sábado, 12 de diciembre de 2015

LA ALEGRÍA DEL EVANGELIO


Sof 3,14-18; Sal Is 12, 2-6; Filip 4, 4-7; Lc 3,10-18


…nada de sonrisas para anuncio de pasta de dientes, eso no vale, que nos salga de dentro, que se vea que tenemos algo y ese algo es lo que queremos comunicar a todos.

Carlos G. Vallés, s.j.

El martes pasado, 8 de Diciembre, hemos visto al Papa Francisco abrir la Santa Puerta, del Año Jubilar, en la Basílica de San Pedro. Con este signo se dio inició al Año de Gracia que tiene por lema: “Misericordiosos como el Padre”. Y, nos preguntamos ¿Cómo es el Padre? Vamos a buscar la respuesta en la Bula con la que el Papa anunció su voluntad de consagrar el año 2016 a un jubileo extraordinario consagrado a la eterna Misericordia del Padre. Dirijámonos al numeral 9, donde leemos: “En las parábolas dedicadas a la misericordia, Jesús revela la naturaleza de Dios como la de un Padre que jamás se da por vencido hasta tanto no haya disuelto el pecado y superado el rechazo con la compasión y la misericordia. Conocemos estas parábolas; tres en particular: la de la oveja perdida y de la moneda extraviada, y la del padre y los dos hijos (cfr Lc 15,1-32). En estas parábolas, Dios es presentado siempre lleno de alegría, sobre todo cuando perdona.” Queremos invitarlos a notar cómo establece aquí, nuestro hermoso y amado Papa, un nexo entre dos factores que definen el polo de la Misericordia Divina: Entre la alegría y el perdón. Aquí –nosotros entendemos- Misericordia es, simultáneamente, alegría y perdón.


Eso fue el martes pasado, y hoy, nos encontramos en Domingo de Gaudete donde, haciendo un alto en el ritual penitencial nos regocijamos porque Jesús está aquí no más. Y es que la natividad contiene en germen tres elementos graduales: Muerte, Resurrección y Parusía (o sea Venida Gloriosa). La Natividad es la forma más acabada del “ya, pero todavía no”, presencia e inmanencia. Esa alegría del Padre está presente en toda la liturgia, desde el mismo introito tomado de Filipenses (antífona de entrada): “Estén siempre alegres en el Señor; se lo repito, estén alegres. El Señor está cerca”. En la Primera Lectura se lee: “Cante, hija de Sión, da gritos de júbilo, Israel, gózate y regocíjate de todo corazón, Jerusalén”; y así, sucesivamente. ¡Releámoslas, saboreémoslas!

«Pues bien… ¡al grano! Había una vez un tipo raro llamado Juan, hijo de Zacarías e Isabel, domiciliado en Ain-Karin, no lejos de Jerusalén. Dicen las lenguas del pueblo que su nacimiento fue especial y que fue bautizado en el seno de su madre con el Espíritu de Alegría.»[1] Tomemos la palabra “Aleluya” que es una invitación a loar al Señor YHWH, la tenemos como la palabra que traduce la mayor alegría en alabar a Dios. Por otra parte, como uno de los sinónimos de la alegría nos topamos con la palabra júbilo (pariente muy cercana de Jubileo) que está relacionado con la palabra Yobel que es un cuerno de carnero que se usaba a manera de trompeta para anunciar el año jubilar, (un año lleno de júbilo). Y, ¿en qué consiste el año jubilar? Para dar una respuesta vayamos al capítulo 25 del Levítico, versos  1-16:


“El Señor se dirigió a Moisés en el monte de Sinaí, y le dijo: Di a los israelitas lo siguiente: Cuando ustedes hayan  entrado en la tierra que les voy a dar, la tierra deberá tener reposo en honor del Señor. Podrán sembrar sus campos durante seis años. También durante seis años podrán podar su viñedo y recoger sus frutos; pero el séptimo año será de completo שַׁבָּת֖וֹן reposo de la tierra en honor al Señor; no siembren ese año sus campos ni poden sus viñedos. Tampoco corten el trigo que nazca por sí mismo después de la última cosecha, ni recojan las uvas de su viñedo no podado; la tierra debe tener reposo completo. Lo que la tierra produzca por sí misma durante su reposo  alcanzará para que coman ustedes sus siervos y sus siervas y los trabajadores y extranjeros que vivan con ustedes y sus ganados y los animales feroces del país. Todo lo que la tierra produzca les servirá de alimento.

Deben contar siete semanas de años, es decir, siete años multiplicados por siete, lo cual dará un total de cuarenta y nueve años y el día diez del mes séptimo, que es el día del perdón harán sonar שׁוֹפָר [shofar] el cuerno de carnero en todo el país. El año cincuenta lo declararán ustedes יוֹבֵל [yobel] año santo (jubileo): será un año de liberación y en él anunciaran libertad para todos los habitantes del país. Todo hombre volverá el seno de su familia y a la posesión de sus tierras, a su propio clan (comunidad). El año cincuenta será  para ustedes año de liberación y en él no deberán sembrar ni  cortar el trigo que nazca por sí mismo, ni podar los viñedos, ni recoger  sus uvas, porque es un año santo y de liberación para ustedes. Comerán sólo lo que la tierra produzca por sí misma.

