sábado, 2 de enero de 2021

REINADO NO IMPUESTO SINO AMABLE

 



Is 60, 1-6; Sal 72(71), 1-2.7-8.10b-13; Ef 3, 2-6; Mt 2, 1-12

 

La Revelación es esta: que ustedes,  los gentiles, aceptando el Evangelio, participan en Cristo Jesús de la misma herencia, del mismo cuerpo y de las mismas promesas que el pueblo de Israel.

Ef 3, 6

 

Los filósofos han encargado a la palabra “epifanía” la tarea de significar la comprensión de lo esencial, según ellos, no se trata de cualquier clase de comprensión, sino, de la comprensión de un saber “clave”, que permite –a su vez- comprender muchas otras cosas. Es, por así decirlo, como la luz que permite ver con claridad todo lo demás, revelando su presencia y existencia: ק֥וּמִי  אֹ֖ורִי  כִּ֣י  בָ֣א  אֹורֵ֑ךְ  וּכְבֹ֥וד  יְהוָ֖ה  עָלַ֥יִךְ  זָרָֽח׃ “ha llegado la Luz, y la Gloria de Dios alborea sobre ti” (Is 60, 1)

 

“Ya llega la Luz” dice Isaías

Acerca de la Estrella de Belén nos encontramos con el siguiente comentario: «…lo que Mateo pretende decirnos es que Jesús, una vez nacido en Belén como un niño judío y para salvar a los judíos, quiso brindar también al paganismo, ya desde la cuna, la posibilidad de un encuentro, para lo cual envía la luz de la fe (estrella), cuya misión es guiar a los gentiles (magos) hasta el lugar donde se encuentra el Salvador (Jesús).»[1] Así nos vemos obsequiados por una serie de manifestaciones de la bondad de Dios para con la humanidad. Es su entrega progresiva, en el Nacimiento que celebramos el 25 de Diciembre ya estamos ante una Manifestación, la de Dios que se hace hombre, pero allí, los destinatarios de esa experiencia son los pastores. En cambio, en esta oportunidad se dirige a los paganos, los no judíos, son ellos los que reciben la “manifestación” en la “Epifanía”, y –en este caso- los Reyes Magos personifican las culturas y los pueblos no judíos, para quienes Dios–Encarnado ha venido también. Estos círculos concéntricos se hacen cada vez más amplios expresando la catolicidad de la revelación de Dios a los hombres, así vendrá luego la revelación a Juan Bautista durante el bautismo de Jesús, que nosotros -este año- celebraremos el próximo Domingo 10 de Enero. Con esa Fiesta concluye el Tiempo de Navidad y, a partir de ese lunes se iniciará le Primera Semana del Tiempo Ordinario (B). Más adelante, en Caná, el “Signo” del agua hecha vino, como “manifestación” para los que habrían de ser sus testigos-discípulos, también esta es una Epifanía. Esta cuarta “Epifanía” comienza a desarrollarse en la “mostración” que hace Juan el bautista a dos de sus discípulos, señalándoselo como el “Cordero de Dios”, que será el tema del evangelio del siguiente Domingo, el Segundo del Tiempo Ordinario, que este año, cae 17 de Enero.

 


Dos maneras bien diversas de afrontar la venida del Mesías.

La primera, la extremadamente negativa, es la de Herodes. Él se siente amenazado, sabe que el Mesías es el Rey legítimo y, que a su lado, él no es más que un usurpador, un lacayo al servicio del Imperio (en ese caso del romano). Es casi risible pensar hasta donde lo llega a inquietar, a conmocionar, a perturbar la noticia del nacimiento del Rey de los judíos, se trata de un niño de tierna edad, pero Herodes es devorado por escalofríos, y ese malestar, esa preocupación por la llegada del Anunciado se apodera del sequito herodiano, sus sumos-sacerdotes-asesores y los maestros de la ley, dice San Mateo que se inquietó también “Jerusalén”, muy seguramente no al pueblo raso –que lo aguardaba con esperanza- sino la casta de los gobernantes, el Sanedrín y toda su ralea.

 

Sin interponer ninguna reflexión, la decisión es automática, trata de ubicarlo para matarlo. Ya desde este momento Jesús se ve perseguido y es blanco de un complot de muerte. Procura –como lo vemos en el relato evangélico-  usar a los magos para su espionaje y engañarlos para obtener la información que urgían sus determinaciones asesinas.

