martes, 27 de agosto de 2024

Miércoles de la Vigésima Primera Semana del Tiempo Ordinario



2Tes 3, 6-10. 16-18

Resulta muy interesante, muy edificante, la perspectiva con la cual se encara aquí, el ejemplo que estamos llamados a dar. Hay que tener en cuenta el contexto en esta carta, el fenómeno que enmarca toda la situación es una comunidad que -ante la cercanía de la llegada de la Parusía- deciden detener la existencia, y en vista de la inmediatez del fin, dejar de trabajar, cesar todo esfuerzo, disponerse para el viaje postrero, de alguna manera, podríamos decir que, “pusieron el punto final” antes de terminar el escrito. La vida se puso en latencia y pretendían, desde ya, acomodarse en sus nidos criogénicos.

 

Pablo de tarso les escribió y les empacó en su Epístola un pellizco para que reaccionaran. No bastaba decirles, “miren, la Parusía no tiene fecha especificada desde ya; hay que saber esperarla, sabemos que Jesús se mostrará Gloriosos, pero, eso puede tardarse, y quizás se tarde más de lo pensado, más de lo imaginable. Así, que sigamos adelante con la vida”. Este enunciado parece muy razonable, muy claro, muy lógico, pero el apóstol de los gentiles intuyó que no era suficiente.

 

Él ataca la infección con otro antibiótico, lo aplica por vía oral para que llegue directo al estómago. Fue a una necesidad primaría, una de las básicas, y les formuló -no una cucharada- sino un plato completo: “Si alguno no quiere trabajar, que no coma”.


 

Hay que notar que el autor de la carta (San Pablo, quizás), formula, junto con un ayuno forzado, una droga más severa: la excomunión: «Les mandamos que se aparten de todo hermano que lleve una vida desordenada y no conforme con la tradición que recibió de nosotros». El verso 15 -que no está incluido en la perícopa que se proclama hoy- contiene una advertencia fundamental que modera la actitud que marginaba a los flojos-recostados, dice la carta, con todas las letras: “Sin embargo, no lo consideren como enemigo, sino corríjanlo como hermano”

 

Respecto de las personas que -pretextando la pronta llegada del fin- se negaran a seguir las enseñanzas oficiales, las que ellos les habían señalado, incluyendo el ejemplo paulino de no recargarse en nadie, sino ganar su sustento con esforzado empeño: “No vivimos entre ustedes sin trabajar, no comimos de balde el pan de nadie, sino que con cansancio y con fatiga, día y noche trabajamos a fin de no ser una carga para ninguno de ustedes”.

 

Uno cree que esto no ocurre, y, sin embargo, somos así. Hemos conocido directamente personas que -ante las predicas de alguna “secta” que anunciaba “el fin del mundo”-, los que les prestaron oídos, dejaron de trabajar y se dieron a la tarea de comerse las gallinas que criaban sus vecinos; más grave aún, en vez de prepararse, para ese supuesto fin, con una vida virtuosa, optaron por vivir como verdaderos degenerados. ¡Una verdadera ola de demencia!

 

Bien, continuemos, vayamos a los versos 16-18, que contiene la fórmula de despedida, en la que la Paz es el deseo que se pide, la paz que viene del Señor, y la gracia de Cristo los acompañe.

 

Parece ser que al final, aparece la “firma de Pablo” de su puño y letra, para que su autenticidad no fuera puesta en duda. Y la enmarca, destacando que es la señal autógrafa de siempre, la que lo ha caracterizado, y enfatiza: “esta es mi letra” (2Tes 3, 17f).

 

Así llegamos al final del ofrecido curso sobre la 2Tes en tres lecciones: esta fue la tercera.  

 

Sal 128(127), 1bc-2. 4-5

אַ֭שְׁרֵי כָּל־יְרֵ֣א יְהוָ֑ה

Bienaventurado todo el que teme al Señor

El salmo de hoy es un salmo gradual, en una procesión que sube al templo, como por gradas, se van sucediendo, estos salmos que hablan del gozo de acercarse al templo, y que en su conjunto constituyen una “liturgia”, quince salmos sucesivos 120-134. Los cuatro salmos 126-129 hablan de las colectas recogidas, de bienaventuranzas y de imprecaciones. En particular la perícopa de hoy habla de dos bendiciones.

 

Esta tonalidad bendicional es la misma de Jesús que pronunció “bienaventuranzas” en distintos momentos de su vida.

 

Bienaventurado el que se consagra a seguir los caminos que el Señor le señala, la consecuencia será, su trabajo le dará el fruto necesario para nutrirse, vivirá el sabor de la dicha, y será afortunado, con la fortuna socorrida por Dios.

 

Se exhibe y se enseña cómo es la bendición que nos regala Dios: E una bendición que brota del Templo donde Dios ha puesto su morada, y -lo más preciado para un judío- sus ojos contemplaran la “prosperidad de Jerusalén”, la ciudad de la Paz.

 

En el verso antifonal decimos que quien acata la Voluntad de Dios será regalado con la dicha que sale de Su Manos.

 

Mt 23, 27-32

¿No son estos los que acaban por matar a los verdaderos profetas y justos que abogan por la causa del pueblo? Las serpientes venenosas son bonitas ¡pero son venenosas! ¡Cuidado con ellas!

Ivo Storniolo

 



Trabajaremos hoy la 6a y la 7a de las imprecaciones que Jesús pronuncia contra los “teólogos” y los “piadosos” de su época, que retratan a sus homólogos de hoy día. Se trata de los maestros de la ley y los fariseos, a quienes tacha por hipócritas y los compara con los sepulcros, que se solían pintar de blanco, dándoles una capa de cal, para que se notaran: ¡había que evitar pisarlos, puesto que poner el pie encima dejaba impura a la persona!

