jueves, 3 de abril de 2025

Viernes de la Cuarta Semana de Cuaresma

 

Sb 2, 1a. 12-22

El Libro de la sabiduría es de un judío con cultura helenística, quiere acercarnos a la fe, mostrarnos y guiarnos llevándonos de la mano con tierno amor. Se presume que fue escrito en Alejandría, donde vivía una colonia judía de, como mínimo dos cientos mil judíos, en un entorno de cultos, filosofías y costumbres paganas que más de una vez se convirtieron en perseguidores declarados; muchos de los judíos abandonaron sus tradiciones para acomodarse y librarse de esa persecución; va escrita en griego, porque está dirigido a judíos que ya no saben el hebreo. El autor procura, con todo su esfuerzo, reforzarles la fe y sostener la esperanza conservando el patrimonio cultural y preservando la fidelidad de su fe, predicándoles la verdadera sabiduría que lleva a una vida justa y, por tanto, a la verdadera felicidad. Se debió escribir hacia el año 50 a.C.

 

Vamos a entrar en el primer bloque del Libro (caps. 1-5) que quiere decirnos como se ha revelado al Sabiduría para ponerse al alcance de justos e injustos. Esta primera parte puede segregarse en dos:

1.    Los requisitos para acceder a la Sabiduría cap. 1.

2.    Cómo razonan los impíos Caps. 2-5

 

Cuando se desafía al poder de Dios para ponerlo a prueba, entonces, Dios nos deja enredarnos solitos en nuestra propia alma confundida, en la que no cabe la sabiduría, ni puede entrar, ni entrará porque se está empecatado. Con toda seguridad que allí no hará morada El Espíritu Santo. El engaño y la vacuidad son coexistentes: La Sabiduría, en cambio, es el espejo inmaculado de la Divinidad, dónde se forma la imagen de su Bondad, como Reflejo de la Luz Eterna.

 

Es tan difícil tolerar al justo porque Él nos desenmascara, esa es la sensación que tiene el impío, porque el que busca la “justicia” la ve de otra manera, para este, la Sabiduría es su Consejero Espiritual, es su Guía, su Amigo.

 

El justo siempre apunta contra la injusticia, y pone en evidencia al injusto. Hace restañar un látigo de cuerdas trenzadas en los patios del Templo, descargando todo su celo contra los cambistas de monedas y los comerciantes de la fe; no son sus monedas las que Él desprecia, sino a ellos mismos que son las verdaderas monedas falsas; ellos que estaban acostumbrados a sacarles la lengua y a pellizcarlos con sus mohines de “pureza”, los desenmascara, demostrando que son los reales “impuros”.

 

Cómo no van a saltar, como pollos en latas hirvientes, si Él se hace llamar “Hijo de Dios” y presume conocerlo con esa familiaridad, que sólo el Hijo verdadero tiene para frecuentarlo con total confianza.

 

Su Presencia, sin necesidad de pronunciar palabra, es como un grito en sus caras para denunciarles la falacia de sus criterios. Y, su consagración se pone de manifiesto porque vive distinto a los demás y sus caminos son totalmente diferentes.

 

Esta perícopa es profética respecto de Jesús. Lo llevan al Altar del Sacrificio, sólo para probar sí lo que Él dice sobre su Filiación Divina es cierto. No ha blasfemado para nada, pero aplican a cabalidad su método experimental, para obligar a Dios a lanzarse desde el alero del Templo. Uno de sus métodos favoritos es la ordalía.

 

Por qué los incomodaba tanto la denuncia de Jesús, porque sacaba su consciencia de esa cómoda zona de confort donde la voz de la consciencia está amordazada y cada quien tenemos que ponernos en cuestión, poniendo nuestra vida a la Luz de la Ley de Dios, ahí es cuando ellos prefieren declarar que “Dios ha muerto”.

