sábado, 5 de noviembre de 2022

ALCANZAR LA PLENITUD

 


2Mac 7, 1-2. 9-14; Sal 16, 1. 5-6. 8 y 15 (R.: 15b); 2Tes 2, 16--3, 5; Lc 20, 27-38

 

 

 

 

Un pueblo que persiste en celebrar su vendimia, aunque no tenga frutos para cosechar, recobrará sus viñedos.

Benjamin Disraeli

 

La resistencia es una alternativa

Perseguir la fe y buscar la traición a las tradiciones religiosas de un pueblo  son vías de opresión y debilitamiento que los tiranos de diverso pelambre usan y usaran a través de la historia, puesto que perdidas las señas de lo más profundo de nuestra identidad los siguientes pasos del sometimiento se facilitan. Efectivamente, cuando damos nuestro brazo a torcer y abdicamos de nuestro credo, nuestra identidad se ve poderosamente vulnerada y si podemos dar la espalda a nuestro Dios las siguientes detracciones parecen de poca monta.  Así, la dominación nos propone o nos exige abandonar algún detalle –señalado como mínimo- consciente de estarnos fragilizando. Cuando los demás vean como se sucumbe a la presión en algún aspecto “mínimo”, la capacidad de resistencia vendrá a tierra como un castillo de naipes. Estas debilidades son anunciadas y propagadas con los mejores mecanismos de divulgación a la mano en cada momento histórico.

 


En el episodio que señala la perícopa de la Primera lectura de este Domingo, esa traición consiste en comer carne de puerco. Muchas personas nos dicen que pudiendo salvar la vida, es una tontería de marca mayor, empecinarse en no comer algo que posiblemente no nos produzca ni siquiera dolor de estómago. Uno lo minimiza, pero, es como cuando se vence un plato o un pocillo, por ahí se quiebra la pieza más temprano que tarde. Así es, pese a parecer insignificante, es la derrota total en potencia.

 

Nos parece que no entendemos nada si “espiritualizamos” excesivamente este gesto. Uno dice que no se come cerdo porque se ofendería a Dios. Si lo tomamos en esa dirección, no vamos a poder descifrar el mensaje de la Sagrada Escritura. Observemos como lo argumenta el hermano que toma la vocería de los otros seis: “Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres”. 2Mac 7, 2c. “Ley de nuestros padres” implica la continuidad de una tradición, la pertenencia y adhesión a esa línea de tradición, más a fondo, el sentido de pertenencia a una comunidad que así procede, es decir, las señas de identidad; pero no cualquier seña, sino la definitiva, la que identifica, la que nos señala como miembros de “un cuerpo”. Ese es al sentido de “ley” en este contexto. La ley rige porque pertenecemos a esa comunidad. Cumplirla y aceptarla significa reconocer nuestra vinculación.

 

¿Por qué se enfurece el Rey Antíoco Epifanes (Mitrídates)? Precisamente porque no logra hacer quebrantar la ley a estos siete hermanos, o sea, no consigue hacer que se declaren súbditos suyos. Eso quebrantaba el propósito hegemónico, adoptaban una posición frente a las tendencias helenizantes, optando por su identidad judía. El helenismo era una alternativa político-militarista; los judíos le opusieron una posición de resistencia: Esta negativa a consumir carne de puerco es, sin lugar a dudas, la carta de constitución de un pueblo (pueblo escogido) que se resiste y lucha. (En otro lugar de macabeos vemos que hubo otras defecciones, y fueron doblegados a consecuencia de la división y el debilitamiento de la unidad de este pueblo). La historia bíblica nos enseña a resistir.

 

Pero no una resistencia confusa o caprichosa, una resistencia que es rebeldía sin causa, pura pataleta; sino resistir perseverando en nuestros valores, en nuestra identidad, conservando aquello que nos define, que nos caracteriza, que nos hace ser quienes somos, creyendo en lo que creemos, y rechazando las “modas” con las que poco a poco nos tiranizan.

 

Déjanos ver tu Rosto al despertar

… cada uno de nosotros tiene en su interior un espíritu de vida. Y cuando la muerte llega, ese espíritu de vida consigue eludirla.

Helder Câmara

 

En este, el antepenúltimo del Año Litúrgico, vamos a entonar del Salmo de súplica 17(16), los versos1. 5-6. 8 y 15. El salmista se pone bajo la protección de un “Padrino” que es su abogado, su defensor, que impedirá que lo ataquen, lo castiguen, lo dañen. Se trataba de alguien poderoso, lo suficiente como para detener cualquiera amenaza que venga. Y en este caso la súplica se dirige a Dios mismo. El Salmista se pone bajo la protección de Dios. En este caso, el argumento que le presenta a su “Padrino”, para motivarlo a defenderlo, es que el merece su protección y que lo defienda porque es inocente y no merece castigo alguno: “Pues sus labios no mienten, … sus pies se han mantenido firmes en los caminos del Señor… Por serle fiel, en cualquier momento que lo examine no lo encontrará en maldad… ya que no dice cosas indebidas…, no obra violencias, …, vive de acuerdo a los mandatos del Señor.

 


Ahora, si nos fijamos en el sujeto vemos que está en primera persona, habla a partir de “yo tal cosa, yo hago, yo soy, yo patatí, yo patatá” pero tras de este sujeto aparente habla un pueblo. Los eruditos nos dan cuenta de este modo de pensar en la cultura donde se dieron los Salmos: nos encontramos con este tipo de “yo” colectivo, un “yo” pueblo-entero, donde el “yo” es el pueblo de Israel. Si en la Primera Lectura de este Domingo, nos encontramos con alguien que se niega a comer carne de puerco porque daría mal ejemplo a su pueblo rompiendo la ley de sus padres, en este salmo encontramos un “yo” que habla también por ese pueblo, por esa comunidad, habla en primera persona, pero es un “yo” corporativo, que incorpora a varios en un solo corpus. ¡Qué excelente sentido de pertenencia!

 

¿Qué pide el suplicante? Que lo atienda, que lo oiga, que no le permita hablar falsedades, en general que mantenga su inocencia (en todos los sentidos que hemos citado arriba), que lo guarde como si se trataran de sus propias pupilas, que lo defienda y lo proteja poniéndolo bajo la sombra de sus alas, que lo libre de los malvados. Toda esa protección clama el Salmista al Señor en nombre de su pueblo. Y un reclamo final, el que sella el salmo como conclusión. Que esta defensa sea para toda la vida, de modo tal que al “abrir los ojos” -en la otra vida- se encuentre con el premio que el Señor ha prometido a los que vivan una vida coherente en los caminos de Dios: Despertar en su Presencia, contemplar su Rostro, saciarse de verlo, aunque su esplendor no cansa.

