Ef 1, 15-23
Pablo
estuvo en Éfeso aproximadamente entre los años 52-56 d. C. La
frase según la cual nadie podía vivir en Éfeso
sin “llorar por su inmoralidad” se atribuye tradicionalmente al filósofo
presocrático Heráclito
(oriundo
de esa ciudad, en el siglo VI o V a. C.). Los predicadores y
comentaristas bíblicos posteriores utilizaron esta frase apócrifa, para exagerar y consolidar la imagen de Éfeso como una especie
de "Sodoma" del mundo grecorromano. Pablo
llegó a Éfeso, en una escala breve al final de su segundo viaje misionero y, de
forma prolongada y principal durante su tercer viaje misionero. Permaneció allí
cerca de tres años (predicando tres meses en la sinagoga y dos años en la
escuela de Tirano: «… los viajes misioneros de Pablo, si se leen -como
se debe hacer- en profundidad, se adquiere otra impresión: en ellos Pablo se
presenta más bien como aquel que se ha dedicado en primerísimo lugar a la plantatio ecclesiarum, es decir, a la implantación de la
Iglesia de Cristo en las varias ciudades y regiones paganas a las cuales
llegaba como predicador». (Ghidelli Carlo)
La
epístola a los Efesios fue redactada, aproximadamente, entre los años 60 y 62 d. C. Pablo estuvo preso
durante estos dos años en Roma, en una forma de encarcelamiento similar a la
que se llama “casa por cárcel”, creo que en el derecho romano se llamaba “custodia
militis”; “arrendó” una
vivienda y allá lo retuvieron, conviviendo con un soldado, al que estaba atado
por una cadena, de tal manera, estaba bajo vigilancia noche y día. De ahí
salieron las Cartas de la Cautividad: a los Efesios, a los Colosenses, a
Filemón y a los Filipenses.
La
perícopa de hoy podemos intitularla “Oración por los creyentes”. Después de los
versos 13-14, que no se incluyen en la liturgia, y que nosotros citamos ayer;
que son una bendición que cobija a la humanidad y la vincula en el Plan
Creacional de Dios, haciendo que ellos tengan en sí, la imagen de Dios, su
Semejanza. En esa bendición se contiene la gratitud, de tal manera que se aúna
bendición con alabanza: Reconoce que somos corresponsables del Proyecto
salvífico. El favor del Espíritu Santo que se comunica allí, no discrimina
judíos de gentiles.
En
la perícopa anterior Pablo saluda e incorpora a su saludo tres pilastras: fe,
amor, esperanza. Ahora, agradece la fe que tienen los Efesios en Cristo Jesús,
que beben su fortaleza del amor, que transforma toda la Comunidad para dar
espacio y cabida a la manifestación Creadora de Dios; entonces pide sabiduría,
luz, esperanza y “entendimiento” para entretejer la vida de la comunidad y la
heredad que Dios deposita en sus manos y en sus vidas. La corresponsabilidad estriba en un esfuerzo
de “entendimiento”. Entonces, y solo entonces, al completarse nuestra
liberación (vv.14-15), se cumple el Plan Divino con el que nos lleva a ser
“pueblo de su posesión”.
Este
entendimiento al que se refiere la Carta, depende del ambiente gnóstico en el
que se movía Éfeso. Tiene que precisar a qué clase de “entendimiento” se
refiere, porque los gnósticos practicaban un elemento de las religiones
mistéricas, que era el del conocimiento hermético, solo revelado a los
“iniciados”, algo similar al “secreto de los magos” que se tiene que mantener
oculto, bajo pena de muerte. En cambio, en 1,8 ya quedó dicho que a nosotros
nos revelo el μυστήριον [misterion] “Misterio”, algunas
traducciones ponen “designio secreto”.
En el Salmo 8 se dice que Dios puso todo bajo los pies del ser humano; aquí San Pablo en el verso 22 ejerce una especie de glosa clarificadora, todo está puesto bajo los pies de Cristo Resucitado; gracias a este precioso Mérito, queda puesto bajo nuestros pies. Es ese dinamismo-dialéctico entre Cabeza y Cuerpo de la Iglesia es que se nos transparenta que la Creación entera se recapitulará bajo la cabeza que es Jesucristo, en favor de la Comunidad de todos sus Santos.