 


Cuantos de nosotros nos sentimos igualmente amenazados por Jesús. Porque Él nos pone en evidencia, nos emplaza en nuestras conductas, en nuestra rectitud, en nuestra justicia. Jesús nos pone cara a cara con nuestra conciencia y eso nos incomoda. Él enseñaba con autoridad y nosotros nos oponemos a su autoridad cuando ella va a contracorriente respecto de nuestro querer-hacer según nuestro parecer, a nuestras anchas, pasando por encima de la Ley de Dios. Dios se ha humanado para manifestar la Voluntad de Dios (Epifanía), en la Epifanía Jesús se nos da a conocer como Dios encarnado para todos los pueblos, y por tanto, Dios nuestro, que no excluye a nadie, que no hace acepción de persona.

 

Y el que se siente amenazado prefiere matar para estar “tranquilo” y no tener que preocuparse que venga el “Verdadero Rey” a reclamar el trono. Cuando el filósofo proclama la muerte de Dios no acierta a reconocer que en su aserto sólo anida un afán criminal. Estas “vías rápidas” son las propias de la raza de Caín.

 

En las antípodas encontramos a los “Reyes Magos”, ellos han visto la estrella, la señal de su Llegada y se aferran a seguirla. ¡Qué ejemplo! Ellos son por antonomasia, los “buscadores”. No les importa para nada la distancia que haya que recorrer o las incomodidades que deban pasar. Ellos encarnan el “discipulado” porque ser discípulo es seguir con esa fidelidad y tesón que ellos no dudaron en poner. Siguen el rastro de la estrella con empeño y sin desfallecer, van preguntando por el camino, se informan, buscan, vienen decididos a “adorarlo” y le traen presentes. Y su empeño no se ve defraudado por Dios que los asiste nuevamente con la “estrella” para que los siga guiando. Así son conducidos hasta la mismísima casa de Jesús, porque “el que busca encuentra” como nos dice Mt 7, 8b.

 

La epifanía es para levantar nuestra consciencia

Esta epifanía tuvo como objetivo hacernos saber que Dios no era monopolio del pueblo judío, ni propiedad exclusiva de alguna raza o grupo humano. Pero contiene una profunda enseñanza práctica para nosotros: una vez hallemos la pista, tenemos que ponernos a seguirla y consagrarnos a ello sin desistir, ¡fuera todo desfallecimiento! Hay que pasar por sobre todo obstáculo que se nos pueda presentar. Dios se “manifiesta” no simplemente para mostrarse estando con nosotros,  sino que su intención salvífica es que participemos en la consagración de un pueblo que Él se escogió para sí, pueblo universal, sin exclusiones, en el que se desarrollará su Soberanía, construyendo su Reino: «No hay sombra, por más densa que sea, que pueda oscurecer  la luz de Cristo. Por eso, los que creen en Cristo mantienen siempre la esperanza,  también hoy, ante la gran crisis social y económica que aflige a la humanidad; ante  el odio y la violencia destructora que no dejan de ensangrentar a muchas regiones de la tierra; ante el egoísmo y la pretensión del hombre de erigirse como dios de sí mismo, que a veces lleva a peligrosas alteraciones del plan divino sobre la vida y la  dignidad del ser humano, sobre la familia y la armonía de la creación.  Como advertí ya en la encíclica Spe salvi, nuestro esfuerzo por liberar la vida  humana y el mundo de los envenenamientos y de las contaminaciones que podrían  destruir el presente y el futuro, conserva su valor y su sentido aunque  aparentemente no tengamos éxito o parezcamos impotentes ante el empuje de  fuerzas hostiles, porque "lo que nos da ánimos y orienta nuestra actividad, tanto en  los momentos buenos como en los malos, es la gran esperanza fundada en las  promesas de Dios"»[2]. «…que la realidad desnuda de la pobreza actual se levante en la conciencia de todo hombre y de toda organización para que los corazones de los hombres y los poderes de las naciones reconozcan su responsabilidad moral y se entreguen a una acción eficaz para llevar el pan a todas las bocas, refugio a todas las familias y dignidad y respeto a toda persona en el mundo de hoy.»[3]



Queremos concluir esta reflexión –mirando hacia la conexión que rige la construcción del Reino con la Epifanía-  insertando la Oración cristiana ecuménica, misma con la que Papa Francisco cierra su Fratelli Tutti:

Dios nuestro, Trinidad de amor,
desde la fuerza comunitaria de tu intimidad divina
derrama en nosotros el río del amor fraterno.
Danos ese amor que se reflejaba en los gestos de Jesús,
en su familia de Nazaret y en la primera comunidad cristiana.