 

No se pediría este “premio”, esta corona, “premio olímpico” (como decía San Pablo), si no se creyera que hay vida después de la muerte, que allí se puede seguir con algo mejor, muy pero muy superior, que consiste en gozar de la Plenitud de la Vida que es Dios mismo, porque donde esté Dios presente nada faltara o sea, que todo será perfecto. Esta petición, esta súplica-pináculo, es una declaración de fe en la “resurrección de los muertos”, en la justicia de la vida eterna, en el sentido de vivir conforme a los “mandatos del Señor”, en fin, es una declaración de fe en el “Cielo”, pronunciada por una boca que es “un pueblo entero”, es la fe de la nación, es Israel quien la proclama.

 

Creemos y vendrá

En cambio, San Pablo, en la Segunda Carta a los Tesalonicenses, habla de “ustedes”, pide que rueguen por “ustedes” de nuevo, corporativo, porque está dirigido a los “hermanos” como lo expresa en el comienzo de la Carta, en el propio saludo, versículo 3a. Dirijamos el reflector hacia estos dos elementos primordiales de la Palabra en este Domingo:

 

a)    El sentido de pertenencia a una comunidad creyente, lo que permite una conciencia “corporativa”, un sentido de solidaridad, de unicidad, de nosotros-uno.

b)    La fe en una realidad escatológica, mucho más que una esperanza, porque dimana de la confianza en lo que Dios nos ha dicho, en lo que Él nos ha revelado.

 

También san Pablo empieza la perícopa de este Domingo orando para que podamos vivir (como lo hablaba el Salmo), una vida coherente en los caminos del Señor, “que nos disponga el Señor a toda clase de obras buenas y de buenas palabras”. Notemos que no basta obrar bien, también lo que pronunciamos es importante.

 

Dos ruegos siguen: El primero para que la Palabra de Dios se propague, para que se extienda, para que muchos tengan acceso a ella. Y el segundo, para que Dios nos libre y nos defienda de los que no la aceptan, porque ellos obrarán como enemigos, porque ellos “nos hostigan” con su perversidad, con su maldad.

 

La palabra que se usa, es la palabra πείθω que deriva de la palabra fe, πίστις [pistis]: πεποίθαμεν se traduce como “tengo confianza”, en otros textos como “estoy persuadido” pero trasmite algo como: “la fe que profesamos nos lo garantiza”.

 

San Pablo nos enseña, en el versículo siguiente, que el Poder de Dios es mayor que el poder del Malo cuando dice que el Señor nos librará del Maligno: ὁ Κύριος, ὃς στηρίξει ὑμᾶς καὶ φυλάξει ἀπὸ τοῦ πονηροῦ. ¡Su Poder es suficiente para vencerlo y someterlo; librándonos así de él!

 

Y retoma el tema de ὑπομονὴν τοῦ Χριστοῦ la Segunda Venida, orando por nosotros para que la esperemos con paciencia, porque, como lo examinábamos el Domingo anterior, “no está  a la vuelta de la esquina”; y sólo Dios Padre sabe el día y la hora señalados.

 

Pero Jesús si podía saber y responder

Jesús no puede ni imaginarse que a Dios se le vayan muriendo esos hijos suyos a los que tanto ama.

J. A. Pagola

 

Uno de los grandes gustos de nuestros contradictores consiste en venir con sus argumentos y reducirnos al silencio, entonces nos rodean petulantes y atorrantes como quien estrena zapatos (no hay nada malo en estrenar zapatos, casi todo el mundo en algún momento lo hace y no es una gran hazaña para que nos pavoneemos de ello).

 

Los saduceos, como lo hemos comentado en otra parte, pensaban que la justicia era asunto exclusivo de esta vida; vivían bien, eran los acomodados del momento, terratenientes, pudientes y solventes, con la “barriga llena” no necesitaban ninguna fe para posteriores, ninguna otra justicia, ya se habían hartado en el momento, nada más tenían que esperar. Y ¿los que sólo vemos sufrir y nunca conocemos el disfrute? ¿Se quedará Dios con algo? ¿Será Dios un dios que permite la injusticia? Si así fuera, ¡no sería Dios!

 

De todas maneras, a los mortales nos está vetado el conocimiento directo de la realidad trascendente. A él solo podemos llegar por un tipo de conocimiento mediado (ese que los “cientistas” no pueden admitir; decimos “cientistas” porque el científico -ni petulante ni arrogante- sabe reconocer las limitaciones de su “instrumental” y es capaz de –por lo menos- sospechar otro tipo de saberes que se cosechan allende sus laboratorios); este conocimiento sólo nos puede llegar de Alguien que haya estado Allá, y nos pueda “contar” cómo es, nos deje traslucir algo: esa es la Revelación, lo que Dios en su Misericordia nos permite entrever para consuelo y fortalecimiento de nuestra fe, para que no andemos completamente a tientas, para que podamos orientarnos; son “saberes” que nos sirven de brújula y de mapa en la oscuridad del “hombre caído” así la Luminosa Bondad de Dios traspasa la oscuridad del pecado y nos permite “ver” allí donde los sentidos del pecador no alcanzan.

 

Y ¿qué vemos? Que en “el otro Toldo”, el que está destinado, los “merecedores”, no tendrán necesidad de matrimonio porque no hay necesidad de reproducirnos, porque no hay necesidad de “preservar la especie”, ¿por qué?, pues porque no hay muerte, sólo hay vida; allí rige y gobierna El-que-es-Vida, Vida en Plenitud (aquí copiamos un par de renglones de arriba) “gozar de la Plenitud de la Vida que es Dios mismo, porque donde esté Dios presente nada faltará, es decir, todo será perfecto”.

 

Así estos saduceos, en vez de poder lucir sus zapatos nuevos tuvieron que partir con sus “zapatos viejos, rotos y desfondados”, pero Jesús Nuestro Señor, aprovechó la coyuntura para revelarnos una de sus Verdades-Luz que nos dejan entrever confiados unas maravillosas conclusiones:

 

a)    La semana pasada, leyendo una perícopa del Libro de la Sabiduría, vimos cómo ama Dios todo lo creado: «Fe en la vida eterna confía en la promesa de que todos los fragmentos de nuestra vida tendrán su última plenificación en los brazos de un ser supremo que ama y que llamamos “Dios”.  Encontramos la base para esta confianza en la certeza absoluta de que este Dios está apasionado por toda su creación. Él es un Dios cuyo ser más íntimo es el amor. Un Dios inflamado por sus criaturas en una pasión sin límites. Un Dios de la ternura y de la compasión. Y, siendo así, es Él mismo quien quiere ser el último e infinito destino de toda su obra creadora».[1]

b)    «El objetivo final de Dios es que todos los hombres vivan esta vida eterna como plenitud de la vida, como máxima intensificación de todo lo que es la vida.»[2]

c)    «Las personas tendrán acceso al nuevo modo de ser llamado vida eterna, por medio de una acción explicita de Dios. A esta acción la llamamos “Resurrección”… significa una total y plena trasformación de todo el ser humano… es la misma persona que murió, que será resucitada para la vida eterna… pasará por una ampliación inimaginable de todas las dimensiones de su ser. Todo lo que en la vida terrestre ya podía ser observado como capacidades actitudes y potencialidades, son como vestigios de un ser que, sólo por la resurrección llegará a su plenitud. Las características positivas de la persona no serán eliminadas, sino ampliadas y llevadas a plenitud. Y las muchas y muchas potencialidades que la persona nunca en la vida podía realizar, se mostrarán en fin no ya como potencialidades, sino como características presentes y activadas. Toda persona, en fin, podrá plenamente ser ella misma, con todas sus características y toda su manera característica y original de ser.»[3]

 

Sólo pensemos cómo será en un marco donde no habrá sometimientos, ni dominación, donde nadie querrá ser más que otro, o pasarle por encima; donde no hay orgullos y vanidades, ni doblez, ni apariencias, y donde el único afán será alabar y ensalzar a un Dios tan Grande y Bueno. A un Dios que es Vida-en-Plenitud.