En este año de liberación todos ustedes volverán a tomar posesión de sus tierras. Si alguien vende o compra a otra persona algún terreno, no trate de aprovecharse de ella, el que compra debe pagar según el tiempo transcurrido desde el año de liberación, y el que vende debe cobrar según los años de cosecha que aún falten: cuantos más años de cosecha falten, mayor será el precio, si quedan pocos años, el precio será menor, pues lo que se vende es el número de cosechas”.

Enumeremos entonces los rasgos bíblicos de un año jubilar:
a)    Es un año de liberación, con libertad para todos los habitantes del país.
b)    Quienes hubieran caído en la esclavitud regresarían de ella al seno de la familia. ¿Les parece poco motivo de alegría?
c)    Recuperará los derechos sobre sus tierras
d)    La tierra también descansará (gozará de su libertad), no se cultivará nada en ella.
e)    La tierra no es vendible, su único propietario es el Señor, nosotros lo que negociamos son “las cosechas”.


Alegría como para “saltar en una pata”.

Una vez más queremos enfatizar, como se ve en esta continuidad escatológica –que venimos refrendando desde el Año Viejo Litúrgico, en la festividad de Cristo Rey y durante estos Domingos anteriores de Adviento- que enhebra perfectamente con todo el Primer Testamento.[2] Se plantea una justicia a construir, Jesús nos la propondrá en toda su extensión; pero no es algo rotundamente nuevo y diferente, ya lo comentábamos en nuestro artículo anterior, cuando nos pronunciábamos a favor de un diagnóstico de continuidad. Hoy saboreamos la continuidad de la esperanza, de la alegría por un Dios que práctica a todo lo ancho y profundo la Misericordia, Dios, Nuestro Señor, un Dios que promete y cumple, Dios que está próximo, al alcance de la mano.

Hacemos descollar  unos -como rieles- que empalman el Primer Testamento[3] con el Nuevo, Juan el Bautista nos da estas pautas:
a)    Compartir
b)    Justicia
c)    No ambición, sino renuncia y austeridad[4].

Tomemos las citas:

a)    «El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer, que haga lo mismo.»
b)    «No exijáis más de lo que os está fijado. «No hagáis extorsión a nadie, no hagáis denuncias falsas…»
c)    «y contentaos con vuestra paga.»

Pero lo más sugestivo es la pregunta que sus escuchas le formulan: «Maestro, ¿qué debemos hacer?»


Esta pregunta nos dice, por lo menos, cuatro cosas: 1) La gente respeta la autoridad de Juan el Bautista, lo tiene en alta estima y reconoce que su boca es boca de profeta; 2) Si preguntan por lo que deben hacer es porque han alcanzado la comprensión de que no están dando en el blanco (o sea, que están en pecado) por eso la pregunta equivale a ¿cómo podemos salir de esta situación; 3) Pero también se reconoce la necesidad de que Dios mismo inspire la “corrección”, uno solo, por sus propios medios, no alcanzará esta “verdad espiritual” 4) finalmente, lo esencial para cambiar: ¡Querer cambiar! ¡Querer salir de la situación de falta! ¡Ansia de “conversión”!

Para alcanzar esta “metanoia” queremos rescatar algunos puntos clave que nos da el Papa Francisco en su Evangelii Gaudium: 

a)       2. El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien.
b)       3. Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor»… Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría…
c)       6. Hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua. Pero reconozco que la alegría no se vive del mismo modo en todas las etapas y circunstancias de la vida, a veces muy duras. Se adapta y se transforma, y siempre permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo.
d)       7. La tentación aparece frecuentemente bajo forma de excusas y reclamos, como si debieran darse innumerables condiciones para que sea posible la alegría. Esto suele suceder porque «la sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría»
e)       «La vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. De hecho, los que más disfrutan de la vida son los que dejan la seguridad de la orilla y se apasionan en la misión de comunicar vida a los demás» Cuando la Iglesia convoca a la tarea evangelizadora, no hace más que indicar a los cristianos el verdadero dinamismo de la realización personal: «Aquí descubrimos otra ley profunda de la realidad: que la vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a los otros. Eso es en definitiva la misión». Por consiguiente, un evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral. Recobremos y acrecentemos el fervor, «la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas […] Y ojalá el mundo actual —que busca a veces con angustia, a veces con esperanza— pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo»


Queremos plantear una palabra conclusiva: «los que hablan –y hacen bien- de (la justicia social) suelen olvidarse de que repartir gozosamente el pan es la segunda parte fundamental de la justicia. Y que predicar amargamente el necesario reparto de los bienes es olvidarse de repartir lo fundamental. El gozo de amarse»[5].







