sábado, 8 de febrero de 2020

NUEVA HUMANIDAD: UN TEMA DE IDENTIDAD


Is 58,7-10; Sal 112(111),4-5.6-7.8a.9; 1 Cor 2,1-5; Mt 5,13-16

Es el deber de intervenir creativamente en el progreso cualitativo de la historia… Queremos y estamos obligados a construir una nueva historia, una tierra sin males, una sociedad sin víctimas.
Celito Meier

El discípulo que no tiene el sabor de Cristo no vale nada y  no le sirve a ninguno… el que es iluminado, a la vez ilumina a los otros.
Silvano Fausti

Quinto Domingo Ordinario del ciclo A: “Ustedes son la sal de la tierra; Ustedes son la luz del mundo”.  Este par de expresiones conforman el núcleo del Evangelio (Mt 5,13-16) de esta fecha litúrgica. Pero, para aproximarnos convenientemente a él, es preciso referenciarnos con los otros textos bíblicos que la Liturgia de la Palabra nos propone para la Eucaristía de este Domingo: la Primera Lectura, del Profeta (en este caso del Tritoisaías); el Salmo 112(111); y la Segunda Lectura que proviene de la Primera Carta a los Corintios. El Evangelio, de San Mateo, tomado del Sermón del Monte  justamente a continuación de las Bienaventuranzas.

Queremos iniciar por el Salmo, porque este nos da una especie de columna-vertebral articulatoria para ahondar en la Palabra de Dios que resplandece en el ensamble de la liturgia de la Palabra de este Domingo. Si vamos al salterio, en el conjunto de los 150 salmos, encontramos 16 salmos de la Alianza. En la literatura del oriente próximo encontramos los sustratos que inspiraron este subgénero de los salmos de la Alianza: Los hititas, que habitaron en la Anatolia, escribían tanto en jeroglífico como en cuneiforme, y se han hallado miles de tablillas que datan de esa cultura, por su análisis sabemos que tenían una política de conquista que combinaba astutamente las Alianzas, que fueron la base de su avance, crecimiento y solidificación, hasta que por allá, hacia el siglo XII a.C. los invasores, allende el mar los saquearon y borraron su nombre de las páginas históricas, habiendo sido cultura tan sólida como la egipcia y la babilonia. Sobre el esquema de estos tratados de vasallaje, el pueblo de Israel construyó la idea de un tratado entre Dios y su pueblo. Esta idea es de suma importancia en la literatura bíblica, más aún si tomamos en cuenta que hasta hoy mismo hablamos de Antigua y Nueva Alianza. Conviene recordar que alianza proviene de aliar, y aliar sale de alligare, palabra latina que significa atar, unir, ligar. Ahora bien, ¿qué es la religión en este contexto de alianza?  Re-machar esa unión, esa vinculación. Los salmos de la alianza con YHWH lo que hacen es precisamente fortalecer y ratificar ese vínculo. Hablando de “tratos-vinculantes” encontramos dos tipos de vinculación: el contrato y la alianza. El primero es provisional, tiene un inicio y un plazo conclusivo; en cambio, la alianza es de por vida. El salmo de la alianza con YHWH no establece un nuevo contrato sino que tan sólo lo refrenda. La Alianza de Dios con su pueblo es iniciativa de Dios, Él nos “primerea” y, quien lo firma como contra parte, no es alguno, sino la “comunidad”; la alianza es con “su pueblo”. Un “pueblo” no es una simple colección de individuos, quedaría mejor reflejado en la idea de una comunidad de comunidades. Por eso, urge construir comunidad para poder ser pueblo y poder ser co-tratantes y co-firmantes del pacto de la Alianza.

Del estudio de los tratados de alianza hititas surge un esquema que los estructura. Calcado sobre el esquema de los hititas, surge –como ya lo dijimos- el esquema de los salmos de la renovación de la Alianza con YHWH. El salmo 112(111) reproduce con bastante precisión esa estructura: convocatoria; “así habla YHWH; idea de “Yo soy vuestro Dios y vosotros sois mi pueblo”; presentación del contexto conmemorativo que da motivo a esta refrendación de la Alianza; parénesis –donde se puntualizan las clausulas-; emplazamiento de testigos; bendiciones y maldiciones (premios y castigos) ventajas y desventajas que implicará. La perícopa que se toma para la liturgia de este Domingo examina las clausulas y el conjunto de bendiciones y/o conveniencias: se ha de ser justo, clemente, compasivo, prestar a quien pudiere pedirnos, administrar con rectitud; y luego, da las ventajas que tiene: no vacilará, se le recordará por siempre, no tendrá que temer a las malas noticias, su corazón estará sólidamente afianzado en El Señor, sin temor, y alzará su frente con dignidad. Es un salmo alfabético que inicia cada versículo con una de las 22 letras del alfabeto hebreo: Alef, bet, guimel, dalét, he, vau, zain, jat, tet, yod, kaf, lámed, mem, nun, zamet, ain, pe, sade, qof, res, sin, tau; lo cual es un artificio literario para simbolizar que en él se aloja la totalidad de la “ley”, valga decir, del articulado que cimentaba el contrato estable con Dios. Para nosotros en esta liturgia sobresale el verso 4: "Brilla como luz en las tinieblas…" que da enlace con el eje del evangelio. «En este salmo, que habla esencialmente de la Alianza con Dios, vemos ya resaltados los deberes sociales: “El justo jamás vacilará, reparte… a manos llenas, da al pobre…”. Sí, Dios es el fiador de la dignidad humana y el promotor de la igualdad entre los hombres.»[1]


La Primera Lectura trata de cómo ser Sal y Luz: Isaías nos da, por lo menos ocho pautas, ocho Obras de Misericordia. Escuchémoslas (o leámoslas) con suma atención (Is 58, 7. 8b). Estas acciones positivas son las Obras de Misericordia presentadas a la manera isayana, son las premisas para alcanzar la buenaventura, que el Profeta define en 58, 8-9a. 10.