 


P.D.

«Y un día, cuando el Señor lo quiera, ese espíritu de vida volverá a tomar forma, volverá a tomar cuerpo; y lo hará de un modo que no podemos imaginar, como tampoco el recién nacido puede imaginar el cuerpo que tendrá a los veinte años.»[4]

 



[1] Blank, Renold. CREO EN LA VIDA ETERNA Ed. San Pablo Bogotá – Colombia 2010 p. 18

[2] Ibid p. 29

[3] Ibid pp. 27-28

[4] Câmara, Helder. EL EVANGELIO CON DOM HELDER. Ed. Sal Terrae, Santander 1985 p. 168.

sábado, 29 de octubre de 2022

ORACIÓN: BÚSQUEDA DEL BIEN POR SÍ MISMO

 


Sab 11, 22-12, 2; Sal 144, 1-2. 8-9. 10-11. 13cd-14 (R.: cf. 1); 2Tes 1, 11-2, 2; Lc 19, 1-10

 

Dios es indulgente con el hombre. No espera mucho de él; sólo una trepadita al árbol.

Arturo Paoli

 

Subirse a un sicomoro es una figura que nos habla de hacerse discípulo-misionero, es un acto de oración: Zaqueo «Es la única persona en los Cuatro Evangelios, que toma la iniciativa de encontrarse con el Maestro gratuitamente: no tiene nada que decir y nada que pedir»[1]. Nos asombra todo lo que hace Zaqueo, pero nos asombra aún más esa gratuidad con la que busca el encuentro. Tiene una curiosidad sana, no prejuiciosa, no espera ratificar tal o cual idea prefabricada, va con el corazón abierto de par en par para dejarse sorprender por la Cristofanía; por eso puede ver, porque no lleva los ojos vendados con conceptos discriminatorios; todavía más, está dispuesto a jugársela toda para poderlo ver, ¡pase lo que pase, digan lo que digan! ¡Zaqueo significa ser puro!

 


Parece que entre los orientales comerse los frutos del Sicomoro equivale a comer desperdicios alimenticios, lavazas. Nadie se subiría a un Sicomoro porque se prestaría a pensar que la persona ha tenido que resignarse a comer lo que todos desechan. Y Zaqueo, pese a que “es rico”, no tiene óbice alguno en treparse al tal συκομορέαν. Un sicomoro, empieza a ramificarse y expandir su arborescencia muy abajo, lo hace fácil de trepar para una persona de baja estatura, pero hay que ser verdaderamente muy, pero muy humilde –en el marco de esa cultura- para encaramarse en un sicomoro. La semana pasada vimos a un fariseo arrogante y a un publicano humilde, capaz de reconocerse pecador, «El publicano,… hubiera podido permanecer víctima de su culpa. A veces el pecado también pone la acechanza de la desesperación o de un extraño silencio de la conciencia. En cambio, descubre inmediatamente la presencia liberadora del amor y se abre a la confianza, al poder renovador de la oración. Cuando el corazón no opone resistencias interiores o fortalezas defensoras, todo es posible: sobre todo el don y la “novedad” de la salvación.»[2]; este domingo XXXI nos topamos con otro publicano, esta vez con nombre propio Ζακχαῖος Zaqueo (del hebreo Zakkai, "ser puro"), maximiza su humildad -de allí su “pureza”, ahora lo recordamos al saber cuánto se despreciaban en el contexto judío los frutos de aquel árbol (aún quisiéramos anotar dos cosas más sobre el sicomoro: es un árbol de frondosas raíces que lo traban con el suelo haciéndolo prácticamente in-arrancable; de otra parte, su madera es por así decirlo “incorruptible”, muy difícilmente entra en el ciclo de descomposición, por lo cual pasó a ser madera de ataúd, especialmente en Egipto donde se usó para los entierros de las momias de Faraones y por esta vía ¡devino signo de la Resurrección! Hay árboles de perdición como aquel de la serpiente tentadora en Génesis 3, 1-4; el sicomoro -en cambio- es, simbólicamente hablando, árbol de vida, te permite alzarte y ver a Dios que pasa por tu vida y te da Vida más allá de esta vida. «Podemos imaginar lo que sucedió en el corazón de Zaqueo antes de subir a aquella higuera, habrá tenido una lucha afanosa: por un lado, la curiosidad buena de conocer a Jesús; por otro, el riesgo de hacer una figura bochornosa. Zaqueo era un personaje público; sabía que, al intentar subir al árbol, haría el ridículo delante de todos, él, un jefe, un hombre de poder. Pero superó la vergüenza, porque la atracción de Jesús era más fuerte. Habréis experimentado lo que sucede cuando una persona se siente tan atraída por otra que se enamora: entonces sucede que se hacen de buena gana cosas que nunca se habrían hecho. Algo similar ocurrió en el corazón de Zaqueo, cuando sintió que Jesús era de tal manera importante que habría hecho cualquier cosa por Él, porque era El Único que podía sacarlo de las arenas movedizas del pecado y de la infelicidad. Y así, la vergüenza paralizante no triunfó: Zaqueo —nos dice el Evangelio— «corrió más adelante», “subió” y luego, cuando Jesús lo llamó, “se dio prisa en bajar” (vv. 4.6.). Se arriesgó y actuó. Esto es también para nosotros el secreto de la alegría: no apagar la buena curiosidad, sino participar, porque la vida no hay que encerrarla en un cajón. Ante Jesús no podemos quedarnos sentados esperando con los brazos cruzados; a Él, que nos da la vida, no podemos responderle con un pensamiento o un simple “mensajito”.»[3]

 


Observemos que Jesús, que conoce las intenciones del corazón y lee en lo más profundo de cada uno de nosotros, sabe que Zaqueo se está humillando, y el que se humilla será ensalzado, así que, lo único que le pide Jesús es que se baje para que lo invite a cenar en su casa, Zaqueo -“bajó aprisa y lo recibió muy feliz”- Lo acogió en su morada. Si Jesús no fuera Dios, si fuera sólo hombre, tal vez habría visto solo la superficie, lo exterior, y no habría reparado en la humildad de aquel hombre, exactamente equiparable a la del publicano del Domingo anterior, cuya oración era “¡Oh Dios! Ten compasión de mí, que soy pecador”.