[1] Muñoz, Héctor. CUENTOS BÍBLICOS CORTITOS. Ed. San Pablo. Bs As.-Argentina 2004 p. 49
[2] «hay que preparar los caminos del Señor, hay que rectificar las sendas (Mt 3,3). Y ¿quién va a ser el escogido para esta gran misión próxima, inminente? Juan el Bautista. Él va a ser el puente entre el Antiguo y el Nuevo Testamento». Miranda, José Miguel. O.C.D.  TEMAS BÍBLICOS. Ed. Centro Carismático “Minuto de Dios. Bogotá-Colombia 1988. p. 80
[3] “Los libros del Antiguo Testamento habían preanunciado la alegría de la salvación, que se volvería desbordante en los tiempos mesiánicos.” EVANGELII GAUDIUM #4
[4] A este respecto los invitamos a mirar el #214 de la LAUDATO SI’ de S.S. Francisco
[5] Martín Descalzo, José Luis. RAZONES PARA EL AMOR. CUADERNO DE APUNTES III 2da ed. Ediciones Sígueme S.A. Salamanca 2000. p. 135

lunes, 7 de diciembre de 2015

INMACULADA MADRE DE CRISTO Y MADRE DE LA IGLESIA



Si no se opone a la autoridad de la Iglesia o a la autoridad de la Escritura, parece probable que se debe atribuir a María lo que es más excelente.
John Duns Scoto

…María, por nosotros y para nuestra salvación, franqueó al Verbo eterno la entrada en nuestra carne de pecado…. Como respuesta a este “si” de la Virgen, Dios pronunció en el mundo su definitiva Palabra. No de condena, sino de salvación.
Karl Rahner

María, a través del don de la gracia, le dio a Dios la perfecta respuesta nupcial de fe y, por esta razón, el Fiat mariano se ha convertido en el tipo y ejemplo acabadísimo de la respuesta fiel de toda la Iglesia.
Hans Urs von Balthasar


María Santísima es capaz de decir que “Si”, pero tal respuesta tiene su fuente, no en una voluntad Maternal, sino en el resplandor de su Corazón Virginal, porque aceptar ser madre en su contexto existencial, es apostar todo al Cero y al Infinito. Cuando decimos que al Cero, quiere decir, apostarle y arriesgarse a perder, no sólo la honra que su familia y su comunidad le tendrían, sino, además, perder la vida, ser borrada del mapa, por haber concebido su Hijo por fuera del matrimonio, sabemos históricamente que la muerte por lapidación era la consecuencia de ese tipo de maternidad. Pero, simultáneamente,  María le apuesta al Infinito, porque se lo juega todo a la Obediencia a su Creador, su Señor, su Dueño (esa comprensión de a Quien le prodiga plana obediencia se acuña en su fórmula de respuesta: εἶπεν δὲ Μαριάμ Ἰδοὺ ἡ δούλη Κυρίου· γένοιτό μοι κατὰ τὸ ῥῆμά σου. “He aquí la esclava del Señor[1]. Hágase en mi según tu palabra”. (Lc 1, 38ab)) Aquí la capacidad optativa está generada desde la fe, y la Gracia es optar libremente por “Creer”. María se compromete –desde su corazón virginal- toda ella desde la libertad engendrada por la fe.


¿Cómo tener Corazón Virginal? La Virginidad del corazón es puro Don. Regalo que Dios le entrega, desde el preciso momento en que ella fue concebida en el vientre de Santa Ana, como adorno de pureza, preparando a la que habría de ser el tabernáculo de la Nueva Alianza. La Virginidad no es un Don abstracto de una “pureza” de mueble pulido y encerado. ¡No!, No se trata de una pródiga cantidad de agua, jabón y trapo. Se trata de una virtud de pureza que capacita a la plena libertad, le era potestativo, Ella podía aceptar o bien, rehusar; y optó por la aceptación, obedeció y corrió el riesgo.

Urge precisar el concepto de libertad. La libertad se opone –en este análisis- especialmente a la esclavitud que genera el pecado. El ser humano, en cuanto criatura, encierra una serie de potencialidades que -se intuyen- toda vez que recordamos que Dios nos hizo a su imagen y semejanza. Pese a ello, el pecado embota esas potencialidades y las coarta. Pero quien es libre, verdaderamente libre, quien no está sujeto al pecado y sus alienaciones, ese puede alcanzar la plenitud de su realización. Esa libertad es, precisamente, la propia del corazón virginal. Es el corazón que es capaz de creer, confiar y obedecer.


Semejante obediencia es redentora en la misma proporción en que Ella, la Virgen, es un ser humano, y como ser humano acepta la voz de Dios comunicada por el Ángel. Dios habla, el ser humano acata. Ella es vicaria de nuestra humanidad. Nos proto-tipifica demostrando que la Palabra Divina no cae en terreno estéril cuando se dirige al ser humano, que somos capaces de sobreponernos a nuestra fragilidad de “barro quebrado”. Que, sorprendentemente para quien no confía en la humanidad, somos mucho más que puro barro, porque nuestro barro está engalanado y blindado por la Gracia.