« ¿Cómo será luz para el mundo el pequeño grupo de discípulos, gente sencilla, sin pretensiones y sin mucha esperanza para el propio futuro? Con su modo de vivir la espera del Reino: pobres, puros de corazón, operadores de paz, perseguidos. Así los discípulos se convierten en fuente de la nueva moralidad, hacen comprender qué quiere decir hombre moral hoy… ¿Sabemos ser signo de luz aun para los hombres venidos de lejos, para la gente de cultura, de extracción, de mentalidad distinta? ¿Sabemos ser luz irrefragable con la claridad de nuestras obras que proclaman la verdad del Evangelio? He aquí la responsabilidad conferida a cada uno de nosotros, he aquí la misión de la Iglesia hoy. La Iglesia en su humildad, pobreza y mansedumbre, en su predilección para con los hombres y los humildes, en su amor por la paz, es  signo luminoso para el mundo.»[2]

¿Cómo ser antorchas en esta cultura de muerte y miedo? Ser operarios de la paz, ser constructores del Reino, transformarnos en Hombres-Nuevos, para constituir la Nueva Humanidad; vivir ejerciendo el testimonio, lo cual supone, o mejor, exige una coherencia, una fidelidad al compromiso, para que cada uno logre ser-prójimo y entonces, hacernos co-corpóreos en el organismo llamado Comunidad; porque el valor no está en el individuo, sino en su incorporación a “la Asamblea de los que buscan a Dios” sin cejar, sin desistir: La misión precisa la fidelidad; la fidelidad en dos formas: la Persistencia y la Unidad fraterna.

Sal y Luz son representativas de los rasgos del fiel discípulo-misionero: Basta ya de pasar al lado de nuestros hermanos de fe con irrevocable indiferencia. Basta de acudir a la Eucaristía indolentemente y de decorar nuestra incomunicación con apatía. No basta el saludo; el “buenos días” no excede los límites de la fría y deplorable máscara del aislamiento. ¡Ningún ser humano es una isla! Construir Comunidad es vivir con sincera hermandad-sororidad, con el corazón en la mano, simplemente porque ¡somos hijos del mismo Padre!


Una antigua tradición llevaba a poner sal a la llama de los hornos de tierra porque, según su usanza, apoyaba el encendido y la conservación del fuego. En este caso ser sal es fidelidad en el inicio de la fe y en su conservación. La sal también congregaba el rebaño que se agrupaba para comerla a orillas del Mar Muerto; en ese caso la sal es figura de la unidad, nos congrega, nos ayuda a mantenernos agrupados, fraternos, solidarios.

La oscuridad parece hacernos más proclives al pecado, quizá porque la oscuridad oculta y favorece el anonimato. La luz, por el contrario, parece ahuyentarlo y es quizás por eso que a la Palabra de Dios la parangonamos con la luz. Aun hay más, nuestros ancestros que descubrieron el  poder de la luz para ahuyentar a las fieras, gravaron profundamente en su consciencia la idea de seguridad emparentada directamente con ella. Esa es la misma seguridad que podemos llevar y trasmitir cuando testimoniamos la fidelidad de Dios que “no duerme ni reposa”. La Luz es figura del Emmanuel.  


No se vale hacer una poesía meliflua en torno a la luz y su brillo. A las cosas hay que llamarlas por su nombre, trabajar en la construcción del reino, codo a codo y hombro a hombro no es nada sencillo. A veces, por decir más ocultamos la verdadera tensión que significa el esfuerzo de construir comunidad: La Luz se junta en haz, los corpúsculos moleculares de la sal se congregan para actuar co-operativamente; así nosotros, estamos convocados a co-operar en la construcción del Reino. Pero, ¡cómo nos cuesta! «Una comunidad comienza… se ve la grandeza, la belleza del estar juntos, se aprecian las ventajas de ser comprendidos, de sentirse apoyados en la propia acción personal, social, apostólica, la posibilidad de comunicar… después sigue… la crisis comunitaria… se comienza a ver que en el fondo el estar juntos no es que sea tan bello, tan color de rosa, ni tan fácil como parecía… Se empieza a ver que es muy difícil vivir en comunidad,… cada uno se revela a sí mismo, los propios conflictos, los temores, las agresividades, los choques nerviosos y entonces todo se va volviendo pesado… o la situación estalla o, se estabiliza en homeóstasis, es decir, un cierto ajuste de los conflictos internos de tal manera que la fachada queda intacta y se puede presentar exteriormente como comunidad…. Comprender… cómo mi pecado es el obstáculo real para llevar a cabo relaciones humanas autenticas, y, por tanto, para la creación de una autentica comunidad.»[3] Nos habla de la luz vacilante, mortecina y de la sal sosa. El empeño que nace vital, se va diluyendo paulatinamente y los tropiezos nos debilitan el tesón; de pronto, en vez de resplandecer nos volvemos sombríos; de pronto queremos –quizá seguir adentro- pero aislados. Es la amarga koinonía (dos términos que se ponen juntos pese a que son mutuamente excluyentes: ¡no pueden convivir!).


