1R 11, 29-32; 12, 19.
Retomemos un detalle que ya habíamos enunciado al avanzar
de este cursillo bíblico en torno el Primer Libro de los Reyes: Hicimos notar
que Salomón apartó a Dios de su vida de una manera rotunda. Así que no tuvo la
consejería de algún profeta. El profeta es, como un poderoso amplificador de la
voz de la consciencia, porque Dios habla sotto voce, y, nosotros -ponemos eso como pretexto para decir: “No, no
me ha hablado en absoluto”-.
He aquí pues, que nos envía su intermediario, que nos habla
con voz humana y nos ayuda a re-direccionar y corregir nuestro derrotero. A
Saúl le hablo Samuel, a David le hablo Gad y Natán, a Jeroboam le hablo Ajías
de Silo. A Salomón…, nadie. ¡Él prefería que no lo molestaran ni le estorbaran
su politeísmo! Y no era que él fuera politeísta por principios, lo fue porque
cayó rotundamente en la idolatría del poder en el preciso momento en que puso
por encima su monopolio, su riqueza, sus caballos y barcos y esposas y relegó a
Dios al Templo. (“En una jaula de oro, pendiente de un balcón”, dice la ranchera).
Lo primero que esto nos lleva a reflexionar es que no basta
con recibir la Sabiduría -que viene de Dios- y, si nos permiten, vamos a
recurrir a una comparación, con un teléfono móvil, buenísimo, el mejor que
quepa imaginar, uno tan altamente tecnológico, que todavía no se ha inventado.
La característica más sobresaliente de este ultra-teléfono es que tiene línea
directa con el Cielo y marcación automática.
Pese a lo cual, como todos los teléfonos, requiere ser
“conectado” a la “Fuente de Poder”, sólo funcionará mientras esté cargada su
batería. ¿Qué pasa si a Salomón le regalaron uno de estos -simplemente se lo
ganó en un sorteo que hubo en Gabaón-, pero no lo volvió a poner a cargar
jamás? La apoteósica “sabiduría” con la que hemos venido adornando la memoria
del cuarto hijo de David y Betsabé, quedó ahí, en un cajón de la mesita de
noche, “descargado”. Y esto es porque Salomón se “cerró” al Señor.
“La tarea principal de la autoridad consiste en saber oír.
Autoridad justa -nos dice Euclides Martins Balancin- que tiene la aprobación de
Dios, es la que actúa siempre a partir de las legítimas aspiraciones y
reivindicaciones del pueblo”. Alguien que no oye se ha cerrado a la
comunicación, está bloqueado, tapiado, prisionero.
Repasemos, ahora, los elementos que dan inicio al “sabio
reinado” de Salomón: Tan pronto subió al trono lo primero fue eliminar los
aspirantes más poderosos que podían oponérsele, mando matar a Adonías (1R 2,
12-25) y el general Joab (1R 2, 28-35) y, a Abiatar, el sacerdote de Jerusalén
lo expatrió a Anatot (1R 2, 26-27). Y a los partidarios de la descendencia de
Saúl, los eliminó (1R 2, 36-46).
Que va a quedar del reino después de esta siembra contumaz
de vientos, un reino de tempestades, desmantelado como un manto desflecado a
golpe de espada en 12 jirones que simbolizan cómo se repartirá el reino, Ajías
de Silo (como dijimos ayer, el patrocinador de Jeroboam), remplaza la Unción
por la entrega de doce tiras a Jeroboam, y reservándose dos tiras para el
legítimo sucesor de Salomón que recibirá tan solo esta piltrafa.
Leer de otra manera la historia de Salomón para presentarlo
como un coloso de la sabiduría es conformarnos con una lectura sesgada, que
barre debajo de la alfombra lo que quiere tapar; y, esa, es una mirada cómplice
de alguna ideología. No la verdad que Dios ha revelado en la Escritura.
Insistiremos que, al leer la Escritura, no podemos hacer
una compilación de páginas selectas. Tenemos que oír todo lo que Dios nos ha
querido decir y no proceder a arrancar algunas hojas y relegarlas al tacho. Una
característica del que busca al Señor en la Biblia es aceptar que la Palabra de
Dios no son nuestros fragmentos preferidos y frecuentados; tenemos que reconocer
que tiene que haber una razón, y tiene que ser por algo muy importante que el
Señor incluyó en estos Textos Inspirados esos otros aspectos y relatos que por
alguna curiosa razón hemos desdeñado.
Una cosa que se advierte es que hemos hecho un salto largo,
bastante largo, exceptuando toda una perícopa de 1R11, 33 – 12, 18. Antes de
proseguir, nos gustaría rescatar una parte de lo que hemos obviado, porque -a
nuestro juicio- es muy importante para comprender lo de la sucesión de Salomón.