 

Este “ay” está directamente relacionado con el 5o, se refiere a la interioridad/exterioridad. Nuevamente se pone la atención sobre la dialéctica adentro/afuera. Lo que se quiere contraponer es el contraste entre la apariencia y lo que hay por dentro y por detrás. Por fuera, la aparente hermosura, por dentro huesos de muerte y podredumbre. Los seres humanos que son “maestros de la ley y fariseos” son otro tanto, por fuera se presentan como justos a los ojos de los hombres, más si se les va a ver por dentro están “llenos de hipocresía y de iniquidad”.

 

El “Ay” número siete, mantiene un punto de contacto con el seis. Seguirá refiriéndose a los sepulcros, pero ahora va a hablar de los sepulcros ornados que daban a los profetas por sepultura; los asesinaban y luego, suavizaban su delito, dándoles tumbas adornadas. En sus propagandas proclamaban que ellos -a diferencia de sus antepasados- no tenían culpa alguna en el derramamiento de la sangre de los profetas. Al propalar este tipo de propaganda, inconscientemente declaraban que eran “hijos de los asesinos”, en vez de hablar bien de ellos, en esas “propagandas” se desvelaba que -como solemos decir- “de tal palo tal astilla”; o también, “hijo de tigre, sale pintado”.

 

Como no se puede esperar de ellos otra cosa, Jesús los anima a no demorar -bajo hipócrita máscara- difiriendo que, en breve término, van a cumplimentar su ralea, y serán ellos mismos los promotores de Su Muerte. ¡Irán ahora sobre Él mismo!

 


Es por esto que, un poco más adelante (v. 36) les dirá que caerá sobre ellos toda la sangre derramada en el mundo. ¡Cómo nos cuesta vernos tal cual somos! Es lo más espeluznante que tiene nuestro corazón, detrás de tanta piedad. Sólo Tú, Señor, ¡puedes salvarnos!  ¡Líbranos Señor de cohonestar con la cultura de la muerte! 

lunes, 26 de agosto de 2024

Martes de la Vigésimo Primera semana del Tiempo Ordinario


 

2Tes 2,1-3a. 14-17   

Un llamado a permanecer firmes en la Espera

No es el momento para ponerse a especular sobre el fin de los tiempos. Lo importante es mirar críticamente la realidad que nos rodea, arremangarse y traducir, en hechos concretos la esperanza que anima la marcha.

José Bortolini

Las palabras nos condicionan, los lingüistas suelen decir que las fronteras de nuestro mundo son las fronteras de nuestras palabras. ¡Es la pura verdad! Si una palabra recorta la realidad más acá de los límites de su alcance, el mundo se nos empequeñece, y si la corta más allá, el mundo se nos exagera. Por eso debemos aplicar un esfuerzo consciente para hacer la palabra más exacta y no caer en el territorio del descuido, donde poco nos vale si decimos lo que es, o nos engañamos. Por ejemplo, hablamos de “venida” refiriéndonos a la Parusía, como si Jesucristo con su Ascensión a los Cielos se hubiera ausentado, claro, si “subió” a los cielos se ha ido, y entonces hablamos de su venida, precisando que se trata de su Segunda Venida.

 

Esto es más o menos preciso, sin embargo, ¡no del todo! Porque Jesús no está ausente, pese a que se halla imperceptible a nuestra sensorialidad, en realidad, está más Presente que antes, con su Presencia Sacramental. Algunos teólogos para acercarse lo más posible a la comprensión hablan de “Presencia fuerte” o “Presencia manifiesta” y otra Presencia que podríamos llamar “Presencia velada”, “Presencia débil”, “Presencia Indirecta”. Esta Presencia Sacramental es no sólo la Presencia Eucarística sino, en general, Su Presencia Eclesial.

 

San Pablo no habla aquí de Segunda Venida, habla del “Día del Señor”, eso nos gusta, porque eso insinúa mejor que la Parusía no es una ausencia que se suple con una Presencia, sino una Presencia Glorificada y Gloriosa. La Presencia que tenemos por ahora es una presencia kenotica, que renuncia a su resplandor, que nos cegaría. La que tendremos entonces será una Presencia que afectará nuestros sentidos y entrará en el marco de nuestra débil percepción. (Entonces no desviaremos la atención a la pregunta de qué lavandero puedo dejar Su Vestidura de ten esplendoroso blanco, y nos haremos cargo que llega con todo su Poder).

 

Pablo nos alerta para que en esta cuestión no perdamos la cabeza. Señala que muchos quieren aprovecharse y manipulan las verdades del Evangelio. Efectivamente, podemos contar con la disponibilidad de Jesús que quiere participarnos de la Gloria que Su Padre le ha otorgado. Y esa Voluntad es la de hacernos coherederos.


 

Mientras, en este, que nos parece un entretanto muy prolongado, su Presencia nos sostiene, dándonos dos elementos de soporte y afianzamiento:

1)    Παράκλησιν αἰωνίαν [Paraclesin aionán] “reconfortamiento salido de las manos de Dios, que ¡nos hace bien!”, “Consuelo eterno”

2)    ἐλπίδα ἀγαθὴν ἐν χάριτι [Elpida agapen en chariti] “esperanza dichosa y verdadera”.

 

Mientras, en el entretanto, el Patas hace de las suyas (hace su Pataleta), y nos desconcierta con sus reflectores y su barullo que hace resonar por medio de parlantes, no se dejen obnubilar por su presunta espectacularidad. La Gloria no es estruendosa, no es entorpecedora con todo su fragor; la ¡Gloria es Gloriosa!, la Presencia Real es espiritualidad maximizada, con manifestación corpórea, física.

