inclinados sobre los acontecimientos cotidianos o sobre las realidades sociales que nos rodean y que a veces nos pesan, nos entristecen, nos preocupan. La misma realidad de Iglesia, si la miramos con ojo demasiado analítico, hipnotizados por este o el otro aspecto, nos puede crear ese sentido de pesadez, de incapacidad para acoger todo el designio de Dios que caracterizaba a los discípulos de Emaús precisamente mientras caminaban teniendo a su lado al Señor Resucitado»[2]. No nos ha abandonado pero ese atafago de cargas y cotidianidades, la pesadez y el bloqueo, nos nublan su Presencia nos incapacitan, nos anulan en la fe.

A ese estado depresivo del ánimo contrapongamos el luminosos y entusiasta estado post-eucarístico: Ahora “«Corren, corren como si les hubieran nacido alas como de águila. Corren, porque les quema la “llama de amor viva” que llevan encendida en su corazón. Corren, corren porque es hora de comunicar la noticia, hora de poner la luz sobre el candelero, hora de comunicar el gozo y lágrimas de alegría. Corren porque les aguarda un camino llenos de caminos que tienen que recorrer por todo el mundo para decir a TODAS LAS GENTES: “¡Jesús ha resucitado y vive entre nosotros. Si crees en Él, si lo aceptas como el señor y Salvador de tu vida, si crees de corazón que el Padre lo resucitó con la fuerza de su Espíritu, te salvaras tú y los de tu casa!”. Es la hora, al correr, de hacer del Evangelio salvación para todos los pueblos y razas»[3].

En la Eucaristía el Señor dialoga con nosotros, nos habla, nos enseña, nos reprende y corrige nuestra dureza de corazón y nuestra lentitud para entender. Pero además, también nos escucha, nos acoge, nos abraza, y –como si pudiéramos desear más- entra para quedarse con nosotros. Ese es el contenido de la Experiencia Eucarística, que Él escoja nuestro corazón para entrar y quedarse.


La experiencia eucarística «Es el momento de compartir nuestras inquietudes, problemas y proyectos con quien amamos. Es el momento de dejar caer la Palabra de Dios como semilla en el corazón; es el momento de orar, de decirle a Jesús que entre en el corazón y cene conmigo, que participe de esa cena “que recrea y enamora”; es el momento de hacer del día una Eucaristía, una acción de gracias por tantas cosas bellas que hemos vivido.»[4]

¡Sólo hay que invitarlo! ¡Quédate con nosotros!








[1] Mazariegos, Emilio L. EMAÚS: EL CAMINO DE LA CONVERSIÓN. Ed. San Pablo. Bogotá-Colombia 2003. pp.152-155
[2] Martini, Carlo María. POR LOS CAMINOS DEL SEÑOR. MEDITACIONES PARA CADA DÍA. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia. 1995. p. 167
[3] Mazariegos, Emilio L. DE AMOR HERIDO. Ed. San Pablo Bogotá, D.C.-Colombia 3ª ed. 2001 p. 191
[4] Mazariegos, Emilio L. ESTALIDOS DE GOZO Y DE ALEGRÍA Ed. San Pablo Bogotá-Colombia. 2003 p. 66.

sábado, 22 de abril de 2017

MOSTRAR MISERICORDIA AL PRÓJIMO SIEMPRE Y EN TODAS PARTES


Hech.2, 42-47; Sal 117, 2-4. 13-15. 22-24; Pe 1, 3-9; Jn 20, 19-30

El Padre me ama porque yo mismo doy mi vida, y la volveré a tomar. Nadie me la quita, sino que yo mismo la voy a entregar. En mis manos está el entregarla, y también el recobrarla: este es el mandato que recibí de mi Padre.
Jn 10; 17 -18

La misericordia cambia el mundo, hace al mundo menos frío y más justo. El rostro de Dios es el rostro de la misericordia, que siempre tiene paciencia. Dios nunca se cansa de perdonarnos. El problema es que nosotros nos cansamos de pedirle perdón. ¡No nos cansemos nunca!
Papa Francisco


¿En qué consiste la Misericordia? O, todavía más, ¿Qué significa esta palabra? Para muchos no es fácil entenderla. Para un grupo muy amplio, la misericordia es el perdón concedido a un condenado a muerte. Y, en efecto, podríamos decir que esta es una expresión de misericordia muy grande, pero este concepto es ampliamente más rico y apunta a un tipo de generosidad que todos tenemos en el corazón: es, un rasgo que nos asemeja con nuestro Padre-Dios; bien es cierto que nuestra misericordia es ínfima comparada con la Divina, pero está en nuestro ADN (es una forma de hablar, una forma de decir que sin somos hijos de Dios, sus rasgos se trasmiten a nosotros y están, por decirlo así, impresos en nuestra “naturaleza”).

