sábado, 16 de noviembre de 2019

OTRO MODO DE SER REY




Mal 3,19-20a; Sal 97,5-6.7-9a.9bc; 2Tes 3,7-12; Lucas 21,5-19

“Aplaudan los ríos, aclamen los montes al Señor que llega para regir la tierra”
Sal 98(97), 8-9a.



«El Mesías de Dios, el Elegido, el Rey» (Lc 23,35.37) se muestra sin poder y sin gloria: está en la cruz, donde parece más un vencido que un vencedor. Su realeza es paradójica: su trono es la cruz; su corona es de espinas; no tiene cetro, pero le ponen una caña en la mano; no viste suntuosamente, pero es privado de la túnica; no tiene anillos deslumbrantes en los dedos, pero sus manos están traspasadas por los clavos; no posee un tesoro, pero es vendido por treinta monedas.

Verdaderamente el reino de Jesús no es de este mundo (cf. Jn 18,36); pero justamente es aquí —nos dice el Apóstol Pablo en la segunda lectura—, donde encontramos la redención y el perdón (cf. Col 1,13-14). Porque la grandeza de su reino no es el poder según el mundo, sino el amor de Dios, un amor capaz de alcanzar y restaurar todas las cosas. Por este amor, Cristo se abajó hasta nosotros, vivió nuestra miseria humana, probó nuestra condición más ínfima: la injusticia, la traición, el abandono; experimentó la muerte, el sepulcro, los infiernos. Dijo Papa Francisco en esta Solemnidad en el 2016

El Señor es Rey del Universo
El Salmo nos anuncia que Dios, Nuestro Señor, da a conocer su Victoria. ¿Cómo? Él mismo le ordena a sus fieles, de todos los lugares de la tierra, hasta los mismos confines, la triple tarea: Sal 98 (97), 4c-6
i)              Aclamar al Señor, al Rey y Señor
ii)             Gritar, vitorear
iii)            Tocar, hacer sonar los instrumentos
·         La citara
·         Los clarines
·         La trompetas
Se trata de armar una algazara (del Ar. ḡazārah, abundante, o sea, un abundante estruendo de voces) un griterío; se trata de hacer sonar el Sofar (o Chofar), como en el Yom Teruah, o sea, Día del llamado porque el Mesías ya llega.

Si, este Domingo XXXIII es un Domingo pre-Jesucristo-Rey-del-Universo, celebramos preparatoriamente la Segunda Venida, no porque ya vaya a llegar sino porque con absoluta seguridad, como que está Escrito, sucederá. En este mismísimo sentido es un pre-Adviento. Dicho en otras palabras, al llegar el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario estamos llegando al final del Año Litúrgico, estamos, pues, ad portas de un Año Nuevo Litúrgico y eso es lo que celebramos con todas las connotaciones e implicaciones de esa llegada que nos habla de esas otras Llegadas: el Señor que vino, que viene, que vendrá.

Veamos: El Yom Teruah también denominado Rosh HaShaná evoca con su Teruáh (clamor del Sofar, o sea, grito de la Trompeta) que Nuestro Dios y Padre creó el Universo; pero no solamente, sino que además, nos dio la Ley en el Monte Sinaí (recordemos que los Emperadores enviaban sus pregoneros que antes de leer los decretos imperiales llamaban a congregar la población y recababan la atención por medio del sonido de las trompetas, aproximadamente equivalente al heraldo medieval); este salmo leído en la liturgia del Domingo XXXIII es un Salmo del Reino: ¡Yahwe reina! (nuestra comprensión de la Divinidad echa mano a analogías con los Reyes de la Tierra); no queda ahí el significado del Sofar que resuena, porque también nos advierte que si hemos pecado debemos arrepentirnos, da inicio su sonido a un periodo de Diez Días penitenciales (el Sofar clama nueve veces).


El Sofar está hecho de Cuerno de Carnero y evoca también el Cuerno que sonó en el Sacrificio de Isaac cuando detuvo la mano de Abrahán para que la víctima fuera reemplazada. Alude a la voz de los Profetas que nos advierten y nos previene de desviarnos, la voz de las trompetas nos reclama fidelidad, nos pone en guardia, nos pone sobre alerta, nos advierte –como lo hizo Jesús en repetidas ocasiones, que debemos estar “despiertos”, “velar” para cuando el Novio llegue. Pero, en vista de la llegada del Novio, revestirnos de humildad (“no somos más que siervos inútiles, sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer”), reconocer que somos frágiles, que nuestra vida es “breve”, que en cualquier momento podemos ser llamados a “calificar servicios”; y, en este sentido, también alude a la resurrección de los muertos y la Vida del Mundo Futuro. O sea que la voz del Sofar es, de un modo litúrgico, una “Profesión de fe”. En esa dirección añadimos que las trompetas que estamos llamados a tocar somos nosotros mismos puesto que todo aquel que cree y ama al Señor es un Sofar viviente.

Dios es Justo
“Su Diestra, su Santo Brazo la ha dado la Victoria.” Nos dice el Salmo en el verso inicial 98(97), 1c. ¿De qué Victoria se habla en resumidas cuentas? Su Victoria consiste en implantar la Justicia, una Justicia Divina, preclara,  recta:  בָא֮  לִשְׁפֹּ֪ט  הָ֫אָ֥רֶץ  יִשְׁפֹּֽט־  תֵּבֵ֥ל  בְּצֶ֑דֶק  וְ֝עַמִּ֗ים  בְּמֵישָׁרִֽים׃ “regirá el orbe con justicia y los pueblos con rectitud” Sal 98(97), 9bc.

A este tema se refiere la Primera Lectura, del Profeta Malaquías, señala que el Señor llega para castigar a los perversos con Mano Férrea los quemará como se quema la paja; y a los que le son fieles (para los que la Sagrada Escritura acuñó la expresión “los que le teman”; expresión que en nuestra cultura suena chocante porque nosotros los “valentones” “envalentonados” no le tememos a nadie), a los que lo adoran los premiará.

Y no es que sea un Dios vengativo o rencoroso, todo lo contrario, es un Dios que es Infinitamente Misericordioso, pero su Misericordia para ser Infinita tiene que ser Justa (lo cual no es óbice para la Infinitud de su Misericordia), y –aunque nosotros no sabemos cómo hará para ser Justo y a la vez Infinitamente Misericordioso- lo importante no es que podamos entender el cómo sino que lo que cuenta es que sabemos que los dos atributos le pertenecen al Señor sin que el uno excluya al otro o sin que se entren a limitar recíprocamente. Otro asunto vital consiste en saber que si Dios nos lo revela en la Sagrada Escritura, a pesar de lo raro que pudiera sonar (y así sonará absurdo) ni una sola letra, ni un punto de la i faltará a su cumplimiento, precisamente porque es Palabra de Dios.

