domingo, 13 de octubre de 2019

PORTADORES DE GRATITUD



2Re 5, 14-17; Sal 98(97), 1. 2-3ab. 3cd-4 (R.: cf. 2b); 2Tim 2, 8-13; Lucas 17, 11-19

El secreto de la felicidad es vivir cada momento y agradecer a Dios por todo lo que en su bondad Él nos envía, día tras día.
Santa Gianna Beretta Molla

Una carga de tierra, llevada a lomo de mula.
Cuando examinábamos la situación del Rico epulón recordábamos la sentencia de Jesús sobre la dificultad de los ricos para entrar en el Reino de los cielos (Mt 19, 24), en cambio, es a todas luces clara su preferencia por los pobres. Jesús nos enseña a enfocar nuestras preferencias, a buscar nuestros propios clientes, cuando nos aconseja “Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos.  ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!”.(Lc 14, 13-14).


La perícopa que conforma la Primera Lectura es el segundo fragmento de 2Re 5, 1-27 que reconocemos bajo el título de «Naamán es curado de su lepra», que podemos subdividir en 1-14, 15-19 y 20-27, a cada fragmento podemos darle un sub-título, que serían, respectivamente: “Naamán se cura con el agua del Jordán”, “Naamán se acoge a YHWH” y “Guejazí, el criado del profeta Eliseo, muestra su codicia”. Les invitamos a leer el capítulo 5 completo, para contextualizar la Primera Lectura de este XXVIII Domingo Ordinario del Ciclo C, (se echa de ver que leemos un versículo del primer fragmento, , leemos el verso 14 que pertenece al primer fragmento, para que cobre sentido la Lectura de este Domingo, por eso la perícopa elegida es  2Re 5, 14-17; y se exceptúan los versos 18 y 19, donde el general explica que tendrá que arrodillarse en adoración ante los ídolos que venera su rey). En este contexto, al leer el tercer fragmento, que no está incluido en la liturgia de este Domingo, nos encontramos con el corazón sucio de Guejazí quien queriendo aprovechar la recompensa que Naamán había ofrecido a Eliseo y que este había rechazado, sale en su persecución, pide la recompensa y como castigo, se llena de lepra. Aquí la lepra es el signo exterior de la enfermedad del corazón (la codicia), ya que cuando Naamán se ve libre de la lepra (ya no es codicioso) está afanado en desprenderse de sus bienes en favor de quien ha mediado su sanación; mientras que, Guejazí, con su corazón idolatra hacia la “riqueza”, la contrae por haber cedido a la tentación de su ambición.

Naamán quiere adorar en lo sucesivo tan sólo a YHWH, pero, como es el edecán del rey de Siria, pide a Eliseo la “venia del Señor” para poderse arrodillar cuando el Rey “se apoye en su brazo” para rendir tributo a su dios en el santuario de Rimón (cfr. 2Re 5, 18). La memoria de nuestros mártires nos enseña que ni por asomo se puede ceder a falsas religiones, al culto de ídolos o poderosos, aun cuando el secreto del corazón mantenga la fidelidad. Así nos lo mostraron, inclusive mártires niños, que fueron invitados a “salvar su pellejo” con sólo apostatar de palabra.

Más difícil de entender en la perícopa de este Domingo la asociación que hace Naamán entre la tierra  de Israel que él pueda trasportar a lomo de mula para construirse su propio altar de adoración para ofrecer sacrificios, como si Dios estuviera ligado a la tierra como lo puede estar una planta o un árbol. Sabemos a través de la Sagrada Escritura que YHWH no está atado a la tierra sino a la gente, que Dios es un Dios transeúnte, itinerante, nómada, que acompaña a su gente y a su pueblo. Recordemos como acompaña a Abrahán, cómo acompaña a Israel (Jacob) y se le manifiesta al dormir usando como almohada una piedra que él yergue y unge con aceite como Altar-recordatorio del Sueño-visión de la escala por la que los ángeles de Dios subían y bajaban; como está con su pueblo en Egipto viéndolo sufrir, sumido en la esclavitud y, precisamente por eso, designa a Moisés para que lidere la salida-liberación de Egipto y el sucedáneo vagabundeo por el desierto durante 40 años, sin perder de vista que en ese vagabundeo los acompañaba como Columna de Fuego o Nube que los iba guiando y que los alimentó y les dio de beber durante todo este tiempo, aparte de haberles mostrado todo su poder, como lo hizo con la Serpiente de Bronce que sanaba a los picados de serpiente, o aún más, cuando les permitió cruzar el Mar a pie enjuto. Por tanto, nuestro Dios va con nosotros aun cuando Naamán no alcanzaba a comprender esto y su teología lo suponía ligado a la tierra, como si dos bultos de esta Lo mantuvieran aprisionado.

Sin embargo, Eliseo, el profeta –la voz de Dios- no se lo impide, ni lo corrige, ni lo refuta en modo alguno. Podríamos afirmar que Dios le acepta este culto conforme con la teología de Naamán aun cuando no sea conforme con el culto que YHWH espera de los miembros de su Pueblo Escogido. Lo importante aquí son las manifestaciones de “gratitud” de Naamán, como reza en el adagio popular “cada quien da de lo que tiene” y desde el enfoque pagano de los Sirios de la época, este era el tributo del creyente a sus dioses, luego, le es aceptado y el Señor se los recibe, los acepta como un incienso que le es grato.

Reflexionemos sobre la rotunda negativa de Eliseo de aceptar el “regalo” que le ofrece Naamán, recordemos que todo amor –y el amor de Dios que sana, que salva es Amor-Ágape, o sea amor de gratuidad- no se compra ni se vende, ya que todo amor que se comercia, que se mercantiliza es “prostitución”; el Amor de Dios sólo se puede corresponder con nuestro culto, porque “el amor con amor se paga”.

Los clientes de YHWH.
¡Adelante, la redondez de la tierra como un canasto que se sacude!
¡Ríos, aplaudid, y que se alisten las montañas,
porque ha llegado el momento en que Dios va a "juzgar" a la tierra!
¡Ha llegado el día del rayo del sol, y de la radiante nivelación de la justicia!".
Paul Claudel

La palabra cliente parece provenir –etimológicamente hablando- de la raíz indoeuropea klei, kli, que significa “inclinarse”, “apoyarse en”, (de hecho, la palabra clínica proviene del griego kliné, que significa cama, que también deriva del indoeuropeo “inclinarse”). Entre los romanos, cuando un fuereño llegaba a Roma “apadrinado” por un patricio, ese era un cliente, y el patricio era su patronus; el que llamamos “el patrón”. Nosotros hemos venido hablando del patronato de Dios sobre unas personas a las cuales Él brinda especial protección, cuidado y defensa; los llamamos los “clientes del Señor”, se trata de los pobres, los desamparados, los marginados, los expatriados, los desplazados, los extranjeros, los explotados, los ancianos, los niños, los huérfanos, las viudas, las mujeres, en general, en tanto y cuanto han sido subyugadas por una cultura “machista”, los enfermos de toda laya, trátese de ciegos, sordos, paralíticos, leprosos, poseídos, endemoniados.


Cabe en este contexto recordar cómo escogió Dios para Rey a David, por medio de Samuel, de entre los hijos de Jesé. Ya Dios lo había prevenido, “No te fijes en su apariencia, ni en su elevada estatura, pues yo lo he rechazado…” (se refiere a Eliab, quien Samuel al verlo pensó que era el elegido de Dios). “… No se trata de lo que el hombre ve, pues el hombre se fija en las apariencias, pero yo me fijo en el corazón.” 1Sam 16, 7b. Notemos que David era el más pequeño, ni siquiera estaba en edad de ser tomado en consideración, por eso, él no está entre los presentes en la ceremonia mientras Jesé presenta a sus hijos-candidatos.