Concede a los cristianos que vivamos el Evangelio
y podamos reconocer a Cristo en cada ser humano,
para verlo crucificado en las angustias de los abandonados y olvidados de este mundo
y resucitado en cada hermano que se levanta.

Ven, Espíritu Santo, muéstranos tu hermosura
reflejada en todos los pueblos de la tierra,
para descubrir que todos son importantes,
que todos son necesarios
, que son rostros diferentes
de la misma humanidad que amas. Amén.

 



[1] Álvarez Valdés, Ariel. ¿QUÉ SABEMOS DE LA BIBLIA? (I) Ed. Centro Carismático “Minuto de Dios” Bogotá- Colombia. p. 47

[2] HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Basílica de San Pedro 6 de enero de 2009

[3] Vallés, Carlos G. sj. BUSCO TU ROSTRO ORAR LOS SALMOS Ed. Sal térrea Santander 1989. p. 135

viernes, 1 de enero de 2021

EL MOLDE VIVIENTE DE DIOS Y LA PAZ

 



REGÍNA PACIS



 

La No-Violencia: un estilo de política para la paz.

Papa Francisco

 

Proponte como modelo a la Virgen, cuya pureza fue tal, que mereció ser Madre de Dios.

San Jerónimo

 

Con qué manera tan fantástica nos ha enriquecido la Iglesia al proponernos para iniciar el año civil, la celebración de la Solemnidad de este Dogma a, un mismo tiempo, con la celebración de la Jornada Mundial de la Paz, esta vez en su Quincuagésima cuarta versión. María y la Paz quedan, de esta manera, puestas lado a lado.

 

San Agustín nos proporciona un enfoque de María que nos allega con luminoso esplendor a la Madre de Dios, dice él que: «María fue tan sumisa a la voluntad divina, que por la blandura con que se dejó modelar es llamada “forma Dei: molde de Dios”» La arquitectura de la Paz está estrechamente vinculada a la docilidad activa y participativa para edificarla. En el numeral 225 de la Fratelli Tutti, dice Papa Francisco: «… hacen falta caminos de paz que lleven a cicatrizar las heridas, se necesitan artesanos de paz dispuestos a generar procesos de sanación y de reencuentro con ingenio y audacia»[1]. Retomando esta idea concluye su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2021: «La cultura del cuidado, como compromiso común, solidario y participativo para proteger y promover la dignidad y el bien de todos, como una disposición al cuidado, a la atención, a la compasión, a la reconciliación y a la recuperación, al respeto y a la aceptación mutuos, es un camino privilegiado para construir la paz. “En muchos lugares del mundo hacen falta caminos de paz que lleven a cicatrizar las heridas, se necesitan artesanos de paz dispuestos a generar procesos de sanación y de reencuentro con ingenio y audacia”. En este tiempo, en el que la barca de la humanidad, sacudida por la tempestad de la crisis, avanza con dificultad en busca de un horizonte más tranquilo y sereno, el timón de la dignidad de la persona humana y la “brújula” de los principios sociales fundamentales pueden permitirnos navegar con un rumbo seguro y común. Como cristianos, fijemos nuestra mirada en la Virgen María, Estrella del Mar y Madre de la Esperanza. Trabajemos todos juntos para avanzar hacia un nuevo horizonte de amor y paz, de fraternidad y solidaridad, de apoyo mutuo y acogida. No cedamos a la tentación de desinteresarnos de los demás, especialmente de los más débiles; no nos acostumbremos a desviar la mirada, sino comprometámonos cada día concretamente para “formar una comunidad compuesta de hermanos que se acogen recíprocamente y se preocupan los unos de los otros”»[2] (Vaya nuestra invitación para leer el mensaje en su totalidad, especialmente porque en él el Papa nos ofrece –en el numeral 6- “Los principios de la doctrina social de la Iglesia como fundamento de la cultura del cuidado” y, en el numeral 8, cuatro pautas muy concretas para educar a la cultura del cuidado).

 


Cuando nosotros hablamos así, diciendo y llamándola Madre de Dios «esa expresión está reclamando nuestro estupor, incluso cierta resistencia, cierto escándalo», nos invitaba a reconocerlo José María Cabodevilla. No se puede tratar de algo que simplemente pronunciamos como una fórmula nominativa, es algo que decimos apelando a nuestra inteligencia, en un férreo maridaje entre fe y razón; tenemos que entender que el ser humano no podría engendrar a Dios, pero Dios si puede engendrar-encarnar su Divinidad. ¡Dios pudo, Dios quiso, Dios lo hizo, alabado sea el Nombre de Dios! para glosar la celebérrima frase de Duns Scoto, (beatificado por Juan Pablo II en 1993): “Potuit, decuit, ergo fecit” (Podía, convenía, luego lo hizo).