Trabajar: nuestra misión
Una de las claves de nuestro Papa actual el papa Francisco es su feliz y acertadísima cualidad de auto resumirse en frases, frases impactantes, frases, cuestionantes, frases, inolvidables, frases afortunadas porque compendian e iluminan el evangelio en un momento histórico en el que toda una cultura se arroja y le arroja toneladas de tierra o de estiércol, afanada en sepultarla en el más recóndito olvido.


Quisiéramos tocar sólo tres de sus frases exitosas que nos resuenan en la mente como glosas a la Segunda Lectura de este Domingo XXXIII, que proviene de la Segunda Carta a los tesalonicenses. Vamos a verlas:

1)    “El trabajo unge de dignidad a una persona”. El que no quiera trabajar que no coma y San Pablo que no era de los que hablaban por hablar vivió dando el ejemplo y él mismo trabajaba (en un trabajo manual, el que había aprendido de su papá, porque entre los judíos era imperioso el aprendizaje de un oficio; contrario a la cultura del imperio de turno que consideraba degradante ejercer un oficios manual) él hacía carpas, tiendas de campaña, y cumplido su trabajo dedicaba el tiempo a la predicación del Evangelio.
2)    “Cristo nos guía a salir cada vez de nosotros mismos para entregarnos y servir a los demás”. Es lo que hizo San Pablo, no vivía a expensas de la comunidad, no se convertía en una carga para ellos, venía a servirles y, aunque hubiera tenido derecho a pedirles su alimento, no quería resultarles gravoso. Cristo lo llenó del impulso para salir de sí y darse a raudales como el mismo Jesús lo hizo que no les quedaba ni un instante de descanso.
3)    "El consumismo nos impulsa a desechar. Pero la comida que se tira a la basura es el alimento que se roba al pobre, al que pasa hambre". Esta tercera frase no requiere comentario. Está en el espíritu Paulino, está en la médula de nuestra fe, es norte del cristiano. Y es denuncia, denuncia de esa sociedad que arriba afirmamos nos quiere conculcar el evangelio.

En vez de desechar, San Pablo nos suplica y nos ordena, que nos pongamos a trabajar. ¿A trabajar en qué? En nuestra misión, ser misioneros, “cada cristiano es misionero en la medida en que da testimonio del amor de Dios. ¡Sean misioneros de la ternura de Dios!”

Misioneros de la ternura=Misioneros del perdón
«Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (v. 42). Esta persona, mirando simplemente a Jesús, creyó en su reino. Y no se encerró en sí mismo, sino que con sus errores, sus pecados y sus dificultades se dirigió a Jesús. Pidió ser recordado y experimentó la misericordia de Dios: «hoy estarás conmigo en el paraíso» (v. 43). Dios, apenas le damos la oportunidad, se acuerda de nosotros. Él está dispuesto a borrar por completo y para siempre el pecado, porque su memoria, no como la nuestra, olvida el mal realizado y no lleva cuenta de las ofensas sufridas. Dios no tiene memoria del pecado, sino de nosotros, de cada uno de nosotros, sus hijos amados. Y cree que es siempre posible volver a comenzar, levantarse de nuevo.


Pidamos también nosotros el don de esta memoria abierta y viva. Pidamos la gracia de no cerrar nunca la puerta de la reconciliación y del perdón, sino de saber ir más allá del mal y de las divergencias, abriendo cualquier posible vía de esperanza. Como Dios cree en nosotros, infinitamente más allá de nuestros méritos, también nosotros estamos llamados a infundir esperanza y a dar oportunidad a los demás. Porque, …, permanece siempre abierta de par en par para nosotros la verdadera puerta de la misericordia, que es el Corazón de Cristo. Del costado traspasado del Resucitado brota hasta el fin de los tiempos la misericordia, la consolación y la esperanza.[1]

Templos vivos
Nuestra espiritualidad puede admirar sin idolatrar la belleza de nuestras catedrales, de nuestros santuarios, de nuestros templos, de los detalles con los que están adornadas, engalanadas, que son una pálida insinuación de la Vida Celestial; pero no podemos idolatrar esas obras arquitectónicas, ni hacer depender nuestra fe de esos Templos.

El Templo somos cada uno de nosotros, y el Sancta Sanctorum, el Sagrario de cada uno es su conciencia y ese es el Templo que será destruido y reconstruido al Tercer Día (el Día de la Salvación). Y somos templo no en nuestra individualidad unipersonal sino en nuestra personalidad corporativa de hermanos solidarios, todos Uno en Jesucristo (prometemos no cansarnos de repetirlo), Cuerpo Místico de Cristo.


Que seremos traicionados, inclusive por nuestros más cercanos, que seremos perseguidos, atacados, ridiculizados; incluso por aquellos que se hacen pasar por hermanos en la fe, entre los cuales hay muchos lobos con piel de oveja (esto no nos debe detener para confiar y creer, porque hay lobos, las ovejas no pueden andar divididas), caminemos con firmeza, porque de nuestra firmeza depende que ganemos la Vida, la Vida verdadera. Sea la oportunidad para sacar a relucir otra de las frases acuñadas por el Papa Francisco que nos señala frente al relativismo dominante el Norte-Inamovible: “Él es el Señor del Tiempo, nosotros somos los señores del momento, vayamos a lo eterno del tiempo, no a lo pasajero del momento”.

«Hoy queridos hermanos y hermanas, proclamamos está singular victoria, con la que Jesús se ha hecho el Rey de los siglos, el Señor de la historia: con la sola omnipotencia del amor, que es la naturaleza de Dios, su misma vida, y que no pasará nunca (cf. 1 Co 13,8). Compartimos con alegría la belleza de tener a Jesús como nuestro rey; su señorío de amor transforma el pecado en gracia, la muerte en resurrección, el miedo en confianza. Pero sería poco creer que Jesús es Rey del universo y centro de la historia, sin que se convierta en el Señor de nuestra vida: todo es vano si no lo acogemos personalmente y si no lo acogemos incluso en su modo de reinar.»[2]






[1] HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, Plaza de San Pedro Domingo 20 de noviembre de 2016
[2] Ibid

sábado, 9 de noviembre de 2019

TOTAL Y PLENA TRASFORMACIÓN



2Mac 7, 1-2. 9-14; Sal 16, 1. 5-6. 8 y 15 (R.: 15b); 2Tes 2, 16--3, 5; Lc 20, 27-38

Un pueblo que persiste en celebrar su vendimia, aunque no tenga frutos para cosechar, recobrará sus viñedos.
Benjamin Disraeli

La resistencia es una alternativa
Perseguir la fe y buscar la traición a las tradiciones religiosas de un pueblo  son vías de opresión y debilitamiento que los tiranos de diverso pelambre usan y usaran a través de la historia, puesto que perdidas las señas de lo más profundo de nuestra identidad los siguientes pasos del sometimiento se facilitan. Efectivamente, cuando damos nuestro brazo a torcer y abdicamos de nuestro credo, nuestra identidad se ve poderosamente vulnerada y si podemos dar la espalda a nuestro Dios las siguientes detracciones parecen de poca monta.  Así, la dominación nos propone o nos exige abandonar algún detalle –señalado como mínimo- consciente de estarnos fragilizando. Cuando los demás vean como se sucumbe a la presión en algún aspecto “mínimo”, la capacidad de resistencia vendrá a tierra como un castillo de naipes. Estas debilidades son anunciadas y propagadas con los mejores mecanismos de divulgación a la mano en cada momento histórico.