 

Sal 95(94), 10. 11-12a. 12b-13

Notemos que lo que dice son Pablo es -a su manera- una reafirmación de la Alianza. Este de hoy, es un salmo de la Alianza. El Salmo mismo es todo un anuncia de la Presencia venidera y manifiesta del Señor, de su Presencia Fuerte, que llegará Gloriosa a regir la Tierra. Eso es lo que ratificamos, insistentes, por cuatro veces, como si lo gritáramos hacia los extremos de la Rosa de los Vientos, es un cantico nuevo, cuya novedad- como decíamos ayer- estriba en la manera de presentarlo para que sea más claro en su Verdad; y dirigidlo a los cuatro puntos cardinales. ¡Gritemos una estrofa hacia cada uno de ellos! Su insistencia nos invita a Glorificar el Santo Nombre del Señor.

 

Como en el Padre Nuestro, el eje y el énfasis está en suplicar por la “venida del Reino”: ¡Venga a nosotros tu Reino!

 

Jesús nos encargó la tarea de anunciarlo, de proclamar, la Venida de su Reino, en Gloria. Y su Envío fue con ecumenismo, con catolicidad: Id y haced discípulos en todas las naciones de la tierra.

 

En la primera estrofa hay tres principios fundamentales

1)    el Señor es Rey

2)    Él afianzó el Orbe y no se moverá

3)    Regirá a todos los pueblos con rectitud.

 

Como es para todos, sin exclusión, Él mismo nos señala las fronteras Sin-fronteras de este salir a repartir Invitaciones:

1)    Alégrese el Cielo

2)    Goce la tierra

3)    Retumbe el mar y cuanto la llena

4)    Vitoreen los campos y cuanto hay en ellos.

5)    Y hasta los propios árboles en los bosques -que también ellos están delante de Dios.

 

Leamos que dice la invitación: “El Señor ya llega, llega a regir la tierra” y nos explica cómo será este gobierno, sus rasgos característicos.

A)   Regirá al orbe con Justicia

B)   A los pueblos los gobernará con Fidelidad porque Él es el Eternamente Fiel.

 

Mt 23, 23-26

La autenticidad no se desvela por la fachada



Hoy vamos a vérnoslas con los “ayes” 4 y 5:

1)    Ay de vosotros que pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino.

2)    Ay de ustedes escribas y fariseos hipócritas, que limpian por fuera la copa y el plato.

 

¿Que es un “ay”? Un “ay” es el antónimo de una bienaventuranza, mientras esta anuncia dichas, aquel presagia aflicciones. Por eso algunos lo traducen como “maldiciones”. Nosotros diríamos “Tristes presagios”, “Vean los males que se atraerán”.

 

Hay gente que para hacer su declaración de impuestos revisan y toman en cuenta hasta las facturas más mínimas, donde hubo gastos o salidas hasta por 5 centavos. En cambio, procuran a toda costa, ignorar los ingresos bimilionarios que tuvieron. Nos recuerda en seguida aquello de la paja y la viga en el ojo ajeno y en el propio, respectivamente. Pero también nos trae a colación, cuando se leen las páginas de la historia universal y se examinan los impuestos que cobraban los imperios, donde se enumeran impuestos cobrados hasta por el más leve aprovechamiento de un recurso, por pescar en una quebrada, por caminar por las calles enlozadas, por atravesar cierto potrero, por usar sandalias u otro tipo de calzado. Mencionamos esas que nos llegan a la memoria, conscientes que la lista se prolongaría por muchísimas páginas, sí hiciéramos el más leve intento de ser exhaustivos.


 

Lo malo para Jesús no está en el atento cuidado, sino en el doblez, según se juzgue para otros, o la suavidad, cuando se mira para aplicárselo a sí mismos: lo estricto para los otros, lo ancho para ellos mismos. Ellos se auto-juzgan con reglas laxas, para los otros descargan todo el rigor y extreman aún más la fuerza exprimidora de alguna regulación.

 

En el otro punto, en el relativo al plato y la copa, la cuestión estriba en el cuidado que se da a lo externo y -nuevamente- a lo laxo que se es con lo interior. Se atiende a lo aparente y se pulen y brillan los aspectos visibles, mientras se descuida la verdadera y sincera rectitud de la vida.

 

Y, aquí hay un punto de convergencia, porque llegamos a juzgar a otros cuya consciencia desconocemos, por pura pauta de suposiciones (juzga mal y me dirás quien eres), y descuidamos eso que sabemos tan bien, que el Señor nos previno de juzgar al otro, porque nadie -solo Dios- conoce la verdadera pulcritud del hilo con el que se teje. Ahí se nos olvidan todas las experiencias en que Jesús nos mostró la ilimitada Misericordia de Dios y nos arrogamos la Autoridad Divina para condenar a los demás.

 

Como huelga en lógica, que cada cual se haga cargo de sus ollas y su loza y las mantenga tan brillantes -y no sólo por fuera- que cuando alguien las necesitara, las hallaría repletas de moscas. Jesús concluye, perentorio, que debemos limpiar nuestro corazón, y entonces el brillo será visible a Sus Ojos, aun cuando no al público. Nuestros juicios a los demás, recaerán como culpas sólo sobre nuestras propias espaldas, porque Dios juzga a cada uno y no por las quejas trasmitidas de algún corre-ve-y-diles calumniador, ni mucho menos, tomando como base, los prejuicios del vecino.