Vayamos al 963 del Catecismo de la Iglesia Católica: …"es verdaderamente la Madre de los miembros (de Cristo) porque colaboró con su amor a que nacieran en la Iglesia los creyentes, miembros de aquella cabeza" cf. San Agustín, De sancta virginitate 6, 6)"».  "María [...], Madre de Cristo, Madre de la Iglesia" (Pablo VI, Discurso a los padres conciliares al concluir la tercera sesión del Concilio Ecuménico, 21 de noviembre de 1964). Todo discipulado y todo seguimiento son generados en el mismo Corazón Virginal de María Santísima. Algunos profetas y algunos patriarcas habían dicho que “si”, con reparos. María dice que “si” sin cortapisas, sin escollo, sin interponer ningún obstáculo. «No podemos interpretar este “si” creyente de María que narra San Lucas como un mero capítulo de la biografía privada de la Virgen; desprovisto, por tanto, para nosotros de mayor interés. Este “si”, por el contrario, -más aún que le fe de Abraham o la Alianza del Sinaí-, es un acontecimiento solemne en la historia pública (“oficial”) de la salvación.»[2] En eso también María, sin pecado concebida, es Madre de la Iglesia, porque no entorpece el plan salvífico –y pese a no entender cómo le puede llegar la maternidad sin concurso de varón- no pone traba, no lo estorba. Con su Fiat, ya se estaba comprometiendo a estar junto con los Doce, aguardando en el cuarto de arriba, en el Cenáculo, aguardando Pentecostés, para dar nacimiento a la Iglesia, «Su vida es el acto libre –mantenido hasta la muerte del Señor, debajo de la cruz- por el que re-cibe en la fe y con-cibe en su vientre al Verbo eterno de Dios, para sí y para la salvación eterna de todos los hombres.»[3] Esa misma Iglesia que se engendró con la Sangre y el Agua que brotaron del costado del Crucificado,  allí –a los pies de la Cruz- también estaba María, para que la recibiera “el Discípulo muy Amado” acatando, otra vez, lo que diga el Señor: Porque esa es su enseñanza, Ὅ τι ἂν λέγῃ ὑμῖν, ποιήσατε. “Hagan todo lo que Él les mande”.(Jn 2, 5b)[Notemos que ποιήσατε está en el Imperativo-Activo de Aoristo: ‘lo que sea que Él diga que hagamos’, es decir, “lo que nos ‘mande’hacer”].

Aquí sobreviene otra vez el tema corporativo, (reñido con la mentalidad individualista que tanto se nos estimula en nuestra sociedad, donde cada uno quiere salir airoso con sus cadaunadas sin reconocerse miembro de un “corpus” social, de una familia, de una comunidad, de una empresa, de un “pueblo”). «Este acontecimiento escatológico y decisivo de la historia pública de la salvación, en el que María actúa en nombre de toda la humanidad -para su salvación-, es al mismo tiempo un acto personal de su fe.»[4]  En el numeral 972 del Catecismo de la Iglesia Católica leemos: “… volviendo la mirada a María para contemplar en ella lo que es la Iglesia en su misterio, en su "peregrinación de la fe", y lo que será al final de su marcha, donde le espera, "para la gloria de la Santísima e indivisible Trinidad", "en comunión con todos los santos", aquella a quien la Iglesia venera como la Madre de su Señor y como su propia Madre:
«Entre tanto, la Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el Pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo»”.
No avanzamos hacia Dios cuando caminamos como entes separados, sino  como “Comunidad”. María, que antes identificábamos sólo como una mujer brotada del seno del pueblo Israelita, Madre del Nazareno, avanza -hacia una maternidad universal- inculturandose, tomando rasgos y colores de tez, así como atuendos y señales propios de cada pueblo y de cada cultura, para llegar a ser la Inmaculada Señora de todos los pueblos; Ella, la Segunda Eva, tal y como lo leemos en el protoevangelio: “’Eva’ porque ella fue la Madre de todos los vivientes” (Gn 3, 20). Todos los pueblos están arropados bajo su Tierna Maternidad. De la misma manera que Adán así lo entendió respecto de su “compañera”; sólo que María mantuvo su coherencia como un rasgo inherente a su propia “vitalidad”. Ella recibió el Don como “regalo” pero su “permanecer” inmaculada, su conservación del “regalo”, confirma a posteriori, el merecimiento del Don, que no se entregó por capricho, sino en previsión de las cualidades requeridas a la maternidad de tal Hijo. Ella avanza liderándonos a nosotros, pueblo “fiel”, Nuevo-Israel.