 

La maternidad de Dios por parte de María, a quien desde la remota antigüedad, en los albores del primer milenio de la Iglesia, así en la católica como en la ortodoxa, ya se la llamaba –en griego- Theotokos, es decir, la que lleva en su Vientre a Dios. Sabemos que Jesús es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, pues bien, si Jesús es Dios y María Santísima es su Madre, como lo confesó el Concilio de Éfeso, en el 431 de nuestra era, aseverando que sería anatema quien negase que María es Madre de Dios pues lo dio a luz, en el orden de la carne. ¿Qué más se requiere clarificar? Saludemos a la Virgen, desde el fondo de nuestro propio corazón, con las mismas palabras que usaba San Francisco de Asís: ¡Dios os salve, María, Madre de Dios. En Vos está y estuvo todo la plenitud de la gracia y todo bien!

 


Hay más, el Concilio de Éfeso insistía en esta manera de hablar porque así se unificaba la doble naturaleza de Jesús que es tanto humana como Divina, unidas en una única Persona. La Virgen, Santa Madre de Dios, articula el Cielo y la tierra integrando lo que es del hombre y lo que es de Dios; al decir del Sacerdote Jesuita Gustave Weigel: “Los Padres de la Iglesia primitiva, con mucha razón llamaron a María el “cuello” del Cuerpo Místico de Cristo. La conexión de la humanidad con Cristo se verifica por María, que “profundiza la visión divina”. El Evangelio nos retrata esa Madre Santísima que “atesoraba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2, 19).

 

No se reduce a pronunciar en continuidad las dos ideas: Madre de Dios y paz: «La paz es un desafío al prurito que hay en nosotros de ser más guapos y más fuertes, de sobresalir; es un desafío a este hormigueo de las manos y del corazón, que quisiera acabar, rápido e inmediatamente, con quien piensa distinto de nosotros.»[3] En el numeral 233 de la Fratelli Tutti encontramos: «La paz “no sólo es ausencia de guerra sino el compromiso incansable —especialmente de aquellos que ocupamos un cargo de más amplia responsabilidad— de reconocer, garantizar y reconstruir concretamente la dignidad tantas veces olvidada o ignorada de hermanos nuestros, para que puedan sentirse los principales protagonistas del destino de su nación”»[4].

 


El corazón entra en acción para conducirnos por la coherencia del compromiso de una triple manera, y es que: 1) el corazón «…no sólo es la sede de los sentimientos, sino también el lugar profundo en donde nuestra persona toma consciencia de sí misma, reflexiona sobre los acontecimientos, medita sobre el sentido de la realidad, asume actitudes responsables hacia los hechos de la vida y hacia el mismo misterio de Dios. 2) La importancia decisiva del corazón respecto de la salvación… Jesús está presente en la historia como salvador, como redentor, como liberador., Pero la acción divina de la salvación se vuelve realmente eficaz en la historia humana sólo pasando a través de nuestros corazones, que gracias al Espíritu Santo se convierten en corazones nuevos, animados por el amor filial hacia Dios. 3) Finalmente, …la particular plenitud de vida que el corazón encuentra en sí mismo cuando, por así decirlo, sale de sí y encuentra la novedad absoluta del Amor de Dios que se dona a nosotros en Jesús.»[5] Permitimos a Dios actuar eficazmente por medio de nosotros, que es la actitud característica de María quien se consagró respondiendo al Arcángel San Gabriel “Hágase en mí”. Puede que simulemos no tener ninguna evidencia de Dios en nuestra vida; pero no es que Dios no esté, que nos haya olvidado, que esté distraído; más bien es que no somos capaces de descubrirlo (o que hacemos la “vista gorda”); y, si no nos damos cuenta de su Ser-a-nuestro-lado, de que Él es el Emmanuel, entonces no podemos actuar con Él, no podemos cooperar con Dios y estaremos de espaldas a su Proyecto de Luz y de Vida, sin que su acción pueda pasar a través de nuestros corazones. A veces se ha dicho que Jesús es el Sol y María, sencillamente es la luna que refleja su luz, así nosotros también estamos llamados a cumplir la función refleja.