En el episodio que señala la perícopa de la Primera lectura de este Domingo XXXII del tiempo ordinario, ciclo C, esa traición consiste en comer carne de puerco. Muchas personas nos dicen que pudiendo salvar la vida, es una tontería de marca mayor, empecinarse en no comer algo que posiblemente no nos produzca ni siquiera dolor de estómago. Uno lo minimiza, pero, es como cuando se vence un plato o un pocillo, por ahí se quiebra la pieza más temprano que tarde. Así es, pese a parecer insignificante, es la derrota total en potencia.

Nos parece que no entendemos nada si “espiritualizamos” excesivamente este gesto. Uno dice que no se come cerdo porque se ofendería a Dios. Si lo tomamos en esa dirección, no vamos a poder descifrar el mensaje de la Sagrada Escritura. Observemos como lo argumenta el hermano que toma la vocería de los otros seis: “Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres”. 2Mac 7, 2c. “Ley de nuestros padres” implica la continuidad de una tradición, la pertenencia y adhesión a esa línea de tradición, más a fondo, el sentido de pertenencia a una comunidad que así procede, es decir, las señas de identidad; pero no cualquier seña, sino la definitiva, la que identifica, la que nos señala como miembros de “un cuerpo”. Ese es al sentido de “ley” en este contexto. La ley rige porque pertenecemos a esa comunidad. Cumplirla y aceptarla significa reconocer nuestra vinculación.

¿Por qué se enfurece el Rey Antíoco Epifanes (Mitrídates)? Precisamente porque no logra hacer quebrantar la ley a estos siete hermanos, o sea, no consigue hacer que se declaren súbditos suyos. Eso quebrantaba el propósito hegemónico, adoptaban una posición frente a las tendencias helenizantes, optando por su identidad judía. El helenismo era una alternativa político-militarista; los judíos le opusieron una posición de resistencia: Esta negativa a consumir carne de puerco es, sin lugar a dudas, la carta de constitución de un pueblo (pueblo escogido) que se resiste y lucha. (En otro lugar de macabeos vemos que hubo otras defecciones, y fueron doblegados a consecuencia de la división y el debilitamiento de la unidad de este pueblo). La historia bíblica nos enseña a resistir.

Pero no una resistencia confusa o caprichosa, una resistencia que es rebeldía sin causa, pura pataleta; sino resistir perseverando en nuestros valores, en nuestra identidad, conservando aquello que nos define, que nos caracteriza, que nos hace ser quienes somos, creyendo en lo que creemos, y rechazando las “modas” con las que poco a poco nos tiranizan.

Déjanos ver tu Rosto al despertar
… cada uno de nosotros tiene en su interior un espíritu de vida. Y cuando la muerte llega, ese espíritu de vida consigue eludirla.
Helder Câmara
En este Domingo XXXII, antepenúltimo del Año Litúrgico, vamos a entonar del Salmo de súplica 17(16), los versos1. 5-6. 8 y 15. El salmista se pone bajo la protección de un “Padrino” que es su abogado, su defensor, que impedirá que lo ataquen, lo castiguen, lo dañen. Se trataba de alguien poderoso, lo suficiente como para detener cualquiera amenaza que venga. Y en este caso la súplica se dirige a Dios mismo. El Salmista se pone bajo la protección de Dios.

En este caso, el argumento que le presenta a su “Padrino”, para motivarlo a defenderlo, es que el merece su protección y que lo defienda porque es inocente y no merece castigo alguno: “Pues sus labios no mienten,…., sus pies se han mantenido firmes en los caminos del Señor,…. Por serle fiel, en cualquier momento que lo examine no le encontrará maldad,…, no dice cosas indebidas,…, no obra violencias, …, vive de acuerdo a los mandatos del Señor.


Ahora, si nos fijamos en el sujeto vemos que está en primera persona, habla a partir de “yo tal cosa, yo hago, yo soy, yo patatí, yo patatá” pero tras de este sujeto aparente habla un pueblo. Los eruditos nos dan cuenta de este modo de pensar en la cultura donde se dieron los Salmos, nos encontramos con este tipo de “yo” colectivo, un “yo” pueblo-entero, donde el “yo” es el pueblo de Israel. Si en la Primera Lectura de este Domingo, nos encontramos con alguien que se niega a comer carne de puerco porque daría mal ejemplo a su pueblo rompiendo la ley de sus padres, en este salmo encontramos un “yo” que habla también por ese pueblo, por esa comunidad, habla en primera persona, pero es un “yo” corporativo, que incorpora a varios en un solo corpus. ¡Qué excelente sentido de pertenencia!

¿Qué pide el suplicante? Que lo atienda, que lo oiga, que no le permita hablar falsedades, en general que mantenga su inocencia (en todos los sentidos que hemos citado arriba), que lo guarde como si se trataran de sus propias pupilas, que lo defienda y lo proteja poniéndolo bajo la sombra de sus alas, que lo libre de los malvados. Toda esa protección clama el Salmista al Señor en nombre de su pueblo.

Y una reclamo final, el que sella el salmo como conclusión. Que esta defensa sea para toda la vida, de modo tal que al “abrir los ojos” en la otra vida se encuentre con el premio que el Señor ha prometido a  los que vivan una vida coherente en los caminos de Dios: Despertar en su Presencia, contemplar su Rostro, saciarse de verlo, aunque su esplendor no cansa.

No se pediría este “premio”, esta corona de “premio olímpico” (como decía San Pablo) si no se creyera que hay vida después de la muerte, que allí se puede seguir con algo mejor, muy pero muy superior que consiste en gozar de la Plenitud de la Vida que es Dios mismo, porque donde esté Dios presente nada faltara o sea, que todo será perfecto. Esta petición, esta súplica-pináculo, es una declaración de fe en la “resurrección de los muertos”, en la justicia de la vida eterna, en el sentido de vivir conforme a los “mandatos del Señor”, en fin, es una declaración de fe en el “Cielo”, pronunciada por una boca que es “un pueblo entero”, es la fe de la nación, es Israel quien la proclama.

Creemos y vendrá
En cambio San Pablo, en la perícopa de la Segunda Carta a los Tesalonicenses que leemos en esta fecha, habla de un ustedes, pide que rueguen por un ustedes que una vez más es corporativo, porque está dirigido a los “hermanos” como lo expresa en el comienzo de la Carta, en el mismo saludo, en el versículo 3a. Y queremos dirigir el reflector hacia estos dos elementos primordiales de la Palabra en este Domingo:

a)    El sentido de pertenencia a una comunidad, en este caso una comunidad creyente, lo que permite una conciencia “corporativa”, un sentido de solidaridad, de unicidad, de nosotros-uno.
b)    La fe en una realidad escatológica, mucho más que una esperanza, porque dimana de la confianza en lo que Dios nos ha dicho, en lo que Él nos ha revelado.