« ¿Cómo puede ser que nosotros nos imaginemos la Iglesia como una cosa en el aire? La Iglesia no es una cosa en el aire, la Iglesia son las personas de la comunidad… Todos somos iguales, La diferencia son las funciones. Unos son ojo, otros son dedo chiquito, otros son mano, otros son oreja, o nariz, o boca…pueblo de Dios, en la intención del Vaticano II, fue hacer que la Iglesia sea un organismo, núcleo de sociedad igualitaria… Escuchemos la fábula del sapo y la vaca: “Había un sapo, bien grande, y vio en un prado a una vaca y le pareció enormemente bella. Entonces dijo el sapo, Qué bueno ser vaca porque yo, al fin y al cabo, si me mido por la cabeza, soy grande. Qué bueno que yo me inflara, porque yo soy una cabeza grande pero arrugada, y si yo me inflo como la vaca, llego a ser como ella. Entonces el sapo se puso a hacer esfuerzos para ser como la vaca, y se estalló, se reventó.” No podemos renunciar a lo que somos, imitar no es posible, lo mejor es estar contento con lo que uno es.»[4]


El Cardenal Martini nos proponía tres puntos para meditar: «Señor, ¿qué es lo que hay en nosotros que no nos permite formar comunidad, no nos deja reconocerte en las necesidades reales del prójimo, ni establecer relaciones autenticas de amistad?... Si Dios no nos salva no somos capaces de formar comunidad, esto solamente es un don suyo.»[5]

¿Renunciaremos por esto a ser Sal y Luz? Oportunamente la Primera Carta a los Corintios nos recuerda que en la fe las cosas no dependen de ninguna sabiduría humana sino del Espíritu y del poder de Dios. «El mismo Maestro Jesús pidió que no nos quedáramos lamentando en la contemplación del pasado, sino que “lo” precedamos en Galilea, allá abajo, en nuestra comunidad, pues allá es nuestro lugar, donde el Maestro nos quiere ver actuar, pues es allá donde la vida nos llama.»[6]

«Nosotros no debemos buscar la relevancia sino la identidad. El cirio no se preocupa de iluminar, sencillamente arde y, al arder ilumina. La identidad no puede permanecer escondida, aunque no hace nada para hacerse ver: la sal no puede dejar de salar, y la luz no puede dejar de iluminar. El problema no es salar o iluminar, sino ser sal y luz. Quien busca la relevancia en lugar de la identidad, es como la rana que se hincha para convertirse en buey. Ninguno da lo que no tiene: lo que tú eres habla más fuerte que lo que dices… nosotros no somos luz, sino lámpara. La lámpara es un simple vaso de arcilla, con una mecha que emerge del aceite. Sólo si está encendida produce luz. Así nosotros también producimos luz sólo si estamos encendidos en Cristo, por el fuego de su amor.»[7]


A este respecto nos ilustra el Padre Gustavo Baena, sj. «Uno no llega a ser como Jesucristo imitando a Jesús, sino dejándose poseer por Jesús para que haga de mí ese mismo Jesús, otro Jesús… es la función del Espíritu Santo, el Espíritu hace que Cristo viva en mí y al vivir Cristo en mí me abro, me vuelvo parecido a Él por fuerza del Espíritu de Jesús.»[8] Nos cuesta mucho construir comunidad, hacernos pueblo de Dios; puede ser que la dificultad estribe en que estemos fascinados por la vaca enormemente bella y nos cueste conformarnos con nuestra verdadera identidad; nos cuesta presentarnos como San Pablo “débiles, tímidos y temblorosos” y “estar contentos con lo que uno es”.


[1] Quesson, Noël. 50 SALMOS PARA TODOS LOS DÍAS. Tomo II. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia 1996 p. 181.
[2] Martini, Carlo María. POR LOS CAMINOS DEL SEÑOR. MEDITASCIONES PARA CADA DÍA. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá-Colombia. 1995 pp. 368-369
[3] Martini, Carlo María. EVANGELIO ECLESIAL DE SAN MATEO. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá-Colombia. 1996. pp. 80-81
[4] Baena, Gustavo. sj. LA VIDA SACRAMENTAL. Copia estenográfica de una conferencia dada en el Col. Berchmans. Santiago de Cali-Colombia 1998. pp. 26. 28.
[5] Martini, Carlo María. EVANGELIO ECLESIAL DE SAN MATEO. pp. 82-83
[6] Meier, Celito. LA EDUCACIÓN A LA LUZ DE LA PEDAGOGIA DE JESÚS DE NAZARET. Ed. Paulinas Bogotá-Colombia 2009 p. 104
[7] Fausti, Silvano. UNA COMUNIDAD LEE EL EVANGELIO DE MATEO. Ed. San Pablo. Bogotá-Colombia 2011 p. 75
[8] Baena, Gustavo. sj. Op. Cit. p. 28

sábado, 1 de febrero de 2020

προσδεχόμενος



Ml 3, 1-4; Sal 24(23), 7. 8. 9. 10; Hb 2, 14-18; Lc 2, 22-32

Ahora Simeón, figura del Antiguo Testamento y de todo hombre, puede morir en paz… El recuerdo de la muerte ya no causa miedo y se trasforma en el arte de vivir en paz, porque finalmente es posible encontrar a Dios en la propia limitación.
Silvano Fausti

El Mesías viene a su Templo
En primer lugar, los invitamos a mirar el mapa, para ver donde estaba ubicada la tribu de Asher, para nosotros algo interesante es que en ese territorio estaba Belén, que no se ha de olvidar que significaba “Casa de Pan”.  Ahora bien, Asher era el octavo hijo de Jacob (Israel) -de los 12 que tuvo- y de Zilpa de quien tenía un hermano mayor, llamado Gad.  Jacob bendijo a Asher, (véase Gn 49, 20), prometiéndosele “abundancia de pan” y producir comida digna de reyes. Por otra parte, y sólo como dato curioso, recordemos que Moisés, al repartir la tierra prometida  bendijo a Asher ofreciéndole que mojaría sus pies en aceite, sus puertas se cerrarían con cerrojos de hierro y bronce (o sea bien protegidas y seguras), y su fuerza duraría tanto como su misma vida o sea que en su ancianidad no sufriría el debilitamiento propio de la senilidad.