 

El Proyecto de Dios que es su Reino, recurre y requiere de nuestra competencia y nuestro compromiso con Él. ¿Cómo entramos nosotros en la Biblia?, ¿Estamos –acaso- ajenos al proyecto salvífico?, ¿O la Biblia es solo un manual de instrucciones? ¡Pues no! En la Biblia nosotros sí figuramos porque somos los “pastores” con la misma misión de los pastores. Esos que hoy se apuran a llegar a ver el  “signo” (Lc 2, 12), somos nosotros los llamados y convidados a ir a ver al Niño en el Pesebre, y tenemos la opción de “ir corriendo” (Lc 2, 16), y dar testimonio de Él explicando lo que los Ángeles han revelado sobre ese “signo”. Él es el signo de la Paz. Vamos visualizando algo mejor el correlato entre Madre de Dios y Paz. Jesús es la Paz, o mejor, es Él el Enviado a traer la Paz. Los Ángeles así lo cantan: “Gloria a Dios en el Cielo y en la tierra Paz…”(Lc 2, 14ab). Esta afirmación angelical la confrontaremos con la del Evangelista: “La Paz les dejo, mi Paz les doy. La Paz que yo les doy no es como la que da el mundo…”(Jn 14, 27abc). Y, ¿cuál es la Paz que da el mundo en el contexto del Jesús histórico? ¡La de Cesar Augusto! «En efecto, Augusto “ha establecido durante 250 años la paz, la seguridad jurídica y un bienestar, que hoy muchos países del antiguo Imperio romano todavía sólo pueden soñar”»[6] Nos abocamos a un contrapunto entre estas dos versiones de la Paz. «En todo esto debían pensar los lectores u oyentes antiguos (y Lucas tenía esta intención) cuando oían hablar del nacimiento del “salvador” e inmediatamente oían el canto de los coros celestiales cuya palabra central era la paz, núcleo de la propaganda de Augusto. Pero la paz que aquí se anuncia no es la Pax Augusta. Es una paz que en los ángeles ocupa el segundo lugar, porque el primero lo ocupa Dios mismo: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace” (Lc 2,14). Esta paz no la aporta un político, ni siquiera Augusto, sino aquel salvador divino que ha nacido como hijo de gente sencilla en un establo en Belén. Esta paz, la Pax Christi, no se opone necesariamente a la Pax Augusta, pero es independiente de ella y la supera, como el cielo supera la tierra… Quedan los pastores, que primero se asustan y acaban diciendo: vamos a verlo y comprobarlo (Lc 2, 15). Luego comunican lo que han oído y al final alaban a Dios, una vez que el mensaje celestial se ha demostrado como auténtico (Lc 2, 17.20). Estos pastores son la imagen de una comunidad cristiana (así lo entendió Ambrosio). Y finalmente está María, de la que sólo se dice que “guardaba estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2,19). Lo que aquí se dice de María el evangelista espera que se diga de cada cristiano. Los padres de la iglesia veían también en la Madre de Dios un modelo para todos los cristianos. Pues todo cristiano –y toda la iglesia– está llamado, desde el útero del corazón (K. Rahner), a dar a luz a Cristo de manera que cobre forma en la propia vida (Ga 4, 19).»[7]

 

Retomemos de la Fratelli Tutti, en el numeral 228, donde se nos propone una verdadera clave tanto de la arquitectura como de la artesanía de la Paz: «Es necesario tratar de identificar bien los problemas que atraviesa una sociedad para aceptar que existen diferentes maneras de mirar las dificultades y de resolverlas. El camino hacia una mejor convivencia implica siempre reconocer la posibilidad de que el otro aporte una perspectiva legítima, al menos en parte, algo que pueda ser rescatado, aun cuando se haya equivocado o haya actuado mal. Porque «nunca se debe encasillar al otro por lo que pudo decir o hacer, sino que debe ser considerado por la promesa que lleva dentro de él», promesa que deja siempre un resquicio de esperanza»[8].

 