También san Pablo empieza la perícopa de este Domingo orando para que podamos vivir (como lo hablaba el Salmo) una vida coherente en los caminos del Señor, “que nos disponga el Señor a toda clase de obras buenas y de buenas palabras”. Notemos que no basta obrar bien, también lo que pronunciamos es importante.

Dos ruegos siguen: El primero para que la Palabra de Dios se propague, para que se extienda, para que muchos tengan acceso a ella. Y el segundo, para que Dios nos libre y nos defienda de οὐ γὰρ πάντων ἡ πίστις los que no la aceptan, porque ellos obrarán como enemigos, porque ellos “nos hostigan” con ἀτόπων καὶ πονηρῶν ἀνθρώπων su perversidad, con su maldad.

La palabra que se usa, es la palabra πείθω que deriva de la palabra fe, πίστις [pistis]: πεποίθαμεν se traduce como “tengo confianza”, en otros textos como “estoy persuadido” pero trasmite algo como: “la fe que profesamos nos lo garantiza”.

San Pablo nos enseña, en el versículo siguiente, que el Poder de Dios es mayor que el poder del Malo cuando dice que el Señor nos librará del Maligno: ὁ Κύριος, ὃς στηρίξει ὑμᾶς καὶ φυλάξει ἀπὸ τοῦ πονηροῦ. ¡Su Poder es suficiente para vencerlo y someterlo; librándonos así de él!

Y retoma el tema de ὑπομονὴν τοῦ Χριστοῦ la Segunda Venida, orando por nosotros para que la esperemos con paciencia, porque, como lo examinábamos el Domingo anterior, “no está  a la vuelta de la esquina”; y sólo Dios Padre sabe el día y la hora señalados.

Pero Jesús si podía saber y responder
Jesús no puede ni imaginarse que a Dios se le vayan muriendo esos hijos suyos a los que tanto ama.
J. A. Pagola
Uno de los grandes gustos de nuestros contradictores consiste en venir con sus argumentos y reducirnos al silencio, entonces nos rodean petulantes y atorrantes como quien estrena zapatos (no hay nada malo en estrenar zapatos, casi todo el mundo en algún momento lo hace y no es una gran hazaña para que nos pavoneemos de ello).

Los saduceos, como lo hemos comentado en otra parte, pensaban que la justicia era asunto exclusivo de esta vida; vivían bien, eran los acomodados del momento, terratenientes, pudientes y solventes, con la “barriga llena” no necesitaban ninguna fe para posteriores, ninguna otra justicia, ya se habían hartado en el momento, nada más tenían que esperar. Y ¿los que sólo vemos sufrir y nunca conocemos el disfrute? ¿Se quedará Dios con algo? ¿Será Dios un dios que permite la injusticia? Si así fuera, ¡no sería Dios!


De todas maneras, a los mortales nos está vetado el conocimiento directo de la realidad trascendente. A él solo podemos llegar por un tipo de conocimiento mediado (ese que los “cientistas” no pueden admitir; decimos “cientistas” porque el científico -ni petulante ni arrogante- sabe reconocer las limitaciones de su “instrumental” y es capaz de –por lo menos- sospechar otro tipo de saberes que se cosechan allende sus laboratorios); este conocimiento sólo nos puede llegar de Alguien que haya estado Allá, y nos pueda “contar” cómo es, nos deje traslucir algo: esa es la Revelación, lo que Dios en su Misericordia nos permite entrever para consuelo y fortalecimiento de nuestra fe, para que no andemos completamente a tientas, para que podamos orientarnos; son “saberes” que nos sirven de brújula y de mapa en la oscuridad del “hombre caído” así la Luminosa Bondad de Dios traspasa la oscuridad del pecado y nos permite “ver” allí donde los sentidos del pecador no alcanzan.

Y ¿qué vemos? Que en “el otro Toldo”, el que está destinado, los “merecedores”, no tendrán necesidad de matrimonio porque no hay necesidad de reproducirnos, porque no hay necesidad de “preservar la especie”, ¿por qué?, pues porque no hay muerte, sólo hay vida; allí rige y gobierna El-que-es-Vida, Vida en Plenitud (y aquí usamos los trucos de la tecnología: copy-paste, nos regresamos y copiamos un par de renglones de arriba) “gozar de la Plenitud de la Vida que es Dios mismo, porque donde esté Dios presente nada faltará, es decir, todo será perfecto”.

Así estos saduceos, en vez de poder lucir sus zapatos nuevos tuvieron que partir con sus “zapatos viejos, rotos y desfondados”, pero Jesús Nuestro Señor, aprovechó la coyuntura para revelarnos una de sus Verdades-Luz que nos dejan entrever confiados unas maravillosas conclusiones:

a)    La semana pasada, leyendo una perícopa del Libro de la Sabiduría, vimos cómo ama Dios todo lo creado: «Fe en la vida eterna confía en la promesa de que todos los fragmentos de nuestra vida tendrán su última plenificación en los brazos de un ser supremo que ama y que llamamos “Dios”.  Encontramos la base para esta confianza en la certeza absoluta de que este Dios está apasionado por toda su creación. Él es un Dios cuyo ser más íntimo es el amor. Un Dios inflamado por sus criaturas en una pasión sin límites. Un Dios de la ternura y de la compasión. Y, siendo así, es Él mismo quien quiere ser el último e infinito destino de toda su obra creadora».[1]
b)    «El objetivo final de Dios es que todos los hombres vivan esta vida eterna como plenitud de la vida, como máxima intensificación de todo lo que es la vida.»[2]
c)    «Las personas tendrán acceso al nuevo modo de ser llamado vida eterna, por medio de una acción explicita de Dios. A esta acción la llamamos “Resurrección”… significa una total y plena trasformación de todo el ser humano… es la misma persona que murió, que será resucitada para la vida eterna… pasará por una ampliación inimaginable de todas las dimensiones de su ser. Todo lo que en la vida terrestre ya podía ser observado como capacidades actitudes y potencialidades, son como vestigios de un ser que, sólo por la resurrección llegará a su plenitud. Las características positivas de la persona no serán eliminadas, sino ampliadas y llevadas a plenitud. Y las muchas y muchas potencialidades que la persona nunca en la vida podía realizar, se mostrarán en fin no ya como potencialidades, sino como características presentes y activadas. Toda persona, en fin, podrá plenamente ser ella misma, con todas sus características y toda su manera característica y original de ser.»[3]

Sólo pensemos cómo será en un marco donde no habrá sometimientos, ni dominación, donde nadie querrá ser más que otro, o pasarle por encima; donde no hay orgullos y vanidades, ni doblez, ni apariencias, y donde el único afán será alabar y ensalzar a un Dios tan Grande y Bueno. A un Dios que es Vida-en-Plenitud.