 

Sal 34(33), 17-18. 19-20. 21 y 23

Este es un Salmo de Acción de Gracias. Para guardar coherencia con la Primera lectura su género es el Sapiencial. O sea que da enseñanzas prácticas.

 

También aquí está presentada la dualidad justo/impío, con la dupla: atribulados/malhechores. Obsérvese que este paralelismo ya entraña una equiparación: el justo es el atribulado; el impío es el mismo malhechor. El impío es aquel que hace el mal, el impío es por definición malvado, perverso, inhumano, desnaturalizado. Y donde pone su planta deja su simiente dañina.

 

Esa dualidad conduce a unas consecuencias igualmente opuestas: Al justo lo escucha, lo libra de angustias, lo salva de todos los males, lo libra, cuida cada uno de sus huesos, lo redime /en cambio, al impío, El Señor lo enfrenta, borra su memoria de la tierra, sumiéndolo en el olvido, será castigado.

 

El versículo responsorial también identifica al justo con el atribulado: esta identificación es sapiencial, y garantiza que el atribulado no está desamparado en abandono. Goza de la cercanía del Señor. El Señor siempre lo asiste para que pueda pasar la prueba indemne.

 

Jn 7, 1-2. 10. 25-30

Jesús se limita en su accionar al territorio de Galilea. Esta perícopa hace pie en la insistencia de los “hermanos” de Jesús que le insisten en que suba a Jerusalén para la Fiesta de las Enramadas (o de las chozas), y que se manifieste como Mesías. Empero, Jesús entiende que su destino es distinto, dilata la subida, pero no deja de ir. Sabe que la muerte en cruz lo aguarda, pero no está en Él poner premura a lo que su Padre va llevando con un ritmo hierático.

 

Sin embargo, va “clandestino”, (los que aman los eufemismos prefieren decir “anónimo”, pero de Jesús no se puede decir anónimo, porque Él no carece de Nombre, al contrario, su Nombre anuncia y declara la economía soteriológica: YHWH salva. Su Nombre está por sobre todo nombre.

 

A pesar de todo, no le presta demasiada atención a las amenazas de muerte que lo circundan y empieza a predicar, muy abiertamente, lo que genera una cierta ambigüedad, algunos -que saben que está marcado para servir de victima expiatoria- se preguntan: ¿No es este al que planean matar? Y entrar en duda: quizás los “principales” lo aprobaron, y no encontraron nada “peligroso” en su disertación, y se lo habrán permitido. O, en el mejor de los casos, reconocieron que si es el Mesías.

 

Pero el problema estaba en que, según las señales y el código de desciframiento para la identidad del Mesías, nadie sabría de dónde venía, y Este, todos sabemos que es un Nazareno, el “hijo del artesano”.

 

Y Jesús les dice, bien claro, a voz en cuello, para que todos puedan confirmar que lo dijo: “De mi conocen la procedencia, pero, eso no es lo que han de tomar en cuenta, sino que he sido Enviado, lo que deben reconocer y admitir es Quién-me-ha-Enviado, ese es el verdadero punto. Si no saben Quién es el Padre, ¿cómo podrán reconocer que Él es el Hijo?

 

Pero, aun cuando les habló del Padre-Celestial como su “Enviador”, ellos no pueden auscultar este “Divino-Emisor”. ¿Qué saben ellos del Padre-Celestial? ¿Y, nosotros, alcanzamos a vislumbrar algo?