Que todos los pueblos y naciones aclamen con júbilo al Señor
Leemos en el verso 4 del Salmo que entonamos para este Domingo. En otras versiones leemos הריעו ליהוה כל־הארץ פצחו ורננו וזמרו׃ “Canten a Dios con alegría habitantes de toda la tierra, cántenle himnos con estallido de júbilo”. Nos encontramos con esta teología en este Salmo, es una catolicidad teñida de in-culturación, que la religión de YHWH no es exclusiva ni excluyente, permite acceso a todos, como ya empezábamos a comprender con San Pablo Οὐκ ἔνι Ἰουδαῖος οὐδὲ Ἕλλην, οὐκ ἔνι δοῦλος οὐδὲ ἐλεύθερος, οὐκ ἔνι ἄρσεν καὶ θῆλυ· πάντες γὰρ ὑμεῖς εἷς ἐστὲ ἐν χριστῷ Ἰησοῦ. “Ya no hay diferencia entre quien es judío y quien es griego, entre quien es esclavo y quien es hombre libre, no se hace diferencia entre hombre y mujer. Pues todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús”. Gal 3, 28. Así todos son acogidos, todos pueden adorar a este Dios Misericordioso, cada uno con su idiolecto cultural propio (lo que no quiere decir que no seamos Iglesia, con un culto unificador –no uniformizador- que acoge también las expresiones propias de cada cultura, como vemos en otros ritos católicos: además del romano, está el rito copto, el maronita, el melkita, el sirio, el armenio, el caldeo). Y con canticos y danzas litúrgicas que lejos de significar desunión, respiran con amplias bocanadas, los aires de la identidad cultural y de la unidad en la diversidad.

Entonces, ¿en qué reposa la unidad? Leámoslo en el Catecismo de la Iglesia Católica, numeral 815: "Por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección" (Col 3, 14). Pero la unidad de la Iglesia peregrina está asegurada por vínculos visibles de comunión:

— la profesión de una misma fe recibida de los Apóstoles;
— la celebración común del culto divino, sobre todo de los sacramentos;
— la sucesión apostólica por el sacramento del orden, que conserva la concordia fraterna de la familia de Dios (cf UR 2; LG 14; CIC, can. 205).

Esta unidad no es un programa “imperialista” que nos llevaría a luchar por la implantación de la fe a “sangre y fuego” por todo el orbe. Y esta afirmación reviste capital importancia puesto que la nuestra no es una fe que se impone por violencia o por cualquier otro medio; nuestro único medio es el amor. El profeta Jeremías hablaba de seducción porque los medios de que se vale el Amor de Dios y el anuncio de su palabra son similares a los que usa el enamorado para alcanzar el corazón der la amada: tiernos gestos de infinita ternura, de dulce galantería. Nuestro error evangelizador, en más de una oportunidad, ha provenido de una concepción torcida de las vías evangelizadoras que se han tomado como de posible “imposición”. ¡Urge erradicar este yerro!

El salmo nos convoca, más bien, a hacer notar, a llamar la atención a ‘permitir que otros vean lo que no alcanzan a notar; que los alcance la noticia que ningún noticiario les ha hecho llegar. ¡La Buena Nueva! Por encantamiento, por enamoramiento, no y nunca por la fuerza.

Ser-Dios sinónimo de Fidelidad
En la 2da Carta a Timoteo nos encontramos enfrentados a la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo como a uno de esos puntos nodales de la profesión apostólica de fe. Ese “punto nodal” lo es hasta tal extremo que San Pablo se vio arrastrado a llevar cadenas y hasta dar su vida. Observemos, que el encadenamiento del “evangelizador” no significa el encadenamiento del “Evangelio”. Más bien al contrario, un evangelizador encadenado le pone alas al Mensaje, a la Buena Noticia, para poder compartir y hacer partícipes a otros, a muchos otros, de esta verdad salvífica, este anuncio que nos abre las puertas a la gloria eterna.

En los versos 11 y 12 se nos muestra una simetría perfecta:
a)    Si hemos muerto con Él,                              con Él viviremos
b)    Si sufrimos pacientemente con Él,               también con Él reinaremos,
c)    Si lo negamos,                                              Él también nos negará.

Pero, abruptamente, en el verso 13 se rompe la simetría: εἰ ἀπιστοῦμεν, ἐκεῖνος πιστὸς μένει,
            “Si somos infieles,…                                     Él permanecerá fiel”.

Y en el mismo verso 13 se nos da la explicación teológica porque su justicia no es reflejar nuestra infidelidad sino continuar con ese atributo de la Divinidad; es que si Él incurriera en la infidelidad sería puramente hombre-caído y no Dios. Por eso, “Él permanecerá fiel porque no puede desmentirse a Sí mismo” o sea negarse a Sí mismo, incurrir en una mentira actuando al contrario de lo que Él es, porque la naturaleza de Dios es ser Fiel.

Gratos – vs- ingratos
El asunto enfocado en el Evangelio puede ser el de la celebración del agradecimiento. Un agradecimiento que, en este caso, está dirigido a Dios: μετὰ φωνῆς μεγάλης δοξάζων τὸν Θεόν, καὶ ἔπεσεν ἐπὶ πρόσωπον παρὰ τοὺς πόδας αὐτοῦ εὐχαριστῶν αὐτῷ·  “Alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias.” Lc 17, 15b-16a. Pongamos el foco en la palabra εὐχαριστῶν eucaristón del verbo εὐχαριστέω “dar gracias”, “recibir con gratitud”, “agradecer”, ¿distinguimos alguna consonancia con la palabra Eucaristía, “Acción de Gracias”. Miremos la raíz χαρισ jaris, (χάρις, ιτος, ἡ) «este término “de la gracia” –“charitos”. Viene de “charis”, gracia, de la que deriva “chará”, alegría, y también la palabra “gratis” usada por Pablo para indicar la acción de Dios que perdona al pecador sin ningún mérito suyo»[1]


Sentimos que la gratitud no es ningún “chip” que uno ya trae en la cabeza, como se ha dado por decir ahora. La gratitud se aprende y se aprende en el hogar. Si en la casa, en el seno familiar nadie agradece los mutuos favores y servicios que constantemente nos prodigamos, pues no se aprende a agradecer, a ser agradecidos. Si todo se le da a los hijos, sin merecimiento y sin gratitud, él crecerá pensando (nosotros ni habíamos reflexionado sobre este asunto, fue escuchando a Monseñor Wilfredo Peña que vinimos a aterrizar sobre este detalle) que “es mejor que sus padres”, que “es mejor” que todos los demás. Lo más grave es que esto trae como consecuencia que piense que todos están obligados con él, que todos deben darle y hacerle todo, que el mundo y, hasta Dios mismo, están obligados a “servirle”, a tenerlo contento, a darle gusto porque si no es así… viene la pataleta (y la pataleta puede llegar a los límites del asesinato o el suicidio). A este gremio de los que piensan que “se les debe todo” pertenecían nueve de los diez leprosos. Sólo uno de ellos estaba alfabetizado en el significado de la gratitud y se sintió llamado, es más, quiso expresar, externalizar la “alegría de su corazón” por el “favor” recibido. 

Ya en otras ocasiones nos hemos referido a quienes buscan milagro con pistola, sin dudar pretenden chantajear a Dios con diversos trucos para coaccionarlo a obrar a su favor, no falta el que lo amenaza, y –alguna vez lo mencionamos- hasta desertan de la Iglesia y de su fe, porque Dios no les dio gusto.

Queremos subrayar cómo acoge Jesús esta gratitud: “Levántate y vete. Tu fe te ha salvado”. ¿Qué se entiende?, que el Samaritano tiene fe, que Jesús lee esa fe en su gratitud, que los otros nueve no tenían fe y, en consecuencia, aunque quedaron limpios no lograron nada más, lograron una cosa pasajera, momentánea, algo que no les iba a durar mucho; en cambio, el Samaritano logró un bien eterno. “La Salvación”.


Trascribimos aquí el numeral 268 de Camino de San Josemaría Escrivá: «Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. Porque te da esto y lo otro. Porque te han despreciado. Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes. Porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya. Porque creó el Sol y la Luna y aquel animal y aquella otra planta. Porque hizo a aquel hombre elocuente y a ti te hizo premioso… Dale gracias por todo, porque todo es bueno».





  








[1] Martini, Card. Carlo María. LAS CONFESIONES DE SAN PABLO Ed. San Pablo 6ta reimpresión Bogotá – Colombia 2005 p. 127

sábado, 5 de octubre de 2019

CONSTRUCTORES DE VENTANAS



Ha 1, 2-3; 2,2-4; Sal 95(94), 1-2, 6-9;  2 Tim 1, 6-8.13-14; Lc 17, 3-10.

