sábado, 17 de diciembre de 2022

VERDADERA REVOLUCIÓN

             

IV ADVIENTO (A)



Is 7, 10-14; Sal 24(23), 1-2. 3-4ab. 5-6(R.: cf. 7c y 10b); Rom 1, 1-7; Mt 1, 18-24

 

El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura.

Evangelii Gaudium # 88.

Papa Francisco

Profecía de una עַלְמָה [‘almah] - madre

Para entender la profecía de Isaías es necesaria una breve digresión: Nuestro Papa Emérito escribió: «… aquello que la Escritura ha querido decir en muchos lugares, sólo se hace visible ahora, por medio de esta nueva historia. Es una narración que nace en su totalidad de la Palabra pero que da precisamente a la Palabra ese pleno significado suyo que antes no era aún reconocible. La historia que se narra aquí no es simplemente una ilustración de las palabras antiguas, sino la realidad que aquellas palabras estaban esperando. Esta no era reconocible en las palabras por sí solas, pero las palabras alcanzan su pleno significado a través del evento en el que ellas se hacen realidad…. hay efectivamente palabras en el Antiguo Testamento que permanecen, por decirlo así, todavía sin dueño… el verdadero protagonista de los textos se hace aún esperar. Sólo cuando él aparece, las palabras adquieren su pleno significado… esas palabras que,  por el momento, siguen a la espera de la figura de la que están hablando.

 

También la historiografía del cristianismo de los orígenes consiste precisamente en asignar su protagonista a estas palabras que siguen a la espera. De esta correlación entre las palabras “en espera” y el reconocimiento de su protagonista finalmente manifestado se ha desarrollado la exegesis típicamente cristiana, que es nueva, y sin embargo, sigue siendo totalmente fiel a la palabra originaria de la Escritura.»[1]

 


Volvamos ahora sobre la perícopa de Isaías que nos ocupa en este IV Domingo de Adviento, tomada del capítulo 7, el primero de los seis capítulos, del 7 al 12, denominados “libro del Emmanuel”: «Como garantía de la propuesta profética se ofrece una señal que tiene la función de certificar la ayuda divina… Asistimos, en cambio, al juego de esgrima del hombre que alega una aparente religiosidad (“no quiero tentar al Señor”: ver Sal 78, 18.41.56; 106, 14; Ex 17, 7) como mampara para esconder un vacío de fe. En efecto, el rey no puede mostrarse explícitamente incrédulo, rechazando la propuesta isaiana, pero no puede tampoco pedir el signo milagroso porque quedaría luego comprometido y atado. Opta entonces por un pretexto evasivo. Pero la maniobra no hiere al profeta, sino al mismo Dios que, a los ojos de Isaías, parece romper sus relaciones con Acaz: nótese el cambio de pronombre en el v. 11 (“tu Dios”) y en el v. 13 (“mi Dios”). “No has mentido a los hombres sino a Dios” (Hch. 5,4)……. Para que el signo sea perceptible a los oyentes debe contener datos verificables y comprensibles, de lo contrario  ya no sería tal. Además, ya en este punto la finalidad no es la de dar solidez a la fe del monarca, sino confesar la fidelidad del Señor que supera las incredulidades humanas… La señal…la concepción y el nacimiento de un hijo… que aparece en el embrollado horizonte del reino de Acaz, nacerá de una ‘almah, término hebreo que indica una mujer joven que aún no ha dado a luz y que puede ser desposada o núbil (Gn 24, 43; Ex 2, 8; Ct 1, 3; 6, 7-8; Pr 30, 19). Es fácil pensar que los oyentes de Isaías identificaran inmediatamente a esa mujer en la joven esposa del soberano, Abí, hija de Zacarías (2Cro 29, 1)… La señal, por tanto, comenzaría reafirmando la continuidad  de la dinastía davídica según la promesa de Natán (2S7) que se realiza con  el nacimiento de Ezequías, rey fiel y piadoso (2R 18-20)…………………………. Es natural, entonces, que los elementos de la señal mesiánica alcancen en esta perspectiva una nueva fisonomía. La cual aparece inmediatamente en el vocablo que señala a la madre de Ezequías, que en la versión griega de los Setenta y en la cita del Evangelio de Mateo (1,23) es traducido “virgen”. Tras el rostro, aunque justo, de Ezequías, la tradición hebrea habría intuido al Mesías Salvador y el Cristianismo la figura de Cristo, Hijo de Dios, rey y sacerdote, presencia perfecta de Dios en la carne y tiempo del hombre. En realidad, el centro de la señal no era tanto el modo (virginal) del nacimiento, cuanto el nacimiento mismo, el significado encerrado en el nombre y el destino futuro. Pero el profeta fijaba también la mirada más allá de ese primer plano todavía empañado e imperfecto, hacia una salvación y liberación más excepcional.»[2]

 

¡YHWH ENTRA A REINAR!

Los salmos del Reino, como se ha comentado en repetidas ocasiones, servían al propósito de procesionar con el Arca de la Alianza para entronizarla en el Sancta Sanctórum. Todo esto en el marco de una parodia, como en los reinos antiguos se hacía, al rey se le confería o se le ratificaba –en el curso de las fiestas anuales- su realeza; sin embargo, el pueblo judío era consciente de los límites de la parodia, a Dios no se le puede dar su reinado, ni quitárselo, ni ratificárselo; no puede ser removido, ni derrocado; simplemente se trataba de un acto cultual para loar la Grandeza del Rey de la Gloria, Dueño y Señor de toda la creación. El Salmo 24(23) es un salmo dialogado, a dos coros, podríamos suponer uno de ellos, el pueblo que procesiona, el otro, formado por los guardianes del templo, los sacerdotes, los levitas encargados de preservar la sacralidad y la pureza del Templo (La Tienda del Encuentro). Se habla de una catequesis a las puertas del propio Templo; podríamos también imaginar una guardia con “lanzas cruzadas” impidiendo el paso, cerrando la entrada, a manera de “puertas” que se niegan a permitir el avance. Entonces se les da la orden, ¡permítanles entrar!, retiren las lanzas, franqueen el paso, en otras palabras: שְׂא֤וּ  שְׁעָרִ֨ים  רָֽאשֵׁיכֶ֗ם  וְֽ֭הִנָּשְׂאוּ  פִּתְחֵ֣י  עֹולָ֑ם  וְ֝יָבֹ֗וא  מֶ֣לֶךְ  הַכָּבֹֽוד׃

 


“¡Ábranse, puertas eternas! ¡Quédense abiertas de par en par, y entrará el Rey de la Gloria!

