sábado, 23 de marzo de 2013

CONSIDEREMOS NUESTRA RESPONSABILIDAD





Señor, te acogieron con fiestas como a un libertador,
y luego te crucificaron como a un malhechor.
Averardo Dini

¡Cuán difícil es dejarse amar verdaderamente!
Card. Carlo María Martini


Discipulado es seguimiento fiel

En el versículo 22, 39 de la Pasión según San Lucas leemos Καὶ ἐξελθὼν ἐπορεύθη κατὰ τὸ ἔθος εἰς τὸ ὄρος τῶν ἐλαιῶν, ἠκολούθησαν δὲ αὐτῷ [καὶ] οἱ μαθηταί. “Salió y se dirigió, como acostumbraba, al Monte de los Olivos y lo siguieron sus discípulos”. En este texto se subrayan dos verbos: πορεύομαι “encaminarse”, “dirigirse a ciencia y conciencia en cierta dirección, o con una determinada intención”; Él sabía lo que se le venía encima; como nos dice el profeta Isaías en la Primera Lectura: “… yo no he opuesto resistencia ni me he echado para atrás”. Pero, por otra parte, está el verbo ἀκολουθέω, “acompañar”, “seguir”; que es el verbo del discipulado por excelencia. Pero si seguimos el relato de la Pasión lo que encontramos es todo lo contrario: el abandono, la deserción, la traición

Por eso hay unos interrogantes que asaltan a nuestro corazón en estas épocas: ¿Cómo pudo traicionarte Judas, uno de tus elegidos para conformar el grupo de los Doce? ¿Cómo pudo negarte Pedro, precisamente el discípulo a quien le habías concedido el primado? ¿Cómo pudieron abandonarte todos los discípulos, al punto que sólo el más joven y unas cuantas mujeres fueron las únicas fieles hasta el último momento?



Mirando hacía estas conductas traidoras o por lo menos desertivas nos asombramos. Tal vez está mal dirigido el foco de la sorpresa y de la interrogación. Quizás mejoraría la apreciación si las comparamos con nuestras propias actitudes y actuaciones. Nos sorprendemos desde nuestra propia perspectiva de creyentes, la indiferencia y la indolencia con la que muchas veces pasamos al lado del sufrimiento y la necesidad. Los medios de comunicación con sus programas nos habitúan a ver el rostro de la muerte, de la crueldad, del sufrimiento; de forma tal que, al mirar al Crucificado, no resulta ser sino un muerto más, otro torturado, otra víctima. La crueldad humana difundida y retrasmitida una y mil veces por el cine, la televisión y otros medios, nos conduce a un nivel de insensibilidad que nos permite perfectamente convertirla en un aliño más de nuestros alimentos (los noticieros suelen coincidir en su horario con el de las horas de comida). Por supuesto, ¡ya nada nos conmueve!

Entonces, ¿en vez de entrañas misericordiosas, tenemos un corazón de dura y fría piedra? El siguiente paso, con gesto inocente de impotencia es preguntar: ¿Y nosotros, qué podemos hacer? Y, corona el pretexto la afirmación: ¡Ese es el mundo en el que nos tocó vivir!



¿Están nuestras conductas aún que sea ligeramente emparentadas con las actuaciones de Judas, Pedro y todos los demás “amigos” de Jesús? O, de pronto, esas conductas retratan lo más “natural” de la conducta humana. En otra parte hemos leído que fue esa actitud la que abrió las puertas y franqueó el curso al nazismo, al Hitlerismo. Fue esa actitud la que permitió Auschwitz y otros “campos de concentración” que registra la historia con vergüenza, páginas de la historia que al tocarlas para dar vuelta a la hoja, humedecen con tinta sangre las yemas de nuestros propios dedos.

Sabrán ustedes que el Crucificado sigue allí, colgado del madero de la cruz, en agonía eterna. Cada ser humano que muere, victimizado de cualquiera manera, es otra vez Jesús pegado a la cruz por crueles clavos. Allí está en la cruz, a pesar de nuestra indiferencia, sigue presente con nosotros, en cada uno de sus “pequeños”, esos que día tras día ensangrientan las páginas de los periódicos y los noticieros televisivos. Muchos preguntan escandalizados ¿dónde está Dios? He ahí la respuesta, ¡sigue muriendo! (y parodiando al poeta añadimos) y nosotros ¡ay! Lo seguimos matando[1].

Bueno, no todos lo siguen matando. Podemos clasificarnos en dos bandos: los que lo abandonamos, los que lo dejamos solo (aunque antes le hemos prometido seguirlo hasta el último extremo y acompañarlo con fiel lealtad) y los que lo vendemos (muchas veces por menos de “treinta monedas”) o los que martillamos los clavos y camino del Gólgota lo flagelamos y a empellones lo vamos forzando a remontar, cuesta arriba, hasta la cima del Monte de la Calavera.