…me mandas amarte, me mandas lo que sin tu orden no tendría ánimo de hacer: amarte, amarte a ti mismo muy íntimamente.
Karl Rahner

… a Dios no se le alcanza más que dando el “salto” de la fe.
Raniero Cantalamessa, ofmcap

Dios realmente nos crea. Una de las facetas de la creación respecto a nosotros es el habernos creado capaces de fe. Al venir a la vida nos encontramos y nos sorprendemos con relación a la fe. La fe nos lleva a taladrar el muro (muro de soledad y aislamiento, muro de fragilidad y orfandad) para hacer en él una ventana. Gracias a ella podemos descubrir, del otro lado, un paisaje maravilloso iluminado de amor. ¡Estamos llamados a ser fenestráfices! La fe es virtud teologal, porque no solamente nos la regala Dios sino que su utilidad consiste en capacitarnos para ser constructores de ventanas, con ansias de entrar en tratos con Aquel que está del otro lado, en la dimensión trascendente. La fe es la única fuerza que nos puede llevar a perforar paredes, a derrotar nuestro aislamiento, a confiar que al otro lado de la pared hay algo que vale la pena el trabajo de romper el muro. Ahora, sin osar perforar la pared, nuestra vida queda chata, nos quedamos asfixiados en la soledad de este lado, en una especie de sordera-ceguera que nos impide es trascendencia.

Una sola palabra sobre la Primera Lectura

Los frutos de la fe pueden tardar. 1) La Denuncia: Mientras el mundo y su historia están cargados de violencia, de injusticias, de opresión y asaltos la fe aguarda y –no pocas veces- nosotros desesperamos. 2) El anuncio: Por medio del profeta Habacuc, en la Primera Lectura, el Señor nos comunica la fuerza de la espera con paciencia y con “fe”. El Señor nos garantiza que, aun cuando es algo lejano, no para el minuto siguiente, viene, y no viene lento sino corriendo y aunque parece tardarse se cumplirá sin falta: “El malvado sucumbirá sin remedio, el justo, en cambio, vivirá por su fe”. Aún hay otra moraleja: La Justicia de Dios llegará y se cumplirá más temprano que tarde, ¡confiad en ello! Aun cuando ahora, nada se perciba, la semilla está puesta en la tierra “esté dormido o despierto, de noche o de día, la semilla brota de cualquier manera y crece sin que él se dé cuenta” (Mc 4, 26d-27).  Depositad en ello toda vuestra fe, tened en Dios confianza, y en Su Palabra. Poner todo en Sus Manos y goza (regocíjate) en la confianza.

Respecto de la fe, todo es Gracia
Cuando uno está des-egocentrizado es capaz de dar y dar y no reparar en cuánto hemos recibido a cambio. Sin embargo, una cultura construida sobre el fundamento del intercambio propone como base de ese “comercio” un cambio equivalente. Inmediatamente se sospecha que tal equivalencia se ha roto, con perjuicio de alguna de las partes, se habla de “robo”, de “estafa”. Para no ser “víctimas fáciles” se supone que debemos estar permanentemente alertas, desconfiando, sopesando si hemos recibido “lo que se espera que recibamos” por el “precio” que se pagó. Tal vez todo esto funcione para el intercambio de objetos, probablemente este intercambio sea el ideal, ¡es muy probable! Pero, cuando este criterio “comercial” se hace extensivo a otros planos de la existencia, sobreviene  –sin demora- una aberración. Para algunas cosas como son los valores, el amor, las relaciones interpersonales, la fe y sus correlativos, esta pauta no sirve.


Supongamos -por un instante- la relación con Dios fundamentada sobre este patrón de mercado: Tanto te doy, tanto me das… Recé diez veces el “Padre Nuestro”, ahora Dios debe darme “x” cosa que pedí. Fui a Misa todo el año, Dios tiene que darme “x1” cosa. ¿No suena muy parecido al hijo mayor de la parábola cuando reclama: “Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes y a mí nunca me has dado un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos” Lc 15, 29bc? Parece que ipso facto se percibe su absurdo. ¿Cómo podemos pretender exigirle a Dios un pago equivalente a lo que se le ha dado? ¡Es que a Dios no podemos darle nada porque todo cuanto tenemos proviene de Él, Todo le pertenece! Todo es gracia y todo es gratuidad. Aparece el tema de hoy, el tema de la Gracia, de lo que se recibe porque sí, no por merecimiento, no como paga, como salario, sino regalado, Todo es puro don. A Dios nada le hemos pagado ni le podemos pagar. Aún más, nada necesita de nosotros porque Él lo tiene todo: Nada le hace falta. Si tengo un cabrito o dos, Él me los ha dado “regalados” (aun cuando los haya pagado a otro humano, desde el punto de vista trascendente esa “paga” con la que los adquirí también proviene de Dios, también fue recibida como Gracia), Él ha “´permitido” las condiciones para que los tenga.

Pero, por un momento, supongamos que los cabritos “son nuestros” y que si los ofrecemos en sacrificio Dios “me debe” algo. Y supongamos que Él nos “incumple”, (sólo por suponer). ¿A qué autoridad podríamos elevarle la “reclamación” por el intercambio fallido? ¿Qué poder está sobre Dios para demandarlo? Ahí resplandece lo ilógico de este tipo de teología.


Cuando pretendo cifrar mi relación con la Divinidad en términos de “intercambios equivalentes” ya entré en el terreno de la magia. La magia es precisamente eso: el intento de coaccionar a Dios pagándole con cierto tipo de “moneda” que lo obliga, que ata las decisiones de Dios a las de nuestra voluntad, a nuestro querer, a nuestros gustos. Un ejemplo típico, un conjunto de palabras que pronunciadas de tal modo, o escritas de tal manera “nos protegen” o hacen que tal o cual cosa suceda. Demos un ejemplo muy común y corriente sobre el que comentábamos en estos días con nuestros amigos: Venden una estatuilla de San Antonio de Padua a la que se le puede desprender la imagen del Niño Jesús para “secuestrarle” el Niño (es el colmo de una sociedad donde se ha impuesto el plagio de personas para obtener “ganancias” a cambio) y obligar a San Antonio a interceder para que se obre tal o cual deseo nuestro que constituye el “rescate” que se debe pagar para recuperar al “Rehén”.

Este es simplemente un ejemplo que se nos ocurrió; pero son cientos de miles los ejemplos que se podrían mencionar. Es que vivimos inmersos en esa cultura del intercambio “equivalente”: Por diez mil pesos deben darme “diez mil pesos de carne”, o de “harina”, o de lo que sea… Sólo un ejemplo más, recordemos los “cuadrados mágicos” que la gente llevaba en el bolsillo porque se creía que proporcionaban una “protección”, se trata de arreglos numéricos matriciales cuadrados cuya suma de filas o columnas o diagonales siempre da el mismo número, la “constante mágica”. Pero pueden ser herraduras, patas de conejo, atados de cierta planta, dientes de ajo, o matas de sábila… aún más, pueden ser láminas de santos, cruces, botellitas de agua bendita, camándulas, escapularios…usados con mentalidad mágica dejan de ser sacramentales para convertirse en amuletos, en superstición.

Otra vez el tema de la conversión
Muy seguramente el ejemplo que Jesús usa en la parábola suene chocante. Se refiere a un esclavo, que no tiene horario, que no puede negarse, que tiene que estar disponible a toda hora, en cualquier momento y circunstancia. Cuando concluye una faena no puede declararse “libre”, debe continuar. Terminó una faena -por ejemplo en el campo- y llega a la casa, no puede pretender que llega a descansar, o que el “Amo” debe invitarlo a sentar, a tomar reposo, a dormirse. Por el contrario, su Amo le manifestará tener hambre y estar esperando que proceda a prepararle y servirle los alimentos.


Este ejemplo del Evangelio suena raro y fastidia en nuestra sociedad de horarios que permite al asalariado manifestar que ya ha cumplido con sus horas reglamentarias y que volverá a estar “al servicio” cuando el reloj cumpla su ciclo y vuelva a llegar a la hora en la que se vuelve a “hacer vigente” el contrato. Pero, hay relaciones como el amor que ¡no “entran en receso”. Mostremos un caso para hacer comprensible y accesible nuestro tema.