 

No es el pueblo quien procesiona, en este caso, es Dios mismo que viene y va a entrar. ¿A dónde va a entrar? Va a entrar de su Dimensión Divina, en la nuestra; del Kairos va a pasar al Cronos, va a entrar en la historia. Así que el Salmo pide que se franqueen las puertas para que nazca el Niño Dios. En vez de ir el pueblo hacia el Templo Santo, el Tres Veces Santo viene hacia nosotros, ha tenido Compasión de nosotros y viene a Reinar.

 

Pero aquí hay otro cambio radical, al que nos hemos referido con frecuencia, se trata de la manera de Reinar que tiene Dios. Dios no reina por la fuerza, sino por la fuerza del Amor. Por la Ternura-Real-del Bebé-que-es-Dios.

 

“¡Portones, alzad los dinteles,

que se alcen las antiguas compuertas:

va a entrar el Rey de la Gloria!”

 

Evangelio Católico: Para toda la raza humana

Excepto el 3er Domingo de Adviento –Domingo de Gaudete, cuando leímos de la Carta de Santiago- los otros tres Domingos de Adviento nos ocupa la Carta a los Romanos. Todo parece indicar que los cristianos de Roma desconocían a San Pablo, y que Pablo había estado intentando llegar a ellos para llevarles la Buena Nueva y llegar a otros gentiles que no habían sido evangelizados aún. «Pablo escribe esta carta a la comunidad de Roma; compuesta por convertidos del judaísmo y de la gentilidad, según parece entre los años 57-58, desde Corinto… Esta carta es la más teológica de todas; en ella retoma las ideas de otra Carta suya, a los gálatas –que escribió antes que esta-, pero aquí las expone de una manera más ordenada y matizada»[3].

 


Para mostrar la autoridad que le asiste para predicar y enseñar el Evangelio, San Pablo muestra, en el saludo de esta carta que es la perícopa que nos ocupa en este IV Domingo de Adviento del ciclo A, sus acreditaciones:

i)              Siervo de Cristo Jesús

ii)             Apóstol por un llamado de Dios

iii)           Escogido para proclamar el Evangelio de Dios

iv)           Por Cristo Jesús, nuestro Señor, recibió la gracia y la misión de apóstol, para hacer que los hombres lleguen a la obediencia de la fe; y con eso será glorificado su nombre.

v)            “Me ha enviado al mundo de los paganos”, al que pertenece también la Comunidad de Roma, a la que dirige esta carta. Cfr. Rom 1, 1-6.

 

«Los miembros judíos querían imponer la obligación de observar la ley judaica a los miembros que se habían convertido del paganismo, diciendo que sin ley no podría haber salvación. En esa cuestión Pablo entra de lleno. Les demuestra que el único que puede salvar es Dios y que el salva no sólo a los judíos sino también a toda la humanidad destruida por el pecado. Y Dios salva por medio de Jesucristo.

 


Para que la humanidad se salve, Dios concede una amnistía general. Pero para recibirla impone una sola condición: que el hombre crea en Jesucristo como la suprema manifestación del amor de Dios a los hombres y se haga su discípulo.»[4]

 

Dios jugó primero, tomó la iniciativa salvífica, envió a su Hijo, para Él se pide que se abran las puertas, para que entre de la Dimensión Divina en nuestra dimensión. Ahora, como leemos en Apocalipsis “¡Vamos!, anímate y conviértete. Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguien escucha mi voz y me abre, entraré a su casa a comer, Yo con él y él conmigo.” (Ap 3, 19b-20). “Está a la puerta y llama… ¿a qué llama, cuál es el objeto de su llamada? La respuesta viene aquí, en esta perícopa de Romanos que leemos en este Domingo. Dice que: “…a los que Cristo Jesús ha llamado; a ustedes a quienes Dios quiere y que fueron llamados a ser santos.” (Rom 1, 7b). Entonces el κλητοῖς ἁγίοις· “llamado es a ser santos”. No nos podemos hacer los desentendidos frente a esta apelación tan clara y contundente, que es la misión de San Pablo, y hoy por hoy, la de la Iglesia: ¡Llamar a la santidad!

 

La perícopa concluye con la fórmula de saludo, examinémosla: «Conforme al modelo universal de aquel momento, las cartas de Pablo, encabezadas por la superscriptio (nombre del mitente) y la adscriptio (nombre del destinatario), comenzaban con un saludo o salutatio. Los griegos saludaban con khaire (alégrate), los judíos con eleos kai eirene (misericordia y paz). Pues bien, Pablo y los cristianos empiezan a hacerlo de esta forma:

Gracia y paz a vosotros,

de parte de Dios, nuestro Padre,

y de Jesucristo, el Kyrios (Señor).



Esta fórmula de saludo, repetida en Gal 1, 3; 1Cor 1, 3; 2Cor 1, 2; Rom 1, 7; Flp 3; Ef 1, 2, refleja la experiencia más antigua de la Iglesia: por gracia de Jesús, los cristianos viven ya en la paz de Dios; ellos se encuentran vinculados a Dios que es Padre y a Jesús que es el Señor. Esta forma de ver en unidad al Padre Dios y al Kyrios Jesús (que después aparecerá como Hijo) constituye el principio de la fe trinitaria de la Iglesia…».[5]

 

Del linaje de David

La perícopa del Evangelio que ha correspondido en este IV Domingo de Adviento -que tantas veces hemos leído y que tan bien conocemos- contiene tantos y tantos detalles que su estudio minucioso está más allá del aliento de nuestro cometido. Sin embargo, queremos tocar –de todos y de tantos- cuatro de ellos.

 

Primero, ¿dónde está puesto el foco? «A diferencia de Lucas, Mateo habla de esto exclusivamente desde la perspectiva de San José, que, como descendiente de David, ejerce de enlace de la figura de Jesús con la promesa hecha a David.»[6]

 

En segundo lugar, el tema del “hombre justo”. En este texto se hace referencia a San José diciendo que δίκαιος ὢν “era hombre justo” «… (zaddik)… ofrece un cuadro completo de San José y, a la vez, lo incluye entre los grandes figuras de la Antigua Alianza, comenzando por Abraham, el justo. Si se puede decir que la forma de religiosidad que aparece en el Nuevo testamento se compendia en la palabra “fiel”, el conjunto de una vida conforme a la Escritura se resume en el antiguo Testamento con el término “justo”…. (Y refiriéndose al Salmo 1, dice que…) La imagen de los cauces de agua de las que se nutre ha de entenderse naturalmente como la Palabra viva de Dios, en la que el justo hunde las raíces de su existencia. La voluntad de Dios no es para él una ley impuesta desde fuera, sino gozo»[7]


 