Otro detalle curioso, ¿qué significa el nombre Asher?, ¿Qué significa el nombre Simeón?, ¿Qué significa el nombre Ana? Bueno, Asher significa “feliz”; Simeón שִׁמְעוֹן, (mismo nombre del hijo de Jacob, segundo hijo de Lea su primera esposa, –o sea, hermano carnal de Judá-), significa “Dios ha escuchado”; y Ana חנה cuyo nombre significa “mujer compasiva”.

Miremos un par de detalles la Primera Lectura, se toma del profeta Malaquías, nos habla del Ángel de la Alianza, con el nombre de “su Mensajero”. ¿A qué viene? A purificar a la tribu sacerdotal para que sean capacitados para ofrecer una “ofrenda digna”. La profecía anuncia lo que estamos celebrando hoy, de improviso ha entrado en el Templo Santo, “el Señor Omnipotente. Este acrisolamiento es requisito para que se refresque la Alianza y vuelva a ser la relación Dios-ser humano, como lo fue en los “tiempos antiguos”, recién establecida la Alianza: Yo seré tu Dios y tú serás mi pueblo.


El salmo para esta celebración, es el salmo 24(23), un salmo que nos habla de la realeza de Dios, Él es el Rey de la Gloria, como va a ser entronizado, va a entrar a su Templo y los guardias de las puertas del Templo interrogan a los peregrinos que quieren entronizarlo. Recuérdese que Dios es Al Shadai, es Omnipotente, es “Él que basta”, es “Señor de las Montañas”, siendo tan “Supremo” no puede entrar por una puerta baja, es necesario que la puerta sea altísima, por eso hay que “alzar los dinteles” para que el Rey de la Gloria pueda entrar en su Santo Templo. Aquel día de la Presentación del Señor, los dinteles tenían que alzarse hasta más alto que las estrellas: iba a entrar “El Rey de la Gloria” el mismísimo Niño Jesús, en brazos de María. Entraba Quien podía dignamente quedarse a morar allí, ¡El de manos inocentes y puro corazón! Este puro ¿hablará de “pureza”? o se refiere a que ¡es un Dios Misericordioso, que no tiene brazos, ni piernas, ni ningún otro miembro del cuerpo humano, sino que Todo-Él es sólo corazón!

«Dios más que aclamaciones rituales, más que recitación de credos”, más que gestos cultuales…; espera de nosotros rectitud de vida. La conciencia moral es lo primero. Seremos juzgados sobre el amor. (Mateo 25, 31-46). “No llegarán a la montaña de Dios” aquellos que se contentan con decir: “Señor, Señor” (Mateo 7,21), sino aquellos “que tengan el corazón puro y las manos inocentes”, que cumplen los deberes que les impone la condición de ser hombres dignos de tal nombre… Decir: “Venga tu Reino”, es comprometerse a hacer cualquier cosa para vivir según sus exigencias.»[1]


«“!levantad los dinteles!” Se trata de un gesto de “homenaje” simbólico, que se pide a las puertas para relievar el esplendor de Aquel que las va a franquear.»[2]

Cristo Luz del Mundo
Ahora, conviene dar foco sobre el Santo Evangelio: Nos hallamos en plena celebración de la Purificación de la Santísima Virgen, quien al dar a luz, según las creencias judías, al haber sangrado habría incurrido en impureza. Eran pues precisos 40 días para que esa condición se superara y hoy hace precisamente 40 días estábamos celebrando la Natividad del Niño Jesús. Esta fiesta Mariana se ha llamado de la Virgen de la Candelaria, por las velas que acompañan su procesión. Al inicio de la Procesión declamamos: “El Señor vendrá con gran poder e iluminará los ojos de sus siervos.” Y en el Evangelio se nombra a Jesús –en boca de Simeón- diciendo de Él que es “Luz que alumbra a las naciones”.

A Simeón se le llama en este Evangelio de San Lucas con un nombre griego: προσδεχόμενος, es el adjetivo “el que espera”, que proviene del verbo προσδέχομαι, es la traducción que le damos, pero me gustaría ir un poco más allá sobre el significado de esta palabra: prosdejomái verdaderamente significa el que aguarda, pero eso implicaba una espera amorosa, una acogida con gran apertura personal, si vamos más atrás en el significado, era el que le abría las puertas, mejor, el que le daba alojamiento en su tienda de campaña, bajo su carpa. Nuestra mejor asociación de ideas es pensar en la manera bondadosamente hospitalaria con que Abrahán acogió a los tres “hombres” que pasaron por frente a su Tienda de Campaña en Gen 18, 1 ss. Quizá hay otro episodio bíblico que nos ayude a entender esta clase de acogida: se trata de la perícopa Lucas 24, 13-35, de los dos que huían hacia Emaús, específicamente Lc 24, 29 cuando le piden a Jesús Μεῖνον μεθ’ ἡμῶν (quédate con nosotros); siempre decimos que en oriente el sentido de la hospitalidad les es proverbial: aquí tenemos una hospitalidad muy especial, es una hospitalidad de carácter religioso, el huésped es acogido porque viene de Dios o es el mismo Dios; además es una hospitalidad en la que se entretejen la fe, la esperanza y la caridad; podríamos quizás definirla como “acogida teologal”. ¿Quién acoge? Precisamente aquel que ha rogado a Dios, que lo ha esperado, que le ha dicho:.” El sentido de mi vida es ver que llegas”, y “Dios lo ha escuchado” por eso él se llama Simeón. ¡El huésped es la Luz misma! Dios lo ha escuchado y él ha podido sostener en sus brazos a Jesús.