Salomón había reinado desde Jerusalén durante cuarenta años, y le sucedió su
hijo Roboam (Cfr. 1R 11, 42s); ahora, vamos a ver 1R 12, 1-14:
Roboam se dirigió a Siquém, porque todo
Israel había ido allá para proclamarlo rey. Avisaron de eso a Jeroboam, hijo de
Nabat, cuando todavía estaba en Egipto, a donde había huido lejos del rey
Salomón; inmediatamente regresó de Egipto. Lo mandaron a buscar, después de lo
cual Jeroboam y toda la comunidad de Israel fueron a ver a Roboam y le dijeron:
- Tu padre nos impuso un duro yugo. Si
nos liberas de esos trabajos forzados, de ese pesado yugo que nos ha impuesto
tu padre, te serviremos'.
Les respondió:
-'Váyanse y vuelvan a verme en tres
días'. Y el pueblo se fue. El rey Roboam consultó a los ancianos que habían
sido consejeros de su padre Salomón mientras éste vivía. Les dijo: '¿Qué me
aconsejan que responda a ese pueblo?'
Le respondieron:
'Si ahora te haces su servidor, si te
muestras conciliador en tu respuesta, estarán para siempre a tu servicio'.
Pero Roboam no atendió al consejo de los
ancianos, más bien se volvió hacia los jóvenes que habían crecido con él, y les
pidió su opinión. Les dijo:
-'¿Qué me aconsejan que le responda a
ese pueblo? Saben lo que me dicen: 'Haz que sea menos penoso el yugo que nos ha
impuesto tu padre'.
Los jóvenes que habían crecido con él le
respondieron:
-'Ya que esa gente te ha dicho: Tu padre
nos impuso un pesado yugo, alivia nuestra carga, tú les responderás: Mi dedo
meñique es más fuerte que las espaldas de mi padre. Si mi padre les impuso un
pesado yugo, conmigo será peor. Si mi padre los castigaba con correas de cuero,
conmigo los látigos tendrán puntas de fierro'.
Al tercer día Jeroboam y todo el pueblo
de Israel volvieron donde Roboam, pues el rey les había dicho: 'Vuelvan dentro
de tres días'. Pero el rey habló al pueblo ásperamente; no tuvo en cuenta el
consejo de los ancianos, sino que les dijo lo que querían los jóvenes: 'Si mi
padre hizo pesado su yugo, conmigo será peor. Si mi padre los castigaba con
correas de cuero, conmigo los látigos serán de puntas de fierro'.
El que está cerrado -tiene corazón de piedra y hace gala de su crueldad; y, por eso tiene que luchar para ver cómo se quita el tapón y descorcha sus sentidos, tiene que poner su corazón en remojo y rogarle a Dios. Una vez logremos descorcharnos, habrá que poner a cargar el teléfono y bregar a restablecer la comunicación con el Señor. Pidamos al Cielo para que no despilfarremos las Gracias que nos da y mantengamos la línea abierta y operante.
Sal 81(80), 10-11ab. 12-13. 14-15
En
las raíces de muchos fracasos de comunicación está una actitud de fondo que
penetra la relación humana… un querer poseer, dominar, disfrutar identificar
consigo mismo. Todas ellas burdas caricaturas de la verdadera comunicación.
Carlo
María Martini
Este también es un Salmo de la Alianza, porque hemos venido
viendo la situación gravísima que lleva a estropear la Alianza hasta echarla a
perder. No porque Dios sea infiel a su Palabra, sino porque Él no puede
quebrantar el don más excelso que nos ha dado: nuestra libertad. Y esto es así
porque Él no quiere tener esclavos o títeres que lo adoren, quienes quieran
enlazar con su Amor, tienen que tener un amor compatible con el Amor de Dios.
El tema del gobernante es que -nos guste o no- él se vuelve
paradigma para su pueblo. Si lo ven a él picándose la nariz, no se extrañen que
la moda vaya cundiendo (al que más se le dio, más se le exigirá). Por ahí hay
un refrán, cada vez más difundido, “cada pueblo tiene el gobernante que se
merece” … (creemos que es de Winston Churchill) hay una relación biunívoca: al
gobernante lo sostenemos y lo imitamos. También a Churchill se le atribuye
haber dicho que “el precio de la grandeza es la responsabilidad”.
Y, mirando la Primera Lectura, enfatizamos que la falla de
Salomón fue haberse hecho el sordo a la Voz de Dios y al clamor de su pueblo,
que entre más nos adentramos en la Escritura, más nos parece que son una y la
misma cosa: «Si uno dice “Yo amo a Dios” y odia a su hermano, es un mentiroso.
Si no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Pues
este es el mandamiento que recibimos de Él: el que ama a Dios, ame también a su
hermano (1Jn 4, 20-21).
En la Primera parte del Salmo se alaba a Dios por su
Grandeza, también por su Fidelidad y por todo el Bien que nos hace. En la Segunda parte, se vislumbra que su
reinado estaba encaminado en el sentido y dirección que insinuaban sus Leyes, y
entonces el hagiógrafo lo mira y lo hace ver como un Gran Legislador.