Conviene aquí retomar los numerales 967-969 del Catecismo de la Iglesia Católica: 967 Por su total adhesión a la voluntad del Padre, a la obra redentora de su Hijo, a toda moción del Espíritu Santo, la Virgen María es para la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad. Por eso es "miembro supereminente y del todo singular de la Iglesia", incluso constituye "la figura" [typus] de la Iglesia.
968 Pero su papel con relación a la Iglesia y a toda la humanidad va aún más lejos. "Colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su obediencia, su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón es nuestra madre en el orden de la gracia.

969 "Esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el consentimiento que dio fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz, hasta la realización plena y definitiva de todos los escogidos. En efecto, con su asunción a los cielos, no abandonó su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna [...] Por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora.








[1] «Señor: …de quien ella es la servidora, la esclava… es el Dios de la historia, el Kyrios, Yahvé, el Salvador del pueblo. María habla también como miembro del pueblo elegido. No es simplemente una relación personal, sino una relación con ese Señor que tiene en mano la historia de Israel.» Nos dice Martini, Carlos María. en su análisis del MAGNIFICAT en POR UNA SANTIDAD DEL PUEBLO Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá-Colombia 1994. p.52
[2] Rahner, Karl. ESCRITOS DE TEOLOGÍA. Tomo I Ediciones Taurus Madrid-España 1961 p. 225
[3] Ibid p. 228 Sobre esta coherencia “vital” ver el #964 CEC.
[4] Ibidem (Las negrillas son nuestras)

sábado, 5 de diciembre de 2015

ANUNCIADORES CONVERTIDOS


EN ÉXODO CONTÍNUO
Ba 5, 1-9; Sal 125,1-2ab.2cd-3.4-5.6; Flp 1, 4-6. 8-11; Lc 3, 1-6

Lo que más nos bloquea en el camino es la desconfianza de que el bien que Dios nos promete sea posible (cf. 1, 18.20). La fe, el primer don de la misericordia de Dios, colma este barranco, porque da la certeza de que sucede lo que le es imposible al hombre.

 Silvano Fausti

Se puede decir “Venido del Cielo”, pero no caído del Cielo. “Caído del Cielo” no puede ser la fórmula para acercarnos a la Persona de Jesús. No faltan quienes han tratado de mostrar a Jesús como un “platillo volador” caído del cielo, no del Cielo; como si Él fuera  alguien desconectado del marco histórico, puesto allí en medio de “cierto” contexto, con unas enseñanzas sacadas de “por allá”, de “quien sabe dónde”. Mientras otros –no pocos- han querido ver en Él un iniciado en el esoterismo oriental, según estos, Jesús habría sido “entrenado” en el lejano oriente. Otros prefieren enviarlo a estudiar al occidente algunos a Inglaterra –puede ser con los druidas- y su viaje habría estado motivado por un pariente que era comerciante. San Juan Bautista nos permite verlo, en cambio, en total continuidad en la línea de la fe israelita. Juan el Bautista es –como se suele decir- el último de una serie de profetas cuya misión fue la de anunciar la llegada del Salvador. Así nos presenta San Lucas a Juan Bautista, en 1, 17:Irá por delante [προέρχομαι] con el espíritu y el poder de Elías, para reconciliar a los padres con sus hijos, a los rebeldes con la sabiduría de los rectos [δικαίων] (honrados); así le preparará al Señor un pueblo bien dispuesto”. Dadas las condiciones en las que el Salvador escogió manifestarse, era preciso que tuviera un “indicador” para que la genta lo pudiera reconocer; era preciso que lo antecediera un profeta, para que la gente al mirar supiera lo que estaba viendo y a Quien estaba viendo; Juan el Bautista lo presenta como el “Cordero de Dios”, anunciando así su papel oblativo. Digamos de paso que otros evangelistas apelan a diverso expediente para señalar cómo Jesús brota de la entraña misma de la comunidad Israelita, por ejemplo, al recurso de la genealogía, para así instruirnos en el continuo judeo-cristiano: El mensaje que traerá el Mesías no proviene de recóndito origen, está en la línea de las enseñanzas que el pueblo de Dios recibió –paulatinamente- como Revelación.


«El cristianismo no es una religión mítica cuyo fundador se pierde entre las leyendas que carecen de arraigo sólido en la historia. Nuestra redención ha tenido lugar en tiempo de un gobernador romano perfectamente identificable dentro de los anales humanos. Poncio Pilato que administró la Judea en nombre de Roma, del año 27 al 37 de nuestra era. Este entronque pleno del cristianismo con la historia es uno de sus rasgos más característicos.»[1]  «Lucas en la introducción a la historia del Bautista, en el comienzo de la vida pública de Jesús, nos dice en tono solemne y con precisión: “El año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, Herodes virrey de Galilea, su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás…”(3,1s). Con la mención del emperador romano se indica de nuevo la colocación temporal de Jesús en la historia universal.»[2]