No todos tenemos la misma fe. No todos podemos creer sin sucumbir víctimas de la duda. Entonces, Dios no nos abandona, no nos desconoce ni ilegitima nuestro parentesco con Él. A algunos les cuesta más el seguimiento confiado y entonces Jesús, Infinitamente Misericordioso, se nos revela en su fina y dulce ternura: sus actos y sus gestos para con nosotros están impregnados de la dulzura de la paciencia, Él sabe que somos tardos para entender, y, entonces, resuelve no impacientarse con nosotros; opta, en cambio, por la longanimidad, y la aplica exhaustivamente con nosotros. Nos da más, se nos presenta en Persona, y nos invita a meter el dedo en sus llagas. Si, esta oportunidad que da Jesús –no se la brinda exclusivamente a Tomas, sino que la usa con todos nosotros- es para que dejemos de ser incrédulos y seamos creyentes.


Ese es el sentido de la perícopa del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según San Juan que leemos hoy: Que abandonemos nuestra terquedad de incrédulos, terquedad que es altanería mezclada con rebeldía; y, que –por el contrario- con docilidad demos a torcer nuestro brazo a Dios, para reconocerlo “Señor y Dios nuestro”.

Negar la fe para convivir con el pecado
Sin embargo, y aquí está el quid del asunto, muchas veces, teniendo la fe, encontramos cómodo negarla porque nuestro pecado nos acusa en la conciencia, entonces es cuando desautorizamos a Dios y, en medio de nuestra rebelión, decidimos negar cuanto Él nos ha manifestado en su Revelación. Es entonces cuando pateamos a la Iglesia y, con ella a todos los que se mantienen fieles a Jesús. «Cuando,… opto por obrar contra los mandamientos, preferiría que Dios no existiera y por consiguiente estoy dispuesto a prestar fácilmente oído a las objeciones acerca de la fe. No pocas objeciones derivan lamentablemente del hecho que nuestra vida cristiana, nuestros comportamientos no son conformes con el Evangelio. Entonces se requiere un camino de conversión que nos lleve a pensar y obrar según la verdad y la existencia de Dios. Entonces el creer nos resultará mucho más fácil.»[1]

Lo hizo todo Nuevo
Según San Juan nos encontramos viviendo “el primer día de la semana”, podríamos, perfectamente entenderlo como el Primer Día de la Nueva Creación. Todo indica que la acción de Jesús, es una acción genésica: Dios vuelve a soplar sobre el “hombre”, lo vuelve a crear.

En el Principio, en el Primer Día, encontramos que todo era oscuridad, fue “entonces que Dios dijo ‘!Que haya Luz!’ y hubo luz. Cfr. Gn 1, 1-3. ¿Cómo era la oscuridad? ¿Cuál era el rostro de esa oscuridad? En el evangelio de San Juan, en Jn 20, 19 se nos informa que, esta oscuridad en particular, tenía el rostro del miedo, miedo de los perseguidores, que en este caso eran los “judíos”. En cambio, cuando Adán pecó, tuvo miedo pero de su propio Creador.

Jesús puede entrar, aun cuando las puertas estén cerradas, se pone en medio de ellos, e inicia la obra de Re-Creación; ¡les da la Luz! ¿De qué Luz se trata? La paz, esa paz que significa superar el temor, ya no tener miedo. No hay nada que neutralice más al ser, que lo aliene más, que el miedo: el miedo nos hace “inválidos”, el miedo nos “enmudece”, el miedo anula la opción de ser testigos, el miedo nos silencia para llevar el anuncio del Evangelio. Miedo es lo que usan todos los totalitarismos: Policías secretas, aparatos paramilitares, delatores, propaganda de omnipotencia y omnipresencia, terrorismo sicológico, conciencia policiva de vigilancia constante; cualquier cosa que usted haga la estamos vigilando y sabemos, inclusive, lo que usted está pensando, así que no piense, no disienta, permanezca quieto, callado…