Ahora, en tercer lugar, examinemos la manifestación del “mensaje” de Dios, comunicado por el ángel, que es diferente en su entrega para María que para San José: «Mientras que el ángel “entra” donde se encuentra María (Lc 1, 28), a San José sólo se le aparece en sueños, pero en sueños que son realidad y revelan realidades. Se nos muestra una vez más un rasgo esencial de la figura de San José: su finura para percibir lo divino y su capacidad de discernimiento. Sólo a una persona íntimamente atenta a lo divino, dotada de una peculiar sensibilidad por Dios y sus senderos, le puede llegar el mensaje de Dios de esta manera… El mensaje que se le consigna es impresionante y requiere una fe excepcionalmente valiente… Mateo había dicho antes que José estaba “considerando en su interior” (enthyméthèntos) cuál debería ser la reacción justa ante el embarazo de María»[8]


 

Para no fatigarlos, quisiéramos considerar sólo un cuarto y –por ahora, último- asunto: El nombre de Jesús: «Es el mismo nombre que el ángel había indicado a María para que se le pusiera el niño: el nombre Jesús (Jeshua) significa YHWH es salvación. El mensajero de Dios que habla a José en sueños aclara en qué consiste esa salvación: “Él salvará a su pueblo de los pecados.”… con el término “Emmanuel” nos referimos al Mesías. Pero la idea del Mesías se ha desarrollado plenamente sólo en el período del exilio y sucesivamente después.»[9]

 

Gestando futuro

«Rahner se atrevía a insistir en que “la Navidad es la fiesta en la que no se celebra un acontecimiento del pasado, que ocurrió una vez y ya pasó, sino algo presente, que es, al mismo tiempo, el comienzo de un futuro eterno que se nos acerca. Es la fiesta del nacimiento de la eterna juventud. Nos ha nacido un niño y en Él se injerta definitiva y triunfalmente en este mundo la eterna juventud de Dios”.»[10]

 

La Navidad en nuestra mente está asociada con el Árbol de Navidad, el Pesebre, las galletas, la Cena de Nochebuena que , en muchas ocasiones, se empieza a disponer con más de un mes de anticipación; las bebidas alcohólicas: el vino, el champagne, y otros; los buñuelos, la natilla y los regalos. A esta enumeración –no exhaustiva- debemos añadirle, por lo menos, la mención de la Novena de Aguinaldos. Pero, el tema central, el Nacimiento de Nuestro Señor y Salvador no aparece en todo el contexto. En este contexto, -pese a que la Novena y los Villancicos hacen mención del Niño Dios- el fenómeno religioso se difumina y se diluye, como lo denuncia Martín Descalzo, “con toneladas de azúcar”.


 

«¿Acaso hay algo más pastelero, más suave, más dulce, más cursi, inerme, inútil, acariciador y blandengue? ¿Y la puerta del futuro? ¿No es acaso Navidad un concentrado de recuerdos, el pasado del pasado, el ayer del ayer, lo definitivamente congelado en las páginas de la historia?

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No exagero. No ironizo. Decidme ¿Cuántos, cuántos hombres hay hoy en la tierra que se alimentan de la esperanza de que el mundo será refundido, de que nacerá el hombre nuevo, de que el hombre y Dios participaran de una misma y verdadera vida, de que Belén acabará siendo la patria de todos los nacidos? No nos engañemos. Hace demasiado tiempo que no esperamos nada. Hace demasiado tiempo que nadie vive “tenso” hacia ese futuro. El champagne es una buena disculpa para entretener esa espera en la que nadie sabe si está esperando algo.»[11]

 

En algún momento señalábamos que la Iglesia, en ese momento en cabeza de San Pablo, se vio obligada a predicar que la “Parusía” “no estaba a la vuelta de la esquina”; pero, el anuncio del Evangelio no puede –so pretexto de esto- olvidar que el hecho de su “demora”, no significa que no va a llegar nunca, o que su demora se extiende a una fecha por allá en el borde del infinito, en los linderos de la eternidad. También queremos repetir -machaconamente- que Jesús enseñó que “he aquí, sin embargo, que el Reino de Dios está en medio de ustedes” (Lc 17, 21b), no es algo a futuro, es algo que germina entre nosotros; germina y brota, yEsté dormido o despierto, sea de noche o de día, la semilla brota y crece sin que él sepa cómo”. (Mc 4, 27).

 

« El Señor está aquí. El Señor de la creación y de mi vida. Ese Dios no mira ya, desde el eterno “todo en uno y de una vez” de su eternidad, el eterno cambio de mi vida destrozada. La eternidad se hace tiempo, el Hijo se hace hombre, la eterna razón del mundo, lo que da sentido a toda realidad, se hace carne, humano. Y, por ello, se transforman el tiempo y la vida del hombre, Porque Dios mismo se ha hecho hombre. No en cuanto que hubiera dejado de ser el mismo Verbo eterno de Dios con toda su gloria y felicidad incomprensible. Pero se ha hecho verdaderamente hombre. Y ahora a él mismo le interesa este mundo y su destino. Ahora no es sólo su obra, sino un trozo de él mismo.

 

Desde este momento está él también sobre la tierra, y las cosas no le son a él más propicias que a nosotros. No se le otorga ninguna concesión especial, sino que comparte la misma suerte con todos nosotros: hambre, fatiga, enemistad, la amargura de la muerte y de una muerte miserable. Y lo más inverosímil es que la infinitud de Dios reciba y acepte la limitación humana, que la felicidad suprema reciba la tristeza de la tierra, la vida y la muerte. Pero sólo ella, esa oscura luz de la fe, hace nuestras noches claras, ella sola hace las noches santas.

 

Cuando decimos: “Es Navidad”, afirmamos que Dios ha dicho al mundo su última, su más profunda y bella palabra en el Verbo hecho carne; una palabra que ya no se puede retirar, porque es la obra definitiva de Dios, porque es Dios mismo en el mundo. Y esta palabra dice: “Te amo, a ti, mundo, a ti, hombre o mujer”. Es una palabra completamente inesperada, inverosímil.

 

Y ahora reina una silenciosa tranquilidad en el mundo, y todo el ruido, que se llama orgullosamente historia del mundo y propia vida, es sólo el ardid del eterno amor, que quiere hacer posible una libre respuesta del hombre a su última palabra.

 

Desde el centro vital de la realidad, que es el Verbo hecho carne, todo tiende, con la inflexibilidad del amor, hacia Dios, sin que ante Él tenga que quedar el mundo reducido a cenizas por el ardiente fuego de su santidad y justicia. Todo tiempo queda abrazado por la eternidad, por esa eternidad que se convirtió en tiempo. Toda lágrima queda ya enjugada en lo más íntimo, porque Dios mismo la ha llorado y la ha enjugado en sus propios ojos. Toda esperanza está ya en posesión, porque Dios es ya poseído por el mundo.


