jueves, 6 de julio de 2023

Jueves de la Décimo Tercera Semana del Tiempo Ordinario



Gn 22, 1-19

Como lo hemos visto, la promesa de Dios para Abraham consistía en llegar a tener una tierra y una descendencia que la habitara. Le estructura del relato, en Génesis, para el personaje de Abrahán es muy interesante: se insiste repetidamente en la promesa, desde cuando aparece el personaje en el capítulo 12, pero sólo hasta ahora, en el capítulo 21, nace por fin ese heredero. Hoy, vemos con asombro, que Dios le pide a Abrahán que le ofrezca en holocausto a su “hijo único”. Tres veces se repite la fórmula: “tu hijo, tu hijo único”.

 

Es cierto que el relato es pasmoso, apenas leído el primer renglón, queda uno choqueado: Dios puso a prueba a Abrahán”. Y de allí no logramos pasar. Uno queda bloqueado con esta enunciación. Uno está pasmado. Realmente esto no se entiende. ¿Para qué se cumplió la promesa si el niño estaba condenado a la muerte temprana? Junto con el elemento de suspenso, que va posponiendo el nacimiento, y luego el énfasis en que es el “hijo único”, pensamos que -casi siempre- queda uno “de una sola pieza”.

 

Cuando por fin nos enteramos que Dios no permitió su muerte, y que Isaac siguió vivo, uno piensa. ¿Para qué se da esta estratagema narrativa? ¿Esta -acaso- Dios jugando con sus lectores? ¿No es esto una desconsideración con el pobre Abrahán? Pero, sólo pensando en suprimir este fragmento, aparentemente descabellado, inclusive absurdo; uno se da cuenta que, si esto no hubiera pasado, Abrahán y toda su descendencia no habríamos podido apreciar lo valioso que fue el nacimiento de este “primer eslabón” de la serie que conduce hasta nosotros.

 

Tomemos por caso, algo frecuente en la vida: una persona se enferma, la vemos muy delicada, el médico da los peores augurios, y luego, “prodigiosamente” la persona sana y puede seguir adelante.  En estos casos la gente suele hablar diciendo que “nació de nuevo”. Si uno no se queda estancado en la expresión -ciertamente apabullante- “Dios puso a prueba a Abrahán”, y sigue la Lectura para -luego mirarla como todo un horizonte- vemos dos cosas:

a)    Dios nunca pensó quitarle a su hijo único.

b)    Lo que Dios si quería era que viéramos todo el espesor del “milagro” de esta existencia que no era sólo la vida de un ser humano, sino el despegue de toda una serie de los que vivimos la fe heredada del llamado a Abrahán.

 

De no haber sido así, no tendríamos consciencia de lo que sería perder al hijo único y, entonces no podríamos entender el Dolor del Padre, que pierde a su Hijo Único, sacrificándolo por nosotros.

 

Sobrepongámonos a la impactante frase inicial, y pasemos a considerar el padecimiento de este padre, subiendo con sus criados y su hijo, su marcha hasta la tierra de מוֹרִיָּה [Moriah] “el lugar previsto por Dios”, lo que llevaría en su corazón, como una espada mortal que dura 100 años ensartada en el alma, él se acerca al Ara Sacrificial, como lo explica con sus propias palabras, שָׁחָה [shacha] a “adorar”, “caer en postración”, “pasar una suma congoja”; como se le encogería el corazón mientras el muchacho iba acarreando sus leños a la espalda, y él -como papá- con un cuchillo y la candelada en sus manos. Dos veces le afirma su “Presencia”, su “Compañía”, le dice “Aquí estoy, hijo mío” (como seguramente estuvo también el Padre, acompañando a su Hijo en el Monte de la Calavera). ¿En qué otra parte de la Escritura podrían haberse consignado la Palabras que Abba le contestó a Jesús, mientras moría en la Cruz?

 

Sal 116(114-115), 1-2. 3-4. 5-6. 8-9

Toda la perícopa se toma del Salmo 114 (según los numeramos en la liturgia), no se toma nada del Salmos 115. Se queda por fuera sólo un verso, el que dice: “Alma mía, recobra tu calma, que el Señor fue bueno contigo”.

 

El salmo nos dice: aquí tienen un motivo más para agradecer. Este 2salvar la vida”, amerita amarlo más. Es, pues, un salmo de Acción de Gracias. Se dan las gracias porque el peligro que se corrió era muy serio, el cuchillo estuvo a punto de volar a la garganta para culminar en decapitación.

 

El Señor no se hace el sordo. El Señor atiende, nos cuida y nos defiende.

 

Ante el riesgo, aun cuando envueltos en sombras luctuosas, persistamos hasta el último segundo clamando, que Dios enviará ángeles para congelar el peligro y desintegrarlo en nada.

 

Ya llegando a la debilidad extrema, ya sintiéndonos desfallecidos, el Señor puede recobrarnos y levantarnos más vitales que antes y más vivos que nunca.

 

¡Que no haya aflicción! El Señor nos ha destinado a pertenecer al país de los vivos por siempre jamás.

 

Oiremos sus amorosos labios pronunciar: “Aquí estoy, hijo mío”.

 

Mt 9, 1-8.



Una de las maneras más usuales y socorridas de inmovilizar las potencias Celestiales es la crítica mordaz, el ataque ofensivo, usar la sencillez contra la fe y -exigir, por el contrario- la espectacularidad. Varias veces en los Evangelios encontramos la acusación de blasfemia dirigida contra Jesús, porque es un conjuro para afirmar que Él no tiene nada que ver con la Divinidad. Es un intento de atacar y bombardear la filiación del Hijo hacia el Padre. Ellos se lo gritan como escarnio, Él lo recoge desenmascarando que sus corazones están invadidos por el mal. No pueden pensar bien, ni ver lo bueno, sólo pueden darle cabida en su pecho el desprecio, el descredito, la puñalada verbal.