En ese ambiente Jesús-Resucitado inicia la nueva creación, la del Segundo Adán, con un Acto de des-acobardamiento, combatiendo nuestro miedo. Jesús infunde Valor, nos da la Luz que permitirá que nos convirtamos en testigos valientes y decididos, que no temamos al perseguidor porque no nos puede quitar “la vida”, porque Jesús ha demostrado que no nos pueden robar la vida, porque Él es la Vida, es la Resurrección; podemos entregar la vida, porque Él nos la restituirá. Cfr. Jn 10, 17-18 Porque Jesús a nosotros nos hace una delegación exactamente análoga a la delegación que el Padre le hizo a Él: “Así como el Padre me envió a mí, yo los envío a ustedes” Jn 20, 21b.


Y aquí viene el gesto de Jesús que nos confirma que estamos narrando con Juan la segunda Creación: Se trata del soplo de Jesús. En el versículo 22 Jesús sopla sobre ellos el Espíritu Santo, conforme el Creador sopló en nosotros – a través de nuestras narices- el aliento de vida.

Queremos hacer paráfrasis y decir que quien no tiene vida es el acobardado que no testimonia, ese carece del “Soplo del Espíritu” (como sabemos las dos palabras son la misma en Griego), ese Espíritu soplado por Jesús, es el aliento de la valentía, de la decisión de ser “testigos”. Así Jesús, Señor y Dios nuestro, nos a re-creado. ¡Ha hecho todo nuevo! (Cfr. Ap 21, 5b.)

Lo esencial del Mensaje
Este domingo se denomina ahora el Domingo de la Misericordia, y su rasgo más saliente es la Confianza en Jesús. Si, así es, la imagen del Señor de la Misericordia reza así: ¡Jesús, yo confío en Ti! Así que la Misericordia ejemplar, el paradigma de la Misericordia es El Hombre-Nuevo, es Jesús Resucitado, vencedor de la muerte. Fiel hasta morir de muerte de cruz, la más oprobiosa de las muertes, reservada a los sediciosos. Jesús no se bajó de la cruz, sino que mantuvo su coherencia más allá de toda prueba. Sobrepaso todo esputo y todo escarnio, se remontó por sobre toda flagelación y toda coronación de espinas; nada lo pudo detener en su decisión de cumplirle al Padre.

La primera lectura –como en todos los domingos de la Pascua y en todas las misas entre semana también- tiene una perícopa  tomada de los Hechos de los Apóstoles, donde en 4, 32-35 el núcleo es la siguiente frase: “Todo lo poseían en común y nadie consideraba suyo nada de lo que tenía.” (He 4, 32b).

Ya antes, en el capítulo 2, se había referido San Lucas a la Comunión fraterna. Glosando esta idea nos dice Ivo Storniolo: «¡En qué consiste la comunión fraterna? La palabra griega koinonía expresa la unión de los cristianos, unión fundada en la misma fe y en un idéntico proyecto de vida... Un poco más adelante, el texto pone en claro en qué consistía esta comunión fraterna: “Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno” (2, 44-45) Vemos, en consecuencia, que esta comunión reviste un aspecto político (fraternidad en la que todos pueden participar libremente en las decisiones) y un aspecto económico (repartición de los bienes según la necesidad de cada cual)… La vida de la comunidad cristiana se presenta entonces como un proyecto social alternativo que fermenta e incuba transformaciones políticas y económicas. Justamente por esta razón, la comunidad será desde entonces objeto de oposición y persecución, puesto que los dueños del poder y la riqueza no pueden aceptar pasivamente tal propuesta.»[2]