 

Aquí viene otro signo: Tratan de πιάσαι [piasai]; “agarrarlo”, “echarle mano”, pero, no lo consiguen porque Él es ἐπέβαλεν ἐπαὐτὸν τὴν χεῖρα [epebalen ep auton ten cheira] “inasible”, “intentaban agarrarlo, pero nadie le pudo echar mano”.  Hasta que llegue su ὥρα [hora] “Hora”, entonces se dejará “sujetar”, “prender”, “apresar”, y mansamente ser conducido al “matadero”.

miércoles, 2 de abril de 2025

Jueves de la Cuarta Semana de Cuaresma


 Ex 32, 7-14

Adorar, Bendecir, Glorificar al Señor consiste en vivir una vida coherente con su Sacratísima Voluntad. A veces -suprema arrogancia- pretendemos que Dios cobije nuestra existencia con bendiciones, porque “le hemos pagado por adelantado”, “creemos que Dios recibe “coimas”, “mordidas”, “tajadas”. En esos casos olvidamos que todo el Bien que hagamos -aun cuando haya pasado por nuestras manos- ha salido de sus Eternamente-Bendecidas-Manos, nos ha hecho la Gracia, de dejarnos participar de su Obra, pero no hemos sido nosotros, que no somos más que siervos inútiles; también olvidamos que Él no necesita nada de nosotros, que Él es el Señor y Dueño de todo, y que su Grandeza es tan exorbitante que nuestros más necios delitos no pueden hacer mella alguna en su Perfección. Nuestras faltas son como gotas de agua que tratan de rayar el Diamante.

 

Cuando obramos el mal, lo volcamos sobre nuestra propia existencia y hacemos daño al prójimo y a nosotros mismos. Tal vez sean sólo minúsculas piedritas, pero las vamos juntando y al cabo del tiempo tenemos un arma altamente destructiva. Lo que Dios ha querido no es sencillamente sacarnos de Egipto para que seamos libres, sino que su economía salvífica quiere enseñarnos a vivir en Libertad y a disfrutar ese “privilegio” para que en medio de ese marco de libertad podemos -todos, sinodalmente, como pueblo de Dios- construirnos en la “Justicia” y alcanzar la “Santidad”, valga decir, retornar al Seno Paterno del que provenimos. Recordemos, aquí, que no somos otra cosa que un Soplo de Dios, salido de su Pecho y que nuestro origen está cerca, muy cerca de su Corazón.

 

Está mal enfocada nuestra visión si hacemos consistir toda la Bondad de Dios en habernos sacado de Egipto. Éxodo (έξ (ex) "fuera" y όδός (odós) "camino") o sea “camino de salida”; pero este Libro es mucho más que “la Salida”, cualquier atleta entiende que la salida es solo un punto que se ha escogido convencionalmente para empezar la competencia, pero que no es el todo; tampoco es el todo, la “llegada”, la “meta”, uno podría pararse un metro atrás de la línea de llegada y cuando den la partida, recorrer ese metro y simular que hemos ganado, pero eso tampoco es “haber corrido la carrera”. Pasar por la llegada no significa nada, y pasar por ahí no nos convertirá en fuertes y ágiles corredores. En nuestro caso, llegar a la Tierra Prometida, -después de la muerte de Moisés- tampoco marca el fin de la Historia de la Salvación.

 

Si uno va leyendo la Biblia en su consecutividad literaria, para llegar a la perícopa de hoy tendremos que recorrer

a)    La salida de Egipto

b)    Las jornadas de travesía para llegar el Sinaí

c)    Al llegar al Sinaí, La Alianza

d)    Las normas litúrgicas dadas por Dios para construir el Templo “la Tienda del Encuentro”, que terminan, por lo pronto con el capítulo 31.

e)    Y, ahí sí, el triste momento de hoy: El quebrantamiento de la Alianza.

 

En resumidas cuentas, el Libro del Éxodo, relata toda una travesía por el Desierto en la que el Pueblo de Dios se va formando, se va aquilatando, es una ruta acrisoladora, que nos gusta comparar con todos los años de estudio que pacientemente van llenando los años de nuestra juventud. Este tiempo conlleva un proceso de ordenación, de maduración, de conformación. Es importante entender que en Egipto nos habíamos cargado de mañas, de hábitos buenos, pero muchas veces malos, hasta pésimos. Dar vueltas por el desierto sin dirigirnos con prontitud a la Tierra de Promisión e iniciar su conquista, representó pues una purificación, una liberación, una re-educación. A veces nos escandalizamos cómo fue posible que el amado pueblo desembocara en la adoración de muñecos, representando un animal, fundido con oro, obra de las manos humanas.