 

En Lc 19, 7 leemos “Al verlo murmuraban todos porque entraba a hospedarse en casa de un pecador”, este hospedarse, en griego es καταλῦσαι (que viene del verbo καταλύω que significa desatarle la carga al animal, desensillar), se traduce por alojarse, más estrictamente sería bajar la carga y desensillar la bestia, acciones que se ejecutan cuando alguien se dispone a pernoctar en cierto lugar, eso era lo que imaginaban los espectadores, los murmuradores, que Él se iba a quedar por esa noche allí. Pero la intención de Jesús no era pasar allí una noche, era quedarse: με μεῖναι, del verbo μένω [meno], permanecer, residir, pasarse a vivir a un lugar permanentemente, como lo declara Jesús en Lc 19, 5; quedarse a vivir allí, en el corazón de Zaqueo, y ¡se quedó!

 

Zaqueo va más lejos aún con su gratuidad. Sin que nadie se lo esté pidiendo, ofrece dar la mitad de lo suyo a los pobres. Su corazón puro y arrepentido, sabe desprenderse y, sabe desasirse en favor de los más necesitados, o sea, sabe acoger a los “clientes” de YHWH y sabe que “cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.”.

 

Jesús, a la vez que te pide ir a tu casa, como hizo con Zaqueo, te llama por tu nombre. Tu nombre es precioso para él. El nombre de Zaqueo evocaba, en la lengua de la época, el recuerdo de Dios.

Papa Francisco

 

En el Domingo XXX leímos del capítulo 18 de San Lucas los versos 9-14, les proponemos –para tender un puente, que leamos la perícopa inmediatamente siguiente, los versos 18-27, para contextualizar la gratuidad de Zaqueo: «Uno de los principales le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?” Le dijo Jesús: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No cometas adulterio, no mates, no robes, no levantes falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre.” Él dijo: “Todo eso lo he guardado desde mi juventud.” Oyendo esto Jesús, le dijo: “Aún te falta una cosa. Todo cuanto tienes véndelo y repártelo entre los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego, ven y sígueme.” Al oír esto, se puso muy triste, porque era muy rico. Viéndole Jesús, dijo: “¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios.” Los que lo oyeron, dijeron: “¿Y quién se podrá salvar?” Respondió: “Lo imposible para los hombres, es posible para Dios."» Aquel joven estaba amarrado, atado a sus pertenencias, a sus posesiones.

 


En Lc 19, 2 se nos informa que Zaqueo era muy rico, no obstante, Zaqueo es desprendido, humilde y dadivoso. Lo hermoso es que ¡valió la pena! porque lo encontró, lo conoció, lo tuvo en su casa, le brindo alimento y le prometió que resarciría si había defraudado a alguien con el cuádruplo. Jesús no le pidió nada, simplemente premio su humildad, su Búsqueda de Dios, sus ganas de verlo por simplemente verlo, por pura gratuidad como lo hemos dicho reiteradamente. Jesús nos descubre a Zaqueo como hijo de Abrahán -«la fe nos dice que somos “hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1 Jn 3,1): hemos sido creados a su imagen; Jesús hizo suya nuestra humanidad y su corazón nunca se separará de nosotros; el Espíritu Santo quiere habitar en nosotros; estamos llamados a la alegría eterna con Dios. Esta es nuestra “estatura”, esta es nuestra identidad espiritual: somos los hijos amados de Dios, siempre»[4]- y que aquella munificencia de su gratuidad le había ganado con creces la Salvación que aquella tarde entró en casa de Zaqueo en la persona de quien no ve en él un estereotipo sino una persona de carne y hueso, no un recaudador de impuestos sino un hombre humilde que quería conocer el Rostro mismo de la Verdad y la Fuente de la Vida; y, sin vacilación, trepó al árbol.

 

Hay maneras y maneras de orar, muchas veces creemos que la oración es cuestión de palabras, pero en diversas ocasiones hemos insistido en la oración como silencio, como en el caso aquel de “yo lo miro y Él me mira” de un orante ante el Sagrario. Hoy hemos reconocido a este orante llamado Zaqueo, cuya oración consiste en una serie de acciones, las tres esenciales: procurar verlo, superar las dificultades que se pudieran presentar por las propias limitaciones y subirse al Sicomoro, el signo representativo de aquello que nos acerca a Dios. Estas acciones separan dos instancias de la vida: la ejecutiva y la reflexiva; un momento para subir al árbol y otro para aguardar que pasara Jesús, ese espacio de espera es el meollo de la oración, allí se cocinó la conversión de Zaqueo, pero ella no dio punto hasta cuando comprobó que Jesús lo amaba sin discriminación, que había entrado a su casa, no como huésped temporal sino como Presencia-Fiel. «Siempre habrá para el hombre dos momentos: el del trabajo y el de la atención; el de la reflexión y el de la ejecución, que son las dos caras del acto creador. Ambos momentos deben fundirse históricamente para que el hombre no se pierda en la abstracción o en el empirismo, pero en el tiempo y en la calidad deben quedar separados. Y aunque es cierto que el amor que se hace contemplación y el que nos lleva a luchar por la libertad, son un único amor, el momento contemplativo es el de la claridad, de la visión y del descubrimiento del ser en el amor. No debemos pedirle a la oración ni más ni menos que esto… La oración es un descubrimiento de lo esencial del amor. El descubrimiento, muy en mi interior, de que soy amado. De que el hombre es verdaderamente amado… es la victoria sobre la inutilidad. No una victoria definitiva porque quien da con ella debe prepararse a perderla y a reconquistarla a cada instante.»[5] «Esta es nuestra “estatura”, esta es nuestra identidad espiritual: somos los hijos amados de Dios, siempre. Entendéis entonces que no aceptarse, vivir infelices y pensar en negativo significa no reconocer nuestra identidad más auténtica: es como darse la vuelta cuando Dios quiere fijar sus ojos en mí; significa querer impedir que se cumpla su sueño en mí. Dios nos ama tal como somos, y no hay pecado, defecto o error que lo haga cambiar de idea.»[6]


 

La conversión de Zaqueo lo “purifica” verdaderamente: de ser un expoliador se hace donante-desprendido. También nosotros hoy, acompañando a Jesús por las calles de Jericó o, esperándolo subidos en el sicomoro, recibimos la misma llamada: «Cuando en la vida sucede que apuntamos bajo en vez de a lo alto, nos puede ser de ayuda esta gran verdad: Dios es fiel en su amor, y hasta obstinado. Nos ayudará pensar que nos ama más de lo que nosotros nos amamos, que cree en nosotros más que nosotros mismos, que está siempre de nuestra parte, como el más acérrimo de los “hinchas”. Siempre nos espera con esperanza, incluso cuando nos encerramos en nuestras tristezas, rumiando continuamente los males sufridos y el pasado.»[7] La mirada de Jesús traspasa el follaje y el entretejido de las ramas del sicomoro y descubre, en lo tupido, el rostro del corazón orante abierto a la acogida del prójimo.