La paternidad/maternidad, si, cumplido tu horario del día, te vas a la cama a descansar y, cuando ya has conciliado el sueño, tu hijo llora y su llanto te despierta, y lo encuentras afiebrado… Ciertamente no le dices, espérate que se reanude mi horario “paternal” y, entonces te llevaré al médico, te daré un remedio, te cuidaré y te atenderé. Por el contrario, sin interponer argumento alguno, con la mayor naturalidad, tomaras la situación a cargo y saldrás corriendo hacía el consultorio médico sin importar cuán cansado o cansada estés.


O, como el amigo de la parábola, que fue a “incomodar” a su vecino para pedirle unas hogazas de pan para atender a un amigo que le había llegado de visita… aun cuando ya estaba acostado, con sus hijos y esposa en la cama… se levantó y le dio los panes. Cfr. Lc 11, 5-13. Y es que la verdadera amistad, el verdadero amor, la verdadera fe, no tiene horario, ni paga, ni contraprestación, son pura gratuidad.

Ahora mismo pensemos ¿qué tipo de intercambio haría posible que Dios entregara a su propio Hijo por nosotros? Dios sería el peor negociante si la relación estuviera basada en estos parámetros. Pero el Padre entrega al Hijo por pura Gracia. Porque nos ama y no pide nada a cambio. Ahí está el amor Ágape, el amor de total desinterés, que no espera retribución: Como nos enseñó Jesús, invitemos a los cojos, a los lisiados, porque ellos no tienen con qué pagarnos, porque ellos no nos pueden devolver la atención.

La fórmula que nos enseña hoy Jesús es una especie de moraleja que resume en muy breves palabras el significado integro de la parábola: “No somos más que esclavos inútiles, sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer” Lc 17, 10b. Pongamos esta frase en nuestros labios para meditarla, para saborearla y, una vez derrotada nuestra altanería, nuestra arrogancia, escuchada-y-pronunciada con profunda humildad, con kénosis, escucharemos reverberar en ella la sencillez del mismísimo Jesús que se da, que se entrega… (como tanto hemos insistido) hasta su última gota de sangre. No dudó en abajarse, en renunciar a sus calidades de Dios para humanarse, para humanizarse, para hacerse en todo (excepto en el pecado) como uno de nosotros. Y, ¿por qué interés? ¡Por ninguno, porque nada hay que poseamos, que Él necesite!


¿Podríamos convertirnos? ¿Podríamos superar nuestros egoísmos y nuestros ego-centrismos y hacernos como Él? ¿Seríamos capaces de darlo todo desinteresadamente? Por eso tenemos que “convertirnos”, dejar de ver las cosas desde nuestro “razonable”-irracional punto de vista y volvernos verdaderamente “racionales” porque la verdadera racionalidad consiste en que el hombre no tiene por qué ser lobo para el hombre; la verdadera racionalidad consiste en defender la vida, la creación, la humanidad con “entrañas maternales” como las que Dios tiene para mirarnos, como las de Jesús, como las que hemos recibido en el bautismo al recibir el Espíritu Santo. En ser caritativos, fraternos, solidarios.

¿Seremos capaces de tanto? Sí, claro que sí, sólo tenemos que tener mayor fe,… y como ni siquiera eso depende de nosotros sino de Dios, lo que tenemos que hacer es pedírsela a Él, como hacen los discípulos al dirigirse a Jesús: “Señor, auméntanos la fe”: Rey de reyes, Amor de mis amores, os lo ruego, agiganta mi fe.


Ante la persecución
…cuando me pusieron a prueba sus antepasados,
y dudaron, aunque habían visto mis obras
Sal 95(94), 9
La fe está inextricablemente unida a la vida toda, a nuestras actuaciones, a cada acción, no es algo de ratos, no es un paréntesis dominical, ni media hora de rezo del Rosario sino algo que satura la existencia. Cada acción debería estar penetrada hasta la médula por el sentido de caridad, de misericordia, de fraternidad, de humildad, de servicio al prójimo; toda acción tendría que estar profundamente empapada en el pensamiento-oración que reza. “Esto también lo hago a la mayor Gloria de Dios”.


Un caso frecuente es que haya persecución, en muchas partes del mundo creer en nuestro Dios implica persecución. No siempre es persecución abierta, declarada, política. Muchas veces es sólo el desprecio de la gente, la burla, la discriminación; muchas veces podríamos hablar de una persecución sicológica: se refieren a nosotros como “el bobo ese”, “el ingenuo”, “el anticuado”, “el lame baldosas”… y no sé cuántas cosas más. Pero todavía hay países y lugares donde la gente va a la cárcel, o es torturada y hasta asesinada porque cree en Dios.


A San Pablo le ha sucedido, fue llevado a prisión, en condiciones muy rigurosas, ya no se trata de la prisión domiciliaria, cuando todavía podía predicar, ahora se ve solo, abandonado, sin apoyos, sin defensa cuando fue llevado al tribunal, ve venir la muerte, el martirio y –muy seguramente- eso atemorizaba y debilitaba a muchos de los que habían optado por esta fe, entre ellos a Timoteo, lo mismo que nos evoca el Salmo sobre el pueblo Hebreo que vagó por el desierto durante cuarenta años, y desafiaron (des-fiaron) de Dios (Massa) y dudaron de Él (Meriba);  todo eso “enfriaba” en la fe a Timoteo y ahí es donde San Pablo interviene con su Carta, para invitarlo: “Te recomiendo que reavives el don de Dios que recibiste cuando te impuse las manos”(2Tim 1, 6). Aparece como palabra griega χάρισμα (carisma) para designar el “don”, el “regalo de Dios” τοῦ Θεοῦ.

Si la fe es “regalo” de Dios, nosotros ¿cómo podemos “reavivar” nuestra fe? Pues, ciertamente no será escondiéndonos, o amilanándonos ante las críticas y ataques, ante la mofa y los comentarios y chismes. O sea que no hay que avergonzarnos, que no podemos caer en el temor sino apelar a la fortaleza que es el espíritu que Dios nos ha dado.

Un riesgo común es el de la acomodación. Acomodar la doctrina de nuestra fe para “aclimatarla” respecto de las presiones que la sociedad y el mundo aplican, es una de las grandes amenazas que se ciernen hoy por hoy. Aceptar así sean “leves” modificaciones ya es traición, ella (la fe con su doctrina integral) constituye una heredad παραθήκην (consignación depositada, confiada a nuestras manos) recibida de Cristo Jesús: Tú toma como regla la santa doctrina que me oíste acerca de la fe y el amor que tienen su fundamento en Cristo Jesús. Conserva el precioso depósito con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros. (2Tim 1, 13-14).


sábado, 21 de septiembre de 2019

MISERICORDIA CON DESVELO


Am 6,1a,4-7; Sal 145, 7. 8-9a. 9bc-10; 1Tm 6,11-16; Lc 16,19-31

El impulso místico no es un lujo. Sin él, la vida moral es puro retroceso; el ascetismo es sequía; la docilidad, sueño; la práctica religiosa solo rutina.
Henri de Lubac

Hay un detalle de la mayor importancia que no siempre es debidamente advertido cuando leemos la parábola: ¿Dónde estaba el mendigo, Lázaro? “Yacía en la entrada de la casa del rico” (Cfr.). El punto no está en ser rico para merecer el lugar de castigo, ni el asunto radica en ser pobre para ir a parar al “seno de Abrahán”. Es posible que los destinos de estos dos hombres hubieran sido contrarios, si sus relaciones aquí, en vida, hubieran sido diferentes.


¿Os parece moral que alguien pase por la puerta de tu casa alguien que padece la indigencia, mientras tú gozas de manjares y banqueteas? ¡Ese es el problema y ahí está el eje del asunto! Toda la moral cristiana reposa sobre este pivote. Somos todos hermanos en Cristo Nuestro Señor, y no puedo ser indiferente e indolente ante la suerte de mi hermano. Allí donde haya dolor, necesidad, padecimiento, soledad, hambre o sed, allí donde está el desamparado, el preso, el enfermo, el destechado, el desplazado, allí estamos llamados a hacer presente a Dios-Padre-Providente. Ese es el sentido más humano y humanitario de la religión. Pero la fe no se conforma con deshacer entuertos, sino que ¡los deshace en el Nombre del Señor!