 

Bien, demos otro paso: ¡Cavilemos! ¿Será posible que Moisés tenga que darle “enseñanzas” a Dios y explicarle lo que van a pensar las naciones de Él y de su pueblo escogido, si los llegaba a exterminar? ¿Será posible que Dios sea víctima de sus propios arrebatos de ira y que, al entrar a corregirlos, se pase de la raya y nos mate a todos? ¿Será que Él nos creó con la opción de que si cometíamos ciertas fallas más allá de cierto límite nos iba a borrar del Libro de la Vida de tachón y plumazo?


 Nosotros vemos en este episodio una faceta más de la Pedagogía Divina, que está formando en su “Escuela de Líderes” a Moisés, para que aprenda a actuar como un “Intercesor”, como un pastor de buena laya. Los que guíen al pueblo -porque Dios les ha dado ese encargo- están para pastorear, inclusive para recoger -con el propio pecho- los dardos que se disparen contra las Ovejitas del Señor, por mucho que hayamos “metido la pata”.

 

El Pastor verdadero -y eso es lo que estamos aprendiendo, cómo llegar a ser pastores de verdad en quien Dios pueda delegar- tienen que aprender a comprender la debilidad de los miembros de su grey, que no escandalizarse de sus “terribles pecados”.

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Sal 106(105), 19-20. 21-22. 23

Salmo de la Alianza, pero de la Alianza quebrantada, porque aquí se traza el retrato de un pueblo desagradecido, rebelde, olvidadizo que en cinco minutos ya ha olvidado todas las bondades y los favores entregados por el Señor. Nosotros somos la clase de criaturas que pagamos mal el bien concedido. El marco espacial de este Salmo es el בְּחֹרֵ֑ב [choreb] “desierto”, “soledad”, “asolador”, “hecho con residuos”, “lleno de despojos”, se suele identificar con el Monte Sinaí.

 

Nuestra situación es gravísima: No solamente hay ingratitud, sino que somos capaces de reinterpretar lo que se nos ha dado por pura generosidad, como maldades indeseables, como si Dios nos hubiera querido entregar a las garras del mal.

 

Y, sin embargo, a pesar de todos nuestros entuertos, Dios siempre nos salva. Una y otra vez, con toda Su Paciencia, con toda su Benevolencia. Sin rencores, sin ajustes de cuentas. “No nos trata como merecen nuestras culpas”.


 De todos los portentos obrados por Dios para sacarlos “a pie enjuto” de Egipto y ayudarnos para cruzar el Mar Rojo; de todo eso se olvidaron; y la rindieron tributos a un buey, de los que comen pasto, que no puede, ni tiene idea de lo que significa compadecerse.

 

A causa de la rebeldía sobre la que volvían una tras otra vez, Dios los perdonaba; Moisés tuvo que cargar y pagar con su propio sufrimiento la deslealtad de aquel pueblo para con su Señor. (El Pastor sincero, el que obra de todo corazón -siguiendo al Divino Maestro- es capaz de echar sobre sus débiles hombros el pecado de su prójimo).

 

Y Dios los perdonaba y les toleraba, no porque ellos hicieran algo por enmendar, sino, sólo y simplemente porque Dios no puede faltar a su Palabra y Él la había empeñado al pactar la Alianza. Lo perdonaba, ¡sólo por honrar la Alianza!

 

La perícopa del Salmo recuerda punto por punto la rebelión en el Horeb. El verso responsorial se acoge al Amor que Dios le tiene a su pueblo y pide, poniendo por mediación ese Gigantesco Amor.

 

¡También nosotros, oremos, poniendo por Testigo al Amor Fiel de Dios! Y que todo el pueblo diga: ¡Amén, Aleluya!