 

Señor de poder y misericordia… concédenos caminar sin tropiezos hacia los bienes que nos prometes.

De la Oración Colecta

 

«Aquel día, la multitud juzgó a Zaqueo, lo miró con desprecio; Jesús, en cambio, hizo lo contrario: levantó los ojos hacia él (v. 5). La mirada de Jesús va más allá de los defectos para ver a la persona; no se detiene en el mal del pasado, sino que divisa el bien en el futuro; no se resigna frente a la cerrazón, sino que busca el camino de la unidad y de la comunión; en medio de todos, no se detiene en las apariencias, sino que mira al corazón. Jesús mira nuestro corazón, tu corazón, mi corazón. Con esta mirada de Jesús, podéis hacer surgir una humanidad diferente, sin esperar a que os digan “qué buenos sois”, sino buscando el bien por sí mismo, felices de conservar el corazón limpio y de luchar pacíficamente por la honestidad y la justicia.»[8] Que gocemos de la pureza-humildad de Zaqueo, de su incorruptibilidad, que respondamos al llamado para “resucitar” ahora mismo por medio de nuestra conversión, de hoy, de mañana, de siempre, “así Jesús nuestro Señor sea vuestra gloria y vosotros seáis la gloria de Él” (2Tes 1, 12a).



[1] Paoli, Arturo. LA PERSPECTIVA POLÍTICA DE SAN LUCAS. Ed. Siglo. XXI. 5a edición 1973. Bs.As. Argentina. p. 71

[2] Masseroni, Enrico. ENSEÑANOS A ORAR. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá-Colombia 1998 p.112.

[3] Papa Francisco. HOMILÍA EN LA MISA DE CLAUSURA DE LA JMJ Cracovia 2016

[4] Ibid

[5] Paoli, Arturo. DIALOGO DE LA LIBERACIÓN. Ediciones Carlos Lohlé Bs. As. 1970 p. 168-169

[6] Papa Francisco. Loc. Cit.

[7] Ibid.

[8] Ibid.

sábado, 22 de octubre de 2022

¡SE LLAMA GRACIA PORQUE ES DON GRATUITO!

 


Si 35, 15-17. 20-22; Sal 34(33); 2 Tim 4, 6-8. 16-18; Lc 18, 9-14

 

Del mismo modo que los signos externos del amor sólo tienen sentido cuando brotan realmente de un amor verdadero, asimismo, la oración sólo es válida cuando supone y despierta la fe y la caridad.

 Juan Llopis

 

¿Quiénes son los incrédulos? son aquellos que no están dispuestos a ceñirse a una “disciplina”; que no están disponibles para desplazarse a las “periferias (existenciales), para “poner en el centro” a otro distinto de sí mismo. ¡Ay de los altaneros y de los prepotentes! Pero muchos –si no todos- incurrimos en el fariseísmo que denuncia el Evangelio, porque consideramos que son nuestras fuerzas y nuestras virtudes solas, las que nos conducen a “feliz puerto”.


 

Dios juzga con justicia infinita

Carentes de experiencias sobre las realidades trascendentes, Dios nos habla refiriéndose a realidades temporales. Así, por ejemplo, nos ha mostrado su amor Infinito hablando de sí mismo como de Un Pastor. Jesús nos reveló el rostro de Dios refiriéndolo al de Un Padre. Hoy se nos presenta en la figura de “Juez”. Ciertamente Dios no es un Pastor, ni un Padre, ni un Juez; tendríamos que hablar de Un Pastor, o Un Padre o Un Juez “Perfecto”; o -pensando en términos platónicos un Juez “Ideal”. Querríamos poner, hoy, como columna vertebral de la liturgia de la Palabra el tema de: Dios como Juez Ideal y, con simetría dialéctica, arrojar una mirada sobre Dios como “ideal de juez”.

 

Surgió entre los Israelitas, después de la muerte de Josué, la figura de los así llamados Jueces: del verbo [shaphat] que podríamos traducir como, salvar, liberar, acaudillar, juzgar, gobernar -de todo lo anterior hay algo y mucho-. Liberadores porque en la historia de los jueces, en el Libro de la Biblia que va después de Josué, constatamos que estos “caudillos” surgían como liberadores en una situación puntual, frente a la pecaminosidad y al desvío del pueblo escogido cuyos “hechos fueron malos a los ojos del Señor” (Jue 3,12a); pero una vez cumplida su tarea, volvían a su vida corriente; eran, pues, figuras y no institución; Dios los insertaba en la historia de su pueblo como respuesta a un clamor, a una invocación del pueblo arrepentido a cuya súplica daba respuesta.

 

Estos “Salvadores” hacían justicia porque los libraban de la servidumbre y de la opresión. Este hacerles el “Bien”, este perdonarles, este redimirles de Dios a través de aquellos caudillos genera la figura de Juez que hoy nos sirve de referente. Para reconocer el atributo de Dios como justicia, liberación y salvación veamos el elenco de características del “Juez ideal” enumeradas en el Salmo 34(33):

 

a)   Libra de angustias y temores

b) Los que lo contemplan quedan llenos de alegría y no tienen de qué avergonzarse

c)   Si el afligido lo invoca, Él lo escucha y lo salva de sus angustias

d)   Envía su Ángel para que acampe en torno de los que le son fieles

e)   Protege y salva a los que lo honran

f)    Nada le falta a los que temen ofenderle

g)   Los que Lo honran no carecen de lo necesario

h)   Sus ojos miran a quienes le son fieles

i)    Sus oídos escuchan los gritos de sus fieles

j)    Enfrenta a los que hacen el mal y borra de la tierra su recuerdo

k)   Salva y fortalece a los desanimados y abatidos

l)    Libra de todos los males -aunque sean muchos.

m) Cuida de todos los huesos de sus fieles para que ni uno solo le sea quebrado.

n)  Castiga con la muerte al que obra el mal

o)  Y cuando alguien odia a uno que le es fiel al Señor y Juez, lo castiga

p)   En cambio, a sus fieles servidores los redime y salva

q)   Finalmente, promete que, quien confíe en Él, no será castigado.

 

Dios no es un juez como los jueces terrenales que le dan largas a una pobre viuda, sino –nos explicaba Jesús- que Él les hace justicia a sus elegidos que le gritan día y noche (Lc 18, 7ab) y en el verso Lc 18,8 leímos que les hace justicia con total prontitud. Hoy podemos sumar nuestras voces al Salmista para decir, en el responsorio, y garantizar confiadamente que “Si el afligido invoca al Señor Él lo escucha”.