Así barrer o cocinar, dar un pan o un vaso de agua, consolar al triste o visitar al enfermo, acompañar al solitario o visitar al prisionero que purga su condena tras las rejas, todos estos actos cobran su dimensión cuando se hacen –como la hacía Santa Teresa de Calcuta, paradigma cercano de la bondad- viendo tras el rostro del menesteroso, el rostro dolorido de Jesucristo que sube al Calvario cargando su cruz a cuestas.

En cambio, y esto hay que repetirlo con frecuencia, el acto se desluce y adquiere simplemente una dimensión arrogante de vanidad egocéntrica, si se efectúa por pura filantropía. No que se vuelva un acto malo, nada de eso; pero ya no es acto “religioso” porque ya no re-liga nada. Tenemos que cobrar conciencia que lo religioso re-liga al hombre con Dios, restablece un lazo de unión con la Divinidad, hace que el ser humano traiga tanto a la mente la idea de ser hijo de Dios como la idea de ser hermano de los otros hijos de Dios. Es una filantropía construida sobre un basamento que nos hermana a todos, no es filantropía desnuda, sino solidaridad con el que yace allí postrado, andrajoso, llagado y… acosado por los perros que le lamen las heridas. (Es muy triste porque es más humanitario el perro, tiene más sensibilidad, se muestra más compasivo, porque lamer es también gesto cariñoso, consolador, fraternal! El perro brinda una hospitalidad que nos evoca al burro y al buey que la tradición ha puesto en el  pesebre para entibiarle la cuna al Niño Dios).

Tener esta idea en el proscenio de nuestro pensamiento podríamos decir que es un Mandamiento de todo buen cristiano. Podemos llevar nuestra tesis un paso más allá y afirmar que no es cristiano quien no comprende y vive esta idea como base de su existencia. Nunca habremos enfatizado suficientemente la importancia de este pensamiento. De alguna manera podríamos ver este imagen en todas las páginas evangélicas y, concluir afirmando que Jesús todo lo que quiere y lo que enseña apunta en esta dirección. Pongamos una piedrita más en este proceso y subrayemos que no sólo en el Nuevo Testamento nos encontramos con esta revelación, ya las páginas del Antiguo Testamento pujan vigorosamente por poner en primer lugar a nuestros hermanos, al prójimo, y es que este pensamiento está a la base de aquello de que ¡Misericordia quiero y no sacrificios!

Agreguemos que la ruta de la santidad está tachonada de estos resplandores; ¿Cuántos santos han gastado su vida socorriendo a los necesitados? Cuantos han vivido vigilias y desvelos movidos por esta causa, dando todo cuanto tenían atendiendo niños, leprosos, enfermos de toda índole… y si la vida cobra su mayor sentido cuando se la lee como un derrotero hacia la santidad, entonces tenemos que decir, a renglón seguido que la santidad es el ejercicio constante de la Misericordia. Por eso el propio Dios, su Sagrado Corazón, se expresa como Señor de la Misericordia.


Y, por los mismo y tanto, son la indiferencia y la indolencia los peores males y los mayores pecados, porque “cuando no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis” (Mt 25, 45). En la Primera Lectura, de la profecía de Amos, está enunciado, casi como mandamiento, con un “¡Ay de ustedes!”: “(los que) no se preocupan por las desgracias de sus hermanos”,  recibirán –ya en esta vida- justicia. En el Evangelio se nos aclara que esa “justicia” puede dilatarse hasta la otra vida, recibiendo aquí males, y entonces, allá, bienes compensatorios, que en el texto aparecen designados con la palabra παρακαλέω, que traducimos por “consuelo”, y que tiene relación con la idea de ser llamado para estar ahí al lado, como pasa con el “abogado defensor” que se pone al lado para defender, para interceder por su “defendido”, es una palabra con matices legales, que alude al “Tribunal en la Presencia de Dios”, a la “Corte Celestial”, y con  la que nos referimos también al Espíritu Santo al que llamamos precisamente Paráclito. Ese consuelo es la protección, el apadrinamiento del Santo Espíritu, quien lo cobija con su cercanía teniéndolo a Su lado. La imagen que evoca esta situación es de ternura maternal, como tomando al hijo entre los brazos, que en el texto del Evangelio, se refiere a Abrahán en funciones maternales y acuna a su protegido en su κόλπον “seno”, término con el cual designamos el ámbito de la más dulce protección maternal. Ese es el “premio”, el “regalo” compensatorio que recibe Lázaro (Lázaro es la forma popular del Eleazar), que dicho sea de paso significa “el ayudado por Dios”), mientras –cabe destacarlo- el rico ante los ojos de Dios, en el Tribunal Celestial, ni siquiera merece tener nombre, es un “don nadie”.


Esta acogida en el regazo, gesto Misericordioso, impregnado de sentido solidario y fraternal, esta –por así decirlo- decorado con unos rasgos de dulzura, de cuidado, que se enumeran en la Carta a Timoteo, en la perícopa que leemos en la Segunda Lectura de este XXVI Domingo Ordinario del ciclo C: Rectitud, piedad, fe, amor, paciencia y mansedumbre. Como lo mencionábamos arriba, no se trata de una “fría filantropía”, sino del tierno cariño entre hermanos que se aman de verdad, ternura dulcificada que usamos en el trato entre familiares, aquí estamos hablando de trato paternal y maternal. Hay una manera de abajarse, de inclinarse, de ponerse al lado de Lázaro, que Jesús nos ilustró con su imagen de la toalla alrededor de la cintura, arrodillándose –con piadoso gesto- a lavarles los pies a sus discípulos. Esta imagen designa para nosotros los creyentes el tono y el color que tiñen estas acciones, gesto revestido de piedad, de afabilidad, esa es la manera: con afecto y sumo cuidado.

sábado, 14 de septiembre de 2019

CONVERSIÓN RADICAL



Ex 32, 7-11. 13-14; Sal 50, 3-4.12-13.17.19; 1ª Tm 1, 12-17; Lc 15, 1-32


Primera Lectura
Lo entendemos como dos pedagogías diferentes: En el Primer Testamento hay una primera forma de pedagogía, algo así como una pedagogía para niños. Su pueblo está en formación, vaga por el desierto, es ingenuo y pueril, así pues en esta etapa de su formación requiere una pedagogía especial. Le da grandes prodigios, le permite atestiguar su poderío, lo saca con gran poder y majestad de Egipto y le da líderes, jueces, patriarcas, héroes; le permite y lo acompaña a conquistar la Tierra Prometida –podemos afirmar que- lo lleva de la mano, como a un niño que aprende a caminar.


Ya su pueblo ha alcanzado cierto grado de madurez, está conformado, ha recibido “Las Tablas de la Ley”, ha recibido la Tierra de Promisión, tiene su gran hito cultual, el Templo de Jerusalén; se procede a una nueva pedagogía: Jesucristo, ¡el Evangelio del Amor! Hay un cambio en el modelo pedagógico que va de la playa a la montaña; ustedes saben que son a cual más de hermosos, pero distintos; sus paisajes, sus panoramas son radicalmente diferentes, cada uno con su propia grandeza y su propia majestuosidad. ¡Se trata de un cambio pedagógico radical!