Todos con el mismo tipo de sangre y el mismo ADN del Sacerdote y el Levita de la parábola del “Buen Samaritano”: Tipo de sangre “indiferencia”; ADN “indolencia”. Por lo tanto, no juzguemos a los soldados romanos, ni pongamos en el patíbulo a los discípulos desertores; miremos nuestro propio corazón y nuestro ejercicio como creyentes, porque nosotros también somos discípulos, primeros llamados a acompañar, a no abandonar, invitados desde el principio al seguimiento, comprometidos con Él, con El que se encamina resuelto como una oveja va al matadero: “Ofrecí mi espalda –dice Él, por medio del profeta Isaías 50, 6- a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban de la barba. No aparté mi rostro de los insultos y salivazos”. De esa manera ha sellado la Nueva Alianza con su propia sangre (Cfr. Lc 22, 20); y por eso, “Dios lo exaltó sobre todas las cosas y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre,…”Fil 2, 9. Trasfusión de Sangre purificadora, sanadora, reparadora, con la que marcar los dinteles y las jambas para que pase de largo el Ángel Exterminador. (Cfr. Ex 12,13).


Un plan para releer la Pasión según San Lucas.

Πάτερ, εἰς χεῖράς σου παρατίθεμαι τὸ πνεῦμά μου
Padre, a tus manos encomiendo mi Espíritu.
Lc 23, 46

Quiero proponerles un plan de lectura de la Pasión según San Lucas para contemplarla lunes, martes y miércoles, como una preparación para vivir el triduo Pascual. Se trata de una parcelación en 12 perícopas para leerlas a razón de 4 diarias, distribuidas a lo largo del día; se trata de leerlas alargando, reflexionando, profundizando, como suele decirse (especialmente cuando nos referimos a la Lectio Divina) rumiándolas. ¡Hay tanta riqueza, tanta profundidad, tal sublimidad, en cada una de estas perícopas!

1.    22,14 – 22, 38            La Última Cena
2.    22, 39 – 22,46            Jesús ora en el Monte de los Olivos
3.    22,47 – 22,54ª            Prendimiento de Jesús
4.    22,54b – 22,62           Negación de Pedro
5.    22,63 – 22,71             Jesús es presentado ante el Sanedrín
6.    23, 1 – 23,6                Jesús es conducido ante Pilato
7.    23,7 – 23,12               Jesús es remitido a Herodes
8.    23,13 – 23,25             Jesús es “entregado”
9.    23,26 – 23,32             Jesús sube el Calvario
10.  23,33 – 23,46             Jesús es crucificado y muere
11.  23,47 – 23,49             Un centurión reconoce la Inocencia de Jesús
12.  23,50 - 23, 56             El Cuerpo de Jesús es depositado en el Sepulcro.


Domingo de Ramos

«Uno de los hechos más desconcertantes para quien lee la historia de la Pasión de Cristo,… es el contraste, al menos aparente, entre la multitud que el Domingo de Ramos aclama a Cristo y quiere poco menos que proclamarle rey, y esa misma multitud que, sólo cinco días más tarde, grita ante la procuraduría de Pilato lo de “crucifícale, crucifícale”. Los exegetas suelen decir que se trataba de dos grupos diferentes: los del domingo habrían sido los galileos que, durante la Pascua, acampaban en los alrededores de la ciudad, mientras que los del viernes habrían sido el grupo de servidores  y amiguetes de los sumos sacerdotes y fariseos. Es posible que así fuera. Pero también es posible que fuesen los mismos los que un día vitoreaban y al otro insultaban. La historia del mundo está llena de muchedumbres volubles que se van poniendo sucesivamente en apoyo del vencedor de turno.»[2]



Para concluir La reflexión para este Domingo de Ramos, oremos:

«Danos, Señor, en esta semana y siempre,
el valor de sentirnos
personalmente responsables de tu muerte,
para que, con el corazón sinceramente arrepentido,
podamos celebrar contigo la Resurrección.
Amén.»[3]












1.El poeta dice: “pero el cadáver ¡ay¡ siguió muriendo” César Vallejo, MASA.
[2] Martín Descalzo, José Luis. BUENAS NOTICIAS. Ed. Planeta Barcelona – España 2da ed. 1998 p. 114
[3] Dini, Averardo. EL EVANGELIO SE HACE ORACIÓN. Tomo III Ciclo C. Ed Sin Fronteras Bogotá – Colombia p. 37

sábado, 16 de marzo de 2013

LA ASOMBROSA SABIDURÍA DE JESÚS





Señor, Tú eres la esperanza de Israel. Todo el que te abandona quedará avergonzado. Todo el que se aleja de Ti desaparecerá como un nombre escrito en el polvo, por abandonarte a Ti, manantial de frescas aguas.
Jer 17, 13

De su Sabiduría brotaba el Amor Redentor .


¿Hemos vivido una Cuaresma real, o no pasó nada?

No somos expertos en lengua hebrea, pero en Isaías 43, 20, encontramos la siguiente categoría: la de “pueblo elegido” עַמִּ֥י  בְחִירִֽי . Un pueblo predestinado a tener su lengua consagrada a cantar las alabanzas del Señor; un pueblo que tendrá un corazón que –en cada latido-  lo glorifique; un pueblo cuyo ser mismo es pura conciencia de criatura frente a la Grandeza de su Creador. Creador Paternal que cuida, protege y acompaña.