Víctima y Sacerdote
«Según Hebreos el misterio de la encarnación es clave en la fe cristiana, resumen y plenificación de la revelación de Dios, pero difícil de entender, escándalo para los piadosos fariseos y locura para los sabios griegos (1Cor 1,17-25).

Hasta que no aceptemos el misterio amoroso de la encarnación, persiste en nosotros la tendencia pagana de rechazar al Dios hecho hombre. Preferimos que Dios se quede en su “cielo”, todopoderoso, majestuoso, solitario, perfectamente feliz en sí mismo… Así es más cómodo vivir nosotros egoístamente aislados. Pues acarrea serias consecuencias creer en una persona divina que “trabajó con manos de hombre, actuó con voluntad de hombre, amo con corazón de hombre” (Vaticano II, GS. 22)….


Hebreos aclara las razones de la encarnación en 2,14-18 y 4, 15-16. Afirma que Jesús” no se avergüenza de llamarnos hermanos”(2,11) pues “tuvo que hacerse carne y sangre” (2,14), tan débil y frágil como nosotros. Porque vino a servir a seres humanos de carne y hueso (y no a ángeles), hijos de Abrahán llenos de sufrimientos, Jesús tuvo que hacerse igual en todo a sus hermanos de carne, sangre y sufrimiento. Y esto por necesidad de amor. Si se enamoran dos personas de distinta clase social o cultura, tendrán que buscar igualarse. Caso contrario, el amor mutuo no puede crecer.

Para poder hacer de puente entre lo divino y lo humano “tuvo que hacerse semejante en todo a sus hermanos” (2,17)»[3]

El sacerdocio debía ser purificado, hemos observado en la profecía de Malaquías para poder ofrecer sacrificios dignos. El que llamamos Carta a los Hebreos, se calcula fue escrito hacía el año 90. «En  los primeros decenios del cristianismo nadie se había atrevido a considerar a Jesús como sacerdote, con lo que el problema del culto quedaba un poco confuso. Jesús históricamente no había sido sacerdote, sino, precisamente, un perseguido por parte de los sacerdotes. Y su muerte como condenado lo había colocado fuera del ámbito sagrado. (Gal3, 13).

Pero de alguna manera la acción salvífica de Jesús ya se había expresado en términos rituales: “Cristo… se entregó por nosotros como oblación y suave aroma” (Ef 5,2). “Nuestro cordero Pascual, Cristo, ha sido inmolado” (1Cor 5,7). La Eucaristía se había colocado en el marco de la Pascua. Pero nadie se había atrevido a decir que Jesús era sacerdote. Hebreos, en cambio, lo hace con gran osadía.»[4]

«Lucas cita ante todo explícitamente el derecho a reservarse al primogénito: “Todo primogénito varón será consagrado (es decir, perteneciente) al Señor (2,23; cf. Ex 13,2; 13,12s.15). Pero lo singular de su narración consiste en que luego no habla del rescate de Jesús, sino de un tercer acontecimiento, de la entrega (“presentación”) de Jesús. Obviamente, quiere decir: este niño no ha sido rescatado y no ha vuelto a pertenecer a sus padres, sino todo lo contario: ha sido entregado personalmente a Dios en el Templo, asignado totalmente como propiedad suya. La palabra paristanai, traducida aquí como “presentar”, significa también “ofrecer”, referido a lo que ocurre con los sacrificios en el templo. Suena aquí el elemento del sacrificio y el sacerdocio.»[5]

En Hebreos, «El autor comprende que todo sacerdote es un mediador entre Dios y los hombres, y que esa es precisamente la misión básica de Jesús. Todo cristiano pone su esperanza en que por medio de Jesús tenemos pleno acceso  a Dios. “Se nos abre una esperanza muy grande: la de tener acceso a Dios” (Heb 7,19). “Con toda seguridad podemos entrar en el Santuario, llevados por la sangre de Jesús. El inauguró para nosotros ese camino nuevo y vivo que atraviesa la cortina, es decir, su sangre… Acerquémonos, pues, con corazón sincero y con plena fe…Sigamos profesando nuestra esperanza… ya que es digno de confianza. Aquel que se comprometió” (10, 19-23).[6]

Es significativo que ahora la fiesta ya no se denomina “Purificación de la Santísima Virgen”, sino que el nuevo nombre: “La Presentación del Señor”, alude subrayando el no-rescate del primogénito y, en cambio sí,  su entrega como Cordero sacrificial: “Agnus Dei, qui tollis peccata mundi”.










