sábado, 19 de diciembre de 2020

LLAMADOS Y AFIANZADOS

 



Sam 7,1-5. 8b-12. 14a.16; Sal 88, 2-3. 4-5. 27. 29; Rom 16,25-27; Lc 1, 26-38

 

Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre.

Lumen Gentium, #11

 

Lo que ilumina y da sentido pleno a la historia del mundo y del hombre empieza a brillar en la gruta de Belén; es el Misterio que contemplaremos dentro de poco en Navidad: la salvación que se realiza en Jesucristo.

Benedicto XVI

 

La palabra Adviento, de origen latino, tiene su equivalente en lengua griega en el término παρουσία Parusía; por lo general usamos el primero para referirnos a la Natividad y el segundo para hablar de la Segunda Venida, Gloriosa y Triunfal. Explicando el significado del Tiempo de Adviento, nos decía el Papa Emérito: «Estamos en el tiempo litúrgico de Adviento que nos prepara para la Santa Navidad. Como todos sabemos, el término Adviento significa “llegada”, “presencia”, y antiguamente indicaba precisamente la llegada del rey o del emperador a una determinada provincia. Para nosotros, cristianos, la palabra indica una realidad maravillosa e impresionante: el propio Dios ha atravesado su Cielo y se ha inclinado hacia el hombre; ha hecho alianza con él entrando en la historia de un pueblo; Él es el Rey que ha bajado a esta pobre provincia que es la tierra y nos ha donado su visita asumiendo nuestra carne, haciéndose hombre como nosotros.»[1] Desde nuestra fe, reconocemos la generosidad de Dios que nos ha hecho coparticipes de su proyecto salvífico. No participamos de esta Historia a manera de simples espectadores. Se ratifica una y otra vez en este camino de preparación hacia el nacimiento de Jesús -en el Pesebre de Belén- que Dios nos quiere coparticipes y quiere nuestro compromiso con el Plan Salvífico que va tejiendo con los hilos del decurso de la historia.

 


El Evangelio –para este Domingo- es el de la Anunciación que constituye, evidentemente, un momento central en la Encarnación, y por ende un hito –el medular- del Plan Salvífico. Este Evangelio que leemos en el IV Domingo de Adviento (B), se puede dividir en dos partes: La Anunciación, propiamente dicha, y  la Vocación. Estos tipos de texto tienen una estructura fija, dicen los exegetas que una Anunciación tiene una estructura cuatripartita: a) primero está la aparición del “Mensajero Celestial”, b) luego el Anuncio del nacimiento, c) luego viene la imposición del Nombre y d) finalmente la declaración de la misión: damos como ejemplos Jue 13, 3-5

 "El Ángel de Yavé se presentó a esta mujer y le dijo: «Tú no has podido tener hijos y no has dado a luz, pero mira que vas a quedar embarazada y darás a luz un hijo. Por eso, desde ahora, ten cuidado de no tomar vino ni bebidas alcohólicas, ni consumir alimentos impuros. Pues el hijo que darás a luz será un nazireo de Yavé desde el seno de su madre y nunca se le cortará el pelo, por ser consagrado a Yavé. El salvará a los israelitas de los filisteos que los oprimen.»"

 


Y, también, otro claro ejemplo es Lc 1, 11-20:

"Se le apareció el Ángel del Señor, de pie, a la derecha del altar del incienso. Al verle Zacarías, se turbó, y el temor se apoderó de él. El ángel le dijo: «No temas, Zacarías, porque tu petición ha sido escuchada; Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Juan; será para ti gozo y alegría, y muchos se gozarán en su nacimiento, porque será grande ante el Señor; no beberá vino ni licor; estará lleno de Espíritu Santo ya desde el seno de su madre, y a muchos de los hijos de Israel, les convertirá al Señor su Dios, e irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto.» Zacarías dijo al ángel: «¿En qué lo conoceré? Porque yo soy viejo y mi mujer avanzada en edad.» El ángel le respondió: «Yo soy Gabriel, el que está delante de Dios, y he sido enviado para hablarte y anunciarte esta buena nueva. Mira, te vas a quedar mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, porque no diste crédito a mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo.»"

Por su parte, una vocación –también consta de cuatro partes: a) Dios convoca, b) el vocacionado expone sus dificultades, exhibe sus limitaciones, c) Dios le resuelve y disipa las dudas y, d) se cierra, con una señal de parte de Dios que ratifica y comprueba el hecho de haber sido llamado. Es muy interesante, al reconocer la estructura dentro de la perícopa, darnos cuenta que la primera parte -la vocación- está constituida por toda la Anunciación, valga decir, la Anunciación va de los versos 26 al 33; y, la vocación, del verso 26 al verso 38.

 


Demos una pequeña visita a la Christus Vivit en el numeral 252, tratando de elucidar lo que significa “vocación”: «la vida que Jesús nos regala es una historia de amor, una historia de vida que quiere mezclarse con la nuestra y echar raíces en la tierra de cada uno… Esa vida no es una salvación colgada “en la nube” esperando ser descargada, ni una “aplicación” nueva a descubrir o un ejercicio mental fruto de técnicas de autosuperación. Tampoco la vida que Dios nos ofrece es un “tutorial” con el que aprender la última novedad. La salvación que Dios nos regala es una invitación a formar parte de una historia de amor que se entreteje con nuestras historias; que vive y quiere nacer entre nosotros para que demos fruto allí donde estemos, como estemos y con quien estemos. Allí viene el Señor a plantar y a plantarse»[2] ¿Qué es lo central del ser humano en este relato? Que el hombre –en María- acepta su parte en la Alianza, se compromete, se entrega en docilidad a su Creador que lo vocaciona. Haber aceptado ser la Madre de Jesús, fue una entrega de toda su vida, no se entregó por nueve meses, no se entregó por 10 ó 12 años, mientras Jesús pasaba de  tierno Infante a Joven-Adolescente; no, nada de eso, como lo saben los que son padres de familia, ser padre o madre es un rol que jamás se acaba, aun cuando el hijo ya peine canas. Lograremos percibir los ecos de la perdurable responsabilidad, del compromiso adquirido al responderle al Arcángel San Gabriel sobre las demandas de Dios, cuando registremos la presencia de María camino del Calvario y también a los pies de la Cruz. Allí veremos que la entrega de su disponibilidad a la Voluntad de Dios fue Alianza para toda la vida. Estamos “vocacionados” para ser coprotagonistas. Así María es figura de la Iglesia y la Iglesia somos todos los bautizados. María nos da el ejemplo y responde “Hágase en mi según tu Palabra” Lc 1, 38a). La Anunciación sella la Nueva Alianza y María Santísima toma la palabra por nosotros y se da a conocer al Arcángel como “la servidora”, exhibiendo su disponibilidad para acatar.

