Ef 4, 1-7. 11-13
La Carta a los efesios
vuelve a tomar y desarrolla algunos temas de la carta a los colosenses. En
realidad, más que de una carta se trata de un pequeño tratado enviado a las
Iglesias de Asia bajo el nombre autorizado de Pablo.
Rinaldo Fabris
Hoy,
rompemos el ritmo de nuestras Lecturas, e introducimos un ensamble de Lecturas
particulares, que se han señalado para le celebración de la Fiesta de San Mateo.
El
punto de partida para la perícopa de hoy es el de un hombre que, desde la
cárcel, y apelando a tal cautividad, pide a los destinatarios coherencia (se
usa la palabra ἀξίως [axios] que significa “digno”) con el
llamado que les han hecho, al ser convocados deben poner en alto el sentido de
esa llamada, de esa convocatoria, y honrarla con su vida. Ciertamente sería
absurdo que -por ejemplo- se convocara a un equipo de personas, tenidas por
honestas, a trabajar en pro de la honestidad, y en la práctica de esta labor,
se recurriera a tretas y artificios de deshonestidad. La ética nos concita a la
coherencia entre los medios y los fines.
La
convocatoria que se ha hecho, en este caso, es en pro de unos valores que -a lo
largo de la perícopa- se van señalando. Podemos decir que el mensaje se ha
estructurado cuidadosamente para que sea muy claro el sentido exhortativo de la
carta. Pide, ante todo -y será muy importante porque lo pone de primeras, y lo
que primero se dice, suele ser lo primordial- que sean ταπεινοφροσύνης
[tapeinofrosines] es lo contrario de “autosuficiente”, “nada arrogante del
propio yo”, “modesto”, “sencillo”, “sin ínfulas”, “discreto”, “sobrio”, esta
condición nos facilita someternos al Señor, dejarnos en Su Manos, “deshacernos
en confianza”, “abandonarnos en Él”.
Y,
luego, segunda virtud de la lista: πραΰτητος
[prautetos] es una
“mansedumbre” muy especial -diferentísima de la estulticia-, esta “mansedumbre”
dada por Dios -su peculiaridad es que la gentileza que exterioriza proviene de
una enorme fuerza interna refrenada, emparentada con la legendaria serenidad de
los grandes maestros espirituales-, podríamos decir que es una virtud teologal,
(otra además de la fe la esperanza y la caridad), la indulgencia. Nosotros
muchas veces hablamos de una mansedumbre que resulta de “agachar la cabeza”, en
cambio, esta mansedumbre surge de otra parte, viene directamente de Dios al
hombre, por eso la llamamos “mansedumbre teologal”.
Pasamos
al tercer valor por el que clama la Carta a los Efesios: ser μακροθυμίας [makrotymias] es una virtud poco
conocida entre nosotros, lo contrario de la explosividad, aquella virtud que
nos enseña a “contar hasta diez”, es la “longanimidad”, aunque nadie parece
recordar de que se trata, tiene un hondo parentesco con la imperturbabilidad,
pero difiere porque tiene cero por ciento de “indiferencia”, no se parece a la
“impavidez”; pero, es como un filtro que condensa la fuerza eruptiva y la
potencia, al no dispararla incontenidamente, sino que la energiza, aplicándola
sabia y prudentemente en el punto y momento estratégico. Antiguamente era una
virtud muy reconocida, se trata de la “clemencia”, hoy en día, la palabra ha
devenido obsoleta, y desconocemos de qué va la “clemencia”. Y es que, si
desconocemos esta virtud, tenemos un escondite perfecto para ejercer el despotismo.
Si desconocemos el significado de un valor, podemos hacernos los locos y
volvernos ¡inclementes!
Así
que esa es la tercera virtud que debe caracterizar a los que han recibido la
convocatoria de seguir al Señor: Han de ser clementes. Entonces, expliquemos de
qué va esta virtud para que podamos ejercerla. No se trata de dejar que la
gente atropelle y pisotee la Justicia; se trata de lograr que la sanción sea
correctiva, que tenga un cariz pedagógico, pero que no autorice que la falta
quede impune. Se trata de ser capaz de moderar el castigo, -inclusive- de perdonarla
o, de usa de la benevolencia a quien le urge el correctivo.