 

¿Verdaderamente qué es más fácil de decir? Jesús tiene toda la razón. Es más fácil perdonar, y el perdón contiene un poder sanador inigualable. El perdón nos destranca y nos libera. El perdón abra las puertas, hace caer las cadenas, derriba las murallas, señala -como una flecha de tráfico- la dirección hacia el Cielo. Perdón significa exactamente eso súper-regalo.

 

Pero a nosotros, nos fascina complicar la ruta hacia la vida eterna. Necesitamos lo difícil, lo complicado, lo inalcanzable, lo raro, lo espectacularmente arduo: que es decir “echa a andar”. (Sin darnos cuenta que, aun cuando si es más difícil, para Jesús no hay imposibles: Él lo subdivide en tres pasos (1. Ponte en pie, 2. Coge tu camilla y 3. Vete a tu casa); y lo que era -prácticamente imposible- lo vuelve sencillo, des complicado, alcanzable).

 

Jesús-Dios, porque es el Hijo de Dios, pero que es totalmente hombre -porque así es la Misericordia Divina- ha recibido toda esta facultad liberadora, para que nosotros podemos identificar su Ser-Hijo-de-Dios. Jesús no tenía por qué darles gusto a los escribas criticones, no lo hizo para desmentirlos -como no se puso a desmentir a los que, una vez crucificado le decían “Si eres Hijo de Dios, sálvate a ti mismo” (Mt 27, 40efg)- lo hizo para que nosotros pudiéramos reconocerlo, seguirlo y en ese seguimiento proclamarlo y podernos entregarnos a Él, como hermanos, hijos del mismo Padre. ¡Ese es el Súper-Regalo!

miércoles, 5 de julio de 2023

Miércoles de la Décimo Tercera Semana del Tiempo Ordinario



Gn 21, 5. 8-20

Por fin, nos han tenido en suspenso, pero ahora ya, Abrahán ha tenido su hijo propio con Sara. Tuvo que completar un siglo de vida para tener por fin ante sus ojos al tan ansiado primogénito יִצְחָק. Pasa -dando un pequeño salto, al día del destete- y, mostrándonos el valor celebrativo del “banquete”, Abrahán ofrece uno. “El ser humano es eminentemente celebrativo”.

 

A renglón seguido, tenemos una rápida descripción de las dos vertientes del linaje abrahamico. La imagen es la de יִשְׁמָעֵאלIsmael” jugando con Isaac, y ya vienen los celos de Sara con Agar, porque ahora el heredero es Isaac, y el hijo de la criada, “nada que ver”; por eso Sara pide que la criada y su prole sean expulsados del clan. Dios no quiere eclipsar el júbilo de Sara y le concede que Abraham se ajuste a su celoso pedido. Sin embargo, Dios tampoco quiere nublarle el gozo a Abrahán y le pronostica que Ismael también será padre de un gran pueblo.

 

Así que Abrahán despacha a Agar con mogolla y cantimplora al desierto. Cuando se le agotó el agua, Agar desesperó, y se echó a morir, junto con su hijo. Lo puso a la distancia para no verlo agonizar, y mientras el niño lloraba, ella hacía lo propio.

 

Este cuadro de inhumanidad conmueve a Dios quien acude y le pregunta a Agar ¿Qué es lo que pasa? Continúa diciéndole que Él ha oído el llanto de Ismael y que vaya y lo coja “fuerte” de la mano porque ha determinado sacar de él un pueblo grande. Y la condujo a un pozo donde llenó su cantimplora y pudieron beber.

 

Dios cumplió y asistió al chico que aprendió las artes de la arquería y aprendió a vivir en aquellos territorios inhóspitos. 

 

Sal 34(33), 7-8. 10-11. 12-13

A estos salmos los denominamos Eucarísticos, porque estaban destinados a liturgias de Acción de Gracias. Destinados a la presentación de ofrendas sacrificiales por haber recibido atención y clemencia frente a determinada situación de angustia.

 

Agar e Ismael han enfrentado una situación de mucha angustia: una angustia mortal. Han mirado a los ojos a la muerte en el desierto, víctimas sedientas. El Señor ha acudido en su auxilio. Enfaticemos nuevamente que el nombre Ismael significa “Dios oye”.

 

Invocaron a Dios y Él los escuchó y los libró de su angustia. Les puso ángeles de protección que los acompañaron y sacaron adelante el muchacho, para hacer posible el cumplimiento de la promesa Divina.

 

Nada faltará a los que se refugian en el Señor. Evidentemente el “temor” del que se habla se podría muy bien interpretar como “confianza”. Aún las mayores penurias serán solventadas para los que tienen su confianza puesta en el Señor. A Él no hay que temerle, sino reconocerlo y seguir sus Enseñanzas. Pero, ante todo, “confiar”.

 

Si de verdad alguien ama la vida y quiere encontrar paz, tranquilidad y abundancia, que venga y aprenda a vivir abrigado con la “Confianza puesta en el Señor”.

 

Mt 8, 28-34

Jesús pasa a la región pagana. Nos lo confirma el hecho de ser criadores de cerdos. De la propia boca de la muerte manan dos endemoniados furiosos, temibles que se habían adueñado de ese paso. Vivían muertos en vida, sus dormitorios entre sepulcros.

 


Como endemoniados que son, ven en Jesús un enemigo, y eso es lo que le gritan sus bocas. Se había profetizado que, al final de los tiempos, el Ungido vendría a someterlos; pero, a ellos les parece que todavía no es la hora, y que aquí se está dando una anticipación que no corresponde con lo previsto. Los demonios alegan procurando prorrogar su temporada de recreo, en la que pueden hacer y deshacer a sus anchas.