[1] Quesson, Noël. 50 SALMOS PARA TODOS LOS DÍAS. Ed. San Pablo 1996 Santafé de Bogotá, D.C.-Colombia pp. 52-53
[2] Ibid p. 50
[3] Caravias, José L. sj. DE ABRAHÁN A JESÚS. LA EXPERIENCIA PROGRESIVA DE DIOS EN LOS PERSONAJES BÍBLICOS Ed. Tierra Nueva Centro Bóblico “verbo Divino” Quito – Ecuador. 2001 pp. 220-222
[4] Idem p. 219
[5] Benedicto XVI-Ratzinger, Joseph. LA INFANCIA DE JESÚS. Ed. Planeta Bogotá –Colombia 2012. p. 89
[6] Caravias, José L. sj. Loc Cit.

sábado, 25 de enero de 2020

SIGANME Y LOS HARÉ PESCADORES DE HOMBRES



Is 8,23-9.3; Sal 26, 1. 4. 13-14; 1 Cor. 1,10-13.17;  Mt. 4,12-23

Y Dios, al concederles a los hombres su Palabra… les enseña la calidad divina de esta palabra: su infinitud, que impide que pueda expresarse enteramente con las palabras humanas….Si ni fuese así, la Palabra de Dios no sería más grande que la del hombre.
Hans Ur von Balthasar

… ya no decimos que somos “discípulos” y “misioneros”, sino que somos siempre “discípulos misioneros”
Papa Francisco. Evangelii Gaudium # 120

Domingo de la Palabra de Dios 2020
Podemos adentrarnos en el mensaje de este Domingo con el corazón lleno de sinceridad y repleto de amor, superando la insignificancia de oír unas anécdotas,  que no nos tocan, salvo porque nos permite estar informados de cómo conformó Jesús su grupo de “discípulos” y cuáles fueron sus primeros cuatro convocados. Y, en cambio articular en ensamble propio la Palabra de Dios, el discipulado, la koinonía, la evangelización y la Misión.


Siempre nos referimos en la Eucaristía a sus dos momentos constitutivos refiriéndonos a ellos como la Mesa de la Palabra y la Mesa del Pan. En el #51 de la Sacrosantum Concilium se nos brinda lo siguiente: “A fin de que la Mesa de la palabra de Dios se prepare con más abundancia para los fieles ábranse con mayor amplitud los tesoros de la Biblia, de modo que, en un periodo determinado de años, se lean al pueblo las partes más significativas de la Sagrada Escritura.” «La celebración de la Eucaristía… se realiza en una conjunción de acto y habla…. La Palabra en la misa es, ante todo, de naturaleza reveladora. A través de ella Dios dice al hombre quién es Él… La Palabra de Dios es un gran misterio. En ella habla Él mismo, pero con la lengua de los hombres.... [A] esta palabra… No le haríamos justicia si simplemente atendiéramos a su contenido expresable conceptualmente;… la Palabra es algo más: contenido y forma, sentido y amos, espíritu y corazón, un todo entero y oscilante; no es una comunicación simple que uno piensa y entiende, sino un ser que proviene de ella y con el cual uno se encuentra… Donde quiera que encontremos esta Palabra, allí reina el poder creador de Dios. Escuchar su Palabra quiere decir entrar en el espacio de la posibilidad sagrada donde aparecerán el nuevo hombre, el nuevo cielo y la tierra nueva… el que celebra correctamente la Eucaristía es aquel que busca entender en ella a Cristo, comprender quién es, que quiere decir, que significa para nosotros, todo esto reunido en su amor redentor… Los textos sagrados contienen un aspecto de la verdad de Cristo, un rasgo de su personalidad, un acontecimiento de su vida que aparecen y deben ser comprendidos y entendidos para poder llevarnos a la plenitud de aquella verdad que durante la transustanciación se hace presente, no en la palabra sino en el ser.»[1]  Así, La idea es participar, enfrentando la situación: ¿Qué haríamos y cómo reaccionaríamos si, dentro de un momento Jesús se cruzara por nuestra vida, si nos llamara y nos pidiera seguirlo? ¡Aquí está la verdadera esencia de la liturgia de la Palabra para este Tercer Domingo Ordinario del ciclo A: El tema de nuestra Misión como miembros del Pueblo de Dios.

En el numeral 21 de la Constitución Dogmática Dei Verbum, leemos: «La Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras... Siempre las ha considerado y considera, juntamente con la Sagrada Tradición, como la regla suprema de su fe, puesto que, inspiradas por Dios y escritas de una vez para siempre, comunican inmutablemente la palabra del mismo Dios, y hacen resonar la voz del Espíritu Santo en las palabras de los Profetas y de los Apóstoles.

Es necesario, por consiguiente, que toda la predicación eclesiástica, como la misma religión cristiana, se nutra de la Sagrada Escritura, y se rija por ella. Porque en los sagrados libros el Padre que está en los cielos se dirige con amor a sus hijos y habla con ellos; y es tanta la eficacia que radica en la palabra de Dios, que es, en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual.»

«“El Domingo de la Palabra de Dios puede ser esa capacidad del pueblo de comprender la Sagrada Escritura, porque no es sólo un libro es una Palabra, es algo vivo, es algo que toca nuestra vida. Y por eso en la liturgia, en todo lo que expresa la vida de la comunidad cristiana, la Palabra de Dios es un momento de unidad, es un momento en el cual damos la fuerza necesaria para la evangelización”, lo dijo Monseñor Rino Fisichella, Presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización durante la conferencia de presentación del Primer Domingo de la Palabra de Dios. .. el Domingo de la Palabra de Dios es una iniciativa que el Papa Francisco confía a toda la Iglesia, en el que, “la comunidad cristiana se centra en el gran valor que la Palabra de Dios ocupa en su existencia cotidiana” (Aperuit illis 2). …En la presentación del Primer Domingo de la Palabra de Dios, también participó Monseñor Octavio Ruiz Arenas, Secretario del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización. En su intervención, explicó que se escogió esta fecha por dos motivos fundamentales: “en primer lugar, porque en la liturgia el III Domingo del Tiempo Ordinario todos los evangelios: Mateo, Lucas y Marcos nos hablan de la predicación del Señor, el comienzo del anuncio mismo por parte de Cristo de lo que era su mensaje. En segundo lugar, porque es un domingo en el que en cualquier año litúrgico podemos encontrar una referencia explícita a esa comunicación, a ese anuncio que hacia el Señor de la obra salvífica de Dios”.»[2]