¿Cómo alcanzar esa categoría? ¿Cómo pertenecer al “pueblo escogido”? En las lecturas de hoy, encontramos la respuesta, en los tres textos dice lo mismo, pero cada vez con una perspectiva diferente:


En la primera nos lo dice así: “No recuerden lo pasado ni piensen en lo antiguo; yo voy a realizar algo nuevo. Ya está brotando. ¿No lo notan?”Is 43, 18

En el Evangelio, Jesús le dice a la mujer adúltera: “Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar”.Jn 8, 11

En la Segunda Lectura lo dice San Pablo con gran énfasis: “Todo lo que era valioso para mí lo consideré sin valor… pienso que nada vale la pena en comparación con el bien supremo, que consiste en conocer a Cristo Jesús, mi Señor,…”Fil 3, 7-8

Inclusive si miramos el Salmo nos encontramos con esta misma idea de cambio radical, lo que era, pierde su sentido porque ahora empieza algo absolutamente nuevo, una Nueva Creación. En el verso 4 del salmo 126(125) leemos: “Como cambian los ríos la suerte del desierto, cambia también ahora nuestra suerte el Señor”.



Este sentido general que articula las Lecturas de este 5to Domingo de Cuaresma nos hace recordar una hermosa imagen de la Pasión de Mel Gibson, donde Jesús le dice a su Madre una frase sacada del propio Apocalipsis: “Mira como hago nuevas todas las cosas” Ap 21, 5 (bien cierto que en el Apocalipsis están dirigidas a San Juan). ¿Cómo hace Jesús todo nuevo? ¿Cómo recrea la Creación Entera, borrando la Caída, el Pecado Original; para devolvernos al Mundo de la Gracia?

Este 5to Domingo de Cuaresma es el preámbulo a la Coronación de Jesús como Crucificado- Resucitado. El próximo Domingo entrará en Jerusalén para dar inicio a la re-creación universal: La Semana Santa, con su pináculo: La Pascua del Señor.

Hoy es pues el punto cardinal, como lo explica su etimología (cardinal que significa “principal” proviene de la palabra cardo, término de origen incierto que significa gozne, bisagra) donde la vida pública de Jesús se trasforma en Pasión-Muerte-Resurrección.

También para nosotros es un punto cardinal: Culmina la cuarentena penitencial en la que caminamos los senderos de la Conversión. ¿Hubo o no hubo conversión? ¿Aprovechamos la cuaresma o seguimos en las mismas?

Podemos redondear la idea revisando si esta Nueva Cuaresma que el Señor nos regaló nos permitió avanzar y madurar en nuestra vida espiritual y dar por fin el paso hacía nuestra metanoia a la que Jesús, con tanta insistencia, nos llama día tras día, nos convida.

Criterio y discernimiento

Estamos en la época de la fiesta de las tiendas. Desde la alborada hay teas encendidas alrededor del Templo. Acude allí la multitud que escucha a Jesús quien viene del Monte de los Olivos, lugar penitencial por excelencia para Jesús, y llega a Jerusalén, el “antro” donde escribas y fariseos no cesan en tender celadas a Jesús. Estos buscan con preguntas capciosas llevar a Jesús a una respuesta suficientemente incriminatoria; y para escribas y fariseos, la mejor incriminación sería lograr que Jesús apostatara de la Ley de Moisés. A la pregunta de los escribas y los fariseos no había escapatoria: O negaba lo que venía enseñando o se distanciaba de la Ley Mosaica y entonces tendrían pretexto para aprenderlo.



Jesús, no quiere contestar, crea un silencia tenso donde los “acusadores”, “lapidadores de mujeres” puedan verse a sí mismos, discernir, buscar el origen de su supuesta autoridad para apedrear a alguien a muerte. Y, entonces, sólo entonces, después de haber trazado unas enigmáticas grafías en el suelo. Jamás sabremos si escribía, dibujaba, sólo hurgaba, simplemente quemaba tiempo. ¿Qué pasaba en el corazón de Jesús en ese rato? El Evangelio es esquivo con todo tipo de sicologismo. ¿Sería verdad que cada uno leyó en aquellos arabescos su propia biografía con contabilidad de pecados? Aquellos escribas, tan compenetrados con las escrituras ¿habrán pensado en el capítulo 5 de Daniel, evocando el verso 5: “En aquel momento apareció una mano de hombre que, a la luz de los candiles, comenzó a escribir con el dedo sobre la pared blanca de la sala. Al ver el rey la mano que escribía se puso pálido y del miedo que le entró, comenzó a temblar de pies a cabeza.” Dn 5,5.

Después de leer este versículo del libro de Daniel uno entiende enseguida que Jesús no se iba a quedar callado, Él no era la clase de persona dispuesta a cohonestar con la injusticia. No se iba a quedar atrapado en el dilema que le tendían los escribas y los fariseos; trampa astuta para llevarlo a la perdición. ¡No! Jesús cambia el eje de la disputa. ¡Nos convoca al discernimiento!