 

Jn 5, 31-42

El evangelio gira en torno al concepto de avalar.  Se pregunta una y otra vez en la perícopa ¿quién meterá la mano en el fuego por mí? ¿Quién garantizará que soy verdaderamente el Hijo de Dios? ¿Llegada la hora de dar fe sobre Jesús, quién se hará cargo? ¡Quien regará su propia Sangre para hacer saber que Él es el Mesías, el Enviado del Padre?

 

En ambientes comerciales y laborales hablamos de padrinos y madrinas, en el marco financiero hablamos de fiadores, en los contextos forenses se les llama testigos; en todo caso se trata de una persona o personas que responden por otra, frente a una obligación, comprometiéndose a asumir totalmente la responsabilidad.

 

En la perícopa hay todo un elenco de “avales”:

1)    El auto-testimonio, sin embargo, no siempre se acepta que uno de testimonio de sí mismo.

2)    El testimonio del propio Papá.

3)    Un primo, por ejemplo, en este caso era Juan el hijo del sacerdote Zacarías y de Isabel, prima de la Virgen María.

4)    Las obras especiales (signos y prodigios) que Dios Padre le concede realizar.

5)    La Escritura.

6)    Moisés.

 

Pero Jesús no requiere de testimonios humanos, el aval que lo acredita, no lo pueden dar los seres humanos, Él es avalado por Dios-Padre.

 

Ellos no lo pueden reconocer porque el Amor de Dios no los habita. Careciendo de este amor, somos incapaces de reconocer, nuestros sentidos y nuestros razonamientos se perturban y quedan “ciegos y paralíticos”.

 

Nosotros nos afanamos por los “likes” que los otros nos puedan dar, pero no nos urge el único “Like” que es válido: el que viene de Dios.

 

Siempre se plantea la imagen de Dios desde una perspectiva errónea. Se cree que Él es un “lleva-quejas” que tiene por oficio ir a decirle al Padre, noticias que nos perjudican a Sus Ojos. Hay personajes como Moisés que tiene esa tarea, ¡Jesús no!

 

En las Escrituras aparece Jesús y está definido Mesías e Hijo de Dios, pero, nosotros -para eludir la responsabilidad- lo negamos.

 

El Patas nos ha hecho una transfusión perversa, nos ha infundido sangre idolatra: Nos ha uniformado para ser “fans” (apocope de “fanático”, ¿qué es un fanático? Una persona que padece un apasionamiento desmedido, rayano en el paroxismo, por alguna creencia, opinión religiosa o política, o por algún personaje de la farándula). Mientras llega la hora de la Parusía, nosotros seguiremos -sin tregua ni descanso- fabricando ídolos, adorando becerros de metal.

martes, 1 de abril de 2025

Miércoles de la Cuarta Semana de Cuaresma

 

Is 49, 8-15

Ya llegan tiempos mejores

Vamos a hacer otra visita al Deutero-Isaías, caps. 40-55. Segunda parte de este Libro, este bloque de Isaías es, desde nuestra óptica, la consolación de Israel. Recordemos que esta parte fue escrita desde el exilio, en Babilonia, y el anuncio consolador consiste en vaticinar el pronto regreso y las condiciones positivas en las que se producirá.

 

Nunca, al leer esta parte de Isaías, se puede ignorar que su columna vertebral es el Canto del Siervo Sufriente. Formado por cuatro Canticos:

      i.        42, 1-9

     ii.        49, 1-6

    iii.        50, 4-11

   iv.        52,13 – 53,12

 

La perícopa que nos ocupa hoy, va exactamente después del Segundo Cántico, podríamos intitularla “Magnifica Epopeya del Regreso”. Es Dios Quien habla para garantizar la Glorificación del Siervo Sufriente. Su humillación será trasformada en Ensalzamiento (Alabanza, Engrandecimiento).