Actualizando la urgencia de una cultura del cuidado en la vida de los seguidores de Jesús, Papa Francisco, en el numeral 5 del Mensaje para la 54ª Jornada Mundial por la Paz se refiere a las primeras páginas de la historia de la Iglesia: «Las obras de misericordia espirituales y corporales constituyen el núcleo del servicio de caridad de la Iglesia primitiva. Los cristianos de la primera generación compartían lo que tenían para que nadie entre ellos pasara necesidad (cf. Hch 4,34-35) y se esforzaban por hacer de la comunidad un hogar acogedor, abierto a todas las situaciones humanas, listo para hacerse cargo de los más frágiles. Así, se hizo costumbre realizar ofrendas voluntarias para dar de comer a los pobres, enterrar a los muertos y sustentar a los huérfanos, a los ancianos y a las víctimas de desastres, como los náufragos. Y cuando, en períodos posteriores, la generosidad de los cristianos perdió un poco de dinamismo, algunos Padres de la Iglesia insistieron en que la propiedad es querida por Dios para el bien común. Ambrosio sostenía que “la naturaleza ha vertido todas las cosas para el bien común. [...] Por lo tanto, la naturaleza ha producido un derecho común para todos, pero la codicia lo ha convertido en un derecho para unos pocos”. Habiendo superado las persecuciones de los primeros siglos, la Iglesia aprovechó la libertad para inspirar a la sociedad y su cultura. “Las necesidades de la época exigían nuevos compromisos al servicio de la caridad cristiana. Las crónicas de la historia reportan innumerables ejemplos de obras de misericordia. De esos esfuerzos concertados han surgido numerosas instituciones para el alivio de todas las necesidades humanas: hospitales, hospicios para los pobres, orfanatos, hogares para niños, refugios para peregrinos, entre otras” [9]»[10]

  



[1] Papa Francisco. FRATELLI TUTTI. Inst. San Pablo Apóstol. pp. 132.

[2] Papa Francisco. MENSAJE PARA LA 54 JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ, 1º DE ENERO DE 2021. #9

[3] Martini, Carlos María. POR LOS CAMINOS DEL SEÑOR. MEDITACIONES PARA CADA DÍA. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá-Colombia. 1995 pp. 16-17

[4] Papa Francisco. FRATELLI TUTTI. pp. 137-138 Citado de  DISCURSO A LAS AUTORIDADES, LA SOCIEDAD CIVIL Y EL CUERPO DIPLOMÁTICO, Maputo – Mozambique (5 septiembre 2019): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (13 septiembre 2019), p. 2.

[5] Martini, Carlos María. Op. Cit. pp. 15-16

[6] Benedicto XVI. LA INFANCIA DE JESÚS. Ed. Planeta. Bogotá-Colombia 2012. P. 84

[7] Reiser, Marius. LA VERDAD SOBRE LOS RELATOS NAVIDEÑOS. Selecciones de Teología pp. 353-354 seleccionesdeteologia.net/selecciones/llib/vol43/172/172_reiser.pdf. El subrayado es nuestro.

[8] Papa Francisco. FRATELLI TUTTI p. 134.

[9] K. Bihlmeyer - H. Tüchle, Church History, vol.1, Westminster, The Newman Press, 1958, pp. 373-374.

[10] Papa Francisco. MENSAJE PARA LA 54 JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ, 1º DE ENERO DE 2021. #5

sábado, 26 de diciembre de 2020

FAMILIA ES HACERSE DON



Sir 3, 2-6. 12-14; Sal 127, 1-2. 3. 4-5; Col 3, 12-21; Lc 2, 22-40

 

 


En la fiesta de la Sagrada Familia, contemplamos el misterio del Hijo de Dios que vino al mundo rodeado del afecto de María y de José. Invito a las familias cristianas a mirar con confianza el hogar de Nazaret, cuyo ejemplo de vida y comunión nos alienta a afrontar las preocupaciones y necesidades domésticas con profundo amor y recíproca comprensión.

Benedicto XVI

 

«Ante las familias, y en medio de ellas, debe volver a resonar siempre el primer anuncio, que es “lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario”, y “debe ocupar el centro de la actividad evangelizadora”. Es el anuncio principal, “ese que siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y ese que siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra”… Nuestra enseñanza sobre el matrimonio y la familia no puede dejar de inspirarse y de transfigurarse a la luz de este anuncio de amor y de ternura, para no convertirse en una mera defensa de una doctrina fría y sin vida. Porque tampoco el misterio de la familia cristiana puede entenderse plenamente si no es a la luz del infinito amor del Padre, que se manifestó en Cristo, que se entregó hasta el fin y vive entre nosotros. Por eso, quiero contemplar a Cristo vivo presente en tantas historias de amor, e invocar el fuego del Espíritu sobre todas las familias del mundo.»[1]

 