 

“Juez-justo”

Tanto la Primera como la Segunda Lecturas, prefieren adjetivar “Juez-justo” en vez de “Juez Ideal”. En el Libro del Eclesiástico dice que “Dios es un Dios justo” para afirmar -a continuación- que Dios no es parcial. En cambio, entendemos que el texto dice que ¡Dios si es parcial!, Dios es un Juez que no se tiene que parapetar en categorías igualitaristas, su Justica sobrepasa las “equidades nominales”, no se pretende “imparcial” -aun cuando para nosotros, si es justo tiene que ser imparcial- así es la justicia humana, limitada; Él toma partido por el pobre. Dado que el pobre tiene su punto de partida con desventaja frente a los más favorecidos, a los ricos y a los opresores, entonces Dios inclina la balanza a favor del desprotegido para que haya verdadera Justicia. Dios no es un juez de esos que han recibido el “soborno” por debajo de la mesa, Dios es el Juez Ideal, y por eso, el ideal de todo juez que sea verdaderamente ético.

 

Hay que reconocer que los “clientes del Señor”, huérfanos, viudas, pobres, son primeros en su Corazón Misericordioso y que, como leímos en el Salmo, Dios los ve, porque les consagra la atención de sus Miradas y los oye porque les consagra toda la escucha de su Oído. En el Eclesiástico nos ratifica que Dios, Juez-Justo les hace Justicia.

 


En la Segunda Carta a Timoteo, encontramos una doxología: “A Él la Gloria por los siglos de los siglos”. ¿Cuál es el motivo de esta glorificación? Pues ¡precisamente ese!, que Dios es Juez-Justo (2Ti 4, 8d). Se trata de una metáfora que hace alusión a los Juegos Olímpicos. ¿Cómo le hará justicia Dios a Pablo? Dándole la Corona del atleta que ha corrido la carrera y, de principio a fin, hasta llegar a la meta, ha corrido dándolo todo, y no sólo se ha convertido, sino que ha perdurado en su fidelidad. Esta “corona” que era el premio de los atletas en los juegos de la antigüedad, es la metáfora para referirse al “Reino de los Cielos”, y aclara, que ¡no se marchitará jamás!

 

Desaferrarse del yo

Dios nos propone su imagen de Juez-Perfecto para que procuremos vivir en la justicia y practicarla, no para que nos creamos jueces perfectos, lo cual nos convertiría automáticamente en ególatras. El evangelio de este Domingo nos alerta contra ese riesgo de descomunales proporciones. Uno de los temas que repetimos obsesivamente es el del descentramiento en favor de Dios, Único digno de ocupar el centro. Creemos que una de las tareas esenciales de la evangelización es precavernos del peligro de la auto-adoración, de la auto-latría. A la vez, anunciamos que el Centro, el Rey de reyes, Señor de Señores, es Jesucristo, modelo humanizado de la Divinidad, Alfa y Omega; y este tema del Omega, nos invita a estar despiertos y conscientes de la Parusía. El “orante” no se presenta con la “arrogancia” del deportista que llegó a la meta y se ganó la “corona”, por mérito propio, olvidando que, sin la Misericordia del Señor, ni siquiera podría despegar del “punto de partida”, mucho menos, recorrer todo nuestro éxodo para llegar a la Meta. Ilustramos con el siguiente cuento, titulado “Suelta el yo” nos permite adentrarnos en la grave cuestión del orante:

 

.- El discípulo: Vengo a ti con nada en las manos.

.- El maestro: Entonces suéltalo en seguida.

.- El discípulo: Pero ¿cómo voy a soltarlo si es nada?

.- El maestro: Entonces llévatelo contigo.

 

Un hombre se presentó ante Buda con una ofrenda de flores en la mano.

Buda lo miró y dijo: “¡Suéltalo!”.

El hombre no podía creer que se le ordenara dejar caer las flores al suelo. Pero entonces se le ocurrió que probablemente se le estaba insinuando que soltara las flores que llevaba en su mano izquierda, porque ofrecer algo con la mano izquierda se consideraba de mala suerte y como una descortesía. De modo que soltó las flores que sostenía en su mano izquierda.

Pero Buda volvió a decir: “¡Suéltalo!”.

Esta vez dejó caer todas las flores y se quedó con las manos vacías delante de Buda, que, sonriendo, repitió: “¡Suéltalo!”.

Totalmente confuso, el hombre preguntó: “¿Qué se supone que debo soltar?”.

“No las flores, hijo, sino al que las traía”, respondió Buda.


 

Ese aferrarnos con manos crispadas a nuestro propio “protagonismo” (disimulado tras la “ofrenda de flores”), en nuestro caminar hacia Dios requiere ser abandonado a favor de un “ni siquiera atrevernos a alzar los ojos” y en pos de reconocernos “pecadores” necesitados de la Misericordia de Dios. Al “abandono” en sus Manos, en su Justicia-Ilimitada- Bondad-Incomparable, que es tan Amplia que no se deja ganar y que no puede ser derrotada – pero si puede ser bloqueada por la arrogancia.

 

«El hombre debe vivir buscando el Reino de Dios y su Justicia… Para vivirla es necesario aprender a aceptar ser pobres; aprender, de hecho, a negarnos lo superfluo; vigilar para que no surjan en nosotros deseos suscitados desde fuera y aprender a rechazar esas solicitaciones continuas y acosadoras. Es necesario violentarse contra la violencia de la publicidad, contra el poder opresor del capital que me fuerza a servirlo lisonjeándome con calidades, colores, sonidos y voces. Metidos en el bosque embrujado, seguiremos irremediablemente alienados si no nos libera una profunda concentración y una violenta fidelidad a nuestro existir de cristianos y de hombres del Reino.»

 


No sólo hay que orar sin desanimarse, continuamente, perseverantemente; sino que, debemos revestirnos de humildad, de un espíritu sencillo, con el alma verdaderamente puesta de rodillas, figura de abajamiento que en el texto evangélico se plasma con los golpes de pecho, signo corpóreo de reconocimiento de nuestra “nada” que Dios alzará y dignificará en consonancia con El Amor de los Amores. Nada de arrogancias y complejos de superioridad, nada de altanería, de petulancia, de insolencia, no pensarnos propietarios de la salvación, sus detentadores y monopolizadores. “Sólo somos siervos que hacemos lo que tenemos que hacer” y que Dios nos de la gracia de poderlo llevar a cabo.

 

 

sábado, 15 de octubre de 2022

¡ORAR SIEMPRE!

 


Ex 17,8-13; Sal 121(120),1-2.3-4.5-6.7-8; 2Tim 3,14–4,2; Lc 18,1-8

 

La existencia de la oración se apoya en la condición de que tiene pleno sentido dirigirse a Dios de una forma parecida a como un hombre se dirige a otro hombre.