P.D.
«Y un día, cuando el Señor lo quiera, ese espíritu de vida volverá a tomar forma, volverá a tomar cuerpo; y lo hará de un modo que no podemos imaginar, como tampoco el recién nacido puede imaginar el cuerpo que tendrá a los veinte años.»[4]



[1] Blank, Renold. CREO EN LA VIDA ETERNA Ed. San Pablo Bogotá – Colombia 2010 p. 18
[2] Ibid p. 29
[3] Ibid pp. 27-28
[4] Câmara, Helder. EL EVANGELIO CON DOM HELDER. Ed. Sal Terrae, Santander 1985 p. 168.

domingo, 3 de noviembre de 2019

GRATUIDAD Y ORACIÓN


Sab 11, 22-12, 2; Sal 144, 1-2. 8-9. 10-11. 13cd-14 (R.: cf. 1); 2Tes 1, 11-2, 2; Lc 19, 1-10

Dios es indulgente con el hombre. No espera mucho de él; sólo una trepadita al árbol.
Arturo Paoli

Jesús, a la vez que te pide ir a tu casa, como hizo con Zaqueo, te llama por tu nombre. Tu nombre es precioso para él. El nombre de Zaqueo evocaba, en la lengua de la época, el recuerdo de Dios.
Papa Francisco

Zaqueo «Es la única persona en los Cuatro Evangelios, que toma la iniciativa de encontrarse con el Maestro gratuitamente: no tiene nada que decir y nada que pedir»[1]. Y verdaderamente que nos asombra todo lo que hace Zaqueo, pero nos asombra aún más esa gratuidad con la que busca el encuentro. Tiene una curiosidad sana, no prejuiciosa, no espera ratificar tal o cual idea prefabricada, va con el corazón abierto de par en par para dejase sorprender por la Cristofanía; por eso puede ver, porque no lleva los ojos vendados con conceptos discriminatorios; todavía más, está dispuesto a jugársela toda para poderlo ver, pase lo que pase, digan lo que digan.

Todo parece indicar que entre los orientales comerse los frutos del Sicomoro equivale a comer desperdicios alimenticios, lavazas. Nadie se subiría a un Sicomoro porque se prestaría a pensar que la persona ha tenido que resignarse a comer lo que todos desechan. Y Zaqueo, pese a que “es rico”, no tiene óbice alguno en treparse al susodicho συκομορέαν. Es claro que el Sicomoro, que empieza a ramificarse y expandir su arborescencia muy abajo, lo hace fácil de trepar para una persona de baja estatura, pero hay que ser verdaderamente muy, pero muy humilde –en el marco de esa cultura- para encaramarse en un sicomoro. La semana pasada vimos a un fariseo arrogante y a un publicano humilde, capaz de reconocerse pecador, «El publicano,… hubiera podido permanecer víctima de su culpa. A veces el pecado también pone la acechanza de la desesperación o de un extraño silencio de la conciencia. Él, en cambio, descubre inmediatamente la presencia liberadora del amor y se abre a la confianza y al poder renovador de la oración. Cuando el corazón no opone resistencias interiores o fortalezas defensoras, todo es posible: sobre todo el don y la “novedad” de la salvación.»[2]; este domingo XXXI nos topamos con otro publicano, esta vez con nombre propio Ζακχαῖος Zaqueo (del hebreo Zakkai, significa "ser puro"), capaz de la máxima humildad, que no se percibe si no recordamos cuánto se despreciaban en el contexto judío los frutos de aquel árbol (aún quisiéramos anotar dos cosas más sobre el Sicomoro: es un árbol de frondosas raíces que lo traban con el suelo haciéndolo prácticamente in-arrancable; de otra parte, su madera es por así decirlo “incorruptible”, muy difícilmente entra en el ciclo de descomposición, por lo cual pasó a ser madera de ataúd, especialmente en Egipto donde se usó para los entierros de las momias de Faraones y por esta vía devino signo de la Resurrección. Hay árboles de perdición como aquel de la serpiente tentadora en Génesis 3, 1-4; el Sicomoro es, simbólicamente hablando, árbol de vida, te permite alzarte y ver a Dios que pasa por tu vida y te da Vida más allá de esta vida. «Podemos imaginar lo que sucedió en el corazón de Zaqueo antes de subir a aquella higuera, habrá tenido una lucha afanosa: por un lado, la curiosidad buena de conocer a Jesús; por otro, el riesgo de hacer una figura bochornosa. Zaqueo era un personaje público; sabía que, al intentar subir al árbol, haría el ridículo delante de todos, él, un jefe, un hombre de poder. Pero superó la vergüenza, porque la atracción de Jesús era más fuerte. Habréis experimentado lo que sucede cuando una persona se siente tan atraída por otra que se enamora: entonces sucede que se hacen de buena gana cosas que nunca se habrían hecho. Algo similar ocurrió en el corazón de Zaqueo, cuando sintió que Jesús era de tal manera importante que habría hecho cualquier cosa por él, porque él era el único que podía sacarlo de las arenas movedizas del pecado y de la infelicidad. Y así, la vergüenza paralizante no triunfó: Zaqueo —nos dice el Evangelio— «corrió más adelante», “subió” y luego, cuando Jesús lo llamó, “se dio prisa en bajar” (vv. 4.6.). Se arriesgó y actuó. Esto es también para nosotros el secreto de la alegría: no apagar la buena curiosidad, sino participar, porque la vida no hay que encerrarla en un cajón. Ante Jesús no podemos quedarnos sentados esperando con los brazos cruzados; a él, que nos da la vida, no podemos responderle con un pensamiento o un simple “mensajito”.»[3]

Observemos que Jesús, que conoce las intenciones del corazón y lee en lo más profundo de cada uno de nosotros, sabe que Zaqueo se está humillando, y el que se humilla será ensalzado, así que, lo único que le pide Jesús es que se baje para que lo invite a cenar en su casa, Zaqueo -“bajó aprisa y lo recibió muy feliz”- Lo acogió en su morada. Si Jesús no fuera Dios, si fuera sólo hombre, tal vez habría visto solo la superficie, lo exterior, y no habría reparado en la humildad de aquel hombre, exactamente equiparable a la del publicano del XXX Domingo, cuya oración era “¡Oh Dios! Ten compasión de mí, que soy pecador”.

En Lc 19, 7 leemos “Al verlo murmuraban todos porque entraba a hospedarse en casa de un pecador”, este hospedarse, en griego es καταλῦσαι (que viene del verbo καταλύω que significa desatarle la carga al animal, desensillar), se traduce por alojarse, más estrictamente sería bajar la carga y desensillar la bestia, acciones que se ejecutan cuando alguien se dispone a pernoctar en cierto lugar, eso era lo que imaginaban los espectadores, los murmuradores, que Él se iba a quedar por esa noche allí. Pero la intención de Jesús no era pasar allí una noche, era quedarse: με μεῖναι, del verbo μένω  permanecer, residir, pasarse a vivir a un lugar permanentemente, como lo declara Jesús en Lc 19, 5; quedarse a vivir allí, en el corazón de Zaqueo, y ¡se quedó!