«Juan vivió en el desierto desde niño. Probablemente en el monasterio de Qumrán con los cenobitas del desierto de Judea, esenios, que ahora nos son bien conocidos gracias a los sensacionales descubrimientos de las grutas del mar Muerto.»[3] «Juan habita en el desierto para indicar que el estado continuo de la vida del hombre es el del éxodo: debe salir constantemente de toda esclavitud y caminar hacia la promesa de Dios, sin ninguna garantía fuera de su fidelidad.»[4]


Ahora bien, Juan no se limita a “profetizar”. Juan va más allá, y es que el profetismo no se conforma con la etapa crítica, la etapa de demolición sino que la misión consiste también en “arrancar y derribar, para destruir y demoler, y también para construir y plantar”. (Cf. Jer, 1,10b) No se resigna con la denuncia sino que da pasos efectivos para construir y plantar. ¿Qué es lo que planta y construye Juan Bautista? ¡El bautismo! Como nos propone José Antonio Pagola, «cuidar mejor lo esencial sin distraernos en lo secundario; rectificar lo que hemos ido deformando entre todos; enderezar caminos torcidos; afrontar la verdad real de nuestras vidas para recuperar un talante de conversión. Hemos de cuidar bien los bautismos de nuestros niños, pero lo que necesitamos todos es un «bautismo de conversión»; βάπτισμα μετανοίας εἰς ἄφεσιν ἁμαρτιῶν, Lc 3,3 donde se presenta nuestra muy querida palabra: μετανοίας que podríamos traducir por arrepentimiento, penitencia o, más exactamente, conversión. No consiste en ir y meterse al agua, sumergirse y volver a emerger: ¡Esa es la parte ritual! Lo “profético, en realidad está en el compromiso que propone Juan el Bautista, en cambiar profundamente, en intentar con todas las fuerzas no volver sobre los ἁμαρτιῶν: los “pecados”. «Ser bautizados significa sumergirse, ir a fondo. El bautismo representa el destino de toda realidad humana, que de todos modos se hunde y es engullida en el abismo del cual ha sido extraída. El bautismo indica este reconocimiento de la limitación propia de la criatura que se reconoce como mortal. A la aceptación de la propia muerte simbólica, que se expresa en la inmersión en el agua, se añade el renacimiento[5], representado en el momento de salir a flote. Por consiguiente, el bautismo es la aceptación de la muerte, y al mismo tiempo su contestación en el deseo de la vida. Es la señal típica de la condición del hombre: sólo él reconoce que no es Dios, porque es mortal, pero también desea ser como Él, es decir, inmortal, porque ha sido creado a su imagen y semejanza. Juan invita a un bautismo de conversión. No se trata simplemente de un rito. Implica realmente un cambio de mentalidad y de vida.»[6] «Cuando se sumerge en el agua del bautismo, “el que se convierte” testimonia, con su inmersión-emersión, que en lo sucesivo quiere ser otro, vivir como un ser purificado, convertir su camino torcido en un camino recto.»[7]


Así la perícopa evangélica tiene una óptica doble: Podemos mirarla como “escuchas” de Juan el Bautista, pero a la vez, nos conmina a recibir el ejemplo catequético-evangelizador-profético de Juan el Bautista. Es cierto, estamos llamados a practicar un bautismo de conversión –y a la vez- hemos recibido la tarea-misión pastoral de prepararle el camino al Señor, abrirle un camino recto: «También las palabras sobre los montes que hay que rebajar, los barrancos por colmar y los pasos tortuosos por hacer rectos, podríamos hoy entenderlas así: “Toda injusta diferencia social entre riquísimos (los montes) y paupérrimos (los barrancos) debe ser eliminada o al menos reducida; los caminos tortuosos de la corrupción y del engaño deben ser enderezados”»[8]. Pero esta misión es torpedeada consecutivamente por el desaliento y el desánimo. Con frecuencia inusitada nos ataca una especie de flojera-pesimismo, las ideas que lo envuelven y lo refuerzan suenan a ‘la gente tiende a lo malo’, ‘no vale la pena tratar de anunciar “la verdad” de la fe’ es que el ser humano está “caído” y “la cabra tira para el monte”’ esa es la voz del Desalentador. Escuchemos ahora la Voz del Espíritu Santo, Henrí Lubac nos traslada así su mensaje: «…Todo lo humano tiene siempre defectos. Nunca, en ninguna síntesis, está todo en absoluta coherencia, de igual modo que en la naturaleza de las cosas nunca hay círculos o cuadrados perfectos. Pero, ¿por qué suponer de antemano que los pensamientos y las obras del hombre se comportan como un cesto de manzanas, en el que la presencia de tan solo una que esté podrida es suficiente para que todo el resto se pudra? ¿Por qué apostar que el elemento defectuoso de un pensamiento sea siempre su elemento dominante, elemento fuerte, el que arrastrará a todos los demás el día de mañana? ¿Por qué no creer nunca en la fuerza de lo verdadero y del bien, en la posibilidad de que se enderecen, o más aún, que se trasformen profundamente, que se “conviertan”, los elementos menos buenos bajo la acción de los mejores»[9]