Cuando el ser humano se ve abocado a enfrentar una situación no puede ni siquiera imitar a los santos. No puede –de manera simplista- preguntarse ¿qué habría hecho Jesús en aquella misma situación? Porque no estamos en los pensamientos de Jesús por mucho que lo amamos y pretendamos conocerlo. ¡Nada de esto está a la mano en nuestra vida práctica!

Entonces ¿cómo saber la vía? ¿Cómo proceder en cada caso? Jesús nos ha enseñado hoy que debo saber discernir entre la letra de la ley y el caso concreto. Y en esta decisión sólo el Espíritu Santo nos puede ayudar. El Espíritu Santo enseña y guía nuestra conciencia; Él se ocupa de formar nuestra consciencia de una manera tal que nosotros sabemos y sabemos con certeza qué es lo correcto y qué es lo que ofende al Señor. Pero esta formación que hace el Espíritu Santo hay que pedirla, orar para que el Espíritu Santo se sienta invitado a habitarnos, a iluminarnos. Si no se lo pedimos Él no nos asistirá, porque sería un invasor. Hay todavía más, es un Invitado sensible y delicado que se marcha cuando nos contaminamos, cuando adormilamos la conciencia, cuando nos habituamos a vivir en pecado, cuando no nos cuidamos de permanecer en estado de Gracia. Pero igual, si al marcharse, lo llamamos, vivimos el Sacramento de la Conversión, entonces rescatamos al Invitado, que Feliz vendrá en nuestro auxilio.



 «De Jesús impactaba la misericordia y la primariedad que le otorgaba: nada hay más acá ni más allá de ella, y desde ella define la verdad de Dios y del ser humano. De Jesús impactaba su honradez con lo real y su voluntad de verdad, su juicio sobre la situación de las mayorías oprimidas y de las minorías opresoras, ser voz de los sin voz y voz contra los que tienen demasiada voz, e impactaba su reacción hacia esa realidad: ser defensor de los débiles y denuncia y desenmascaramiento de los opresores. De Jesús impactaba su fidelidad para mantener honradez y justicia hasta el final en contra de crisis internas y de persecuciones externas. De Jesús impactaba su libertad para bendecir y maldecir, acudir a la sinagoga en sábado y violarlo, libertad, en definitiva, para que nada fuese obstáculo para hacer el bien. De Jesús impactaba que quería el fin de las desventuras de los pobres y la felicidad de sus seguidores, y de ahí sus bienaventuranzas. De Jesús impactaba que acogía a pecadores y marginados, que se sentaba a la mesa y celebraba con ellos, y que se alegraba de que Dios se revelaba a ellos. De Jesús impactaban sus signos -sólo modestos signos del reino- y su horizonte utópico que abarcaba a toda la sociedad, al mundo y a la historia. Finalmente, de Jesús impactaba que confiaba en un Dios bueno y cercano, a quien llamaba Padre, y que, a la vez, estaba disponible ante un Padre que sigue siendo Dios, misterio inmanipulable»[1]

Cómo supo Jesús qué hacer en aquella circunstancia? Pues, es claro que él estaba lleno del Espíritu Santo y su conciencia podía discernir con profunda claridad tanto la trampa de los escribas y fariseos como la pecaminosidad de todos los presentes. Jesús encontró la respuesta de “tercera vía”, la respuesta admirable que llamaríamos “sabia”, o aún mejor, “divina”. Pero lo más hermoso es que esta alternativa está abierta también para nosotros. También el Espíritu Santo nos dirá como contestar sin que tengamos que preparar nuestra respuesta cuando se nos presenten estos desafíos. Y seguro, con toda seguridad, no será evasión, ni indiferencia ni el silencio de los cobardes. Será una respuesta libre, en la libertad de los hijos de Dios.







[1] Sobrino, Jon LA FE EN JESUCRISTO. http://www.servicioskoinonia.org



sábado, 9 de marzo de 2013

DOMINGO DE ALEGRÍA




El hombre nuevo no es el viejo remendado, el viejo después de un tratamiento hormonal: es el muerto que ha resucitado, el que se había perdido y se ha reencontrado.

Arturo Paoli

Domingo Laetáre.