La Liturgia Eucarística es, indudablemente un Banquete donde Jesús nos prodiga su doble alimento: «Gregorio (de Niza) parte de la consideración de la Palabra de Dios como manjar, y se permite trasferir las normas de la Cena Pascual al trato con la Biblia. Hay dos disposiciones que le parecen esencialmente significativas: el cordero debe comerse recién sacado del fuego; y no hay que romperle los huesos. El fuego es imagen del Espíritu Santo: ¿no significa esta norma que no debemos alejar el manjar divino de la esfera del fuego vivo, que no debemos dejarlo enfriar? ¿No significa que la lectura de la Biblia debe hacerse junto al fuego, es decir en comunión con el Espíritu Santo, en la fe viva que nos remite al origen del manjar? Y a la inversa: hay unos huesos que no podemos triturar: las grandes cuestiones que se nos plantean y que somos incapaces de resolver: “¿Cuál es la esencia de Dios? ¿Qué había antes de la Creación? ¿Qué hay fuera del mundo visible? ¿Qué necesidad preside todo el acontecer?...No rompas los huesos significa “saber que todo eso es competencia del Espíritu Santo…”… “No te preocupes por lo que te excede”. (Eclo 3,23)»[3]

En el territorio de Zabulón y Neftalí
Vamos a presentar el primer elemento: Primero estaba Juan el Bautista, cuando este fue encarcelado fue como la “señal” para que Jesús recogiendo el turno, pasara a asumir el vacío que quedaba, «El pasaje marca el paso entre la actividad del Precursor y la del Mesías… Juan había sido entregado. Juan no es “arrestado”… es entregado como Jesús. Esta palabra indica tanto la acción de los hombres, que entregan al Hijo del hombre, como la del Padre que lo entrega a nosotros… Juan no es destruido, sino que logra su finalidad: se convierte en testigo, con la vida, de lo que antes había dicho con la palabra.»[4]: San Juan bautista había apuntado hacia Jesús, lo hemos visto últimamente, «“el Bautista”… Ha puesto los ojos en Jesús que pasaba. Y a dos de sus discípulos les ha dicho: “Este es el Cordero de Dios”. No sé qué tendría Jesús: no se qué brisa suave dejó al pasar, no sé qué aroma derramó a su paso, que los dos discípulos de Juan se ponen en camino. Es el momento de seguir creciendo. Es el momento de dejar la comunidad de Juan e iniciar la del Hombre único y fascinante que se llama Jesús.»[5]

¿Desde dónde se inicia esta labor”? El evangelista nos lo informa: en “Cafarnaúm, cerca del lago, en los límites de Zabulón y Neftalí.” «En el territorio de Zabulón y Neftalí. Son los dos hijos de Jacob que se instalaron en esa región. Allí nació el movimiento de los zelotes, que en gran parte eran galileos. El término galileo había llegado a ser sinónimo de subversivo.»[6] Esta ubicación espacial es enriquecida aún con otro dato, que Mateo toma del primer Isaías, del Libro de Emmanuel: “Galilea, tierra de paganos” (Is 8, 23b). Esta tierra, que conectaba Siria con Egipto, educada en el sometimiento y víctima de la usura, tierra “impía”, al norte del reino de Israel, tomada por los asirios, allá por el 732 antes de nuestra era, experiencia que dejó marcados a sus habitantes y a su descendencia, que perdió por eso la nitidez de su identidad. Cómo los veían los judíos ortodoxos, los fariseos del momento, los tenían por una población que “vivía en tinieblas y sombras de muerte”, gente pecadora y despreciable. Es allí donde Jesús empieza a desempeñar su ministerio. No es asunto de poca monta esta contextualización que nos prodiga San Mateo.

¿A quién dirige Jesús su llamado? A pescadores, el pescador saca peces del agua para convertirlos en “pescados”, los discípulos son llamados para que saquen a los hombres del agua “del pecado” y mueran (a esa vida de pecado), pero para nacer a una nueva vida, es decir, para que se conviertan. «… una vida nueva, un proyecto nuevo, una misión nueva. Todo su mundo, desde ahora, sin cosas, sin casas, sin tierras, sin padre y madre, sin nada. Ahora su mundo es Jesús. Jesús y basta. Jesús y punto. Jesús y se acabó.»[7] Lo que más asombra de este seguimiento es su inmediatez, su generosidad desprendida, esa capacidad de dejarlo todo atrás, sin voltear a mirar, sin nostalgias, es la capacidad de desinstalarse, es la entrega retratada en el hermoso compromiso, del Salmo 40(39): “Aquí estoy Señor para hacer tu Voluntad”

Vocación y misión
Esta celebración Eucarística está enfocada sobre ese núcleo: la conversión, que es urgente porque “el Reino de Dios se ha acercado” (Mt 4, 17d). Para ser discípulo no basta reconocernos llamados, no basta tampoco saber dónde hemos de cumplir con ese “llamado”, además, urge saber el “para qué”. La conversión es un re-direccionamiento de la vida y el corazón. Para tal, el discípulo debe “seguir”, o sea continuar el accionar del Maestro que Enseñaba, Predicaba y Sanaba. «Cuando Jesús entra en una vida, quema. Su llama no puede ser guardada. Necesita ser extendida, llevada, comunicada a otros. La experiencia de Jesús llama luego a ser vivida en comunidad.»[8] No como individuos aislados sino como comunidad de discípulos, como asamblea de los convocados que es lo que precisamente significa Iglesia. «… la vocación no es un lujo de elegidos ni un sueño de quiméricos. Todos llevan dentro encendida una estrella. Pero a muchos les pasa lo que ocurrió en tiempos de Jesús: en el cielo apareció una estrella anunciando su llegada y sólo la vieron los tres Magos.