Zaqueo va más lejos aún con su gratuidad. Sin que nadie se lo esté pidiendo, ofrece dar la mitad de lo suyo a los pobres. Su corazón puro y arrepentido, sabe desprenderse y, sabe desasirse en favor de los más necesitados, o sea, sabe acoger a los “clientes” de YHWH y sabe que “cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.”.

En el Domingo XXX leímos del capítulo 18 de San Lucas los versos 9-14, les proponemos –para tender un puente, que leamos la perícopa inmediatamente siguiente, los versos 18-27, para contextualizar la gratuidad de Zaqueo: «Uno de los principales le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?” Le dijo Jesús: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No cometas adulterio, no mates, no robes, no levantes falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre.” Él dijo: “Todo eso lo he guardado desde mi juventud.” Oyendo esto Jesús, le dijo: “Aún te falta una cosa. Todo cuanto tienes véndelo y repártelo entre los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego, ven y sígueme.” Al oír esto, se puso muy triste, porque era muy rico. Viéndole Jesús, dijo: “¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios.” Los que lo oyeron, dijeron: “¿Y quién se podrá salvar?” Respondió: “Lo imposible para los hombres, es posible para Dios."» Aquel joven estaba amarrado, atado a sus pertenencias, a sus posesiones.

En Lc 19, 2 se nos informa que Zaqueo era muy rico, no obstante, Zaqueo es desprendido, humilde y dadivoso: «El evangelio no aconseja vender y dar a los pobres para que juguemos al personaje, dándonos como motivos el temor a una revolución, el deber de evangelizar y ni siquiera la imitación; sino porque sólo en la medida en que el hombre se despoja de cuanto lo enajena busca la identidad consigo mismo y puede descubrir a Dios.» Nos dice Arturo Paoli en su DIALOGO DE LA LIBERACIÓN.

Lo hermoso es que le valió la pena porque lo encontró, lo conoció, lo tuvo en su casa, le brindo alimento y le prometió que resarciría si había defraudado a alguien con el cuádruplo. Jesús no le pidió nada, simplemente premio su humildad, su Búsqueda de Dios, sus ganas de verlo por simplemente verlo, por pura gratuidad como lo hemos dicho reiteradamente. Jesús nos descubre a Zaqueo como hijo de Abrahán -«la fe nos dice que somos “hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1 Jn 3,1): hemos sido creados a su imagen; Jesús hizo suya nuestra humanidad y su corazón nunca se separará de nosotros; el Espíritu Santo quiere habitar en nosotros; estamos llamados a la alegría eterna con Dios. Esta es nuestra “estatura”, esta es nuestra identidad espiritual: somos los hijos amados de Dios, siempre»[4]- y que aquella munificencia de su gratuidad le había ganado con creces la Salvación que aquella tarde entró en casa de Zaqueo en la persona de quien no ve en él un estereotipo sino una persona de carne y hueso, no un recaudador de impuestos sino un hombre humilde que quería conocer el Rostro mismo de la Verdad y la Fuente de la Vida.

Hay maneras y maneras de orar, muchas veces creemos que la oración es cuestión de palabras, pero en diversas ocasiones hemos insistido en la oración como silencio, como en el caso aquel de “yo lo miro y Él me mira” de un orante ante el Sagrario, según la anécdota del Santo Cura de Ars. Hoy hemos reconocido a este orante llamado Zaqueo, cuya oración consiste en una serie de acciones, las tres esenciales: procurar verlo, superar las dificultades que se pudieran presentar por las propias limitaciones y subirse al Sicomoro, el signo representativo de aquello que nos acerca a Dios. Estas acciones separan dos instancias de la vida: la ejecutiva y la reflexiva; un momento para subir al árbol y otro para aguardar que pasara Jesús, ese espacio de espera es el meollo de la oración, allí se cocinó la conversión de Zaqueo, pero ella no dio punto hasta cuando comprobó que Jesús lo amaba sin discriminación, que había entrado a su casa, no como huésped temporal sino como Presencia-Fiel. «Siempre habrá para el hombre dos momentos: el del trabajo y el de la atención; el de la reflexión y el de la ejecución, que son las dos caras del acto creador. Ambos momentos deben fundirse históricamente para que el hombre no se pierda en la abstracción o en el empirismo, pero en el tiempo y en la calidad deben quedar separados. Y aunque es cierto que el amor que se hace contemplación y el que nos lleva a luchar por la libertad, son un único amor, el momento contemplativo es el de la claridad, de la visión y del descubrimiento del ser en el amor. No debemos pedirle a la oración ni más ni menos que esto… La oración es un descubrimiento de lo esencial del amor. El descubrimiento, muy en mi interior, de que soy amado. De que el hombre es verdaderamente amado… es la victoria sobre la inutilidad. No una victoria definitiva porque quien da con ella debe prepararse a perderla y a reconquistarla a cada instante.»[5] «Esta es nuestra “estatura”, esta es nuestra identidad espiritual: somos los hijos amados de Dios, siempre. Entendéis entonces que no aceptarse, vivir infelices y pensar en negativo significa no reconocer nuestra identidad más auténtica: es como darse la vuelta cuando Dios quiere fijar sus ojos en mí; significa querer impedir que se cumpla su sueño en mí. Dios nos ama tal como somos, y no hay pecado, defecto o error que lo haga cambiar de idea.»[6]

La conversión de Zaqueo lo “purifica” verdaderamente: de ser un expoliador se hace donante-desprendido. También nosotros hoy, acompañando a Jesús por las calles de Jericó o, esperándolo subidos en el sicomoro, recibimos la misma llamada: «Cuando en la vida sucede que apuntamos bajo en vez de a lo alto, nos puede ser de ayuda esta gran verdad: Dios es fiel en su amor, y hasta obstinado. Nos ayudará pensar que nos ama más de lo que nosotros nos amamos, que cree en nosotros más que nosotros mismos, que está siempre de nuestra parte, como el más acérrimo de los “hinchas”. Siempre nos espera con esperanza, incluso cuando nos encerramos en nuestras tristezas, rumiando continuamente los males sufridos y el pasado.»[7] La mirada de Jesús traspasa el follaje y el entretejido de las ramas del sicomoro y descubre, en lo tupido, el rostro del corazón orante abierto a la acogida del prójimo.