 

Navidad es la fiesta en la que se celebra, no un acontecimiento pasado que ocurrió una vez y pasó, sino algo presente… Nos ha nacido un niño. Pero no es un niño que comienza ya a morir en el momento en que empieza a vivir. Es el niño en el que se injerta definitiva y triunfalmente... la eterna juventud de Dios.»[12]

 

 



[1] Benedicto XVI LA INFACIA DE JESÚS. Ed. Planeta. Colombia 2012 pp. 22-25

[2] Ravasi, Gianfranco. LOS PROFETAS. Ed. San Pablo 1996. Santafé de Bogotá D. C. -Colombia pp. 74-76

[3] Miranda, José Miguel. LECCIONES BÍBLICAS. GUÍA PRACTICA PARA EL CONOCIMIENTO DE LA BIBLIA. Ed San Pablo Santafé de Bogotá D.C. – Colombia 2001 pp. 182-183

[4] Storniolo, Ivo y Martins Balancin, Euclides. CONOZCA LA BIBLIA San Pablo. Bogotá D. C. – Colombia 5ª reimpresión 2002 p. 103

[5] Charpentier, Ettienne. PARA LEER EL NUEVO TESTAMENTO. Ed Verbo Divino Navarra- España 2004  p. 61

[6] Benedicto XVI. Op. Cit. p. 44

[7] Ibid. pp. 45-46

[8] Ibid. pp. 47-48

[9] Ibid. pp. 48. 55.

[10] Martín Descalzo, José Luis. BUENAS NOTICIAS. Ed. Planeta Barcelona – España 1998 p. 93

[11] Ibid p. 94

[12]  Rahner Karl S.J. MEDITACIONES BREVES Friburgo de Brisgovia - Alemania, 1904  pp 13-20

 

sábado, 10 de diciembre de 2022

PUNTO DE PARTIDA PARA UNA NUEVA ANTROPOLOGÍA

 


Is 35; 1-6; Sal 145, 7. 8-9a. 9bc-10; Sant 5, 7-10; Mt 11, 2-11

 

Si Dios se ha hecho hombre, ser hombre es la cosa más importante que se puede ser.

Ortega y Gasset

 

Mirando el testimonio de san Francisco, comprendemos que el secreto de la verdadera felicidad es precisamente: llegar a ser santos, cercanos a Dios.

Benedicto XVI

 

Gaudete

Salta a la vista el carácter penitencial de esta temporada de Adviento reflejado en el color de los ornamentos: morado, color de sobriedad, de ayuno y penitencia, de arrepentimiento por nuestros pecados., en este Tercer Domingo de Adviento, sin embargo, (llamado “de Gaudete”, que se puede traducir “de alegría”) el color será Rosado, para significar regocijo; y es que tenemos motivo para la alegría, Tú has cambiado mi lamento en danza; me has quitado el luto y me has vestido de alegría.” Sal 30(29), en el verso 11(12).





Los motivos para mudar de sentimientos están expresados especialmente en tres puntos de la liturgia:

·         En la antífona de Entrada, tomada de Flp 4, 4a.5a.c: “Estén siempre alegres en el Señor, se lo repito, estén alegres. El Señor está cerca”.

·         En la oración colecta: “Oh Dios, que ves a tu pueblo con fe esperando la festividad del nacimiento del Señor, concédenos alcanzar la gran alegría de la salvación,…

·         En la Primera Lectura (Is 35; 1-2a): “Regocíjate yermo sediento. Que se alegre el desierto y se cubra de flores, que florezca como un campo de lirios, que se alegre y dé gritos de júbilo, porque le será dada la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y del Sarón”.

 

En la Primera Lectura al Mesías se le designa como “Dios vengador y justiciero viene ya para salvarnos”, y nos precisa cuáles serán sus señas de identidad para poderlo reconocer:

i)              Iluminara los ojos de los ciegos

ii)             Los oídos de los sordos se abrirán

iii)           Saltará como un ciervo el cojo

iv)           La lengua del mudo cantará

 

En el Evangelio San Juan Bautista llama al Mesías “El que ha de venir”; y manda a preguntarle si Él es el Mesías. Jesús –en vez de responderle directamente con un “Si, Yo soy”- le contesta con un elegante y hermosísimo giro literario[1], mostrándole que verdaderamente Él era “el que había de venir”, el que cumple con todas las señas profetizadas. Él es la alegría de la salvación y por eso, este Domingo Tercero de Adviento es de Gaudete, “porque el Señor está cerca”.

 

El salto infinitamente largo

«La mayoría de los pueblos y familias de la tierra celebran en diciembre la Navidad, pero muchos de ellos no saben ya lo que significa Navidad, ni lo que celebran. Se quedan con la apariencia sin el fondo; celebran el “envoltorio” sin abrir el contenido, el regalo que nos llega a todos de parte de Dios. Pero no todos lo abren. ¡Qué lástima! ¡Qué superficialidad!»[2]

 

«T. S. Eliot escribía en uno de sus poemas:

“Hay varias actitudes hacía la Navidad

De algunas de las cuales podemos prescindir:

La social, la torpe, la abiertamente comercial,

La juerguista (las tabernas abiertas)

E incluso la infantil (que no es la del niño

para quien la vela es una estrella y el ángel dorado

extendiendo las alas en lo alto del árbol

no es sólo un adorno,

sino un verdadero ángel)”.

 

Efectivamente hay que prescindir de todas esas falsificaciones que nada tienen que ver con la realidad. Ya hemos desembuchado bastante contra ellas. Son una falsificación tan clara que molestarse en disiparla, aparte de inútil es una vulgaridad. Que la Navidad no es nada de eso (ni la juerga, ni el comercio, ni el champagne) es algo demasiado evidente. Todos esos “usan” la Navidad, no la viven y mucho menos la comprenden.

 

Pero la pregunta es otra: ¿Comprenden la Navidad los que la comprenden, es decir, los que dicen y creen comprenderla? ¿Llegan a la entraña de la Navidad la mayoría de los cristianos, incluidos los fervorosos? ¿Cuántos se han detenido a pensar, completamente en serio, lo que la Navidad es y significa? ¿Cómo es que, incluso en los púlpitos, se hace ternurismo navideño pero ni se intenta teología navideña? ¿Por qué todo se queda en algunos tópicos, más o menos fervorosos?

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 Pero pienso yo que para acercarse a los suburbios de la idea de la Navidad y de la encarnación hay que empezar por tener una idea profunda de lo que es en realidad el hombre, de lo que es en verdad Dios y de lo que fue verdaderamente Jesucristo. Dudo que la mayoría de los creyentes tengan claras estas tres ideas, sin cuya profundización la Navidad queda banalizada. Góngora me parece que lo intuyó en aquel soneto en el que explica porque en Belén se mostró más el amor de Dios que en la cruz, cuando escribe que aquella fue una humillación, un descenso de Dios mucho más hondo “porque hay distancia más inmensa / de Dios a hombre que de hombre a muerto (distancia pequeñísima que todo hombre ha de cruzar). Mientras que el salto en Belén tiene una longitud infinita, literalmente infinita: de Dios a hombre.