 

Tienen que admitir que se les adelantó lo inevitable. Que Dios les marcaría un límite para su accionar, y rápidamente se dan por vencidos, suplicando que por los menos -dilatando su estancia final en las mansiones tan indeseables del infierno-  los deje por aquí, morando entre los cerdos. La condición de los cerdos, siempre entre el barro y la suciedad, sin reparar en la mugre y la pestilencia, habitando entre deshechos alimenticios y fangales, y con el hocico clavado a estas inmundicias, era una situación suficientemente indeseable para figurarnos ¿cómo será habitar en la “paila mocha”? que estos demonios prefieren vivir en el cuerpo de los marranos, antes que ser despachados a sus territorios propios. (Dicho sea de paso, contrasta esta situación con la cría actual, que se hace entre lujo de aseo y detallados aspectos de asepsia, que vuelve la vida del cerdo un flagrante contraste con aquellas maneras de otrora). Como quiera que sea, se entiende que la vida del cerdo era, ya aquí, una leve insinuación de lo que sería la vida infernal.


 

Evidentemente, el que cría cerdos -porque ese es su negocio- no quiere que a sus animalitos les pase nada malo hasta que les llegue la hora, porque ya están lo suficientemente gordos; así que los demonios rechazan la Presencia del Señor, porque es su Rival; y los porquerizos, porque les malogró el negocio. Estos también lo rechazaron por motivos mercantiles obvios. Los paganos no querían tener nada que ver con aquella “religión” que se tomaba la limpieza -como canon de “pureza”- tan en serio. Que los dejaran en paz con su negocio y la fe, se fuera para otro lado que no los perturbara. Sigue sucediendo que se prioriza la ganancia sobre la fe y el lucro desplaza los asuntos religiosos como inutilidades. ¡Esas son bobadas m´hijo”

martes, 4 de julio de 2023

Martes de la Décimo Tercera Semana del Tiempo Ordinario



Gn 19, 15-29

Sodoma y sus depravaciones se atrajeron la muerte. A tal punto llegó la oscuridad de su corrupción que fueron borrados del mapa.

 

Sin embargo, no está en el Plan de Dios permitir la destrucción de sus “justos”, y envía a sus Ángeles, para preservar a Lot, su mujer y sus dos hijas. A esta familia les cuesta abandonar el lugar donde han tejido su fortuna, están allí como encallados; así que los Ángeles tienen que “remolcarlos” para que puedan -por fin- desenterrar sus “pesadas anclas”. ¡Un verdadero rescate!

 

Les recomienda ir a los montes para resguardarse allá. Pese a esto, y pasa muy frecuente, que creemos tener mejores soluciones, Lot pide que lo dejen resguardarse en una ciudad minúscula, llamada Soar -que significa “tan pequeña que es insignificante”- y se le dio tiempo para llegar al refugio que él mismo había escogido; fue así como el arrasamiento de Sodoma y Gomorra se dilató, hasta tanto la familia de Lot no llegó a la ciudad-refugio escogida.

 

Cuando los Ángeles los recataron, les habían prevenido que, en el proceso de tomar refugio, no habían de “mirar atrás, ni de detenerse”; la mujer de Lot desobedeció esta instrucción y quedó convertida en una estatua de sal. ¿Cómo podemos entender este hecho? Digamos que “mirar hacia atrás” puede -figurativamente- entenderse como una “caricia mental”, consistente en la evocación y la nostalgia, de lo que en aquellos lugares ella se había habituado a vivir, “mirar hacia atrás” sería la manifestación de un apego a las “mañas” allí adquiridas, una tendencia a vivir con las desviaciones que ellos practicaban y cohonestar con su baja moral. Notamos que a Dios le agrada mucho la capacidad de levantarse de inmediato y avanzar sin dubitaciones hacia un “futuro incierto”; en cambio, le displace nuestro terco enraizamiento.

 

Abraham, por su parte mira y ve las ruinas y los escombros humeantes, sin embargo, su mirada es diferente: él no mira con inútiles añoranzas, sino que mira para testimoniar el Poder Ilimitado de Dios y reconocer con gratitud que la excepción hecha con él mismo y con la familia de su sobrino Lot, fueron beneficios regalados a través de Abrahán. En él, la mirada es mirada de gratitud: ve la Bondad y no echa de menos lo que fue, sino que avizora el futuro que se le ofrece en los sucesivo, él sabe que esta lluvia de fuego sepultó la maldad, pero a él se le ofrece una nueva mañana, una opción de “empezar de nuevo”.

 

Sal 26(25), 2-3. 9-10. 11-12

Podría leerse el Salmo como una exploración de los pensamientos de Abrahán contemplando las humaredas en que habían quedado convertidas las ciudades de perdición.

 

Es un salmo de súplica -alefático, se toman las letras hebreas Bet-Guimel, Yod-Kaf y Lamed-Mem, para estructurar las tres estrofas de la perícopa, donde, de alguna manera se sobreentiende la Alianza. Esta salvación que se pide, se suplica precisamente como cumplimiento de lo ofrecido, de lo pactado. No hay otro derecho para reclamarle a Dios, sólo la Alianza que el Generosamente nos ha ofrecido.

 

El Salmista puede dar fe que la Alianza se ha cumplido por parte del Señor, pues él tiene ahora ante sus propios ojos, la humareda densa, como humo que saliera de un horno. Allí yacen los restos calcinados de los pecadores, de los sanguinarios.

Hay confianza en el Señor, es lo que muestra la primera estrofa, dónde el Salmista abre y muestra el interior de su conciencia para testimoniar que su caminar es un andar en coherencia con la Ley, esto es lo que quiere decir “caminar en tu Verdad”.

 

Le ofrece a Dios -de par en par- sus entrañas y su corazón, los lugares de la interioridad donde se fraguan planes y proyectos, donde anidan las intenciones, para que בְּֽכָל־מָ֭קֹום עֵינֵ֣י יְהוָ֑ה “a Dios que no se le oculta nada”, pueda poner los pajarillos que trinaran la certeza en el corazón del suplicante: es en Él en Quien deposita el salmista toda su confianza.