Juan Llopis

 

«La Roca

Un hombre dormía en su cabaña cuando de repente una luz iluminó la habitación y apareció Dios. El Señor le dijo que tenía un trabajo para él y le enseñó una gran roca frente a la cabaña. Le explicó que debía empujar la piedra con todas sus fuerzas. El hombre hizo lo que el Señor le pidió, día tras día. Por muchos años, desde que salía el sol hasta el ocaso, el hombre empujaba la fría piedra con todas sus fuerzas... y esta no se movía. Todas las noches el hombre regresaba a su cabaña muy cansado y sintiendo que todos sus esfuerzos eran en vano. Como el hombre empezó a sentirse frustrado Satanás decidió entrar en el juego trayendo pensamientos a su mente: has estado empujando esa roca por mucho tiempo, y no se ha movido.

 


Le dio al hombre la impresión que la tarea que le había sido encomendada era imposible de realizar y que él era un fracaso. Estos pensamientos incrementaron su sentimiento de frustración y desilusión. Satanás le dijo: por qué esforzarte todo el día en esta tarea imposible. Solo haz un mínimo esfuerzo y será suficiente. El hombre pensó en poner en práctica esto pero antes decidió elevar una oración al Señor y confesarle sus sentimientos: "Señor, he trabajado duro por mucho tiempo a tu servicio. He empleado toda mi fuerza para conseguir lo que me pediste, pero aun así, no he podido mover la roca ni un milímetro. ¿Qué pasa? ¿Por qué he fracasado? ".

 

El Señor le respondió con compasión: Querido amigo, cuando te pedí que me sirvieras y tú aceptaste, te dije que tu tarea era empujar contra la roca con todas tus fuerzas, y lo has hecho. Nunca dije que esperaba que la movieras. Tu tarea era empujar. Ahora vienes a mi sin fuerzas a decirme que has fracasado, pero ¿en realidad fracasaste? Mírate ahora, tus brazos están fuertes y musculosos, tu espalda fuerte y bronceada, tus manos callosas por la constante presión, tus piernas se han vuelto duras. A pesar de la adversidad has crecido mucho y tus habilidades ahora son mayores que las que tuviste alguna vez. Cierto, no has movido la roca, pero tu misión era ser obediente y empujar para ejercitar tu fe en mí. Eso lo has conseguido. Ahora, querido amigo, yo moveré la roca.

 

Algunas veces, cuando escuchamos la palabra del Señor, tratamos de utilizar nuestro intelecto para descifrar su voluntad, cuando en realidad Dios solo nos pide obediencia y fe en Él. Debemos ejercitar nuestra fe, que mueve montañas, pero conscientes que es Dios quien al final logra moverlas.

 


Cuando todo parezca ir mal... solo ¡EMPUJA!

Cuando estés agotado por el trabajo... solo ¡EMPUJA!

Cuando la gente no se comporte de la manera que te parece que debería... solo ¡EMPUJA!

Cuando no tienes más dinero para pagar tus cuentas... solo ¡EMPUJA!

Cuando la gente simplemente no te comprende... solo ¡EMPUJA!

Cuando te sientas agotado y sin fuerzas... solo ¡EMPUJA!

 

¡Los verdaderos amigos son difíciles de encontrar, fáciles de querer e imposibles de olvidar! En los momentos difíciles pide ayuda al Señor y eleva una oración a Jesús para que ilumine tu mente y guie tus pasos. Entrega tus miedos al Señor y pídele con una oración que Jesús te ayude a encontrar el camino que te conduzca a Él.»[1]

 

Muchas veces Jesús nos advirtió que debíamos permanecer vigilantes, esta vigilancia a la que Él se refería es la de la oración. Debemos guarecernos bajo el manto de la oración. La oración es no sólo un ejercicio piadoso sino una necesidad constante de nuestra vida espiritual. Si queremos estar vivos nos es indispensable orar; así como la vida física depende del oxígeno, la vida espiritual respira oración. Sin oración el ser muere y el alma se marchita, se seca.

 

Nuestro cuerpo físico tiene necesidad de descanso y necesitamos dormir, interrumpir la jornada física para reponer fuerzas. Pero Dios no se cansa, no necesita de sueño, Dios no duerme, ni reposa, Dios está siempre en vela cuidando  a su siervo fiel, Israel (Israel significa “el que reinará con Dios”; o “soldado de Dios” soldado que en vez de “vigilar, es cuidado, cuidado y protegido por su Dios).

 


Mientras dormimos, Dios vela, como Padre–Protector que cuida sus “bebés”; o, como nos lo mostró Jesús, como pastor que vela por su rebaño, inclusive por las “ovejas” díscolas.

 

¡Levanta tus brazos y Dios te mirará con Misericordia!

Yo te invoco porque Tú me respondes, Dios mío; inclina tu oído y escucha mis palabras.

Guárdame como a las niñas de tus ojos; a la sombra de tus alas escóndeme.

Antífona, Sal 16, 6.8

La página bíblica que da motivo a la Primera Lectura del Domingo XXIX de tiempo ordinario ilustra, a través de la persona de Moisés, al hombre que ¡EMPUJA! «Como ejemplo típico de oración y de intercesión cito el episodio en que Moisés alza las manos en el combate contra Amalec. “Mientras Moisés tenía alzadas las manos prevalecía Israel; pero cuando las bajaba, prevalecía Amalec. Se le cansaron las manos a Moisés” [realmente es fatigoso el servicio de la oración] entonces ellos tomaron una piedra y se la pusieron debajo; él se sentó sobre ella, mientras Aarón y Jur le sostenían las manos, uno a un lado y otro al otro. Y así resistieron sus manos hasta la puesta del sol. (Ex 17, 11-12). Es bellísima esta imagen de Moisés que reza hasta el atardecer: es la imagen de los grandes intercesores de la Iglesia, la imagen en la que se inspiran las almas contemplativas que interceden por la humanidad.»[2]


 

Recordamos vivamente cuando Adán rinde cuentas a Dios por su pecado no vacila en echarle la culpa a su pareja, a quien Dios le había dado por compañera “idónea”; Moisés obra de manera totalmente opuesta, se pone del lado de su pueblo, intercede por él, lo defiende “a capa y espada”; toma partido por ellos y no los traiciona ni los abandona. Sostiene sus brazos más allá de sus fuerzas y no se niega a sentarse en la piedra y a dejarse “manipular” los brazos  en favor de los suyos. «… cuando el pueblo llegó al fondo del abismo, bailando en torno al becerro de oro, Moisés halló todavía el modo de defenderlo: “¿Es culpa suya o tuya, Señor? Israel ha vivido tan largo tiempo en el exilio entre los adoradores de ídolos que ha sido envenenado por ellos. ¿es culpa suya si no consigue olvidarlo fácilmente?... Vemos así como Moisés se identifica de verdad con su pueblo»[3]. Lo cual nos enfoca en una forma particular de oración, la oración de intercesión, cuando no oramos por nosotros mismos, o sólo por nosotros mismos, sino que oramos por otros, abogamos por ellos, presentamos nuestros ruegos, nuestras súplicas, por sus necesidades, por sus afanes, por sus dolencias, por su salud, por su salvación. A este respecto el cardenal Martini nos enseñó una caracterización que diferenciaba la oración evangélica de la apostólica. Nos decía que «La oración evangélica esta por lo general en singular: “Señor, ten piedad de mí pecador”, el “Padre Nuestro” está en plural, presupone la conciencia de un “nosotros”, de un pueblo, de una corresponsabilidad, de una solidaridad que nos une los unos a los otros.»[4] Siempre nos sentimos obligados a poner un reflector sobre este “nosotros” que es la conciencia de no ser “islas” sino células del Cuerpo Místico de Cristo, miembros de ese Todo, hermanos, hijos del mismo Padre.