Lunes de la Vigésimo Primera Semana del Tiempo Ordinario



2Tes 1, 1-5. 11b-12

Vocacionados para crecer en comunidad como hijos y hermanos

Viene ahora un brevísimo cursillo sobre la Segunda Carta a los Tesalonicenses, en tan sólo tres lecciones (lunes-miércoles). Es muy claro que en la comunidad de Tesalónica -en Macedonia, en el norte de Grecia- había uno que otro judío, pero esta comunidad estaba principalmente integrada por griegos. Esta Carta fue escrita en Corintio, probablemente en el año 51, unos veinte años después de la Crucifixión. La comunidad había sido fundada por el propio Pablo a finales del 49 e inicios del 50, en un periodo de, aproximadamente, tres meses.

 

Hoy día existen muy serias dudas que esta carta fuera verdaderamente dirigida a los tesalonicenses, e inclusive, nos encontramos con severas dudas sobre la autoría de Pablo, lo que no debe darnos pie a desconfiar que sea Palabra de Dios, recordando con honda nitidez que ha pertenecido siempre al canon. En el inicio de la Carta se lee que los remitentes son Pablo, Silvano y Timoteo; acto seguido, el saludo se cimienta en la Gracia y la Paz que dan Dios Padre y Jesucristo. Continuando con un enfoque sobre la gratitud porque la fe y el amor mutuo entre todos los miembros de la comunidad. Esto de qué nos habla, de la estabilidad y solidez de la iglesia que allí se había fundado y de cómo esa Iglesia no dependía, ni estaba materializada en alguna edificación, eran los vínculos fraternales y la sinodalidad que se expresaba entre los diversos “miembros” (del Cuerpo Místico de Cristo) lo que les concedía su identidad.

 

En el verso 5 encontramos el verbo πάσχω [padcho], conjugado πάσχετε [paschete] “que ustedes sufren”, “que están soportando”, “que aguantan”, “que los hace conscientes”, “que los ha llevado a sensibilizarse”. Esta expresión no es simplemente “paciencia”, no es pura resignación, ¡es resistencia!


 

Estamos asistidos por “el Pensamiento de Dios”, que nos reviste de una perseverancia en el compromiso con toda obra buena, y llevándonos a adelantar todo el compromiso de la fe coherentemente. Esa coherencia conlleva una Corona, al resistir se demuestra y se dan señas inconfundibles del Poder de Dios y de Jesucristo, glorificando con ello su Santo Nombre. De tal manera, a la persecución han respondido con la perseverancia, con la firmeza:  Demostrando ser Dignos Ciudadanos del Reino.

 

No debemos diluirnos en aplausos para ellos. Ellos -según el Querer de Dios- nos interrogan sobre nuestro propio compromiso en la construcción de la sinodalidad. Virtud que no brota de ninguna cualidad extrema de algún superhéroe, sino que emana de la Locura-del-Amor. Y esa demencia es la verdadera “Valentía” que Dios pone en nosotros para transparentarse en nuestra debilidad e insignificancia. Su Gloria -tampoco se debe interpretar la Gloria de Dios como Vanidad Divina, como sed de reflectores, sino como la fuerza trans-histórica que lleva a cabo el Bien Prometido-, los buenos propósitos que nos animan y nos mueven condimentados de fe, o sea, de la lógica actuante de Dios.

 

Para tal, hemos sido vocacionados, pero nuestra vocación también es purificada por una Ascua Viva que nos purifica y nos quema con un ardor análogo al de los dos de Emaús cuando el Señor les explicaba las Escrituras, donde residen todos los Secretos del Reino. Ese ardor es el del Espíritu, que nos hace clamar Abba. Cuando decimos Abba, hacemos consciencia de ser sus hijos, y eso implica que seamos hijos fieles, hijos dignos, conforme los hijos que Él quiere tener.

 

Sal 96(95), 1-2a. 2b-3. 4-5

Aprender a señalar lo maravilloso

Este es un salmo del Reino. Nos convoca. Nos llama para que seamos anunciadores, para proponerles a otros el seguimiento, para convidarlos a que se nos unan, a entonar a coro “Cantos Nuevos”.  ¿Se trata de inventar la temática y el contenido del Nuevo Canto? ¡No!

 

La esencia de este Canto Nuevo está dada. Tenemos que saber actualizarla, vitalizarla, abrir de par en par sus compuertas, dejarla descubrir, permitirle deslumbrar. No se puede callar que es un llamado Misionero, y, además, un llamado a todos los habitantes de la tierra. Obsérvese que no se trata de una imposición. Sino de una convocatoria, salir a repartir las invitaciones a la Boda del Cordero. Desconfiemos de todos los que quieran imponernos su parecer con medios coercitivos.

 

Se trata de organizar un coro, el coro es -por excelencia- la imagen de la armónica sinodalidad. Cada uno canta la parte que le toca; cada uno da lo mejor de sí, y todos van al unísono, nadie se debe adelantar, nadie se puede atrasar. Nadie debe salirse de tono. Tampoco, ningún “batuta” reparte coscorrones. Ninguno brilla por destacarse, todos brillan por su coherencia, por su afinación, el brillo no es de la parte, el brillo es del conjunto. Todos con un solo corazón.

 

Ese corazón unificado lo que quiere es loar al Señor. Esa es su única razón y su único propósito. Nadie supera al Señor, nadie lo sobrepasa, en eso radica su Grandeza en eso estriba su Dignidad.

 

Eso exige desenmascarar todas las idolatrías. Despojarnos de todo nuestro egocentrismo, todo egoísmo, todo interés aislado, es paganismo, nos lleva a la gentilidad. No juguemos a que todos los demás tienen razón sólo y únicamente si están de acuerdo conmigo. Existen disonancias que conviven en la partitura para hacer resplandecer la integridad de toda la obra. Contemos Sus Maravillas, no arguyamos que sencillamente son maravillosas porque son las que acepto. Sepamos que las aceptamos porque verdaderamente provienen del Artífice del Cielo y la tierra y del que obra prodigios en la historia.