 

Mt 8, 23-27



Hemos presenciado -a través de los ojos de Mateo- tres curaciones: la de un leproso, la del criado del centurión y la de la suegra de Pedro. Ahora vamos a ver el tema del “seguimiento”.

 

“Se produjo una tempestad tan fuerte”. Las olas son signo de las fuerzas del mal que tienden a oponerse al Señor, que amenazan “devorar” a sus seguidores, sus discípulos”. El Señor, “duerme” podríamos decir que, en medio de la borrasca, Jesús está confiado en los Brazos de su Padre. Contrasta con la angustia y el afán que invade a aquellos hombres de poca fe.

 

Son los elementos con sus fuerzas, movilizadas por un enemigo “clandestino” que se mueve entre las sombras, amargando la vida de los “seguidores”, que desfallecen e incurren en la inseguridad, en el temor pánico, en el desespero. La tempestad era -en la conciencia antigua- la encarnación de las fuerzas naturales del mal. Los discípulos por su parte, “llaman al Señor”, y eso está muy bien; pero, lo que no está bien es que se dejen sumir en el espanto, que no sepan confiar y dejarse acoger en el “Amor-Celestial”. Hay un enfrentamiento clásico entre confianza y temor. Dualidad que muchas veces se hace presente en nuestra vida, y nos desestabiliza. La fe está en no permitirlo. Pero a veces tenemos que decir “Creo; pero socorre mi falta de fe” (Mc 9, 24cd).

 

Siempre existe el riesgo de quedarnos allí, inmóviles, paralizados, como Lot que no acertaba a despegar; que tuvieron que venir Ángeles a sacudirlo, cuando ya el fuego y el azufre hervían en la punta de sus pies. Los milagros son una clase de Manual de instrucciones para nosotros, sus discípulos; no se nos instruye para la espectacularidad -mucho cuidado, no somos atracción de circo, ni personajes de la feria de rarezas- lo que el Señor nos enseña es el abandono en las Manos Divinas. Estamos llamados a confiar -no en nosotros- sino en el obrar portentoso del Padre. No nos quedemos en la admiración de Jesús, en un torrente de aplausos que al otro día se hacen traidores- demos el siguiente paso, confiarnos en Él, con toda confianza. Y Señor, Tú sabes que tenemos fe, pero conoces la flaqueza de nuestra fe, sé Tú Quien la vigoriza y robustece. Sopla el Ruah en el velamen de nuestra barca, ¡Sálvanos de la inmovilidad! Es lo primero para seguirte. 

lunes, 3 de julio de 2023

El Apóstol Santo Tomás



Ef 2, 19-22

Tenemos hoy, una alegoría arquitectónica. Se nos refiere la estructura de la Iglesia asimilándola a la de una edificación.

 

Para estudiar mejor este “sermón” a los Efesios podríamos repartirlo en dos partes: La primera parte iría hasta 3, 21 (suprimiendo 1, 1-2, que, según los más entendidos, se trata de una adición posterior); y la segunda, de 4, 1 hasta 6,24.

 

Después de afirmar que Cristo es el Centro de la totalidad (1, 20-23); inicia señalando como Jesús entra a recogerlo y compendiarlo todo (2,1-18) configurando un solo cuerpo. La perícopa de hoy, recopila todo esto a manera de conclusión, como se ha dicho, en una alegoría mampostera. Lo primero que concluye es que los paganos han sido integrados con plenitud de derechos, de manera que ya no pueden ser vistos como extraños, ni como foráneos, sino como conciudadanos, todos parientes de la familia de Dios. Vistos desde la óptica del albañil, son piezas y materiales legítimamente constitutivos de la construcción.

 

No están en el aire, ni puestos ahí, al lado, sin integrarse; sino que ellos también, constituyen y se entraban con la ἀκρογωνιαίου [acrogoniau] “Piedra Angular”, Piedra que articula y encaja las demás, de allí su importancia fundante. Ninguna parte de una edificación está simplemente allí, sino que todas se funden gracias a su Unidad Funcional, que a veces puede parecer -sencillamente ornamentales- pero no por eso, menos vital al todo de la composición que en su interdependencia genera el concepto de Unidad Estructural.

 

¿Qué clase de edificio se forma? ¡Un Templo! Ese Templo, del que nos hacemos parte, está “reservado” a Dios, no puede ser, en otro horario, restaurante, y más tarde sala de cine o galería. Y, se pone -como desenlace- una idea de gradualidad: no nos convertimos en parte integral del Templo, de una vez, sino que nos “vamos integrando” paulatinamente, hasta que nos hacemos “residencia” idónea de Dios.

 

Sal 117(116), 1. 2

Si todos los que estábamos marginalizados por la exclusividad del pueblo elegido, ahora estamos “estructurados” junto con ellos, ¡qué más podemos hacer que rebozar de jolgorio ensalzarlo!

 

Y esta “incorporación” no es provisional, no se trata de ser formaletas mientras se seca la argamasa; ¡no!, somos verdaderos “compatriotas”, y esta es una Alianza imperecedera.

 

De estos dos puntos se desprende nuestro compromiso evangelizador.

 

Jn 20, 24-29

A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara una gota.

Atribuida a la Madre Teresa de Calcuta

 

El nombre Tomás viene de la palabra aramea תום [tom] que significa “gemelo”; en griego Δίδυμος [dídimos]. Gemelo de todos nosotros, que llevamos nuestra vida en la incapacidad de depositar la fe y superar la increencia. Anda por allá desarticulado, marginado, desgarrado de la comunidad. Una de las maneras típicas de mostrar nuestra deserción: quedarse separado, no volverse a reunir con “esos”. En el lenguaje proxémico significa: “no pertenezco”, “me declaro desvinculado”.