 



En el III Domingo de Adviento (B), Arturo Paoli nos preguntaba, y –a la vez respondía- dando la única condición para lograrlo: “¿Se puede exultar de alegría y cantar, en una historia que es drama? Sí, es posible, pero sólo a condición de que uno esté en la historia del Éxodo, en la tentativa real de transformar el mundo.” Aquí queremos mostrar cómo la Santa Madre es modelo de Éxodo: «María es la mujer del éxodo. Su existencia, paso a paso, fue un salir de algo para entrar en algo… Un camino al soplo del Espíritu. Un camino en plan de Dios. Un camino abierto al proyecto de Dios sobre su vida. Un camino llamado Jesús…. María lleva en su experiencia de Dios el juego de la muerte y la resurrección. Sabe que en cada paso Dios destruye. Sabe que el seguimiento pasa por la prueba de la espada, de la contradicción, de la Cruz. Sabe que Dios le exige “salir” de lo suyo, de sus planes, de sus caminos, para “entrar” en los caminos del Señor. Sabe que el nuevo camino, el nuevo y definitivo éxodo de Dios al hombre se llama JESUS. Y en Jesús, Dios salva.»[3]

«El Catecismo de la Iglesia católica resume las etapas de la Revelación divina mostrando sintéticamente su desarrollo (cf. nn. 54-64): Dios invitó al hombre desde el principio a una íntima comunión con Él, y aun cuando el hombre, por la propia desobediencia, perdió su amistad, Dios no le dejó en poder de la muerte, sino que ofreció muchas veces a los hombres su alianza (cf. Misal Romano, Pleg. Euc. IV)… En Cristo se realiza por fin la Revelación en su plenitud, el designio de benevolencia de Dios: Él mismo se hace uno de nosotros.»[4]

 


Lo que revela este pasaje del Evangelio Lucano es que Jesús es el Mesías, que para Dios-Padre Él es su Hijo, y que –para que a nadie quepa duda- es del linaje de David. ¿Cómo es este Dios enamorado de la humanidad, que ama con locura a su criatura? Dios no ha enviado un representante, ¡ha venido Él mismo!

 Dios no nos deja librados a nuestra fragilidad en lo tocante a la parte de la Alianza que nos toca: En la Segunda Lectura creemos descubrir una palabra clave: “A aquel que στηρίξαι puede darles fuerza para cumplir el Evangelio”. Esta palabra significa fijar, afirmar, afianzar, confirmar, apoyar –sí, también- fortalecer.  Se lo manifiesta a David –a través del profeta Natán- “Yo estaré contigo en todo lo que emprendas”. Que Dios nos acompaña y nos “afianza” se ratifica en el Salmo 88 del que entresacamos el salmo responsorial para este Domingo: “Mi amor es para siempre //y mi lealtad, más firme que los cielos… el Dios que me protege y me salva// Yo jamás le retirare mi amor, ni violaré el juramento que le hice.” Así habla el Señor.

 


«El Adviento nos invita a recorrer el camino de esta presencia y nos recuerda siempre de nuevo que Dios no cogió su cohte y se fue, no se ha suprimido del mundo, no está ausente, no nos ha abandonado a nuestra suerte, no se está haciendo el dormido, sino que nos sale al encuentro en diversos modos que debemos aprender a discernir. Y también nosotros con nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad, estamos llamados cada día a vislumbrar y a testimoniar esta presencia en el mundo frecuentemente superficial y distraído, y a hacer que resplandezca en nuestra vida la luz que iluminó la gruta de Belén.»[5] Dios nos afianza y nos fortalece para que cumplamos nuestro rol: Proclamar sin cesar la Misericordia del Señor y dar a conocer que su fidelidad es eterna. (Cfr. Sal 88, 2). Todo este llamado a ser y vivir como la Virgen, siguiendo su ejemplo de Madre de la Iglesia, con el más coherente estilo de Jesús, está concentrado en el episodio de las Bodas de Caná, en el versículo 5 del capítulo 2 de San Juan: “La Madre dice a los sirvientes: -lo que les diga, háganlo”. Dios, en el ejemplo coherente de María, nos permita vivir así toda nuestra vida, haciendo todo cuanto Jesús nos pida que hagamos. Amén.



[1] Benedicto XVI. AUDIENCIA GENERAL 12 de diciembre de 2012

[2] Papa Francisco. CHRISTUS VIVIT. ED. edv ESTELLA (Navarra) España 2019 p. 153 #252.Esta cita alude al discurso en la vigilia con los jóvenes en la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud en Panamá (26 de enero de 2019).

[3] Mazariegos, Emilio L. EN ÉXODO CON MARÍA. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá D.C.–Colombia 1997 p.11

[4] Benedicto XVI. Loc Cit.

[5] Benedicto XVI. Loc Cit.

sábado, 12 de diciembre de 2020

GAUDIUM ET BONITATEM

 


Is 61:1-2,10-11; Lc 1, 46-48. 49-50. 53-54; 1 Tes 5:16-24; Jn 1:6-8,19-28

 

…no existe ya motivo alguno de desconfianza, de desaliento, de tristeza, cualquiera que sea la situación que se debe afrontar, porque estamos seguros de la presencia del Señor, que por sí sola basta para tranquilizar y alegrar los corazones.

Benedicto XVI

 

Revisemos el itinerario de Adviento: 1er Domingo “Vigilar”; 2do Domingo: “Preparar”; 3er Domingo: “Alegrarse”, transparentar la Buena Noticia, permitir que se nos vea que la Noticia es un Noticiononon: ¡Domingo Gaudete! Una dinámica anti-quietista, anti-conformista, un “echarse a andar para hacer camino”. Brota, sin embargo, una pregunta rotunda: «¿Se puede exultar de alegría y cantar, en una historia que es drama? Sí, es posible, pero sólo a condición de que uno esté en la historia del Éxodo, en la tentativa real de transformar el mundo. Sólo si uno llega a ver que las promesas que Dios hizo al hombre pueden cumplirse, sólo si en el desierto de la historia se ve brotar la esperanza, sólo si se oye la “corriente subterránea” que contrasta con la aparente lentitud del “no hay nada nuevo bajo el sol”, es posible cantar y sentir alegría.»[1], sólo si nos percatamos que el Reino de Dios ya está entre nosotros (Cfr. Lc 17, 21b).