 

Mt 23, 13-22



Nos vamos a encontrar en este capítulo 23, con “7 ayes de Jesús”. Vamos a mirar hoy los tres primeros. Mañana y pasado mañana veremos los otros.

 

Trabajar la Misión que Jesús nos entrega, exige de nuestra parte, estar muy atentos, para movernos dentro del cauce que Él nos indica, y no desbordar las riveras que conducen a un corrupto liderazgo religioso. Hoy Jesús los desenmascaran mostrando que son los que “cierran a los hombres el Reino de los Cielos”.  En aquella época eran los escribas y los fariseos. ¿Quiénes son o somos hoy día?

 

1)    Ay de vosotros los que cerráis el Reino de los Cielos a los hombres.

2)    Ay de vosotros, … recorréis mar y tierra para hacer un prosélito

3)    Ay de vosotros, … que decís “Si se jura por el Santuario no es nada, pero el que jura por el oro del santuario, queda obligado; además -precisaban- jurar por el altar no obliga, jurar por la ofrenda que está en el altar si obliga.

 

Evidentemente hay una forma de legalismo que se detiene en “detalles”, que adora la casuística -y no es difícil incurrir en ella cuando se matiza con “escrupulosidad” lo que nos acerca o nos aleja del Reino. Aquí resulta exacto reafirmar que el Reino no es un lugar, un territorio geográficamente definido, sino una Persona, Jesucristo; y entrar en Él, significa aceptarlo a Él. Y Jesús, en vez de restringir la entrada lo hacía “acogedor”, “abierto”, porque así se mostraba Él para todos. Él daba prioridad y cercanía a aquellos que tanto los fariseos como los escribas habían proscrito.

 

¿Qué es lo que se denuncia aquí? Presentar la Ley como una abigarrada complejidad, ten enmarañada, que nadie podía entrar. Esta manera es asesina, es violenta, porque hace de unos canales que Dios nos regaló para nuestra salvación, una barrera infranqueable. Es precisamente esto lo que se denomina “hipocresía religiosa”: El placer del rigorismo. (Nótese que quien endurece las puertas más allá de los requisitos de Dios, se está haciendo dios, pues se está arrogando la autoridad de excluir y matar a alguien para la eternidad.).


 

Verdaderamente se causa un gran daño en materia religiosa y se corrompo lo Santo cuando se proponen falsas ideas de la religión, porque ellos van a repetir y a obrar de acuerdo a estas pautas y por tanto serán peores que ellos, es decir un peligro para la edificación de la consciencia de cada cual. Quien así obra, irresponsablemente se hace “sembrador de cizaña”.

 

Obsérvese que el tercer ay, se detiene en un enfoque que pone el dinero por encima de lo Santo. Es la mirada religiosa que encubre la preocupación por el oro y el tesoro, y desdeña, abandonando lo que es verdaderamente pío.    

SEMBRAR Y ATESORAR LA PALABRA


Jos 24, 1-2. 15-17. 18; Sal 33, 2-3. 16-17. 18-19. 20-21; Ef 5, 21-32; Jn. 6, 60-69.

 

Los textos sagrados contienen un aspecto de la verdad de Cristo, un rasgo de su personalidad o un acontecimiento de su vida que aparecen y deben ser comprendidos y entendidos para poder llevarnos a la plenitud de aquella verdad que durante la transustanciación se hace presente, no en la palabra sino en el ser.

Romano Guardini

 

… si nosotros somos trasparencia de Dios, somos la palabra de Dios caminando en dos pies… ¿Qué es un cristiano? Un sacramento de Jesucristo, o sea un Jesucristo que en pleno siglo XXI camina en dos pies por las calles.

Gustavo Baena, s.j.

 



La Eucaristía -dice en el numeral 1324 del Catecismo de la Iglesia Católica- es fuente y cima de toda la vida cristiana; y, en el numeral 10 de la Sacrosantum Concilium dice, que la Liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza. Hay, en la Liturgia Eucarística dos momentos vitales que quisiéramos destacar para que, en lo sucesivo, les demos realce en nuestro corazón y dejemos que penetren en nosotros meditando en ellos a medida que nos adentramos en la celebración; que cómo -quizá lo hayan notado- lo hemos venido haciendo de un tiempo para acá: se trata de la Antífona de Entrada y de la oración colecta. Vemos que en ellas se nos dan luces claras para una mejor y mayor comprensión de la liturgia de la Palabra y de la Eucaristía entera.


 

La Antífona de Entrada, por lo general, hace referencia a algún Salmo, por ejemplo, para este Domingo XXI (B), se trata (de manera cifrada) del Salmo 85, en los versos del 1 al 3: allí se dice: “Inclina a mi tu oído, y escúchame: Salva, Señor a tu siervo, que confía en ti. Ten piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día”. Quisiéramos presentarles ahora el texto del Salmo sin cifrar, para que confirmemos que la Antífona no se desvía ni un ápice del texto original:

Inclina tu oído, Señor, respóndeme,

que soy un pobre desamparado.

Guarda mi vida, que soy un fiel tuyo,

salva a este tu siervo, que confía en Ti, Dios mío.


 

Como descubren, se trata simplemente de una apropiación del Salmo para convertirla en una plegaria de los fieles que acudimos a la Celebración. “¿A quién iremos?” Pero uno tiene que ir por alguna razón, y aquí aprendemos que acudimos a Él porque en Él reconocemos a un Dios que salva a quién confía en Él.