Sal
8, 2-3ab. 4-5. 6-7
La visión del Salmo, en
cambio, nos lleva al Universo, obra de Dios, confiado al hombre no para que lo
use a su gusto contra él mismo o contra los demás, o en perjuicio propio, sino
para que haga de él, un canto de alabanza a Dios.
Carlo María Martini
El
hombre está como sumido en el fondo. Mira al firmamento y se encuentra con la
astronomía fabulosa. Esta percepción lo hace sentirse aún menor, como una
cascarita de nuez en un océano de cuerpos celestes incontables.
Sorprendido,
descubre, sin embargo, que Dios lo ha tomado en cuenta, lo ha envuelto en Su
Amor y descubre una escalera al Cielo: Todo el Cosmos es una caricia y un poema
de Dios que habla al hombre. Nosotros -como niños de pecho- proferimos una
Alabanza: Alabamos que Dios-Padre haya puesto a Jesús que nos tiende su
Misericordiosa Mano: ahí caemos en la cuenta que la Mano de Jesús está herida,
y conserva las huellas de la Crucifixión, como Ramo de Flores que declara la
Grandeza de su Amor.
La Resurrección no fue un simple levantarse de la tumba, no es una mera revivificación; es la Recepción de toda el Poder que le pertenece en Virtud de su Filiación. Dios-Padre le sostuvo con Sus Propias-Manos, todo el poderío, al que Él había renunciado, mientras en su Abajamiento (kénosis) se hacía en todo igual a nosotros, excepto en el pecado. Pero una vez Asciende al Padre, El Padre le Retorna su Poder-Glorificado.
“Hay
también una relectura Eucarística: ¿Quién es este Dios que visita a cada uno de
nosotros, pobres hombres, que cuida de nosotros? Es Cristo Eucarístico, centro
de la vida de la Iglesia”. (C.M. Martini)
“…
Qué valor debe tener el hombre ante los ojos del Creador si ‘ha merecido tener
tan noble y tan grande Redentor’, si Dios entregó a su hijo para que el hombre
‘no perezca, sino que tenga la vida eterna’. En realidad, esa profunda
maravilla respecto del valor y de la dignidad del hombre se llama Evangelio, es
decir, Buena Noticia. Se llama Cristianismo”. (Juan Pablo II)
Lc
12, 8-12
Hemos
venido entramados en el dechado de la insignificante importancia del ser
humano. Una y otra vez decimos que el hombre es una vergüenza, que damos asco,
que le fallamos a Dios, que estamos irrecuperablemente inclinados al pecado.
Sólo hay un “pero”: ¡Dios nos ama! ¡Desde el principio tiene un Plan para
nosotros! ¡Estamos tiernamente entretejidos con sus planes, sin violentar nuestro
albedrio!
Hay un Ay que Jesús no pronuncia, pero está sobreentendido, para los que asumimos poner nuestra fe en Él: ¡Ay de mí que lo doy todo por ustedes!
Un
ser humano es capaz de decirle a uno de su progenie: ¡Yo me he sacado el pan de
la boca para dárselo a usted! Antiguamente ninguno habría contestado nada. Sin
embargo, hoy día, no faltará el chic@ que diga: “¡Yo no le pedí que me trajera
a la vida!”. Y le asiste un gran retazo de razón porque al tener un hijo
adquirimos una enorme responsabilidad, sacarnos el pan de la boca para ellos;
pero ellos, no tienen ninguna obligación; y, nosotros, ningún derecho a
reprochárselo. Quizás si tienen ternura en su corazón tejan un manto de
gratitud para nosotros, pero -en el fondo-nada los obliga.
La
Justicia es una celda construida con barrotes. Cada uno de los barrotes de esa
jaula se llama Ley. La Ley apunta a la condenación. ¿Hacia dónde mira Jesús? Su
cabeza siempre pende hacia la izquierda, nunca hacia el reclamo. Siempre parece
estarse culpando y estar pidiendo perdón por haberlo abandonado todo por
nosotros.