 

Cuántas veces blandimos con arrogancia el argumento de la sensorialidad confiándonos tozudamente en la garantía de nuestros cinco sentidos como si ellos fueran realmente infalibles y como si con ellos pudiéramos abarcar realmente todo el universo. Siempre vamos por ahí muy “científicos” exigiendo la comprobación experimental, por vías de “repetición” -bajo las mismas condiciones- de aquello que estamos empecinados en rechazar.

 

Santo Tomás es precisamente nuestro gemelo: Es curioso y nos hace reflexionar, ya que ante las dudas de este “gemelo” el Señor podría haber acudido en cualquier momento, nos preguntamos ¿por qué hubo de esperar “ocho días”?

 

La vez anterior, cuando se presentó en medio de ellos, era el atardecer del “Primer Día” de la semana. Es decir, de alguna manera podemos argumentar que estaban reunidos y se instituye con esta visita del Resucitado, la celebración en Día Domingo, de la Cena del Señor. Y, se nos está indicando, la importancia de encontrarnos en Comunidad para revitalizar la fe: Así podemos acceder a lo que no pueden los sentidos, pero que la presencia de los hermanos creyentes, permite “intuir”. Recordemos que la palabra intuición nos habla de una capacidad de “visión interior”, aparentemente emparentada con la “introspección”, que es totalmente diferente, porque en ese caso la palabra alude a la capacidad de revisarse uno mismo y valorar las propias acciones o los pensamientos de uno mismo. En cambio, “ver adentro”, es darse cuenta de lo que no se puede ver en el exterior, pero se puede saber “indubitablemente” porque se proyecta en la pantalla epistémica de nuestro Yo-trascendente.

 

Claro que quien rehúsa creer, se revuelca con la misma desesperación que el condenado a muerte defendiendo su vida. Aquí, en todo caso, el desesperado, lo que defiende es su cerrazón.

 

Mientras uno persista en el aislamiento, mientras uno encienda velas idólatras a la soledad y se crea que separado y recluso en su intimismo podrá atraerse la Misericordia; el Señor, por su parte mantendrá su mutismo, pero no dejará de contemplarnos compadecido, ansioso y nostálgico de tenernos cerca de sus mimos y ternuras. Recordemos que Él no quiere que se pierda, ni uno sólo de los que el Padre le entregó (cfr. Jn 6, 39), sino reconducirnos a todos a sus Verdes Prados Celestiales.

domingo, 2 de julio de 2023

DE CÓMO SE CONSTRUYE EL REINO


2R 4, 8-11. 14-16a; Sal 88, 2-3. 16-17. 18-19; Ro 6,3-4.8-11; Mt 10,37-42

 

Los cristianos deben pues encontrarse siempre del “otro lado” del mundo, aquel elegido por Dios: no perseguidores, sino perseguidos; no arrogantes, sino humildes; no vendedores de humo, sino subyugados a la verdad; no impostores, sino honestos.

Papa Francisco

 

Dichoso el pueblo que sabe aclamarte.

Es duro rehuir la impostura. Hemos sido atrapados en sus redes. Allí donde se nos ofrece seguridad lo que encontramos es la zozobra. Los héroes-salvadores que rondan y abundan son precisamente los que toman a su cargo fomentar el desasosiego. Si buscamos –a diestra y siniestra- nos hallamos sitiados por los paladines de la intranquilidad. Y –con frecuencia- nos hacemos cajas de resonancia para atizar la angustia. En ese contexto se vive la aspereza de la persecución: conminados a ser altavoces de las tinieblas, constreñidos para repetir la proximidad de la hecatombe.

 

Y, sin embargo, nos negamos rotundamente a ser “vendedores de humo”. Y, no es porque dudemos de la Justicia, sino –precisamente- porque estamos seguros de ella. No creemos que Dios se hace el de la “vista gorda”, pero reiteramos que su Justicia es Misericordiosa y que sus Promesas, su Alianza no se deshace en vacío. El bautizado está destinado a “cantar eternamente las Misericordias del Señor”: “Dichoso el pueblo que sabe aclamarte: caminará, oh Señor, a la luz de tu Rostro. Tú eres su honor y su fuerza, y con tu favor realzas nuestro poder. Porque el Señor es nuestro escudo, y el Santo de Israel nuestro Rey”

 


«Tu poder es nuestra garantía. Tu fortaleza es nuestra seguridad. Nos gloriamos que seas nuestro Dios. Nos alegramos de tu poder, y nos encanta repetir las historias de tus maravillas. Tu historia es nuestra historia, y tu espíritu nuestra vida… Tú eres nuestro Dios, y nosotros somos tu pueblo… Nosotros podremos fallarte, pero Tú no nos fallaras nunca.»[1]

 

El futuro está asegurado

Padre de bondad… concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad…

De la Oración Colecta

 

Siempre interesa a la mejor comprensión de la Palabra de Dios, atender a los aspectos estructurales: cómo está organizado el Mensaje, como están entretejidos los diversos estambres; todo esto que parece alambicado, no es –para nada- un afán por volver complejo lo que Dios en su bondad nos entrega con suma sencillez, sino una responsable preocupación por captar las profundas resonancias que transmite esa Bondad-Generosa. Se vuelve indispensable acercarse, siempre a “pie enjuto”, porque la Tierra que se pisa es Tierra Sagrada. Urge, pues, un esmero por contextualizar, por profundizar, por alcanzar una más cabal inteligencia de tan magnífico don.