 

La palabra Evangelio significa Buena Noticia, frente a una buena noticia lo que sobreviene es la alegría. Por lo tanto, nosotros, los que hemos recibido la noticia que alegra, hemos sido llamados a la dicha, a la bienaventuranza. ¿Quién es el Evangelio? Jesús es la Buena Nueva, si lo hemos aceptado como “Dios con nosotros”, se puede decir que tenemos la responsabilidad, aún más, la obligación de la alegría. No se explica que un fiel creyente ande por ahí desalentado, sumido en su tristeza, como si estuviera dejado de la mano de Dios, ¡ese es un anti-testimonio!

 

Durante mucho tiempo se creyó que –siendo el Evangelio un asunto tan serio- nuestro porte de fieles devotos sería el de la “seriedad”, entendida como cara larga y semblante adusto. La Nueva Evangelización tiene que ocuparse para corregir eso, y debemos sentirnos llamados a confesar nuestra Alegría porque el Santo Nombre de Jesús es de Victoria, de Resurrección, de Vida.

 


Este Tercer Domingo de Adviento celebra la Alegría es Domingo de Gaudete, así se nos recuerda desde el Introito de su Liturgia que se tomó de la Carta a los Filipenses capítulo 4, versos 4.5: “Estén siempre alegres en el Señor; se lo repito, estén alegres. El Señor está cerca. No se lee 5a –pero nos parece importante añadirlo- dice: “Que todas las gentes los conozcan a ustedes como personas bondadosas”; la palabra implica que les sea evidente, que les salte a la vista, o sea que, debemos ser Luz del mundo y sal de la tierra por nuestra bondad, mesura, razonabilidad, amabilidad, me voy a permitir añadir aún, por nuestra sonrisa.

 

En la Primera Lectura, más exactamente en Is 61,10 nos dice el profeta: “Me alegro en el Señor con toda mi alma y me lleno de júbilo en mi Dios, porque me revistió con vestiduras de salvación y me cubrió con un manto de justicia”; ahí tenemos dos razones de mucho peso para estar alegres: la Salvación y la Justicia que son nuestro distintivo, nuestras vestimentas, nuestro abrigo, nuestra protección y defensa. A través de ellas se transparenta la bondad con la que nos damos a conocer.


 

En el Salmo Responsorial echamos mano al Magnificat y escuchamos a la Santísima Virgen darnos modelo de alegría: “mi espíritu se llena de júbilo en Dios mi Salvador”… más adelante insiste “me llamaran Dichosa” porque Dios no se olvida que su Nombre es Misericordia y tiene presente siempre a su pueblo escogido. «En pocos lugares de la tierra, María es centro de atención y de esperanza tanto como en América Latina… María puede purificar la lucha por la justicia en que se ha empeñado el continente, del odio que cada hombre lleva en sí,…»[2] Refiriéndose al Magnificat, nos dice Gerhard Lohfink: «Podemos afirmar sin temor y en verdad que nuestra narración es cristológica. Su meollo y centro está en  los dogmas de la fe pospascual. Jesús es el Hijo de Dios; Jesús es el Mesías entronizado en su reinado eterno; Jesús es el cumplimiento de las promesas veterotestamentarias».[3] ¡Regocijémonos!

 

En la Segunda Lectura, tomada de la Primera Carta a los Tesalonicenses se enfatiza: “Vivan siempre alegres, oren sin cesar, den gracias en toda ocasión, pues es lo que Dios quiere de ustedes en Cristo Jesús.


 

El Evangelio, tomado de San Juan, vuelve sobre la figura del Precursor y encuentra su primer motivo en el Evangelio según San Lucas, Juan el Bautista ya desde el vientre de Santa Isabel se alegró en Jesús. Recordemos esos versículos: “… tan pronto como oí tu saludo, mi hijo saltó de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú por haber creído que han de cumplirse las cosas que el Señor te ha dicho!”. Lc 1, 44-45. Esa dicha de Isabel, que tiene su fuente en la seguridad de Dios-Quien-es-Fiel, Cuya Palabra se cumple y Cuya Presencia no nos abandona, se continúa en la dicha del Bautista. San Juan, el Bautista, es feliz porque sabe a ciencia cierta quien no es: sabe que no es el Mesías, ni es el Elías, ni es el Profeta. Lo primero que tenemos que saber para lograr la dicha es “lo que no somos”, y, luego, requerimos saber “Quien-Sí-somos”, es decir, cual es el verdadero eje de nuestra existencia: su Autor, su Dueño, su Centro, su Paradigma, su Finalidad. Para Juan el Bautista es una condición esencial para poder recibir a Jesús y aceptarlo como Mesías, que dejemos de lado vivir centrados en nosotros mismos y aceptemos que el Centro-Existencial es el que bautiza con Espíritu Santo. Cuando Juan el Bautista tiene que enfrentar el interrogatorio de aquellos que los judíos habían comisionado con ese propósito, descubre su Razón de Ser, y en ella, su propia identidad: que consiste en ser la Voz. Notemos que él no pretende ser el Verbo, ni la Palabra, no se arroga ser el Logos. Él es sencillamente el “testigo”. San Agustín dice “Juan es la Voz, pero el Señor es la Palabra. Juan es una voz en el tiempo; Cristo es ya, en el Principio, la Palabra Eterna”.

