Ez 47, 1-9. 12
…el que cree en Mí,
nunca tendrá sed.
Jn 6, 35ef
El
profeta יְחֶזְקֵאל [Yejeskel] Ezequiel (cuyo nombre significa “Dios fortalece”)
profetizó entre 586 y 538 a. C. según unos; y entre el 593 y el 571, según
otros. Procede de la “casta” Sacerdotal -lo cual es de crucial interés, porque
inevitablemente ve las cosas desde esa perspectiva, lo que conduce a que su
predicación se centre en cuestiones morales y legales, relacionadas con el
Templo y la Torah-, fue llevado cautivo a Babilonia y ejerció allí su
profetismo. El profeta tiene varias visiones y se puede caracterizar como el
profeta de las acciones simbólicas. Su simbología empalma perfectamente con el
lenguaje apocalíptico.
Para
comprender la estructura de este Libro podríamos segmentarlo como sigue.
i)
Los capítulos 1-3 la introducción que nos muestra la
vocación de Ezequiel.
ii)
Los capítulos 4-24 contiene las imprecaciones -contra los
Israelitas- ante el cerco de Jerusalén.
iii)
Los capítulos 25-32 son portadores de las maldiciones
contra las naciones de los pueblos infieles.
iv)
Los capítulos 33 al 39 nos encontramos frente a un segmento
de “consolación”.
v)
Los capítulos 40-48 se nos da una visión del Templo
escatológico y la Jerusalén del futuro: es la cuarta gran visión. En ella se
compilan años y años de reflexión.
El
marco temporal es la era de la decadencia de Nabucodonosor
·
Como cosecha de la experiencia vivida
·
Como proyecto a desarrollar en el futuro
·
Como ensamble teocrático para el gobierno en los tiempos
venideros.
Tres
temáticas se desarrollan en esos nueve capítulos finales:
1) La arquitectura del
templo y de la Jerusalén venidera.
2) El desarrollo de
una legislación acorde con este esjatón, el linaje sadoquita del Sacerdocio,
con una separación más o menos neta del gobierno respecto del Sacerdocio que
detentaría la autoridad mientras que el conjunto del rey y su corte estarían limitados
a funciones administrativas.
3) El reparto y
distribución de la tierra prometida. Versos 1-8 del capítulo 48.
«Es
tradicional en Israel la concepción de Dios como agua viva: “Me abandonaron a
mí, fuente de agua viva, y se cavaron aljibes agrietados que no retienen el
agua” (Jr 2,13) Ezequiel dice que Dios está en el destierro, pero volverá
templo y producirá esa corriente de agua viva que brotará en explosión de
triunfo de la vida vegetal, animal y humana. Será el triunfo sobre todo lo
hostil a la vida: el agua salitrosa quedará saneada, la estepa árida se
trasformará en ubérrimo huerto de frutales, toda enfermedad será curada». (Schökel,
Luis Alonso; Gutiérrez Guillermo)
Había
un rio en el Edén (Gn 2, 10-14), que es el antecedente del agua que pasa por el
Templo y nutre toda la vida y sanea todo a su paso. Y una prolepsis, que fluye
y camina por la Puerta de las Ovejas, liberando, saneando dando Vida y Vida
Eterna. «El texto de Ezequiel se inscribe en la concepción del agua como origen
de la vida. En la imagen de la cierva sedienta se encuentra el tema de la sed:
el agua mantiene la vida; y el agua en forma de lluvia se relaciona con la vida
en el aspecto de fecundidad, semen, más origen que mantenimiento de la vida… El
agua del texto es agua dulce, pero también puede entenderse el agua del mar,
porque las concepciones míticas no apuran el dato científico. Ezequiel piensa
en el agua “viva”, agua de manantial que brota y fluye en forma de rio o de
torrente. Un dato importantísimo es que el agua de Ezequiel brota del templo,
que es su fuente». (Schökel, Luis Alonso; Gutiérrez Guillermo)
Como
realidad teocrática, del Templo emana toda autoridad y toda vitalidad. Del Templo dimana toda la fertilidad. Es tal
la vitalidad del agua que mana el Templo que sanea hasta las aguas del
mismísimo Mar Muerto.
En
realidad, esta Lectura de hoy nos predispone para la Liturgia del Agua a la que
asistiremos en la Gran Vigilia Pascual (En ella leeremos nueve lecturas: siete
del Antiguo Testamento y dos del Nuevo, intercalando entre Lectura y Lectura,
un Salmo Responsorial; en esa Celebración leeremos también de Ezequiel, del
capítulo 36- trece versículos 16-17a. 18-28 -a manera de 7ª Lectura -antes de
proceder a las dos Lecturas del Nuevo Testamento- que nos habla del cambio que
Dios operará en nosotros, cambiándonos el corazón de piedra por uno dócil).