Y más adelante, refiriéndose al mensaje de los Hechos de los Apóstoles, dice lo siguiente: «…la primera o las primeras comunidades cristianas… Su rasgo fundamental es la unanimidad que se traduce en compartir… El fundamento de la unanimidad es el testimonio de los Apóstoles acerca de la Resurrección de Jesús: Él está vivo, presente en la vida y en la actividad de la comunidad, dando a todos libertad y vida…el texto explica claramente lo que quiere decir “tener un solo corazón y una sola alma”, que consiste en repartir entre todos el don que Dios ha hecho y destinado para todos. Es una nueva versión de la economía, ya no fundada en la propiedad privada y en la acumulación en provecho personal, sino en disponer todo con miras al bien común. Todo pertenece a todos, y está al servicio y al uso de la necesidad de cada uno. Es esta una comunidad que se tomó en serio lo propuesto en Dt 15,4: “Cierto que no debería haber ningún pobre junto a ti”. Más para que no haya ningún pobre es indispensable que haya reparto, todos comparten. Quien más posee más comparte, quien tiene menos comparte menos; pero todos acaban por disponer de lo suficiente para tener una vida digna. Es, pues, la aparición simbólica de una nueva humanidad que disfruta igualitariamente de la vida, don que Dios concede a todos.»[3]

Decimos ante la forma consagrada ¿cómo agradecerte que nos hayas amado tanto?

El defecto de condicionar la fe
«Tomás ha sido un buen discípulo de Jesús, pero un poco lento para captar los altos conceptos de Jesús (11,16; 14, 5). Aquí también exige pruebas palpables de que Cristo realmente vive. Ejemplo de esa fe inadecuada, condenada en 4, 48: “Si no ven señales y prodigios, no creen” (Cfr. 2, 23-25; 6, 26; 12, 18). Tomás en su rol de “dudoso”, aparece sólo en este cuarto Evangelio. Pero, no sólo él dudaba. El representaría a todos esos discípulos de los primeros años que “dudaban” (Mt 28, 17); tenían “dudas en su corazón” (Lc 24,38); “no creyeron a quienes habían visto al Resucitado” (Mc 16, 14)».


A través de la historia de la Iglesia hemos alabado y nuestro corazón ha hecho eco de esta frase tan hermosa que quedó incorporada a la liturgia de la Consagración Eucarística”, con la cual reconocemos, con la voz de Santo Tomás, ante la Forma Consagrada la Presencia de Jesús-Cristo en su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. «Con esta proclamación asombrosa de Tomás, se termina este Evangelio. El Evangelio comenzó con “la Palabra estaba con Dios y era Dios” (1,1). Ahora lo repite al final: “Mi Señor y mi Dios”. A los cristianos de todos los tiempos que aceptan eso con fe, nos dice “Felices los que creen sin haber visto” (20, 29)»[4]

Constructores del Reino: Una fe de todas horas, de toda la vida
¿Podemos aislar la Eucaristía en un vacío litúrgico: una hora escasa robada a nuestros afanes y premuras, durante la cual cumplimos un ritual: “¡Ya fui a misa!”? Pero hay más y ya lo hemos visto, la Misa es esencial, la confianza en Jesús es indispensable; pero, si nuestra fe no se traduce en acciones misericordiosas, ¡esa fe no es nada! Ya sabemos que la fe des-acobardada es una que da testimonio, que no se puede callar, que va por todas partes gritando lo que Jesús quiere. Es el compromiso de prestarle la garganta, la voz, las manos y la inteligencia a Jesús para que Él, en pleno siglo XXI, siga diciendo en todas partes y ante todos que ama la justicia, que Él no es un pretexto para que se sigua maltratando a los más débiles. Que hay que construir una sociedad de otra manera, sin violencia, sin explotación, sin injusticia. Que si se puede levantar una sociedad donde la cultura de la muerte estará definitivamente derrotada y la cultura de la vida será triunfante y que ese será el Reino de Dios, y que su Reinado, entonces, no tendrá fin. ¡Que una mundo justo es posible!

La Resurrección, para los bienaventurados que creen sin haber visto, significa aceptar, aún en medio de la oscuridad más densa, que en el fondo, como al final del túnel, hay un destello Resplandeciente, Cegador, Refulgente, Glorioso: Es Jesucristo, el Vencedor de la muerte. Jesús de la Misericordia, y,… ¡Su misericordia es eterna!





[1] Martini, Carlo María. LAS VIRTUDES DEL CRISTIANO QUE VIGILA. Ed. San Pablo Bogotá Colombia 2003 p. 46
[2] Storniolo, Ivo. CÓMO LEER LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES. EL CAMINO DEL EVANGELIO. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá 1998 p. 47
[3] Idem. p. 66
[4] Seubert, Augusto COMO ENTENDER LOS MENSAJES DEL EVANGELIO DE JUAN. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá 1999. p.152