 

Volverá en la Parusía, buscando fe.

La fe supera la idea de un Dios utilizable y la práctica de un uso mágico de la oración, pues el Dios de fe es el fundamento y la profundidad de todo ser, que no admite aproximación que no sea a través de una donación y de una aceptación libres y gratuitas.

Juan Llopis

 

En el Evangelio, parece que Jesús súbitamente cambia de tema, alguien diría que viene hablando de la constancia en la oración, con la parábola del Juez impío y la viuda, y, de repente, le da por hablarnos de la fe y del futuro de la fe en la tierra, es la pregunta de si la fe sobrevivirá en un mundo de impiedad, en una sociedad sin entrañas, con corazón de piedra. Pero no hay tal salto ni tal cambio de temática. Jesús todo el tiempo está hablando de la fe porque la oración simplemente es una acción que se desprende de la fe. Si creemos que Dios existe, que está con nosotros, que nos acompaña ¿cómo podríamos no dirigirnos a Él? ¿cómo podríamos dejar de dialogar con Él? Si uno está vivo respira, le palpita el corazón; si la fe está viva, ora, se abre al Trascendente, se comunica con Él, ora.

 


Un dialogo verdadero no son sólo palabras que fluyen de aquí para allá, sino son además cosas que hacemos, decisiones que tomamos en consecuencia con lo hablado, acciones que vuelven realidad lo conversado, lo pactado, lo convenido. Por tanto, la oración conduce a cambiar la vida y la actitud frente a la vida. Cambiamos no sólo en lo que hacemos sino en la manera como enfocamos todo lo que hacemos: la oración conlleva conversión. «Rezaremos tanto mejor cuanto más profundamente esté enraizada en nuestra alma la orientación hacia Dios. Cuanto más sea ésta fundamento de nuestra existencia, más seremos hombres de paz. Seremos más capaces de soportar el dolor, de comprender a los demás, de abrirnos a ellos.»[5]

 

Los tiempos cambian el lenguaje y los recursos de Dios. San Pablo, el emisario de Dios para Timoteo, (también en muchas cosas y casos para nosotros), plantea en qué roca se sentará y qué (o mejor, Quien) le sostendrá los brazos: La Sagrada Escritura. Tanto es el apoyo que le brindará que no tiene que hablar su propio discurso, la Sagrada Escritura le dará la sabiduría; y, esa sabiduría, gracias a “la fe que se deposita en Cristo Jesús”, es la sabiduría que salva –como dice en la Segunda Epístola a Timoteo, la que “conduce a la salvación”.

 

«MEMORANDUM DE: DIOS PARA TI

Hoy, YO DIOS, estaré manejando todos tus problemas. Por favor recuerda que no necesito tu ayuda.

 


Si te enfrentas a una situación que no puedes manejar, no intentes resolverla.

Te pido amablemente que la coloques en la bandeja (AQSDPH) "Algo que sólo Dios

puede hacer". Me encargaré del asunto en Mi tiempo, no en el tuyo.

 

Una vez que hayas depositado tu problema en dicha bandeja no te aferres más a

él o pretendas retirarlo de allí. El aferrarte o retirar tu problema, solo hará

que se retrase la solución del mismo.

 

Si fuese una situación que tú consideres puedes manejar por ti mismo; te pido

no obstante, que por favor lo consultes conmigo en oración, para que puedas

asegurarte que tomarás la decisión adecuada. Debido a que yo no duermo nunca

ni me adormezco jamás.

 

No hay razón por la cual tengas que perder tu sueño en la madrugada a causa de

las preocupaciones. Descansa en Mí.

 

Si deseas contactarme, estoy a la distancia de una oración. Además considera lo

siguiente: Sé feliz con lo que tienes. Si encuentras difícil el dormir por las

noches, recuerda a las familias desamparadas que no tienen un lecho dónde

dormir.

 

Si te encuentras atorado en el tráfico, no desesperes. Hay gente en este mundo

para quienes tan solo manejar es un privilegio.

 

Quedo de ti, tu amigo de siempre.... ¡Dios!»[6]

 

La oración perseverante entraña una especie de paciencia, la paciencia ardua que el Malo aprovecha para debilitarnos la fe, la paciencia necesaria para esperar “el tiempo de Dios”, el momento idóneo para atender nuestras peticiones.

 

«Un alma enamorada, de dialogo franco con Dios, tal vez le diría ‘Dios, que paciencia hay que tener contigo’. Hay que tener paciencia y

-Aceptar su invisibilidad

-Aceptar sus silencios

-Aceptar el no entender bien sus caminos, ni las condiciones para experimentarlo.

 


“Aun antes de terminar la plegaria puede Dios mandar… una respuesta. Más podría darse el caso de pasar por la prueba de esperar años, de agotarse, de desilusionarse, y hasta de desaparecer. Entonces, cuando no hay nada ya que esperar, suele venir Él mismo para resucitar…, para imprimirle una nueva andadura con Él. Sólo entonces se entiende la espera, sólo entonces se entiende que Él estaba presente ‘de otra manera’»[7].

 

 



[1] Agudelo C, Humberto A. VITAMINAS DIARIAS PARA EL ESPÍRITU 3. Ed. Paulinas Bogotá- Colombia 2006 pp. 76-78

[2] Martini Cardenal, Carlo María. VIVIR CON LA BIBLIA. Ed Planeta Santafé de Bogotá Colombia 1998 pp. 152-153.

[3] Ibid.

[4] Martini Crnal., Carlo María. POR LOS CAMINOS DEL SEÑOR Ed. San Pablo Santafé de Bogotá – Colombia 1995 p. 469

[5] Benedicto XVI, JESÚS DE NAZARET, I PARTE. Ed. Planeta. Bogotá Colombia 2007 p. 163.

[6] Agudelo C, Humberto A. VITAMINAS DIARIAS PARA EL ESPÍRITU 2. Ed. Paulinas Bogotá- Colombia 2006 pp. 99-100

[7] Archimandrita Basilios, DEL EROS AL DESPOSORIO. LA VIRGINIDAD POR EL REINO DE LOS CIELOS, en  “VIDA RELIGIOSA”, 66 (1989) 199. Citado por Caballero, Nicolas cmf. PARA FORMAR ORANTES. LA ORACIÓN ESENCIA DE UN PROYECTO FORMATIVO I. Ed. Publicaciones Claretianas Madrid – España 1994. P. 147