«Aquel día, la multitud juzgó a Zaqueo, lo miró con desprecio; Jesús, en cambio, hizo lo contrario: levantó los ojos hacia él (v. 5). La mirada de Jesús va más allá de los defectos para ver a la persona; no se detiene en el mal del pasado, sino que divisa el bien en el futuro; no se resigna frente a la cerrazón, sino que busca el camino de la unidad y de la comunión; en medio de todos, no se detiene en las apariencias, sino que mira al corazón. Jesús mira nuestro corazón, tu corazón, mi corazón. Con esta mirada de Jesús, podéis hacer surgir una humanidad diferente, sin esperar a que os digan “qué buenos sois”, sino buscando el bien por sí mismo, felices de conservar el corazón limpio y de luchar pacíficamente por la honestidad y la justicia.»[8]


[1] Paoli, Arturo. LA PERSPECTIVA POLÍTICA DE SAN LUCAS. Ed. Siglo. XXI. 5a edición 1973. Bs.As. Argentina. p. 71
[2] Masseroni, Enrico. ENSEÑANOS A ORAR. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá-Colombia 1998 p.112.
[3] Papa Francisco. HOMILÍA EN LA MISA DE CLAUSURA DE LA JMJ Cracovia 2016
[4] Ibid
[5] Paoli, Arturo. DIALOGO DE LA LIBERACIÓN. Ediciones Carlos Lohlé Bs. As. 1970 p. 168-169
[6] Papa Francisco. Loc. Cit.
[7] Ibid.
[8] Ibid.

sábado, 26 de octubre de 2019

¡SUÉLTALO!



Si 35, 15-17. 20-22; Sal 34(33); 2ª Tim 4, 6-8. 16-18; Lc 18, 9-14

La oración es el reconocimiento de nuestros límites y de nuestra dependencia: venimos de Dios, somos de Dios y retornamos a Dios. Por tanto, no podemos menos de abandonarnos a Él, nuestro Creador y Señor, con plena y total confianza…
San Juan Pablo II

«El Evangelio insiste en el eterno tema: “No busquéis una justicia cualquiera: una de las tantas que habéis imaginado en contraposición a otra, sino la verdadera justicia, la primera, la de Dios que es la vuestra. Es decir, la estructural o vocacional. Pensad nuevamente en vuestro verdadero destino y realizadlo.” ¡Es esto posible sin destruir un orden?»[1] ¿Quiénes son los incrédulos? son aquellos que no están dispuestos a ceñirse a una “disciplina”; personas con problemas de autoridad que no están disponibles para desplazarse a las “periferias (existenciales), para “poner en el centro” a otro distinto de sí mismo. ¡Ay de los altaneros y de los prepotentes! Pero entre los creyentes, me imagino que muchos –si no todos- incurrimos también en el fariseísmo que denuncia el Evangelio de este Domingo XXX (caminando a pasos agigantados hacía el final de este Año Litúrgico), porque consideramos que son nuestra fuerzas y nuestras virtudes solas, las que nos conducen a “feliz puerto”, mejor dicho, que “Dios nos sale a deber”.

Dios juzga con justicia infinita
En diversas oportunidades hemos insistido en la manera como Dios se revela y se manifiesta a su criatura. Carentes de experiencias sobre las realidades trascendentes, nos habla refiriéndolas a las realidades temporales. Así, por ejemplo, nos ha mostrado su amor Infinito hablando de sí mismo como de Un Pastor. Jesús nos reveló el rostro de Dios refiriéndolo al de Un Padre. Hoy se nos alude a ese mismo Dios en la figura de Un Juez.

Ciertamente Dios no es un Pastor, un Padre o un Juez cualquiera, tendríamos que hablar de Un Pastor, o Un Padre o Un Juez “Perfecto”; o, pensando en términos platónicos, “Ideal”. Querríamos poner, para este Domingo XXX del tiempo Ordinario, ciclo C, como columna vertebral de la liturgia de la Palabra el tema de: Dios como Juez Ideal y, por simetría arrojar un eco de esa mirada sobre, Dios como ideal de juez.

Surgió entre los Israelitas, después de la muerte de Josué, la figura de los así llamados Jueces: שֹֽׁפְטִ֑ים de שָׁפַט, se trata del verbo [shaphat] que podríamos traducir como, salvar, liberar, acaudillar, juzgar, gobernar; de todo lo anterior hay algo y mucho . Liberar porque en la historia de los jueces סֵפֶר שׁוֹפְטִים, en el Libro de la Biblia que va después de Josué, constatamos que estos “caudillos” surgían como liberadores en una situación puntual, frente a la pecaminosidad y al desvío del pueblo escogido cuyos “hechos fueron malos a los ojos del Señor” וַיֹּסִ֙פוּ֙  בְּנֵ֣י  יִשְׂרָאֵ֔ל  לַעֲשֹׂ֥ות  הָרַ֖ע  בְּעֵינֵ֣י  יְהוָ֑ה (Jue 3,12a); pero una vez cumplida su tarea, volvían a su vida corriente; eran, pues, figuras y no institución; Dios los insertaba en la historia de su pueblo como respuesta a un clamor, a una invocación del pueblo arrepentido cuya súplica contestaba.

Este “Salvador” les hacía justicia porque los libraba de la servidumbre y de la opresión. Este hacerles el “Bien”, este perdonarles, este redimirles de Dios a través de esos caudillos genera la figura de Juez que hoy nos sirve de referente. Para reconocer el atributo de Dios como justicia, liberación y salvación veamos el elenco de características del “Juez ideal” enumeradas en el Salmo 34(33):


a)    Libra de angustias y temores
b)    Los que lo contemplan quedan llenos de alegría y no tienen de qué avergonzarse
c)    Si el afligido lo invoca, Él lo escucha y lo salva de sus angustias
d)    Envía su Ángel para que acampe en torno de los que le son fieles
e)    Protege y salva a los que lo honran
f)     Nada le falta a los que temen ofenderle
g)    Los que lo honran no carecen de lo necesario
h)    Los ojos del Señor miran a quienes le son fieles
i)      Los oídos del Señor escuchan los gritos de sus fieles
j)      Él enfrenta a los que hacen el mal y borra de la tierra su recuerdo
k)    Salva y fortalece a los desanimados y abatidos
l)      Aunque le sobrevengan muchos males al fiel, su Señor y Juez lo libra de todos ellos.
m)  Cuida de todos los huesos de sus fieles para que ni uno solo le sea partido.
n)    Castiga con la muerte al que obra el mal
o)    Y cuando odian a uno que le es fiel al Señor y Juez, recibirá castigo
p)    En cambio, a sus fieles servidores los redime y salva
q)    Finalmente, promete que, quien confíe en Él, no será castigado.

El Domingo anterior vimos que Dios no es un juez a la manera de los jueces terrenales que le dan largas a una pobre viuda, sino –nos explicaba Jesús- ὁ δὲ Θεὸς οὐ μὴ ποιήσῃ τὴν ἐκδίκησιν τῶν ἐκλεκτῶν αὐτοῦ τῶν βοώντων αὐτῷ ἡμέρας καὶ νυκτός que Él les hace justicia a sus elegidos que le gritan día y noche (Lc 18, 7ab) y en el verso Lc 18,8 leemos que les hará justicia pronto: ἐν τάχει. Podemos sumar este Domingo XXX nuestras voces al Salmista para decir, con el responsorio, y asegurar confiadamente que “Si el afligido invoca al Señor Él lo escucha”.