La antífona de entrada de este IV Domingo de Cuaresma inicia diciendo: “¡Alégrate Jerusalén!” y toda la liturgia tiene un aire de alegría muy especial en el contexto de Cuaresma, donde el sentimiento de fondo es el de una preparación penitencial, vestidos de sayal y la cabeza cubierta de ceniza. Pero este cuarto domingo nos propone en la primera lectura la entrada en la tierra prometida, la celebración de la Primera Pascua en la Tierra Prometida, con la interrupción del maná y el comienzo del consumo de frutos naturales que se podían recoger de lo cultivado en la tierra de Canaán. En el salmo, tenemos la invitación a que el pueblo del Señor se alegre, y declara que es feliz quien se confía en el Señor. La Segunda Lectura declara que somos criaturas nuevas, y que Dios reconcilió el mundo, o sea restableció y renovó la Alianza por medio de Jesucristo, Sacramento de Reconciliación, a raíz de lo cual, hemos recibido en y por medio de la Iglesia el ministerio de la Reconciliación. Finalmente, el Evangelio nos muestra el Amor Perdonador del Padre, que acoge al hijo que imprudentemente malbarató toda su parte de la herencia y regresó en condiciones de menesteroso, consciente que ya no podía pretender tener los privilegios de un hijo, sino ser tratado como un simple jornalero contratado para trabajar en la labranza. Pese a todo, el Padre a) lo sale a recibir, b) le hace poner una túnica “rica”, c) le vuelve a dar anillo, o sea que lo restablece como heredero, dicen algunos exegetas que el gesto de “darle anillo” significaba –por decirlo así- darle una nueva chequera, puesto que con el anillo se sellaban los documentos, o sea que de nuevo podía girar “cheques” (recordemos que es una manera de hablar porque no había cheques, es una analogía para explicar el significado del anillo), d) lo calzan con sandalias, una restitución de status, una re-dignificación, un recobramiento de la filialidad e) y como si esto fuera poco, ¡fiesta!, matarle el becerro gordo, hacer banquete, es decir, celebrarle el regreso “por todo lo alto”. Observemos en la parábola, ¡cómo no iba a estar feliz el Padre si había recuperado al hijo “perdido”! Todo esto da pie a esa alegría que hace diferente el IV Domingo de Cuaresma, por todo ello, este Domingo es el Domingo Laetáre.



En el plano litúrgico, el detalle más importante –a nuestra manera de ver- está en el color del ornamento: Puede usarse el morado de cuaresma, pero, de ser posible el ornamento sería el rosado, lo mismo que en III Domingo de Adviento, cuando se celebra el Domingo de Gaudete.

Baldón

La palabra hebrea que aparece allí, en Josué 5, 9 es חֶרְפַּ֥ת, ¿cómo traducirla? Marca, señal de vergüenza, baldón, deshonra, oprobio, mancilla, o inclusive, estigma, en el sentido de rasgo de un criminal que indica su tendencia a delinquir. El Señor le dice a Josué que le ha levantado la marca de ignominia que traía de Egipto. ¿Cómo? Por medio de la circuncisión que aplicó Josué a todos los varones en edad militar, allí en Guilgal גִּלְגָּ֔ל [gilgal], que a todas estas se llama así por co-sonancia (similitud en el sonido) con la palabra hebrea que significa quitar pasando un instrumento que corta rodando  גָּלַל [galal] como la rodaja para cortar pizza, el instrumento de circuncidar.



Así que la alegría de este pueblo no es gratuita. A causa de la desobediencia de los que habían salido de Egipto no se les concedió pisar la tierra prometida, ni siquiera Moisés pudo entrar sino que, moribundo, la contempló desde una montaña, a lo lejos. Ahora, muerta toda la generación que retó al Señor, esta nueva generación es “bautizada” en el bautismo del pueblo judío, la circuncisión, así quedan purificados y son re-dignificados para entrar en la Tierra Prometida. Esa es la causa del laetáre de aquel pueblo, laetáre significa, en latín, “alegraos”.

Cuarenta años vagando por el desierto permitieron despojarse de todas las mañas, de toda la conciencia y la forma de pensar de un esclavo, que se les había entrapado hasta los huesos durante su permanencia en esa condición dentro de Egipto. Fueron muriendo los que tenían pensamiento de esclavos; estos recién circuncidados, ya piensan como libres, como digno pueblo de Dios, no pueden retroceder al pensamiento esclavista, ahora deben marchar, en esa tierra que mana leche y miel, con pensamiento y dignidad de “libres”, esa fue su conversión de Antiguo Testamento. Y la circuncisión era un signo en la carne, recordatorio físico de esa conversión.


Reconciliados en el Nuevo Testamento

«… también el concepto de conversión está bastante deformado en nuestra cultura cristiana. Conversión quiere decir cambiar de actitud, cambiar de punto de vista…. La verdadera conversión es la que nos vuelve a la realidad, es el descubrir y aceptar cordialmente lo que somos, y por esto la conversión en el Evangelio es representada a menudo como un abrir los ojos, como un ver. Imprevistamente esta cosa pequeña, desordenada, incoherente, que es nuestra vida se siente penetrada por un grande y misterioso amor…»[1]


Una vez convertidos, ya en el Nuevo Testamento, la sangre derramada no es la de toros y terneros, ni la de prepucios; ahora la sangre que redime es la sangre de Cristo, que pagó nuestro rescate. Esa conversión, como lo dice San Pablo con todas las letras, nos hace “criaturas nuevas”, es decir, que Dios nos ha creado otra vez, deshaciendo el barro antiguo, y purificándolo, nos ha re-creado y ahora somos nuevos porque lo viejo ha pasado: (Cfr. 2Co 5, 17).

Ahora bien, esa es una iniciativa Divina, es Dios quien resuelve lavar nuestros pecados con la Sangre del Cordero de Dios; es Él quien elige la vía redentora, tomar de Sí Mismo, su más amada parte, el Centro de Su Ser, su Amadísimo Hijo Nuestro Señor Jesucristo, y ofrendarlo como Cordero Expiatorio. Toma al Totalmente-Inocente y lo ofrenda por los pecadores.