 

«… la misión del Bautista, del Precursor, no es solamente un anuncio hecho con Palabras, sino testimonio encarnado en la vida: es imitación de Jesús y es preparación a su destino de sufrimiento. Y cada uno de nosotros, llamado según su vocación a preparar el camino del Señor que viene, debe inspirarse, por tanto, en este testimonio con las palabras, con los hechos y con la vida. La vida empleada en la caridad, a partir de la Eucaristía que celebramos, nos hace verdaderamente precursores de Cristo y capaces, en cierto modo, de preparar su venida en el corazón de los hombres y en las diversas expresiones de la vida social: aun en las expresiones de más sufrimiento y dificultad.»[4]

 


Nuestra dicha estriba en ser auténticamente según para lo que fuimos creados, valga decir, “cumplir la Santa Voluntad de Dios”, dar testimonio de Él, según el decir de San Cirilo de Jerusalén: “«Nosotros anunciamos no sólo la primera venida de Cristo, sino también una segunda mucho más bella que la primera. La primera de hecho fue una manifestación de padecimiento, la segunda lleva la diadema de la realeza divina;... en la primera fue sometido a la humillación de la cruz, en la segunda es circundado y glorificado por una corte de ángeles»[5]. ¡Sólo somos voz –que advierte que habrá Parusía-, simplemente testigos –de la Encarnación- que anuncian!

 

«Este es el gozo. El gozo de sentirse dichoso de ser obrero del Reino de Dios. Este es el gozo. El gozo de construir la civilización del amor…El gozo es don del Espíritu. Y el gozo es esa vivencia del Espíritu de Jesús. Es esa vivencia del Don, del Regalo de Dios. Es esa vivencia de saberse fortalecido, vivificado, animado, estimulado por el Espíritu de Jesús. Con el Espíritu de Jesús es posible ser testigo… Con el Espíritu de Jesús es posible decir a los hombres que Dios nos ama, que Jesús es nuestro hermano y camina a nuestro lado… La debilidad del seguidor de Jesús se hace fuerte en el Espíritu. Y en el Espíritu, Jesús es quien vive en el creyente, en el discípulo. ¡Albricias por este maravilloso Don!»[6] Jesús, Él-que-Llega, también y absolutamente, se mueve en la alegría, se enmarca en la dicha, ese es su contexto, no la languidez.


 

Mirando cómo conecta esta “Alegría” preconizada en las Lecturas de hoy, con la fraternidad, encontramos la correlación en la manera de expresar esa alegría. La alegría no se queda en un estado anímico egoísta, encerrada sobre sí misma, no es un botín para la caja fuerte, sino que ella se comunica y se comparte a través de un fruto del Espíritu Santo que en griego se llama jrestótes (χρηστότης) que consiste en la rectitud con dulzura; Papa Francisco –invitándonos a recuperar la amabilidad- nos la explica así: «un estado de ánimo que no es áspero, rudo, duro, sino afable, suave, que sostiene y conforta. La persona que tiene esta cualidad ayuda a los demás a que su existencia sea más soportable, sobre todo cuando cargan con el peso de sus problemas, urgencias y angustias. Es una manera de tratar a otros que se manifiesta de diversas formas: como amabilidad en el trato, como un cuidado para no herir con las palabras o gestos, como un intento de aliviar el peso de los demás. Implica “decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan”,… La amabilidad es una liberación de la crueldad… Hoy no suele haber ni tiempo ni energías disponibles para detenerse a tratar bien a los demás, a decir “permiso”, “perdón”, “gracias”. Pero de vez en cuando aparece el milagro de una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia… El cultivo de la amabilidad no es un detalle menor ni una actitud superficial o burguesa»[7]. ¡Misericordiam et gaudium!

 

 



[1] Paoli, Arturo. LA PERSPECTIVA POLITICA DE SAN LUCAS. Siglo XXI editores. Bs As.-Argentina 5ta ed. 1973 p. 183

[2] Ibid

[3] Lohfink, Gerhard. AHORA ENTIENDO LA BIBLIA. CRÍTICA DE LAS FORMAS. Ediciones Paulinas. España 1977. p. 176

[4] Martini, Carlo María. POR LOS CAMINOS DEL SEÑOR. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá 1995 pp. 530-531.

[5] Catequesis XV, 1 Illuminandorum, De secundo Christi adventu: PG 33, 869 a

[6] Mazariegos, Emilio L. LAS HUELLAS DEL MAESTRO Ed. San Pablo Bogotá D.C. –Colombia 3ª ed. 2001 pp. 154-155

[7] Papa francisco. FRATELLI TUTTI. Ed. Instituto San Pablo Apóstol. 2020 pp. 130-131 ## 223-224.

sábado, 5 de diciembre de 2020

¿INMINENTE O TARDÍO?

 


Is 40, 1-5. 9-11; Sal 84, 9ab-10. 11-12. 13-14; 2Pe 3, 8-14; Mc 1,1-8

 

Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrase a las propias seguridades.

Papa Francisco

 

El foco de esta celebración del Segundo Domingo de Adviento consideramos que está en el verbo κατασκευάζω preparar que significa disponer una vasija justamente para lo que va a contener, para su exacto propósito. Prepararle el camino al Señor, es nuestra misión, y se nos muestra –a tal fin- a verdaderos paradigmas de este ejercicio: Moisés, Elías, Isaías, Juan el bautista, San Pedro. En el meollo de esta celebración, Juan el bautista nos dice lo fundamental de esa misión preparatoria: “Llamar a la conversión”, conversión es darle la espalda al pecado, como definición práctica. En el Primer Domingo de Adviento señalábamos lo interesante que será acercarnos al Sacramento de la Confesión en esta época de Adviento. Pero, y eso no nos cansamos de enfatizarlo, el más verdadero nombre de este Sacramento es Sacramento de la Conversión, porque marca un punto de inflexión, subrayando la decisión de “enderezar los senderos”, cambiando radicalmente nuestro enfoque de vida, haciéndolo girar hacia el Señor. Preparar un camino al Señor es llamar a la conversión, cambiando por medio de una muerte (inmersión en el agua bautismal) que ahoga el pecado para re-nacer como una nueva creación: Criatura Nueva,  renacida del agua y del Espíritu.

 


En el Prefacio II de Adviento, 30, leemos:

A quien todos los profetas anunciaron,

la Virgen esperó con inefable amor de Madre;

Juan lo proclamó ya próximo

y lo señaló después entre los hombres.

El mismo Señor nos concede ahora prepararnos con alegría

al misterio de su nacimiento,

para encontrarnos así cuando llegue,

velando en oración y cantando su alabanza.