 


Efectivamente, si entendemos que Dios es “el absolutamente otro”, el “eterno”, el “creador”, el “por esencia inmortal”, “el que es”, el “todopoderoso y todo-poseedor”, ¿qué no será para Él hacerse, a la vez y sin dejar de ser todo eso, “el absolutamente fugitivo”, “el mortal por naturaleza”, la “criatura”, “el que no es”, “el todonecesitado”?

 

Navidad es para Dios la gran caída. Como decía san Gregorio Nacianceno, “el que es, nace; quien no lo es, se hace creado; el infinito se hace extenso y limitado; el que enriquece, mendiga; se empobrece tomando mi carne para que yo me enriquezca con su naturaleza divina; se vacía quien está repleto de todas las cosas.”


 

En Navidad, pues, asistimos a un giro de Dios, de ese Dios que es, por naturaleza, inmutable. En Navidad, descubrimos los hombres, un “nuevo Dios”, distinto del que los filósofos nos habían mostrado. “En el hombre Jesús –escribe González de Cardenal-, Dios se ha acercado a los hombres, ha condescendido hasta ellos y se ha situado al nivel de su palabra, de su visión y audición humanas.

 

¿Es todo esto comprensible fácilmente? Sólo desde la fe y un poco de locura.»[3]

 

Comparemos

«Muy sugestiva es la narración de Coloma en la que se cuenta la historia de un individuo que buscaba la camisa del hombre feliz. Y sucedió que el único hombre que afirmaba ser dichoso “no tenía camisa”. Sería de sumo interés elaborar una encuesta para averiguar cuál es el retrato del hombre feliz que cada uno de nuestros contemporáneos ha ido diseñando en su mente. Con seguridad la mayoría de los encuestados pintarían a un hombre cargado de dinero, con una casa muy confortable; un personaje que viaja, que se ahoga en placeres, que es apreciado en la sociedad. En resumidas cuentas se acentuaría el aspecto puramente material. Y no sería nada raro, pues respondería al pensamiento de una sociedad que cifra su dicha en la técnica, en el confort… Algunas de nuestras revistas modernas, que se dedican a sondear la vida íntima de figuras de fama internacional –sobre todo en la farándula-, son testigos de primera mano de la tragedia de tantos individuos que, rodeados de todas las comodidades, se sienten los más solitarios del universo. A esos artistas de cine, escritores famosos o cantantes de cartel, un día casi los hemos llegado a envidiar, al enterarnos por las revistas de sus cuantiosos ingresos monetarios y de sus sonados triunfos internacionales. Pero, un buen día también, con gran asombro nuestro, leemos en algún periódico que uno de esos personajes se ha convertido en un drogadicto desequilibrado o que se ha suicidado, ingiriendo un mordaz veneno o pegándose un tiro en la sien. ¡Y nosotros que los creíamos los hombres más felices del mundo! Se habían postrado ante sus ídolos, que ellos creían de oro puro, pero que resultaron ser de fragilísimo barro que luego se convirtió en polvo barrido por el viento  .………………………………………………………………………………………………………..

 

Jeremías con otra imagen esplendorosa, nos diseña el retrato del hombre feliz, del que confía en Dios: “Es como un árbol plantado junto al agua,… cuando llegue el estío no lo sentirá, sus hojas estarán siempre verdes” (Jer 17, 8). Los santos han sido esos árboles plantados junto a la ribera del río. Sus raíces más profundas estaban en Dios. Para ellos hubo inviernos y estíos, tormentas y huracanes; pero ellos continuaban siempre con sus hojas verdecidas porque para las aguas de Dios no existen estaciones.

 

El fracaso y la desolación han estado presentes con frecuencia en la vida de los santos; pero el santo no es un sauce llorón que goza viendo su melancólica silueta en las aguas del río. El santo es el verdadero hombre feliz que acepta el plan de Dios y entona el himno a la vida. Nunca un santo escribió una novela existencialista a lo Sartre ni hablo del “absurdo” de la vida.

 

El sujeto que salió en busca de la camisa del hombre feliz no la encontró nunca. La camisa de felicidad no se encuentra tejida con finísimo algodón de Inglaterra. La verdadera camisa del hombre feliz está fabricada con la burda tela puramente evangélica.»[4]

 

El hombre nuevo ya ha comenzado

«… lo mismo que en Navidad cambian todos los conceptos sobre Dios, también en este tiempo cambia el concepto del hombre. Ortega y Gasset lo dijo con una frase propia de un Padre de la Iglesia: “Si Dios se ha hecho hombre, ser hombre es la cosa más importante que se puede ser”. Es cierto, en Navidad asistimos a una segunda creación del hombre. En el Paraíso nació un tipo de hombre; en Belén nació el hombre nuevo, una nueva especie humana, el hombre capax Dei, “capaz de Dios”, con una nueva alma, de dimensiones infinitas esta vez. A partir de Belén, la condición humana no es ya una triste aventura de rumiantes y pasa a ser aquello con lo que la serpiente engañó a Adán: “Seréis como dioses”; seréis literalmente hijos verdaderos de Dios.

 

¿No debería ser entonces, Navidad la gran fiesta de la humanidad? En Belén hubo un “incremento del ser”, un crecimiento que ya nunca concluirá hasta el fin de los tiempos. “Cuando Cristo apareció en los brazos de su Madre, acababa de revolucionar el mundo” ha escrito Teilhard.

 

No es por ello, ninguna metáfora escribir que “todos nacimos en Belén”, que todos seguimos “naciendo en Belén”. El don de Dios que fue la entrega de su Hijo es el mayor regalo que jamás han hecho a la humanidad. Y frente a ese don no cabe más respuesta que el asombro, la adoración, el entusiasmo, porque desde ese día no sólo está Dios con nosotros, Dios por nosotros, Dios para nosotros, sino también Dios en nosotros, Dios uno de nosotros.»[5]

 

El secreto de la felicidad

Hace muchísimos años, vivía en la India un sabio, de quien se decía que guardaba en un cofre encantado un gran secreto que lo hacía ser un triunfador en todos los aspectos de su vida y que, por eso, se consideraba el hombre más feliz del mundo. Muchos reyes, envidiosos, le ofrecían poder y dinero, y hasta intentaron robarlo para obtener el cofre, pero todo era en vano. Mientras más lo intentaban, más infelices eran, pues la envidia no los dejaba vivir. Así pasaban los años y el sabio era cada día más feliz.