El argumento de San Pablo no se detiene allí, sino que enuncia la consecuencia más radical: Este Sacrificio nos convierte no solamente en criaturas nuevas, sino además en ministros de la gracia reconciliadora: con las palabras de San Pablo, nos hizo embajadores y nos dio la tarea de convocar a la reconciliación de los hombres con Dios.



La manera de vivir reconciliados consiste en permanecer unidos a Jesús en una vida virtuosa de manera que la unión se consuma ejerciendo dos rasgos esenciales de nuestro Redentor: Justicia y Santidad. Esa es la manera de vivir, no en la esclavitud del pecado, sino en la libertad de los hijos de Dios.



«Considero de una densidad insondable el pensamiento de San Pablo a propósito de Cristo “que restituye al fin todas las cosas al Padre”. No se puede interpretar como una restitución de cosas tomadas a préstamo, una devolución al patrón, sino como la reunificación de todas las cosas, la “unidad de sentido”, que todas las cosas, todos los acontecimientos, ‘buenos y malos’, han asumido por la presencia creadora y salvadora de Cristo, por su mediación.»[2]

Relaciones filio-paternales alienadas.

Al principio de la parábola, cuando el hijo menor ve al padre, no ve la persona y la relación “amorosa” entre ellos; ve la herencia, ve las propiedades y el dinero, ve la parte que le corresponde. Es decir, la relación ha sido cosificada, la relación no se da de persona a persona, la relación se presenta mediada por “cosas”, “objetos”, “propiedades”, riquezas. «… lo que Ricoeur, traduciendo a Freud, llama el “ça”, el “esto”.»[3]



Continuemos con Arturo Paoli: «Me niego a considerar este episodio como “la parábola del perdón”: el libertino que hace cualquier cosa, y el padre que finalmente lo perdona. Para mí en su sentido global es la parábola del amor, de la relación. El hijo que ha salido de la casa no es un “perdonado” es un “resucitado”. No es un problema de palabras, sino de visión y de sustancia. La “salida del pecado” para un cristiano… es una resurrección, en la que se debe hacer evidente un cambio radical en la línea del amor, de la relación; es recibir la capacidad del otro.»[4]



«¿Por qué se va de la casa? Es la afirmación del yo lanzado a desidentificarse del padre, a ser alguien, a conquistar su libertad, independiente del padre…el Evangelio… No nos ofrece argumentos para defender un paternalismo patológico, que sofoque el crecimiento del otro… El Creador no se reserva para sí el mundo, concediendo de mala gana, algunos mendrugos que el hombre le arranca de la mano, como los obreros arrancan algunos derechos a sus patrones. Esta es una concepción pagana, no cristiana. Del Prometeo, que “roba” el secreto a los dioses, no se encuentra ninguna analogía en la Biblia”… El silencio maduro y no rencoroso del padre, me convence. Tal vez está dolorosamente expectante porque comienza la gran aventura –que es ambigua-, pero no está enojado por el reclamo. La visión de un padre déspota, que tiene derecho absoluto sobre los bienes, ha creado una mala conciencia que es, en parte, responsable del uso patológico que hacemos de las cosas… La relación con el padre es un redescubrimiento después de la ruptura, una opción consciente, más que la aceptación pasiva de un estado original. No veo una rebelión, sino el despertar de una responsabilidad… El padre…no va con el hijo, lo deja irse;… Se puede pensar que ha quedado enojado, ofendido. Yo creo que ha permanecido a la expectativa: los bienes se deben dar, el viaje se debe hacer, él no puede sustituirse a la opción del hijo… En el contexto del Evangelio, Dios no aparece como el padre que atranca la puerta para que los hijos no salgan de noche, sino como luz que alumbra, como brújula que orienta al hombre en sus opciones, que no lo abandona en el ejercicio riesgos de la libertad, y que crea nuevas perspectivas de liberación, rehaciendo los epílogos que parecían desastrosos…El hijo no regresa al padre para escapar a los fantasmas del mundo hostil… es un regreso a la realidad,… despojado del factor alienante,, de los bienes. Piensa en quienes trabajan en la casa del padre y pide formar parte de este grupo. El padre lo readmite en su dignidad, lo hace reencontrar en us historia, en su identidad… La relación del joven con los bienes aparece invertida; antes, los bienes lo siguen, van con él, lleva su herencia en los bolsillos. Después, es él quien va hacia los bienes. Ellos están delante de él y en contra de él, como un desafío que debe aceptar y resolver mediante el trabajo. El padre tranquiliza al hijo mayor ‘capitalista’, preocupado con el temor de perder algo, diciéndole: “lo que es tuyo es mío y lo que es mío es tuyo”, no perderás nada. Sólo déjame celebrar la fiesta del regreso.»[5]




[1] Paoli, Arturo. LA PERSPECTIVA POLÍTICA DE SAN LUCAS Siglo XXI editores. Bs As. Argentina 5ta ed. 1976 p. 106
[2] Ibid.
[3] Ibid. p. 105
[4] Ibid p. 113
[5] Ibid pp. 97-104

sábado, 2 de marzo de 2013

¡BENDITO AMOR!