 

La Oración Colecta es otro momento muy especial donde el Sacerdote recoge todo lo que traen los fieles y hace con ello un ramillete que pone en el Altar como súplica que hace sinopsis. Escuchémosla con profunda atención e identifiquémonos con ella detectando como nuestro corazón es una de las flores del manojo: “Oh Dios que unes los corazones de tus fieles en un mismo deseo, concede a tu pueblo amar lo que mandas y desear lo que promete, para que en medio de las inconstancias del mundo permanezcan firmes nuestros corazones en las verdaderas alegrías”. Evidentemente esto lo pedimos -no podía ser de otra manera: “Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

 

Aquí, nos parece de vital importancia que reconocemos a Dios como el único que puede unificar y hacer converger nuestros múltiples anhelos, nuestros caprichosos y muy cambiantes corazones, para que sepamos desear lo que nos hará verdaderamente felices en la verdadera dicha, que es la dicha Celestial: y eso es, aprender a querer lo que Dios quiere.


 

Esta vez, serán las palabras de San Pedro las que nos conduzcan a un salto monumental.  Es un salto de la tierra al Cielo. Antes, la gente andaba buscando a Jesús por más pan. Pedro, lleva la vocería de muchos corazones que han alcanzado a vislumbrar cuál es el verdadero nutriente que se ha de perseguir: las Enseñanzas del Divino Maestro. Pedro no le dice ¿a quién iremos?, sólo tú multiplicas los panes y nos sacias el hambre material; no, él nos indica que el alimento que da Jesús y que sólo Él puede darnos, es el alimento espiritual, su Palabra. Este Domingo, XXI Ordinario del ciclo B, hemos alcanzado el “desenlace” del capítulo sexto de San Juan: Jesús es el Pan de Vida eterna, pero ese Pan es el Pan de la Palabra. Porque las palabras de Jesús son “Palabras de Vida Eterna”. En una guía Catequética para la Preparación el sacramente de la Confirmación leemos: «el Cuerpo de Cristo y su Sangre es realmente la palabra de la Escritura, es la enseñanza de Dios.»[1] Nosotros sentimos que, si bien el Alimento Espiritual es la Eucaristía, es la Palabra proclamada la que lleva ese nutriente y lo hace vital, hasta el último rincón del ser. La Palabra hace dinámico en el ser la Comunión, la hace nutritiva. De otra manera, la Comunión queda -por decirlo de alguna manera- pasiva.

 


No es fácil digerir esta aclaración. Hay que pasar de la imagen del Mesías como gobernante poderoso, como rey conquistador y avasallador de otros pueblos; pero además, también hay que superar la comprensión del Mesías como un solucionador de los problemas económicos y de las dificultades materiales. Esa es una verdadera roca de tropiezo, (que es el significado de la palabra “escandalo”). Para esos “seguidores” ¡todo el castillo de naipes se viene abajo!

 


Con no poca frecuencia se ha difundido una perspectiva religiosa que nos muestra a Dios como un solucionador de nuestros problemas, algo así como si Dios fuera un par de muletas o una silla de ruedas para ir por la vida arrastrando nuestra invalides espiritual. Esa era, precisamente la mirada de los que siguieron a Jesús porque le había dado de comer a toda una muchedumbre. Vimos como Jesús evadió ese paradigma apartándose de esa gente para que tuvieran que hacer prevalecer otro enfoque: Jesús los libera, los hace libres de la relación con un Dios milagrero, apartándose a la montaña. (Cfr. Jn 6, 15)


 

En la siguiente etapa de este capítulo nos fue “catequizando” para que comprendiéramos que la fe verdadera es el esfuerzo por el rescate de nuestra imagen de Dios, desdibujada por el pecado. No se trata -como algunos piensan- de ir a Tierra Santa y poner el pie donde Jesús los puso; sino de vivir Jesús-mente, porque somos hijos, hemos de actuar con la dignidad de hijos, no imitando a Jesús, porque cada hijo tiene su propia identidad, y ningún hijo es igual a otro; sino dejando que esa “imagen y semejanza” salga a flote, se nos vea. Digamos mejor que, hemos de “alimentarnos” de su Cuerpo y de su Sangre para que su “genética” re-active en nosotros todo cuanto tenemos de sus Divinos cromosomas en nosotros. Llevamos un tesoro en vasijas de barro, pero –dentro de nosotros- está ese tesoro, ¡que la vasija se rompa para dejar ver la riqueza de la que es portadora!


 

¿Cómo identificar todos esos rasgos divinos que están en nuestro ser, heredados de Papá-Dios y ocultos por la mancha del pecado? Lo primero, sumergiendo nuestra impureza en su Sangre purificadora. Pero, además, y no menos importante, empapándonos hasta saturarnos de sus Enseñanzas. Ahí cobra toda su importancia y trascendencia la Palabra de Dios. Toda la Palabra, toda la Sagrada Escritura, enriquece nuestra vida; no estamos hablando de la Biblia bonita de gran tamaño, que adorna la sala en repujado y olvidada en un atril. Estamos hablando de hacer de la Palabra nuestra “carne y sangre”, allí entran todos los rasgos, las peticiones confiadas que el Padre nos dirige, lo que –esperando nuestra obediencia, o sea, nuestra atenta escucha y acatamiento- Él nos propone.


 

Observemos que aquí se trenzan los dos luminosos haces de la liturgia: la mesa del Pan con la mesa de la Palabra. Vamos a aproximarnos con un enfoque ingenuo pero clarificador: ¿Uno alcanza a misa si alcanza a la consagración, o si alcanza a la comunión? Tomemos como referencia la parábola de la Fiesta: Si a uno lo invitan a una fiesta, ¿llega al final?, solo para pasar a manteles porque no nos interesa charlar con el homenajeado y compartir con él, no nos interesa ni lo que piensa , ni lo que dice,… mejor dicho, no nos interesa, ni siquiera, saber que le celebran, el cumpleaños, un éxito, su promoción laboral…¿?, vamos porque podemos sacar partido de la comida que van a servir, o por hacer acto de presencia y dejar constancia que estuvimos, quizás apareciendo en una de las fotografías que tomen, en el momento del ponqué.