 

Un día llego ante él un niño y le dijo: "Señor, al igual que tú también quiero ser inmensamente feliz. "Por qué no me enseñas que debo hacer para conseguirlo?"


 


El sabio, al ver la sencillez y la pureza del niño, le dijo:

 

"A ti te enseñaré el secreto para ser feliz. Ven conmigo y presta mucha atención. En realidad son dos cofres en donde guardo el secreto para ser feliz y estos son mi mente y mi corazón, y el gran secreto no es otro que una serie de pasos que debes seguir a lo largo de la vida".

 

El primer paso, es saber que existe la presencia de Dios en todas las cosas, y por lo tanto, debes amarlo y darle gracias por todas las cosas que tienes y por todo lo que te pasa.

 

El segundo, es que debes quererte a ti mismo, y todos los días al levantarte y al acostarte, debes afirmar: yo soy importante, yo valgo, soy capaz, soy inteligente, soy cariñoso, espero mucho de mí, no hay obstáculo que no pueda vencer. Este paso se llama autoestima alta.

 

El tercero, es que debes poner en práctica todo lo que dices que eres, es decir, si piensas que eres inteligente, actúa inteligentemente; si piensas que eres capaz, haz lo que te propones; si piensas que eres cariñoso, expresa tu cariño; si piensas que no hay obstáculos que no puedas vencer, entonces proponte metas en tu vida y lucha por ellas hasta lograrlas. Este paso se llama motivación.

 

El cuarto paso es que no debes envidiar a nadie por lo que tiene o por lo que es, ellos alcanzaron su meta, logra tú las tuyas.

 

El quinto paso, es que no debes albergar en tu corazón rencor hacia nadie; ese sentimiento no te dejaría ser feliz; deja que las leyes de Dios hagan justicia, y tú… perdona y olvida.

 

El sexto paso es no tomar las cosas que no te pertenecen, recuerda que de acuerdo a las leyes de la naturaleza, mañana te quitarán algo de más valor.


 

El séptimo paso, es no maltratar a nadie; todos los seres del mundo tenemos derecho a que se nos respete y se nos quiera.

 

Y por último, levántate siempre con una sonrisa en los labios, observa a tu alrededor y descubre en todas las cosas el lado bueno y bonito; piensa en lo afortunado que eres al tener todo lo que tienes; ayuda a los demás sin pensar que vas a recibir nada a cambio; mira a las personas y descubre en ellas sus cualidades y dales también a ellos el secreto para triunfar y que de esta manera, puedan ser felices".

 

Y como pueden ver, lo que los reyes y poderosos ansiaban, lo tenían al alcance de la mano.[6] Simplemente se trata de hacer realidad la Navidad en tu propia vida, dejar que Jesús nazca en ti, en mí. Abrir las brazos para recibir a Jesús –como si fueras la mismísima Virgen María y luego decir, con total sinceridad, con los labios del corazón: “¡Ven a nuestras almas, ven, no tardes tanto!”

 

 



[1] «Describe pues su acción mesiánica no como obra de su potencia o como toma de posesión que él hace de un imperio –que también le pertenece porque es el Señor del mundo-; describe su acción mesiánica como obra de diaconía hacia el hombre y hacia el hombre necesitado». Dice El Card. Martini, Carlo María POR LOS CAMINOS DEL SEÑOR. MEDITACIONES PARA CADA DÍA. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia 1995. p. 176.

[2] Llano, Alfonso. s.j. 100 RAZONES PARA HACER UN ALTO EN EL CAMINO intermedio editores Bogotá - Colombia 2011 p. 138

[3] Martín Descalzo, José Luis. BUENAS NOTICIAS. Ed Planeta Barcelona- España 1998. pp. 87-89

[4] Estrada, Hugo. s.d.b. MEDITACIONES BÍBLICAS  Ed. Centro Carismático “Minuto de Dios” Bogotá-Colombia 1987. pp. 161-165

[5] Martín Descalzo, José Luis. Op. Cit. pp.89-90

[6] Agudelo, Humberto Pbro. VITAMINAS DIARIAS PARA EL ESPÍRITU T. 2. Ed. Paulinas Bogotá Colombia 2005 3ª. imp. Pp. 221-222

sábado, 3 de diciembre de 2022

CONVERTIRSE ES OPTAR POR LA MISMA PERSPECTIVA DE JESÚS



Is 11, 1-10; Sal 72(71), 1-2. 7-8. 12-13. 17; Rom 15, 4-9; Mt 3, 1-12

 

"Si nos parecemos a Cristo, quienes nos vieron ya se quedaron pensando en El. Ya les predicamos con nuestro ejemplo, pues un hombre que está lleno de Dios, lo comunica a todos".

San Francisco de Asís

¡Ay de mi si no anuncio el Evangelio!

1 Cor 9, 16c

 

 

El Rey es Dios

Noël Quesson en su análisis del Salmo 72(71) nos explica que «Este salmo, escrito después del exilio, en una época en que ya la dinastía de David no estaba en el trono, se refiere directamente al “rey-Mesías”, “al reino mesiánico” esperado como “universal” y “eterno”. Sólo Dios puede tener un reino eterno, “que dure tanto como el sol, hasta la consumación de los siglos”»[1].

 

El salmo es un “salmo real”, se alaba a Dios como un Rey durante su “entronización”; la realeza la confiere sentarse en el trono, la persona era -automáticamente- revestida de los atributos reales.  Primero, la etapa religiosa, en el Templo, donde intervenían un Sacerdote y un profeta: la unción el uno y, la entrega del rollo (el rollo pasó a ser tergiversado por el garrote sublimado en el cetro, disimulado bajo la apariencia de bastón de apoyo, pero garrote, al fin de cuentas) de las  funciones y “misión” del recién ungido; además, la segunda etapa, -en la “sala real”- donde se le hacía entrega del emblema bélico: la espada y donde el rey recitaba su “discurso de posesión” se le rendían honores y el ejército le presentaba armas, (el protocolo tampoco ha cambiado mucho, salta a la vista las analogías, con cualquier posesión de un gobernante actual, guardadas las proporciones y las diferencias).

 


En este salmo se define cómo debe ser el Rey, especialmente con tres palabras: paz, rectitud y justicia. En él se van enumerando los rasgos de su misión: a) Defender a los humildes del pueblo b) socorrer a los hijos del pobre c) quebrantar al explotador d) que durante su reinado florezca la justicia y también la paz e) librar al pobre que clama f) ser el protector del afligido que no tiene protector g) apiadarse del pobre y del indigente y salvar la vida de los pobres g) La sangre de los pobres será preciosa a sus ojos h) Encargado de interceder por los pobres y bendecirlos h) hará que abunde el trigo, y los frutos, y las flores.