La
pregunta es central. Aún más, es Cristo-céntrica: ¿se mira a sí mismo?, ¿es una
mirada ego-céntrica?, o ¿nos mira a nosotros, con ojos compasivos? La frase que
pronuncia nos contesta a esta pregunta: ¡Perdónalos, no saben lo que hacen!
(Cfr. Lc 23, 34).
Confía
que sepamos construir el Reino. ¿y eso como se hace? ¿Con qué se come? Con
nuestra participación en ese proceso constructivo. Tenemos que ser
constructores de un mañana. Entrenarnos para construir futuro. Lo que venga
dependerá de nosotros, de la opción que tomemos.
Jesús
es el Señor de la Misericordia, y la mirada del Señor, como en las mejores
películas de los “súper-héroes”, derrite los barrotes con sólo mirarlos, esa
mirada no es un rayo láser, es la mirada del Perdón.
¿Todos
estamos de acuerdo en que es urgente que cumplamos con la imitación de Cristo?
De ser así, estamos comprometidos en el entrenamiento para tener una mirada que
derrita barrotes y que se llame “perdón”.
El
eje de nuestro compromiso está en Jesús, o bien, confesamos a Jesús, o bien lo
negamos. Confesión-vs-negación.
Si
vamos en la dirección de confesarlo -ya se ha dicho- en ese sentido está la Cruz. Aquí se ve en la
práctica que un “misterio” no es algo que no se puede saber, sino algo que sólo
se puede saber porque Dios nos los “revela”. Y la revelación apunta en el
sentido de la Cruz. Así lo declara San Pablo: “Pues yo, hermanos, cuando fui a
ustedes para darles a conocer el proyecto misterioso de Dios, no llegué con
oratoria ni grandes teorías. Con ustedes decidí no conocer más que a Jesús, el Mesías,
y un Mesías crucificado”. (1Cor 2, 1s)
El que lo niega, ese va hacia el polo contrario: incurre
en βλασφημήσαντι [blasfemisanti] “apostasía”, “blasfemia”, “profanación”, cuando se
refiera a lo humano, significa “calumnia”, esta palabra indudablemente griega,
significa “vituperar contra la reputación”. ¿A quién deshonra este vituperio?
¡Al espíritu Santo! Ir contra el Hijo de Dios es ir contra el Propio-Dios en su
Tercera Persona. ¿Se puede atacar a alguien de esta Sacratísima Familia
Trinitaria sin ofender a los Otras Dos Personas? Estamos en el terreno de la ofensa
contra la Divina Majestad.
La apostasía se desprende de la negativa a reconocerse
“pecador”, si uno no siente que está fallando, no puede empezar a buscar por el
otro camino, por el contrario, más contumazmente se adentra por la senda del
extravío. El que no se reconocer pecador no puede identificarse urgentemente
necesitado del Perdón.
Recordemos que Jesús viene preparando a sus discípulos
para que, cuando Él parta, ellos hayan recibido todas las lecciones
indispensables para asumir la tarea que han heredado. En el verso siguiente (v.
11), el penúltimo de la perícopa, Jesús nos guía por el sendero prudente, una
de las cosas que nos aconseja es no vivir hundidos en la pre-ocupación porque
en ese combate se distraen y despilfarran las energías, luchando contra
quimeras, y cuando llega la hora del verdadero combate, ya hemos desgastado
toda nuestra vitalidad dándole palos a las sombras.
Cuántas personas se desvelan calculando los monstruos que
lo acorralaran al día siguiente y se despiertan agotados y se levantan exánimes.
Y, los engendros no aparecen por parte alguna.
Necesitamos -por el contrario- esperar a mañana, y, ahí sí, cuando estemos cara a cara con el Adversario, el Satán, será cuando el Espíritu Santo–Paráclito nos asistirá, nos dotará con todo el vigor para darle su derrota y sacar al Diablo con la cola entre las patas, y recoger la corona de olivos del Vencedor. El que así obra, vivirá en carne propia la consciencia de que la victoria no proviene de su brazo sino de la Asistencia de la Gracia. No se felicitará a sí mismo, sino que sabrá poner la corona en las sienes de quien la merece, el Espíritu Santo que nos sostuvo, que nos iluminó.





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