Nosotros leemos la Primera Lectura así: Dios dicta su sentencia para un pueblo de cabeza dura Él va a consumirlos: Pero Dios conoce a Moisés, Él sabe que Moisés no es para nada egoísta, Él sabe que su solidaridad con el Pueblo escogido llega a los límites de matar al capataz egipcio que atropellaba a su hermano hebreo. Dios nos conoce hasta el límite que no hemos pronunciado una palabra y Él ya la conoces entera cfr. Sal 139(138), 4. Dios sabía que Moisés renegaría de privilegios para Él, que no era la clase de persona que daría la espalda a los suyos sino que intercedería por ellos. En esta Lectura extractada del Éxodo 32, 7-11. 13-14 Dios nos rebela como escoge los líderes que Él nos da, se trata de personas acrisoladas, templadas, fieles, solidarias con su pueblo. No se trata de que Dios del Primer Testamento sea un Dios castigador y luego, en el Segundo Testamento, se haya reblandecido como un viejito; se trata de revelarnos quien merece ser líder, cómo es un Discípulo. Se trata de que nosotros no somos Dios y no podemos conocer el corazón de los hombres pero Dios –en esta perícopa- nos da esa facultad y, por un momento, nos volvemos capaces –mejor aún- Él nos capacita para que veamos dentro del corazón de Moisés y sepamos por qué es el interlocutor, el mediador, el pro-fetes (que habla en nombre de otro) a quien Dios hablaba cara a cara, desde la Zarza hasta el Monte humeante de la entrega de las Tablas y hasta la Tienda del Tabernáculo, y salía con el Rostro radiante.

Una palabra sobre el Salmo
Cada uno de nuestros pecados “pesa” sobre nuestros hermanos. Cada toma de conciencia, cada esfuerzo de conversión contribuye a mejorar el clima en el  cual viven los demás.
Noël Quesson

No se puede soslayar que en el Evangelio el hermano menor no sólo estaba “perdido”, no sólo había extraviado el camino; no, el asunto era muchísimo más grave: “estaba muerto”. Entonces, la verdadera conversión es un cambio tan profundo que es una verdadera resurrección, el Padre lo dice así: “ha vuelto a la vida”; pero trasformado, ahora es capaz de ponerse a la altura de un “servidor”, es consiente que ha ofendido al Cielo y a su Padre, ahora está en condiciones de atarse la toalla alrededor de la cintura y lavar los pies: ποίησόν με ὡς ἕνα τῶν μισθίων σου. “trátame como a uno de tus siervos a paga”.


El Salmo nos invita a la verdadera y radical conversión, a rogarle a Dios para que nos “transforme”, para que nos “transfigure”, para que nos lave de los delitos y nos purifique de todo pecado, para que nos ayude a “configurarnos” con Jesús, a reflejar su Amor, a trasparentar su σπλαγχνίζομαι, a ver a nuestros prójimos con los mismos ojos con los que Él nos ve. Amén

Ensayemos algún desenlace alternativo
Se verifica el fin del haber porque dilapida toda su riqueza, del valer porque de hijo de rico pasa a ser porquerizo, del poder porque nadie lo recibe y se descubre en una soledad terrible.
Arturo Paoli

Podemos imaginar algunas ligeras variantes en el desenlace de la parábola del “hijo prodigo”. Por ejemplo, si al hermano iracundo el Padre le pidiera que reorganizaran la herencia para que –de lo que quedó después del malbaratamiento de la parte derrochada- VOLVIERAN A PARTIR, YA NO LA MITAD PARA CADA UNO SINO UN CUARTO.  ¿Será que lo que el Padre quiere es recuperarle la herencia al hermano menor? Es muy importante resolver este punto: cuando vuelve el hermano menor, ¿automáticamente entra a ser, otra vez, coheredero? En otro momento, al examinar esta parábola decíamos que el anillo que ordena a los criados que le pongan en el dedo era el sello-firma-cheques (hablando analógicamente, claro). Entonces, ¿podrá volver a derrochar?


Pensémoslo una segunda vez, si él está sinceramente arrepentido ¡no volverá a cometer los mismos errores! Y esto es definitivo –a nuestro modo de ver- para poder entender la parábola. Consideremos que, cuando el muchacho prepara el discurso que dirigirá a su Padre cuando vuelva: Πάτερ, ἥμαρτον εἰς τὸν οὐρανὸν καὶ ἐνώπιόν σου, οὐκέτι εἰμὶ ἄξιος κληθῆναι υἱός σου· ποίησόν με ὡς ἕνα τῶν μισθίων σου.  “Padre, he pecado contra el Cielo y contra Ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores” Lc 15, 18b-19. Ya está puesta la semilla intensa y profunda del sincero arrepentimiento, el deseo firme de no incurrir más en lo mismo.


Por eso, cuando uno medita ¿Por qué el Padre accedió a partir la herencia antes de su muerte’, o -dicho en otras palabras- ¿por qué dejó el Padre que su hijo joven e inexperto partiera de su lado? (lo que nos conduce a otra variante de la parábola, la de un Padre que no deja partir al hijo para prevenir el despilfarro). Hay que valorar lo que la crisis enriquece la existencia. ¿Qué creen ustedes, que el Padre debió haber amarrado al hijo a la pata de la cama para que no partiera de su lado? Recuerdo vivamente (como si hubiera sido ayer) el momento en que Carlos Humberto quiso casarse y, contra toda evidencia, su matrimonio no duro dos años, pero en el momento dado, no valieron los consejos de sus padres y sus hermanos, tras de esas recomendaciones y avisos él creía ver tan sólo la envidia de unas “personas” que no querían dejarlo vivir su felicidad. Muchas veces se nos mete entre pecho y espalda el deseo de “…recibir nuestra parte y partir a un país lejano…” y en ese momento, cuando uno está enceguecido por la terquedad, no valen consejos. Parece que la única manera de aprender –en esos casos- es golpearse las rodillas aunque nos hagamos daño y nos las hagamos sangrar.

Así que muchas veces, el mejor padre o madre se ve obligado a dejar que su hijo se raspe las rodillas. Es muy conocida la anécdota del niño que insiste en tocar la plancha caliente a pesar de la prevención que se la ha hecho de que se va a quemar…. (nos parece que el año pasado dijimos lo mismo), ¿qué se puede hacer?, dejarlo que se queme porque “nadie aprende en pellejo ajeno” reza la sabiduría popular. Nosotros mismos hemos llegado a decir que “un papá verdaderamente responsable esconderá la plancha en un lugar inaccesible para evitar que el chico o la niña se quemen… pero hemos visto que en más de una ocasión el niño (o la niña) llegaran hasta ese sitio tan inaccesible y… se quemará. ¡No es cuestión de padres responsables sino la dialéctica de la curiosidad! El hijo (o hija) que recibe el pre-aviso –por alguna extraña razón- cree que le están mintiendo… (es la misma situación de Eva ante la tentación, a pesar de darse cuenta que el Malo con su disfraz de serpiente le está mintiendo, la curiosidad puede más).


Pensémoslo una tercera vez:  No creemos que se trata  -sensu stricto- de una herencia en el sentido de un “dinero” sino de una especie de alegoría y lo repartido por el Padre son los “valores del Reino”, no los bienes terrenales sino la “Vida de la Gracia”, no “dinero” sino verdaderos “bienes”, el Amor de Dios Padre. Y el país lejano donde se va a despilfarrar es el alejamiento de esos valores, de esas leyes, es vivir de espaldas a la Ley de Dios, la ley del Amor. Un país lejano es el lugar donde no impera ni se recuerda lo que Dios nos ha señalado y revelado –por medio de su Hijo- como los peldaños que conducen a la salvación. Esto es tema clave, el arrepentimiento conduce a una conversión y la conversión consiste exactamente en eso, proponerse vivir conforme con su “Santa Voluntad”, la conversión –para que sea verdadera conversión- tiene que ser la libre aceptación de sus enseñanzas, la apertura de nuestro corazón para escuchar enamorados lo que Él nos dice, aceptar sus “románticos” murmullos pronunciados al oído de nuestro corazón, con su Dulce-Voz. Como el profeta Jeremías: “El Señor me sedujo, y yo me deje seducir…” Jr 20, 7. Consiste en permitir que Él obre en nosotros y a través de nosotros hasta que podamos decir con San Pablo: ζῶ δὲ οὐκέτι ἐγώ, ζῇ δὲ ἐν ἐμοὶ Χριστός· “No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí” Gal 2, 20b. Sin oposición, sin violencia, en armonía interna, siendo capaz de aceptar que el timón de nuestra barca lo lleve Él.