 

Todos estos méritos del gobernante (el hijo del Rey) son en realidad méritos de su Padre Dios, porque ninguno de estos prodigios que se esperan del Rey puede ser sino dones que Dios le entrega por ser su Hijo, el Mesías, el Esperado. Y es así ya que estamos hablando de Jesús, el verdadero Hijo de Dios, que viene a gobernar al pueblo con justicia, a los humildes con rectitud. El salmo concluye “Amén y Amén”.

 

Nuevamente, estamos llamados a cobrar conciencia que el bautismo que nos sumerge en las aguas de Cristo, nos entrega, a todos, la triple dignidad de Profetas-Sacerdotes-Reyes. Claro, insertados en el Cuerpo Místico de Cristo como verdaderas células de su Organismo «… soy hombre, soy miembro de la sociedad, soy célula en el cuerpo de la raza humana, y las vibraciones de mi pensar y de mi sentir recorren los nervios  que activan el cuerpo entero para que entienda y actúe y lleve la redención al mundo.» no somos menos responsables que Él en el proceso de construcción del Reino, «… que la realidad desnuda de la pobreza actual se levante en la conciencia de todo hombre y de toda organización para que los corazones de los hombres y los poderes de las naciones reconozcan su responsabilidad moral y se entreguen a una acción eficaz para llevar el pan a todas las bocas, refugio a todas las familias y dignidad y respeto a toda persona en el mundo de hoy…Que mis pensamientos y mis palabras y el fuego de mi mirada y el eco de mis pisadas despierte en otros el mismo celo y la misma urgencia para borrar la desigualdad e implantar la justicia.»[2]

 

Del amor sólo brota el bien

Empecemos contextualizando la perícopa: Veamos los dos versos anteriores, en el capítulo 10, 33-34 de Isaías: “Miren, el Señor todopoderoso derriba los árboles con fuerza terrible, los más altos caen cortados, los más elevados se viene al suelo. Con un hacha derriba lo más espeso del bosque, y los árboles más bellos del Líbano se derrumban”. Nos encontramos con el tronco familiar de David, un מִגֵּ֣זַע “tocón” y, atención al significado de “tocón”: “parte del tronco que queda unida a la raíz cuando se corta un árbol por el pie, o también, muñón, parte de un miembro cortado”; y, en este caso se refiere a la línea de sucesión en el trono de David, recordemos que Jesé es el papá de David.

 

Así los versos 1 -5 de la perícopa (primera parte que se ocupa de definir la misión del Mesías junto con su entronque Davídico) que nos ocupa del profeta Isaías, giran en torno a esta imagen del tronco cortado, amputado y la yemita que surge, es un “brote”, como un retoño, como un renuevo, como una esperanza de resurgimiento, de resurrección. Sobre esta “varita de hojas verdes” está el ר֣וּחַ viento del Espíritu y le otorga:

i)       Sabiduría, inteligencia, prudencia, fuerza, conocimiento y temor del Señor.

ii)      No se apoya en las apariencias, ni se apoya en rumores

iii)     Defiende los derechos de los דַּלִּ֔ים pobres del país לְעַנְוֵי־  אָ֑רֶץ .

iv)     Tiene Palabras –como una vara- para castigar al violento

v)      El malvado recibirá como azote el “soplo de su boca”.

 

Si el salmo nos habló de tres rasgos: paz, rectitud y justicia; la Primera Lectura lo resumirá en dos palabras: צֶ֫דֶק justicia y אֱמוּנָה fidelidad (verdad), coherencia entre lo ofrecido y lo realizado.

 

En la segunda parte, los versos 6-10 nos dicen cómo será la era inaugurada por el Mesías: La oposición entre animales salvajes y animales domésticos: en el primer grupo tenemos el lobo, el tigre, el león, la osa, la cobra y la víbora; en el segundo grupo el cordero, el cabrito, el becerro, la vaca y sus crías, el buey, el niño y la mano de ese niño. Tenemos (geopolíticamente hablando) un “topos”: “Mi monte Santo” donde la “utopía” deja de serlo y se cumple por fin que לֹֽא־  יָרֵ֥עוּ  וְלֹֽא־  יַשְׁחִ֖יתוּ “no habrá quien haga ningún daño”.

 

¿Cómo es posible que lo que era pura u-topia tenga un “topos”? Pues es porque el conocimiento de Dios lo llena todo; si se conoce a Dios, como ya lo dijo San Agustín, “Ama y haz lo que quieras”.

 

Si callas, callarás con amor,

si gritas, gritarás con amor,

si corriges, corregirás con amor,

si perdonas, perdonarás con amor.

 

Si está dentro de ti

la raíz del amor,

ninguna otra cosa sino el bien

podrá salir de tal raíz.

 

Dios es Amor, todo lo trasforma y conocerlo significa inundarlo todo en su Amor y, entonces nuestra conducta será inofensiva (también el receptor debe estar “saturado” de ese mismo Amor para que pueda recibirlo dentro de la misma amorosa dimensión). Y ¡Dios es amor!

 

Tener los mismos sentimientos de Jesús

En 2Tim 3,16-17 leemos “Toda Escritura inspirada por Dios es útil para enseñar, para reprender, para corregir, para guiar en el bien. La Escritura hace perfecto al hombre de Dios, preparándolo para toda obra buena.” La perícopa de Romanos, que conforma la Segunda Lectura, insiste en esta idea; además nos da otro “para”: “mantener firme la esperanza”. ¿Cómo se apuntala la esperanza la Escritura? “mediante la constancia y el consuelo que infunde.” En Romanos 15,5 se habal no de mismos sentimientos, sino de una misma perspectiva αὐτὸ φρονεῖν (auto fronein), ver las cosas desde un mismo ángulo, enfocar las cosas desde el mismo punto de vista.

 


Pero se pensaría que la responsabilidad recae sobre “lo escrito” (La Escritura, la Palabra de Dios) ¡no es así! Para que se mantenga la esperanza gracias a la constancia y el consuelo que ellas infunden se precisa que nosotros tengamos “unos con otros los sentimientos del propio Cristo Jesús”, es decir, que veamos las cosas desde el enfoque que les da Jesús. Nos sentimos responsables de llamar la atención sobre lo que espera Dios de nosotros, en este texto se nos pide que, “seamos atentos unos con otros como Cristo los acogió para la gloria de Dios”. Se ha traducido “ser atentos”; la palabra que se usa es el verbo προσλαμβάνω (proslambano), que implica acogida, una actitud dinámica, abierta, hospitalaria, con fuerte interés personal, de brazos abiertos. Viene la pregunta: ¿somos así con nuestros hermanos en la fe? ¿Nos preocupamos intensamente y nos interesamos con fuerte interés personal por lo que les pasa a otros fieles de nuestra parroquia? ¿Cómo están? ¿Por qué no habrán venido a la Eucaristía este Domingo? O, por el contrario, ¿es la indiferencia el lenguaje que nos desconecta? Nos desconocemos y ni siquiera sabemos nuestros nombres. Y ¿así construimos comunidad?