 

Con el retorno sobrevendrá algo más Grandioso, será a nivel Cósmico y nos engarza con la segunda parte del Libro de la Consolación que va del 49,14 – 54,17, se apunta, no sólo al regreso, sino que se proyecta hacia la Restauración y la Repoblación de Jerusalén. La que viene a continuación es una perícopa Jerusalén-céntrica, donde se anuncia su reconstrucción.

 

Dicho lo anterior, ya tenemos un marco contextual para la perícopa de hoy, tanto un antes como un después.

 

Sabiendo que se acaba de ver el Segundo Cántico, se puede interpretar que es por mediación del Siervo que se dará la Reconstrucción: El pueblo estaba afligido, el Señor se ha רָחַם [racham] “compadecido” (יְרַחֵֽם [yerahem]) (49, 13), y le ha regalado Consuelo.

 

Antes de recibir su Consuelo ¿Qué decía el pueblo? Pues daba expresión al desaliento que le provocaba esa sensación de Orfandad-de-Dios, de Abandono.

 

«¿Cuál fue la idea errada sobre Dios que desequilibró la vida del pueblo? Fue la idea de un Dios cuyo favor y protección pueden ser comprados por medio de promesas, ritos y sacrificios; un Dios que la gente sólo usa mientras sea útil y fácil. Una idea así es como un comején: va comiendo la fe por dentro». (Mesters, Carlos O.C.D. LA MISIÓN DEL PUEBLO QUE SUFRE).


 Viene esa expresión de Fidelidad de YHWH, tan emocionante, tan entrañable, que define la Relación de la Alianza, el parentesco que Dios ha tenido a bien, ejercer con nosotros, hijos de sus Misericordiosas Entrañas:

 

Pero, ¿acaso una madre olvida

o deja de amar a su propio hijo?

Pues, aunque ella lo olvide,

Yo no te olvidaré.

 

Sal 145(144), 8-9. 13cd-14. 17-18

Este es un himno de Alianza. Como quiere cantar la totalidad de la alianza, en todos sus aspectos, lo hace por medio de este Salmo Alefático. Siempre que se apela al truco del acróstico en el que cada verso empieza con una letra del alefato, y así por las 22 letras, quiere decir que el Cántico está inspirado en un espíritu holístico.

 

Se quiere hablar del Reino de Dios, y para ello se recurre a una doble vertiente:

-De una parte, se citan sistemáticamente las cualidades divinas más pertinentes al objeto que se quiere resaltar, pero esa Omnipotencia que detenta Dios, no está desbordada, por el contrario, tiene un límite muy preciso, es una Monarquía, pero de carácter constitucional. Hasta donde se atreverá a llegar Dios, hasta donde no dañe a su criatura. El mismo se delimita a los márgenes de ser Bondadoso, Amoroso, Maternal.

 

Dios se da a conocer como un Dios que está dispuesto a ceñirse a una delimitación (auto-impuesta): Nunca ira más allá del Bien-para-Su-Criatura. Y -como si fuera poco- llegará a “entregarse” por nuestro Bien.

 

Veamos muy someramente los resplandores que lo Configuran:

-       Clemente y misericordioso

-       Lento a la cólera, rico en piedad

-       Cariñoso para con sus criaturas.

-       Fiel a su Palabra

-       Bondadoso en todas sus acciones.

-       Sostiene a los que van a caer y endereza a los que empiezan a doblarse.

-       Justo en todos sus caminos

-       Cercano (para los que lo invocan con un corazón sincero).

 

Durante mucho tiempo no pudimos generar otra teología que aquella que miraba que los reyes son inaccesibles, se requiere pedirles previa cita; y son “personajes” tan ocupados, que no hay ninguna cabida en sus comprimidas agendas: Dios tenía que ser distante dada Su Majestad. Sólo se les veía pasar de lejos, y siempre con un cercado de escoltas, (por eso, andar con sequito era imprescindible).