Des-cosificar nuestras relaciones interpersonales
El tema de la conversión no sólo comprende un arrepentimiento sólido y muy sincero, sino además, un cambio rotundo en el modo de relacionarnos con las cosas y especialmente con las personas. En estos Domingos previos venimos viendo la importancia de replantear nuestras relaciones con las cosas, especialmente cuando las cosas nos encadenan y tienden a ganar una importancia exagerada, desmedida y a convertirse en “ídolos”. También nuestra relación con las personas (particularmente como lo decíamos el Domingo anterior, el XXIII) con la familia, pueden convertirse en un impedimento, en una traba para tener una relación profundamente personal con Dios. En la parábola del “Hijo pródigo” se echa de notar que este joven ve en su Padre, no la persona amorosa que lo ama, sino el dispensador de dinero, bienes y provisiones (cosa que hoy día suele suceder y que denominaremos “ver al papá como un cajero automático”. Descubrimos el gran valor que tuvo el “despilfarro” de sus bienes por parte del hijo menor, cuando ya no le quedaba nada, tuvo que “darse cuenta” por fin del verdadero significado del Padre. Podemos decir que la “conversión” consiste en una “re-significación que revalúa”.


No falta quien haga un cálculo de inversión-ganancia para evaluar la “perdida”: ¿se justificaba que el joven malbaratara toda su herencia para que dejara de ver al Padre cosificadamente como si su papá tuviera el rostro de un billete? Pero el amor no tiene tablas contables de inversión ganancia, tampoco la economía salvífica sopesa a doble columna cuánto se invierte para “salvarnos”. Lo que hemos constatado es que Dios en la Persona de Jesús lo “apostó” todo, absolutamente todo por nosotros, hasta la última gota de su Sangre. El slogan de la economía de la salvación es este: μείζονα ταύτης ἀγάπην οὐδεὶς ἔχει, ἵνα τις τὴν ψυχὴν αὐτοῦ θῇ ὑπὲρ τῶν φίλων αὐτοῦ. “No hay amor más grande que el de dar la vida por un amigo” Jn 15, 13.


El ciego recién curado también veía a las personas como cosas, le parecían que eran árboles Mc 8, 24b. y Jesús le puso las manos nuevamente sobre los ojos  y quedó completamente sano. Este “hijo menor” ha necesitado de este toque sanador, perderlo todo, pasar hambre, tener envidia de los cerdos y no poder probar las bellotas con las que los alimentaban, subrayamos siempre que para un judío la peor suerte es la de tener que cuidar cerdos, un “animal inmundo”. Diríamos que este joven “tuvo que tocar fondo” para des-cosificar su relación con el Padre.

En general son muchos los casos en que no alcanzamos a ver a la persona y sólo alcanzamos a ver una cosa que es la mediación con ella. Ver a los otros con los mismos ojos con los que nos ve Dios significa sanar nuestra mirada y ser capaces de ver al ser humano que está detrás, que es lo verdaderamente valioso, que es nuestro hermano, un hijo de Dios como nosotros (y no nos cansamos de insistir en este punto porque es un punto nodal de nuestra fe).

Amor desproporcionado
Cuando miro mis manos, sé que me han sido dadas para que las extienda a todo aquel que sufre, para que las apoye sobre los hombros de todo el que se acerque y para ofrecer la bendición que surge del inmenso amor de Dios.
Henri J.M Nouwen

Todo el Evangelio nos muestra que Dios nos ama más allá de la lógica humana, nos ama con su Lógica Divina. Y nosotros ¡No la alcanzamos a entender! En un intento ingenuo vamos a tratar un asomo de referencia diciendo lo que no es: Hemos visto algún niño que creaba una figurita en plastilina y después la destripaba despiadadamente con las mismas manitas con las que la había fabricado. ¡Ese no es el Padre Celestial! Dios nos crea e inmediatamente nos ama, es más, antes de crearnos ya nos amaba y, si nos ve amenazados por algún riesgo, no vacila en dejar solas las 99 ovejas que “están a salvo” e ir corriendo a rescatarnos. Nos cuida y nos quiere más que lo que  la mujer que atesoraba 10 monedas de plata, cada uno de nosotros le es millones de veces más precioso.


Ahora, si hay uno al borde del abismo y lo logra rescatar, hace fiesta ¡óigase bien! FIESTA, y no vacila en hacernos matar “el ternero cebado” y nos recibe con manto nuevo y anillo al dedo y sandalias. Pero otro detalle, no somos figuritas de plastilina para Él, nuestro creador no es un niño caprichoso que hace y deshace según la volubilidad de su talante. ¡No! Nos creó y luego, nos dotó de dignidad y libre albedrío. Si queremos nuestra parte, y si escogemos marcharnos a un país lejano, no por eso nos deja de amar; observemos que: ἔτι δὲ αὐτοῦ μακρὰν ἀπέχοντος εἶδεν αὐτὸν ὁ πατὴρ αὐτοῦ καὶ ἐσπλαγχνίσθη, καὶ δραμὼν ἐπέπεσεν ἐπὶ τὸν τράχηλον αὐτοῦ καὶ κατεφίλησεν αὐτόν. “Estaba todavía lejos cuando su Padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos.” Lc 15, 20b. Este verbo σπλαγχνίζομαι ha venido a cobrar una enorme importancia dentro de la teología, porque representa el amor ágape de Dios, su Amor Misericordioso, no un sentir frio, despersonalizado, sino un “sentir” maternal, como nos lo ha explicado otro gran teólogo remitiéndose a la palabra hebrea que da sentido a la palabra “Misericordia”, un sentir que nace de las entrañas, del mismo útero. Así nos ama Dios: Tiernamente, con sus entrañas, por más pecadores que seamos, mejor dicho, precisamente por pecadores, porque nos ve al borde del abismo y si logra llegar a nosotros antes que caigamos, ¡HACE FIESTA!



domingo, 8 de septiembre de 2019

FIDELIDAD Y SENSATEZ


Sab 9, 13-18; Sal 89, 3-4. 5-6. 12-13. 14 y 17; Fil 9b-10. 12-17; Lc 14, 25-33

Enséñanos lo que valen nuestros días,
para que adquiramos un corazón sensato.
Sal 89, 12

¡Camina en Cristo y canta con alegría!...,
pues el que te mandó que le siguieses...,
va delante de ti... El resucitó primero...,
para que tuviésemos un motivo para esperar...
San Agustín de Hipona

Aquí donde dice “corazón sensato” encontramos la expresión לְבַ֣ב חָכְמָֽה algo así como “dispuesto para Ti, un corazón sabio”, la expresión “sensato”, tal vez quedaría mejor traducida por “sabio”. También se podría traducir por “juicioso” o por “maduro”. En fin, estamos rondando en torno a la sabiduría que conduce hacia Dios.

La fragilidad humana, de la que renegamos con frecuencia, es un referente de nuestro ser y de nuestra realidad. Nos permite justipreciar lo que somos, nuestras limitaciones, la inestabilidad de nuestro estado, y –en consecuencia- aquilatar el valor del tiempo y de la vida; nos permite ponernos frente a Dios, nuestro Señor, y saber en qué nivel estamos. Es tal el valor de nuestra debilidad que ella nos conduce por caminos de sabiduría. ¡No la desdeñemos!

Pero esa sabiduría sería de dar risa si no la aplicamos en la elección de nuestras metas, en las decisiones que hacemos, en los compromisos que contraemos. Conocer nuestra condición nos da la posibilidad de medir –como dice Jesús en su enseñanza- si voy a “construir una torre”, primero calcularé su costo. Así, cualquier empresa que vayamos a acometer deberá tomar como referente las flaquezas que nos pueden detener.


Tal vez hay quienes –en aras de mantener la pintura de fondo totalmente rosa- opinen que el gozo será mayor si vivo de espaldas a mi realidad. Pero entonces perderemos la perspectiva. Muy cierto es que pesa sobre nosotros un deber de “optimismo”, que no podemos desde el día de nuestro nacimiento vivir contando con nuestra muerte para el día siguiente, que nuestro enfoque no puede ser el desespero de la sinrazón en la que muchos han caído y caen (pretendidos filósofos que se tumban pesadamente sobre su muy oscura melancolía, pensando que, si hemos de morir nada vale la pena. Frente a ese nihilismo trágico la mirada cristina –dicha en palabras de José Luis Martín Descalzo: “Cristo jamás vio a la humanidad como una suma de mal irremediable, tuvo siempre la total seguridad de que valía la pena luchar por el hombre y morir por él”). Otra panorámica –esa es la mirada sabia- reconoce el Don maravilloso de la vida y ¡la disfruta mientras dura!

