Sb
2, 1a. 12-22
El
Libro de la sabiduría es de un judío con cultura helenística, quiere acercarnos
a la fe, mostrarnos y guiarnos llevándonos de la mano con tierno amor. Se
presume que fue escrito en Alejandría, donde vivía una colonia judía de, como
mínimo dos cientos mil judíos, en un entorno de cultos, filosofías y costumbres
paganas que más de una vez se convirtieron en perseguidores declarados; muchos
de los judíos abandonaron sus tradiciones para acomodarse y librarse de esa
persecución; va escrita en griego, porque está dirigido a judíos que ya no
saben el hebreo. El autor procura, con todo su esfuerzo, reforzarles la fe y
sostener la esperanza conservando el patrimonio cultural y preservando la
fidelidad de su fe, predicándoles la verdadera sabiduría que lleva a una vida
justa y, por tanto, a la verdadera felicidad. Se debió escribir hacia el año 50
a.C.
Vamos
a entrar en el primer bloque del Libro (caps. 1-5) que quiere decirnos como se
ha revelado al Sabiduría para ponerse al alcance de justos e injustos. Esta
primera parte puede segregarse en dos:
1. Los requisitos para
acceder a la Sabiduría cap. 1.
2. Cómo razonan los impíos
Caps. 2-5
Cuando
se desafía al poder de Dios para ponerlo a prueba, entonces, Dios nos deja
enredarnos solitos en nuestra propia alma confundida, en la que no cabe la
sabiduría, ni puede entrar, ni entrará porque se está empecatado. Con toda
seguridad que allí no hará morada El Espíritu Santo. El engaño y la vacuidad
son coexistentes: La Sabiduría, en cambio, es el espejo inmaculado de la
Divinidad, dónde se forma la imagen de su Bondad, como Reflejo de la Luz
Eterna.
Es
tan difícil tolerar al justo porque Él nos desenmascara, esa es la sensación
que tiene el impío, porque el que busca la “justicia” la ve de otra manera,
para este, la Sabiduría es su Consejero Espiritual, es su Guía, su Amigo.
El
justo siempre apunta contra la injusticia, y pone en evidencia al injusto. Hace
restañar un látigo de cuerdas trenzadas en los patios del Templo, descargando
todo su celo contra los cambistas de monedas y los comerciantes de la fe; no
son sus monedas las que Él desprecia, sino a ellos mismos que son las verdaderas
monedas falsas; ellos que estaban acostumbrados a sacarles la lengua y a
pellizcarlos con sus mohines de “pureza”, los desenmascara, demostrando que son
los reales “impuros”.
Cómo
no van a saltar, como pollos en latas hirvientes, si Él se hace llamar “Hijo de
Dios” y presume conocerlo con esa familiaridad, que sólo el Hijo verdadero
tiene para frecuentarlo con total confianza.
Su
Presencia, sin necesidad de pronunciar palabra, es como un grito en sus caras
para denunciarles la falacia de sus criterios. Y, su consagración se pone de
manifiesto porque vive distinto a los demás y sus caminos son totalmente
diferentes.
Esta
perícopa es profética respecto de Jesús. Lo llevan al Altar del Sacrificio,
sólo para probar sí lo que Él dice sobre su Filiación Divina es cierto. No ha
blasfemado para nada, pero aplican a cabalidad su método experimental, para
obligar a Dios a lanzarse desde el alero del Templo. Uno de sus métodos
favoritos es la ordalía.
Por
qué los incomodaba tanto la denuncia de Jesús, porque sacaba su consciencia de
esa cómoda zona de confort donde la voz de la consciencia está amordazada y
cada quien tenemos que ponernos en cuestión, poniendo nuestra vida a la Luz de
la Ley de Dios, ahí es cuando ellos prefieren declarar que “Dios ha muerto”.