«Se nos pide que creamos que el Reino de Dios influye en los asuntos humanos, aunque su influencia quede “oculta” en la vida diaria. Pero aunque se trate de una influencia invisible y nada dramática, esta presencia Divina puede cambiar la rutina de lo cotidiano y la gente puede entregar por completo su vida al Reino…»[10] «Jesús… es consciente de hasta qué punto los hombres son capaces de intrigas y maldades, pero también de que existe un poder, el de Dios, que es capaz de suscitar actos que nada tienen que ver con conductas malvadas, crueles o absurdas que esperamos de los demás; precisamente, esas acciones son las que permiten a los discípulos experimentar la presencia del Reino.»[11] «La voz le da consistencia a la palabra, la palabra le da sentido a la voz. Así cada uno de nosotros como el Bautista, debe ser la voz cuya palabra es Cristo.»[12]




[1] Bravo, Ernesto. LA BIBLIA HOY. Ed san Pablo. Santafé de Bogotá – Colombia 1995. p.272
[2] Benedicto XVI. JESÚS DE NAZARET PRIMERA PARTE DESDE EL BAUTISMO HASTA LA TRANSFIGURACIÓN Ed. Planeta S.A. Bogotá- Colombia 2007 p. 33
[3] Bravo, Ernesto. Op. Cit. p. 233
[4] Fausti, Silvano. UNA COMUNIDAD LEE EL EVANGELIO DE LUCAS. Ed. San Pablo. Bogotá- Colombia 3ª Ed. 2014. p. 81
[5] En el texto que tenemos a la vista, en este lugar se lee “reconocimiento”; consideramos que se trata de una errata, puesto que esa palabra allí no conviene.
[6] Ibidem
[7] Urs von Balthasar, Hans. LA LUZ DE LA PALABRA. Comentarios a las lectura dominicales a-b-c
[8] Cantalamessa, Raniero ofm. cap JUAN EL BAUTISTA, PROFETA DEL ALTÍSIMO.  II Domingo de Adviento, Ciclo C.
[9] Lubac. Henri. PARADOJAS Y NUEVAS PARADOJAS. Península-Barcelona 1966 pp. 101-102
[10] Perkins, Pheme. JESÚS COMO MAESTRO. LA ENSEÑANZA DE JESÚS EN EL CONTEXTO DE SU ÉPOCA. Ed. El Almendro Madrid-España 2001. pp. 82-83
[11] Ibid. p.84
[12] Fausti, Silvano. Op. Cit. p. 82

sábado, 28 de noviembre de 2015

HACIA LA PLENIFICACIÓN DEL CUERPO MÍSTICO DE CRISTO


Jer 33, 14-16; Sal 24, 4bc-5ab. 8-9. 10. 14; 1 Tes 3, 12- 4,2; Lc 21, 25-28. 34-36

…toda la historia humana es una larga espera. Antes de Cristo se esperaba su venida; después de él se espera su retorno glorioso al final de los tiempos. Precisamente por esto el tiempo de Adviento tiene algo muy importante que decirnos para nuestra vida.

Raniero Cantalamessa

A la idea de un “cupo” limitado en el Cielo según algún número “profético” se contrapone la idea antitética de “cupo ilimitado”, según la cual todos entraran. Estas ideas pecan precisamente de “extremismo”, son soluciones ingenuas que rehúyen el análisis y simplifican el atento estudio de la “revelación” que –si bien- no responde a la cuestión más allá de nuestras limitaciones (aspecto mistérico del escatón), tampoco nos deja en la ignorancia impotente, sino que nos entrega las “pautas prácticas de nuestro compromiso existencial”: vivimos para –siendo miembros del Cuerpo Místico- participar de la Construcción de su Reinado, que fue lo que Él nos vino a “anunciar”.


El Domingo anterior hemos celebrado el final del año litúrgico ciclo B, hoy es Año Nuevo litúrgico, iniciamos el ciclo C, con el I Domingo de Adviento. El Domingo anterior tuvo un contexto escatológico, este nuevo Domingo mantiene ese contexto. Al decir de Hans Urs von Balthasar “La Escatología es el signo de los tiempos de la teología contemporánea” Para entender a qué se refiera la escatología, que mira hacia el “Nuevo Universo” donde  se dará plenamente el Reinado de Dios, vamos a remitirnos a los numerales 1043 y 1044 del Catecismo de la Iglesia Católica

1043 La sagrada Escritura llama "cielos nuevos y tierra nueva" a esta renovación misteriosa que trasformará la humanidad y el mundo (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1). Esta será la realización definitiva del designio de Dios de "hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra" (Ef 1, 10).

1044 En este "universo nuevo" (Ap 21, 5), la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los hombres. "Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado" (Ap 21, 4; cf. 21, 27).