Iglesia urgida de conversión permanente
Sólo tiene vocación el que no sería capaz de vivir sin realizarla… benditos los que saben adónde van, para qué viven y qué es lo que quieren, aunque lo que quieran sea pequeño. De ellos es el reino de estar vivos.»[9] Ser discípulo entraña un seguimiento, pero si ese seguimiento se da con fidelidad implica un compromiso. Ser pescadores de hombres define esa misión. “Misión” y “evangelización” son realidades prácticamente intercambiables. Conceptualmente “evangelización” remite al “qué” de una praxis eclesial: anunciar e iniciar una buena noticia. “Misión” implica que la evangelización se origina en un “envío”.»[10]


En el #15 de la Evangelii Nuntiandi, el Papa Paulo VI asume la Misión que la Iglesia ha recibido como heredad y está llamada a tomar: «—Nacida, por consiguiente, de la misión de Jesucristo, la Iglesia es a su vez enviada por El. La Iglesia permanece en el mundo hasta que el Señor de la gloria vuelva al Padre. Permanece como un signo, opaco y luminoso al mismo tiempo, de una nueva presencia de Jesucristo, de su partida y de su permanencia. Ella lo prolonga y lo continúa. Ahora bien, es ante todo su misión y su condición de evangelizadora lo que ella está llamada a continuar. Porque la comunidad de los cristianos no está nunca cerrada en sí misma….


… —Evangelizadora, la Iglesia comienza por evangelizarse a sí misma. Comunidad de creyentes, comunidad de esperanza vivida y comunicada, comunidad de amor fraterno, tiene necesidad de escuchar sin cesar lo que debe creer, las razones para esperar, el mandamiento nuevo del amor. Pueblo de Dios inmerso en el mundo y, con frecuencia, tentado por los ídolos, necesita saber proclamar "las grandezas de Dios", que la han convertido al Señor, y ser nuevamente convocada y reunida por El. En una palabra, esto quiere decir que la Iglesia siempre tiene necesidad de ser evangelizada, si quiere conservar su frescor, su impulso y su fuerza para anunciar el Evangelio. El Concilio Vaticano II ha recordado, y el Sínodo de 1974 ha vuelto a tocar insistentemente este tema de la Iglesia que se evangeliza a través de una conversión y una renovación constante, para evangelizar al mundo de manera creíble.

—La Iglesia es depositaria de la Buena Nueva que debe ser anunciada. Las promesas de la Nueva Alianza en Cristo, las enseñanzas del Señor y de los Apóstoles, la Palabra de vida, las fuentes de la gracia y de la benignidad divina, el camino de salvación, todo esto le ha sido confiado. Es ni más ni menos que el contenido del Evangelio y, por consiguiente, de la evangelización que ella conserva como un depósito viviente y precioso, no para tenerlo escondido, sino para comunicarlo.

—Enviada y evangelizada, la Iglesia misma envía a los evangelizadores. Ella pone en su boca la Palabra que salva, les explica el mensaje del que ella misma es depositaria, les da el mandato que ella misma ha recibido y les envía a predicar. A predicar no a sí mismos o sus ideas personales, sino un Evangelio del que ni ellos ni ella son dueños y propietarios absolutos para disponer de él a su gusto, sino ministros para transmitirlo con suma fidelidad.


Para ensamblar y conjugar todo esto, miremos en la perícopa del Evangelio cómo está descrita la Misión de Jesús:

a)    recorría toda Galilea (desinstalada, en salida)
b)    enseñando en sus sinagogas y en todas las terrazas y en todos los areópagos
c)    proclamando (no a sí mismos o sus ideas personales), sino el evangelio del reino
d)    curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. (Ser “pescador de hombres” es ser terapeuta de cuerpos y almas).

¡Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor!












[1] Guardini, Romano. PREPAREMOPS LA EUCARISTÍA. Ed. San Pablo 2009 Bogotá–Colombia pp. 71-74.
[3] Gregorio de Nisa, VIDA DE MOISES. Salamanca. 1993, 89-90. Citado por Ratzinger, Joseph. UN CANTO NUEVO PARA EL SEÑOR Ed. Sígueme Salamanca 1999 pp. 64-65
[4] Fausti, Silvano. UNA COMUNIDAD LEE EL EVANGELIO DE MATEO. Ed. San Pablo2011 2da re-imp. Bogotá-Colombia p.57
[5] Mazariegos, Emilio L. DE AMOR HERIDO. Ed. San Pablo Bogotá-Colombia 3ª Ed. 2001. p. 144
[6] Fausti, Silvano. Op. Cit. p. 58
[7] Mazariegos, Emilio L. Op. Cit. p. 148
[8] Ibid p. 149
[9] Martín Descalzo, José Luis. RAZONES PARA LA ALEGRÍA. Ed. Planeta. Barcelona- España 1996.  pp. 181-183
[10] Sobrino, Jon. EL ESTILO DE JESÚS COMO PARADIGMA DE LA MISIÓN. En Amerindia. LA MISIÓN EN CUESTIÓN Aportes a la luz de Aparecida 2009 p.59