«Doy gracias a Dios porque muchas familias, que están lejos de considerarse perfectas, viven en el amor, realizan su vocación y siguen adelante, aunque caigan muchas veces a lo largo del camino. A partir de las reflexiones sinodales no queda un estereotipo de la familia ideal, sino un interpelante “collage” formado por tantas realidades diferentes, colmadas de gozos, dramas y sueños. Las realidades que nos preocupan son desafíos. No caigamos en la trampa de desgastarnos en lamentos autodefensivos, en lugar de despertar una creatividad misionera. En todas las situaciones, “la Iglesia siente la necesidad de decir una palabra de verdad y de esperanza... Los grandes valores del matrimonio y de la familia cristiana corresponden a la búsqueda que impregna la existencia humana”. Si constatamos muchas dificultades, ellas son —como dijeron los Obispos de Colombia— un llamado a “liberar en nosotros las energías de la esperanza traduciéndolas en sueños proféticos, acciones transformadoras e imaginación de la caridad”.»[2]


 

«El bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia. Son incontables los análisis que se han hecho sobre el matrimonio y la familia, sobre sus dificultades y desafíos actuales. Es sano prestar atención a la realidad concreta, porque “las exigencias y llamadas del Espíritu Santo resuenan también en los acontecimientos mismos de la historia”, a través de los cuales “la Iglesia puede ser guiada a una comprensión más profunda del inagotable misterio del matrimonio y de la familia”»[3]



«La encarnación del Verbo en una familia humana, en Nazaret, conmueve con su novedad la historia del mundo. Necesitamos sumergirnos en el misterio del nacimiento de Jesús, en el sí de María al anuncio del ángel, cuando germinó la Palabra en su seno; también en el sí de José, que dio el nombre a Jesús y se hizo cargo de María; en la fiesta de los pastores junto al pesebre, en la adoración de los Magos; en la fuga a Egipto, en la que Jesús participa en el dolor de su pueblo exiliado, perseguido y humillado; en la religiosa espera de Zacarías y en la alegría que acompaña el nacimiento de Juan el Bautista, en la promesa cumplida para Simeón y Ana en el templo, en la admiración de los doctores de la ley escuchando la sabiduría de Jesús adolescente. Y luego, penetrar en los treinta largos años donde Jesús se ganaba el pan trabajando con sus manos, susurrando la oración y la tradición creyente de su pueblo y educándose en la fe de sus padres, hasta hacerla fructificar en el misterio del Reino. Este es el misterio de la Navidad y el secreto de Nazaret, lleno de perfume la familia. Es el misterio que tanto fascinó a Francisco de Asís, a Teresa del Niño Jesús y a Carlos de Foucault, del cual beben también las familias cristianas para renovar su esperanza y su alegría.»[4]


 

La perícopa que se toma como Evangelio de esta Solemnidad es el episodio que conocemos como “La Presentación del Niño Jesús en el Templo”. A este respecto, nos llamaba la atención Benedicto XVI: «… quiere decir: este niño… ha sido entregado personalmente a Dios, en el templo, asignado totalmente como propiedad suya. La palabra paristánai, traducida aquí como “presentar”, significa también “ofrecer”, referido a lo que ocurre con los sacrificios en el templo. Suena aquí el elemento del sacrificio y el sacerdocio… Simeón,… después de las muestras de alegría por el niño, anuncia una especie de profecía de la cruz (cf. Lc 2,34c)… Al siervo de Dios le corresponde la gran misión de ser el portador de la Luz de Dios para el mundo. Pero esta misión se cumple precisamente en la oscuridad de la cruz».[5]


 

La palabra παραστῆσαι del verbo παρίστημι contiene el prefijo para que significa cerca” o “muy cerca de” e, hístēmi  que proviene de *sta -raíz indoeuropea- que significa “estar en pie”. Observemos la tremenda proximidad entre presentación-presentar y el sustantivo “presente” que significa “regalo”, “obsequio”, “ofrenda”; llegando al núcleo de la afirmación de Benedicto XVI que nos propone la traducción “ofrecer”, “entregar”. El Papa Emerito comentaba que al llevar un niño al templo se reconocía, que -si era el primogénito- este quedaba reservado (consagrado) para Dios, pero se pagaba un “rescate” -«El precio del rescate era de cinco siclos y se podía pagar en todo el país a cualquier sacerdote.»[6]- para retirarlo de la pertenencia. Sin embargo, en este relato no hubo rescate, o sea que, el Niño quedó consagrado-reservado a Dios. Así el Adviento nos presagiaba la “llegada” de alguien que se iba a hacer presente. La presentación –en cambio- nos habla de Alguien  que se hace presente y se reconoce “presente” de Dios. ¿Cómo quitárselo a Dios si es Su Hijo? «Aquí, en el lugar del encuentro entre Dios y su pueblo, en vez del acto de recuperar al primogénito, se produce el ofrecimiento público de Jesús a Dios, su Padre.»[7]