Para decirlo en forma sintética, tomemos el numeral 1042: Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del Juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado. Esto nos da una referencia básica. La otra parte de la referencia está en el propio Credo: ¡El eje del Credo es lo escatólogico!

La idea de cupo limitado habría que analizarla desde la perspectiva del “fracaso”. ¿Es Dios un fracasado que nos creó para el fracaso de nuestra perdición? ¿Nos predestinó al fracaso? O, -y en ese caso no sólo sería fracaso sino además injusticia- creó “algunos” cuyo fin, estaba escrito, era la condenación eterna.


De otra parte, ¡no se puede reducir o soslayar la importancia de nuestro propio albedrío, de nuestra capacidad de decisión! Somos nosotros quienes tenemos la prerrogativa de “elegir” entre estar con Dios y seguir y acoger su propuesta o –poniéndonos de espaldas a ella- rechazarla y aceptar la opción que nos ofrece el Malo con su sutil coquetería.

Pero, y aquí viene el elemento de la infinita Misericordia, según la cual, aún los más pertinaces tendrían siempre la Gracia de su parte, y así, cuando tercamente se empecinan en caminar hacia la oscuridad, la Gracia –de manera prodigiosa y providencial- arrojaría su destello victorioso para rescatarlos. Si miramos los referentes bíblicos, encontramos que, Jesús siempre encontró un “recurso” salvífico y nunca firmó decreto de perdición. ¡Así la escatología católica opta por la Benevolencia Divina!

No ocultamos que habrá contumaces que porfían y quizás su cerrazón se oponga hasta sobreponerse a la Gracia, porque Dios nos auxilia pero no nos obliga. Nos creó libres, nos quiere libres, nos ama libres y no  nos niega la libertad tampoco para que decidamos por la perdición.

Jeremías nos da un primer elemento: Nos ratifica que las promesas del Señor se cumplirán. En este caso ¿cuál es la promesa? Ni nada más ni nada menos que Uno de la estirpe davídica. ¿Cuál es el ADN de este linaje? También nos contesta Jeremías, hará justicia y derecho en la tierra; misericordia y lealtad, dice el Salmo. Esta profecía es clave para contestar a quienes destierran el proyecto justiciero de Jesús a los solos Cielos. No, no sólo su Voluntad debe cumplirse en el Cielo, así como en los Cielos ha de ser obedecida también en la tierra.

Esta parte de la profecía está reforzada en la 1ª de San Pablo a los Tesalonicenses: “Por Cristo Jesús les rogamos y exhortamos: han aprendido de nosotros cómo proceder para agradar a Dios; pues procedan así y sigan adelante? Pero, para qué nos da este consejo San Pablo, ¿para que lleguemos al Cielo? Sí, también, pero San Pablo está pensando –cuando da esta recomendación- en otra cosa, en la παρουσίᾳ “Parusía”.


En efecto, San Pablo nos conmina a la virtud, a la vida en justicia y santidad, -mejor todavía, digámoslo como él mismo lo dice: “amor mutuo y amor a todos” ¿cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo? “Para que cuando Jesús nuestro Señor, regrese acompañado de todos sus santos, se presenten santos e irreprensibles ante Dios nuestro Padre”. San Lucas usa otras palabras bien diversas para exhortarnos a la santidad y la justicia, vamos a ponerlas en forma de enumeración para que seamos bien conscientes del derrotero que nos traza el tercer evangelista desde la perícopa que leemos en este Primer Domingo de Adviento:
a)    “levántense, alcen la cabeza: se acerca su liberación.
b)    Tengan cuidado: no se les embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida…
c)    Estén siempre despiertos,
d)    Pidiendo fuerzas para escapar de todo lo que ha de venir y
e)    Manténganse en pie ante el Hijo del Hombre.”

Así como los judíos se sentían esclavizados cuando estaban siendo sometidos a explotación en Egipto, así también nosotros experimentamos las pesadas cadenas de la esclavitud de la maldad y el pecado, en este mundo y en esta sociedad donde el Malo echa ventaja y se le ha concedido un cuarto de hora para que haga de las suyas, pero es ahí, en esa hora, cuando se debe perseverar: ¡y quien persevere se salvará!

Cristo envía a sus discípulos al mundo entero como corderos en medios de lobos. Los lobos son los sirvientes de la Bestia, juegan a probarnos, a tentarnos, a acorralarnos, a torturarnos. Tiene a su haber todo un arsenal de máquinas de dolor y muerte, muchas de sus maquinarias y de sus maquinaciones son armamentos sicológicos. Nosotros, pese a los signos de los tiempos, ¡de los signos en el sol y en la luna y las estrellas, y en la tierra la angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje; a nosotros lo que nos corresponde es Mantenernos en pie ante el Hijo del Hombre! Ni desfallecer, ni llenarnos de pánico, sino firmes, mantenernos de pie y confiar en Él, en Jesucristo, nuestro Señor.