 

«… la eucaristía… se realiza en una conjunción de acto y palabra… La palabra en la misa es, ante todo, de naturaleza reveladora. A través de ella Dios dice al hombre quién es Él y qué es el mundo que tiene ante sus ojos, manifiesta su voluntad y hace su promesa.… La palabra de Dios es un gran misterio. En ella habla Él mismo, pero con la lengua de los hombres… (A) esta palabra. No le haríamos justicia si simplemente atendiéramos a su contenido expresable conceptualmente… la palabra es algo más: contenido y forma, sentido y amor, espíritu y corazón, un todo entero y oscilante; no es una comunicación simple que uno piensa y entiende, sino un ser que proviene de ella y con el cual uno se encuentra…. Donde quiera que encontremos esta Palabra, allí reina el poder creador de Dios. Escuchar su palabra quiere decir entrar en el espacio de la posibilidad sagrada donde aparecerán el nuevo hombre, el nuevo cielo y la nueva tierra.»[2] Entonces no basta llegar a la comunión, no basta llegar a la elevación; lo deseable, lo hermoso es llegar antes, alcanzar a escuchar con toda el alma la proclamación de la Palabra y saborear lo que nuestro Amigo nos dice, oír con oídos enamorados lo que Él dice de “viva voz”, “que los humildes lo escuchen y se alegren”, procurando asirlo con la materialidad y concreción de una semilla entre nuestras manos para plantarla, con nuestras mejores habilidades de jardinería, en el huerto de nuestro corazón. No son semillas de trigo para –más tarde- amasar pan; son el Pan de la Palabra. Palabras que son espíritu y Vida.

 

 



[1] Gutiérrez M. María Oliva y Valero C., Yolanda. CONSAGRADOS PARA SER TESTIGOS. PREPARACIÓN PARA CELEBRAR LA CONFIRMACIÓN. Itinerario 5. Instituto Catequístico -Diócesis de Zipaquirá. Guía del Catequista p. 46

[2] Guardini, Romano. PREPAREMOS LA EUCARISTÍA. Ed. San Pablo Bogotá-Colombia 1ª ed. 2009.  pp.

  


viernes, 23 de agosto de 2024

San Bartolomé



 Ap 21, 9b-14

El Apocalipsis es un Libro Bíblico tan importante, que no en balde está puesto como remate de esta Sagrada Biblioteca. En él, se explicitan tantos y tantos puntos de la escatología. Aun cuando hay quienes desdeñan la escatología diciendo que en realidad sobre eso nada se puede decir, porque no tenemos “instrumentos de navegación” que nos guíen tan lejos. Y, sin embargo, Dios nos da estos elementos, nos Revela lo que -es cierto- de otro modo no podríamos ni conjeturar. A los enamorados de las visiones mistéricas les encanta recalcar los puntos ciegos; no obstante, lo que nombre la palabra “teológica” misterium, no se remite a lo que nos está vetado, sino a aquello que sólo con la Asistencia Divina alcanzamos: El Libro empieza con las siguientes Palabras: Ἀποκάλυψις [apocalipsis] “Revelación” que Dios confió a Jesucristo para que mostrase a sus siervos lo que va a suceder pronto. Él envió a su Ángel para trasmitírsela a su siervo Juan, quien atestigua que cuanto vio es Palabra de Dios y Testimonio de Jesucristo”. (Ap 1, 1s). En otras palabras, la Misión que entregó el Padre a Jesucristo fue la de descorrer el Velo. ¿Cómo vamos a reaccionar nosotros? ¿Espichando los ojos para no ver?

 

Aún hay que considerar otro aspecto de este “Revelación”. Pasa de las Manos del Padre a las Manos del Hijo, es -por así decirlo, el Único autorizado a descorrer el Velo- sin embargo, nosotros los destinatarios de la Revelación tenemos que “dignificarnos” para acceder. Es toda la riqueza del pasado -de la Historia de la Salvación-, nuestro presente vivido en fidelidad, y una actitud de apertura y disponibilidad lo que nos franquea la “Visión”, para poder trasponer el velo y “Ver”; tenemos que poseer la otra mitad del símbolo, que nos complete su intelección. Hipótesis: “Tenemos que hacernos como niños”. Por eso, podemos decir que la Revelación es simbólica.

 

Daremos un ejemplo de lo que significa nuestra hipótesis: “… me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la Gloria de Dios”. (Ap 21, 10b). Habrá quienes se imaginen que es una Nave-Ciudadela interplanetaria, tipo película de extraterrestres.

 

Para decodificar de manera adecuada este símbolo, necesitamos la otra mitad del símbolo, que debe casar perfectamente. Este Ciudad que baja del Cielo -aquí en el último Libro- es la contra parte de otra, al principio de la Biblia; en el Primer Libro, Génesis 11, 1-9 la Ciudad de Babel, esta ciudad no baja, sino que pretende subir, sube con altanería, en procura de “fama”, y con ella quieren lograr Unidad; por el contrario, logran dispersión, dispersión en lo que más habría podido unirlos, en la lengua. La unidad de la lengua es una herramienta fundamental para alcanzar la ¡Comunión!

 

Hay una imagen esencial que habla de comunicación plena y perfecta en le Nueva Ciudad: El “Jaspe” pero, ojo muy atento, este jaspe es rarísimo, el jaspe se caracteriza por ser opaco; en cambio el ἰάσπιδι [iaspidi] “Jaspe” de la ciudad de Jerusalén-celestial es κρυσταλλίζοντι [kristalizonti] “transparente” como el cristal (sic). Los estudiosos argumentan que bajo la palabra Jaspe en griego se adjuntaban otras piedras preciosas, {además tómese en cuenta que no se refiere a ella como “piedra preciosa”, sino preciosísima; aún hay más, no dice que sea “jaspe”, dice que es “como” Jaspe}.