 

En el Evangelio de San Mateo, el que leemos este año del ciclo A, en el capítulo 10º, revela a Jesús que nos brinda ser partícipes de su misión. Él se busca unos “colaboradores” que serán oficiosos continuadores de su acción, en esa medida, se harán miembros del Cuerpo Místico y se volverán co-corporeos con Él. Allí aprendemos que «los discípulos deben esperarse dolores y persecuciones, siguiendo la suerte de su Maestro (10, 16-25); pero no deben tener miedo: el Espíritu hablará en ellos (10, 19-20) y el Padre los custodiará (10, 24-31); ellos sólo tienen que preocuparse por ser fieles pública y valientemente a las exigencias radicales del Evangelio y a la cruz de Jesús (10, 32-39).»[2]

 

El Evangelio del 12º Domingo Ordinario dijimos que se extraía de una “cebollita”, y dijimos también que su segunda capa se formaba, por arriba, con los versos 10, 5-15 con las instrucciones para ir a sembrar paz, advirtiéndoles que sólo algunos la recibirían; y, por la parte de abajo, dijimos que se encontraba esa enigmática consigna en torno a la paz que sembramos: “No piensen que he venido a traer la paz a la tierra. No vine a traer paz sino espada”. Mencionamos que esta parte de abajo, de la segunda capa, la formaban los versículos finales  del capítulo 10, 34-42. No especificamos más. Pero, la perícopa de este Domingo 13º Ordinario está tomada de esta segunda capa, y eso nos precisa entrar en mayor detalle.

 

Efectivamente, esta segunda capa en su parte inferior podría dividirse en dos subcapas: 10, 34-37 y 10, 38-42, ese sí, el final del capítulo. La primera sub-capa –lo dijimos entonces- habla de la paz cristiana, que tiene una faceta de lucha, una faceta combativa, que apela a la espada, y Jesús no se amedranta para reconocerla. Esta es una característica fuerte del mensaje cristiano, no oculta su realidad profunda, no se queda en melifluos  contentillos. «Cuando, en el Evangelio, Jesús envía a sus discípulos en misión, no los ilusiona con quimeras de éxito fácil; al contrario, les advierte claramente que el anuncio del Reino de Dios implica siempre una oposición. Y usa incluso una expresión extrema: “Serán odiados –odiados– por todos a causa de mi Nombre” Mt 10,22. Los cristianos aman, pero no siempre son amados. Desde el inicio Jesús nos pone ante esta realidad: en una medida más o menos fuerte, la confesión de la fe se da en un clima de hostilidad.»[3] ¡Sí!, nosotros amamos la paz, somos sembradores y constructores de paz, pero la espada se nos atravesará en el camino, se refiere a la violencia que nos hagan, jamás la que nosotros blandamos, «… la violencia jamás. Para derrotar al mal, no se puede compartir los métodos del mal»[4], que nuestras manos son manos exclusivamente portadoras de la caridad, que es nuestra real norma de vida. Entonces, ¿qué quiere decir esta “espada”? «La espada que Jesús usará no será la que extrae Pedro (Mt 26, 51s), sino la confianza en la Palabra del Padre; es la espada de doble filo (Sal 149, 6).»[5]

 

A continuación se referirá a lo – aún- más doloroso, que nuestra propia familia se volverá contra nosotros, simplemente porque les causa repulsión vernos fieles y firmes  mantenernos en la fe. Si somos coherentes con el Camino de Jesús, nuestra parentela estará en la lista de nuestros adversarios, y se enlistaran entre nuestros enemigos, serán de los que nos persigan. Desde aquí toma la palabra nuestra perícopa de esta fecha.

 

Al ser consecuentes con esta declaración tenemos que saber priorizar ¿quién está primero, nuestros lazos de sangre o nuestra fidelidad a la Alianza? «Jesús puede no ser amado. Pero no puede ser amado menos que otro: no sería el Señor, a quien hay que amar con todo el corazón (Dt 6, 5s)»[6] Ahí se enraízan los versos 37-38: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; El que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí.” «Cada uno tiene “su” cruz, que puede ser sólo suya… Cuando llevamos nuestra cruz no estamos solos. Él está delante, y lleva la parte más pesada, sobre la cual será levantado. Nosotros en pos de Él, llevamos la parte liviana, que será clavada en tierra y sobre ella bajará su sangre.»[7]


 

Leídos estos dos versículos en continuidad parecen explicar cuál es la cruz: ser capaces de mirar directo a los ojos el hecho de que los que más amamos sean –muchas veces- los mayores detractores de la fe. Que tengamos que verlos en las filas opositoras, a veces, agnósticos o, verdaderos Saulos de Tarso, con licencia para matar cristianos. Esa es, sin duda, una cruz terrible, pero sólo es digno del discipulado quien no la acorte, quien no le recorte pedazos para alivianarla. «Los cristianos son pues hombres y mujeres “contracorriente”. Es normal: porque el mundo está marcado por el pecado, que se manifiesta en diversas formas de egoísmo y de injusticia, quien sigue a Cristo camina en dirección contraria. No por un espíritu polémico, sino por fidelidad a la lógica del Reino de Dios, que es una lógica de esperanza, y se traduce en el estilo de vida basado en las indicaciones de Jesús.»[8]

 

Afelpar la cruz

«… el Evangelio hace que salte por los aires el egoísmo. Si uno, con la gracia del Señor, se decide a vivir el Evangelio –es decir, el anti-egoísmo-, forzosamente encontrará dificultades. Dificultades consigo mismo y con los demás, y no sólo por parte de los gobiernos y de los poderosos, sino también por parte de los eclesiásticos. Y ni siquiera únicamente por parte de los hombres, sino también por parte de las estructuras…»[9]


 

Aquellos que a fuer de su egoísmo, no tienen reparos en acomodarla, le pondrán a la cruz una almohadilla de terciopelo y harán con sus maderos un mueble blando y ornamental, o, tal vez, busquen a quien legársela; habrá casos en que contraten empleados por turnos, para que la sobrelleven, mientras ellos vacacionan. Esos ya han perdido la vida: “El que vive su vida para sí, la perderá, y el que sacrifique su vida por mí causa la encontrará.”