La noticia más extraordinaria de todos los tiempos y que permanecerá de actualidad por toda la eternidad es el amor personal de Dios por cada uno de los seres humanos.
Héctor Guerra, L.C.
Juan Pablo Ledesma, L.C.

YHWH es un Dios que no admite la indolencia

Dios le sale al encuentro a Moisés mientras apacentaba las ovejas de su suegro  Jetró. ¿Quién es este Moisés? ¿Por qué lo elige Dios para manifestársele? Hay muchos que quieren creer que Dios escoge uno entre cada millón de millones de habitantes del planeta. Otros suben y otros bajan las estadísticas, dicen que los “Mesías” se repiten con mayor o menor frecuencia. Nosotros creemos que todos somos llamados, que todos somos enviados. Lo que pasa, es que nos hacemos los de las gafas y decimos: “Yo no soy enviado, qué voy a ser yo, si hay otros más fuertes, más preparados, con mejores títulos, con mayor facilidad de palabra, con mayor valentía y decisión…” y así, cientos de miles de pretextos para poder argüir que “la cosa no es conmigo sino con otro.



Pensamos también, que la “elección” de Moisés tiene su raíz en el episodio registrado en Ex 2, 11-12. Allí vemos que Moisés no está dispuesto a cohonestar con los atropellos que se cometen contra los de su pueblo. Él ha sido criado en cuna faraónica, los designios misteriosos de Dios, lo han llevado al seno de la familia faraónica; ahora es hijo adoptivo de la hija de faraón. Pero Moisés no se encierra en sus privilegios, su corazón solidario se mueve por misericordia, no puede pasar indiferente, como cierto levita y cierto sacerdote, sino que –con un corazón emparentado con el del samaritano- re-acciona justiciero y liberador. No que digamos que estuvo bien el matar al egipcio, bien sabemos que el único Dueño y señor de la vida es Dios; pero Dios mismo identifica, en este gesto violento, el reflejo de su Corazón Indignado.

Para mejor entender las razones de la elección deletreemos los rasgos del Dios que se revela a Moisés en la Zarza que ardía sin consumirse, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob; el Dios cuyo Nombre es “Yo-soy-el-que-soy”:

a)    “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto
b)    He oído sus quejas contra los opresores y conozco bien sus sufrimientos
c)    He descendido para librar a m i pueblo de la opresión de los egipcios,
d)    Para sacarlos de aquellas tierras y llevarlo a una tierra buena y espaciosa una leche que mana leche y miel. Ex 3, 7-8



Al escuchar estas Palabras de Dios, vemos los rasgos revelados de YHWH en ellas:
a)    Un Dios que se da cuenta, que mira paternalmente al pueblo para darse cuenta cómo le está yendo
b)    Un Dios que escucha, que está con su oído atento al clamor de su pueblo; todo lo contrario de un dios indiferente,
c)    Ante la opresión, actúa, baja y se pone al lado de los suyos, no los abandona, se les solidariza,
d)    Un Dios providente, cuyo proyecto consiste en mejorar las condiciones en las que vive su pueblo.

Estos son los rasgos distintivos de YHWH. La teofanía no consiste en que la Zarza arda sin consumirse, esa es la escenografía, ese es un truco para llamar la atención de Moisés, para que este voltee a mirar, para que se sienta interpelado. El Horeb, el Monte Santo del Señor, la tierra Sagrada escogida por Dios para su manifestación, es el contexto ambiental de la teofanía, pero no es el contenido de la teofanía.

La zarza ardiente es un poco como la pirotecnia, pero nosotros tenemos que mirar más a fondo. Nosotros tenemos que reparar en la clase de Dios que es YHWH, ¡nuestro Dios! Si no sabemos identificar la Personalidad de YHWH podemos terminar honrando un dios que no es nuestro Dios. Esta teofanía es un verdadero hito en la revelación porque vemos su Rostro y el Rostro de YHWH es el rostro de un Dios-Liberador.



Y ¿el corazón nuestro?

En el relato que leemos en Éxodo vemos cómo es el Corazón de Dios. San Pablo, en la perícopa que leemos en este Tercer Domingo de Cuaresma, tomada de la Primera Carta a los Corintios, vemos cómo es el corazón humano.



La revelación continúa, nos explica Moisés que esta desobediencia del pueblo hebreo es espejo anticipado para que nosotros no incurramos en la misma clase de faltas que desagradan a Dios. La maledicencia contra Dios, contra el espíritu Santo, llevó a la gran mayoría de aquel pueblo a perecer en el desierto, perdiendo –de esta manera- la oportunidad de entrar en la Tierra de Promisión.

Dios aprovecha estas acciones malas de su pueblo para darnos lecciones, para enseñarnos el camino que nos conduce a la entrada al Paraíso. Si cumplimos, si agradecemos el alimento material, la bebida espiritual, el bautismo de Dios que se aparece en la “nube” o sea, de manera misteriosa, no directa, no “táctil” sino “sacramental”, podremos entrar, se nos franqueará la “puerta” del Reino de Dios.