Entiéndase
que no se trata de un “dejemos así”, ni mucho menos de “hacer de la vista gorda”.
Se trata de entender que la sanción siempre debe cocinarse y adobarse con ánimo
correctivo y pedagógico; y nunca, óigase bien, jamás, con vehemente sevicia.
Luego
enumera varios valores fundamentales, muy útiles y aplicables a la sinodalidad:
a) Sobrellévense mutuamente con amor
b) Esfuércense en mantener la unidad del
Espíritu -apoyados en- el vínculo de la paz.
c) La vocación a la que hemos sido llamados es,
como un solo cuerpo y una sola alma, revestidos con una única coraza, un
chaleco reforzado que modela y contiene la esperanza unificadora.
d) Todo esto se conjuga en una razón de ser de
la sinodalidad que ha de frutecer en una meta teleológica: “un Señor, una Fe,
un Bautismo, Un Dios, Padre de todos, que lo trasciende todo y lo penetra todo
y lo invade todo”.
Aquí
es urgente citar a Papa Francisco, porque esta es una de las citas favoritas
para proponer una ideología cerrada y fanática: «No hay que tener miedo a la
diversidad de carismas en la Iglesia. Por el contrario, hay que alegrarse de
vivir esta diversidad. Ya en las primeras comunidades cristianas, diversidad y
unidad estaban muy presentes y en una tensión que debe resolverse en un plano
superior. Más aún. Para avanzar por el camino de la fe necesitamos también el
diálogo ecuménico con los hermanos y hermanas de otras confesiones y
comunidades cristianas".
Muchas
personas han entendido esto como una suerte de kirigami, donde todas las
figuritas obtenidas son exactamente iguales. No se trata de esto; seguramente
por eso, a continuación, la carta habla de las diferencias y remarca que cada
quien tiene los carismas propios, y las gracias que lo individualizan “según la
medida del Don de Cristo”. Esa diversidad resultante, lejos de ser
inconveniente, puede y debe estimularse, la diferencia siempre es vital,
enriquecedora, deseable. La diversidad en la Comunidad es sintomática de Fuerza
Vital, así ha hecho el Señor todas las cosas y todas las personas.
Sufrimos
de un fortísimo prejuicio contra la diversidad, cuando, aquí la Carta a los
Efesios la saluda: señalando que es útil para “el perfeccionamiento de los
santos, en función de su ministerio y para la edificación del Cuerpo de
Cristo”. Dejemos que cada quien encuentre su carisma, y florezca con los
talentos que el Señor le haya confiado, esa floración -sin duda- redundará en
la Glorificación de la Trinidad Santísima. No desconfiemos de la diversidad
cada quien sabe sembrar mejor en ciertos corazones.
La perícopa entiende muy bien que esto está demarcando el camino, y sólo al llegar, nos encontraremos con los ideales realizados del “hombre perfecto” a la medida del Hijo de Dios, Nuestro-Señor-Pleroma, en la Fe y en el Conocimiento: Por ahora, somos homo viator (“peregrinos”, como lo designo Gabriel Marcel), (sin predeterminaciones, con libertad plena para avanzar certeramente o desviarnos), peregrinos en proceso hacia la Patria Celestial.
Sal
19(18), 2-3. 4-5
Este
salmo es de la familia de los himnos, o sea una Alabanza al Señor. Consta de
dos partes, esta vez, y para esta perícopa tomaremos 4 versos de la primera
parte, que data de antiquísimo, donde el salmista, al contemplar la naturaleza,
alaba arrobado la Magnificencia Divina.
La
Fe del Israelita está totalmente cimentada en la Ley. El judío oye en cada Ley
la Voz de Dios que lo dirige. Así que su norte y su derrotero son la Torah.
Para él, el cosmos entero es un mecanismo de relojería perfecto, y Dios nos
muestra su armonía cósmica para hablarnos y simbolizarnos la perfección del
Cuerpo Legal que nos regaló. Así que en la naturaleza el judío ve un
paralelismo con el Lenguaje Divino: vamos pues a lenguajear: De sus 14 versos
vamos a tomar sólo 4, y con esos 4 versos vamos a componer una breve alabanza a
la Creación, con su lenguaje silencioso, que sin romper la quietud alaba y
gloría a su Hacedor.