 

Este versículo se refiere a que hay también otros, los coherentes, los que llevan su fe hasta sus últimas consecuencias, hasta el martirio si se les pidiera. Claro que no es porque inmolar la vida sea la meta que se nos propone; siempre insistimos en que no todos tienen ese privilegio, están los llamados a derramar su sangre por “probar”, pero lo cierto es que nosotros vivimos por el ideal de hacerlo todo supremamente bien, pese a nuestras limitaciones, lo que queremos es ofrecer la vida pero –muchas veces- simplemente en el martirio blanco, el que Papa Francisco llama el “martirio escondido”; vivir por el bien, dar testimonio de vida: «Los mártires no viven para sí, no combaten para afirmar sus propias ideas, y aceptan deber morir sólo por fidelidad al Evangelio», nos dijo Papa Francisco en su Audiencia del miércoles 28 de junio. Por eso, debemos tener muy en claro que es absurdo, hasta más allá de limite, pretender –como lo manifestó el Papa- «…utilizar la palabra mártir para referirse a los que cometen atentados suicidas… en su conducta no se halla esa manifestación de amor a Dios y al prójimo que es propia del testigo de Cristo».

 

La promesa de Dios permanecerá intacta

Volvamos sobre el Evangelio de Mateo, al fragmento que estamos estudiando: Esta sub-capa se puede parcelar en dos estratos: 10, 38-39 el primero; y, 10, 40-42, el segundo; en este segundo estrato se habla de la recompensa que merecerán quienes acojan a los “apóstoles”: “El que los recibe a ustedes, a mí me recibe, y el que me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; el que recibe a un (προφήτην) profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un (δικαίου) justo porque es justo tendrá paga de justo. Así mismo, el que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos (μικρῶν) pequeños {pobrecillos}, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro”.

 


¿Por qué serán tan magníficamente recompensados? Primero, porque un apóstol es un “justo”, porque un apóstol es un “profeta”. Pero todavía hay una razón más fuerte: Porque quien recibe a un (μαθητοῦ) “discípulo” está recibiendo al mismísimo Jesús, y por transitividad, está recibiendo a Dios-Padre, al propio Abba.

 

Queremos concluir con las mismas palabras de Papa Francisco: «Que Dios nos done siempre la fuerza de ser sus testigos. Nos done vivir la esperanza cristiana sobre todo en el martirio escondido de hacer bien y con amor nuestros deberes de cada día»[10].



[1] Vallés, Carlos G. s.j. BUSCO TU ROSTRO-ORAR LOS SALMOS. Ed. Sal Terrae. Santander. 1993 8ª ed. pp. 170-171.

[2] Martini, Card. Carlo María. POR LOS CAMINOS DEL SEÑOR. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia 1995 p. 296

[3] Papa Francisco. Audiencia Papal 28 de junio de 2017

[4] Ibid

[5] Fausti, Silvano. UNA COMUNIDAD LEE EL EVANGELIO DE MATEO. Ed. San Pablo Bogotá-Colombia 2011 p. 220

[6] Ibid p. 221.

[7] Ibidem

[8] Papa Francisco. Loc. Cit.

[9] Câmara, Dom Helder. EL EVANGELIO CON DOM HELDER. Editorial Sal Terrae. Santander-España 2da ed. 1985 pp. 90-91.

[10] Papa Francisco. Loc. Cit.

sábado, 1 de julio de 2023

Sábado de la Décimo Segunda Semana del Tiempo Ordinario



Gn 18, 1-15

Es importante hacernos una idea panorámica de nuestro recorrido a través de la Biblia, para insertar cada Lectura Diaria en su co-texto, y comprender de qué estambre se desprende el hilo de cada fragmento; a riesgo de quedarnos con una serie de “cortos” desconectados unos de otros, en cuyo caso nos será más difícil entender de qué nos habla Dios.

 

Empezamos el lunes (26 de junio) la Lectura del Génesis, en el capítulo 12, con la presentación de Abrán. Una y otra vez, el Señor le promete una abundante prole, promete darle tierra y ahí vamos. Pero en sí, el relato parece no avanzar. Hoy, cerraremos esta visita al Génesis, en la que hemos llegado al capítulo 18; sin embargo, la historia de Abrahán se extiende hasta Gn 25, 11. O sea, que esta semana hemos tenido como Primera Lectura, el Génesis y una parte de la historia de Abrahán.

 

Pues bien, la semana entrante, presentaremos a otro “patriarca”, Jacob (Israel), el lunes y el martes. Luego, pasaremos directamente a José a quien nos dedicaremos hasta el lunes 17 de julio cuando pasaremos al Libro del Éxodo.

 

En la perícopa de hoy, Abrahán recibe la visita de Dios-Trinidad. Y, lo que se revela este hermoso “carisma” que es la “acogida”. No les pide identificación, no espera la presentación de credenciales y cartas de recomendación. Ruega que le acepten su “hospitalidad” y les brinda alojamiento.

 

Les ofrece, en primer término, agua para refrescar los pies del caminante a la sombre de la Encina de Mambré. Les ofrece un primer “entremés” a manera de “tente en pie”. Acto seguido, le pidió a Sara que amasara pan para “Él”, y a un criado le pidió guisar un magnifico ternero para brindarle la Cena.

 

Hay un dicho popular que reza: “Dios no se queda con nada ajeno”.  Así que le ofrecen la maternidad para Sara de un hijo de su propia sangre, de manera tal que – trascurrido el tiempo regular entre visita y visita-  para la próxima vez que lo visitara, Sara estaría acunando ya al bebé propio.

 

Viene el famoso episodio de la “risita de la estéril”, que ella justifica como risa nerviosa. Ella era consciente que ya había llegado a la menopausia, se llama a sí misma בָּלָה “agotada”. “consumida”. Y la respuesta, similar a la que dará San Gabriel a María Santísima: הֲיִפָּלֵ֥א מֵיְהוָ֖ה דָּבָ֑ר “¿Hay algo demasiado difícil para el Señor?”