Este poema está regido por el verbo שָׁמַע [shema] “escucha”, pero para poder oír -como venimos insistiendo- es
necesario estar “destapado”, tener las orejas sin “tapones”, desobstruir la
comunicación. Y en el verso 14 dice que ojalá lo שֹׁמֵ֣עַֽ “escuchara” su pueblo. Pero nada, su sordera es la de una
tapia. En el verso responsorial nos conmina el Señor: “Escucha mi voz”,
simplemente porque ¡Él es el Señor!
Mc 7, 31-37
Tenemos que ponernos la
mano en el pecho, para hacernos la pregunta: ¿nuestras palabras y también
nuestros gestos van, en el mismo espíritu y en el mismo sentido, que los de
Jesús? Jesús ejecuta hoy una sanación, que libera, que desbloquea, que hace
abrir las alas. Y, en esa tónica hace que la gente que testimonió este prodigio
se ὑπερπερισσῶς ἐξεπλήσσοντο [hiperperissos exeplessonto] “maravillen en grado sumo”.
No podemos llegar a ese nivel de admiración si no somos capaces de darnos cuenta del cambio que ha sucedido, ese es el primer momento, que dará paso a otro momento: anunciarlo, proclamarlo, compartirlo. Tenemos que:
1. Registrar
con nuestros sentidos lo que Jesús está obrando
2. Comunicarlo
a otros: la proclamación, que es el mecanismo normal de creación de la fe. Dios
obra en nosotros creando la acogida y detonando en nosotros esa alegría que da
ver la perfección de su obra.
Pero el segundo momento no es factible si no está
antecedido por el momento testimonial.
Hay una clase de bloqueo preventivo para evitar que Dios
nos toque: No mirar, no oír, no darnos por enterados, hacernos los distraídos,
cerrarle la puerta al mensaje. ¿Recuerdan ustedes el adagio popular? “No hay
peor ciego que aquel que no quiere ver”; les pasa lo que a los ídolos
manufacturados: «Tienen una boca, pero no hablan, ojos, pero no ven, orejas,
pero no oyen, nariz, pero no huelen. Tienen manos, mas no palpan, pies, pero no
andan, ni un susurro sale de su garganta» (Sal 115(113), 5-7). Uno tiene que
saber la clave para destrabar su caja fuerte y poderse “abrir”.
Es interesante -cuánto menos- que, en el ritual de
iniciación cristiana para adultos RICA, se señalan precisamente estos gestos de
introducir los dedos en los oídos y tocar los labios del catecúmeno mientras se
pronuncia el Effetá, para significar que él no se quedará callado, sino que
proclamará su fe. Se “abrirá”.
No obstante, hay que precisar que no se trata de ningún
gesto relacionado con los actos de magia, en Jesús nada es mágico, no hay nada
ni siquiera aproximado a la hechicería, nada de lo que hace proviene del Malo,
todo es obra del Padre que está Presente en Él. Por favor, no vengamos a Jesús
si lo que pretendemos son actos mágicos, esos son propios de la carpa circense.
Siempre nos parece muy urgente puntualizar que las acciones de Jesús no son
actos circenses, ni acrobáticos; lo que Él hace es destilar el elixir del amor
y convertirlo en salud física o espiritual, espiritual como en el caso de la
expulsión de demonios.
Tenemos que sobreponernos a la simple sorpresa, y llegar
hasta el reconocimiento de Dios y de Su Misericordia Infinita, que obra, que
rompe el aislamiento, que faculta al -antes sordo- y cuya lengua apenas si
balbuceaba, pero que, ahora, habla correctamente.
De otra parte, vivimos un momento de Iglesia en el que
muchos de los valores cristianos tenemos que, además, dimensionarlos con
referencia a la sinodalidad: es posible que cultivemos las relaciones
interpersonales sin pretender el cambio en ti, ni en él, ni en ella, ni en uno
mismo y, pese a todo, el cambio ya ha comenzado si aceptamos que la condición
para construir la projimidad está en ese respeto, en ese “humanismo”, en esa
ternura comprensiva. Jesús no exigía el cambio, sino que ofrecía su Propuesta,
y pese a que muchas de las relaciones al interior de su comunidad apostólica,
con sus seguidores, y con los paganos que se acercaban eran relaciones
deshilvanadas, Él las recomponía, a partir de una opción clara pero no
impositiva, sino amorosa, simpática, basada en la caridad, en la compasión. No
nos desboquemos, no nos descarrilemos en la premura de forzar el cambio en el
otro, o en uno mismo, escuchemos cómo pronuncia Él el Effetá, el dulce tono de
Su Voz, y dejemos que Su Palabra nos toque, nos destrabe y nos desbloquee.
También recordemos que muchas veces la Misión para nosotros será prestarle nuestros propios labios, y pronunciar el “ábrete”, con la misma ternura, y en Su Santísimo Nombre.





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