 

Esta manera de ser fue ampliamente ilustrada por Jesús que nos mostró siempre su apertura, su cercanía, su acogida indiscriminada, incluyente para el publicano y el pecador, el leproso y la adultera. Incluso una mujer de mala fama, pude llegar hasta Él y derramar perfume en sus pies, y enjugárselos con su cabello.

 

Este Salmo de la Alianza no es para batir palmas en favor del Rey; sino, para enseñarnos una Nueva Definición de lo que es un מֶלֶךְ [melej] “Rey”: ¡Un-Rey-de-Verdad!

 

Jn 5, 17-30

Cierta teología con cierta raigambre judía, lee el Séptimo día como un día en el que Dios quiere ocultarse, como una especie de niñera que se fatiga con las travesuras de los chiquillos y quiere tomarse un descanso, un día de asueto. Quiere que sea un día de gratitud, pero no quiere saber nada de nosotros, ni de nuestra gratitud, ni de nuestra “contemplación”.

 


Ayer, considerábamos el tema de la “sanación” / “sábado”, dos conceptos que aparecen como contrapuestos, inclusive, aún más, francamente opuestos. El judaísmo oficial quería tener a Dios a raya durante el Sabbat, detrás de una reja electrificada, allí muy juicioso debía abstenerse de hacer cualquier cosa: el sagrado séptimo día, donde -siguiendo la Torá- está marcado por la abstención de cualquier clase de trabajo.

 

Jesús, a quienes no estaban (ni están) dispuestos a reconocer su condición de “Ungido”, se niega a aceptar esta reclusión carcelaria. Sanó al invalido de Bethesda y -para acabar de agudizar la crisis- le ordenó recoger y portar su camilla.

 

Así las cosas, Jesús les borra de un plumazo su idea de un-dios-cansado- de bregar-con nosotros. Les informa que Él actúa sin parar y añade aún otro dato: Él, en tanto que Hijo, obra con el mismo talante: sigue actuando.

 

¿Han visto ustedes a alguien airado? ¡Es muy fácil llevarlo al paroxismo! Pues estos “judíos”, alcanzaron el nivel de arrebato, cuando Jesús dice de Sí-mismo, que es el Hijo.

 

Y les adjunta algunas (Una docena) de precisiones:

1)    El Hijo no actúa según su capricho, sino conforme le “enseña” su Padre.

2)    Así como el Padre resucita muertos, así también el Hijo da Vida.

3)    El padre no se ocupa de Juzgar

4)    El Padre nos ha dado el “paradigma” para que, al juzgar, lo hagamos nosotros mismos, remitiéndonos al Prototipo: El Hijo.

5)    Y, ha obrado así para darle toda Honra, y Honor y Majestad al Hijo, que será Dignificado como lo es su Padre-Rey.

6)    Llegado el caso de negarle dignificación al Hijo, estaremos deshonrando el Padre.

7)    Aceptar la Palabra de Jesús y creer que es El Enviado del Padre, exceptúa del “juicio” y se hace acreedor a la Vida Eterna: Pasando -ya aquí en tierra- de la Muerte a la Vida.

8)    El tema de la “Hora”: Los que ya murieron, también oyen La Voz, y sí la acogen como la Voz del Unigénito, “vivirán”. No quiere decir que se levantaran aquí, a departir con nosotros, sino que serán aceptados en la Vida Perdurable.

9)    Padre e Hijo, son portadores en Sí-mismos de la Vida.

10) Para los hacedores de “Bien” (no se dice que, a los rezanderos, tampoco se dice que, a los coleccionistas de estampitas religiosas, se dice que ¡los hacedores de Bien”) “saldrán a una Resurrección de vida”.

11) Los malhechores, “a una resurrección de “Juicio””.

Jesús no ha venido a implementar su arbitrariedad y a hacer lo que a Él se le antoje. Sino, a “hacer la Voluntad del que Lo Envió”. (que fue lo mismo que dijo en el Primer Punto).