 

Lc 1, 46b-47. 48-49. 50 y 53. 54-55.

A manera de Salmo, tenemos una perícopa proveniente del Magnificat que es una plegaria estructurada como una Acción de Gracias, recordando que Eucaristía significa precisamente “Acción de Gracias”, diremos que es una Plegaria Eucarística, con fuertes y claras alusiones veterotestamentarias, emparentado con el Cantico de Ana en 1Sam 2, 1-11. Pero iluminado con tintes proféticos donde se anuncia la Acción Salvífica y Redentora del Señor.

 

Exulta María porque Dios se muestra favorable con sus pequeños: los hambrientos, los desvalidos, los pobres de YHWH, los humildes. Se han estructurado cuatro estrofas, y frente a cada una, la Asamblea proclama que Dios jamás, óigase bien, jamás deja de ser Señor Misericordioso.

 

La primera estrofa menciona el júbilo de Santa María. Ella misma reconoce su Bienaventuranza.

 

La segunda nos dice que, el Poderoso es “Nombre Santo”. Pero su Descomunal Poderío no le impide mirar hacia su “Humilde Sierva”. Lo que dará motivo a todas las generaciones por venir, a ver en María la “Felicitada”.

 

La tercera estrofa sintetiza la “política divina”, mientras los ricos son “despedidos vacíos”, los “hambrientos” son cobijados con la abundancia.

 

Cuarta estrofa: Llega al tema que nos ha venido ocupando en las Primeras Lecturas de esta semana: El Padre le hizo una promesa a Abrahán, una promesa hereditaria, que va pasando a través de las edades; le ofreció su Misericordia, y Dios tiene una Memoria digna de su “Poderío”, siendo así, nunca olvidará su compromiso de mostrarse Misericordioso.

 

Mt 8, 5-17

Bienaventurados los que pudieran llegar a causarle admiración a Jesús.



Se muestran dos episodios en los que Jesús se revela “Sanador”, su divinidad se revela a través de su Taumaturgia. Entre uno y otro se da la oportunidad de que Jesús se muestre conmovido y verdaderamente tocado por la fe de un “gentil”, se trata de un Centurión quien da una clase de teología explicitando porque la realidad toda, le obedece al Señor, de la misma manera que los soldados obedecen a sus generales.

 

El centurión se explaya argumentando que la orden de un Alto Mando, no se requiere darla presencialmente, él puede ordenar y mandar decir, y -a pesar de la lejanía que pueda mediar- los subalternos acataran por la “autoridad” de quien dimana la “orden”. Jesús acoge esta explicación reconociendo que los propios miembros del pueblo elegido no han tenido la penetración para reconocerlo y entender cómo se manifiesta la Misericordia Divina a favor de los “creyentes”.

 

Muchas veces, basados sobre una fe mínima, decimos “ya pedir, significa fe”; sin embargo, esa sólo es una fe minúscula. El siguiente paso es pedir con fe, lo cual ya entra en un proceso, tal vez aún no logrado, pero en proceso. Existe otra manera de pedir: Pedir convencidos (Cfr. Mc 11, 24b). ¡Seguros, que lo que se pide se obtendrá!

 

Ahora bien, decirlo es supremamente fácil. Desde nuestra más tierna juventud se nos ha mostrado esta faceta: el pedir. Pero la fe que la apuntala siempre se deja de lado. El slogan queda reducido y simplificado: ¡Pedid y se os dará!

 

La educación en la fe ¿en qué consiste? Precisamente en evitar este descuartizamiento, por un lado, el pedigüeñismo, y, quien sabe dónde, la fe. Religión significa la re-integración de los dos componentes de la oración. Y no puede quedarse en decir “Mijito, hay que tener fe”; el asunto va mucho más allá. Si no queremos ser falsos fieles, tenemos que reunificar la fe y la petición, en particular la oración de súplica, articulándolas con la vida. Vivir con la fe puesta, con la fe en juego, con una fe “actuante”, que pudiera llegar a sorprender y admirar a Jesús: “Os aseguro, que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande”.

 

En este evangelio, a los miembros del pueblo elegido se les denomina “hijos del reino”, pero Jesús nos informa, no basta ser “hijo del reino” para ser admitidos a la mesa de Abrahán, Isaac y Jacob.

 

La fe no está huérfana en este relato, anda acompañada de su hermana mayor, la compasión. ¿Nos habíamos fijado? ¿Qué es lo que hace que el Centurión acuda a Jesús? Darse cuenta que su “criado yacía en casa paralítico con unos dolores terribles” (Cfr. Mt 8, 6).

 

En el segundo fragmento (Mt 8, 14-15) tenemos un muy breve cuadro: la suegra de Pedro está postrada en cama, asediada por la fiebre. Es un milagro espectacular (Atención porque lo decimos con ironía para destacar cuan sencillo es Jesús), primero suenan los redobles de tambor, luego todos los generales y los centuriones presentan armas, a continuación, habla el Primer Ministro, señalando la relación del Milagro con las promesas del Candidato Presidencial, y luego toma la palabra el Delegado Pontificio quien nos explica con sumo detalle, paso a paso, el milagro de la Sanación de la suegra de Pedro: “Le tocó la mano y la fiebre la dejó”.

 

El episodio concluye cuando, la suegra pide el favor a los generales de disparar 21 cañonazos en honor al maestro: “Se levantó y se puso a servirles”.

 

Los versos 16-17 son una coda, dónde el evangelista se remite al Cuarto Cántico del Siervo Sufriente, en Isaías (Is 52,13 – 53, 12), y se apoya para hacer la hermenéutica de esta perícopa de su Evangelio, en los versos Is 53, 4-5). Es como si, al concluir la relación de los hechos, con el puntero laser nos señalara a que se refiere y cómo interpretar y actualizar, en nuestra propia vida, la enseñanza.

 

¡Fe, Compasión y Sencillez!