 


Hablamos de Jesús mostrándolo como “el anunciado, el esperado, el vaticinado” y eso tiene mucha razón. Jesús, como decimos con frecuencia, no aparece como llegado en paracaídas. Él es el fruto perfecto –en cuanto es el Culmen- de una semilla de Salvación que Dios planto desde la primera página del Génesis. Sabemos –por San Juan- que desde antes de la Creación del Mundo, y desde toda la Eternidad, estaba el Verbo aguardando su momento de irrumpir en la historia. Todas las figuras del Primer Testamento lo prefiguran, y por eso, hemos subrayado, con cierta frecuencia, el origen judeocristiano de nuestra fe. Dios nos ha hecho posible creer, porque Él puso el Anuncio de su Llegada para que nosotros entendiéramos que lo estamos aguardando. El Precursor –San Juan el Bautista- es el último de los “profetas” con la misión de mostrarnos su inminencia. En el evangelio de este Segundo Domingo de Adviento, que se toma precisamente del “Principio” del Evangelio de San Marcos, se nos citan dos profecías de ese filón previsivo que apunta hacia ese inminente arribo: Se trata de –en primer término- citando a Malaquías, (dicho sea de paso Malaquías proviene de מַלְאָכִי “Mal´akhi” que significa “mi mensajero”): “He aquí que yo envío a mi mensajero a allanar el camino delante de mí, y enseguida vendrá a su Templo el Señor a quien vosotros buscáis; y el Ángel de la alianza, que vosotros deseáis, he aquí que viene, dice Yahveh Sebaot. ¿Quién podrá soportar el Día de su venida? ¿Quién se tendrá en pie cuando aparezca? Porque es Él como fuego de fundidor y como lejía de lavandero. Se sentará para fundir y purgar. Purificará a los hijos de Leví y los acrisolará como el oro y la plata; y serán para Yahveh los que presentan la oblación en justicia. Entonces será grata a Yahveh la oblación de Judá y de Jerusalén, como en los días de antaño, como en los años antiguos.” (Mal 3, 1-4); la otra proviene de Isaías: "Consuelen, dice Yahveh, tu Dios, consuelen a mi pueblo. Hablen a Jerusalén, hablen a su corazón, y díganle que su jornada ha terminado, que ha sido pagada su culpa, pues ha recibido de manos de Yahveh doble castigo por todos sus pecados. Una voz clama: “Abran el camino a Yahveh en el desierto; en la estepa tracen una senda para Dios; que todas las quebradas sean rellenadas y todos los cerros y lomas sean rebajados; que se aplanen las cuestas y queden las colinas como un llano.” Porque aparecerá la gloria de Yahveh y todos los mortales a una verán que Yahveh fue el que habló. Una voz dice: “Grita.” Y yo respondo: “¿Qué he de gritar?” La voz dice: “Toda carne es hierba, y toda su delicadeza como flor del campo. La hierba se seca y la flor se marchita cuando sobre ella pasa el soplo de Yahveh.” La hierba se seca y la flor se marchita, más la palabra de nuestro Dios permanece para siempre. Sube a un alto cerro tú que le llevas a Sión una buena nueva. ¡Haz resonar tu voz, grita sin miedo, tú que llevas a Jerusalén la noticia! Diles a las ciudades de Judá: “¡Aquí está su Dios!".(Is 40, 1-9). En síntesis, ¿qué debía “Gritar” el mensajero?, “¡Aquí está su Dios!". Ese grito cumple la función de “allanar el camino”. Por eso a San Juan Bautista lo llamamos “precursor”.

 


Hay otra cita del Antiguo Testamento que no está expresa pero que aparece y su función es equiparar a San Juan Bautista con el profeta Elías. Veamos lo que dice le verso 6 del capítulo 1 de San Marcos: Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura; veamos ahora lo que dice 2Re 1, 7b-8: “¿Cuál era la apariencia del hombre que subió a su encuentro y entonces les habló estas palabras?”. De modo que le dijeron: “Un hombre que poseía una prenda de vestir de pelo, con un cinto de cuero ceñido a sus lomos”. Al instante él dijo: “Fue Elías el tisbita”. Esta referencia, lo que nos está diciendo, es que Juan el Bautista es “aquel Elías que había de venir” (Mt 11, 14b).

 

Del episodio de la Transfiguración reconocemos la importancia de Elías que, junto con Moisés, representa toda la ley y los profetas. Fueron personajes centrales en la historia de la fe Judía. Tanto Moisés como Elías vieron pasar al Señor, valga decir, se les concedió la Gracia de ver a Dios, así fuera dentro de los límites de lo que un hombre vivo puede llegar a ver sin morir: "Moisés dijo a Yahveh: “Tú me mandas que encabece a este pueblo, y no me das a conocer a quién enviarás conmigo. Sin embargo, me has dicho: Te conozco por tu nombre, y te he mirado con buenos ojos. Ahora, si realmente me miras con buenos ojos, dame a conocer caminos para que te conozca, y me sigas mirando bien: no olvides que esa gente es tu pueblo.” Yahveh respondió: “Ve y haz lo que te diga, que yo te llevaré al descanso.” Moisés contestó: “Si tu Rostro no nos acompaña, no nos hagas salir de aquí. ¿Cómo podrá verse que nos das tu preferencia a mí y a tu pueblo? ¿No será, acaso, en que tú nos acompañarás? Esto nos distinguirá, yo y tu pueblo, de todos los pueblos de la tierra.” Yahveh contestó a Moisés: “También esto que me acabas de pedir, lo haré, pues te di mi preferencia y te conozco por tu nombre.” Moisés dijo a Yahveh: “Por favor, déjame ver tu Gloria.” Y Él le contestó: “Toda mi bondad va a pasar delante de ti, y yo mismo pronunciaré ante ti el Nombre de Yahveh. Pues tengo piedad de quien quiero, y doy mi preferencia a quien la quiero dar.” Y agregó Yahveh: “Pero mi cara no la podrás ver, porque no puede verme el hombre y seguir viviendo. Mira este lugar junto a mí. Te vas a quedar de pie sobre la roca y, al pasar mi Gloria, te pondré en el hueco de la roca y te cubriré con mi mano hasta que yo haya pasado. Después sacaré mi mano y tú entonces verás mis espaldas; pero mi cara no podrás ver." (Ex 33, 12-23). Y, ahora, leamos la Visión de Dios para Elías: "Allí se dirigió hacia la cueva y pasó la noche en aquel lugar. Y le llegó una palabra de Yahveh: “¿Qué haces aquí, Elías?” El respondió: “Ardo de amor celoso por Yahveh, Dios de los Ejércitos, porque los israelitas te han abandonado, han derribado tus altares y han muerto a espada a tus profetas. Sólo quedo yo, y me buscan para quitarme la vida.” Entonces se le dijo: “Sal fuera y permanece en el monte esperando a Yahveh, pues Yahveh va a pasar.” Vino primero un huracán tan violento que hendía los cerros y quebraba las rocas delante de Yahveh. Pero Yahveh no estaba en el huracán. Después hubo un terremoto, pero Yahveh no estaba en el terremoto. Después brilló un rayo, pero Yahveh no estaba en el rayo. Y después del rayo se sintió el murmullo de una suave brisa. Elías al oírlo se tapó la cara con su manto, salió de la cueva y se paró a su entrada." (1Re 19, 9-13a).