 


«Es un momento sencillo pero rico de profecía: el encuentro entre dos jóvenes esposos llenos de alegría y de fe por las gracias del Señor; y dos ancianos también ellos llenos de alegría y de fe por la acción del Espíritu. ¿Quién hace que se encuentren? Jesús. Jesús hace que se encuentren: los jóvenes y los ancianos. Jesús es quien acerca a las generaciones. Es la fuente de ese amor que une a las familias y a las personas, venciendo toda desconfianza, todo aislamiento, toda distancia. Esto nos hace pensar también en los abuelos: ¡cuán importante es su presencia, la presencia de los abuelos! ¡Cuán precioso es su papel en las familias y en la sociedad! La buena relación entre los jóvenes y los ancianos es decisivo para el camino de la comunidad civil y eclesial.»[8]

 


«…es el Señor quien desea realmente que la humanidad entera llegue a formar una gran familia: la familia de Dios.»[9] Para esta fecha hay una definición de Iglesia, referida y comparada con lo que es familia, como organismo que nos gusta repasar: «la Iglesia como comunidad no es una organización, la Iglesia es un organismo vivo. Una organización busca intereses, una organización consiste en que, las personas se juntan para buscar entre todas, colaborándose, un interés. Y ese interés está muchas veces fuera de la asociación misma… Eso se llama una organización. En cambio un organismo busca personas, busca fabricar las personas, en otras palabras, un organismo edifica personas. Lo que más se parece a la Iglesia es la familia. La familia es un espacio (padre, madre, hijos) en donde todos están interesados en la edificación de las personas, la educación de las personas, la transformación de las personas. O sea, una familia no es una empresa, es una fábrica de seres humanos.»[10]

 


La Pandemia ha multiplicado las necesidades y los dolores de la humanidad, abriéndonos así la puerta para derrochar generosidad y hacernos entrega fraternal. Algunas personas –hasta con desesperanza- entrevén la escasa munificencia que ha generado este tsunami viral; al principio, cuando reconocimos nuestra fragilidad y nuestra impotencia, floreció la esperanza de los corazones de piedra que se harían, por fin, corazones de carne. Últimamente ha resurgido la incredulidad. Esto no es así, es cierto que muchos se han criado en un contexto de acumulación y acaparamiento, y el único lenguaje que parecen conocer es el de “todo para mí y los demás que me envidien”, nosotros creemos testimoniar signos esperanzadores y ver cada vez un mayor número de personas solidarias, magnánimas: «…la Sagrada Familia nos alienta a ofrecer calor humano en esas situaciones familiares en las que, por diversos motivos, falta la paz, falta la armonía y falta el perdón. Que no disminuya nuestra solidaridad concreta especialmente en relación con las familias que están viviendo situaciones más difíciles por las enfermedades, la falta de trabajo, las discriminaciones, la necesidad de emigrar... Y aquí nos detenemos un poco y en silencio rezamos por todas esas familias en dificultad, tanto dificultades por enfermedad, falta de trabajo, discriminación, necesidad de emigrar, como dificultades para comprenderse e incluso de desunión. En silencio rezamos por todas esas familias... (Dios te salve María...). Encomendamos a María, Reina y madre de la familia, a todas las familias del mundo, a fin de que puedan vivir en la fe, en la concordia, en la ayuda mutua, y por esto invoco sobre ellas la maternal protección de quien fue madre e hija de su Hijo.»[11]

 



[1] Papa Francisco. LA ALEGRÍA DEL AMOR. EXHORTACIÓN APOSTÓLICA POSTSINODAL. Publicación de la Diócesis de Engativá 2016  ## 58 y 59 pp. 51-52

[2] Ibid. #57. p. 50

[3] Ibid. #31 p. 25

[4] Ibid. #65 p. 55

[5] Joseph Ratzinger-Benedicto XVI. LA INFANCIA DE JESÚS. Ed. Planeta. Bogotá-Colombia 2012. p. 89. 92

[6] Ibid.

[7] Ibid.

[8] Papa Francisco.  FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA DE NAZARET. Ángelus, Plaza de San Pedro, Domingo 28 de diciembre de 2014.

[9] Câmara, Helder. ELEVANGELIO CON DOM HELDER. Ed. Sal terræ. Santander (España). 1985 p. 30

[10] Baena, Gustavo. LA VIDA SACRAMENTAL. Ed. Colegio Berchmans Cali-Colombia 1998 p. 16

[11] Papa Francisco.  Loc. Cit.