 

Hay otro tema en la perícopa: Que Jesús se puso al servicio de los judíos circuncisos, pero no paró allí, llego –por sutiles y especiales canales, entre los cuales está el propio San Pablo- hasta los incircuncisos, a los paganos. Es decir, que nuestra fe, la que tiene a Jesucristo como nuestro Señor, Dios y Salvador no es excluyente, para cierta raza o cierto pueblo, sino católica, inclusiva, acogedora, perdonadora, de “brazos abiertos”. Dicho sea de paso: esto es parte del espíritu navideño, puertas y brazos abiertos, hospitalidad y acogida, cero-discriminaciones, nada de barreras raciales, esta fiesta de la Natividad del Señor es una Fiesta que nos une a todos, y no tan sólo por diciembre, sino para el resto de nuestras vidas.

 

También somos precursores

El segundo Domingo de Adviento se ocupa de San Juan Bautista, el precursor, también nosotros, estamos llamados a ser precursores, para prepararle el camino al Señor, y enderezar los senderos sinuosos, nivelando, aplanando los turupes y rellenando las hondonadas. San Mateo nos muestra su manera de vestir y su dieta frugal. En esta época que –como ya lo hemos dicho- es una época de derroche y despilfarro donde se desborda el consumismo y campea el desperdicio, el atuendo de Juan el Bautista es simplemente una piel de camello atada con un cordón de cuero y su alimento: saltamontes y miel silvestre. «El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado.» [3]

 


Los fariseos y los saduceos son dos grupos de personas que en los evangelios siempre resultan fustigados. Quizás hoy día los fustigados podríamos ser precisamente nosotros que muchas veces pensamos que la sola pertenencia a la Iglesia Católica ya nos tiene las Puertas del Cielo franqueadas. Ellos se creían ya propietarios de la Salvación por el simple hecho de ser descendientes de Abraham, pero San Juan Bautista les dice que hay una exigencia más fuerte que simplemente los motivos de cuna, raza, religión, status, riqueza o educación: lo decisivo consiste en “mostrar con hechos su arrepentimiento”, pórtense de tal modo que se vea claramente [produzcan fruto] que se han vuelto al Señor [que ha habido metanoia]). El bautismo que proporcionaba Juan era un bautismo que llamaba al “arrepentimiento”: Arrepiéntanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”.

 

San Juan Bautista pertenece aun al Antiguo Testamento, su bautismo es con Agua, «El bautismo de Juan incluye la confesión: el reconocimiento de los pecados. El judaísmo de aquellos tiempos conocía confesiones genéricas y formales, pero también el reconocimiento personal de los pecados, en el que se debían enumerar las diversas acciones pecaminosas (Gnilka, p.68). Se trata realmente de superar la existencia pecaminosa llevada hasta entonces, de empezar una vida nueva, diferente. … Se trata de una purificación, de una liberación de la suciedad del pasado que pesa sobre la vida y la adultera, y de un nuevo comienzo, es decir, de muerte y resurrección, de reiniciar la vida desde el principio y de un modo nuevo. Se podría decir que se trata de un renacer. Todo esto se desarrollará expresamente sólo en la teología bautismal cristiana, pero está ya incoado en la inmersión en el Jordán y en el salir después de las aguas.»[4]; pero Jesús, quien da inicio a una Nueva Alianza, dice San Juan Bautista, “…es más fuerte que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias”. A continuación, afirma que el bautismo que dará Jesús es “en agua y Espíritu Santo”.

 

Aparece, entonces, el tema del Rey-Mesías, el de la Paz, fidelidad, verdad y justicia. «En el mundo en que vive Jesús, “justicia” es la respuesta del hombre a la Torá, la aceptación plena de la voluntad de Dios, la aceptación del “yugo del Reino de Dios”, según la formulación judía.»[5] Jesús es un brote o renuevo del tronco de Jesé, es Cumplimiento de la Escritura, quien hará de la u-topía un “topos”. Esto es enunciado por San Mateo con la figura del “bieldo” el instrumento de labranza que permite separar el trigo de la paja: para los primeros, unas moradas, que en la parábola son los “graneros de Dios”, para los otros el Castigo Eterno, que en la parábola es “un fuego que no se extingue.”

 


¡Juan el Bautista apunta con su dedo y nos señala inconfundiblemente Quien es el Mesías! «La misión del Bautista, del Precursor, no es solamente un anuncio hecho con palabras, sino testimonio encarnado en la vida: es imitación de Jesús y es preparación a su destino de sufrimiento. Y cada uno de nosotros, llamado según su vocación a preparar el camino al señor que viene, debe inspirarse, por tanto, en este testimonio con las palabras, con los hechos y con la vida. La vida empleada en la caridad, a partir de la Eucaristía que celebramos, nos hace verdaderamente precursores de Cristo y capaces, en cierto modo, de preparar su venida en el corazón de los hombres y en las diversas expresiones de la vida social: aun en las expresiones de más sufrimiento y dificultad.»[6] Esa es la función del precursor, va por delante avisando que ya llega y nos lo muestra, y nosotros también somos precursores que anunciamos la Segunda Venida, nuestro título por tal razón es el que señala Aparecida en su consigna: “DISCÍPULOS Y MISIONEROS DE JESUCRISTO para que nuestros pueblos, en Él, tengan vida. O, para ponerlo en las palabras del Papa Francisco: «Ser Iglesia es ser Pueblo de Dios, de acuerdo con el gran proyecto de amor del Padre. Esto implica ser el fermento de Dios en medio de la humanidad. Quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios en este mundo nuestro, que a menudo se pierde, necesitado de tener respuestas que alienten, que den esperanza, que den nuevo vigor en el camino. La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio.»[7]

 



[1] Quesson, Noël. 50 SALMOS PARA TODOS LOS DÍAS. T.1. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá D.C. – Colombia 1996. pp. 147. 144

[2] Vallés, Carlos G. s.j. BUSCO TU ROSTRO. ORAR LOS SALMOS. Ed. Sal terrae Santander-España 1989 pp. 135-136

[3] Santo Padre Francisco EXHORTACIÓN APOSTÓLICA EVANGELII GAUDIUM #2

[4] Benedicto XVI JESÚS DE NAZARET I Parte. Ed. Planeta. Bogotá – Colombia 2007 pp. 35-36

[5] Ibid, p. 39

[6] Martini, Carlo María. Card. POR LOS CAMINOS DEL SEÑOR Ed. San Pablo Santafé de Bogotá – Colombia 1995. pp. 530-531

[7] Santo Padre Francisco Op. Cit. #114