 


Ellos, Moisés y Elías, preparan el camino del Señor, en la estepa trazan una senda para Dios; rellenan las quebradas y rebajan todos los cerros y lomas, aplanan las cuestas y hacen  de las colinas llano, mostrándonos que Dios está con nosotros, que Él siempre nos acompaña, que está en nuestra historia personal y comunitaria, porque somos “su pueblo preferido”, aun cuando a veces no nos percatamos de su suave Presencia de brisa porque lo suponemos Dios-de-grandeza-tempestuosa.

 

Insistimos en una “inminencia” pero, por el contrario, el Señor parece tardarse, a tal punto que muchas veces estamos tentados a creer que se ha olvidado: San Pedro hace una reflexión que debemos tomarnos un buen rato para explorar y tratar de desentrañar: “El Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos. Lo que ocurre es que tiene mucha paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan”. No estaríamos anunciando un Evangelio, el Evangelio de Jesucristo, una Buena Nueva, si la noticia fuera la de un dios impaciente. En cambio, esa que leemos como desesperante tardanza, nos descubre la Segunda Lectura que es, en realidad, Su Infinita Misericordia. El anuncio del que somos portadores es el de Dios-que-nos-tiene-Paciencia, Quien no ahorra recurso alguno para salvarnos, aun cuando eso lo interpretemos como  inquietante tardanza. Dios no tiene afán, es el dueño del tiempo y de la historia, puede y se extiende en generosa longanimidad.

 


La “longanimidad” es una palabra que escuchamos en las reflexiones de nuestra fe, pero que se ha devaluado y se ha vaciado. Nos denuncia Papa Francisco en su Fratelli Tutti, #14 que: «Un modo eficaz de licuar la conciencia histórica, el pensamiento crítico, la lucha por la justicia y los caminos de integración es vaciar de sentido o manipular las grandes palabras.» Para mejor rescatar y recobrar la dimensión propia de la longanimidad proponemos dos fragmentos de la Fratelli Tutti. Primero, del numeral 228, «El camino hacia una mejor convivencia implica siempre reconocer la posibilidad de que el otro aporte una perspectiva legítima, al menos en parte, algo que pueda ser rescatado, aun cuando se haya equivocado o haya actuado mal. Porque “nunca se debe encasillar al otro por lo que pudo decir o hacer, sino que debe ser considerado por la promesa que lleva dentro de él”, promesa que deja siempre un resquicio de esperanza». Y, luego, del numeral 229, ya hacia el final, donde se lee: «Los Obispos de Corea del Sur señalaron que una verdadera paz “sólo puede lograrse cuando luchamos por la justicia a través del diálogo, persiguiendo la reconciliación y el desarrollo mutuo”» La longanimidad está conectada con una bondad paciente, tolerante (no resignada), comprensiva, con una amplitud de ideas que pone en primer término que todo “otro”, todo prójimo, es un hermano, un también-hijo-de-Dios. Ese Padre-del Cielo, Dios-que-nos-tiene-Paciencia

 


El Evangelio nos propone por medio de la palabra “desierto”, además, otra dialéctica: cercanía-distancia: el tema de las “periferias”. Esta palabra tan cara a nuestro Papa, que la incluyó desde el principio de su Pontificado en todos los itinerarios que nos propone como pueblo de Dios, como Iglesia, como comunidad creyente. Los evangelistas han tenido, como simbología, un “ser” propio cada uno: San Mateo el Hombre, San Juan el águila, San Lucas el buey y San Marcos el León, porque da Principio a su Evangelio con la figura de San Juan el bautista que –desde el desierto- llama a la Conversión con una predicación rugiente. Ahí están retratadas las periferias del Evangelio de San Marcos, con la figura del “desierto”. Encaramos la dialéctica centro-periferia expresada en el Evangelio de San Marcos en la oposición Templo-Desierto. Sin embargo, cuando Papa Francisco se refiere a dichas “periferias”, nos advierte que no se trata tan sólo de las periferias geográficas, sino que están además –las más preocupantes- las periferias existenciales. Papa Francisco dio como ejemplo de una periferia existencial: “una de las periferias que me hace tanto mal, que siento dolor -lo vi en la diócesis que tenía antes-, es aquella de los niños que no saben hacerse la señal de la cruz. En Buenos Aires hay tantos niños que no saben hacerse el signo de la cruz. Esta es una periferia ¡eh! Se necesita ir ahí. Y Jesús está allí, te espera para ayudar a ese niño a hacerse el signo de la cruz”. La misión no es una cita del Señor con nosotros en las remotas periferias, está ahí, siempre al alcance de la mano, siempre primereandonos. Podemos llegar al Horeb de nuestro encuentro con Dios sin llenar requisitos de distancia, sino descubriendo que en cada paso de nuestra existencia estamos comisionados para enseñar, para preparar y proclamar que el Señor “Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres.” (Is 40, 11) Es ese el enfoque que nos propone Papa Francisco para nuestro compromiso de allanadores de colinas, de allanadores de senderos: “Para ser fieles, para ser creativos, es necesario saber cambiar. ¿Y por qué debo cambiar? Es para adecuarme a las circunstancias en donde anunciar el Evangelio. Para permanecer con Dios es necesario saber salir, no tener miedo de salir 8no necesariamente a lo remoto).  Entendamos, pues, preparar –en este contexto de Adviento- como sinónimo de “salir” a proclamar su Benignidad, su Paciencia, su Amor.