¿Cómo –preguntan los pesimistas redomados- se puede disfrutar de la vida si ella está tachonada de dolores, enfermedades, separaciones, tristezas y otro sin fin de pesares? Y la respuesta es casi obvia, mirando la otra mitad del vaso (la mitad que está llena), y no ahogándose en el medio vaso que está vacío.

Jesús llena el vaso proponiendo una finalidad y un sentido para la existencia: ¡Seguirlo! Y, aquí cabe con la mayor propiedad recordar que Jesús, que se hizo hombre ¡es Dios!

Por eso hay que seguirlo. Ese “discipulado” también requiere un cálculo de costos, amerita un “presupuesto” seriamente planeado, no porque la obra acometida no valga la pena, no porque el seguimiento pueda estar equivocado, ¿cómo podría ser vano ir tras lo Trascendente? No hay posibilidad de equivocarse si se sigue a Dios; el riesgo está de la parte del discípulo: ¿Podrá el discípulo desatarse de los “apegos” mundanos para vivir su ser en plenitud de Eternidad? ¿Somos capaces de desligarnos de las ataduras que -dicho sea de paso- nos hemos anudado nosotros mismos?

Si comparáramos la vida con un tour, más o menos la metáfora nos llevaría a preguntarnos si ¿nuestra fe es la suficiente para alcanzar a comprar todos los tiquetes de los trenes que tendremos que trasbordar, para ir de ciudad en ciudad hasta alcanzar el feliz término? El fondo del que se dispone para comprar “pasajes”, el peculio que financia nuestra travesía no es oro, ni es plata; ese fondo es la fe.

No vamos a ocultar que la fe tiene un componente de solidez que –para efectos de este análisis vamos a denominar- madurez de la fe. Quizás con un pensamiento pueril nuestro “presupuesto” calcule que bastan dos moneditas para pagar todos los tiquetes que mi travesía requerirá y ¡nos engañamos si pensamos así! Jesús al enseñarnos no vacila en colocar un precio estimado para que podamos intuir lo que podría llegar a costar este viaje “al rededor del mundo”, y pone en el “cartel” este estimativo: Él pone allí la palabra CRUZ.


Puesto los ojos en la CRUZ, (mirando al que Traspasaron) alcanzo a ver –sin engañarme- que la CRUZ es el Trono de su Grandeza. No que la CRUZ sea un mueble acolchado de muelle espuma forrada en terciopelo. ¡Para nada! No queremos envolver la CRUZ en un baño de almíbar; sino mantener la claridad y sopesar la realidad de la CRUZ. La cruz no es muerte y sólo muerte, la CRUZ siempre es muerte y Resurrección. ¡La cruz es esa fantástica dialéctica de la Vida Eterna! Y -por lo mismo- para asumirla y poderla vivir requiere la madurez de la fe.

¡Sí!, atrevámonos a decirlo con todas las letras: sí tu fe ha de quebrarse ante los tropiezos y dificultades, entonces –¡óigase bien! es mejor que no acometas la construcción de la torre. Sigue muelle y holgazanamente apoltronado en “tus bienes” temporales porque no te alcanza tu “tesoro” para darle “la vuelta al mundo”; es cierto, sólo te alcanza para “entretenerte”, quizá para un algodón de azúcar aquí y un merengue allá. Pero –tampoco se puede soslayar y mal haríamos en ocultártelo -habrá cuartos de hora de sinsabor y cuartos de hora de amargura- aun cuando no inicies la travesía y optes por quedarte engolosinado en la “estación”, (porque hay quienes se empecinan en quedarse en el puerto sin jamás zarpar). De todas maneras, el Don de la vida terrena es provisorio y tendrá su término.

Pero el “seguimiento” discipular (que no es exclusividad de quienes han optado por la “vida consagrada”) es garantía de Trascendencia, esa sí que es ¡Vida Eterna! Repitámoslo a riesgo de sonar machacones, requiere de una fe madura. Madurez en este caso quiere decir una fe acrisolada, sometida al temple de los “tragos amargos”. Ante ellos Dios nos responde siempre: “Aguanta un poco más, todavía no es tiempo”

Permítannos, contar aquí la historia de “la tacita”, para tratar de mejor explicar en qué consiste la fe madura:

«Se cuenta que alguna vez, en Inglaterra, existía una pareja que gustaba de visitar las pequeñas tiendas del centro de Londres. Una de sus favoritas era donde vendían antigüedades; en una de sus visitas encontró una hermosa tacita. ¿Me permite ver esa taza?, pregunto la Señora, ¡nunca he visto nada tan fino!

En cuanto tuvo en sus manos la taza, esta empezó a hablar:

– “¡Usted no entiende!, yo no siempre he sido esta taza que usted está sosteniendo. Hace mucho tiempo yo era solo un montón de barro sin forma. Mi Creador me tomo entre sus manos y me golpeo y me amoldo cariñosamente. Llegó un momento en que me desespere y le grite: Por favor, ya déjame en paz. Pero solo me sonrió y me dijo: Aguanta un poco más, todavía no es tiempo”.

Después me puso en un horno. Yo nunca había sentido tanto calor. Me pregunté por qué mi Creador querría quemarme, así que toque la puerta del horno; a través de la ventana del horno pude leer los labios de mi creador que me decía: aguanta un poco más, todavía no es tiempo.

Finalmente mi Creador me tomo y me puso en una repisa para que me enfriara. Así está mucho mejor, me dije a mi misma; pero apenas y me había refrescado cuando ya me estaba cepillando y pintándome. El olor de la pintura era horrible. Sentía que me ahogaba. Por favor detente gritaba yo, pero mi Creador solo movía la cabeza haciendo un gesto negativo y decía: aguanta un poco más, todavía no es tiempo.

Al fin dejo de pintarme, pero esta vez me tomó y me metió nuevamente a otro horno. No era un horno como el primero, sino que era mucho más caliente. Ahora si estaba segura que me sofocaría, le rogué y le implore que me sacara, grite, llore, pero mi Creador solo me miraba diciendo: aguanta un poco más, todavía no es tiempo.

Después de una hora de haber salido del segundo horno, me dio un espejo y me dijo: Mírate, esta eres tú. Yo no podía creerlo, esa no podía ser yo, lo que veía era realmente hermoso. Mi Creador nuevamente me dijo: Yo sé que te dolió haber sido golpeada y amoldada por mis manos, pero si te hubiera dejado como estabas, te hubieras secado.

Sé que te causo mucho calor y dolor, se también que los gases de la pintura te causaron mucha molestia, pero de no haberte pintado tu vida no tendría color. Y si yo no te hubiera puesto en el segundo horno, no hubieras sobrevivido mucho tiempo, porque tu dureza no habría sido lo suficiente para que subsistieras.

Ahora eres un producto terminado, eres lo que tenía en mente cuando te comencé a formar!”.

Igual pasa con Dios, Él sabe lo que está haciendo en cada uno de nosotros y no nos va a tentar ni a obligar a que vivamos algo que no podemos soportar. Él es el artesano y nosotros somos el barro con el cual Él trabaja. Él nos amolda y nos da forma para que lleguemos a ser una pieza perfecta y podamos cumplir con su voluntad.»


Para sobrellevar la Cruz podemos –pero con fe madura- orar como en Proverbios 30, 7-9:
Dios mío,/antes de mi muerte/concédeme sólo dos cosas;/¡no me las niegues!/Mantenme alejado de la mentira,/y no me hagas pobre ni rico;/ ¡aléjame de toda falsedad/y dame sólo el pan de cada día!/Porque si llego a ser rico/tal vez me olvide de Ti/y hasta me atreva a decir/que no te conozco./Y si vivo en la pobreza,/puedo llegar a robar/y así ponerte en vergüenza//.

Ya para concluir queremos subrayar que no son cuatro Evangelios, no hay sino Un Evangelio. Evangelio significa Buena Noticia y la Única Buena Noticia para alcanzar la Vida Eterna es Jesucristo. ¡A Él vale seguirlo!