No endurezcamos el corazón como en Meribá, como en Masá. El propio Moisés, tantas y tantas veces asistido directamente por Dios, dudó. Golpeó la roca no una sino dos veces… porque dudó. Por tanto, no sometamos a Dios a pruebas, no pretendamos tirarnos desde la torre del templo a ver si Dios envía a sus ángeles a recogernos antes de estrellarnos contra el suelo.

Ese es nuestro corazón: rebelde, ingrato, desafiante, que reta a Dios, que le pide que nos permita transformar piedras en panes. Nuestro tema ¡no es el milagrerismo! No queramos convertir a Dios en un parque de atracciones. Nuestro tema es el de la fe.



Muchos, rebeldes ingratos en esta temporada, espetan a Benedicto XVI porque “traicionó” el papado, por qué “desertó”. Piden la trasformación de piedras en panes, piden al Pontífice tirarse de lo alto del Templo… para qué? Para aplaudir y después darse media vuelta… ellos no se sienten Iglesia, sólo se siente jueces de la Iglesia. Y cuando la Iglesia esté congregada, venir y tirar la antorcha… y que todos nos quememos. Pero, lo triste y lo doloroso para ellos es que el Malo está maniatado, porque los poderes del Hades no prevalecerán contra Ella.

Pero ese es el corazón del pueblo, no se asimila gustoso a la imagen de su Creador, reniega de su parecido con YHWH, y sólo quiere parecerse al padre de la mentira. Eso es lo que denuncia San Pablo en la 1ª a Corintios.
Digamos con San Pablo en su carta a los Filipenses: “Ustedes hermanos míos amadísimos, que son mi alegría y mi corona, manténganse fieles al Señor”.

Jesús intercede siempre para darnos otra oportunidad

Hemos crecido en el seno de una cultura castigadora. No fue hecho de mala fe. Estamos profundamente convencidos que el malo los engañó y les hizo creer que era la vía única y también la vía maestra. Creyeron y nos hicieron creer que sólo el miedo nos mantendría alejados del pecado, máxime cuando advirtieron que el malo suele revestir la tentación con sus más vistosos y seductores trajes. Como mantener ese pueblo “ignorante” –se decían ellos- alejados de la manipulación del Patas que los engaña con suma facilidad y caen redonditos. Y recurrieron a la intimidación: El fuego del infierno. Muy gráfico, después de haber “asado” vivos a muchos en la hoguera, de hacerles oír sus gritos aterrados y dolientes; después de haber olido el espantoso olor de la carne humana chamuscada. Qué mejor argumento que mostrar el Infierno como el lugar de la chamuscadura. Vino el siguiente paso: Dios castigador. Dios torturador. Dios cruel.



Y eso es lo que precisamente este Domingo Jesús quiere corregir: Qué pedirá el Viñador (el Hijo de Dios) al Dueño del viñedo (Dios Padre) otra oportunidad. ¡Una ampliación del plazo!

Jesús explica que las cosas que pasan no se le pueden achacar a Dios. Unas crímenes los cometió Pilatos, el accidente de la torre, fue eso, un accidente. Pero, la vida espiritual no reposa sobre un Dios castigador, sino sobre un Dios Misericordioso que año tras año no brinda una  nueva oportunidad. De no ser así, hace años que el planeta no giraría más. Pero sigue girando porque nuestro Dios es un Dios compasivo y Misericordioso, lento a la cólera y rico en clemencia.



Dios que es el Mismísimo Amor no puede ser superado en clemencia y misericordia. Por eso no ha llegado el fin, porque una y otra vez atiende al Hijo que clama: “voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono, para vder si da fruto. Si no, el año que viene la cortaré”.

No perdamos la oportunidad por la que ha intercedido Jesús: ¡Demos fruto! Frutos de Amor.

 ¿Y el Salmo?

El salmista lo que hace hoy es dar gracias. Gracias por un Dios tan Bueno. Gracias por cada nueva oportunidad. Porque Dios es solo Misericordia. Gracias porque Dios es Amor.
Gracias por darnos a Su Hijo. Gracias porque el Sacerdocio de Jesús se ejerce en su intercesión único mediador ante YHWH. Gracias por hacerse Eucaristía, porque su Cuerpo y su Sangre, su Alma y su Divinidad nos nutre y, poco a poco, así como el agricultor no se da cuenta cómo la semilla mientras él duerme, y pasa el día y la noche, se trasforma en planta que da frutos, así también nosotros permanecemos ignorantes de cómo su Reino va creciendo y va arraigándose, hasta que las aves (nosotros mismos) podamos anidar en sus ramas.



La vida no nos alcanza para dar gracias; a menos, que la dediquemos a la construcción del Reino: Bendito y alabado sea el Amor de Dios que florece entre nuestras propias e indignas manos; y se nos da, Eucaristía tras Eucaristía, hasta que sin darnos cuenta se trasforme hasta el último átomo del Universo y todo, todo lo que existe se haya Cristificado.



Por tu Eterna Caridad, no podes la Viña, hasta que nuestros corazones de piedra se trasformen en corazones blandos y tiernos y compasivos de Carne, como la Carne del Corazón de Jesús. Amén.