 

sábado, 28 de noviembre de 2020

DORMIR - VELAR

 



Is 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7; Sal 79, 2ac y 3b. 15-16. 18-19; 1Cor1,3-9; Mc13, 33-37

 

Resulta justo y necesario darle a la Navidad, más allá de su presentación folclórica, turística y comercial, su dimensión profunda cristiana, fundamento de todo lo demás. Sin el fundamento, todo lo demás resulta superficial y vano.

Alfonso Llano

 

A la verdadera navidad no se regresa por el camino de la falsa ternura, del mentiroso aniñamiento, del sentimentalismo. Sólo se recupera teológicamente, es decir, atreviéndose a creer en serio lo que decimos festejar.

José Luis Martín Descalzo

 

A todos nos es dado entender que hay un doble tipo de espera que con frecuencia distinguimos “espera pasiva” y “espera activa” para diferenciar la espera que se limita a dejar transcurrir el tiempo, para que llegue la fecha señalada, o una espera -llamémosla “comprometida”- que se asume como “tarea” de aprestamiento. La preparación es una verdadera gestación, un proceso de acondicionamiento y maduración, que, en la analogía con la maternidad, halla su culmen en el acopio de ropas y cuna –con su propio tendido de cama- para el bebé que habrá de nacer. El proceso de “gestación” que se da con una suerte de automatismo biológico, va acompañado de una “gestación psicológica” en la que se acopia información y -lo más importante- se dispone el corazón, para alcanzar la mejor manera de encarar esa llegada del recién nacido. Por ejemplo, los papás que ya han tenido hijos se ven abocados a preparar a los hijos mayores para la aceptación y bienvenida del que va a llegar. Esta analogía nos puede insinuar pautas de preparación para celebrar el nacimiento de Jesús.

 


El Adviento, que significa “Venida” o “Llegada” es un Tiempo Litúrgico que tiene un intenso sentido de preparación, la Navidad celebra el nacimiento del Divino Niño Jesús, pues el adviento nos abre un compás de tiempo para disponernos, nos preparamos para hacer de nuestro corazón una digna morada para que el Señor llegue a él y nazca en el Pesebre de Nuestro Corazón: Queremos que al nacer Jesús encuentre en nuestro pecho un tibio nido con blandas pajitas y en él pueda recostarse y esté al abrigo de las frías noches. Todos los signos exteriores que decoran este Tiempo no son meramente un colorido y luminoso adorno para el jolgorio infantil, sino que todas esas luces y adornos son el lenguaje tornasol con el que expresamos nuestro proceso de disposición para darle acogida, en nuestra vida, al Dios Encarnado que se hizo hombre para Redimirnos. Siendo así, no está destinado a los niños, sino que todos –obedeciendo las Enseñanzas de Jesús- nos hacemos como niños para acceder al Reino, porque es el Mismísimo-Dios quien nace, del Vientre Virginal de María Santísima y cuya Luz Salvadora resplandecerá en los ojos de nuestra espiritualidad sí sabemos ver, es decir, sí permanecemos vigilantes.

 

«De todas las tareas que hoy se plantean a un cristiano, la más urgente sin duda alguna, es la de recuperar la navidad. Esa navidad secuestrada por el consumismo, devaluada por el folclore sentimental, intoxicada por el ternurismo, vaciada por las alegrías baratas, asfixiada por los atracones digestivos, emborrachada por el champagne, asordinada y cloroformizada por la rutina y por unas supuestas tradiciones que, en lugar de resaltar lo que festejamos acaban por tragárselo.»[1] Para esta época, no sabemos cuánto se gasta en bolas para el árbol, cintas doradas, iluminaciones, guirnaldas y festones; y cuán poco pronunciamos el Dulce Nombre de Jesús y cuan poco construimos en nosotros las condiciones para acoger a Dios-en-nosotros. También se nota que, viniendo de la celebración de la Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, donde Jesús nos proponía las obras de Misericordia, para que –usando la frase de San Juan de la Cruz- en el atardecer de nuestra vida seremos juzgados en el amor; más bien parecería que toda esa “palabrería” del fin de año litúrgico la hubiéramos desplazado al cuarto de San Alejo, para abrirle campo, al “árbol de navidad” y todos sus concomitantes.

 


Quede claro que el Adviento no se puede reducir a la participación en el gran mecanismo comercial, ¡qué triste!, que ha venido a desplazar completamente el verdadero significado de la Celebración. Todos entendemos que “el Malo es puerco” y que usa y abusa, como táctica, de distractores que nos llevan a descuidar lo que verdaderamente interesa a nuestra fe. Por eso Jesús nos llama en el Evangelio de esta fecha (perícopa tomada del Capítulo 13 del Evangelio según San Marcos, que continua moviéndose en un contexto escatológico coherente con el Evangelio de los últimos tres Domingos, proveniente –como lo comentamos en su momento- del capítulo 25, escatológico, de San Mateo). Ingresamos ahora en el ciclo B –donde nos remitimos al Evangelio según San Marcos- y, donde hoy nos encontramos con una convocación para vivir en actitud vigilante y siempre alertas: βλέπετε ἀγρυπνεῖτε, οὐκ οἴδατε γὰρ πότε ὁ καιρός ἐστιν· “Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuando será el momento” (Mc 13, 33). Βλέπετε viene del verbo βλέπω que significa la acción física y el proceso fisiológico de “ver”, pero que además connota un significado de discernimiento, de madurez, de cordura, de buen juicio, de tener cuidado, de atención concentrada, que aquí hemos traducido por “estar atentos”. Esa atención concentrada y laboriosa, es más, esa atención diligente, no es suficiente; además se requiere estar despiertos, como se dice en el lenguaje común, “estar en la juega” ἀγρυπνέω (no se duerme), la actitud vigilante de un θυρωρῷ “portero” (Mc 13, 34) que guarda cuidadoso la entrada. Como no se duerme, enciende una vela, para penetrar mejor la oscuridad y por eso decimos “¡Velad!”. No dormirse, ni distraerse, no descuidarse y ni siquiera parpadear, sino estar siempre alertas.