Sal
34(33), 17-18. 19-20. 21 y 23
Este
es un Salmo de Acción de Gracias. Para guardar coherencia con la Primera
lectura su género es el Sapiencial. O sea que da enseñanzas prácticas.
También
aquí está presentada la dualidad justo/impío, con la dupla: atribulados/malhechores.
Obsérvese que este paralelismo ya entraña una equiparación: el justo es el
atribulado; el impío es el mismo malhechor. El impío es aquel que hace el mal,
el impío es por definición malvado,
perverso, inhumano, desnaturalizado. Y donde pone su planta deja su simiente
dañina.
Esa
dualidad conduce a unas consecuencias igualmente opuestas: Al justo lo escucha,
lo libra de angustias, lo salva de todos los males, lo libra, cuida cada uno de
sus huesos, lo redime /en cambio, al impío, El Señor lo enfrenta, borra su
memoria de la tierra, sumiéndolo en el olvido, será castigado.
El
versículo responsorial también identifica al justo con el atribulado: esta
identificación es sapiencial, y garantiza que el atribulado no está desamparado
en abandono. Goza de la cercanía del Señor. El Señor siempre lo asiste para que
pueda pasar la prueba indemne.
Jn
7, 1-2. 10. 25-30
Jesús
se limita en su accionar al territorio de Galilea. Esta perícopa hace pie en la
insistencia de los “hermanos” de Jesús que le insisten en que suba a Jerusalén
para la Fiesta de las Enramadas (o de las chozas), y que se manifieste como
Mesías. Empero, Jesús entiende que su destino es distinto, dilata la subida,
pero no deja de ir. Sabe que la muerte en cruz lo aguarda, pero no está en Él
poner premura a lo que su Padre va llevando con un ritmo hierático.
Sin
embargo, va “clandestino”, (los que aman los eufemismos prefieren decir
“anónimo”, pero de Jesús no se puede decir anónimo, porque Él no carece de
Nombre, al contrario, su Nombre anuncia y declara la economía soteriológica:
YHWH salva. Su Nombre está por sobre todo nombre.
A
pesar de todo, no le presta demasiada atención a las amenazas de muerte que lo
circundan y empieza a predicar, muy abiertamente, lo que genera una cierta
ambigüedad, algunos -que saben que está marcado para servir de victima
expiatoria- se preguntan: ¿No es este al que planean matar? Y entrar en duda:
quizás los “principales” lo aprobaron, y no encontraron nada “peligroso” en su
disertación, y se lo habrán permitido. O, en el mejor de los casos,
reconocieron que si es el Mesías.
Pero
el problema estaba en que, según las señales y el código de desciframiento para
la identidad del Mesías, nadie sabría de dónde venía, y Este, todos sabemos que
es un Nazareno, el “hijo del artesano”.
Y
Jesús les dice, bien claro, a voz en cuello, para que todos puedan confirmar
que lo dijo: “De mi conocen la procedencia, pero, eso no es lo que han de tomar
en cuenta, sino que he sido Enviado, lo que deben reconocer y admitir es
Quién-me-ha-Enviado, ese es el verdadero punto. Si no saben Quién es el Padre,
¿cómo podrán reconocer que Él es el Hijo?
Pero,
aun cuando les habló del Padre-Celestial como su “Enviador”, ellos no pueden
auscultar este “Divino-Emisor”. ¿Qué saben ellos del Padre-Celestial? ¿Y,
nosotros, alcanzamos a vislumbrar algo?
Aquí
viene otro signo: Tratan de πιάσαι
[piasai]; “agarrarlo”, “echarle mano”, pero, no lo consiguen porque Él es ἐπέβαλεν ἐπ’ αὐτὸν τὴν χεῖρα [epebalen ep auton ten cheira]
“inasible”, “intentaban agarrarlo, pero nadie le pudo echar mano”. Hasta que llegue su ὥρα
[hora] “Hora”, entonces se dejará “sujetar”, “prender”, “apresar”, y mansamente
ser conducido al “matadero”.