El
Agua que brota del Altar es el Agua de Vida: Del Altar brotara también el
Verdadero Maná el Pan de Vida- y la Sangre para lavar nuestras Vestiduras.
«En
levante está el Jordán, y más abajo el mar Muerto, al oriente de Jerusalén. Ese
manantial del templo se convierte a los dos kilómetros en rio invadeable. Toda
esa zona es esteparia y se lama algarabá; pero cuando vuelve de ese
viaje visionario, se encuentra con la frescura de una arboleda que ha crecido
en ambas márgenes del río. La fuerza del agua “viva” vence la infecundidad del
agua pútrida, poblándola de seres vivos. La alusión a las aguas fecundas del
Génesis es clara. A través del agua “viva”, la fecundidad brota en todas sus
formas» (Schökel, Luis Alonso; Gutiérrez Guillermo)
De esa fuente que brota del baptisterio, manarán los nuevos cristianos. La Lectura hace énfasis en el poder sanador de las aguas y en la vitalidad que ellas prodigan.
Sal
46(45), 2-3. 5-6. 8-9
La
fuente que mana en Jerusalén es la de Siloé. Para el judío, esta fuente le
habla de la Gloria de Dios y de alguna manera alude al antídoto de lo más
temido en aquellas culturas: La muerte de sed.
¿En
Qué Dios creemos? En el Dios histórico que conoció Abrahán, el Mismo que
conoció Jacob. Nuestro alcázar como vamos a decirlo y a repetirlo cuatro veces:
es el Dios de Jacob. Él, que es el Dios Universal, está con nosotros. (Que
además también significa que está de nuestra parte).
Este es un Salmo de Sion. Y si hemos de compaginarlo con la Primera Lectura, tendremos que pensar que se trata, no de cualquier Jerusalén, sino de la Nueva Jerusalén (ironía de las ironías, Jerusalén significa “Ciudad de la Paz”). Jerusalén es sinónimo de inexpugnable, por eso, el salmo la adjetiva מִשְׂגָּב [misgab] “Alcázar” que es una palabra de origen árabe: Al-qasr, que viene a ser “fortaleza”, porque no era una ciudad inerme, sino que en ella acampaba un ejército. ¿A qué ejército se referirá? Al de YHWH, el Señor de los ejércitos: YHWH Sabaoth, Dios de los ejércitos.
1ª
estrofa: así tiemble la tierra, no nos da miedo, aun cuando los montes se
derrumben o se hundan en el mar, tenemos a Dios que nos defiende de todo
peligro.
2ª
estrofa: esta ciudad tiene su rio. Que garantiza verdor imperecedero, es la
manera como Dios consagra su Ciudad Santa. Como Dios está allí absolutamente
Presente, desde la primera hora de la mañana, sabemos que Dios está aquí para
guardarnos.
3ª
estrofa: Es la invitación -porque esa es nuestra invitación- convidarlos a todos,
a toditos, que vengan a ser testigos de la Grandeza Incalculable del Señor. Que
veamos atónitos sus obras, ¡Vengan a descubrir y asombrarnos de todas sus
maravillas!
Jn
5, 1-3a. 5-16
La iglesia tiene
siempre las puertas abiertas. Es la casa de Jesús y Jesús acoge. Pero no solo
acoge, va a encontrar a la gente como fue a buscar a este. Y si la gente está
herida, ¿qué hace Jesús? ¿Le regaña por estar herida? No, va y lo carga sobre
los hombros. Y esto se llama misericordia.
Papa Francisco
El
marco espacial de esta perícopa del Evangelio joánico, es la Puerta de las
Ovejas -en Jerusalén había una puerta, llamada la puerta de las ovejas, por ahí
entraban los animales destinados a ser sacrificados en el templo-, con una
Fuente, la de Bethesda -esta palabra significa “Casa de la Misericordia-, (formaba
parte de parte de una especie de orfanato para enfermos dedicado al dios
greco-romano de la salud y el bienestar Esculapio). Y tenía unos pórticos, en número de cinco. Allí,
arrinconados sucesivamente estaban todos los limosneros: ciegos, cojos, y
tullidos todos tirados por el suelo, tendidos, con sus manos suplicantes.