 


Cuando comentábamos el sentido de la escatología ya enfatizábamos que no es algo que se deja para el último minuto –juego en el que se entraría si el Señor nos hubiera dado la fecha fija para “el fin del mundo”- sino algo que se trabaja cotidianamente, dado que “no se sabe el día ni la hora”, conocimiento que es exclusivo del Padre Celestial. La fe que nos da Jesucristo, es –como siempre insistimos- una propuesta de vida, un compromiso para orientar nuestra manera de vivir, muy seguramente por eso el cristianismo se llamaba en sus orígenes “el camino”. Camino es proceso y descubrimiento continuo, camino es ir viendo lo que se va presentando, los obstáculos que puedan existir en la travesía, pero también –lo que no es menos importante- ser capaces de maravillarse con la hermosura de la trayectoria. Estar alerta para no caerse, para no lastimarse, para evitar un accidente, y, además, gozar el recorrido, disfrutar del paisaje, beberse con los sentidos las hermosuras de la creación.

 

El “camino” puede tener y requerir esfuerzo, puede ser fatigoso, algunas veces –tal vez- requiramos hacer un “alto en el camino” para tomar aire y poder continuar. Pero el caminante descubre también, la satisfacción de perseverar en el caminar, el gusto proveniente de saber superar las dificultades y de haber coronado ese tramo que requirió de nuestro tesón. Quizás querríamos un “camino” muelle y acojinado, pero si el camino no nos presentara desafíos, quizás perdería su valor el recorrerlo y caeríamos en la monotonía del andar por andar. Son los altibajos los que rompen la invariabilidad y dan “color” al trayecto. Perseverar en la ley de Dios, vivir con pasión y con perseverancia la tensión por cumplir la Voluntad de Dios, es a eso a lo que se refiere la actitud vigilante. Y ser constantes en la vigilancia, en el velar, es la manera de vivir cristianamente, es nuestro “camino”, es nuestro estilo.

 

Pero hay algo que es esencial al “camino” de nuestra fe, algo que perdieron de vista los dos de Emaús, y que los llevaba a caminar en derrota: Que Dios va siempre con nosotros, que Él se nos hace el Encontradizo, que nos va enseñando por todo el Camino y que nos acompaña animándonos. Que no vamos solos, que Él es un “Amigo Fiel”, el “Amigo que nunca falla”. Una parte esencial de nuestro andar por la vida es esa conciencia, y cada paso que se da, se da ante su Presencia Majestuosa. Es Su Real Majestad lo que valoriza el esfuerzo constante del paso a paso. Caminar por caminar, o inclusive, caminar para jactarnos de nuestro “poderoso aguante” nos desilusionará, cualquier meta, por gloriosa que parezca, resulta fútil si no tenemos los ojos abiertos para darnos cuenta que Él lo ha recorrido a nuestro lado, que ha sido Él quien nos ha animado, nos ha “hecho barra”, y todavía más, fue Él quien nos ayudó a incorporar cuando tropezamos. Él, que tropezó y cayó agobiado y desfalleciente bajo el peso de la Cruz, rumbo al Calvario, Él mismo fue nuestra Verónica, y en ese momento -que tanto y tan angustiosamente lo requerimos- enjugó nuestro  rostro sudoroso y nos tendió la mano.

 

Notemos que en el Evangelio, en la perícopa de San Marcos que leemos hoy, hay unos detalles de relieve: Se establece un símil, se compara un hombre que se ausenta y sus “siervos” con Dios y nosotros. El hombre que se ausenta representa al propio Jesús, los siervos nos personifican a nosotros, los discípulos de todos los tiempos. ¿Qué se nos dice en ese símil? Que Dios nos entrega unos encargos, deposita en nosotros una comisión, a cada quien nos ha entregado un “trabajo”, una atribución. Y en esta “responsabilidad” se encierra una clave sustancial: es de esa atribución que debemos estar vigilantes. Esos “trabajos personalizados” que se nos han donado serán el objeto sobre el que tenemos que desplegar nuestros afanes y desvelos. La perícopa concluye enfatizando que eso no es un “envío” para unos determinados destinatarios, sino que Él nos lo dice “a todos”.

 


La actitud vigilante también consiste en saber dominar esa psicología de la “derrota” del que se queda caído e insiste en estar en tierra aun cuando Dios le está ofreciendo la Mano para que se levante y aun cuando en este mismo momento lo está “alzando” como un Padre alza a su hijo para que tenga el valor de no lloriquear sino alzarse tesonero y confiado en el Señor. Muchos a lo largo de su existencia van empecinándose constantemente en su “psicología atea” para hacer creer que ellos han caminado solos, solos se ha caído y solos se darán maña de quedarse ahí tirados. ¿Les damos gusto? Digámosles a coro ¡Pobrecitos!

 

¡No! Mil veces ¡No! Ánimo, el Señor está con nosotros, ¡levantémonos! ¡No os quedéis en la auto-conmiseración! Os habéis caído para tener la feliz oportunidad de levantaros. Para que veáis por fin que Dios está contigo, que no eres un triste abandonado, que Dios te ama, que Él es tu Padre y con su Infinito Amor se interesa por ti, te cuida, es Tu Guardián que no duerme, ni de día ni de noche, porque es un Guardián Incansable (Cfr. Sal 120).

 

Para quienes -a porfía- quieren estar tirados por ahí, revolcándose en su derrota, convendría que leyéramos nuevamente la historia de Jacob en el libro del Génesis 25, 21–35, 29. Por un momento volvamos la atención al episodio de la lucha de Jacob en Gn 32, 29 que es la cúspide de su metanoia progresiva, él deja de ser un “embaucador” y logra –por fin- descubrir que Dios no se da por vencido sino que insiste hasta que uno llega a ser “Fuerza de Dios”, que es el significado del nombre Israel, que consiste en dejar de atenerse a las propias fuerzas y fiarse de las que Dios nos da. ¿Cómo logró eso Jacob? Pues se mantuvo despierto, y “luchó” con él hasta el amanecer: esto es lo que en hebreo en el episodio de la lucha de Jacob- está expresado con עד עלות השחר y en griego, en el Evangelio de hoy, dice ἀγρυπνέω no dormirse, o sea “actitud vigilante”. Oremos hoy con el salmista diciendo: “Cuida la cepa que tu diestra  plantó, y al hijo del hombre que tú  has fortalecido” (Sal 79,15).

 



[1] Martín Descalzo, José Luis. BUENAS NOTICIAS. Ed. Planeta. Barcelona-España. 1998. p. 96