El astrónomo puede fascinarse y mirar día tras día por sus cada vez más perfeccionados recursos telescópicos y ¿qué verá? Los cuerpos celestes -sumidos en el silencio cósmico- proclamando que Dios es Descomunalmente Maravilloso, El astrónomo como el salmista no se atreverán a romper ese silencio que alaba y bendice, así que con su quedo palpitar, orará su Alabanza, enternecido y maravillado.
Este
lenguaje lo llena todo, no con estruendo sino con reverencia, no con
bullaranga, sino con un himno lacónico que calla ente la insuficiencia de la
palabra humana.
Mt
9, 9-13
Cristo manifiesta una
enorme comprensión, una enorme paciencia, frente a todos los pecadores y frente
a todos los pecados… a excepción del fariseísmo. El fariseísmo consiste en
considerarse mejor, más santo que los demás. Esto es algo que el Señor no
acepta.
Helder Câmara
Suponemos
que los publicanos eran un ejército de cajeros, colectando los impuestos por
todo el imperio; eso no es lo que han encontrado los historiadores. Lo cierto
-parece ser- que, algunos personajes muy adinerados, negociaban con los
gobernantes y administradores del Imperio, y compraban a los Romanos, la
titularidad del cobro de los impuestos y de la invención de otros cobros y otros
rubros, dejados a la creatividad de estos adinerados. Muchas veces, esta línea
de titularidad subarrendaba el cobro a terceros, que, en no pocas oportunidades,
contrataban “empleados de “tercera línea” como cobradores efectivos. Ellos sí,
se hacían a una banda de mercachifles que se veían condenados a ponerse al sol,
en su “mostrador”, y darle la cara a los “contribuyentes” que eran los nativos
de las naciones militarmente conquistadas y sometidas, ya que los ciudadanos no
cotizaban. Toda esta caterva de “sanguijuelas” desangraban a los pueblos y se
hacían odiosos, especialmente porque todo el enojo se descargaba contra la
“cara” que veían llevarse lo que tantos sudores les costaba. Mateo era de los
que daban la cara en esta tan desagradable y repugnante satrapía. Era un “colaboracionista”,
un Quisling minúsculo, a su modo, un verdadero Vidkun Quisling de la época.
Como en todas estas burocracias, había una continuidad entre el pez más grande y el pez más chico, no quedando vacíos que no fueran llenados por peces de media monta, que elevaban onerosamente los cobros. Eso sí, los cuerpos militares del Imperio le debían respaldo a esta función que los enriquecía y fortalecía, y que brindaba su solidez y poderío a Roma, de donde sonsacaban su tajada, toda vez que les fuera posible. El Señor siempre pasa, y nos invita a dejar el deplorable rincón en el que nos hemos acomodado y que dejemos de cobrar impuestos para los romanos y nos hagamos sus “discípulos”. ¡Lo que nos ofrece es una verdadera oportunidad para la conversión!
El
Señor no sigue ningún tipo de procesualidad con él, directamente viene y lo
convida, a dejar eso y venirse con Él. A continuación, nos encontramos con
Jesús sentado a la mesa en casa de Mateo, acompañado de otros cobradores de
impuestos, gente tenida por pecadora, y sus discípulos.
Jesús no se atuvo a ningún estereotipo, miraba y veía personas, no prejuicios (Esta es una de las preciosas enseñanzas contenidas en esta Lectura: no ver a las personas con anteojos prejuiciosos, sino mirar a cada quien y tratar de ver lo que realmente es y lo que Dios puede llegar a hacer en él). Si queremos desempañar nuestra mirada, sobrepasemos los preconceptos que prematuramente hacemos. Esto está imbricado con el lema que Papa Francisco ha sostenido: “En la Iglesia ninguno sobra, ninguno está de más, hay espacio para todos. Así como somos. Todos”. Dios mira con ternura nuestras cadaunadas y así descubre en Mateo que es más que un cobrador de impuestos, que en él duerme el potencial de un discípulo sincero y de un evangelista idóneo.





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