 

¿Quiénes forman esta Nueva Jerusalén? Todos los habitantes del Cielo, la Iglesia Triunfante”, más los que se hallan ya eyectados del purgatorio hacia la zona del perfeccionamiento cabal. De todas las naciones y de todos los pueblos, de toda tribu y de los cuatro puntos cardinales. Esta Jerusalén no es una ciudad de casas y edificios, es una ciudad de Vivientes, de Salvados, una Ciudad Santa.

 

Sal 145(144), 10-11. 12-13ab. 17-18.

Salmo de la Alianza. Este salmo también es alefático, son 22 versos, uno por cada letra del alefato. Va apolando los atributos que Dios pone en juego para realizar su Alianza. Mostrando así la plenitud de su cumplimiento. Por eso es alefático, para mostrar que en todo ha cumplido, sin exceptuar ni un solo detalle. Mírelo por dónde lo mira, el señor es Fiel a su Palabra.

 

Ante todo, ninguna criatura se ha quedado excluida, tampoco ninguno de sus fieles Dios obra con Milagros y con Hazañas.

 

El Reinado de nuestro Dios se ejecuta con la Alianza, la Alianza transparente -como un Jaspe cristalino, transluce Gloria y Majestad.

 

Dios ha pasado de la Eternidad a la historia para Permanecer en el Tiempo, todo el Tiempo, acompañándonos con su Bendita Presencia. La Presencia Divina se manifiesta como Justicia y bondad.

 

¿Cuál habría de ser la resonancia de tanta Excelsitud para con nosotros? Que nosotros correspondamos a Su Amor con nuestra proclamación, honrando que Él es el Rey de la Gloria. El trasforma toda esa Gloria en Amor y su Amor resplandece con su Brillo Diamantino y Jaspeado. Este salmo es una escuela para verdadero orante; si la Gloria se traduce en amor resplandeciente, nuestra oración habrá de transmutarse en un esplendor rutilante, en una luminiscencia romántica.

 

Jn 1, 45-51



San Bartolomé, el discípulo que conocemos como Natanael, Jesús ya lo había visto, antes de que Felipe viniera a presentárselo. Lo había vista, precisamente debajo de una “higuera”. La higuera, en el lenguaje figurativo bíblico representa el pueblo de Israel.

 

Felipe le dice a Natanael, a quien le quiere presentar: lo conduce para que conozca a Aquel de quien ya habían hablado tanto Moisés, como los profetas. Pero, -así es nuestra lógica, como le dice que es un Nazareno -hijo de José, el Nazareno- inmediatamente reacciona diciendo que entonces no debe ser “mayor cosa”, porque si es de esa región, ¡nada especial se puede esperar de esos “campesinos vaciados”.

 

Hay algo supremamente especial en este tal Natanael: Jesús -en el verso 47 dice dos cosas excepcionales acerca de él:

a)    Es un verdadero Israelita, o sea que hay mínimo dos clases de Israelitas: los de verdad-verdad, y los de mentiras.

b)    En quien no hay engaño: o sea que, puede haber falsos israelitas, los que son portadores del engaño; esos no son Israelitas, no cumplen el que señala aquí Jesús como condición esencial del Israelita: Andar en la verdad.

 

La higuera era como el símbolo de la Biblioteca de la Ley, bajo sus ramas se hacían los estudiosos de la Torá para empaparse del conocimiento de la Ley. Los higos serían los frutos dulces del sincero seguidor de la Torá, del verdadero estudioso, que había acampado bajo la higuera para estudiar y buscar en la Ley, la Voluntad del Señor de los Cielos y de la tierra.

 

Cuando Jesús habla de haberlo visto bajo la higuera, no tendría mayores repercusiones, pero si damos esta hermenéutica de la higuera, que la convierte en el logotipo de la Biblioteca dónde se estudia la Justicia Divina, entonces entendemos porque dice Jesús que en Natanael, no hay doblez. A partir de ahí Natanael hace su profesión de fe: lo identifica como Mesías, le subraya las dos aristas distintivas del Mesías: Hijo de Dios y Rey de Israel.

 

Hagamos notar que, si no se sabe el significado de ese árbol en aquella cultura, no se entiende nada. Todo queda como oscuro, nada se relaciona con nada, y el dialogo entre Jesús y Natanael suena casi absurdo. Se lee la perícopa entera y no nos dice nada, le queda a uno flotando la pregunta ¿qué quiere decir aquello de “Antes de que Felipe te llamara cuando estabas bajo la higuera te vi”. Esa declaración no implica nada y uno se queda sin saber por qué Natanael replica con su Confesión de fe.


 

En cambio, ahora sabemos que Natanael sabía que Jesús le había leído el fondo del alma y había descubierto en él un verdadero y muy sincero buscador de Dios, y, como honesto buscador, lo buscaba allí donde los Rabinos de la época mandaban buscarlo. Y sabe que Jesús ha descubierto en él, la esencia del verdadero “discípulo”, del Israelita a carta cabal.

 

Cierra la perícopa la alusión a la Escala de Jacob, señalando aquella experiencia como una de las mayores que se pueden dar al verdadero buscador de Dios, a quien lucha -en la oscuridad de la noche- sin darse por vencido, y sin soltarlo hasta tanto le hubiera revelado su Nombre. Ya en otra parte dijimos que, conocer el Nombre en aquella cultura, suponía un poder de invocación para llamarlo siempre que fuera necesario; para -de alguna manera- controlarlo.