“Juez-justo”
Tanto la Primera como la Segunda Lecturas, prefieren contra nuestra designación de “Juez Ideal” la de “Juez-justo”. En el Libro del Eclesiástico dice que Dios es un Dios justo para afirmar a continuación que Dios no es parcial. Nosotros entendemos  que el texto dice que Dios si es parcial, que no pretende ser imparcial, sino que toma partido por el pobre. Dado que el pobre tiene su punto de partida con desventaja frente a los más favorecidos, a los ricos y a los opresores, entonces Dios inclina la balanza a favor del desprotegido para que haya justicia. De esta manera, Dios hace verdadera justicia. Como decíamos arriba, Dios no es un juez de esos que han recibido el “soborno” por debajo de la mesa, Dios es el Juez Ideal y el ideal de todo juez que sea verdaderamente ético.


Hay que reconocer que los “clientes del Señor”, huérfanos, viudas, pobres, son primeros en su Corazón Misericordioso y que, como leímos en el Salmo, Dios los ve, porque les consagra la atención de sus Miradas y los oye porque les consagra toda la escucha de su Oído. En el Eclesiástico nos ratifica que Dios, Juez-Justo les hace Justicia.

En la Segunda Carta a Timoteo, encontramos una doxología: ᾧ ἡ δόξα εἰς τοὺς αἰῶνας τῶν αἰώνων, ἀμήν. “A Él la Gloria por los siglos de los siglos”, (edades tras edades, o sea, era tras era; más fuerte que generaciones de generaciones. Pensamos que estamos bien compenetrados con la fórmula “por los siglos de los siglos” y captamos su significación de “eternidad”, “para siempre y por siempre”).


¿Cuál es el motivo de esta glorificación? Pues precisamente ese, que Dios es  ὁ δίκαιος κριτής Juez-Justo (2Ti 4, 8d). ¿Cómo le hará justicia Dios a Pablo? Dándole  la Corona del deportista que ha corrido la carrera y, de principio a fin, hasta llegar a la meta, ha corrido dándolo todo, poniendo en su correr “alma, vida y sombrero”. Esta “corona” que era el premio de los atletas en los juegos de la antigüedad, es la metáfora que se usa  en esta Segunda Carta a Timoteo para referirse al τὴν βασιλείαν αὐτοῦ τὴν ἐπουράνιον· “reino del cielo”. Se trata pues de una metáfora “olímpica” en el sentido de hacer alusión a los Juegos Olímpicos.

Desaferrarse del yo
Dios nos propone su imagen de Juez-Perfecto para que procuremos vivir en la justicia y practicarla, no para que nos creamos jueces perfectos, lo cual nos convertiría automáticamente en ególatras. El evangelio de este Domingo nos alerta contra ese riesgo de descomunales proporciones.

Uno de los temas que repetimos obsesivamente es el del descentramiento en favor de Dios, Único digno de ocupar el centro. Creemos que una de las tareas esenciales de la evangelización es precavernos del peligro de la auto-adoración, de la auto-latría. A la vez, anunciamos que el Centro, el paradigma de los paradigmas (Rey de reyes, Señor de Señores) es Jesucristo, modelo humanizado de la Divinidad, Alfa y Omega; y este tema del Omega, nos invita a estar despiertos y en conciencia de la Parusía.

El “orante” no se presenta con la “arrogancia” del deportista que llegó a la meta y se ganó la “corona”, por mérito propio, olvidando que sin la Misericordia del Señor, ni siquiera podríamos despegar del “punto de partida”, ahora sí, mucho menos, recorrer todo nuestro éxodo para llegar a la Meta. Especulamos que el siguiente cuento de Tony de Mello, titulado “Suelta el yo” nos permite adentrarnos en la grave problemática del orante:

.- El discípulo: Vengo a ti con nada en las manos.
.- El maestro: Entonces suéltalo en seguida.
.- El discípulo: Pero ¿cómo voy a soltarlo si es nada?
.- El maestro: Entonces llévatelo contigo.
Un hombre se presentó ante Buda con una ofrenda de flores en la mano.
Buda lo miró y dijo: “¡Suéltalo!”.
El hombre no podía creer que se le ordenara dejar caer las flores al suelo. Pero entonces se le ocurrió que probablemente se le estaba insinuando que soltara las flores que llevaba en su mano izquierda, porque ofrecer algo con la mano izquierda se consideraba de mala suerte y como una descortesía. De modo que soltó las flores que sostenía en su mano izquierda.
Pero Buda volvió a decir: “¡Suéltalo!”.
Esta vez dejó caer todas las flores y se quedó con las manos vacías delante de Buda, que, sonriendo, repitió: “¡Suéltalo!”.
Totalmente confuso, el hombre preguntó: “¿Qué se supone que debo soltar?”.
“No las flores, hijo, sino al que las traía”, respondió Buda.

Ese aferrarnos con manos crispadas a nuestro propio “protagonismo” (disimulado tras la “ofrenda de flores”), en nuestro caminar hacia Dios requiere ser abandonado a favor de un “ni siquiera atrevernos a alzar los ojos” y en pos de reconocernos “pecadores” necesitados de la Misericordia de Dios. Al “abandono” en sus Manos, en su Justicia-Ilimitada- Bondad-Incomparable, que es tan Amplia que no se deja ganar y que no puede ser derrotada – pero si bloqueada por la arrogancia-.


«El hombre debe vivir buscando el Reino de Dios y su Justicia… Para vivirla es necesario aprender a aceptar ser pobres; aprender, de hecho, a negarnos lo superfluo; vigilar para que no surjan en nosotros deseos suscitados desde fuera y aprender a rechazar esas solicitaciones continuas y acosadoras. Es necesario violentarse contra la violencia de la publicidad, contra el poder opresor del capital que me fuerza a servirlo lisonjeándome con calidades, colores, sonidos y voces. Metidos en el bosque embrujado, seguiremos irremediablemente alienados si no nos libera una profunda concentración y una violenta fidelidad a nuestro existir de cristianos y de hombres del Reino.»[2]

Así pues, no sólo hay que orar sin desanimarse, continuamente, perseverantemente; como aprendimos el Domingo anterior, sino que, además, debemos revestirnos de humildad, de un espíritu sencillo, con el alma verdaderamente puesta de rodillas, figura de abajamiento que en el texto evangélico se plasma con los golpes de pecho, signo corpóreo de reconocimiento de nuestra “nada” que Dios alzará y dignificará en consonancia con El Amor de los Amores. Nada de arrogancias y complejos de superioridad, nada de altanería, de petulancia, de insolencia, no pensarnos propietarios de la salvación, sus detentadores y monopolizadores. “Sólo somos siervos que hicimos lo que teníamos que hacer” y que Dios nos de la gracia de poderlo llevar a cabo: Todo esto es preámbulo, nos prepara para el encuentro con el otro, que trasparenta al Otro.






[1] Paoli, Arturo. DIALOGO DE LA LIBERACIÓN. Ediciones Carlos Lohlé BS.As. 1970 p. 140
[2] Ibidem p. 151