¿Por qué ciegos? porque tenemos una manera de mirar que mira sin ver. ¡No vemos!
¿Por
qué cojos y paralíticos? Porque Jesús
nos invita, nos llama, pero, a nosotros nos cuesta tanto incorporarnos y
seguirlo. Él nos la pone lo más fácil que se pueda imaginar, pero, si uno está
tullido, ni modo, ¡no arranca!
Pero
el asunto se pone más complicado si vienen algunos a decirle a los llamados que
no lo sigan porque esa invitación es violatoria de “principios fundamentales”,
que la religión los desprecia porque si padecen estos males es precisamente por
“impuros”. Y se incurre en el purismo de estos “judíos” que le encuentran buen
obstáculo a la sanación, porque al que ha “sanado” se le encargó recoger su
camilla y llevársela. ¡En sábado no puedes cargar una camilla! Pero es que esta
gente “impura” que Jesús sanaba eran del grupo de los “ignorantes” ¿Quién te ha
mandado eso? No les importa verlo andando, superada su parálisis, y no se
admiran de lo admirable. Sólo miran con su enceguecida memoria hacia los
listados legislativos: ¡leguleyos redomados!
Para
estas personas, se inventó el semáforo, y debe permanecer siempre en rojo.
Nunca ha de cambiar a verde (los otros bombillos, fuera del rojo son inútiles,
están ahí, de adorno). Si hay algo en el camino, pongamos por caso una camilla
ahí botada, con mayor razón, que siga el semáforo en rojo. Pero, alzar la
camilla, quitarla de la vía, suprimir el estorbo ¡ni de riesgo! ¡eso nunca!
¡Anatema!
A
nosotros nos suena fácil, pero nuestro tozudo semáforo en rojo, también es
pertinaz, en otros aspectos, nosotros también tenemos nuestras “camillas”
inamovibles. Pues para ellos es esencial: Una manera de refrendar que habían
sido librados de la esclavitud en Egipto y una manera de agradecer el precioso
don que habían recibido del Potente Brazo del Señor.
No
se puede menospreciar la fidelidad judía a este respecto, más bien meditarla y
aprender todo lo bueno que de ella deriva. Tampoco estar demasiado prestos al
abandono de los elementos de fe que hemos heredado. Pero no cambiar por
cambiar, sino cambiar permaneciendo firmes en lo que la Iglesia enseña, ella es
guardiana, conservadora de la verdadera fe. Pero de lo esencial, no de las
regulaciones con impronta humana.
Leyendo
la perícopa con atención vemos que para Jesús lo importante es liberar de la
condición de inmovilidad y que el “tullido” pueda disfrutar de su “autonomía”,
de su Libertad para desplazarse. Pero debe -como gratitud- quedar muy vigilante
para “no pecar más”.
Hay
que notar el muy escaso interés que pone Jesús en que sepan quién es el obrador
de tanto bien: Lo sanó, lo despacho con bien, pero no le dijo ni siquiera el
nombre, no hay ninguna seña de proselitismo en su ejercicio taumatúrgico.
Cuando le preguntaron quién le había mandado cargar la camilla, él no pudo dar
razón.
Jesús
no va ganando adeptos, no anda comprando votos, Él va sembrando el Bien, porque
el Bien es lo que su Padre Obra Siempre. El Bien es lo que el Padre le puso por
Misión.
Si
el agua que mana del Templo trae “saneamiento”, al levantarse de la camilla, se
preanuncia la resurrección. Tan es así que la palabra que se registra en el
Evangelio es Ἔγειρε [Egeire] “Resucita”.
El que renace, ya no tiene el “defecto”, ha quedado sano. La palabra para
“levántate” es la misma que “Resucita”.
Tal vez tú también quieras probar las dulzuras del agua de
vida, hay allí un agua que manó para ti en el baptisterio, pero no se agota,
¡Él sigue saneando! ¡Ven al confesionario! Hallarás “una Fuente que salta hasta
la vida eterna” (Cfr. Jn 4, 14).
Para la época en la que Juan escribió su Evangelio, los sobrevivientes del judaísmo eran los fariseos; bajo esa circunstancia, ya no tiene caso distinguirlos hablando de fariseos, saduceos, escribas. Los que quedaban eran todos judíos. Y, para ese entonces, ¿a qué se dedicaban los judíos? ¡A la persecución de los cristianos! Por eso, en el último versículo leemos: “Por esto los judíos perseguían a Jesús, porque hacia tales cosas en sábado”.





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